viernes, 25 de septiembre de 2020

Podcasts encadenados (XVI)


La realidad está para encerrarse en casa, literal y metafóricamente, y dedicarnos a tratar de mantenernos lo más alejados posible de lo que ocurre fuera, también literal y metafóricamente. Mi consejo es apagar las redes sociales, apagar los informativos de televisión, apagar las tertulias de la radio y coger un libro, ver una peli o, claro, escuchar podcasts. Recomiendo hacer cualquier cosa que te mantenga alejado de la realidad y si vives en Madrid, de morir por incompetencia política. Ojalá, algún día, alguien haga un podcast de investigación sobre la gestión de la CAM en esta pandemia, sería un exitazo y su escucha estaría salpicada de «no me lo puedo creer» o «pero como fueron así de irresponsables» o «vaya panda de malnacidos, me alegro de que se estén pudriendo en la cárcel». Espero vivir para poder escucharlo. 

Al lío. 

1.- My Gothic Dissertation de Anna Williams es un podcast que llevaba tiempo queriendo recomendar pero no había encontrado el momento. Es un podcast independiente, esto es que no depende de una gran productora, ni de  un gran medio. Anna Williams se lo guisa y se lo come ella solita  y es uno de los podcasts más originales en cuanto a fondo y forma que he escuchado nunca. La premisa es la siguiente: Anna Williams es estudiante de literatura (de English, como dicen ellos) y tras terminar los estudios y hacer el doctorado, se enfrenta a la realización de la tesis. Quiere hacer una tesis diferente, rompedora, que realmente aporte un conocimiento nuevo a su campo de estudio que es la novela gótica y, tras mucho pensarlo, se le ocurre hacerlo en forma de podcast comparando las aventuras y desventuras de diferentes protagonistas de novelas góticas con las penurias que le suceden a los estudiantes (a ella y a otros) que se enfrentan a un doctorado y a una tesis. 

Cada episodio gira en torno a una novela gótica (sobre Frankestein hay dos) y se traza un paralelismo entre sensaciones y situaciones que sufre el protagonista de la novela con algo que experimentan los estudiantes. Así, por ejemplo, el primer episodio trata sobre la llegada del estudiante al mundo académico para sus años de doctorado comparándolo con la llegada una heroína cuando llega a la casa donde va a vivir a partir de ahora. Es un mundo nuevo, con unas normas estrictas y firmemente aceptadas que ambos deben acatar si quieren seguir vivos en el caso del personaje de ficción o conseguir un futuro laboral en el caso del estudiante. Hay otro episodio interesantísimo sobre la "invalidación emocional", la necesidad de los estudiantes de conseguir la aprobación de sus profesores y como la ausencia de ella les supone una quiebra de su confianza en su proyecto y sus ideas.  

El podcast está maravillosamente producido, Anna tiene una voz peculiar, cálida y cristalina y el guión es excepcional. Además de todo esto, cuenta con una web preciosa con las transcripciones de todos los episodios.  

Episodios: 7
Duración: unos cincuenta minutos. 
Por dónde empezar: por el principio. Por supuesto, si no has leído Frankestein quizás el principio debería ser la novela de Mary Shelley, otro buen lugar para resguardarse de la realidad. 


2.- Juego de niños de Radio Ambulante.
¡Albricias, la décima de temporada de Radio Ambulante ya está aquí! Sé que ya he recomendado este podcast pero voy a seguir haciéndolo hasta que consiga que todos lo escuchéis. Este episodio, además, está especialmente indicado para cualquiera que tenga hijos y haya escuchado alguna vez en su vida: ¿juegas conmigo? y sentido que lo último que le apetecía era jugar. Acto seguido se ha sentido muy culpable y candidato a peor padre del año. Este episodio, primero de la nueva temporada, va sobre eso y mientras lo escuchaba, paseando por Los Molinos, recordaba todas la veces, hace ya muchos años, en que jugué con mis hijas deseando que aquellos juegos terminaran, intentando disimular que me estaba aburriendo y pensando si ellas se darían cuenta. Si tienes hijos y has pasado por eso, vas a sentirte identificado con todo lo que cuentan y también aliviado. 

Duración: 20 minutos.
Por dónde empezar: si nunca has escuchado Radio Ambulante, empieza por aquí y luego ¡enhorabuena! tienes cientos de episodios para disfrutar mientras te hacen compañía. 
Bonus: Radioambulante tiene una newsletter semanal muy recomendable, con cinco recomendaciones a la semana de libros, webs, perfiles de instagram, canciones, documentales. Merece la pena suscribirse y es gratis. 



3.- One child to rule them all de Flashforward  Este podcast estructura todos los episodios de la misma manera, plantea algo que pueda ocurrir en el futuro y, a partir de ahí, reflexionan sobre qué pasaría si eso llegará a ocurrir estudiando nuestra realidad, la ciencia y nuestra manera de pensar. En este interesantísimo episodio plantean la premisa de imagina que en el 2030 se decide implantar la política de hijo único en todo el planeta para limitar la población y hacer un uso eficiente de los recursos del planeta que no son ilimitados. ¿Qué pasaría? Sé que la idea puede parecer poco atractiva pero os animo muchísimo a escucharlo porque os vais a sentir sacudidos en vuestros más íntimas creencias, en esas cosas de pensáis porque son "de sentido común".  La conductora del podcast, es la periodista científica, Rose Eveleth hace un trabajo increíble de organización, estudio y desarrollo del planteamiento con la colaboración de muchos expertos a los que da voz sin que en ningún momento el episodio resulte pesado. Recomendadísimo pero más para oyentes experimentados que para alguien que empieza. 

Podcast: Flashforward.
Episodio: One child to rule them all. 
Duración: 1 hora. 
Por dónde empezar: por aquí. Además, si os pica la curiosidad y tenéis tiempo para bucear en más información, en la web hay un completo listado de referencias, artículos, libros y demás para leer. Acostumbraos a este podcast porque va a aparecer muchas veces por aquí. 

Por último, otra cosa que en estos momentos me hace feliz es la newsletter mensual de Lauren Collins, periodista americana que se ha ido a vivir a Francia y, que una vez al mes llega a mi buzón llena de historias interesantes, enlaces a cosas que merece la pena ver, noticias sin crispación, lecturas con las que aprendo y joyas de internet como la que he visto esta mañana y os dejo aquí para que os deleitéis: The Supremes, en 1965, grabando una especie de videoclip cantando por los Campos Elíseos hasta que llega un gendarme y las echa a empujones de allí. 




Por supuesto, si escucháis algo y os gusta, venid a contármelo. 

miércoles, 23 de septiembre de 2020

Algo que celebrar

Esta mañana, al abrir twitter, me he encontrado con un mensaje que decía "Felicidades, @molinos1282. Hoy es un día para celebrar. Beso inmenso, querida". Desde que empezó la pandemia mi cerebro ha desconectado el modo calendario y la mayoría de los días no sé si es lunes o jueves o domingo. ¿Qué tengo que celebrar? ¿Qué día es hoy? 

Lo primero que me ha venido a la cabeza ha sido que hoy es el cumpleaños de Springsteen, una fecha sin duda importante, pero no tanto como para ser felicitada por ella. El mensaje venía con una fotografía y al ampliarla, he descubierto el motivo de celebración, la persona que me felicitaba (una desconocida, conocida solo por redes) había anotado en su calendario "Fin de la depresión de Ana Ribas" (gazapo en mi apellido)" 

«¿Hoy es ese día?» Ha sido mi siguiente pensamiento. Y sí, es ese día. Hoy hace cinco años que mientras conducía por la Gran Via de camino a una cita con mi amigo Antonio pensé que estaba bien. Han pasado solo cinco años y, a la vez, ya han pasado cinco años. Sigo estando bien. Hace cinco años hacia calor, el sol lucía en la calle y todavía llevaba ropa de verano. Hoy, por la ventana, veo llover  y llevo jersey, calcetines y pantalón largo. Hace cinco años vi el mundo de colores, sentí que podía ir a por él, que ya no me daba miedo, que podía y quería hacer planes. Sentí que, otra vez, me gustaba estar viva. 

