viernes, 27 de marzo de 2020

Estos días. Sobre no saber hacer nada


Pascal Campion
Abro por pura casualidad un vídeo que me manda una amiga que no envía chorradas. Es un vídeo para aprender a lavarse las manos bien, sin dejarse ningún resquicio. Al terminar suspiro aliviada, por fin algo que sé hacer bien. En estos días me he dado cuenta de que no hago casi nada bien, en realidad es que no sé hacer nada. «¡Tú escribes!» Ya bueno, eso no tiene ningún mérito, ni interés ni utilidad. Ayer, a mi madre y a mí, nos faltó descorchar una botella de vino para celebrar que había conseguido arreglar las cuchillas de un vaso de batidora que debe de tener unos cuarenta años. ¡Ole, ole, ole! No hemos hecho nada con ese vaso pero mi madre ha sabido arreglarlo, le ha dado una nueva vida. Yo, en un alarde de ingenio sin precedentes, lo máximo que hubiera podido hacer sería convertirlo en maceta, rellenarlo de tierra, plantar algo, regarlo y que no creciera nada. Por supuesto cuento con que habría elegido mal la tierra, habría plantado lo que fuera al revés y lo habría regado muy poco o demasiado. 

El verano pasado estando de vacaciones también con mi madre se estropeó una lavadora de unos treinta años. El técnico nos dijo «Uy, señoras (cada día me parezco más a mi madre y creo que me faltan cinco años para que parezcamos hermanas), esto es una chorrada pero la pieza no se fabrica». ¿Qué hice yo? Busqué  el modelo de lavadora, el nombre de la pieza, e hice una búsqueda por la red por si acaso podíamos pedirla en algún sitio. Por supuesto fracasé. Y me eché la siesta. Y cuando me levanté con la cara marcada con las arrugas de la almohada y con la sensación de haber vuelto a 1980, me encontré con que mi madre había ido a los chinos, había comprado varias piezas, gomas, alambres y pegamentos y haciendo, una vez más, uso de su talento para ser McGyver, había arreglado la lavadora. 

¿Qué hice yo? Compartir el logro, con fotografía de la pieza incluida, en el grupo de wasap familiar para que las treinta y cinco personas que usan esa lavadora dieran vítores a mi madre. (Es una casa compartida por mucha gente en un equilibro de convivencia muy chulo que ya explicaré otro día). Se celebró con vítores y aplausos y yo comenté que si hubiera un desastre nuclear estaba claro que los que valdrían de algo serían mi madre y tres o cuatro personas más del grupo, entre ellas uno de mis hermanos. Hubo gente que se ofendió y dijo «eh, que yo sé  hacer cosas, méteme en el grupo de gente que salvará a la humanidad». Por no discutir les dije que sí, que vale, pero vamos que no, que la mayoría somos unos inútiles pero a la gente le cuesta reconocerlo. A mí no me cuesta y tampoco podría engañar a nadie.  

Estos días mientras teletrabajo, limpio, cocino alguna cosa, intento leer algo y coloreo mandalas pienso que no sé hacer nada. He intentado pensar en algo que haga bien, algo que sepa hacer a conciencia útil y con algún sentido práctico pero no se me ha ocurrido nada. 

«Qué bonito esto que coloreas» me dijo ayer mi madre. Está claro que tampoco se me da bien lo de los mandalas. 

Ayer perdí dos partidas de parchís a distancia jugando contra mis sobrinos y tres al scrabble contra mi primo que está en Argentina. Quizás me pueda aferrar a esto, tampoco seré nunca una gran campeona de nada... pero entretengo y sé lavarme las manos. 

PS: me he cortado las uñas de las manos y de los pies. Han quedado regular.  

miércoles, 25 de marzo de 2020

Estos dias. Sobre irse o no irse y sobre ser viejo

Escribe Tallón que ahora ya nadie puede decir "Me voy" y eso me recuerda a cuando yo era adolescente y estaba, como ahora, en Los Molinos. En aquella época mi máxima aspiración era estar todo el tiempo que pudiera con mis amigos, todas las horas, todos los minutos, posibles. En mi casa se llevaba una disciplina estricta porque mi madre era un poco la Srta. Rottenmayer, un poco Julie Trinos en Sonrisas y Lágrimas y otro poco un instructor de colegio interno especializado en casos rebeldes (Yo era una santa pero mi madre no lo veía así). Esta curiosa multipersonalidad de mi madre significaba para nosotros que a las 9:30 tocaba una campana para bajar a desayunar, que a las dos y media tenías que estar en casa sentado a la mesa para comer y que a las diez, ¡ay de ti! si no llegabas en punto a la cena. No puedo ni contar los días que llegaba a casa de mis amigos a las once de la mañana para encontrármelos profundamente dormidos. «Ana, pasa si quieres a ver si consigues que se despierte» me decían sus padres mirándome con cara de ¿Pero esta chica no tiene casa?  ¿Sabéis eso que dicen que si miras a alguien mientras duerme, se despierta? Es mentira. 

Mi drama era que yo llegaba la primera, cuando no había nadie y me tenía que ir la primera, cuando estaban todos. Como siempre he sido mucho de agonizar con anticipación, una hora antes de la hora empezaba con mi cantinela «Yo me voy», y no me iba. Y lo repetía cada cinco minutos sin moverme del sitio «yo me voy», «yo me voy», «yo me voy» y no me iba. En el fondo esperaba una revuelta popular, un estallido de solidaridad entre mis amigos para que todos se levantaran y dijeran «No, no te vas, vamos a hablar con tu madre para que cambie las reglas» Por supuesto eso no pasó jamás y lo que ocurrió fue que mis amigos lo tomaron como frase comodín, decian "yo me voy" cuando no tenían ninguna intención de quedarse a dormir, a comer o a pasar horas en donde fuera que estuviéramos. 

«Ahora sí que me tengo que ir» era la frase con la que me despedía definitivamente. 

Ahora, como cuando era adolescente, no me quiero ir a ninguna parte. Quiero quedarme aquí, a salvo, en mi casa, en mi cuarto, con mis cosas, mis libros, mi estantería. El sábado hice una limpieza tan a fondo que creo que encontré recuerdos y lágrimas (ya he dicho que en pandemia me voy a permitir ser todo lo cursi que me dé la gana) desde que en ese mismo cuarto sobreviví a mis primeros desengaños amorosos. 

Quiero estar en casa porque lo que hay fuera me da miedo.
 
Ojalá me pasara como a Joanne Cameron, una entrañable señora escocesa, que tiene una mutación genética que le impide sentir emociones negativas. ¡Ojo! No es que no sepa que hay cosas tristes, no es que no le afecte la muerte de sus seres queridos o las desgracias, no es un terminator o una psicópata. Lo que le ocurre a Joanne es que todas esas emociones negativas no la consumen, su cerebro las encaja, las acomoda y sigue adelante. “I know the word ‘pain,’ and I know people are in pain, because you can see it.I see stress, and I’ve seen pain, what it does, but I’m talking about an abstract thing.” 

La envidio tanto. 

Veo con mi madre En el estanque dorado. Iba a decir  «con Henry Fonda y Katherine Hepburn haciendo de pareja de ancianos» pero no "hacen de nada", son una pareja de ancianos renqueantes, cuyos cuerpos empiezan a fallar mientras sus cerebros siguen brillantes, alegres, chisporroteantes (alerta cursilería) e ingeniosos. La primera vez que vi esta película me encantó, de la segunda no tengo recuerdo pero ésta ha sido maravilloso. Es una película que te reconcilia con todo y, sobre todo, te enfrenta al hecho de hacerte viejo. No mayor que es un eufemismo que nos hemos montado para creernos jóvenes con cincuenta palos. Esta película va de viejos siendo viejísimos y siendo tan o, mejor dicho, siendo más, mucho más interesantes que los jóvenes. Está en Filmin, alquiladla porque cada minuto que paséis viéndola será un minuto en el que estaréis en otra vida. 
«Pasé un rato con él en la rectoría. El hombre anda mediante [...] Hay que ver, con lo que ha sido este hombre. Mentira parece. Dice que esa es la vida y que uno cuando sirve para todo no piensa en el día que no servirá para nada, y que cuando llega el día en que no sirve para nada no tarda en acostumbrarse a estar mano sobre mano.» (Diario de un cazador, Miguel Delibes)
Tengo un tic en el párpado del ojo izquierdo.

En unos pantalones que no me ponía desde hacía meses me he encontrado cuarenta euros. 

PS: sigo sin encontrar el momento de cortarme las uñas. 

lunes, 23 de marzo de 2020

Estos días


«Una madre, como la salud, no se sabe lo que vale hasta que se pierde. Uno se mete en la rutina de cada día y no ve más allá de sus narices. Eso pasa. Y uno es tan paulo que sin perder la escopeta que no puede vivir sin la escopeta, pero sin perder la madre no sabe que la madre representa para él tanto como la escopeta, y que no puede vivir sin ella. Ahora veo a la madre dónde antes no la veía: en el montón de ropa sucia, en el bando de gorriones que revolotea en la terraza, en el Talgo que pasa cada tarde o en el Sagrado Corazón iluminado». (Diario de un cazador, Miguel Delibes)

Ayer por la noche terminé esta novela Apagué la luz, me hice pequeña en mi cama y me puse de fondo un podcast, City of refuge. Es una nueva rutina, una rutina de confinamiento, una rutina para conjurar el sueño y mantener la ansiedad al otro lado de la manta. La historia de un pueblo francés que mantuvo a salvo a cinco mil judíos durante la II Guerra Mundial susurrada en mi almohada es como si alguien me contara un cuento y acabo durmiéndome. Y teniendo que escuchar el episodio otra vez al día siguiente y al día siguiente y al siguiente pero no importa. 

