viernes, 2 de diciembre de 2022

Yo fui repelente ¿y tú?

Ayer escribí una carta. Iba a especificar que a mano pero no hace falta, las cartas ya son siempre a mano, lo demás son correos o mensajes. Escribí y después, rellené los espacios en blanco encima de algunas palabras y los márgenes con dibujos de colores. Pinté flores, estrellas, ondas marinas y patrones geométricos, las mismas flores, estrellas, ondas y líneas que llevo dibujando toda mi vida cuando me estoy aburriendo o cuando estoy muy concentrada. Lo mismo que dibujo mientras edito episodios en audio, me ayuda a concentrarme.  Si alguien está pensando «qué mona ,también sabe dibujar» que se apee de esa idea ahora mismo: no sé dibujar ni pintar ni tengo ningún tipo de gusto para combinar colores. Si dibujé todas esas cosas (también pinté corazones y tetas, acabo de acordarme) fue porque estaba replicando las cartas que me escribía con una amiga cuando teníamos trece, catorce, quince años.  Escribir a mano es diferente, muy diferente. Mi cabeza funciona de otra manera mientras deslizo la pluma y mientras escribía y dibujaba me transporté a esa edad, a nuestra amistad de entonces y a las cosas que hacíamos. Y, de repente, solté una carcajada: yo era repelente. 

Voy a acotar. Creo que no era repelente todo el tiempo, solo de vez en cuando. Como hacemos todos en el pozo del olvido he ido tirando todos esos recuerdos de uno mismo de los que, de alguna manera, se arrepiente: palabras que no querrías haber pronunciado, caídas estrepitosas de hacer mucho el ridículo, equivocaciones garrafales, declaraciones de amor patéticas, borracheras vergonzantes, etc*. El pozo del olvido como todos sabemos tiene al fondo una cama elástica y cuando tiras algo ahí, rebota siempre, vuelve y te golpea en la frente en el peor momento. Pues algo así me pasó cuando solté la carcajada, un recuerdo repelente apareció en mi cabeza. 

Cuando teníamos trece o catorce años, de vez en cuando, en Los Molinos conseguíamos convencer a nuestros padres para dormir varias amigas en casa de alguna. Era el planazo, cenar guarradas y hartarnos a charlar como si no nos lo hubiéramos dicho todo ya. Casi siempre dormíamos en la misma casa porque era la que tenía más espacio. Cenábamos, charlábamos y cuando nos encerrábamos en el dormitorio, en algún momento yo inventé un juego que consistía en que, por turnos, íbamos leyendo hasta que nos equivocábamos en una palabra, confundíamos una letra o algo así y entonces pasaba el turno. Ayer entre flor y flor, entre corazón y corazón, tuve un flash de ese dormitorio, de la luz, casi del olor a leonera con cuatro o cinco protoadolescentes encerradas en él y de todas amontonadas en torno a un libro mientras una de nosotras leía. Todas al acecho del error. «¡Ya! ¡Me toca! ¡Te has equivocado!». Sentí a la vez ternura y ganas de abofetear a mí yo adolescente. ¿Cómo se me ocurrió aquello? ¿Cómo demonios me inventé un juego tan horrible? ¿Cómo es posible que mis amigas aceptaran participar? Con esos años no tenía nada con lo que destacar: no era guapa, ni estilosa, ni jugaba bien al fútbol, ni corría, ni era buena al futbolín y, además de esa carencia de atractivos, tenía que estar en casa a las nueve y media de la noche. Recordemos que mi madre no me dejó ver Verano Azul cuando se puso en TVE porque «esos niños son maleducados, dicen palabrotas y faltan al respeto a sus padres» y que, a pesar de esta laguna emocional y sentimental y de no tener conversación con mis amigos durante un verano entero, conseguí llegar a la edad adulta. ¿Qué era en lo único que destacaba? En ser una friki de la lectura. Ahora que lo pienso supongo que mis amigas aceptaban jugar por amor, porque era lo único que se me daba bien y en lo que podía incluso destacar y "arrasarlas", cuando me tocaba a mí el turno, leía durante veinte páginas sin equivocarme. El juego, entonces, se acababa porque o bien se aburrían o bien se dormían. No sé porque mis amigas jugaban conmigo a eso.   Puede que fuera por pena, pero hoy voy a creer que fue por amor y que se merecen que pase una tarde dibujando corazones, flores, tetas y estrellas con rotuladores de colores y recordando que tengo un pasado repelente. 

Que levante la mano el que no lo tenga. Sabremos quién miente. 

*Que el pozo del olvido es una fuente inagotable de recursos sobre los que escribir lo sabemos todos los que escribimos. Con el tiempo, ademas, aprendes a que escribir sobre esos momentos, los desactiva. 


Podcasts encadenados

Como me arrasa la vida y no tengo tiempo para escribir un post en condiciones, he pensado en añadir una coda final con recomendaciones puntuales de podcasts. Hoy recomiendo este episodio de Death, sex and Money con Fran Lebowitz. Lo escuché ayer mientras iba por la calle, de camino al trabajo, y me iba riendo a carcajadas. De nada. 

domingo, 27 de noviembre de 2022

No merece la pena

He estado leyendo historias de madres. Han aparecido en mis lecturas sin buscarlas porque a mí, en general, las historias de madres me dan mucha pereza. Todo el mundo cree que su madre es especialísima y, en realidad, todas nos parecemos muchísimo. Los libros de madres me dan pereza y cuando hablo de este tema siempre recuerdo el único que realmente me pareció diferente, la única madre de la que al leer sobre su historia pensé: «joder, esta sí que es la pera». El libro se llama Fugitiva y reina de Violaine Huissman y hablé de él aquí. A lo que iba: leer historias de madres siempre lleva a historias de familias. Aunque tu madre haya sido muy especial, te criara sola y te mudaras a la otra punta del mundo, todos venimos de algún sitio, de una familia, y a casi todo el mundo le interesa saber algo de ese pasado. 

Libro de familia fue un regalo de mi hija María por mi cumpleaños. No lo eligió ella pero eso no importa; es un regalo de una hija a su madre, dato este que tampoco importa nada. En este libro autobiográfico Galder Reguera cuenta la historia de su madre, de su familia. No destripo nada al que no lo haya leído si cuento que el día que su madre le comunicó a su padre por teléfono que estaba embarazada de lo que luego sería Galder el padre murió en un accidente de coche. Era 31 de diciembre de 1974 y Galder nació en agosto de 1975. Entre otras muchas cosas que no me interesa comentar ahora, Galder habla de su incapacidad para comprender por qué la familia de su padre pasó de ellos tras su muerte. No tuvo contacto con ellos durante 32 años y cuando hubo alguno esporádico siempre fue desagradable. Incluso escribiendo el libro la situación es más o menos así. Él se pregunta cómo es posible, por qué son así. 

Y esta parte me ha recordado a mi relación con mi familia paterna. Inexistente. Sé que existen, de hecho tienen una casa muy cerca de la nuestra y cuando paso por delante de su jardín veo a mis primos charlando en el porche. Antes veía a mis tíos y a mi abuela pero murieron hace años. Nadie nos avisó de sus muertes pero nos echaron en cara no haber estado aunque, cuando murió mi abuela, mi tía me dijo: “no os hemos avisado porque no sois de la misma sangre”. Ajá. Que yo sepa mi padre era su hermano, hijo de mi abuela, pero ese día, en aquella llamada le dije: “¿Qué te crees? ¿De la Mafia? No puedes ser más ruin”. Y colgué. Nunca más. Esa tía, y su marido, estuvieron sentados en la mesa de honor en mi boda y cuando lo pienso ahora (bueno, ahora no lo pienso porque es como si no existieran; de hecho no existen) creo que durante mi infancia y juventud, mi madre se pasó la vida intentando que la familia de mi padre la quisiera, la aceptara, la admitiera. Yo por entonces no lo veía, claro. Adoraba a mi abuela que me hacía montañas de patatas fritas, cocinaba maravillosamente bien, me regalaba cosas, me daba dinero y parecía quererme. No fue hasta muchos años después cuando fui consciente de los desplantes, los rechazos, la mala educación. Mi padre sí debió verlo, por supuesto. Siempre me llamó la atención que prefiriera estar con todos los hermanos de mi madre que con los suyos propios. Cualquier fiesta u ocasión prefería celebrarla con su familia política. Con la suya siempre era algo mínimo y ahora sé que era por compromiso. Cuando murió mi padre seguimos esforzándonos para no perder el contacto, para seguir unidos a esa "familia". Nos costaba, pero ahí estábamos: los invité a mi boda, los senté en mi mesa, cuando nació María me acercaba a su casa con el bebé, me esforcé hasta que un día se acabó. 