Hoy el mundo que me rodea es aterrador y tengo miedo. No sé que va a pasar la semana que viene y apenas salgo de casa. Cuento los días para volver a estar confinados y me armo mentalmente de recursos para estar preparada porque este nuevo confinamiento va a ser muchísimo más  negro que el de marzo porque ya no podemos sosteneros en que nos pilló por sorpresa, no podremos escudarnos en que no sabíamos que en el bosque había un lobo, no podremos justificarnos con la idea de que fuimos imprudentes por desconocimiento. Ahora nos hemos metido en la boca del lobo a conciencia, no hay excusa, no hay justificación.  Sabemos que no vendrá nadie  a salvarnos, que los que nos gobiernan no tienen ni la intención ni la voluntad ni la capacidad para organizar, si quiera minimamente, la situación. Ahora, sabemos que mucha gente a nuestro alrededor se deja llevar por rumores, por conspiraciones, por planteamientos idiotas y simplistas que les hacen la vida más fácil porque les permiten posicionarse en un no o en un sí que les da tranquilidad. Sabemos que no sabemos lidiar con la incertidumbre y que incertidumbre es lo que vamos a tener durante muchos meses sino años. Sabemos que lo que teníamos antes no va a volver jamás. Sabemos que nunca volveremos a ser tan inocentes pero que seguiremos siendo igual de idiotas. Esa es otra cosa que hemos perdido, el optimismo tonto que, en abril, nos hacia pensar con esperanza en el verano. 

Hoy, 23 de septiembre de 2020 tengo muchísimas más cosas de las que preocuparme que hace cinco años.  Tengo dos hijas adolescentes a las que no puedo proteger con mis palabras, saben que si les digo que todo saldrá bien es más un deseo que una realidad. Tengo una madre cinco años más mayor, cinco años más cabezota y cinco años más difícil de manejar. Y tengo la certeza de que no queda más que apretar los puños y aguantar la época que se me viene encima que va a ser más triste, más dura y más difícil que cualquiera que haya vivido antes. 

Por todo esto, me sorprende estar bien. Preocupada, agobiada a ratos y con ansiedad en otros, pero no quiero morirme, no quiero esconderme, no quiero desaparecer de la vida... en resumen, no tengo una depresión. Y sí, eso se merece una celebración o por lo menos un recordatorio. Hace cinco años me curé, hace cinco años dejé de querer morirme, hace cinco años volví a reconocerme. Y aquí estoy, preparada. 

jueves, 17 de septiembre de 2020

Lo que nos cuentan las fotos

La foto que da comienzo a la tradición familiar es en blanco y negro y ya amarillea en algunas zonas. La luz que, durante años, la ha iluminado entrando por la galería del patio se ha comido los blancos y los negros. En ella hay diecisiete personas. En el centro, mis bisabuelos maternos, Eleuterio y Teresa, sentados en dos sillas con sus cuatro hijas (su hijo murió en la guerra, en el hundimiento de su barco), sus yernos, sus nietos y un perro, Morris. Mis bisabuelos parecen viejísimos, ancianos, pero por la edad que parece tener mi madre en esa foto, quizás tuvieran setenta escasos. Miran adustos a la cámara, muy serios y, a pesar de que es verano, porque todos los demás van en pantalón corto, camiseta o incluso, como mi madre, en traje de baño,  ellos van vestidos formales: él chaqueta, corbata y pantalón largo y ella vestido y moño. Mi abuelo José Luis, justo detrás de su suegro, lleva gafas de sol y sonríe divertido mirando algo fuera de cámara que no veo. Por detrás de él se ven las casas al otro lado de la carretera, los árboles del jardín de La Rosaleda no eran por entonces tan altos, eran jóvenes, como todos ellos, y no tapaban la vista. 

La siguiente foto es en color. Se intuyen jersey verdes, azules y granates y mis primos llevan pantalones cortos y y mis hermanos y yo llevamos vaqueros. La foto entera está adquiriendo un color pardo, dorado, como si estuviéramos, como Marty McFly desapareciendo. Los árboles y los lilos del jardín ya han crecido y posamos con un fondo verde que tapa las casas que se veían en la foto anterior. Entre una foto y otra creo que han pasado unos quince años. Esta vez, los que están sentados en las sillas son mis abuelos. También parecen mayores pero se que tenían apenas sesenta. No hay nadie con chaqueta y corbata y está tomada a principios de otoño en el mismo sitio: la rampa del garaje. (Hace poco fui a esa casa y como me pasa siempre que vuelvo me pregunto en que momento empezó alguien a llamar rampa a una superficie con tan poca inclinación que una canica se quedaría parada después de recorrer 20 cm) Aquí tengo cinco o seis años. Llevo el pelo cortado como ahora, corto y tapándome el ojo derecho. (Poco se habla de que la raya del pelo es para siempre). Estoy sentada en el suelo, con las piernas cruzadas, junto con mis hermanos y mis primos. Llevo algo en las manos, ¿un palo? y miro a cámara muy seria. Hace cuarenta años las fotos eran algo serio, se hacían para la posteridad, como recuerdo y tenían que salir bien.  Fotografiarse era algo trascendente, se "revelaban" (Hasta este verbo ha dejado de existir, ahora se imprimen) y pasaban a formar parte del paisaje de las casas, de las rutinas diarias durante los años y años que permanecían en un marco encima de una mesa, en una pared colgadas. No te dabas cuenta pero las veías cada día y se convertían en atrezzo de tus recuerdos. Las que hay en mi casa, las tengo tan  interiorizadas, que como estoy haciendo ahora, puedo describirlas sin verlas. Mi yo de seis años parece decir "Ey, estuviste aquí, eres esta familia aunque pasen muchos años". 

Las últimas fotos de la serie familiar nos las hemos hecho este fin de semana, como hacemos cada verano. Ya no hay una única foto porque podemos permitirnos hacer doscientas: solo los hermanos, solo los nietos, por parejas, por familias, los primogénitos, los segundogénitos, con los perros, sin los perros, poniéndonos muy serios, haciendo el tonto, saltando, tumbados en el suelo, con los pies dentro de la piscina, bailando una coreografía. Todas son en color, brillan como supongo que brillaban las anteriores cuando se tomaron. Camisetas rojas, pantalones azules, bañadores verdes, chanclas fluorescentes, minifaldas de rayas, camisetas rosas. Salimos despeinados, con la ropa sin planchar, los pantalones rotos, manchas de regaliz y de chocolate. Salimos con los ojos cerrados, con papada, con la boca abierta, bizcos, mirando a otro lado, hacia abajo, hacia arriba, gritando «Espera». Ya nadie se sienta en ningún silla, ni estamos en la famosa rampa. No miramos a la cámara serios porque podemos repetir la foto todas las veces que queramos o hasta que los perros se cansen de posar y mis sobrinos pequeños digan "ya basta". 

No sé quien hizo las dos primeras fotos. Si cierro los ojos o me quedo mirando el jardín desde la ventana puedo oír las voces de los que ya no están, viviendo en esas fotos diciendo: «venga, colocaos, a ver que miro a ver si estamos todos. Le doy y voy corriendo, me pongo en la esquina" y, después, las sonrisas congeladas, mirando a cámara. Los «¿ya?», los «¿habrá salido?». «Haz otra por si acaso». Cuando las fotos no pueden ampliarse con un movimiento de dedos en una pantalla, su fortaleza viene de las historias que nos cuentan. «Estos son los tios de Vitoria, Manuel y Teresa, y esta es una niña de la India que adoptaron cuando era bebé», «Este es Morris, el perro que tu tia Mayte tenía cuando era joven». Cuando no puedes ampliar para ver si se la sonrisa era perfecta, es más fácil prestar atención, fijarse en las historias de las fotos. 

En la primera foto aparecen diecisiete personas, diez ya han desaparecido. En la segunda también somos diecisiete y seis ya no están.  De todos ellos les he hablado a mis hijas. En la de este años somos catorce y dos perros. Aspiro a que cuando yo ya no esté, cuando algunos de los de la última foto desaparezcamos, alguien sea capaz de recordarme así: de colores, en familia, aquí. «Esta es tu tía/abuela Ana, es el verano que se dejó el pelo blanco». Por eso siempre imprimo una de estas fotos familiares y la cuelgo en mi pared. 

Imprimid las fotos y ponedlas en vuestras casas hasta que de tanto mirarlas hayáis dejado de verlas. Es justo en ese momento cuando pasan a formar parte de tu vida. 


viernes, 11 de septiembre de 2020

Podcasts encadenados (XV)




Mi hermana ha comenzado a escuchar podcasts. Esto es importante, es un hito en mi relación con los podcasts porque he conseguido que a base de verme permanentemente con los auriculares puestos y salpicar cualquier conversación con comentarios como: "pues en un podcast que escuché ayer" o "¿sabes dónde lo cuentan muy bien? En un podcast bastante chulo", mi familia (el público más duro) empiece a mostrar cierto interés.

Si mi hermana se ha lanzado a escuchar podcasts intuyo que el mundo del podcasting no va a parar de crecer.

Al lío. Hoy traigo tres recomendaciones serias, tres podcasts de los que de primeras puedes pensar "a mí eso no me interesa" pero sí, te interesa. Que nadie se asuste porque todas merecen muchísimo la pena.