 Me escribe y me llama gente preocupada por mí, porque cuento, escribo y digo que tengo picos de ansiedad descontrolados. Tienen miedo por mí y yo lo tengo por ellos. Si algo aprendí durante los días iguales es a reconocer y domar un ataque de ansiedad. Sé que son como montañas rusas, suben y suben y suben y suben hasta alturas que parecen no tener fin y de las que crees que te despeñarás porque no podrás aguantar el miedo por lo que te espera al final... y luego descienden y te encuentras, de repente, no en el Dragon Khan sino en el estanque de los patos y entonces piensas «¿Cómo podía tener tanto miedo esta mañana o ayer o esta noche?» y así vuelta tras vuelta. Sé además que de ansiedad no se llora, que uno quiere llorar pero lo que consigue son arcadas en vacío y gritos sin sonido, sé que te duelen las piernas de la tensión y que la ansiedad da mucho frío. Sé también que está en tu cabeza y sé que se pasa de angustia. Y sé que se acaba. 

«No escribáis diario de la cuarentena» leo por ahí o «A ver si ahora vais a ser todos diaristas» y por un momento pienso ¿Cómo voy a escribir de esto? y luego vuelvo siempre al principio, al 28 de enero de 2008 cuando pensé que esto se iba a llamar Cosas que (me) pasan y que no le interesaría a nadie pero que quizás fuera buena idea.  ¿Qué (me) pasa? Lo impensable, lo increíble, lo inimaginable, lo que nos ha convertido en personajes de serie de televisión que siempre acaba bien pero sin ser personajes, sin maquillaje y sin final feliz. Pero con final. Esto es algo que también pienso cada noche: queda un día menos. A lo mejor a alguien le parece un pensamiento idiota pero no lo es y sé que funciona porque ya lo hizo hace cinco años cuando en realidad no creía que aquello fuera a tener fin. Esto sí va a tenerlo aunque como todas las desgracias de la vida, ojalá durara menos, ojalá se pasará antes, ojalá nos dijeran cuándo acabará. Poner un horizonte temporal al sufrimiento lo hace menos, lo domestica, lo encajona. 

El castaño del jardín ha empezado a florecer. Nunca había tenido la oportunidad de verlo florecer día a día, ahora la voy a tener. Me he propuesto hacerle una foto cada día sin más propósito que mantener una rutina igual que leo el New Yorker en el desayuno, hago la cama como si fuera a venir Clint Eastwood a pasar revista y a preguntarme si soy de Oklahoma, hago mis ejercicios renegando igual que cuando salir a la calle me parecía una tortura y llamo a mis hijas «después de los aplausos» para que me miren con cara de «Mamá, eres pesadísima».

Llueve muchísimo. A mí me parece bien que llueva, es como si el tiempo nos dijera «no hay nada que ver aquí fuera, quédate en casa». Sé que a mucha gente le entristece pero a mí no. Pienso que  en el sufrimiento y el dolor te vuelves de alguna manera egoísta, te agarras a las cosas que te hacen sentir mejor, en mi caso la lluvia y los atardeceres tempranos. Pienso en el cambio de hora pero me paro antes de ir más allá, por ahí se va a la ansiedad.

Escucho a David y Cathy. Son irlandeses y viven en Inglaterra, tienen un podcast que se llama The Cinemile en el que hablan de pelis mientras van y vienen del cine. Me encantan sus comentarios porque son como los que hago yo al salir del cine. Les mando un mail porque anuncian que aunque ahora no vayan al cine seguirán comentando las pelis que ven en el sofá. Les escribo para darles las gracias porque me acompañan, porque suenan tintineantes y cristalinos (Esto es supercursi pero si en una pandemia no puedo ser cursi ¿cuándo coño voy a serlo?). Me contestan «Sending you all our love. We will keep the podcast up because it’s something we can still do that we love. Emails like yours make it all worth while. Keep in touch, Loads of love». Lloro un poco.   

A las seis, como si viviéramos en Dowtown Abbey, es la hora del té. Mi taza es blanca con una oca con un lazo azul. La compré en Sarlat en el verano de 2014 y mientras me bebo mi tila pienso en escribir este post como los escribía cuando empecé, pensando que nadie me leerá y sin releerlo. 

PS: es curioso como a pesar de estar todo el día en casa, no encuentro el momento de cortarme las uñas. 

jueves, 19 de marzo de 2020

El día que Charlton Heston me hizo reír

–Marco Antonio, dime una cosa, ¿cuánto me quieres? 
–El amor verdadero no puede expresarse con palabras.

Y me sorprendo a mí misma con una carcajada sonora, sincera y que me sale de ese estómago en el que creía que solo vivía mi ansiedad. Me río tanto que mi madre me pregunta «¿Qué te pasa?»

Lo que me pasa es Charlton Heston tumbado en plan sexual, algo complicadísimo de imaginar y aún más complicado de ver, sobre una actriz que en algún momento, unos meses en 1972, fue famosa que hace de Cleopatra.  Me pasa Charlton Heston con una especie de túnica transparente hasta los pies, con todos los botones desabrochados enseñando su pecho peludo. Me pasa Charlton Heston llevando encima de esa túnica de hippie trasnochado de Ibiza un collar de perlas largo digno de la Condesa Madre de Downtown Abbey.

Por supuesto Charlton y la actriz conocida en su casa a la hora de comer se besan fatal fatalísimo, con esos besos que se daban en 1972 en los que se frotaban los labios unos contra otros como queriendo descubrir que era lo último que habían comido. Un horror de lujuria y deseo. 

A Charlton lo sacan de ese embeleso de túnicas, perlas y malos besos un mensajero que le trae noticias de Roma porque  Charlton, que casi lo olvido, está haciendo de Marco Antonio. El mensajero entre cositas políticas de Cesar y Pompeyo y ejércitos, le dice así como de pasada, que su mujer, Fulvia, ha muerto. «Aquello que desdeñamos cuando se nos va, volvemos a desearlo. Es buena ahora que se ha ido.» dice muy serio agarrado a un aplique de la pared del palacio. Ya te vale, Charlton. 

«Pero, hija, ¿qué te pasa?»

Me pasa que de repente Charlton se pone en plan diva divinísima de Ibiza y le entra un remordimiento brutal por haber estado frotándose con Cleopatra mientras su mujer estaba en la otra punta del mundo y ¡tachán!, como si fuera una vedette, se arranca la túnica, rompe las perlas y se queda en pelotas con un taparrabos con flecos color carne. 

Y se pasea por la estancia de cartón de piedra del palacio de Cleopatra. Y se gira ¡y descubro que además de taparrabos es tanga y le veo los cachetes del culo a Charlton Heston! 

Y me río, me río hasta que se me saltan las lágrimas. Me río a carcajadas de lo ridículo que es todo y de lo en serio que se lo debieron tomar hace cuarenta y ocho años al rodar esta película. 

A partir de aquí, minuto ocho,  la película ya solo va cuesta abajo hasta el minuto 120. Charlton vuelve a Roma se casa con Carmen Sevilla que hace de Octavia, hermana de Cesar. A Cleopatra le llevan la noticia y se lo toma regulinchi así que al mensajero le hace un interrogatorio tronchante: 

–Octavia ¿es alta?
–No, nooo, para nada...es bajísima. 
–Bien, bien. ¿De qué color tiene el pelo?
–¿Rubio? 
–¿Seguro que rubio?
–Ah no no, negro feísimo.
–¿Es lista?
–Qué va, qué va, para nada.... es tantísima. 
–Bien, bien. ¿Tiene majestad en el porte?
–PARA NADA. Tiene tan poca frente que el pelo le sale de las cejas. 

Otra vez llorando de la risa. 

Mientras Cleopatra está jugando al Quien es quién con el mensajero Charlton ya se ha cansado de Octavia porque ésta además está en plan "lo nuestro es platónico" y se vuelve a Egipto a frotarse labios que es lo que a él le va. En medio hay cosas de política romana del tipo quítate tú que me ponga yo y una batalla naval que casi parece protagonizada por los clics (playmobil para los millenials). 

Marco Antonio y Cleopatra se supone que es la historia de como la reina egipcia convirtió a un gran general romano en un pelele pero en mi cabeza será para siempre la peli en la que una actriz desconocida hizo que Charlton Heston fuera en taparrabos con flecos. 

Será siempre la peli que me hizo reír cuando más lo necesitaba. 

*Acabo de leer que la peli la dirigió el propio Heston y que la batalla naval de los playmobil estaba hecha con imágenes sobrantes de la peli Ben-Hur. 


domingo, 15 de marzo de 2020

Internet amansa mi miedo

El viernes pasado saludé a mis hijas desde la calle mientras ellas se asomaban a la ventana desde un sexto piso. Había ido a recogerlas para que se vinieran conmigo el fin de semana pero no pudo ser, por un posible contagio laboral de El Ingeniero decidimos que era mejor que se quedaran en cuarentena los tres juntos.  

