jueves, 30 de junio de 2022

Doscientos ochenta y dos días y alguna noche

Doscientos ochenta y dos días, cuarenta cartas escritas a mano cada tarde de cuarenta domingos y cuarenta video llamadas después, mañana nos volveremos a encontrar. Los doscientos cincuenta y un días desde que te dejamos en el aeropuerto han pasado volando, casi han sido un abrir y cerrar de ojos. Los últimos treinta y uno, el mes de junio, sin embargo ha durado más o menos lo mismo que toda la Edad Media y estos últimos cuatro días creo que han sido igual de largos que la última glaciación. A este ritmo creo que las casi veinte horas de viaje mañana van a durar como todo el Pleistoceno. 

Mañana a estas horas. Mañana a estas horas en Seattle, porque aquí será ya noche cerrada, estaremos juntas. Tengo muchísimas ganas de verte, bruja. No estoy temblando de la emoción ni al borde del llanto pero tengo ganas de verte con la misma sensación de anticipación, las mismas cosquillas en la tripa que, de pequeña, tenía cuando iba a ir al Parque de atracciones o a una fiesta especial o la noche de los Reyes Magos. Son ganas de disfrutar de algo que sé que va a ser especial que no me defraudará (en el caso del parque de atracciones esto solo funciona la primera vez que vas y si tienes menos de diez años, el resto de los intentos siempre son decepcionantes). Es esa emoción eléctrica que sientes cuando estás a punto de conseguir algo, cuando casi lo rozas. Durante todos estos doscientos ochenta y dos días (y algunas noches porque para ti el cambio horario no existe) te he visto disfrutar, crecer, entusiasmarte, conocer gente nueva, apuntarte a un coro, ser actriz, ¡cocinar!, disfrazarte de Bruno Mars, participar en un musical, ir a un partido de fútbol americano, hacerte fotos que has revelado en papel, escribir un ensayo en inglés sobre si la gente religosa es más moral que la no religiosa (no), hacerte una grupie de los grupos, comprar ropa de segunda mano, tú, la reina del escrúpulo, ir a un baile y a ver un amanecer nublado. Te he visto graduarte, hacer la colada y hasta pescar un pez gato. Lo que no te he visto ha sido hablar inglés. Has silenciado cada videollamda en la que alguien de tu familia entraba a preguntarte algo. Lo mismo esa es la gran sorpresa que me espera, que después de nueve meses y ocho días en Puyallup no hablas inglés. Contigo nunca se sabe. 

Me disperso. Durante todo este tiempo y a ocho mil quinientos treinta y cinco kilómetros te he visto hacer todas esas cosas y crecer. Te intuyo más lista, mucho más curiosa (algo que creí imposible), más divertida, más abierta, más inquieta y con el pelo horriblemente largo. Estoy deseando llegar a Seattle y empezar el viaje de nuestras vidas (por ahora). Estoy deseando llegar, verte y comprobar que todas esas cosas que me has enseñado y que he ido sintiendo desde aquí son reales y te han hecho una mejor versión de ti misma. Ya sé que tú ya te considerabas perfecta antes, con cuatro años ya lo tenías claro, pero creo que algo que no sabes es que tu forma de ser te va a permitir siempre ir a mejor porque no dices que no a nada (¡si hasta te has apuntado a un gimnasio!) y siempre siempre ves el lado bueno de la vida. 

Bruja, mañana llego. 

Gracias por este año tan chulo. Nunca pensé que también me serviría a mí. 

Prepara tu lista de preguntas que "solo puedo hacerte a ti, mamá". 

miércoles, 29 de junio de 2022

Wilco y mi zona de confort

 

Ayer leí en un titular ridículo que decía que María Pombo había salido de su zona de confort porque se había hecho trenzas para una fiesta. Es un titular que dice mas de nuestra sociedad y nuestra estupidez que de María Pombo que, por otro lado, ni siquiera se peinó ella sola, lo que reduce su zona de confort prácticamente a respirar por sí misma. 

A mí salir de mi zona de confort me da mucha pereza y no lo veo para nada necesario. En realidad todo, en general, me da mucha pereza y si implica salir de mi casa y hablar con gente la pereza es casi insuperable. Ayer, sin embargo, fui a ver a Wilco y pensé que ir de concierto no es salir de mi zona de confort es simplemente un rincón de ella que hacía muchísimo que no visitaba. ¿Cuándo fui por última vez a un concierto? No me acuerdo. Sí recordaba haber visto a Wilco, también en las Noches del Botánico en 2017. Otra vida. Aquel día llevaba un pantalón amarillo que ya no tengo, una camisa azul que me roba mi hija y unas sandalias que siguen en mi armario. Aún me teñía el pelo. Fui con Juan. Ayer también. 