1.- 22424. Lo que nos jugamos en Bankia. Este podcast de título absurdo es una producción de El País y sus periodistas económicos y es excelente tanto en el tema como en la forma. ¿Qué cuenta? Pues como es fácil de adivinar, la caída de Bankia con Rodrigo Rato a la cabeza, las circunstancias que llevaron a aquel desastre que arrasó con los ahorros de miles de personas y el juicio a la cúpula directiva. La historia está contada por Elena G. Sevillano e Iñigo Barrón, con guión de Álvaro de Cózar y Jerónimo Andreu y está perfectamente armada para engancharte desde el primer episodio. En particular me ha gustado Iñigo de Barrón que explica de manera sencilla, pero no obvia, una trama económico/financiera/política con miles de ramificaciones y subtramas. Lo cuenta bien, tiene buena voz y consigue eso tan especial que pocos consiguen, que te quedes pensando "cuéntame más".

Lo que nos jugamos en Bankia es un muy buen podcast periodístico para empezar con este formato y sí, escúchalo aunque creas que el tema no te interesa


Podcast: 22424. Lo que nos jugamos en Bankia.
Duración: 5 episodios de 20 minutos. Es decir, cuando le deis al play os pasaréis más o menos hora y media enganchados del tirón a la historia. Igual que una peli mala de sobremesa pero aprovechando muchísimo mejor el tiempo.
Episodio para empezar: por el principio, claro.



2.- Nice white parents. Este podcast es la nueva producción de Serial Producciones tras su adquisición por el New York Times. Chana Joffe-Walt es la host y escritora de la historia y es, además, madre en Brooklyn. Cuando comienza a buscar colegio para sus hijos, descubre con sorpresa que los "agradables padres blancos" de los que ella forma parte tienen una influencia increíble en cómo se organizan los colegios, cómo se deciden los procesos de adjudicación de las plazas, los planes de estudio, las actividades extraescolares, etc. Esos "nice white parents" tienen en la mayoría de los casos buenas intenciones. No son, en principio, racistas, están a favor de la integración y la igualdad y sus procedimientos parecen siempre, a primera vista, beneficiosos. Lo que este podcast investiga es el origen de toda esta influencia, casi nunca positiva a pesar de sus buenas intenciones, y como se ha ido repitiendo a lo largo de los años. 

Quizás haya gente que piense que este tema, sobre la organización de las escuelas públicas en Nueva York, no tiene nada que ver con ella pero el análisis de las motivaciones de los padres para presionar a la escuela, a las autoridades para organizar los colegios como ellos consideran sí tiene que ver con nosotros. ¿Cuando presionamos a las autoridades lo hacemos pensando en nuestros hijos o en la totalidad de los estudiantes? ¿Pensamos alguna vez si lo que nosotros queremos para nuestros hijos perjudica a otros? ¿Y si lo que a nosotros no nos gusta para nuestros hijos sí beneficia a otros menos privilegiados?

Es un podcast muy serio, bastante denso lo que no quiere decir que no sea interesante ni ameno y recomendado para oyentes experimentados. No lo recomiendo para alguien que empieza.

Podcast: Nice White Parents.
Duración: 5 episodios de casi una hora. Ya he dicho que es para oyentes experimentados.
Episodio para empezar: Por el principio, en el primer episodio Chana Joffe-Walt nos lleva al colegio sobre el que girará toda la historia, el School of International Studies, para contarnos como la llegada de los nice white parents a un colegio mayoritariamente afroamericano y latino, trastocará toda la realidad del colegio y las relaciones de poder.


3.- Nice Try. Utopian. Los que leéis esta sección de manera habitual no os lo vais a creer pero ¡este podcast también es de Avery Trufelman! Y sí, ya empiezo a estar hasta un poco enamorada de ella pero es que no se puede tener tanto talento. Utopia es una serie de 8 episodios que Trufelman hizo el año pasado para Curbed y Vox Media que habla de lo que su título indica: ocho intentos de la humanidad de poner en marcha comunidades utópicas con determinadas características. Desde Jamestown, la ciudad que los primeros pioneros británicos organizaron a su llegada a América, pasando por Germania, la ciudad pensada por Hitler y Speer para la exaltación de la raza aria o Bioesfera 2, una locura de experimento en el desierto de Arizona, Trufelman explica el origen de las utopías, su desarrollo y como el lugar perfecto con una sociedad perfecta no existe.

Del trabajo de Trufelman ya lo he dicho todo en anteriores entregas de estos posts pero reitero una vez más que es un prodigio de escritura, información y emoción. No os lo perdáis.

Podcast: Nice Try. Utopian. 
Duración: ocho episodios de 30 minutos. Se pasan volando.
Episodio para empezar: yo iría al principio pero si os parece que los colonos americanos no os interesan mucho, podéis empezar por el episodio dedicado a Oneida, una utopia que comenzó como una comuna de amor libre y acabó convertida en la multinacional que durante años ha llenado las mesas americanas de cuberterías. Una historia loquísima.

Por cierto, si alguien quiere saber cómo escucho yo los podcasts: utilizo la app de Pocket Casts que tras probar muchas es la que más me convence.

Y ya sabéis, si sois como mi hermana y escucháis algo de lo que recomiendo, venid a contármelo. 




miércoles, 9 de septiembre de 2020

Sonidos para vivir


Election Eve. William Eggleston
En marzo y abril, durante el confinamiento, en Los Molinos todo era silencio, un silencio profundo, absorbente, como un agujero negro. No había pájaros, no había coches, solo el rumor del tren vacío, pasando a y veinte y a menos veinte. No había gente y los pocos que estábamos, nos encerramos en nuestras casas y cuando salíamos procurábamos ser discretos, no hacer ruido, casi andábamos de puntillas de camino al contenedor, como si el sonido de nuestros pasos fuera a despertar a la bestia o nuestras voces fueran a retumbar, como lo hacen en una catedral vacía, sonando irrespetuosas y fuera de lugar. Incluso nevó un par de días como si la naturaleza nos tapara con una manta y dijera: hale, hale, ya pasará.

Al terminar el confinamiento, Los Molinos se llenó de ruido. Volvieron los pájaros a acompañar a los trenes. Se abrieron casas cerradas durante años, y chirriaron las verjas oxidadas de jardines con vegetación descontrolada. Las mañanas se llenaron del ruido de las máquinas cortacésped, las podadoras, las aspiradoras y el chatarrero. Coches en procesión al punto limpio, paseantes, gente en bici, obras, reformas años pospuestas porque "total, a Los Molinos solo vamos de vez cuando" que se volvieron imprescindibles "por si acaso nos confinan otra vez". Música, reuniones, barbacoas, amigos. Lo raro era el silencio. 

Ahora ya es septiembre y Los Molinos se va apagando de nuevo. Se escuchan obras de fondo pero la efervescencia sonora del verano va desapareciendo cada día un poquito más, como si alguien fuera apagando poco a poco los interruptores de una casa justo antes de salir: ya no hay casi tráfico, no hay cortacésped, no hay barbacoas ni música. Ahora lo que se oye es el sonido de septiembre que  no se parece a ningún otro. Ha vuelto (o quizás siempre estuvieron aquí pero solo ahora, cuando lo demás desaparece, se pueden escuchar con claridad) como cada año, el canto de unos pájaros determinados que no sé cuales son pero que me lleva a mis ocho, nueve años, a cuando vivíamos todavía en la casa de mis abuelos y al escucharlos me ponía triste porque sabía que pronto tendríamos que volver a Madrid. 

Yo no voy a volver a Madrid hasta octubre pero solo de pensarlo me entristezco, me hundo en la melancolía y elucubro escenarios en los que puedo evitar esa vuelta.  Cuando la gente me pregunta pero ¿qué tiene Los Molinos? no sé que decirles. Los Molinos no es bonito, no tiene calles empedradas, ni edificios bien conservados. Su calle principal, la calle Real, está llena de carteles de se alquila y se vende pegados en los escaparates de lo que en algún momento fueron un ultramarinos, una floristería, una pescadería, una heladería, una pastelería, una mercería y que ahora ya no están. Sobreviven una pequeña ferretería, una farmacia, el banco, la oficina de correos. Por no haber, en Los Molinos ya casi no hay bares. Todos los míticos que la gente recuerda hace tiempo que desaparecieron. Ahora la vida social transcurre en el tramo de la calle Real que se transforma en carretera de salida del pueblo, en el tramo de calle que recorre la fachada del supermercado local.  Bajas a por patatas La Montaña y ahí es donde te encuentras a todo el mundo haciendo la compra, saliendo de la farmacia o corriendo al chino a comprar algo imprescindible o de última hora. «Hola, ¡qué tal! ¡no nos vemos nunca!» Ahora esos saludos también se van apagando, la gente se ha marchado, quedamos los de siempre y La Peñota.  