Es la decisión correcta. 
Ellos van a estar perfectamente. 
Yo voy a estar perfectamente. 

Lloré cuando no me veían. Y por la noche me desperté con un precioso ataque de ansiedad que se parecía muchísimo a los ataques de ansiedad que tuve cuando estuve enferma de depresión. 

La incertidumbre, y esto no lo sabía cuando escribí el último post, puede prolongarse en el tiempo y aprendes a convivir con ella o, como la famosa curva, puede escalar rápidamente y dar el salto a angustia, para luego relajarse, volver a subir a un pico de pánico y volver a bajar. Eso me pasó a mí la noche del viernes al sábado y parte de la mañana. Después, fue bajando y calmándose y la incertidumbre ya ha desaparecido porque lo más acojonante de toda esta situación es cómo en un par de días, algo que hace una semana nos hubiera parecido ciencia ficción, se está convirtiendo en rutina. Y la rutina da calma, da seguridad. Y te acostumbras al miedo. 

Y en esta rutina y en este miedo nos está salvando la vida "el malvado internet y la larga mano negra de las redes sociales". Hay muchas tonterías, muchas mentiras, mucha gente mal metiendo, claro que sí, como la hay en tu curro, en el bar de la esquina, en los periódicos y en tu gimnasio pero también hay millones de cosas buenas. Para empezar estamos aislados pero dándole a un botoncito podemos ver las caras de los que no están con nosotros, ver que están bien, que se acaban de levantar y, en mi caso, que están hasta el moño de que las llame. «No hay nada nuevo, mamá. Estamos encerradas en casa, ¿qué quieres que pase? ¿Una gotera?»

«El malvado internet» nos proporciona películas, series, podcasts y nos da una ventana para preguntar las dudas que tengamos porque «el malvado internet» está lleno de gente real, gente tan acojonada como nosotros pero que a lo mejor igual que yo sé algo de podcasts, ellos saben de otras cosas interesantes, importantes o simplemente entretenidas. «El malvado internet» nos permite saber qué está pasando y qué va a pasar, nos permite comprobar que en todos los países hay idiotas e irresponsables, que en todos los países los gobiernos están actuando como buenamente pueden y que en todas partes hay gente que como he leído hoy en twitter, no son capaces de mantener un poto vivo una semana pero creen que serían capaces de gestionar una crisis de esta magnitud. 

«El malvado internet» nos permite reírnos por chat con nuestros amigos, pasarnos chistes malísimos y convocar a todo un país a aplaudir a los sanitarios en el eco de las calles vacías. ¿Sirven para algo esos aplausos? No son útiles pero como todas las cosas emocionantes de esta vida, como todas las cosas que de verdad importan, te hacen sentir que no estás solo. 

«El malvado internet» nos está permitiendo ver a nuestros primos, nuestros tíos, nuestras hijas y tener ganas de achucharnos todos, de prometernos a nosotros mismos que cuanto esto pase, que cuando esta rutina excepcional acabe, nos tocaremos, nos besaremos y nos abrazaremos. 

«Mamá ¿otra vez?
Sí, otra vez. Os quiero muchísimo» 

Con el malvado internet este miedo atroz agarrado a las tripas da un poco menos de miedo.  


miércoles, 11 de marzo de 2020

La incertidumbre acojona

Halvar I (Norway 2011) de Hjorth/Ikonen
Ahora mismo lo único que quiero es ser como este señor de la foto, irme al campo, a un sitio tranquilo y taparme los ojos para escapar de la incertidumbre, la zozobra (sí, he metido zozobra en la frase porque es una palabra preciosa y nunca hay que desaprovechar la oportunidad de escribirla no una sino dos veces) y la estupidez. 

El coronavirus, como el 11S, el 11 M o la muerte repentina de un ser querido son eventualidades que llegan por sorpresa y que descolocan todo. Uno se encuentra como John Travolta en ese famoso meme pensando ¿De dónde me ha venido esta leche? ¿Cómo no la vi venir? ¿Pero cómo ha podido pasar esto? ¿Y ahora qué va a pasar?

El ¿Ahora qué va a pasar? es lo que a mí me causa más zozobra (tres) porque además, con la edad y la vida, aprendes que nadie sabe qué va a pasar igual que nadie podía predecir hace un mes lo que ocurre ahora. 

No sabemos lidiar con la incertidumbre ni con la súbita conciencia de que no tenemos ningún tipo de control sobre lo que nos ocurre. Sí, en el primer mundo podemos dejar de comer carne y decidir reciclar nuestros plásticos pero el futuro está lleno de sorpresas, de bombas de relojería dispuestas a hacer saltar tu realidad por los aires. 

Antes, antes de llevar el control del tiempo en nuestros bolsillos, antes de saber cuántos pasos damos cada día, antes de poder encender las luces de casa desde el curro, antes de poder mirar en nuestro móvil cuántas calorías comemos, antes de ver en directo los movimientos de nuestra cuenta bancaria o a qué hora exacta lloverá en tu ciudad,  se decía "así es la vida" o «qué le vamos a hacer» y nos resignábamos. Resignación, otra palabra que ya casi no se escribe ni se piensa ni se siente porque no estamos acostumbrados a que las cosas no sean como nosotros queremos que sean. ¿Resignarse a no hacer lo que quiero? ¿Resignarse a que pase algo que destruya mi ilusión de que todo va a ser siempre igual? ¿Resignarse a una desgracia, una tragedia, un suceso inesperado que nos haga estar más incómodos? No, no. Eso no puede ser.  

Asisto con estupefacción (otra palabra) pero casi sin sorpresa al espectáculo de personas adultas comportándose sin el más mínimo sentido de la responsabilidad. Por un lado están los que lamentan la incomodidad e inconvenientes que las medidas tomadas les suponen «A ver qué hago con los niños en casa». Claro, es incómodo y un coñazo pero es que una pandemia no está pensada para ser un planazo y se trata de llevar las medidas lo mejor posible sabiendo TODOS que son incómodas pero necesarias.

Por otro lado están los que actúan como niños pequeños, necesitan que les prohíban las cosas para dejar de hacerlas porque asumir responsabilidades no va con ellos. Gente que se va de viaje, que va al parque con los niños, que dice que no piensa cancelar sus vacaciones o se va a jalear a su equipo de fútbol. Su pensamiento funciona así «yo no decido nada, que me lo digan todo» para que luego, cuando las consecuencias de su irresponsabilidad le estallan en la cara decir «es que me lo tenían que haber dicho antes». 

Antes la gente era adulta con doce años, ahora hay algunos que no lo son nunca. Todos queremos que venga alguien y nos diga que todo saldrá bien, que no pasara nada y que estemos tranquilos que alguien se encargará de nosotros. La putada de hacerse mayor es que eso no siempre pasa y, a veces, hay que convivir con la incertidumbre, la certeza de que nadie sabe qué va a ocurrir y el miedo. Hay que asumir que tú eres responsable y que ser responsable a veces aterroriza y es incómodo. 

Quiero taparme los ojos para asumir con calma todo esto, para capear la zozobra, para sobreponerme a la estupefacción ante la idiotez de muchos y para resignarme a estar un poco asustada y no saber qué va a pasar. 



viernes, 6 de marzo de 2020

Podcasts encadenados (IX)





Es la semana de la mujer, el mes de la mujer y a mí me da la gana de traer tres episodios de podcasts con mujeres como protagonistas y contados por mujeres. ¿Son para mujeres? Por supuesto que no, son interesantes y entretenidos para todos y si alguien es tan cerril como para pensar lo contrario: bomba de humo.

1.- Passing for white: Merle Oberon. (Make me over) Episodio 155 del podcast You must remember this.

Este es un podcast en blanco y negro. ¿Suena la canción en tu cabeza? Eso es porque el título está bien elegido. Este podcast es una creación de Karina Longworth, periodista especializada en cine y  lleva ya más de ciento cincuenta episodios contando historias del viejo Hollywood.  Ella escribe, produce, graba y edita habitualmente todos los podcasts. Hace un par de meses lanzó una especie de miniserie dentro del podcast, titulado Make me over, dedicada a contar las complicadas relaciones que ha habido desde el principio entre la industria cosmética y de la belleza con el mundo del cine. Toda la miniserie es muy buena. Uno de los episodios cuenta la historia de la primera actriz obligada a hacerse una liposucción, otro va sobre la invención del maquillaje resistente al agua y Estehr Williams, hay otro sobre la primera gurú de las dietas milagro y el que recomiendo encarecidamente hoy es el dedicado a Merle Oberon. Oberon es una actriz clásica de Hollywood que todo el que tenga más de cuarenta años conocerá o espero que por lo menos le suene, protagonizó La pimpinela escarlata y Cumbres borrascosas y fue la primera persona birracial nominada a un Oscar.... aunque nadie supiera que lo era. Su historia es alucinante y no quiero desvelarla pero merece la pena por los datos y también por la reflexión sobre como la presión por cumplir con un aspecto estético es algo que lleva persiguiendo a las mujeres desde siempre.  He dicho antes que Karina Longworth es la responsable de casi todos los episodios y lo es pero en esta miniserie, tras una breve presentación, cede la palabra a otra mujer para que cuente la historia. En este caso, la anfitriona de la historia de Merle Oberon es  Halley Bondey.