«El martes tenemos eso»«¿Qué tenemos? ¿qué es eso?»«El concierto de Wilco» Hasta el domingo no me enteré de que habíamos sacado entradas. Ir a ver a Wilco fue como entrar en una habitación de tu casa que hace mucho que no visitas, o abrir un cajón que lleva tiempo cerrado y empezar a quitar telarañas, polvo y descubrir bajo toda esa capa de tiempo y suciedad, cuánto te gusta lo que hay ahí y porqué lo guardaste. Pensar que esa noche no será como todas, que tengo un concierto. La antipación. Poder decir "voy a ver a Wilco". Ser lo suficientemente adulto y conocerme lo suficientemente bien para haber sacado entradas de sentado y saber que no volveré a casa con una contractura en las cervicales y otra en las plantas de los pies por intentar ver algo entre gente que siempre es más alta que yo. Llegar al Botánico de la Complu y recordar, como siempre, la primera vez que paseast por la Avenida de la Complu, con 18 años, sintiéndome adulta por primera vez. Esperar a Juan mientras me comparo con toda la gente que va entrando. Wilco definitivamente es un concierto en mi media de edad pero con un atractivo especial para los hombres altos y con barba. Entrar al recinto, pasear y empezar a encontrarte gente que conoces y saludas y gente que conoces e ignoras con más o menos estilo. Beber en vasos de cartón (nos preocupa el planeta y ganar dineretes cobrándolos a precio de Santo Grial) y comer el que probablemente sea el peor perrito caliente de la historia (cobrado a precio de Vellocino de Oro). 

Escuchaba a Wilco concentrada en no desconcentrarme y pensar en María Pombo, las maletas o mi trabajo. Escuchaba las canciones y pensaba en cómo me gusta ese rincón de mi zona de confort y en porqué ya casi no escucho música. ¿Por qué he dejado de hacerlo? Porque ya casi no conduzco y porque no me gusta escuchar música mientras hago otras cosas, o me desconcentra de lo que tengo que hacer o lo que sea que estoy haciendo me impide disfrutar de la melodía, la letra y la sensaciones. No puedo escuchar música mientras leo, eso son dos placeres incompatibles. Se acaba el concierto. Vuelvo a sentir esa emoción, las ganas de llegar a casa y no parar de escuchar a Wilco en tres semanas. Quiero escucharlos, aprenderme las letras que aún no me sé, leer sobre ellos. Me acuesto pensando en escribir este post, porque escribir es otro rincón de mi zona de confort que ultimamente visito menos. 

No quiero salir de mi zona de confort, solo acordarme de recorrerla entera, es bien chula. 

sábado, 25 de junio de 2022

Podcasts encadenados: furia, ira, tristeza y un misterio en La Moraleja

 


Escribo estas recomendaciones semanales rezumando furia, ira, tristeza y miedo a partes iguales. El retroceso en los derechos fundamentales que dábamos por supuesto está siendo tan brutal y tan rápido que me aterra ver un futuro en el que mis hijas, en el que todos vivamos muchísmo peor enfrentados unos con otros. La decisión, ayer,  de una serie de jueces retrógrados y conservadores hasta extremos absurdos de terminar con el derecho a optar a un aborto legal en Estados Unidos es un desastre de tal magnitud que no somos capaces de imaginarla.  Es un desastre, un ataque a los derechos de las mujeres y, lo peor de todo, el primer paso en una carrera para terminar con otros muchos derechos. «Eso no pasará aquí» Ja. También pensamos que nunca elegiríamos a alguien como Trump. Jaja. O que aquí nunca habría un partido de ultraderecha. JA JA JA. 

Desde que se filtró la opinión del infame Juez Alito mucho de tiempo de escucha de podcasts ha estado dedicado a este tema. A conocer cómo se aprobo el derecho al aborto hace cincuenta años, a saber cómo era la situación antes, a entender qué podría pasar si finalmente se confirmaba lo peor.  He escuchado gente que se hace llamar provida y gente que lucha y seguirá luchando por ese derecho. He aprendido muchísimo y lo voy a compartir hoy por si alguien le interesa. 