Los pájaros en septiembre, el ruido de la puerta de la oficina de correos que huele a expectativa, el viento en las ramas del pino del jardín, la moto del cartero, el sonido de los pasos en las calles de tierra, las campanas de la iglesia, el tren de menos viente y el de las y veinte. 

Eso es lo que tiene Los Molinos y por eso quiero vivir aquí. No se explicarlo mejor.  


jueves, 3 de septiembre de 2020

Lecturas encadenadas. Agosto

«Sonó el teléfono. Me llevé el aparato a la oreja y esperé. Nunca soy el primero en hablar cuando me llaman. Después de todo, no soy quien les telefonea a ellos». (De un cuento de Roald Dahl)

De vuelta al trabajo me encantaría poder aplicar este principio del personaje de uno de los cuentos de Roald Dahl que he leído durante este mes de agosto. Mil páginas de cuentos que terminé justo al acabar el mes, esa ha sido mi gran lectura veraniega, esa que es imposible acometer durante el invierno porque me llevaría meses y meses y acarrear el libro de un lado a otro. En agosto me ha acompañado en las interminables tardes de piscina y porche y en las noches sin preocuparme por madrugar.  

Empecé el mes con otro de esos libros que hay que leer cuando sabes que vas a tener tiempo para leer en un mismo lugar. Lo que más me gustan son los monstruos de Emil Ferris es un tebeo monumental en tamaño y en concepto que no se puede llevar ni en el bolso, ni en la mochila y que hay que tratar casi con reverencia. 

Karen tiene once años y vive con su madre y su hermano en el Chicago de los años 70. Se siente atraída por las niñas, no es precisamente popular y lo que más desea en el mundo es ser un monstruo. De hecho, ella se ve como un monstruo y así la vemos porque ella es la narradora de la historia. Cuando una vecina muere, quizás asesinada, Karen decide convertirse en detective para saber que ha ocurrido. La historia de la investigación es casi lo de menos aunque nos lleva a lugares muy turbios de los que quieres salir huyendo para no verlos, para no saber que existen. Lo más interesante es la construcción paralela de la investigación junto con el universo de Karen, la relación con sus compañeros y amigos, con su familia, su madre y su hermano, al que adora y guarda un secreto familiar que ella desconoce, y todo ello sobre el horizonte social, económico y político del Chicago de los años 70.


Todo el tebeo está dibujado con bolígrafo sobre papel pautado y simplemente a base de líneas, Emil Ferris es capaz de hacer algo completamente distinto en cada viñeta, sorprendiendo en cada página por la complejidad, por los cambios de registro, por la innovación. Hay páginas en las que puedes bucear un buen rato hasta captar todos los detalles. Es un tebeo con mil capas que de vez en cuando hay que dejar a un lado para poder respirar. 

«Lo que pasa con los mayores es que a los niños les parecen libres. Pero, de hecho, muchos viven en una cárcel. Te preguntas quién los hace sentir así. Por lo que he visto, en nueve de cada diez casos, son sus fantasmas».
Este es un tebeo caro, así que buscadlo en vuestras bibliotecas, colocadlo sobre una mesa y dedicad una semana a leerlo y disfrutarlo. 

Compré Escenas de la vida rural de Amos Oz en la Librería Sandoval en Valladolid. Oz es una de mis debilidades, me sumerjo en sus libros con la tranquilidad que da saber que estaré en una casa agradable, confortable en la siempre estaré a gusto. En este volumen se recogen varias historias cruzadas que suceden en un pequeño pueblo, Tel Ilán, en las montañas de Israel. Es un pueblo fundado hace cien años el que la gentrificación está empezando a mostrar sus primeras señales: casas antiguas que se derruyen para construir viviendas de fin de semana, tiendas de productos artesanales y turistas en peregrinación cada sábado. Cada relato, escena, se centra en un habitante o en una casa con ligeras menciones a otros personajes que ya han aparecido o aparecerán. 

Me gustó muchísimo porque he estado ahí, en Tel Ilán, en sus jardines y paseando por sus calles, en el parque del Memoria y en la calle de la Cuesta. He conocido al alcalde, la profesora, la bibliotecaria y la médica. He sentido el calor del verano y la niebla húmeda y fría de febrero. Oz siempre consigue hacer esto, envolverme y transportarme dentro de sus historias que rara vez son felices pero que, aún así, siempre me hacen sentir "casa". 
«Entre él y  Rachel solía reinar ese alto el fuego habitual  entre las parejas tras muchos años de matrimonio, después de que las peleas, las ofensas y las sepraciones temporales hubiesen enseñado a los cónyuges a mirar cuidadosamente dónde ponían los pies y a sortear los campos de minas señalizados. Esa rutina de la cautela era similar, desde fuera, a una mutua aceptación, e incluso dejaba margen a una especie de tranquila amistad, semejante a la camaradería que se crea a veces entre soldados de dos ejércitos enemigos que se encuentran a pocos metros de distancia en una guerra de trincheras confirmada»

Leed a Oz. 

Alguien bajo los párpados de Cristina Sánchez Andrade, lo encargué en la Librería Nakama y me lo mandaron a casa junto con otros muchos que ya irán cayendo por aquí. Es una novela curiosísima que recomiendo encarecidamente para todo el mundo. Así como el tebeo de Ferris es para lectores curtidos y Oz es para lectores a los que no les de miedo la tristeza y la soledad, Alguien bajo los párpados es un goce para cualquiera. Las protagonistas son dos ancianas gallegas, muy ancianas y muy vejestorios, señora y criada, que después de convivir setenta años hacen un viaje con un objetivo final. Es algo así como mezclar Las chicas de Oro con Thelma y Louise y Airbag con un leve toque de Eduardo Mendoza. Es una road novela al mismo tiempo que una reconstrucción de la vida en Galicia antes y durante la Guerra Civil. Es también una saga familiar extraña y muy gallega. 

«y no es cierto que el tiempo lo cura tododijo—.El dolor está siempre ahí es insoportable.Doña Olvido apagó las luces de emergencia y pisó un poco el acelerador. Un ronroneo se elevó del motor. Luego desaparece porque es insoportable, porque es imposible e insoportable convivir con él todo el tiempo. No es cierto que el tiempo lo cure todo. Eso solo se dice para consolar a la gente.

Es una majadería como otra cualquiera» 

Es una novela que no se parece a ninguna otra y eso, en la literatura española, es un logro. Leedla y por si mi recomendación os sabe a poco, os dejo la recomendación de mi madre «Me ha gustado, me han tenido loca las dos viejitas». 

Por recomendación de Ximena Maier llegué a El legado de Sybille Bedford (que también compré en Nakama Librería), una escritora con una historia personal que os invito a buscar y leer y que aparece, en parte, en esta novela. Si os gustan las historias de familias acaudaladas ambientadas en la Alemania entre guerras, esta os gustará. En esos años, además de encaminarse hacia una guerra que devastaría Europa por completo, se fragua la total demolición de los valores tanto familiares como económicos, sociales y hasta morales que habían configurado la vida de Alemania (y de casi toda Europa) hasta entonces. Las convenciones sociales, las tradiciones, los códigos de honor y las costumbres se van resquebrajando poco a poco, provocando una sensación de incertidumbre, de desequilibro a la que los protagonistas de esta novela intentan sobreponerse huyendo e ignorando los síntomas. 

Me ha gustado bastante aunque carece de encanto y toda ella resulta un poco aburrida, pero tengo la sensación de que es así como debe ser. Esa sensación de hastío, de dejadez, de nihilismo personal, de egoísmo de supervivencia, está perfectamente retratada. 

Del prólogo que ella misma escribe, me quedo con esto: 
«Lo que hace un escritor es escribir. Se acabaron las dudas y la haraganería, por dificil que pudiera ser, y el cielo sabe que fue, es y será siempre muy difícil para mí».

Sybille Bedford es un personaje interesantísimo, con una vida increíble que os invito a investigar. El legado es una novela de familias, de familias que ya no existen, que desaparecieron junto con su escala de valores y sus rígidas costumbres (igual de rígidas que las nuestras aunque creamos que no) y que, en algún momento y tiene bastante sentido, me ha recordado a La marcha Radeztky de Joseph Roth y al Último encuentro de Sandor Marai. Si habéis leído Tú no eres como las otras madres de Angelia Schrobsdorff, es indudable la influencia de Bedford en ella.   

Los últimos quince días del mes los he pasado dedicada a las más de mil páginas de los Cuentos Completos de Roald Dahl. Este libro llevaba esperando más de dos años en mi estantería, desde que mis hijas me lo regalaron por mi cumpleaños en 2018. Se llama Cuentos Completos así que está claro que vas a encontrar en él, todos los cuentos escritos por el autor inglés desde que comenzó con "Pan Comido". Para que nadie se lleve a engaño, aquí no hay nada "infantil" ni "juvenil", no hay rastro de Charlie, ni del Superzorro, ni de Matilda, ni de Jack. Todo son cuentos para adultos, y casi todos tratan sobre los mismos temas: las apuestas, el sexo y la avaricia. Hay algunos otros, como los primeros que escribió que tratan sobre la guerra, otros que tienen como tema central la avaricia y el engaño al débil y varios sobre las abejas y su mundo. 