Tras escuchar el episodio y si os quedáis con ganas de ver fotos o conocer más, la web del podcast está muy bien.

Podcast: You must remember this.
Duración: 45 minutos




Gabinete de curiosidades es un podcast maravilloso de historias. ¿Qué cuenta Nuria Pérez? Escuchar cada episodio es como adentrarte en una habitación llena de vitrinas, de estanterías, de cajones para mirar y cotillear. Ella te guía por la historia siguiendo un hilo que para el oyente permanece casi invisible casi hasta el final. Todas las historias van ligadas a objetos, como en los gabinetes de curiosidades, cargados de significado desde su origen o adquirido ese significado por el uso que sus dueños le dieron. En Be my valentine hay diarios, máquinas de escribir, amor, sábanas y museos y es, creo yo, una manera perfecta de que os enganchéis a este podcast y luego escuchéis todos los demás episodios.

Advertencia: este podcast genera necesidades. Después de escuchar algunos episodios no puedes evitar ir a la web a buscar cuanto te costarían algunos de los objetos de los que has oído hablar. Ni confirmo ni desmiento que haya comprado algo.

EpisodioBe my valentine
Podcast: Gabinete de curiosidades
Duración: 40 minutos




Este podcast conducido por Lauren Ober va, como su propio nombre indica, sobre fracasos espectaculares. Grandes empresas, negocios boyantes, ideas geniales que se hundieron después de haber sido grandes éxitos. ¿Qué ocurrió? No es un podcast empresarial, ni de negocios, ni habla de economía ni de gestión de recursos ni es motivacional. Tampoco va de aprender a hacer las cosas bien, se trata de analizar porque algo que era un gran negocio acabó en la ruina y en la mayoría de los casos desapareció. 

Este episodio que recomiendo hoy es, sin embargo, un poco distinto porque lo que cuenta es como la muerte, en 1911, de ciento cuarenta y seis personas en el incendio de un edificio industrial en Manhattan cambio por completo la historia de los derechos laborales en Estados Unidos, sin que esto signifique que Estados Unidos respete esos derechos en el resto del mundo. El 25 de marzo de 1911, se declaró un incendió en un edificio de diez plantas en la parte baja de Manhattan, en el que funcionaba una fábrica de camisas. Los dueños y empresarios habían cerrado casi todas las puertas de salida y los trabajadores no pudieron escapar de las llamas. De las ciento cuarenta y seis víctimas, ciento veintitrés eran mujeres, muchas murieron entre las llamas y otras al lanzarse al vacío tratando de escapar.  

Lauren Ober es expresiva, excesiva, apabullante y habla muy deprisa pero engancha al oyente en la narración planteando un retrato completo de la situación. ¿Cómo era la industria textil en aquellos años? ¿Qué prendas cosían aquellas mujeres? ¿Por qué había tantas? ¿Cómo fue el incendio? ¿Qué pasó después? ¿Qué ocurre ahora con esos derechos laborales? ¿Qué responsabilidad tenemos los consumidores en el cumplimiento de esos derechos en el mundo cuando compramos ropa? Este episodio tiene además el testimonio de una mujer (grabado hace años, claro) que estuvo allí, que conoció el incendio y la época. 

También os comento que la web de este podcast es un asco y ni merece la pena que entréis en ella.  


Podcast: Spectacular failures
Duración: 35 minutos

Como siempre, si alguien escucha alguna de mis recomendaciones y le gusta, venid a contármelo. Y para hacer esto incluso más fácil he creado una lista en podchaser con todos los episodios que he ido recomendando. Me falta ir a vuestras casas, descargaros la app y darle al play para que os hagáis tan adictos como yo.


martes, 3 de marzo de 2020

Lecturas encadenadas. Febrero

Febrero es uno de mis meses favoritos. Es mi cumpleaños, todavía hace frío y los días siguen siendo cortos.  Este año el invierno casi he tenido que imaginármelo pero sigue siendo un gran mes, el último respiro antes de la llegada de los jinetes de la apocalipsis: la primavera, la gente diciendo "huele a aperitivito", "que bien se está al sol" y el temido cambio de horario que hará los días más largos. 

Al lío que este post va a ser largo y provechoso porque ha sido un grandísimo mes de lecturas. Y os va a salir caro. 

El día de mi cumpleaños Juan Tallón y su nueva editorial, Anagrama, decidieron homenajearme publicando su nueva novela, Rewind. De la historia que cuenta Juan no puedo desvelar mucho porque además, como en casi todo lo que escribe Tallón, la historia es casi lo de menos. ¿Qué importa porqué estalló el edificio? ¿Qué más da si fue culpa de alguien? Lo que importa son las voces de los personajes que nos cuentan qué pasó, qué les pasó a ellos y en eso Tallón se ha superado porque consigue que cada voz sea distinta, esté completa, tenga una vida entera detrás y por eso, cuando pasas de una a otra (hay cinco en total) te quedas, por un momento, desubicado porque no quieres despedirte de ella, dejarla atrás, quieres seguir conociéndola.  A algunas de las voces, además, les coges cariño y el salto a otra te cae casi como una bofetada, como si despertaras de un sueño sobresaltado y te sorprendiera encontrarte en tu propia habitación. El desconcierto dura poco y tras un par de párrafos entras otra vez en el pacto narrativo y vuelves a creerte esa nueva voz. 

Rewind es una reflexión sobre como las desgracias reconstruyen el antes y el después de una vida. Las tragedias no solo cambian el futuro, lo suspenden, lo cancelan y cambian el pasado porque desde ese nuevo futuro inesperado, llegado por sorpresa, la interpretación del pasado se rehace por completo, casi como si viajaras en el tiempo para mirarlo de nuevo de una forma diferente: rewind. No sé si hay dos, tres o mil universos paralelos pero las desgracias, las tragedias, desdoblan tu pasado y desdoblan tu futuro, a partir del momento en el que ocurren transitas por un futuro que se vuelve totalmente inesperado mientras observas en paralelo el futuro que imaginaste que sería el tuyo antes de que la tragedia te golpeara.  Y ocurre lo mismo con lo que ya viviste, rebobinas un nuevo pasado recorriendo la señales que quizá no viste venir y que te llevaban a la tragedia y dejas de vivir en el que efectivamente ocurrió. De eso va Rewind.  

El libro está plagado de hallazgos, a veces creo que él también sabe que son hallazgos y se enamora de ellos y se gusta mucho y los acarrea para repertirlos mil veces y se le olvida que los repite o piensa que el lector no tiene memoria. Aún así, algunos me gustan mucho: 
«A todos nos admiraba su nariz, capaz de inventar emanaciones sugerentísimas, que inclúian el olor a "televisión recién apagada" , " a ropa planchada y doblada" o a "botella de vino medio vacía". »
«Su conversación en lugar de mantenerte en frente te envolvía»
«Hacer las cosas por primera vez es uno de esos asombros fascinantes que en ocasiones depara la vida. Nada es igual al esplendor de los comienzos, la memoria fija cada uno de esos instantes, como si la vida pura y dura también se organizase en fotogramas, y cuando transcurre el tiempo hace que aún sientas la admiración y la extrañeza de todo lo que viviste tal o cual día»

Leed Rewind, ya estáis tardando.  

Retiro de Serguéi Dovlátov (con traducción de Alfonso Martínez Galilea) fue un regalo de reyes. Antes de nada decir que la edición de Fulgencio Pimentel es preciosa y está cuidadísima. Dovlátov es ruso y vivió en la Unión Soviética hasta que en 1978 llegó a Estados Unidos tras pasar unos meses en Viena. Años antes su mujer y su hija se habían exiliado pero él no quería marcharse porque pensaba que un escritor sin su idioma deja de ser un escritor (esto me recordó a Agota Kristoff en La analfabeta donde explicaba esta misma sensación, la de expresarte en un idioma que no es el tuyo y lo que eso supone). 

En esta novela, totalmente autobiográfica, el alter ego del autor, Boris Alijànov llega a trabajar a una especie de parque temático sobre Pushkin huyendo de sus acreedores, sus deudas, su falta de éxito como escritor y de una relación complicada con su mujer. En ese parque temático conoce gente de lo más peculiar a los que retrata con muchísimo y con los que mantiene unas conversaciones muy absurdas que a mí me han recordado a los diálogos de Cuerda. 

Me ha dado cierta pena no leerlo en ruso porque resulta que Dovlátov tenía como norma no poner jamás en el mismo renglón dos palabras que empezaran con la misma letra. Me parece una imposición muy personal y muy arbitraria pero seguro que sirve para ser mucho más consciente de lo que escribes (y para poner más puntos y aparte).