Recuerdo el día. Fui con mi madre a la residencia donde estaba mi abuela. Llevábamos a María que debía de tener un año más o menos. María tiene los ojos azules de mi padre. Mi abuela, perfectamente lúcida y con toda la mala leche que con los años es capaz de saltar cualquier muro de contención, acusó a mi madre de ser la culpable de la muerte de mi padre y empezó a decir todo tipo de crueldades. Me puse de pie (no la pegué de milagro), cogí a María y le dije a mi abuela: “mira a tu bisnieta porque es la última vez que vas a verla”. Arrastré a mi madre, que no paraba de llorar, y nos marchamos. 

Nunca más. 

Mi madre no es tan radical como yo ni mucho menos. Ella siguió llamando a mis tíos, interesándose por ellos, manteniendo el contacto. Un buen día, un par de años después, el día de su cumpleaños (aniversario de la muerte de mi padre) la llamaron porque tenía que firmar unos papeles de algo. En la conversación, mi madre preguntó por mi abuela y le dijeron: “Ah, se murió hace 4 meses, no os avisamos porque no sabíamos si os iba a importar”. La calaña de gente que te llama para que firmes papeles que les interesa pero no para decirte que la abuela de tus cuatro hijos ha muerto.

Me llamó llorando y yo llamé a mi tía. «No eres sangre de la sangre». Lo pienso y me hierve esa misma sangre que no compartía con ella en su versión. Luego se murió esa tía y su marido (mi padrino de boda) y el otro hermano de mi padre y su mujer... nunca nos avisaron. Del hermano de mi padre sí nos enteramos porque vimos la ambulancia en la puerta de su casa y mi madre se empeñó en subir a ver qué había pasado. Nos recibieron como si fuéramos los del gas. Preguntamos por el tanatorio y nos dijeron: «no hace falta que vengáis». Con todo esto quiero contar que sí, que se puede tener una familia que no quiere nada contigo. Que puede machacarte, insultarte, despreciarte hasta que tienes que marchar por tu propia dignidad. ¿Por qué le decimos a alguien que no aguante a una pareja que la trata mal y con la familia siempre es "es que son familia"? Yo no tengo familia paterna. Me importan un pimiento. Los que quedan vivos, mis primos, siguen haciéndole feos a mi madre que sigue, como la madre de Galder, disculpándoles. De mi boca pueden salir los peores improperios sobre ellos; de la de mi madre, nunca. 

Ahora entiendo a mi padre. Tenía una familia de mierda y encontró en la de mi madre a gente maravillosa que lo quiso como no lo querían ni su madre ni sus hermanos, gente que le trataba bien, que quería a sus hijos, gente generosa que no le hacía desprecios ni le dejaba de lado. Gente que lloró en su entierro como no lloró su familia. Gente que todavía, ahora, le recuerdan en el chat familiar y en las conversaciones. No hay que empeñarse en seguir al lado del que no te quiere. No hay que perder ni un segundo pensando en por qué no te quiere. No hay que desesperarse pensando en por qué no se molesta en conocerte y saber que no tienes nada contra él. No merece la pena. No hay tiempo. No hay que ponerse a su altura. No todos somos buenos, hay gente muy ruin y miserable y pueden ser tu familia por apellido pero nada más. 

No merece la pena. 

PS: en la foto, mi padre es el que está encima del burro. El señor con la escopeta es mi abuelo Gonzalo que murió poco después cuando mi padre tenía 14 años. Me hubiera gustado conocerle. 


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miércoles, 23 de noviembre de 2022

Enamorarse con 23, enamorarse con 49

El sábado fui al concierto de Laufey. Hasta hace un mes no sabía quién era, pero ya tengo una edad en la que mis hijas me descubren nuevos cantantes y nuevas músicas. Ya tengo, también, una edad en la que ellas aceptan mis recomendaciones y, a veces, reconocen que les gustan.

Laufey tiene veintitrés años, es islandesa con ascendencia mongola, es menuda, tiene los ojos un poco rasgados y todavía no sabe bien qué hacer con su pelo. Salió al escenario del Teatro Pavón con un top verde asimétrico, una faldita que parecía de uniforme y unos mocasines oscuros con los que yo hubiera podido ir al colegio hace treinta y cinco años. Saludó nada más salir.  Al escucharla contar su emoción por estar en Madrid, en su único concierto en España, cerrando su gira, me recordó al cuento de La Reina de las Nieves de Andersen. Habla un inglés limpio y cristalino, casi brillante, con filo. Pensé en copos de nieve.

No soy una gran melómana y así como soy capaz de concentrarme en una sala de cine o en un teatro, con la música me distraigo enseguida. Me gusta, a veces me emociona y otras me divierte, pero me cuesta concentrarme. Laufey fue presentando cada canción con una pequeña introducción, unas las tocaba acompañada de una guitarra y otras tocando un impresionante piano de cola: «Esta canción la compuse cuando me rompieron el corazón». « La siguiente canción la compuse cuando me enamoré de un chico muy guapo en el metro de Londres». «Esta la escribí cuando vivía en Los Ángeles y me dejaron y fue terrible».  Su voz y su manera de cantar me recuerdan a Barbra Streisand aunque cuando hace standard de jazz se puede parecer a Nina Simone, salvando las distancias. Es increíble cómo esa voz cantarina se transforma en un instrumento cargado de sentimiento y profundidad.

Antes de que se apagaran las luces, antes de empezar, me dediqué con mi hija a repasar el público de la sala. Por lo que vimos, Laufey es como el monopoly: apta para público de todas las edades, allí había gente con diecisiete y también con más de setenta. ¿Son los aficionados al jazz permeables a los nuevos artistas? Ya he dicho que no soy una gran melómana, ni siquiera mediana, puede que ni pequeña, si acaso de primer curso, pero me pareció un concierto estupendo, disfrutable. El señor que estaba a mi lado, que había ido solo y tenía 15 o 20 años más que yo, aplaudió y gritó “bravo”.

Musicalmente Laufey conectó con el público pero ¿y temáticamente? Con cada presentación yo pensaba: «Pero Laufey, querida, no te han podido romper el corazón todas estas veces. ¡Solo tienes 23 años!» Me odié a mí misma por tener ese pensamiento y me obligué a recordar que, con esa edad, con 23 años lo más importante que te pasa es el amor: tenerlo, no tenerlo, desearlo, no encontrarlo, encontrarlo, no saber cómo vivirlo, que te lo quiten, dejarlo tú, creer que es el amor de tu vida, creer que no, soñar con un futuro juntos, pensar que eres ridícula, pensar que eres madura. Yo era así con veintitrés años mientras agonizaba en una relación absurda con mi primer novio. Tras reconciliarme con el monotema de Laufey pensé en que hay pocas canciones que hablen del amor a los cincuenta (cuarenta y nueve). Creo, la verdad es que no lo sé. No he hecho un estudio pero estoy bastante convencida de que esto tiene que ser así. ¿Por qué? Pues porque así como cuanto mayor eres menos pudor físico tienes, a esa edad el pudor emocional se eleva en la misma proporción. No sé si esto es bueno pero es así, nos volvemos más cínicos, más realistas, menos inocentes. ¿Sufrir por amor todo el tiempo, a todas horas? ¿Hacer grandes promesas al tercer día? ¿Soñar con "para toda la vida"? No, no y no. Hasta qué punto esto es por miedo o por conocimiento es ir demasiado lejos en un pensamiento de concierto pero ahí lo dejo.

¿Alguien conoce una canción que exalte el amor pasados los cuarenta? No hablo de canciones del tipo "oh, cariño, llevamos toda la vida juntos", sino de canciones de enamorarse cuando ya no tienes veintitrés, cuando ya no crees que por ahí haya un alma gemela, cuando de ninguna manera quieres una relación que sea un continuo sobresalto. Una canción que se parezca a este poema:

Me gusta que no estás loco por mí, por Marina Tsvetaeva

Me gusta que no estás loco por mí.
Me gusta que no estoy loca por ti.
Y que el pesado globo terráqueo
no se derrumbe bajo nuestros pies.
Me gusta que podamos ser divertidos
-licenciosos- sin jugar con las palabras,
sin sonrojarnos con esta ola sofocante
al rozar ligeramente nuestras mangas.

Me gusta además que estando frente a mí,
abraces tranquilamente a otra,
sin importarte que yo arda en el fuego
del infierno, por no besarme contigo.
Y que no pronuncies mi dulce nombre
en vano, cariño, ni de día ni de noche…
Y que nunca en el silencio de una iglesia
sonará para nosotros la marcha nupcial.

Te doy las gracias con el corazón en la mano:
Por amarme tanto -sin saberlo tú siquiera-.
Por la quietud de mis noches en calma.
Por lo escaso de nuestros encuentros.
Por los paseos que no -bajo la luna-.
Por el sol que nunca -sobre nuestras cabezas-.
Por no estar loco -¡ay!- por mí.
Por no estar loca -¡ay!- por ti.