No voy a descubrir ahora que Dahl es un grandísimo escritor pero quizás sí os descubra que algunos de sus cuentos son aburridos y muchos se parecen. Ahora mismo, podria recordar con nitidez diez o quizás quince de los más de cuarenta que recoge el volumen, los demás están perdidos en una maraña de apuestas, timadores en busca de beneficio, objetos antiguos, botellas de vinos y bellas mujeres en peligro por el impulso sexual irrefrenable de hombres incapaces de contenerse. Entre todos ellos, me gustaría destacar el cuento más autobiográfico que aparece al final del libro, cuando estás a punto de hacer cumbre a sus mil páginas y ya no puedes más. En ese cuento, Dahl explica como llegó a ser escritor, como descubrió su amor por la literatura y cómo los azares de la vida y un anfitrión mal conversador le hicieron sentarse a escribir y descubrir que podía hacerlo y lo hacía bien. Es una delicia de historia.  

A Dahl hay que leerlo pero quizás os recomendaría hacerlo por etapas, como el Camino de Santiago, y no como un marathon como lo he hecho yo, aunque ha merecido la pena. He aprendido que no debes casarte jamás con un apicultor, no debes hacer el amor  con alguien a quien no le ves la cara y  que si drogas a un faisán para cazarlo, hay que asegurarse de matarlo antes de que se le pase el efecto. 

Y con la llegada de septiembre y la mejor luz del año para leer por la tarde, hasta los encadenados de septiembre. 


lunes, 31 de agosto de 2020

Este algoritmo no es el mío

No me interesan las esterillas de yoga. De hecho no sé ni para qué sirven ni si son diferentes de una esterilla de monte, una de hacer abdominales o una alfombra de pie de cama. Me interesaría mucho más saber saber si hay alguien que se dedica a inventar tipos de esterillas (hace poco un amigo conoció a una mujer que se dedicaba a diseñar tupers). Tampoco tengo pensado empezar a hacer yoga. No he cambiado de bolso desde el 7 de marzo así que imagina el interés que tengo en que mi mascarilla conjunte con la ropa que llevo. Llevo los mismos pendientes desde enero y solo por un día que fui al teatro, me quise sentir elegante, me puse otros. Los que llevo me los regaló El Ingeniero cuando cumplí treinta años y los llevo siempre. Ni soy consciente de llevarlos. Desde que me quite la alianza no llevo ningún tipo de anillos así que la joyería artesanal, fina y coqueta no me dice nada. No necesito ningún bikini nuevo, ni un bañador, ni un kaftán de playa porque tengo una túnica marroquí de colores que rescaté de un baúl de disfraces de casa de mis suegros hace veinte años. No quiero un seguro de vida ni una aplicación para tener el abdomen definido en treinta días. Me levantó cada día deseando desayunar y el ayuno es algo que asocio a la frase "ayuno y abstinencia" que se hacía en viernes santo cuando yo era pequeña y todos éramos católicos practicantes. Me da igual si mi tipo físico es de pera, de manzana o de boniato y si hay una dieta especial adaptada para eso. No tengo casa así que no necesito una empresa de reformas ni darle una nueva vida a mi mobiliario que por otro lado me gusta como está, por eso lo compré, lo heredé o lo rescaté de un contenedor. 

No llevo tacones desde marzo y creo que no volveré a llevarlos nunca. Perdí mis gafas de sol más nuevas (cinco años) y estoy utilizando unas de guardia civil cabreado que tienen diez años. La vida media de las toallas de mi casa ronda los treinta años de edad y, gracias a dios, en mi casa los tupers llevan usándose toda la vida así que no necesito comprar dos docenas de ellos para "aprender a cocinar y organizar mi alimentación". 

Para «darle un aire nuevo a mis textiles» hemos reciclado unos retales de tela de hace dieciséis años y hemos hecho cortinas nuevas para mi cuarto. (Inciso: el hemos es plural mayestático, yo tuve la idea, se la sugerí a mi madre y colgué las cortinas. El resto, corte, confección y medición lo hizo mi madre. Inciso del inciso, yo medí pero mi madre no se fía de mí porque con cuarenta y siete años le sigue sorprendiendo que sea capaz de respirar por mí misma y volvió a medir. Fin de los incisos). 

Yo no quiero ser creativa en mi cocina, preparo comidas y cenas y aunque me preocupo de poner la mesa de manera correcta, no tengo paciencia para dedicar cuarenta y cinco minutos a colocar platos, sobreplatos, copas, cubiertos, platitos para el pan y centros florales cada día. 

No me aburro, no tengo tiempo para hacer todo lo que quiero y no necesito planes creativos, ni alternativos, ni sorprendentes. Solo necesito una buena película, un buen libro, salir a dar un paseo o escuchar un podcast. 

Dicen que la publicidad cada vez está más personalizada, que el algoritmo te conoce, que todo está pensado para ti, que internet solo te enseña lo que te interesa. ¿Dónde están mis anuncios de tintas de colores para pluma estilográfica, de preciosos cuadernos, de recomendaciones de libros que me interesen, de refugios remotos en bosques, de planes para ver llover y de buenos vinos?  

Sospecho que yo tengo el algoritmo de otro. 

Devolvedme el mío.

viernes, 28 de agosto de 2020

Podcasts encadenados (XIV)


¡Tachán! Una nueva entrega de una de las series de posts que menos éxito tienen pero que más me gusta escribir. Es lo que tiene tener un blog personal con el que no ganas nada más que satisfacción personal, horas de entretenimiento, algún rato de reflexión, lectores malísimos y anónimos envidiosos encabronados (tururú). 

Vamos a hablar de podcasts. 

1.- ¡Ay campaneras! con Lidia Garcia (@thequeercanibot). Me cuesta la vida encontrar podcasts en español para recomendar pero esta es un recomendación muy entusiasta y con la que pienso dar mucho la brasa. ¿De qué va ese podcast de la albaceteña Lidia Garcia? Pues de copla. No puede ser más en español. Antes de que alguien diga «a mí no me gusta la copla» le voy a decir lo que les decía a mis hijas cuando eran pequeñas «pero ¿lo has probado?» Yo soy una absoluta analfabeta del mundo copla, puedo tararear breves estrofas de algunas más por su presencia en películas, sintonías y programas de televisión que por auténtico conocimiento y aún así este podcast me ha encanado. Lidia García es una catedrática del mundo coplero, no solo conoce las coplas sino que demuestra un conocimiento apabullante de las artistas, las letras, las circunstancias históricas, sociales y económicas de las coplas y también sus influencias musicales. Sabe todo esto y además, y esto es lo más importante, sabe contarlo. 

¡Ay campaneras! es un podcast redondo. Reúne un buen tema: la copla, un conocimiento exhaustivo de la materia por parte de Lidia y una perfecta organización narrativa. Cada episodio está dedicado a un tema: salir de pobres, si las mujeres mandasen, madres, la copla lésbica, viva el vino, etc en el que siguiendo el hilo de ese tema suenan distintas coplas situadas en su contexto histórico y explicadas por Lidia tanto en su letra como en su intrahistoria. 

Estáis tardando en escuchar Ay campaneras para aprender de música y de historia de España porque te guste o no te guste la copla, la copla es parte de nuestra historia. 

Escuchas este podcast mientras cocinas y acabas moviendo el delantal creyéndote Lola Flores o Estrellita Castro. 

Podcast: ¡Ay, campaneras!
Duración: depende, de 20 minutos a casi una hora que pasa volando.
Periodicidad: semanal, ya tenéis 19 episodios disponibles para disfrutarlos. 
Episodio para empezar: Recomiendo empezar por el principio porque aunque pueden escucharse independientemente y cada uno tiene su arco narrativo particular, Lidia traza un hilo que es mejor seguir desde la primera puntada. 

2.- An oral history of The Office. Podcast exclusivo de Spotify, es decir, solo se puede escuchar en Spotify.  Este podcast, como su propio nombre indica, cuenta la historia de la serie de televisión The office que si no habéis visto os animo muchísimo a ver. La serie está disponible en Amazon Prime, tiene diez temporadas y como se avecina un otoño muy casero, con muchas horas de estar en casa, es un planazo disfrutar de esta serie con una historia maravillosa y una calidad estratosférica. 