Me ha gustado mucho pero es un libro al que hay que dedicar un buen rato. No es un libro para leer cinco páginas antes de dormir y recuperarlo al día siguiente. El ritmo de escritura de Dovlátov es muy especial, no es denso, ni lento ni complicado pero necesitas dedicarle un rato largo para conseguir entrar en ese ritmo y deslizarte por su escritura y meterte en la historia. Tengo otras dos novelas suyas esperando en la estantería.  
«Siempre ocurre lo mismo: la excesiva cercanía impide valorar adecuadamente las cosas. A todos nos parece evidente que los genios deben tener amigos, pero ¿quién va a pensar que su amigo es un genio?»
Y el sentido del humor:
«Mi amigo Beróvich solía decir: 
 Está bien entrar cuando te invitan. Es horroroso cuando no te invitan a entrar. pero lo mejor es cuando te invitan y tú no entras.»
Las ratas de Miguel Delibes fue mi siguiente lectura y qué lectura. Me ha encantado. Delibes publicó Las Ratas cuando vio que no podía seguir escribiendo en el periódico artículos denunciando la situación del campo, la censura era mucho más férrea con el periodismo que con la literatura así que decidió dejar las crónicas y hacer una novela.  Es mucho más coral que El disputado y transcurre por entero en un pequeño pueblo delimitado por los tesos que la rodean y que hacen su campo árido, hostil y al mismo tiempo todo un universo para sus habitantes. El Nini (sin nombre) es una especie de Cayo en pequeño, lo sabe todo y lo conoce todo. Es casi como un pequeño espíritu del campo, podría ser en una obra de Shakespeare un fauno o un duende. Lo sabe todo porque todo lo mira y todo lo aprende. Hay también una especie de sabio al que solo El Nini presta atención, El Centenario.  Es una novela muy coral con muchísimos personajes perfectamente identificables.
«No lo entenderán.dijo El Nini.  ¿Quienes? preguntó El Ratero.   Ellos murmuró el niño.»
«No lo entenderán» ¿Quienes? Nosotros. Nosotros hemos dejado de entender ese modo de vida, apegado a la tierra, pendiente de la lluvia, la sequía, el calor, el pedrisco, el vieno, la nieve, la religión. Nosotros hemos dejado de entender el paso del tiempo con los santos. Delibes abusa de su uso pero yo creo que lo hace de manera intencionada para colocar al pueblo en un espacio/tiempo casi legendario donde las referencias temporales no nos dicen nada. No es lunes ni martes ni domingo, no es febrero ni abril ni agosto, no es primavera, ni verano ni otoño. Es San Martín y San Melitón y la víspera de San Restituto y Santa Oliva. Algunos, muy pocos, podemos reconocer alguna de estas referencias pero la mayoría son desconocidas, como si contemplaran la medida del tiempo en una civilización lejana y hace tiempo desaparecida. Y esa es la idea de Delibes, retratar el campo como algo perdido, como algo que se estaba perdiendo.

Abrojo, escíbalo, sisón, alcaraván, camachuelo, barda, caletre, alcor, argaya. He aprendido que cínife es mosquito y que un frangollo es una cosa hecha deprisa y mal.

Leed a Delibes.

El NAO de Brown de Glyn Dillon ha sido el tebeo del mes y me ha gustado muchísimo. La historia es chulísima pero lo que más me ha gustado es el dibujo: el trazo, los colores, el detalle, el mimo, la calidez.

Nao vive en Londres, su madre es inglesa y su padre japonés y convive con un trastorno obsesivo que le hace tener pensamientos destructivos hacia otros y también hacia si misma. Se ve siempre como alguien que no merece la pena, alguien malvado y cruel que merece morir, sufrir, pasarlo mal. No quiero contar nada más de la historia para que la descubráis y sobre todo para que disfrutéis del dibujo y del rojo. Y no digo más.

El último libro del mes ha sido un ensayo, dieciocho para ser más exactos, y se titula Ex-libris. Confesiones de una lectora. Ann Fadiman recoge aquí varias reflexiones sobre el mundo de la lectura y los libros. Fadiman habla sobre la organización de las bibliotecas caseras, sobre la relación que algunos establecemos con las erratas en los textos, sobre los increíbles tesoros de la prosa más alucinante escondidos en los catálogos de venta por correo (o en el de IKEA), sobre leer en alto, sobre las dedicatorias.
«Este libro es el todo lo que he intentando crear a partir de miles de cosillas que abarrota mis estanterías combadas.»
Tiene un capítulo dedicado al Estante suelto. «Creo que todo el mundo tiene su biblioteca un Estante Suelto. En ese estante hay un pequeño y misterioso conjunto de volúmenes cuyo tema nada tiene que ver con el resto de la biblioteca y, sin embargo, tras mirarlo detenidamente, dice mucho de su propietario.» Pensé que yo no tenía un Estante Suelo pero luego recordé que sí lo tengo, tengo dos baldas enteras dedicadas a la Segunda Guerra Mundial y acumulo lecturas sobre ese tema que nunca ha dejado de interesarme desde que me enganché a él hace ya más de doce años.

Habla también de comprar libros de segunda mano y de dedicatorias preciosas. Incluso dedica un ensayo a los problemas de lenguaje y género y me identifico completamente con su opinión:

«Como ocurre demasiado a menudo en estos tiempos, veo que mi paz de lectura y escritura está siendo alterada por una guerra entre dos sectores semánticos opuestos, uno feminista y el otro reaccionario. La mayoría de la gente que ha escrito sobre la parcialidad sexual en el lenguaje se decanta por uno u otro bando: o lo quieren cambiar todo o no entienden a que viene tanto jaleo. ¿Es que soy la única que se siente dividida? En términos lingüísticos, como en los demás ámbitos, mi ser feminista nace de un simple deseo de igualdad. Estoy de acuerdo con el uso de términos con el género neutro como auxiliar de vuelo. Sin embargo, mi ser reaccionario prevalece cuando oigo que alguien intenta purgar la parcialidad en expresiones como «a cada uno lo suyo» sustituyéndola por «a cada uno y cada una lo suyo». 
Un libro maravilloso sobre el amor a la lectura escrito con muchísimo humor y que por supuesto también recomiendo. (Eso sí, la traducción es un poco regulera)

Este post ha quedado largo y sobre todo os va a salir caro porque lo recomiendo todo. Ahorrad o id a las bibliotecas pero no os lo perdáis.


Y con esto y llorando por el invierno que no ha sido, hasta los encadenados de marzo.


domingo, 1 de marzo de 2020

Adiós, Jose

«Esto no tenía que haber pasado. Yo debería haber sido el primero» dijiste hace quince meses, cuando murió Ramón. Todos te dijimos que eso era una tontería, que no lo pensaras ni por un momento. Has sido el segundo y todavía no nos lo creemos.

Esta fotografía es una de esas que siempre tengo en la cabeza, que no olvido nunca. Está en un álbum de fotos que tengo en mi cuarto, un álbum que hice de adolescente en el que fui colgado fotos y poniéndole cartelitos con frases graciosas. La prehistoria de Instagram. «Gorda como una foca en Benidorm con el tío Jose». Esa frase no la podría poner en Instagram pero con dieciséis años masacrarse a uno mismo es pura rutina. Tú siempre me decías que estaba guapísima. 

Siempre me acuerdo de esta foto y de ese viaje y de ti. Me acuerdo de lo contento que te pusiste cuando publiqué el primer libro y como viniste a la Feria del libro con Blanca. Recuerdo como te sentabas en el sofá y nos mirabas a todos en Nochebuena y como, cuando no era Nochebuena, después de comer desaparecías misteriosamente a echarte la siesta o te desnucabas en el sofá. «No sé que me ha pasado». Tres horas te podían pasar sin darte cuenta mientras todos charlábamos alrededor. Sé que eras el favorito de la abuela y que una vez le diste un tortazo a Mayte cuando llegó tarde a casa y ¡tenía veinte años! ¿Ves? Otra cosa que ya no se hace. 

El viernes llegamos a tiempo de verte por última vez.  Acababas de morir unos diez minutos antes y allí estabas aún. Tan parecido al abuelo. Tan parecido. Te di un beso, te toqué la mano y cuando volví a la habitación ya no estabas. 

Ya no estás. 

Todo el mundo dice que nuestra familia es como una piña. Y lo somos, cada uno de nosotros es una pequeña bráctea (acabo de aprender esta palabra) independiente pero unida a los demás formando algo más fuerte, algo que nos hizo creer invencibles, casi indestructibles. Hoy, sin embargo, volvemos a estar rotos y perdidos. Te hemos perdido y dejas otro hueco en la formación. Cada vez somos menos, cada vez tenemos que estirar más los brazos y apretarnos más fuerte en los abrazos para cubrir los vacíos y, otra vez, no sé cómo vamos a hacerlo pero lo haremos. Estamos tristes, estamos asustados, estamos más solos. Y te echamos de menos.  

Adiós, Jose. Descansa en paz. Te queremos infinito.


viernes, 28 de febrero de 2020

Podcasts encadenados (VIII)



Empiezo esta sección hoy agradeciendo a Ximena Maier esta fabulosa ilustración que retrata perfectamente (obviando que yo jamás seré así de estilosa) como escucho yo la mayoría de los podcasts: conduciendo. Cuatro mil kilómetros al mes dan para muchísimas horas de escucha y para más de cien episodios al mes. No los voy a recomendar todos ni mucho menos pero hoy traigo unos cuantos. 