«Esta la escribí cuando pensé que, por ahí, en el mundo está mi alma gemela. La escribí para que cuando le conozca, él sepa que llevo años esperándolo y pensando en él»

Ahí quise decir: «Laufey, querida no se te ocurra hacer eso. Jamás» 



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viernes, 18 de noviembre de 2022

Otoño con pocas ganas

Fragmento de Puerta del Sol. Amalia Avia

Por fin ha empezado a llover. Por fin algunos días hay unas cuantas horas de cielos grises y nubes. Nunca un día entero, llevo la cuenta. Hoy mismo, me he levantado con un perfecto día de otoño, con cielos grises y las calle mojadas y ahora, mientras tecleo y cuento lo minutos para el fin de semana, el cielo está despejado y luce el sol. En Madrid llueve con poco interés, con desgana, solo un rato, algo como para cumplir el expediente. A Madrid cada vez se le da peor el otoño y el invierno, es como si esta ciudad se hubiera rendido y ya pasara de estas dos estaciones. Las nubes tienen poca constancia, la lluvia es casi testimonial y el frío es ridículo. Es como si Madrid aspirara a ser la Costa del Sol, ese es el drama. 

Me mata el aburrimiento eterno del azul, las nubes pasan por aquí como si emigraran, están siempre de paso y luego se van. ¿A dónde? No lo sé. Siempre que hablo de nubes me acuerdo del cuento que plagié en tercero de EGB y con el que saqué un sobresaliente. A la tierna edad de nueve años, en 1982, no podía saber que treinta y cinco años después, gracias a esa historia, me iban a llamar de la radio para que lo contara. ¿La razón? Una polémica sobre el plagio de su tesis doctoral por parte de un presidente del gobierno. Con nueve años seguro que no pensé que me acordaría de ese cuento tantos años después y estoy segura también de que por entonces creía que la política y la prensa eran algo serio. 

Las nubes. El otro día fui a la exposición de Amalia Avia y en sus cuadros siempre hay nubes, cielos grises, siempre tiene pinta de hacer frío. Entré en la sala y empecé a ver esos cielos grises y pensé: qué gusto. «A mí me parece triste» he leído por ahí sobre los cuadros de Amalia, mi madre también lo cree. Sus vistas de Madrid me reconfortan, me quedé un buen rato mirando su gran vista de la Puerta del Sol y pensé que ya no hay días así en Madrid, días grises en los que las cristaleras de los bares se llenen de vaho y uno corra porque está deseando llegar a casa. Ya no hay días de charcos. De Amalia Avia hablé ayer en una charla sobre arquitectura y nuevos medios. ¿Por qué? Porque en sus memorias habla de lo incomodísimo que era vivir en la casa que les construyó, en Torrelodones, un afamado arquitecto. Hablé también de los programas de casas de La 2 a los que me he vuelto un poquito adicta y que puede que a los arquitectos les pongan los pelos de punta. No sé si volverán a invitarme pero fue muy divertido. 

Leo un artículo mientras desayuno sobre los libros de Elige tu propia aventura. ¿Cómo está escrito el artículo? Siguiendo esa estructura. "Si quieres saber cómo se le ocurrió la idea a su autor pasa al epígrafe "la idea", si quieres saber por qué se siguen vendiendo pasa a "el éxito". Lo leo del tirón, epígrafe tras epígrafe, sin saltar nada. Cuando tenía nueve años sí que saltaba, de respuesta loca en respuesta loca aunque ¿a quién quiero engañar? Mi primer itinerario siempre era el más cauteloso, nunca he sido aventurera. ¿Qué es lo más arriesgado que he hecho en mi vida? No tengo ni idea, no se me ocurre nada. Hay gente intensa que dirá "tener hijos, eso sí que es una aventura", prefiero morir desesperada en una reunión interminable por zoom que decir esa majadería. "La aventura de tener hijos" me pregunto a quien se le ocurriría por primera vez, me encantaría saber quién fue, qué pinta tenía y, sobre todo, si se lo creía. Amalia Avia seguro que no decía esa majadería.  

Voy a la manifestación y lo cuento en Instagram y en twitter. Algunas personas, sobre todo en Instagram que está lleno de gente que dice cosas como "la aventura de tener hijos", me dan las gracias por posicionarme. Me quedo muerta. ¿Por qué no voy a dar mi opinión sobre algo en mi Instagram o aquí? No es necesario opinar de todo y conviene abstenerse muy fuerte de opinar sobre las cosas de las que uno no tiene ni idea, pero posicionarte políticamente en tus redes, redes en las que no vendo nada, me parece algo un poco obvio. Pero claro, no olvidemos que Ig es esa red donde hay vídeos que te aclaran cómo enrollar un cinturón y vídeos que te explican cómo coger una copa de vino. Pero también sale Brad hablando de su rutina de belleza que, seamos sinceros, podría ser echarse mostaza por las mañanas y frotarse con mantequilla por las noches y le funcionaría igual. Está guapo de morir. 

Hoy salgo a cenar. 

Mañana voy a un concierto. 

Hacía mucho que no escribía un post tan cosas que (me) pasan y voy a aprovecharlo. A partir de hoy, podéis suscribiros aquí para que estos posts os lleguen al correo. Que quede claro que seguirán estando aquí, los escribiré aquí, pero así no tendréis ni que hacer el esfuerzo de venir a buscarlos. Me falta ir a vuestra casa a enrollaros los cinturones y apurar vuestras copas de vino. 

viernes, 11 de noviembre de 2022

Se busca cocinero en el periódico

 


«Se necesita cubrir vacante de COCINERO.
QUE TEMPORALMENTE SE REALIZA EN RÉGIMEN INTERNO.
Imprescindible Título Medio/Superior de Cocina, experiencia y buenas referencias. Importante salario.  
Interesados mandar curriculum a xxx »


Este anuncio lleva meses publicándose en el periódico Y yo llevo meses dándole vueltas a lo que dice, a lo que no dice y a lo que puede querer decir. 

Lo que dice es que se busca cocinero. Lo que no dice es que pasas si eres cocinera y te interesa el puesto.¿ puedes enviar tu curriculum? Nada más empezar no quiero pensar mal. Quizá han usado el masculino genérico porque es lo suyo, porque la generación que necesita cubrir vacante de cocinero habla en masculino genérico. Confieso que al principio a esto de "cocinero" no le di importancia.  Volviendo sobre mis procesos mentales creo que pensé que lo habían redactado deprisa y corriendo y no le habían dado más vueltas. Se habían quedado sin cocinero, tenían prisa y colgaron el anuncio así, sin darse cuenta de que podían haber puesto Cocinero/a. No sé cuanto cuestan estos anuncios, seguro que no son baratos, pero si puedes permitirte ese uso caprichoso de las mayúsculas y la negrita de fondo, puedes pagar dos caracteres más. Ahora que he visto ese anuncio durante seis meses, puedo confirmar que si eres mujer y cocinas bien y tienes el título no te van a coger.  El anuncio también dice que QUE TEMPORALMENTE SE REALIZA EN RÉGIMEN INTERNO. Esto deja claro que además de cocinar vas a tener que dormir en la casa en la que temporalmente cubres la vacante y dice con hastío evidente que están hartos de explicarlo en las entrevistas, los mails o las llamadas. Esas mayúsculas y ese empezar la frase con un "que" denotan exasperación, rollo QUE A VER SI OS ENTERÁIS Y OS LO PONGO EN GRANDE. El anuncio también dice Importante salario y no dice, como todas las ofertas de trabajo, cuánto es ese salario. Lo deja todo a la imaginación y yo, puestos a imaginar, me declaro fan de la frase, que casi extinguida, "salario a convenir", que me parece que tiene más encanto, que abre la puerta a un posible diálogo, a un flirteo, a un ni para ti ni para mí, regateemos. Importante salario es sobrio, soso y sobre todo, lo que es y no es importante para cada uno es tan subjetivo. 

Hasta aquí lo que dice el anuncio que yo creo que es poco. Lo que no dice abre un mundo de posibilidades. ¿Dónde es esa vacante de cocinero? ¿Dónde estará interno ese cocinero? ¿en un piso? ¿una casa? ¿un palacio?  ¿un internado? ¿un convento? Hay muchísimas posibilidades y podría seguir: ¿en habitación compartida? ¿en vivienda de servicio? ¿en un jergón bajo los fogones? Hay un dato aún más importante que no se dice, ¿para cuánta gente tienes que cocinar? ¿Para una pareja? ¿para una familia numerosa? ¿para niños mientras los padres están fuera? Y ¿cuántas comidas al día? 