The Office es originariamente una serie británica creada por Ricky Gervais y Stephen Merchant. Nada más estrenarse, el guionista/productor/showrunner Craig Daniels la vió y decidió hacer un remake americano. An oral History of The Office cuenta precisamente eso, la intrahistoria de la serie, como surgió la idea de hacer la versión americana, las negociaciones con los creadores británicos (que fliparon con la idea), los intentos de vendérsela a distintas cadenas americanas sabiendo que la serie no se ajustaba a los gustos americanos. ¿Por qué? Pues porque The office es una serie incómoda, su personaje principal, Steve Carrell en la versión americana, es un director de oficina estúpido, egoísta, racista, machista y que te pone muy nervioso. En la versión británica (Ricky Gervais) el personaje es más ácido y duro pero aún así para los americanos constituía un salto al vacío.  El podcast va contando todo el proceso de producción, los guionistas involucrados, el proceso de casting , como pasaron de estar al borde de la cancelación a ser la serie con más éxito de la parrilla y ganar varios Emmys y un millón de anécdotas del rodaje. 

El host/presentador es Brian Baumgartner (Kevin en la serie) que también es el guionista y productor hace un trabajo estupendo tanto narrativo como entrevistando a todo el equipo, técnico y artístico, construyendo un mosaico que retrata perfectamente tanto la serie como las bambalinas. 

A este podcast llegué porque mis hijas y yo empezamos a ver The Office en febrero y nos hemos hecho adictas. Cuando salió el podcast, en el mes de julio, me pareció el complemente perfecto para el visionado y desde luego que lo es. 

Es un podcast feliz, un podcast para disfrutar tras haber visto la serie, conocer a los actores y las tripas de una serie de televisión. 

Podcast: An Oral history of The Office. 
Duración: unos 40 minutos, ahora mismo va por el episodio 9.
Periodicidad: semanal, sale los martes. 



3.- The Cut de Vox Media con Avery Trufelman.  Antes de hablar del podcast, voy a hacer una confesión, siento adoración por todo lo que hace Avery Trufelman, siento por ella la misma devoción que en literatura siento por Amos Oz, Richard Ford o Natalia Ginzburg. Todo lo que hace me interesa y todo lo que hace es "casa". Hace un mes recomendé de ella Articles of interest, un podcast maravilloso sobre moda y la industria de la ropa que había realizado dentro de la franquicia de 99% invisible de Roman Mars. (Si no habéis escuchado este podcast aún, ya vais tarde) . Al terminar ese podcast, se anunció públicamente que Avery Trufelman dejaba la compañía para empezar otra cosa. ¿Qué sería? Pues The Cut, un podcast que se puso en marcha en 2018 y había terminado en diciembre de 2019. 

The Cut es un podcast de media hora de duración que, con Avery, solo lleva dos entregas cuanto escribo este post. La primera de ellas trataba sobre el optimismo en tiempos de pandemia y el segundo sobre la visión que tenemos de la naturaleza. Cualquier idea preconcebida que te surja en la cabeza al leer esos dos temas está a años luz de la manera en la que Avery trata el tema, la manera en la que te lo cuenta y lo que te deja pensando y reflexionando. 

Por Avery siendo admiración y mucha, mucha envidia porque con solo veintiocho años tiene un talento increíble. 

Enganchaos a Avery, a su voz y a su manera de contar las cosas y montemos un club de fans. 

Pocast: The Cut. 
Duración: 30 minutos que pasan volando. 
Periodicidad: semanal, sale los martes. 
Episodio para comenzar: cualquiera de los dos que ha sacado ya: optimism o Nature is healing, casi que empecéis por el de la naturaleza. 


Como siempre, si escucháis alguno y os gustan, venid a contármelo.




martes, 25 de agosto de 2020

Consejos prácticos para la pandemia

Retrato de Sylvia Von Harden de Otto Dix
No se presta atención a las majaderías que dice Miguel Bosé. No se lee lo que dice, no se comenta, no se reenvía diciendo «mira que idiota».

No se le dedica ni medio nanosegundo de atención a los gritos de «hacedme casito» que da Perez Reverte. Tampoco se presta atención a sus sermones sobre lo que necesitamos nosotros, la chusma, para entender la pandemia. Lo primero que necesitamos es que se calle. 

No se habla con alguien que lleva la nariz por fuera de la mascarilla. Ni con aquel que la lleva en la barbilla. Mientras uno se aleja se le dice: «no voy a hablar contigo sin mascarilla, eres infeccioso». Yo añadiría: «fus, fus» para darle un toque Gracita Morales. 

Se ignora al que no sabe cuánto son dos metros de separación. «Que no te acerques, bicho» Ayuda mucho imaginarlos como cucarachas. 

«Yo no me pienso poner la vacuna» Ante esta afirmación, uno hace un pimpinela: vete, olvida mi nombre, mi cara, mi casa y pega la vuelta. 

«Las mascarillas son muy caras, yo lavo las higiénicas o las utilizo tres días seguidos» Dejas dos euros encima de la mesa y te marchas. Nunca más. 

A todos aquellos que creen, todavía, que los políticos darán respuesta a la pandemia se les prepara un colacao, se les arropa con la mantita de la sirenita, se enciende la lamparilla de mesilla de BuzzLightyear y se le explica muy despacio que no, que eso no va pasar. Que la solución la darán los técnicos, gente en la sombra, que no conocemos y que son los que saben de verdad. Si por alguna razón, la persona empieza a defender a algún político, se da al paciente por perdido y se acaba el cuento.  

«El problema son los emigrantes que traen la enfermedad» Portazo y nunca más. 

A los que en Madrid te dicen: «El problema es Barajas» se les indica que busquen en google maps el centro de salud más cercano para que comprueben dónde está el problema. No van a entenderlo y dudo que sepan usar google maps pero ya lo dice la sabiduría popular dale una senda a un tonto y ya lo tienes entretenido. 

Para los de «Pues me han mandado un video por wasap que dice que» se recurre a instrumentos de nuestra tierna infancia, se giran los brazos uno alrededor del otro mientras se canta «habla chucho, que no te escucho, habla chucho que no te escucho».

La pandemia es una circunstancia que ninguno esperábamos. Pensábamos que algo así no nos iba a pasar a nosotros, porque las desgracias, las tragedias que trastocan toda tu vida siempre son cosa de otros. Nos pasa a nosotros ahora y ha pasado mil veces antes en la historia, ¿alguien cree que los europeos vieron venir los cuatro años de guerra mundial que los hicieron pasar de tener casa, trabajo, escuela y ocio a matarse por comer patatas podridas? No. Somos infantiles y estúpidos. Vivimos dando por hecho que lo que tenemos es seguro, es para siempre y que, lo que es peor, nos lo merecemos.  Muchos están aferrados a que todo vuelva a ser como antes, son como niños pequeños gritando que quieren lo de antes y ya va siendo hora de que asuman, como adultos funcionales que se suponen que son, que eso no va pasar. Que hay que adaptarse a lo que viene, que es algo nuevo, que acabará con algunas de las costumbres que teníamos antes y nos traerá otras nuevas. Hay que mentalizarse de que toda esta situación  exige cierto grado de sacrificio (que ni de lejos pasa por matarse por comer patatas podridas) y que con eso y un poco de suerte, esta pandemia no nos costará la vida. 

—Es que la mascarilla es incómoda.
— Lo que es incómodo es lo gilipollas que eres. 


miércoles, 19 de agosto de 2020

Quince frases de tus quince años


«Mamá, ¿el post de mi cumpleaños ya lo tienes escrito? No te leo nunca pero esos del cumple los leo siempre»  

«¿Cuál es mi talento más inútil?» me preguntaste el último domingo de tus catorce años. No lo sé. El que más me saca de quicio es tu capacidad para dividir tu cerebro en dos mitades. Una que funciona en modo rutina de la vida diaria y otra, muy peligrosa, que lleva una vida independiente. Una vida que se manifiesta, de pronto, en preguntas como esa o en cosas como «Mamá, ¿una primera cita es muy incómoda, no? 

«Mira como tengo de perfecto el armario, los cajones, mi mesa» Te has convertido en una persona  tan ordenada que se me saltan las lágrimas. A veces, te confieso que me preocupa que te pases de frenada y acabes convertida en una maniaca del orden, como esa gente que forra los sofás de plástico o les pone fundas para que no se manchen, para que no se estropeen, esperando, quizá, a que otras personas, en otros momentos, en otras vidas disfruten de esos sofás mientras ellos solo las conservan.

«No me despiertes, ya me despertaré yo sola» Ahora mismo tienes el superpoder de los perros de poder dormir a voluntad: cuando quieres y dónde sea. Estás durmiendo trece horas al día con picos de quince. No quiero asustarte pero estás quemando horas de sueño que necesitarás en el futuro. Algún día te costará creer que fueras capaz de dormir tantas horas del tirón y por eso lo dejo escrito aquí. 