Justo ayer, cuando venía a Los Molinos conduciendo, terminé la nueva temporada de Slow Burn, un fabuloso podcast de investigación que lleva ya años produciendo grandes temporadas. (En su día recomendé la dedicada a Monica Lewinsky) La temporada de este año tiene solo cuatro episodios y trata, por supuesto, del aborto. Se titula Roe vs Wade y es un recorrido por distintos aspectos del aborto. El primer episodio está dedicado a la historia de alguien mucho más desconocido pero que marcó mucho el movimiento abortista en USA a principios de los 70, antes de Roe. Cuentan la historia de Shirley Wheeler, una chica de 21 años que abortó, (ya había tenido un hijo antes, fruto de una violación) y fue acusada de asesinato y condenada a veinte años de carcel que luego, cuando se demostró que no había abortado estando de siete meses como decía el fiscal (que aparece hablando en el episodio porque sigue vivo) se lo cambiaron por libertad bajo fianza con unas condiciones tremendas. Era en Florida y allí no podía vivir ni sola ni con otra mujer y con un hombre solo si se casaba, tenia 23 años. Es decir, o te casas o te vas del estado. Además cuando la detuvieron acusada de asesinato, en la carcel, los policias le ensañaron fotos de bebes muertos acúsandola de haber matado a su hijo. Se convirtió en una de las figuras del movimiento en favor de los derechos reproductivos en USA. El segundo episodio está dedicado al matrimonio Willker, una pareja de pastores cristianos que ante las preguntas de su hija al volver de la universidad con muchas dudas sobre feminismo y aborto, (la hija aparece en el podcast) escribieron un librito fundamental para el movimiento anti abortista. Los Wilker son los responsables del uso de fotos de fetos (muchísimas veces trucadas) para, según ellos, demostrar que hay vida desde el momento mismo de la concepción. Los dos últimos episodios cubren más el aspecto legal de la lucha por los derechos reproductivos y el último, el que terminé justo antes de enterarme de la decisión de los impresentables, cuenta la historia del juez Blackmun responsable de escribir la opinión que en 1973 legalizó el aborto en USA. Estremece pensar como, hace cincuenta años, un señor de Oklahoma tuvo más respeto por los derechos de las mujeres que los impresentables que hay ahora mismo. Blackmun comenta en el episodio, en declaraciones de hace años porque murió ya, que creía que con la sentencia Roe vs Wade, el tema del aborto estaba zanjado en USA. Se debe de estar revolviendo en su tumba o muriéndose de pena.

Es un podcast muy serio, muy interesante y fundamental para estar informado sobre este tema.

Este episodio de The Experiment, del podcast de The Atlantic, ya lo recomendé pero lo traigo de nuevo. Lo hicieron en abril  en previsión de que el Tribunal Supremo de Estados Unidos  hiciera lo que ha hecho.  Estça dedicado al resurgimiento de un movimiento de apoyo al aborto clandestino (The resurgence of Abortion underground) La historia del movimiento abortista, su lucha, su logro y el peligro que corre ahora está muy contada y estremece escuchar a una activista de más de ochenta años decir: "sabíamos que no se quedarían tranquilos, que lucharían para abolir ese derecho, sabíamos que lo harían... y aquí están de nuevo para conseguirlo". Es interesantísimo. 

En The Daily han dedicado bastantes episodios al tema y todos son buenos. Todos hemos oído y leido lo de Roe vs Wade pero ¿cuántos sabemos quien era Jane Roe? ¿Cual fue su historia? En estos dos episodios (emitidos en 2018 por primera vez), Who was Jane Roe y The Cultural Wars, lo cuentan y aprendí muchísimas cosas. Entre otras, que Jane Roe acabó siendo una ferviente antiabortista y como se desarrolló el movimiento cultural contra el aborto. Después de contar el pasado, dedicaron dos episodios al futuro. ¿Qué pasaría si finalmente los impresentables del Tribunal Supremo hacian lo que han hecho? En uno de los episodios analizaban el futuro desde el punto de vista de los defensores del derecho al aborto, en otro desde el punto de vista de los anti abortistas. Los dos dan pánico pero el segundo, escuchar a esa gente atacar el derecho de las demás personas en función de sus creencias personales es como ver una película de terror. Por supuesto, todo esta hecho con gran rigor periodístico y respeto a las opiniones de todo el mundo.