He pasado horas dándole vueltas a este anuncio. A veces se me olvida unos días y luego pienso ¿lo habrán encontrado ya? Y nada. Ahí sigue. Lleva tanto tiempo que, a veces, me dejo llevar por la espiral de locura en la que mi pensamiento conspiranoico se embarca y disfruto de ese viaje porque mi locura no amenaza la democracia, ni está en contra de la ciencia ni me lleva a creer que la tierra es plan y el sol y la luna son lámparas de la NASA. Dejándome llevar elucubro que ahí hay algo más, que ese anuncio no busca un cocinero sino un sicario. Es una clave para algo ilegal, delictivo, criminal. Es la orden para eliminar a alguien que al verlo escribe al mail de contacto y recibe las instrucciones. Lo sé, no tiene sentido, ¿para qué vas a tomarte la molestia de poner este anuncio si luego lo vas a resolver por mail? Sigo en la locura, el anuncio se publica en página par o impar y dependiendo de eso el sicario sabe el lugar y la fecha de un encuentro en el que se le darán las instrucciones. A lo mejor no es un sicario, es un rollo de espías. El anuncio se publica para que un agente se encuentre con otro en un determinado lugar. Y aquí tengo otra cosa que añadir, muchas veces el anuncio del cocinero aparece con otro, que siempre se publica encima. Tengo varias fotos guardadas, unas veces se busca un camarero/ordenanza y otras se ofrece un ingeniero. ¿Dos bandas diferentes? ¿dos agentes cada uno enviándose un mensaje en clave? ¿Y si la historia es de amor? Amor secreto entre gente que no puede tener móvil ni redes sociales por un tema de seguridad. Al llegar aquí mi pensamiento conspiranoico se queda sin combustible, empieza a pertadear, se apaga,  me aburro y la realidad se expande de nuevo: hay alguien ahí fuera que lleva meses buscando un cocinero y no lo encuentra. Seguro que se preguntara cómo es posible, si es que acaso no hay cocineros en paro en el mundo. Yo no entiendo el anuncio. Y en mi cabeza, el matrimonio de ricos que lo ha puesto, no entiende como no encuentra a nadie. No lo entienden porque me necesitan a mí, a alguien que les diga la verdad: ese Importante salario es, con total seguridad, una miseria infecta. 

Leed el periódico en papel, chavales. Da para mucho. 

miércoles, 9 de noviembre de 2022

Lecturas encadenadas. Octubre.

 

Mi ritmo lector va decayendo según avanza el año. Cada vez me parezco más al conejo de Alicia corriendo a todas partes y sin tiempo para nada. Cuando mis hijas eran pequeñas tenía tiempo para todo, ahora que hacen su vida y como me descuide ni siquiera las veo en el ratito que pasan por casa, no tengo tiempo para nada. ¿Me organizo peor? ¿Tengo más intereses? ¿Me he vuelto más vaga? ¿Es que los adolescentes exigen más atención que los bebes? A esto último yo digo sí aunque nadie me crea. 

Octubre transcurrió con más pena que gloria esperando un otoño y un frío que no llega. Desesperación, tristeza, calor y abrigos languideciendo en los armarios. Lo único que me consoló fue saber que a final de mes, como cada año, me esperaba el cambio de hora que más me gusta y ya es de noche cuando salgo de trabajar. Bien, me encanta. Cada uno tiene sus filias. 

Al lío. 

En septiembre fui a Ourense un fin de semana porque me invitaron a una fiesta genial, tan genial que se ha decidido que se vuelva tradición. Como nunca había estado allí, aproveché para hacer algo de turismo y, como siempre que hago turismo, entré en una librería. «Entramos pero con fuerza de voluntad, no compramos nada» fue el mantra que nos dijimos. No lo cumplí, en una de las estanterías estaba esperándome Se acabó el pastel de Nora Ephron por tan solo 3 €. Después me enteré de que está descatalogado y en internet piden hasta 100 € por él. Creo que el dueño de la librería también desconocía este dato. 

Me gustó muchísimo, mucho más que el de "El cuello no miente" y que la película. Es curioso como, a pesar de conocer la historia, me ha gustado tanto. Nora ficciona aquí el fin de su segundo matrimonio cuando emabaraza de su segundo hijo descubrió que su segundo marido, Carl Berstein, le estaba siendo infiel con una amiga suya. Su alter ego, Rachel, es como ella escritora y, a través de su personaje reconstruye su historia de amor. Lo más interesante de todo es como Nora cuenta el choque brutal de realidad que supone descubrir que lo que has estado viviendo es una mentira, como tu realidad era un decorado.  Rachel/Nora creía ser feliz y resulta que no lo era, creía ser amada y amaban a otra, creía estar haciéndolo bien y se estaba equivocando en todo, creías conocer a tu pareja y resulta ser un desconocido, creías saber hacia donde te encaminabas y descubres que ese futuro al que te dirigías no existe ni existió nunca. 

Nora lo cuenta con inteligencia, con ingenio, con humor, con irío y como dice su peronal al final cuando se terapeuta le pregunta porque lo convierte todo en un relato, ella dice: 

«De modo que se lo explique. 
Porque si cuento la historia, domino la versión.
Porque si cuento la historia, puedo hacer reír; prefiero que se rían a que tengan lástima de mí. 
Porque si cuento la historia, no me duele tanto.
Porque si cuento la historia, puedo soportarla». 

Esto me recordó mucho a las palabras de Didion en su documental sobre escribir y el miedo. «Yo siempre he pensado que si analizo algo, da menos miedo. La teoría dice que si la serpiente está en tu campo visual, no te va a morder. Se parece a como enfrento yo el dolor. Quiero saber dónde está.»

Además de estas reflexiones que comparto totalmente, me reí mucho: 

«Ahora en mis años dorados, he llegado a aceptar el hecho de que en mi cuerpo no hay una sola gota de sangre neurasténica, y me he vuelto muy impaciente con los que la tienen. Muéstrenme una mujer que llora cuando caen las hojas de los árboles, y le enseñaré a una auténtica gilipollas.»

«Me gustaría decir dos cosas al respecto. La primera es que siempre he creído que llorar es una actividad demasiado valorada: las mujeres ya lloran muchísimo, y lo último que desearíamos es que el llanto se convirtiera en un exceso universal. Lo seguido que quería decir es lo siguiente: cuidado con los hombres que lloran. Es cierto que tales hombres son sensibles e impresionables, pero las únicas emociones que los conmueven son las suyas propias.»

También barato compré, en la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, Heredarás la tierra de Jane Smiley. En enero leí La edad del desconsuelo que me encantó (si estáis leyendo esto, dejadlo ahora mismo, comprad esa novela y poneos con ella ahora. Ya. Estáis tardando) así que quería leer más de Smiley. Esta novela no me ha gustado tanto porque es un culebrón impresionante. 

¿Qué nos cuenta Smiley? Pues la historia de la familia Cook, granjeros en un condado de Iowa. Kilómetros y kilómetros de tierra cultivada, arrancada a unos pantanos hace cien años y que el patriarca, Larry Cook, regenta casi como un reyezuelo hasta que decide, por sorpresa, ceder la gestión de la granja a sus tres hijas. Este gesto y la vuelta a la zona de un vecino, Jesse, que se marchó hace años para escapar de la Guerra de Vietnam, desencadena una serie de actitudes y revelaciones en la vida familiar con todo tipo de oscuros secretos aflorando. Es una novela que se vuelve más oscura según avanza la narración hasta llegar a un final en el que no queda nada. Cuando lo estaba leyendo pensaba que era material perfecto para una película y acabo de comprobar que ya se ha hecho con Jessica Lange y Michele Pfeiffer, perfectas para hacer de las hermanas. 

«Eso de "bien" es una palabra muy propia de una mujer. Tú sabes que no está nada bien. Pero dices ese "bien" y todo el mundo se vuelve loco y tú sabes que todo el mundo se volverá loco.»

¿La recomiendo? Pues mira,  si te gustan las historias tortuosas y con muchísimo drama, rozando la incredulidad es una novela correcta pero si me preguntáis a mí: empezad por La edad del desconsuelo. 

Y con esto y un bizcocho, hasta los encadenados de noviembre. 

viernes, 4 de noviembre de 2022

Podcasts encadenados. La maravilla de Anderson Cooper


Lo primero que escuchamos es el sonido de unas llaves girando en una cerradura y una puerta que se abre. Para nosotros, oyentes, ese sonido es como el de cualquier otra puerta aunque los pasos que se escuchan a continuación delatan una buena tarima, una buena casa y que allí ya no vive nadie. «Mi madre murió en julio de 2019, hace poco vendí su casa y ahora tengo que recoger todas sus cosas. He pensado que mientras recojo, puedo hacer este podcast. Es la primera vez así que tened paciencia conmigo» dice una voz grave, cálida, una de esas voces que yo describo como para quedarte a dormir en ella. La voz pertenece a Anderson Cooper, famoso periodista americano de la CNN, 54 años y con dos hijos pequeños que no se decidió a tener hasta que murió su madre, así que es un padre viejales. El oyente acompaña a Cooper, la puerta se ha abierto pero ¿dónde estamos? te preguntas y Cooper pasa entonces a contártelo. El podcast es audio pero es muy visual, parte de su magia consiste en la habilidad del narrador para hacernos ver lo que necesitamos conocer. En este caso, Cooper nos cuenta que es la casa de su madre, que está en una de las calles más tranquilas de Manhattan, y que en ese piso, comprado por su padre hace más de cuarenta años, su madre se dedicaba a pintar. Describe el piso como cualquiera de nosotros lo haría: aquí hay una entrada, este es el estudio, aquí está el cuarto de estar. Ya lo ves, lo imaginas. ¿Por qué es importante? Cooper entonces da un paso más en la narrativa y llena ese espacio de vida al contarnos como pintaba su madre allí, los recuerdos que él tiene de cuando pasaba las tardes en esa habitación mientras su padre escribía o como recuerda haber ido allí a buscar un traje con el que enterrar a su hermano cuando este se suicidó con veintitrés años. ¡Voila! Ya lo sabemos todo: donde estamos, quien nos lo cuenta y porqué no los cuenta. Un comienzo de episodio perfecto, maravilloso. (La historia de la madre es muy top pero no quiero destriparlo más aquí)