«Mamá, ¡no me acordaba de eso!» Has descubierto el valor de lo que escribo: de este blog y de los diarios de viaje. El año pasado me empeñé en escribir un diario de Nueva York y, este año, uno de los mejores momentos ha sido, ver vuestras caras, cada noche después de cenar, mientras yo leía en alto nuestras aventuras. El año que viene leeremos el del viaje a Ibiza. 

«Salgo horrible» Ya no sonríes. Miro mis fotos con quince años y veo que yo tampoco sonreía, ponía cara de seriedad, de intensidad y de falsa espontaneidad. Tú,  en la era de Instagram, pones morritos, sacas la lengua o te muerdes las mejillas por dentro, todo para no parecer tú. Pero cuando sonríes, cuando te pillo sonriendo porque estás tranquila y relajada, sonríes como cuando eras tú todo el tiempo y no pretendías ser otra cosa o no andabas intentando descubrir quien eres. Sonríes y se te achinan los ojos y por ahí se te escapa la risa.  

«Tengo manos de niña de ocho años»  No te gustan tus pies, ni tus piernas, ni tus brazos ni tus manos. La inseguridad de la adolescencia es una putada pero se te pasará. Espero llegar a verte cuando todo eso te de igual aunque ya sabes que jamás tendrás mi nariz perfecta (como la de Cleopatra)

«Vamos a hablar de la vida» es tu frase favorita para empezar una conversación y lo mejor que tiene es que con esa frase no esperas hablar tú, lo que quieres es que los demás te cuenten historias. Te encantan escuchar historias, cuando más detalladas mejor y preguntas y repreguntas y, después, dejas a tu mitad de cerebro independiente procesando toda la información para volver a esa historia días o semanas después. Te interesa la vida y las historias, todas. 

«Mamá, no te sorprendas, yo soy bilingüe» Hemos descubierto The Office y Jim y Pam te parecen la mejor pareja de la historia. Te encantan las películas de miedo y las de “que me explote la cabeza” y ya no necesitas subtítulos, yo no te he oído hablar ni una palabra de inglés pero me lo creo. 

«Mamá, acepta que a mí Los Molinos no me gusta como a ti» Esto me va a costar, me va a costar casi tanto como que hayáis dejado de leer por completo. Con las dos cosas no pierdo la esperanza de que pasada la adolescencia volváis a entrar en razón, dejéis de traicionarme y os guste estar en Los Molinos leyendo en el jardín o frente a la chimenea.  No me quites la ilusión. 

«Necesito ropa». Cuando tenías seis años escribí «Habrá superado la adicción al rosa pero será una esclava de la moda y pretenderá renovar su vestuario cada temporada» y acerté de pleno. Entonces eras muy pequeña y todavía era yo la que te elegía la ropa, no podía saber que desarrollarías el superpoder de saber exáctamente qué quieres comprarte y cómo combinarlo. Para mí eso es magia y sinceramente viéndonos a tu padre y a mí, no sé de quién lo has heredado. 

«Por favor, no discutáis, qué más da»  En este año he descubierto que rehuyes el enfrentamiento y la confrontación. No te gusta discutir y no te gusta que se discuta delante de ti.

«Mamá, no te preocupes por las cosas antes de tiempo. No sirve para nada. Si tiene que pasar algo malo, cuando pase, ya nos agobiaremos pero no lo pienses ahora porque no sirve para nada». Tienes el superpoder de no preocuparte. Te escucho y te veo vivir de acuerdo con esta filosofía y me das envidia. Te envidio esa capacidad. Cumples quince años y tengo la sensación de que te han robado casi seis meses de los catorce. Tú no tienes esa sensación. «Mamá, yo esto del confinamiento lo llevo fenomenal. Me gusta estar en casa, no te preocupes» me has dicho un montón de veces en estos meses. Y sé que has estado bien, que has estado tranquila y contenta y que sigues estándolo pero yo no puedo dejar de preocuparme por ti, por vosotras. En la peli perfecta de la maternidad yo soy la que debería estar diciéndote esas cosas, sigo sin tener superpoderes. Quizás, como ya dije una vez, son como los ojos azules y salan una generación. 

«Me encanta mi pelo y no pienso cortármelo»  Llevas el pelo demasiado largo. Sé que te encanta, que ahora mismo es una de las pocas cosas que te gustan de ti pero lo dejo aquí escrito para que podamos comprobarlo: dentro de cuatro o cinco años verás fotos tuyas con ese melenón salvaje y  te arrepentirás: «¡qué horror, mamá! ¿cómo no me dijiste nada?» Que conste que te lo dije. 

«Y yoooo», me contestas cuando te digo que te quiero. 

«¿Sabes que el día 19, cuando cumpla 15, estaré igual de cerca de mi nacimiento que de tener treinta años?» fue tu pregunta tu último miércoles con catorce años.  No, no lo sabía. No lo había pensado porque no quiero pensar en que ya no serás pequeña nunca más ni quiero pensar en ti con treinta años porque eso significará que a mí me quedarán menos años para disfrutarte. Añadiría «si es que llego» pero ya te oigo contestar «Mamá, no seas dramas»

Feliz cumpleaños, quinceañera. Todo va a salir bien. 


lunes, 17 de agosto de 2020

Podcasts encadenados (XIII)



Para desesperación de parte de mi familia, sigo escuchando podcasts a diario a pesar de estar de vacaciones. Escucho podcasts mientras hago bici, mientras limpio, mientras plancho, mientras corto el césped o barro las hojas del jardín. Los días en que no hago nada de eso, coloreo mandalas para poder escuchar podcasts al mismo tiempo porque he descubierto que si escucho podcasts sin hacer nada, no los escucho bien, mi mente se dispersa y no les presto suficiente atención. De todo lo que estoy escuchando (que es muchísimo) hoy traigo unas cuantas recomendaciones interesantes pero voy a empezar por lo que no recomiendo. 

Hay un nicho de podcasts que ya está saturado y es el de gente famosa entrevistando a gente famosa que se encuentra situado en el aún más saturado nicho de "colegas de cháchara con colegas". A este difícil hueco ha llegado Michelle Obama con su podcast. ¿Cómo se llama? El podcast de Michel Obama y eso ya te da una pista de por donde van a ir los tiros. Todo el interés de esta producción, exclusiva de Spotify, está centrado en que ella es Michelle Obama y a los productores eso les ha parecido más que suficiente y han decidido no apostar por nada más. «Es Michelle Obama, ¿para qué vais a querer nada más?» Pues lo siento pero yo quiero más. 

¿Qué puedo decir de este podcast? Pues bueno casi nada. Tenía muchas expectativas puestas en esta producción. Esperaba escucharla charlar con diferentes personalidades, algunas más conocidas que otras, y encontrar historias interesantes, reflexiones inteligentes y algo de ingenio. Lo que he encontrado es aburrimiento supremo. El primer episodio es un conversación con Barak Obama (otro ejemplo más de que los productores lo fiaban todo a su fama) en la que ambos resultan planos, aburridos y si el episodio dura diez minutos acabas cogiéndoles manía. La charla entre ellos tiene el mismo interés que asistir a la conversación de tus vecinos de apartamento en la playa, es decir...ninguna. Y el resultado es el mismo. Termina y piensas «¿por qué no he dedicado estos cuarenta minutos a leer o a dormir en vez de estar aquí escuchando esta cháchara intrascendente?» 

Para poder hacer esta crítica bien, he escuchado también el tercer episodio en el que Michelle habla sobre menopausia con una amiga suya, doctora. Cháchara, cháchara, cháchara.

Un podcast de entrevistas no debe de ser una conversación entre colegas, ni un intercambio pactado de preguntas promocionales, ni un diálogo sin rumbo. Si ambos, entrevistador y entrevistado, se conocen no pueden hablar como si los oyentes también los conocieran, como si supieran en todo momento de que están hablando. Si no se conocen el entrevistador tiene que pensar en qué preguntarían sus oyentes, en que podría interesarles a ellos, en qué preguntas harían la entrevista más interesante, con más contenido y no en las preguntas más fáciles, más anecdóticas o más favorables a las risas. 

Nada de esto se cumple en el podcast de Michelle Obama que no es más que eso, el podcast de Michelle Obama, no tiene nada más y, lo siento, pero no es suficiente. 

Casi lo olvido, dentro de este nicho de colegas hablando con colegas también he escuchado Smartless, un podcast en el que tres actores más o menos conocidos: Jason Bateman, Sean Hayes y Will Arnett charlan con un conocido. La nada absoluta, os lo podéis ahorrar completamente.  