1.- Fake Heiress de la BBC.  ¿Qué es este podcast? Pues es una tv movie de las buenas de Antena 3, sin colores sobresaturados pero «basada en hechos reales». Se llama Falsa Heredera pero se podría llamar Ambición infinita o Poder sin escrúpulos y cuenta la historia de una joven de origen ruso que consiguió engañar a parte de la sociedad neoyorquina haciéndoles creer que era una rica heredera alemana que al cumplir veintiséis años heredaría una suma desorbitada de dinero. El podcast reconstruye su historia a través de entrevistas con gente que la conoció, gente a la que engañó sin ningún tipo de escrúpulos y gente de la que se aprovechó con toda su caradura. Actualmente, la heredera, Anna Sorokin, está en la cárcel y Netflix ha firmado un contrato con ella para hacer una película con su historia. A pesar de que pueda parecer que lo he destripado, la gracia del podcast no está en saber qué pasó al final sino en asistir ojiplática a cómo alguien es capaz de engañar así a los demás, cómo la manipulación puede ser tan sutil para los que la sufren y tan burda para los que la vemos desde fuera. 

La historia está construida a través de esas entrevistas y a partir de la ficcionalización de escenas de la vida de Anna. En otros podcasts periodísticos de este tipo de casos que ya he escuchado (y recomendado) como The missing Cryptoqueen o The Dropout esta parte no existía pero en este, Anna era un personaje mucho más privado que la Dra. Ruja o Elizabeth Holmes y la única manera de dar consistencia al podcast era a través de este recurso narrativo. Y reconozco que a pesar de resistirme al principio luego me gustó, la actriz que interpreta a Anna lo hace genial en el acento y el tono y acabas creyendo que es ella de verdad.   

Además es un podcast con una banda sonora genial, las canciones que acompañan cada episodio están perfectamente elegidas en su título o en su letra para acompañar lo que se cuenta. 

Episodios: 6 x 30 minutos


2.- Motive de WBEZ Chicago. Este podcast cuenta, en su segunda temporada,  una historia ocurrida en España, principalmente en Sevilla pero también en otras ciudades españolas. En 2015, la joven americana Lauren Bajoreck, murió al caer accidentalmente desde la azotea de la casa de Manuel Blanco Vela, un guía turístico español especializado en viajes para estudiantes americanos en España. Su historia pasó desapercibida hasta que en 2017, Gabrielle Vega, otra joven estudiante que también había conocido a Manuel durante su estancia en España, colgó un mensaje en Facebook contando lo que le había ocurrido con él. Su historia voló mucho más lejos de lo que ella hubiera podido imaginar y se encontró con mensajes de otras muchas estudiantes que habían tenido experiencias similares con Manuel. Gabrielle salió en televisión contando lo que le había ocurrido y la historia se hizo aún más grande con denuncias formales que ahora mismo se están investigando tanto en España como por parte del FBI y las autoridades americanas. 

Motive no es otra historia sobre abusos sexuales, no cuenta solo qué les ocurrió a todas esas chicas que obviamente fueron víctimas de un abuso. El podcast y su presentadora, Candence Mittle Khan tratan de explicar cómo fue posible y qué les llevó a todas ellas a no contárselo a nadie, a no atreverse a denunciar, a pasar años y años en silencio sintiéndose culpables de una situación de la que no eran para nada responsables. No se trata de saber sólo qué ocurrió sino de entender qué les pasó después, como reaccionaron sus cuerpos, sus mentes, sus vidas a esos hechos traumáticos. 

Como parte de la historia transcurre en Sevilla, participa en el podcast una periodista andaluza  con la que WBEZ contactó buscando alguien que llevara las investigaciones y entrevistas aquí.  Se llama Carmen Ibañez y hace un trabajo fantástico.  Además de esto, la narración se sustenta bastante en las entrevistas con algunas de esas mujeres (chicas en su día), escuchar sus voces contando lo que les ocurrió pone la carne de gallina porque vuelven a estar desvalidas, desconcertadas, abrumadas. Y luego están los padres de esas chicas, como ya comenté cuando recomendé Believed, uno quiere creer que siempre sabrá lo que le pasa a sus hijas, qué sabrá interpretar sus reacciones, que podrá protegerlas... y no es verdad. La sensación de haberles fallado, de no haber estado a la altura, de haber permitido en cierta manera que alguien les hiciera daño, tiene que ser espantosa. 

Episodios: 8 x 30 minutos (ahora mismo van por el episodio 6)


3.- Crónicas Jondas de Podium Podcast con Silvia Cruz Lapeña. Empecé a escuchar este podcast para aprender. No sé nada de flamenco, no me gusta nada y creo que es porque no lo entiendo, porque no sé como tengo que mirarlo, escucharlo o sentirlo. Recuerdo cuando mi hermano se volvió muy muy aficionado y en casa sonaba todo el día. Yo no entendía qué le veía, qué sentía y cuando hacia el esfuerzo de intentar entender algo, a los cinco minutos me había aburrido y me marchaba. Siempre digo que creo que no me gusta el flamenco porque hay algo que se me escapa y por eso decidí probar Crónicas Jondas, para ver si conseguía captar eso que no he conseguido atrapar nunca.  

Después de cuatro episodios sigo siendo incapaz de disfrutar el flamenco pero estoy entusiasmada con el podcast porque he aprendido muchísimo si no sobre la música en sí, sí sobre lo que cuenta el flamenco, de dónde surgió, sus orígenes, sus letras, el papel de la mujer en él. 

Silvia Cruz tiene una voz maravillosa y lo cuenta todo, me lo cuenta, con una cadencia y un tono que me dan ganas de sentarme en el suelo y escucharla hablar durante horas. El podcast está maravillosamente producido, sin sobresaturación sonora, sin música sonando a todas horas y además del hilo argumental que lleva Silvia y que para cada episodio es diferente, se intercalan las opiniones de expertos y algunos fragmentos de música. 

Hasta ahora, todos los episodios me han gustado mucho, pero mi favorito sin duda es el que se llama Flamenco y memoria histórica que comienza con la visita de Eva Perón a Granada en 1947 y la historia de los hermanos Quero. Una maravilla.  

Episodios: 8 x 30 minutos (ahora mismo van por el episodio 4) 


Para terminar un asunto práctico: alguien me preguntó el otro día que aplicación utilizo para escuchar podcasts. He probado varias y la que uso ahora es Pocket Casts pero Google Podcasts también está bien. Todas permiten descargar los archivos para escucharlo sin datos o escuchar en streaming. Pokect permite hacerte una lista con todo lo que quieres escuchar. Mi lista tiene ahora mismo setenta episodios en cola, no seáis como yo. 

Y con este apunte técnico, las tres recomendaciones y estrenando maravillosa ilustración para la sección, hasta los próximos podcasts encadenados.  




miércoles, 26 de febrero de 2020

La planificación no es para mí

Hoy he soñado con mi amiga L. Es una amiga que dejó de serlo hace cinco o seis años. No nos enfadamos, yo no me enfadé pero decidí que seguir fingiendo que teníamos algo en común era una bobada. A ella y otras les dije: adiós, os deseo lo mejor. Y hoy me he levantado pensando en ella y en como fue capaz de prepararse unas oposiciones complicadísimas cuando terminó la carrera. Nunca fue buena estudiante, era más bien chapucerilla, pero cuando se planteó las oposiciones se convirtió en una titana de la fuerza de voluntad. Todos los días, uno tras otro, iba a la biblioteca y estudiaba horas y horas. Academia, ensayo de temas, más estudio, solo descansaba un día la semana. Una organización milimétrica y una voluntad a prueba de bombas. Me admiraba. Ella que en el colegio había sido un desastre, siempre llegando en el último momento, siempre llevando todo estudiado con pinzas, siempre inventándose las respuestas a partir de dos o tres frases, estudió durante años siguiendo un plan milimétrico.  He recordado todo esto porque este año me propuse apuntar en una agenda las cosas que hago y que quiero hacer. Mi intento ha llegado hasta finales de febrero. Me he aburrido y además me he dado cuenta de que escribo las cosas a posteriori, como una especie de recordatorio: fui a la peluquería, llevé a María al médico, cené con los de Montes. No tiene ningún sentido. Tener una agenda, escribir lo que quieres conseguir hacer a lo largo de la semana es, para mí, un propósito imposible. Supone saber cómo te vas a sentir a lo largo de toda la semana o peor aún, asumir que da igual como vayas a sentirte a lo largo de toda la semana: tienes un plan y unos objetivos y vas a cumplirlos pase lo que pase. Ser así es como ser del ejército aliado en el día D: los planes se cumplen. O se intenta contra viento y marea. 

Yo soy más de improvisar acciones, como la resistencia. Estudiar una oposición hubiera estado completamente fuera de mis posibilidades. Planificar la semana y el cumplimiento de unos objetivos es ciencia ficción para mí.  Yo cumplo con mis tareas en acciones limitadas, rápidas e improvisadas y siempre siempre de acuerdo con mi estado de ánimo. En mí, el "hoy no tengo ganas de esto" es poderosísimo. Mi amiga es Patton y yo soy el francés de la boina de que volaba el tren en el último momento justo antes de irse a comprar una baguette. 