El resto del podcast, que se titula All there is with Anderson Cooper, es lo más bonito y emocionante que he escuchado este año con mucha diferencia. Desconozco si Cooper se ha escrito sus guiones o ha tenido un guionista (que le den un premio) pero eso no importa porque es evidente que la historia, el tono y la emoción es suya y muy personal. A lo largo de los ocho episodios que componen el podcast y mientras cuenta sus procesos de duelo, charla con diferentes invitados o escucha los mensajes de voz de cientos de oyentes, rompe a llorar varias veces, pierde la voz, se queda sin palabras y, cada vez que eso le ocurre, el oyente piensa: Anderson te entiendo, yo también me he sentido así alguna vez. 

All there is es, como comentaba en el post anterior, una reflexión sobre las maneras de vivir el duelo y la ausencia. En el último de los episodios, en un mensaje de audio, una oyente dice que lo que más le ayudó a ella es cuando le dijeron que lo estaba haciendo bien, que no hay una manera correcta de llevar el duelo porque todas son correctas. Dándole vueltas creo que es un proceso intensamente personal, más personal que enamorarse  y del que se ha escrito y hablado mucho menos y por eso este podcast es tan maravilloso. A los que hemos vivido ese duelo nos acompaña y nos hace ver que no estamos solos en las cosas que pensamos, hacemos para recordar a los que ya no están (una señora cuenta que como parte de su duelo y dado que su madre era muy aficionada a las compras, para honrar su memoria, el día del cumpleaños de su madre compra algo en una tienda y al día siguiente lo devuelve y yo, por ejemplo, escribo posts)o nos enfrentamos a qué hacer con las "cosas".  A este tema dedica Cooper mucho tiempo porque es curioso como lo que hasta la muerte de esa persona eran solo objetos: una mesa, una silla, un par de gafas, un cajón con facturas, un pijama, una maquinilla de afeitar o una almohada, una vez desaparecida esa persona se convierten en algo mucho más grande, algo cargado de significado y trascendencia con lo que hay que lidiar. No hay tampoco una manera correcta de hacer esto. Está bien el que decide tirarlo todo y está bien el que, como él, va revisando todo y haciendo cajas que traslada a otro lugar hasta que esté preparado para tirarlas. 

Como he dicho antes, a lo largo de ocho episodios, Cooper comparte el duelo y descubre cosas. Por ejemplo, el vacío existencial que se abre cuando te das cuenta, como en su caso, de que eres la última persona que queda viva capaz de recordar determinados momentos, sensaciones u ocasiones. En su caso, ni su padre, ni su hermano ni su madre están ya para corroborarlas, para poder compartirlas con él pero aunque no seas the last man standing, siempre que pierdes a alguien cercano hay algún recuerdo del que te conviertes en único conservador. ¿Qué hacer con él? ¿Traspasarlo a otros? Sí, claro que sí, para que no muera nunca o al menos tarde lo más posible. 

Stephen Colbert como comenté el otro día aparece en el segundo episodio que es también maravilloso. Laurie Anderson, artistaza, mujer increíble y viuda de Lou Reed acompaña a Cooper en otro y en el resto los invitados no son tan conocidos para nosotros pero sus aportaciones son igual de interesantes. Hay un episodio en el que Kirsten Johnson, que es directora de documentales, habla de la sensación de pérdida anticipada que tienes cuando tus padres tienen Alzheimer o demencia y dejan de ser ellos. Es otro tipo de pérdida que funciona de otra manera y que ella ha retratado en un documental, que podéis ver en Netflix, Dick Johnson is dead, tierno, emocionante y casi casi divertido. 

No quiero extenderme más. Podría estar horas hablando de este podcast pero lo que de verdad me gustaría es que lo escucharais. Os hará muchísimo bien y vais a llorar bien, a gusto. 

martes, 1 de noviembre de 2022

Veinticinco años: el duelo es como el vino




Hoy es, otra vez, 1 de noviembre. Otra vez toca contar los años desde que mi padre murió, tal día como hoy, mientras paseaba por el valle de Lozoya con mi madre y sus amigos. «Creo que los churros que hemos desayunado me han sentado mal» dijo y se desplomó. Su amigo Cecilio, médico, que iba con ellos, intentó reanimarlo pero fue imposible. Siempre nos ha dicho que el infarto fue tan fulminante y tan masivo que aunque le hubiera dado en un hospital no hubiera sobrevivido. No sé si es verdad pero me da igual. Morir sin enterarte, en medio de las montañas y rodeado de tus amigos me parece una muerte envidiable, algo a lo que todos deberíamos aspirar. 

En 2008 escribí por primera vez sobre él y lo he seguido haciendo cada año desde entonces, (el año pasado hice un poco de trampa y solo lo puse en IG, muy mal por mi parte). Hoy se cumplen veinticinco años desde que en mi vida, y mucho antes de haberlo leído y de que le ocurriera a Joan Didion, me senté a cenar y la vida que conocía se acabara. En mi caso, era media tarde,  porque todavía quedaba un poco de luz a pesar del cambio de hora y estaba sentada en el sofá, viendo la televisión, en nuestra casa de Los Molinos. Recuerdo cada detalle y como, nada más ver entrar a mi madre y a Cecilio, supe que algo iba mal. Muy mal. 

«Papá ha muerto»

He estado escuchando All there is with Anderson Cooper. Cooper, periodista de la CNN, perdió a su padre con diez años. Cuando tenía 21 años, su hermano de veintitrés se suicidó. Su madre, murió en 2019, con más de noventa años, dejándole dos apartamentos para recorrer y recoger. Al abrir los cajones, los armarios, recorrer las estanterías, encuentra cartas y notas de su madre. «Andy, esta es la ropa que llevaba puesta el día que tu hermano se suicidó delante de mi», «Andy, estos son los pijamas de tu padre». En otro de los episodios, Cooper charla con Stephen Colbert, otro periodista americano famoso, que perdió a su padre y a dos de sus hermanos (eran once) en un accidente de avión cuando él tenía diez años. Colbert, guarda desde entonces un cinturón, que perteneció a su hermano Peter, y que ha acarreado de casa en casa durante cuarenta y cinco años. Nunca lo ha usado, no lo mira, pero cada vez que se muda, se lo lleva y lo cuelga en su armario. Mi madre durmió durante años con el pijama que mi padre se quitó la mañana en que murió. Para Anderson su padre siempre tendrá cincuenta y dos años y para Colbert sus hermanos siempre estarán saliendo para ir a jugar al baseball. Para mí, mi padre vive en una época en que los teléfonos móviles eran como mesillas de noche, José María García importaba, usábamos callejeros y me dice: «pásalo bien, mañana nos vemos» mientras me despido de él para ir a una exposición de escultura clásica en el Prado. 

«The enormity of the room whose door has quietly shut».

Antes de que te pase a ti crees que el duelo será agudo unos días, unas semanas, unos meses, un año como mucho. Crees que será un dolor que podrás tolerar, con el que podrás convivir porque, al fin y al cabo la gente lleva muriéndose toda la vida y la humanidad ha sobrevivido. Crees que será algo que tendrás en una esquina de tu vida y que acabará cogiendo polvo y telarañas y cayendo en el olvido. Cuando llega a tu vida te das cuenta de lo que equivocado que estabas y sientes que ese dolor te acompañará para siempre y jamás podrás superarlo. Piensas que nadie ha sentido un duelo como el tuyo, es tan grande y tan inesperado que no puedes entender como la gente vive con algo como lo que tú estás sintiendo, así que el tuyo tiene que ser el peor del mundo. Lo que no sabes, porque hablamos poco de duelo y luto, es que lo que te está pasando es lo que te tiene que pasar.   Te das cuenta de que  que quieres hablar de ello. Descubres que contarlo y que la gente lo sepa, te ayuda, te consuela, descubres que lo único que necesitas es que los demás sepan que estas sufriendo, que alguien sepa por lo que estás pasando consuela, reconforta.