Y ahora, lo que sí interesa: 

1.- Más se perdió en la guerra.  De Radio Ambulante ya he hablado varias veces y lo seguiré haciendo. El último episodio de la temporada ha sido una reflexión en voz alta de Daniel Alarcón, editor y creador del podcast, sobre la pandemia, el confinamiento, la vuelta a algo que queremos creer que es una nueva normalidad y la angustia, la ansiedad y el temor que todos sentimos. Daniel es peruano criado en Alabama y vive en Nueva York. Desde su ventana reflexiona sobre lo que veía sin verlo desde ella antes del confinamiento, lo que dejó de ver mientras estaban encerrados y cómo es la nueva normalidad a la que se asoma ahora. Es una reflexión maravillosa, calmada e inteligente, con la que es imposible no sentirse identificado. 

Podcast: Radio Ambulante.
Episodio: Más se perdió en la guerra.
Duración: 13 minutos

2.- Land of giants. The Netflix Effect. Todos tenemos Netflix en casa, todos conocemos Stranger things, House of cards o Tiger King pero ¿cómo se creo Netflix? ¿De dónde surgió esta idea loca de crear una plataforma que te permitiera ver desde casa, por internet, todo lo que quisieras? ¿Por qué funcionó? ¿Contra que luchó cuando empezó? ¿Qué ha cambiado la aparición de Netflix en la manera no solo de ver la tele sino también en la manera de hacerla?  ¿Netflix nos ofrece a todos lo mismo o el algoritmo está personalizado? Esta serie de Vox Media con Recode, presentada por Peter Kafka y Rani Molla responde todas estas preguntas y muchísimas más. Son siete episodios desde los inicios de Netflix como un servicio de envío de dvds a casa por correo postal hasta las guerras del streaming que estamos viviendo ahora. Los presentadores forman un tándem perfecto y hacen avanzar la historia poco a poco examinándola desde distintos puntos de vista. No dejan ni un tema sin tocar, hablan hasta del éxito de La casa de papel y el empeño de Netflix en doblar y subtitular todo lo que ofrece para hacerse aún más global. 

Es interesante, entretenida y te permite entender muchísimo mejor la historia que hay detrás de que en el mando de tu televisión haya un botón en el que ponga Netflix. 

Episodios: 7
Duración: 30 minutos


3.- Forgotten: The women of Juarez. Este es un podcast de iHeartradio en el que los periodistas Oz Woloshyn y Mónica Ortiz Uribe investigan los asesinatos de mujeres en Ciudad Juarez en la frontera con El Paso en Estados Unidos. Los feminicidios comenzaron en los años 90 cuando jóvenes emigrantes mexicanas que trabajaban en las fábricas instaladas en Juarez desaparecían sin dejar rastro para aparecer días, semanas o meses después arrojadas en el desierto o enterradas de cualquier manera en fosas comunes. Eran jóvenes, eran pobres, eran mujeres y eran emigrantes. Sus asesinatos no importaban a nadie, solo a sus familias que empezaron a protestar y a alzar la voz llamando la atención de periodistas a los dos lados de la frontera. Esos periodistas empezaron a investigar tanto los asesinatos como la falta de interés de la policia por resolverlos. El podcast traza un exhaustivo recorrido por toda la historia de los crímenes, sus implicaciones políticas y policiales, entrevista a periodistas, policías y agentes americanos del FBI que en su día trataron de resolverlos y que tras recibir amenazas de muerte acabaron huyendo a Estados Unidos y dejando el tema. 

Forgotten no es solo un podcast de crímenes. Es una investigación en profundidad de la realidad de la frontera mexicana con todas las implicaciones políticas, económicas y sociales que tienen tanto el establecimiento de factorías americanas que pagan 1 dólar a la hora como el que ese paso fronterizo sea la ruta preferida por los carteles de droga para hacer llegar su mercancía a Estados Unidos. Aterra la corrupción y la impunidad con la que esas mujeres, esas niñas, son raptadas como mercancía para violarlas y asesinarlas como si no valieran nada, como si fueran basura. 

Un podcast necesario con regusto a Better call Saul y Braking Bad y una sintonía maravillosa con esta canción de Natalia Fourcade.

Podcast: Forgotten. The women of Juarez
Episodios: 10
Duración: 40-50 

Tengo alguna recomendación más en la recamara pero las dejaré para más adelante, cuando volváis de vacaciones y necesitéis algo para distraeros de la rutina y de las noticias de la radio. 

Como siempre, si escucháis algo de lo que recomiendo venid a contármelo. Incluso si es Michelle Obama y os ha encantado. 


lunes, 10 de agosto de 2020

El baño y las hormigas

Hay una invasión de hormigas minúsculas en el baño de arriba. Las dos cosas son novedad: que sean minúsculas y el territorio invadido. Lo normal en esta casa es que las invasiones hormiguiles anuales sean de asquerosas hormigas voladoras y ocurran siempre en el piso de abajo, en un par de ventanas a las que parecen tener especial querencia o en una zona alrededor de la piscina. La de la piscina, además, es una invasión británica: ocurre siempre a la misma hora. Te sientas en la hamaca, te pones a leer, la tarde cae, el sol baja hasta casi ocultarse por detrás del puerto de los leones y cuando levantas la vista del libro, estás rodeada de columnas de hormigas voladoras que salen de debajo de la tierra y vuelan hacia arriba. Es asqueroso aunque no deja de tener su lado hipnótico. ¿A dónde van? ¿Por qué salen huyendo de sus agujeros bajo tierra? ¿Por qué a esta hora? Desconocemos las respuestas pero por lo menos hay un patrón. Lo de las hormigas minúsculas me tiene desconcertada. Aparecieron un día en junio, abrí la tapa del vater y, ¡menos mal que miré! la taza estaba llena de minúsculas hormigas negras. ¿De dónde han salido? ¿Cómo han llegado aquí? Investigando encontré un hilillo de hormigas en la parte exterior y satisfecha con ese descubrimiento, me armé con un insecticida especial hormigas y monté una bomba de humo en la taza: rocié todo generosamente, cerré la tapa y tiré de la cadena. Nunca la aniquilación fue más fácil. Me sentí un poco genocida pero, al fin y al cabo, la vida en la taza del vater no prometía grandes cosas para las hormigas minúsculas.

A los pocos días detecté otra colonia trepando por los barrotes de la estantería metálica. ¿Qué hacían ahí? ¿Eran nuevas o supervivientes de la matanza de la taza? ¿Irían en busca de restos de pasta de dientes infantil, rosa, dulzona y con la consistencia de una chuchería derretida? Quizás. Así tenía más sentido esa expedición. No se habían lanzado a los yermos páramos de la loza higiénica sino que iban en busca de alimento dulzón, de droga. Seguí la cuidada hilera de hormigas y descubrí que pasaban de largo, dejaban atrás el tubo de pasta de dientes y se lanzaban hacia la cesta de las gomas de pelo de mis hijas. ¿A qué iban allí? Otra expedición de destino trágico. Procedí a terminar con su sufrimiento con un nuevo exterminio hormiguil parecido al de la semana anterior pero con menos concentración. Fumigué la estantería y limpié todo de restos. 

Ayer, entré en el baño a lavarme los dientes y allí estaban otra vez, en el lavabo y trepando por el espejo. Minúsculas hormigas correteando por la superficie. Mientras me cepillaba los dientes las estuve observando. ¿Se divertían? ¿Se divierten las hormigas? ¿Son todo instinto y nada de diversión? Si son todo instinto, ¿qué hacen en un baño que utilizan siete personas, en el piso de arriba de una casa y sin absolutamente nada de comida? ¿Se les ha atrofiado el instinto? ¿Son exploradoras? ¿Son adictas al spray que acaba con ellas? ¿Se han reunido en algún lugar remoto del jardín y han pensando "esto se nos está quedando pequeño, creo que al otro lado de los árboles, allí arriba, he visto un reflejo y deberíamos ir a investigar"? ¿Y si son de una secta? ¿Y si las han echado de un hormiguero y han llegado hasta allí siguiendo a un hormiga chalada que les ha comido la cabeza con promesas de una tierra prometida blanca, fría y resbaladiza? Le estuve dando vueltas hasta que me enjuagué la boca, me lave la cara, me eché crema y procedí a un tercer día del Apocalipsis para las hormigas minúsculas. Game over para ellas pero es que habían llegado a una pantalla sin salida. 

Casi todo el mundo se ha marchado de esta casa y soy la única usuaria de ese baño. Quedo yo y las hormigas minúsculas. Todo es posible: quizás descubra algo o quizás me convierta para ellas en su Apocalipsis. O quizás un día me pillen despistada, use el baño sin mirar antes y acabe invadida por  una avanzadilla de hormigas minúsculas.

Hoy empiezo mis vacaciones, convencer a las hormigas minúsculas que donde mejor están es en su casa encaja a la perfección con mi plan de no hacer nada productivo en las próximas tres semanas.