Y sí, mi amiga aprobó la oposición y ahora tiene un puesto estupendo. Y, bueno, a mí no me va mal yendo siempre a salto de mata. 


viernes, 21 de febrero de 2020

Oda al sujetador

Tener unos guantes que se ajusten a mis dedos. Quitármelos  tirando uno a uno de cada dedo en un gesto  que considero muy elegante y que me hace sentirme en blanco y negro. Poder ponerme gorro porque sé que me sientan bien. Que mientras camino por el metro leyendo los paneles para no perderme como si fuera extranjera en mi propia ciudad suene en la lista aleatoria "En el coche" una canción que me haga sonreír. Ceder el asiento en el metro. Ponerme un pijama de pantalón y camisa con solapas y que el pantalón tenga bolsillos. Acertar con los zapatos. Firmar con un solo trazo en tinta verde. Pintarme los labios casi todos los días. Entrar en las tiendas abriendo y cerrando puertas. El olor a café recién hecho. Una tarta de manzana sin crema.  Entrar en un restaurante y caminar hasta mi mesa. Los vestidos y faldas con bolsillos. Dar los buenos días. Descubrir que el pelo me queda perfecto al mirarme en un escaparate. Verme favorecida en el ascensor. Conducir por una carretera con la ventanilla bajada. Usar agenda. Que me digan «he perdido la cuenta de todas las veces que te he hecho caso y ha sido para bien»

Todas estas cosas son estupendas pero no pueden compararse con entrar, con muy poca fe, en una de esas tiendas de lencería que hay en todas partes y salir con los brazos en alto y con ganas de cantar porque he encontrado un sujetador perfecto. Un sujetador que sujeta y que no lleva foam. Un sujetador del que no me salgo ni se me salen. Un sujetador que no se desabrocha, que no tiene unos tirantes del grosor de una pernera de pantalón y que no me recuerda al que llevaba mi abuela de noventa años. Un sujetador que no desborda y con el que no parezco una tabernera alemana del siglo XVII.  Un sujetador que no me ha costado media letra de la hipoteca. Un sujetador que parece pensado por alguien con tetas y no por una tabla de planchar con pezones. Un sujetador de ser feliz y de estar guapa. 

Encontrar el sujetador perfecto, eso sí que me hace sentir bien.

Enterradme con él. 


lunes, 17 de febrero de 2020

Los maleducados siempre son los otros

Hace un par de semanas fui al cine a ver Parásitos. Llegué veinte minutos antes, compré las entradas y estaba a mi hora sentada en mi butaca. La gente seguía entrando mientras pasaban los trailers e incluso al comienzo de la película. Entiendo que se llegue tarde a los sitios, yo siempre llego tarde, pero lo que no puedo entender es que llegues tarde y al llegar a tu sitio te quedes de pie mientras te quitas el abrigo, la bufanda, te descuelgas el bolso y pones el móvil en silencio. ¿En serio no puedes sentarte intentando molestar lo menos posible a las personas sentadas detrás de ti y que necesariamente, en un 99,9% de los casos, necesitan leer los subtítulos porque la peli es en coreano?

Hace una semana estuve en La Granja de turismo. Paseábamos por la entrada admirando los árboles centenarios que adornan el paseo que lleva al Palacio cuando vimos como un jardinero de patrimonio llamaba la atención a una pija que estaba abrazada a una secuoya protegida. «No pasa nada, es solo un momentito». «Señora, por aquí pasan miles de personas al año, eso son muchos momentitos». La pija con gorro del frente ruso y su pandilla se ofendieron muchísimo porque el jardinero les había llamado la atención. No les preocupó lo más mínimo, sin embargo, haberse saltado la valla que rodeaba el árbol y en la que ponía «no tocar». 

Somos el país de las normas no van conmigo porque lo mío es un momentito, lo que yo hago no molesta, yo sé comportarme pero, justo, esta vez, no. Siempre ha sido solo una vez, era una urgencia, otros lo hacen mal pero yo no. Y lo que somos es un país de maleducados profesionales. Me va a quedar un post muy Marías meets Pérez Reverte y mi abuela pero es que es así. Vas a un museo donde en cada sala hay un cartel señalando que está prohibido hacer fotos y ves a la gente sacando una foto porque «eh, es sin flash y además no es a un cuadro, es a mi hijo sacándose un moco porque es monísimo». Vas al teatro y si con suerte no suena ningún teléfono, siempre hay alguien que tiene que consultar los whasaps con un brillo de pantalla al 300% porque «a ver, no ha sido para tanto, es que no sabía si era urgente». No, no lo es, no es urgente porque no eres un cirujano cardiovascular de guardia ni eres el encargado de dar al ON al Sol, así que lo que sea puede esperar hora y media a que termine la obra. Y si no puede esperar, si tu vida es tan trepidante e importante que tienes que mirar el móvil cada diez minutos ¿sabes qué? No vayas al teatro. 

Las normas y las prohibiciones son siempre para los demás, para las que no las cumplen nunca. Nosotros solo las hemos incumplido esa vez, justo en ese momento, y por una buena causa, no como los demás. Nosotros no somos los demás, somos especiales, tenemos razón, tenemos un motivo de peso para llegar tarde al cine y quitarnos el abrigo molestando a todo el mundo o para abrazar un árbol. O para gritar en un restaurante, dejar el coche en segunda fila, entrar sin llamar en un despacho,  obligar a todo un vagón a escuchar nuestra conversación o nuestra música, tocar una obra de arte o hacer fotos donde está prohibido. A esto se suma que además de ser maleducados somos unos chulos. «Señora, no abrace el árbol, ¿no ve que está prohibido y es malo para el árbol?». 

Cada vez somos un país más maleducado porque los educados, los que cumplen las normas, apagan el volumen, no gritan en los restaurantes ni hacen fotos en los museos se acobardan. Nos da miedo decirle a alguien: «por favor, ¿puedes sentarte?» o «eso está prohibido». Y nos da miedo con razón. Porque los maleducados, además, tienen siempre la piel muy fina y se ofenden muchísimo cuando les llamas la atención.

«Al árbol no le pasa nada» dijo muy digna. Ojalá mil personas llegando a abrazar a esa persona y diciéndole «pero si es un momento, verás como no te pasa nada». 

Somos maleducados y orgullosos y nos jode que nos lo digan porque los maleducados siempre son los otros.   


miércoles, 12 de febrero de 2020

12 de febrero. Cuarenta y siete años.



Este ha sido el año de Nueva York. El año en que decidí que si podíamos viajar ahora mejor hacerlo ya porque «más adelante» no existe. Y sin planearlo y sin esperármelo lloré de emoción debajo de las arcadas de Central Park. «Mamá, por favor, que no pasa nada, no seas dramas».  Ha sido el año, otro año, de volver a hacer un triple salto mortal sobre un «ni de coña» y acabar dando una charla TED   con un acuario gigante a mis espaldas, frente a quinientas personas tratando de que mis palabras fueran más interesantes que los bancos de peces nadando. Repasando las fotos del año he descubierto que ha sido el año de ir vestida de azul. Y el año de intentar dejarme el pelo blanco y abandonar el intento porque me parezco demasiado a mi madre. Ha sido el año de Las Palmas y La Palma.  Ha sido el año de ver volcanes en La Palma y refunfuñar durante los últimos tres kilómetros de una marcha interminable mientras murmuraba: «¿Qué cojones hago yo aquí?» y Antonio me contaba los detalles de una película con Sean Connery y Lorraine Bracco. «¿Por qué me estás contando esto? Porque te estás encabronando y con algo tengo que distraerte». Ha sido el año de seguir pensando que tengo que irme de Madrid: a Los Molinos, a Comillas, a Segovia, a La Palma, a Asturias, a donde sea hacia el norte.  Ha sido el año de darme cuenta de que, a lo mejor, soy un poco demasiada organizada para algunas cosas. Tan demasiado organizada que me obligo a hacer cosas que solo tienen sentido para mí. A veces pienso que si me muero mañana y alguien, mis hijas, encuentra mis papeles, mis cuadernos, mis archivos, para ellas no valdrán nada. Ha sido el año de Doña Rosita anotada, Sueños y visiones de Rodrigo Rato y Esperando a Godot. Ha sido el año de llegar a los Oscars habiendo visto casi todas las películas nominadas y el año en que mis hijas dejaron de ir al cine conmigo sin chantaje o soborno de por medio. Ha sido el año de regañar a mi madre a gritos por política y de advertir a mis compañeros en el comedor del trabajo: «si votáis a VOX no me habléis más allá de lo estrictamente obligatorio por temas laborales». Ha sido el año de conocer a Alan Cumming y descubrir que es idiota y el de charlar con Paul Giamatti sobre mi vestido Hitchcock. Ha sido el año del vestido Hitchcock y la falda de rayas de colores. Ha sido el año de descubrir San Juan de Luz, decepcionarme con Biarritz y confirmar que ser francés debería ser nuestro objetivo en la vida. Ha sido el año de charlar con Miguel Ríos sobre mi charla del empotrador en un bar de Consuegra la víspera de la boda de otros amigos. Ha sido el año del verano infernal con mis hijas y el de cuidar al Ingeniero cuando decidió viajar al pasado, a finales de los ochenta concretamente, para jugar al squash y romperse el tendón de Aquiles el día antes de marcharnos a Cerdeña, a la Isola de San Pietro para la boda de unos amigos. Ha sido el año de centrifugar de nuevo con los De Montes. Ha sido el año de leer sesenta libros, ir siempre ocho números atrasada en el New Yorker, hacer un excel de podcasts que ya suma ciento ochenta y siete registros y de quedarme dentro del coche esperando a que termine el que estoy escuchando y al terminar pensar «creo que he desarrollado un poquito de adicción a esto». Ha sido el año de conocer a María Jesús que me ha animado a hacer algo útil y divertido con mi adicción. Ha sido el año de ir a Asturias a conocer el hotel de Julian y el de aprender a maquillarme. Ha sido el año de enseñarle Madrid a mi sobrino pequeño y asegurarle que sí, que vivo en un circuito de carreras porque por delante de mi casa pasan muchos coches. Ha sido el año, otra vez, de echar de menos el invierno, uno de verdad, uno con frío de llevar gorro, guantes y la punta de la nariz congelada. Ha sido el año de dejar de nadar porque me he cansado de hacerlo y el de cambiar mi horario en el curro para salir de allí cuanto antes. Ha sido el año de la cena perfecta con Ximena Maier y Miquel Del Pozo Ha sido el año de intentar ahorrar y el de comprar setenta libros y suscribirme al New York Times y a HBO. Ha sido el año en el que mi hija Clara me ha dicho: «mamá, ¿sabes que ya estás pre menopaúsica?». Ha sido el año de pensar que ya estoy rozando los cincuenta. Hoy empiezo a desear llegar a los cincuenta y celebrarlo volviendo a Nueva York.