«Aceptar el sufrimiento no es una derrota. Creemos que podemos ganar al duelo, creemos que podemos arreglarlo, pero no es verdad. Lo único que podemos hacer es experimentarlo y para eso tienes que aceptar que es real, que la pérdida es real. Tenemos miedo del dolor, creemos que el duelo es una forma de muerte, y queremos estar por encima, nos negamos a experimentar cosas malas pero el dolor no es algo malo, es la reacción hacia algo malo. El dolor es un proceso natural que tiene que ser experimentado, o soportado, aunque esa palabra no me gusta porque significa que hay algo de resistencia por tu parte y no puedes ganar al dolor porque eres tú el que te duele. Tu conoces todos tus resortes, todos tus secretos, nunca puedes rodear tu dolor». (Colbert)

Veinticinco años después de aquel 1 de noviembre me descubro asintiendo al escuchar este podcast, sintiéndome acompañada. Stephen Colbert comenta que cuando ocurre la pérdida crees que ese dolor durará para siempre pero no es así. El dolor cambiará a lo largo de los años porque tu dejarás de ser un niño de diez años, en su caso, o una joven de veinticuatro como era yo. El dolor cambiará como el vino, y se transformará en una especie de sabiduría sobre ti mismo y sobre la vida que te permite hablar del duelo cuando otros lo están pasando.

«Lo primero que se me olvidó fue su voz. No quiero que se me olvide nada más» 

Cada año creo que no tengo nada más que decir y cada año encuentro algo. Como dice Colbert, el dolor cambia y se transforma perolos recuerdos, la memoria, los detalles y la sensación de pérdida por todo lo que has dejado de compartir queda para siempre. Escribo estas entradas para contar esos detalles, para no olvidarlos. Me acompañarán toda la vida, me hacen quien soy y me ayudan a acompañar a otros. 

lunes, 24 de octubre de 2022

Muerte de un artista

 

En 1973 mientras yo llegaba al mundo en una clínica de Madrid, Ana Mendieta realizaba People Looking at Blood, Moffitt, una pieza de vídeo de arte contemporáneo en la que colocó sangre de animales saliendo por debajo de una puerta en la localidad de Moffit y grabó la reacción de los transeuntes al reguero de sangre que parecía salir  de una vivienda. 

En 1988 se celebró en el Palacio de Cristal del Retiro una exposición antológica de Carl Andre, uno de los padres de la escultura minimalista. Yo tenía quince años, Ana Mendieta llevaba muerta tres años, Carl Andre estaba siendo juzgado por su asesinato y Helen Molesworth tenía 22 años y empezaba su carrera como historiadora del Arte. 

En 2022 Andre, Mendieta, Molesworth y yo nos hemos unido gracias a un podcast que me ha tenido absorbida durante seis semanas, lo que han tardado en publicarse sus seis estupendos episodios. Es, con mucha diferencia, lo mejor que he escuchado este año: un podcast muy serio, con una factura narrativa y sonora impecable y, sobre todo, con un propósito intelectual ambicioso que aborda el manido tema de la separación entre el artista y su obra de una manera nada maniquea.  

Helen Molesworth es la host y escritora de Death of an artist. Es, además (o ha sido, porque la despidieron en 2018), conservadora del MOCA, el Museo de Arte Contemporáneo de Los Angeles. Salió de allí por desavenencias con la dirección y por cuestionar la falta de diversidad entre los artistas expuestos. Death of an artist comienza con la descripción de la obra que he comentado al principio, People Looking at Blood, Moffit; una obra que Ana Mendieta realizó en respuesta a la violación y asesinato de una joven en el campus de la Universidad de Iowa en la que estudiaba. El mensaje o la intención de la obra era destacar, poner a la vista, el silencio que cubre determinados actos violentos que, casi siempre, ocurren contra las mujeres.

Yo no sabía quién era Ana Mendieta, desconocía su obra, su vida, su arte y su muerte. De Carl Andre, su marido, tenía un vago recuerdo de mi primer y único año de doctorado, nada importante. Mendieta era cubana, sus padres la enviaron con su hermana a Estados Unidos cuando empezó la revolución y vivió en varios hogares de acogida echando de menos a su familia, a sus amigos, su país… hasta que su madre pudo hacer el viaje y establecerse con ellas en Estados Unidos. Mendieta se dedicó al arte conceptual con instalaciones de vídeo o performances cuyo significado pretendía trascender más allá de lo meramente artístico, transmitiendo diferentes aspectos de la Sociedad: desde la violencia silenciada hasta la diferencia entre los roles masculinos o femeninos o, más adelante, cuando pudo empezar a viajar a Cuba de vez en cuando, el papel de la santería o las tradiciones cubanas en su vida. En algún momento de su vida conoció a Andre que era (y es, porque sigue vivo) un hombre imponente, alto, grande, barbudo, blanco y con una carrera artística que a finales de los 70 le estaba consolidando como un referente de la escultura contemporánea. Comenzaron una tumultuosa relación llena de peleas y alcohol que terminó contra todo pronóstico, o quizá no, en boda. En 1985, tras una discusión y después de que se escuchara a una mujer gritar "No, no, no”, Ana Mendieta murió tras caer por la ventana del apartamento, en que vivían, situado en la planta 34 de un edificio en Greenwich Village, Manhattan. Andre fue detenido pero, tras la intervención de un prestigioso abogado y con la ayuda de muchos amigos que consiguieron reunir los cuatrocientos mil dólares de fianza impuestos por el juez, salió de la cárcel al día siguiente. Un velo de silencio cayó sobre el suceso. Andre y sus amigos hablaron siempre de suicidio, que Ana estaba borracha y tras la discusión se había tirado por la ventana. Los amigos y familia de Mendieta jamás creyeron esta versión porque Ana tenía miedo a las alturas y jamás hubiera hecho algo así; porque tenía planes de divorciarse (había descubierto que Carl le era infiel); y porque nunca se encontraron huellas de Ana en la ventana, entre otras varias cosas. 

Tres años después, mientras en El Retiro se exhibían sus obras, Carl estaba siendo juzgado por el asesinato. Eligió (y esto me parece interesantísimo) no ser juzgado por un jurado popular sino por el juez. Molesworth y varias de las personas que aparecen en el podcast consideran que lo que pudiera parecer una decisión casi suicida (es más difícil que 12 personas se pongan de acuerdo en considerarte culpable que una sola) fue en realidad un movimiento inteligente. Una de las bazas de los juicios con jurado es convencer a sus miembros de que el acusado es alguien como ellos, que se sientan cercanos, que lo entiendan. Era muy complicado que doce ciudadanos normales y corrientes se identificaran con un artista conceptual de élite, que ganaba millones de dólares por hacer algo que ellos no entendían y que le permitía llevar una vida desahogada y casi de lujo. En el podcast se desgrana el juicio y las estrategias pero, para sorpresa de nadie, Andre fue absuelto, siguió trabajando y exponiendo y hoy, treinta y siete años después y casi nonagenario, sigue viviendo en el mismo apartamento desde el que Ana se precipitó al vacío. 

Todo esto que he resumido es la parte true crime del podcast necesaria para entender ese propósito conceptual del que hablaba al principio pero que no es, ni mucho menos, la parte más importante. Molesworth intenta entender, comprender las razones por las que Andre logró escapar de algo así y consiguió seguir trabajando, manteniendo su prestigio como artista intacto y su carrera a salvo de, como decimos ahora, cancelaciones. Molesworth no busca las razones fuera, en otros, a pesar de que para hacer este podcast se ha encontrado con mucha gente que no quería hablar, que no quería aparecer. Ella asume la parte de, llamémosla, culpa que ella y todos podemos tener en esto. Se hace las preguntas que todos nos hacemos enfrentados a cosas horribles hechas por genios (casi siempre hombres y blancos). ¿Podemos separar a la persona y sus circunstancias de su obra? ¿Podemos seguir disfrutando de la obra de Andre sabiendo que quizá mató a Ana? El caso de Andre es como el de Woody Allen, Harvey Weinstein, Bill Cosby o Plácido Domingo si preferimos una referencia patria. ¿Podemos admirar a Picasso sabiendo que era un impresentable con pintas y un machista de primera categoría? El gran acierto de Molesworth, como comenté antes, es que no opta ni por el blanco ni por el negro. Realiza un ejercicio de autocrítica brutal en el que repasa su admiración por el trabajo de Andre y en un momento dado dice: «del trabajo de Carl Andre sigo pensando igual, que es un gran artista; pero ya no puedo sentir lo mismo». En otro pasaje brutal entrevista a una mujer que en su día, cuando era joven, en una charla sobre Andre levantó la mano para preguntar por qué no se mencionaba la muerte de Mendieta y, años después,  acabó visitando a Andre en su casa y cenando con él y su mujer en un restaurante porque necesitaba hablar con el artista para terminar su tesis. Ella explica con gran honestidad cómo se sentía mal por estar allí charlando con él pero, al mismo tiempo, esa animadversión que había sentido siempre y seguía sintiendo tomaba una dimensión más real (y más escalable, diría yo) al tener enfrente a la persona. No es que perdonara lo ocurrido, pero lo veía de otra manera al tener a Andre delante. 

El podcast, en su episodio final, hace una reflexión interesantísima sobre el papel de los museos en este tipo de cuestiones. Los museos, los conservadores que organizan sus exhibiciones, son el filtro que presenta al público lo que merece la pena ser visto, lo que deben ver, lo que tiene una trascendencia más allá del aquí y del ahora. Molesworth se pregunta: “Ahora que llevo años estudiando a Ana Mendieta y su obra y cómo ha caído en el olvido y sé todo esto sobre Andre, ¿debo cancelarlo? ¿Echarlo de los museos? ¿Oponerme a que se vea?”. Tiene una conversación interesante con el director del MOMA en la que le pregunta si él estaría dispuesto a poner en las cartelas de las obras de artistas como Andre algo como "Escultura X. Carl Andre. En su día fue acusado de asesinato por la muerte de su mujer". El director le contesta que no y le da esta respuesta: «Si un artista conduce borracho y mata a dos personas y ese hecho no ha tenido nada que ver en la concepción o ejecución de la obra de arte que expongo, no me parece información pertinente». Habla también con otra especialista de arte que se muestra contraria totalmente a la cultura de la cancelación con un argumento que también me convence otro rato:«Muchos de los artistas del pasado fueron padres horribles, parejas insoportables, hombres crueles… pero eso no invalida el trabajo que hicieron. ¿Hay que contarlo? Sí, claro que sí». 

No juzgo. Este podcast me ha hecho pensar muchísimo, darle muchas vueltas a todo eso. Molesworth llega a una conclusión final en la que dice que ella no está a favor de la cancelación de nadie porque eso solo contribuye a añadir más silencios a los silencios en los que ya estamos sumidos, en este caso el silencio sobre la muerte de Ana. Ella cree que deberíamos contar más, que en los museos, en el mundo del arte habría que hablar más, contar más para que eso nos permitiera desligar, o comenzar a hacerlo al menos, la idea del talento unido a la virtud. Un gran talento creativo o intelectual no lleva automáticamente aparejada una virtud moral. ¿Por qué lo hemos pensado así durante tantos años? Por no hablarlo. Otra pregunta sería: ¿y por qué no se habló? Porque a los genios, a los hombres, no les interesaba que se hablara y sí que se diera esa asociación. No hay que asociar todo el trabajo de Andre a la muerte de Ana Mendieta, igual que no hay que hablar de Ana solo con respecto a su muerte, pero es evidente que ella murió y su arte acabó en 1985; su arte poco conocido durante mucho tiempo y que  atacaba o trataba de sacar a la luz ese silencio que cubre determinados temas tabú y de los que ella quería que se hablara ha quedado ensombrecido o siendo secundario a las circunstancias de su muerte.

En 2022 Carl Andre tiene 87 años y vive en Nueva York en el mismo apartamento que compartía con Ana; Helen Wolesworth trabaja comisariando exposiciones que destacan a artistas poco representados en la historia del arte; Ana Mendieta hubiera cumplido setenta y cuatro años; y yo termino esta reflexión, en un tren de vuelta a Madrid, porque necesitaba escribir sobre todo esto. 

Escuchad el podcast. Es una maravilla. 

martes, 18 de octubre de 2022

Antes de irnos

Hay solo dos maneras de que algo, lo que sea, se termine: por sorpresa o sabiéndolo con antelación. Esto que es obvio no lo había pensado hasta hace unos días , cuando escuche Before we go, el último episodio del podcast experimental The 11th. Durante un año, el día 11 de cada mes, han soltado un episodio diferente. Cada mes un ensayo sonoro con un tema, un formato, una voz. Algunos maravillosos, otros simplemente correctos pero todos buenos. Eso sí, han rozado el cielo de la narrativa sonora con Before we go, su episodio final. Es una de las mejores despedidas a las que he asistido nunca. Los creadores del show se enfrentaban a su último episodio sabiendo que lo era y querían transmitir esa sensación que deja algo que se termina, que hay que cerrar y dejar atrás, algo a lo que no vas a poder volver: un adiós absoluto y se preguntan: ¿Cómo te enfrentas a un adiós?

«Cuando termino algo siempre me hago algo en el pelo, me cambio el look, me lo corto, me lo tiño, me lo dejo largo, algo diferente que marque un final y un inicio» dice uno. «Es una sensación extraña, un sentimiento peculiar el que tengo cuando algo que he disfrutado se termina y se transmite a mi cara. De pequeña, mi padre siempre me decía, cuando me veía así: ¿ya estás otra vez sintiéndote rara?» «Yo me tumbo en el suelo un par de horas y pienso en que se ha terminado, que ya no habrá más». El episodio incluye también otra historia de un final que no quiero revelar aquí porque no la contaría bien y porque hay que escucharla. El episodio me gustó tanto que lo reescuché ayer y sigo dándole vueltas al tema de los finales y los adioses. Como decía al principio las cosas se terminan o por sorpresa o con un aviso. En tu vida habrá veces que sabrás que ese momento es el último de algo y otras en las que no lo sabrás hasta tiempo después. Habrá momentos en los que te levantes sabiendo que ese día se termina algo: una vida, una relación, un viaje, un trabajo, una amistad y otros en los que ese final te golpeará en la frente, por sorpresa, noqueándote.  No hay más tipos de finales, o lo son por amputación o por putrefacción. ¿Cómo decidimos despedirnos de algo que se acaba? 

Los finales que llegan por sorpresa, sin esperarlo, no hay manera de decidir como afrontarlos, se hace a las bravas, como buenamente puedes, boqueando como pez, braceando para no hundirte o quién sabe, con filosofía y en plan: pues mira, casi mejor. Sobre los finales que decidimos, que conocemos, que planeamos, aquellos de los que somos conscientes ¿Qué hacemos con ellos? Podemos negarnos a su realidad y afrontarlos como si no fueran a suceder, comportarnos como si todo fuera a seguir igual, como si a pesar de saber que aquello ha llegado a su fin, esa última vez fuera a ser como todas las demás. Que la ocasión, el día, el momento no sea diferente ni especial ni el último, que sea uno más. Esta opción deja para el día siguiente la carga emocional del adiós. Ese último momento puede haberse vivido como uno más pero al día siguiente la realidad del nunca más será inevitable y tendrás una sensación peculiar, incómoda, diría yo. Si por el contrario decidimos que esa última vez quede registrada como última, como diferente pondremos todo el peso en ese momento. Esta es la última vez que, el último día que. El peso emocional de ese adiós cae en ese momento, ¿tiene que ser especial porque es el último? ¿tiene que quedar marcado como diferente a todos los demás? ¿Por qué? La carga del adiós, el peso mental del nunca más se centrará en ese momento y al día siguiente quizá te sientas hasta liberado. Raro, extraño, pero con los deberes hechos. 

No sé cual es mejor solución, ni siquiera se si hay una solución para una última vez. Nos cuesta la vida asumir que algo se ha terminado, lo que sea:  una amistad, una vida, una relación, un sueño. (Un trabajo cuesta menos si lo dejas porque te vas). Todos los finales dan vértigo y provocan zozobra. ¿Cómo será mi vida sin? Algunos, los que dan por cerrado una etapa bonita de tu vida, ya sea larga o corta, nos hacen sentir tristes y nostálgicos. A veces, incluso, nos sentimos culpables, «¿aproveché bien aquellos momentos?» Todo ese batiburrillo emocional nos lleva a decirnos cosas como: nunca se sabe, a lo mejor volvemos, regresaré a ese lugar, nos encontraremos de nuevo...Los finales que terminan algo malo tampoco nos dejan como un lago en calma, entonces nos recriminamos no haberlo hecho antes. Nos cuesta la vida decir: se terminó, se acabó, esto es todo amigos.  Antes de  por decidirlo o asumirlo y después de por la ausencia, la falta, el hueco. 

No tengo mucho más que decir sobre esto, llevo horas esperando que se me ocurra un final redondo a este post. No lo encuentro, así que lo dejo aquí y voy a tumbarme en el suelo, en cuanto le de a publicar algo se me ocurrirá. Este blog no se termina nunca. 

martes, 11 de octubre de 2022

La puerta del baño

 

Mis hijas no cierran jamás la puerta del baño. Da igual la hora del día, de la noche, que sea por la mañana, por la tarde o al amanecer, que estemos en enero, noviembre o mayo, que estén solas en casa o todas juntas, que yo haya gritado como una energúmena para decir que la cierren, que les haya suplicado, que me haya hecho la digna. Da igual, la puerta de su baño siempre está abierta de par en par. Si alguna vez, una o dos creo que han sido, llego a casa cuando sé que no hay nadie y encuentro esa puerta cerrada siempre sospecho que ha entrado un ladrón o un asesino y al escuchar mis llaves en la cerradura se ha encerrado en el baño a esperar que yo pase y asesinarme. Luego recuerdo que esa puerta la cerré yo antes de irme, mientras pensaba en como desheredarlas, y se me pasa el susto. 