lunes, 10 de febrero de 2020

Oscars 2020: despelleje, señoras estupendas y Brad Pitt

Los comentaristas políticos tienen que escribir sobre el debate del estado de la nación, los comentaristas de moda sobre la pasarela de París, los de fútbol sobre el clásico del año y yo tengo que escribir sobre los Oscars. Me lo tomo como una obligación que cada año pienso que no seré capaz de hacer y oye, al final, lo consigo y además me río. (Aviso para los nuevos: no sé nada de moda ni me importa mucho, esto no va de cuánto sé yo de moda, sino de reírnos. Para saber de moda, busque Harper´s Bazaar en google y dale a buscar)  

Para empezar tengo buenas y malas noticias. Brad ha ganado y en este blog por si alguien no lo sabe somos conversas de Brad. A mí de jovencito no me gustaba nada porque me parecía que era un blandengue. Al final ha resultado que lo que le faltaba era tiempo de maduración, como a los buenos vinos, y ahora me pongo nerviosa y se me pone la piel de gallina solo con verle. Voy a forrarme una carpeta con sus fotos solo para llevarla a las reuniones de trabajo y distraerme del tedio laboral. Bueno, pues que Brad gane es una noticia estupenda. La mala es que iba mal peinado. Si se hubiera recortado un pelín la melenita hubiera estado para echarse a llorar de guapura. Pero esto lo digo para que no me acusen de carecer de objetividad. Brad va mal peinado pero se lo perdono todo.  Hasta sabe llevar terciopelo sin que parezca que le han engañado. 

Amatus va de  proyecto de pretecnología de sexto de primaria. «Chicos, vamos a aprender a usar el papel pinocho». Seguro que ha sacado mención de honor porque esa falda de recortable le ha llevado tiempo. 

Saoirse volviendo a la infancia. «Mamá, ¿me dejas hoy disfrazarme y ponerme lo que quiera?» Y eso ha hecho, echarse por encima el baúl de los disfraces. «Mami, ¿me puedo poner tus joyas?»  Le falta una diadema con antenas. 

Yo quiero ser rotunda, como Rita Wilson.  Muy rotunda y mucho rotunda. 

Resulta que Florence no iba de cursi afectada en Mujercitas. Es cursi y afectada. Le pega todo el vestido de joyerito ridículo de los chinos.  Joyerito ridiculito. Florence es la típica persona que te obliga a hablar en diminutivos. 

Gal Gadot viene de jugar a lo mismo que Saoirse pero llegó antes al baul y se hizo con el tutú rosa. «Mamá, ¿estoy guapa? Sí, cariño y ahora quítate eso que vamos a comer».

El vestido de Joanne Tucker me encanta, me parece precioso, elegante, tiene bolsillos y le queda genial. El marido también le queda genial. Adam Driver es un tío que no quieres que te guste pero al que tú quieres gustarle pero con cuidado. Quizás a Joanne le pasa eso o quizás han discutido antes de salir porque alguien ha dejado las toallas en el suelo. 


Timothée tenemos que hablar. Yo cumplo 47 esta semana y tú estás empeñado en parecer cada vez más joven, mis fantasías sexuales contigo están rozando ya la ilegalidad. ¡No te disfraces de cadete de Top Gun! 

Hacia mucho que no teníamos un Úrsula, bruja del mar. Margot Robbie lo ha reinventado en versión escurrida pero sinceramente, le queda mejor a Úrsula. 

Christiane Lahti ha hecho un Nadia Comaneci. Un 10 en elección de vestido. Un 10 en ejecución práctica.

Rami Malek siempre tiene pinta de creer que no debería estar ahí. 


Scarlett es una actriz como la copa de un pino pero eligiendo vestidos me hace sufrir. Como acarreadora de dos tetas como dos carretas veo ese escote y sufro, sufro muchísimo porque la imagino agachándose y sintiendo como la fuerza de la naturaleza y la fuerza de gravedad la desborda.  Eso sin contar con que Scarlett es chaparrita como yo y el 90% de la gente con la que habla la mira desde arriba y es posible que estén pensando ¿aguantará una moneda de un euro ese canalillo?

Lo contenta que te pones cuando llegas a una fiesta, te das cuenta de que vas hecha un adefesio y te encuentras una amiga que va tan horrorosa como tú o más. Y decidís ser, a partir de ese momento, mejores amigas. 

Lucy Boyton de muñequita con su camisita y su canesú.  

Nunca falta la que va en camisón. Camila en los Goya hubiera encajado perfectamente. 

Charlize de Charlize. Se le está poniendo cara de Charlize y pose de creerse Charlize. Te estás encasillando. 


Como Joaquin siga esponjando va a llegar a hacerse un Alec Baldwin. Rooney Mara elige siempre mal, es un valor seguro. A veces, como ayer, se supera y elige fatal.  Horriblemente fatal. Empiezo a sospechar que su mejor amiga del colegio es diseñadora frustrada y ella lo hace como una labor de caridad. 

Natalie Portman sin querer coger frío. He visto que en la capa llevaba bordados los nombres de diferentes directoras de cine para homenajearlas. Me parece un gesto precioso y la capa es bonita pero ver a alguien abrigado me ha descolocado mucho. 

Salma queriendo ser rotunda pero se le ha ido la mano y va de excesiva. Excesivamente blanca, excesivamente drapeada, excesivamente estirada, excesivamente trepada.  

¿Os acodáis de cuando Renée era una tía con la que te imaginabas de juerga, merendando panteras rosas y con la que te ibas a reír hasta tener agujetas? Yo tampoco pero era así. La hemos perdido. Ya no nos saluda por la calle, hace como que no nos conoce. 

Interrumpimos el despelleje porque BRAD. 

Penélope, Penélope. ¿Qué es esa uña? Y el vestido, ni siquiera con bolsillos tiene un pase. 

Cuando te das cuenta de que tu abuelo está envejeciendo mucho mejor que su amigo del alma. 




Otro Nadia Comanecci. Julia Louis-Dreyfuss maravillosa y con un marido divertido con pinta de hacerte reír y saber dar masajes de pies. 




Sandy Powell llevándome a mi adolescencia. A esos fines de campamento en los que ibas con tu cuaderno pidiéndole a la gente que te escribiera cosas y te apuntara sus señas (long time ago, antes de "me aceptas en IG"). Mi reino por si lleva cosas escritas como "sé que siempre seremos amigos. Tom" o "por las risas, las lágrimas y esas noches de fuego de campamento. Jennifer". 

Gerard, ¿qué te has hecho?   ¿Como has podido pasar de 100% de follabilidad a no te toco ni con un palo y por mí que la humanidad se extinga?

SIGOURNEY. Otro Nadia Comanecci. ya tenemos podium. 

Laura Dern roza la clasificación de mejores vestidas y lo hubiera logrado si hubiera prescindido de los adorna picaportes de armarios. 


A los niños de Jojo los adopto.  Al equipo de Parásitos también. Me los llevo a cenar a casa, gazpacho y tortilla de patatas mientras todos nos reímos mucho sin poder comunicarnos.  

Brad Goreski, no pongas esta foto en tu tinder diciendo «no me gusta ser convencional» 

Joan Collins de pacto con el diablo. George Hamilton de pacto con el diablo pero jugando mal. 

En los Globos de Oro dije que Billy Porter tenía pinta de ser  «el típico amigo al que le dices: por allí viene mi jefe, actúa normal y sin saber muy bien como acabas en casa del jefe bebiendo pacharanes y viendo fotos de su luna de miel» . Pues ya está dicho todo.  

Hombres del mundo, no cojáis drogas de extraños ni sigáis el ejemplo de Omar Sharif junior.


SIGOURNEY doble medallista. Gana también en la categoría "After party". 

De esta gala podemos sacar dos cosas buenas: las señoras mayores estupendas haciendo podium y el discurso de Brad al ganar el Oscar

Con esto acaba la temporada de despellejes. El año que viene más.