¿Por qué no cierran jamás la puerta? No lo sé. Cuando eran pequeñas tenía sentido, no sabían que las puertas se cerraban, su mecanismo les resultaba ajeno y cuando empezaron a entenderlo, puede que estuvieran un poco aterrorizadas por esas advertencias absurdas que hacemos los padres: ¡cuidado con la puerta que te pillas los dedos! Creo que ningún niño ni persona del mundo ha dejado de pillarse los puertos en alguna ocasión por esa advertencia pero hay una etapa de la maternidad en que te encuentras aterrorizada por esa posibilidad y lo gritas mucho. A lo que iba, puede que de pequeñas incluso la cerraran más que ahora. Ahora está siempre abierta de par en par, no entornada, ni ligeramente abierta ni prácticamente cerrada. No, abierta de par en par. Paso por el pasillo y veo mi reflejo en el espejo del lavabo, los cepillos de dientes esparcidos por el lavabo, la pasta de dientes mal cerrada, el bote de lentillas, las toallas colocadas en el toallero como si alguien las hubiera dejado caer desde otro piso, los cepillos de pelo en equilibrio en el borde del mueble, el rollo de papel higiénico encima de la papelera y en el soporte del rollo, el cilindro de cartón marrón que, como todos los que tenemos hijos sabemos, es kriptonita para los adolescentes. Es decir, ni siquiera puedo consolarme pensando que dejan la puerta abierta para que admire lo ordenado que tienen el baño, no. La puerta abierta para que su caos tenga vida externa fuera de esas cuatro paredes. Alarde. Recochineo. Desafío. He tratado de conseguir que cierren la puerta de mil maneras distintas. Pidiéndoselo por favor, rogándoles, suplicándoles, preguntándoles porqué les cuesta tanto, que incapacidad física, mental o espiritual les impide al salir del baño, extender el brazo, agarrar el picaporte, tirar de la puerta y cerrarla.  No he recibido explicación. He intentado comprarlas, por supuesto. «Os doy 50 céntimos cada vez que pase por delante del baño y esté la puerta cerrada» «eso es poco y además, ¿cómo vamos a repartírnoslo? no sabes quien la ha cerrado». Me he hostilizado y he gritado reproches de madre «DE VERDAD QUE OS COSTARÍA CERRAR LA PUERTA, SOIS UNA DESAGRADECIDAS Y SE ME QUITAN LAS GANAS DE HACER NADA CON VOSOTRAS». He dado portazos tan fuertes que ha temblado el tabique y he mirado videos en you tube para aprender a quitar las bisagras de una puerta con la intención de cualquier día quitar la puerta y que lo disfruten «¿Queréis la puerta abierta? Pues tomad puerta abierta» (De esta medida solo me separa el pequeño problemilla de donde dejo la puerta después de quitarla). Nada funciona. 

Me resigno claro. ¿Qué voy a hacer? Desheredarlas sería una opción si tuvieran algo que heredar. A veces se me olvida y casi no me doy cuenta pero, la mayoría, me crispo cuando atravieso el pasillo. ¿Por qué no la cierran? Me pongo casi existencial. ¿Son mis hijas así de egoístas? Pues claro, me respondo. Como todos. Para ellas dejar la puerta del baño abierta es algo banal, intrascendente, nimio, baladí. ¿Qué más da? Bien, a ellas no les importa, lo entiendo pero ¿por qué no entienden que para mí sí es importante? No importante como el amor, la salud, la hipoteca o que no me hablen en el desayuno pero algo significativo para mí, para mi salud y bienestar emocional. Notar como me hierve la sangre diez veces al día ante su indiferencia no tiene que ser bueno para mi corazón y ya tengo una edad. Claro, que a lo mejor esa indiferencia hacia lo que es importante para los demás se la he pasado yo de alguna manera, a lo mejor es culpa mía. 

Bah, no. Ese es el típico pensamiento de madre que se autoflagela y yo no hago eso. 

Mis hijas no cierran jamás la puerta del baño y, como ya conté una vez, comen en platos de postre porque para sacar los grandes hay que abrir las dos puertas del armario. No puedo hacer nada. Solo me queda desahogarme. Menos mal que tengo un blog. 

jueves, 6 de octubre de 2022

Vaya viaje


—Salgo
—Qué nervios.


—Ya he salido. Vuelvo
—Vaya viaje.


La presbicia, la de los demás porque yo por ahora no tengo, te mete las conversaciones de extraños por los ojos. Echas un vistazo al que se sienta al lado en una reunión, al que va contigo en el bus, al que espera delante de ti en la cola de correos y LETRAS GIGANTES MUY GIGANTES TE SALTAN A LOS OJOS DESDE LAS PANTALLAS DE SUS MÓVILES. Si algo he aprendido de nuestra sociedad es que por coquetería la gente prefiere hacer públicas sus conversaciones más íntimas antes que ponerse gafas.  Me pasa continuamente. Yo no quiero, en serio, pero es que miras a alguien que tiene el móvil en la mano y ahí está, su conversación más íntima «TE QUIERO» o más importante «DEBO DINERO A TODO EL MUNDO» o la más banal «ACUERDATE DE COMPRAR PAPEL HIGIÉNICO» o la más patética «NO ME HAGAS ESTO, NO ME DEJES» aleteando en cuerpo setenta cinco en mis narices. 

—Salgo
—Qué nervios.

—Ya he salido. Vuelvo
—Vaya viaje.

El otro día volviendo en metro de un no lugar me fije en ella cuando entró en el vagón. No porque fuera especial, ni llamara la atención sino porque el no lugar está tan lejos que casi no hay gente en el metro. El tren se va llenando según nos alejamos de él y llegamos a los lugares. También me fije en ella porque llevaba un sombrerito de paja como los que te pones para que no te de el sol si vives en una casa con jardín en Iowa, falda y sandalias. Iba vestida como si viviera en Iowa o en un día de verano en Inglaterra. También me fijé en ella porque era mayor que yo. En eso también me fijo últimamente (sobre esto ya escribiré otro día). Le eché un vistazo rápido cuando entró en el vagón y me abstraje en mis pensamientos, en algo que estaba escuchando. Pasados unos minutos al girar la vista a mi izquierda descubrí que el sombrerito de paja estaba sentado a mi lado y esa conversación en sus manos. Eran mensajes de wasap mandados a Federico, un hombre con un gran bigotón, un mostacho de esos que convierten a su dueño en un ser entrañable o en el capo de un cartel dla droga. Yo decidí que el bigotón de Federico me daba confianza porque en su foto de perfil, además,  parecía afable, cariñoso. Parecía casa. Pero no había contestado al sombrerito de paja. 

—Salgo
—Qué nervios.

Estos dos mensajes habían sido enviados a las 14:27. Claramente esperaban una respuesta, un «venga, que tú puedes, todo va a ir bien», o un «cuéntame en cuanto salgas». Pero se quedaron sin responder. 

—Ya he salido.Vuelvo
—Vaya viaje.

Estos dos mensajes eran de las 16:34. Eran dos piedras nuevas tiradas al agua de la conversación esperando que sus ondas concéntricas agitaran los mensajes anteriores, las notificaciones de Federico, su conciencia, su empatía y sus dedos teclearan algo como «llámame y me cuentas» o un «¿cómo ha ido?» o un «lo siento, no he podido escribirte, en cuanto me libere te llamo» Nada. Sombrerito de paja miraba fijamente la pantalla esperando el "escribiendo" que le demostrara que Federico había salido de su letargo y estaba conectado, al otro lado, interesado. Yo, de reojo, miraba a Federico diciendo: contesta, contesta, contesta. Las uñas de sombrerito estaban cascadas, agrietadas, quizás por una enfermedad porque cuando me fije más en ella pensé que la palabra que mejor la definía era frágil. Se parecía a Joan Didion, parecía al mismo tiempo quebradiza y una superviviente de abrumadores sufrimientos. ¿Qué sufrimientos? No lo sé, claro. Empecé a elucubrar, dejé de esperar que Federico contestara y pensé en que quizá ella, a las 14:27 había salido a encontrarse con alguien. ¿Un hijo perdido? ¿Una hermana con la que perdió el contacto hace muchos años? ¿Su mejor amiga con la que rompió relación por alguna traición? A lo mejor solo había ido a recoger unos resultados médicos importantes. Algo importante sí que era. Nadie manda un mensaje diciendo «qué nervios» y «salgo", si solo va a por judías verdes o a yoga. 

«Vaya viaje» en esas dos palabras hay una vida entera. Entre las 14:27 y las 16:34 mi día había consistido en una sucesión de reuniones, mails, más reuniones, más mails, muchos suspiros y doscientas blasfemias y treinta y cinco maldiciones. Ningún viaje, ni físico, ni emocional ni sentimental. ¿Qué le pasó a sombrerito de paja? No lo sé. Imagino que el viaje que empezó ese día en ese intervalo de dos horas ha continuado. Se ha dado cuenta de que Federico y su bigotón no están a la altura y no le ha mandado a la mierda pero lo ha puesto en barbecho, ahora no le hace falta, es feliz y, como todavía hace sol, sigue llevando su sombrerito.