¿Qué más? En español os dejo dos episodios de Hoy en El País que hicimos en mayo. Uno dedicado a cómo se aborta (o abortaba) en Usa y otro sobre como se aborta en España. 

Para terminar, aunque tengo mucho más material sobre este tema si alguien tiene más interés, os dejo un estreno en español que me ha enganchado desde el minuto 1. Es raro que una novedad se haga hueco en mi lista de reproducción. Normalmente intento escuchar lo que lleva ahí esperándome meses, o incluso años, pero esta semana un estreno se ha hecho un hueco y, lo que es más importante, me ha gustado tanto que estoy nerviosa esperando los siguientes episodios. El podcast es Misterio en La Moraleja, un podcast original de Spotify producido por True Story y escrito y narrado por Eva Lamarca. De este podcast me gusta todo: el arte (algún día tengo que escribir sobre mis covers favoritas), el título, la idea, el tono y el desarrollo.

Eva Lamarca se embarca en una investigación, casi detectivesca con gabardina y monóculo, para intentar descubrir quién fue el único votante de Podemos, en el barrio más rico de España, en las elecciones de 2021. Esta investigación es un McGuffin perfecto (que haría féliz a Hitchcock) y que sirve de excusa para elaborar un impresionante retrato de La Moraleja: su historia, su configuración y, sobre todos, sus vecinos. Cada conversación es un descubrimiento, una sorpresa, un “no puede ser que haya dicho eso”. Agil, divertido, muy interesante y con su punto de intriga. Un gran trabajo. Os va a enganchar seguro. 

Creo que con esto es suficiente. Como siempre casi todo lo que recomiendo está en esta lista (menos lo que es de Spotify que no sale ahí) y si escucháis algo, venid a contármelo. Me hará ilusión.

sábado, 18 de junio de 2022

Podcast encadenados: ¿Cual fue tu canción de amor cuando tenías 16?



Hace mes y medio que no actualizo esta sección y nadie la ha echado de menos. Solo yo. No es que haya dejado de recomendar podcasts, de hecho es de lo que más hablo en twitter y en instagram pero comentarlos aquí me da tiempo y espacio para poder explayarme y explicar mejor las razones por las que me gusta un podcast y lo recomiendo. 

¿Qué he escuchado ultimamente? Empecemos por Sweet Bobby. A estas alturas de la vida todos hemos conocido a alguien por internet, todos hemos hecho amigos y algunos se han enamorado por la red, algunos final feliz, otros no tanto*. A algunos, además, hay desaprensivos que, durante años los han engañado vilmente con falsas promesas, falsas fotografías y falsas esperanzas en nuevo modelo de abuso emocional bastante dañino. Todos hemos oído o visto algunas de estas historias pero la que cuenta Sweet Bobby, es otro nivel. ¿Qué nos cuenta? (Sin spoilers) Kirat, es una joven locutora de radio en Inglaterra. Forma parte de la comunidad sij y lleva una vida bastante plena, con sus amigos, su trabajo, sus viajes y sus ligues. No piensa en tener una pareja estable pero si surge no tiene problema. Un buen día, por Facebook (si aún seguís en FB estáis tardando en salir de ahí) recibe un mensaje de un conocido de un conocido. Ella, por supuesto, contesta. ¿Quién no lo haría? Y un mensaje, lleva a otro y a otro. Nada precipitado, nada fulminante. Algo pausado que avanza sin tener mucho interés hasta que empieza a tenerlo. 

Sweet Bobby tiene ese componente de intriga, de «¿en serio?», de «no me lo puedo creer» que nos encanta y que hace que no podamos dejar de escuchar. El host, Alexis Mostruos (con este nombre que suerte tiene de no ser español) hace un gran trabajo narrando la historia, poniendo voz a lo que el oyente va pensando y acompañando a Kirat, la protagonista, en el bucle infinito en el que se va metiendo. Hay un momento, más o menos a mitad de temporada en que es imposible no gritar ¡NO ME LO CREO! y quedarte en shock. 

Si os gustan las historias tipo Dirty John o la historia de la falsa heredera alemana... este es vuestro podcast. Es mandanga de la buena, de la adictiva. Son siete episodios de media hora, en una tarde tonta te lo terminas. 

Marcharte de tu país a vivir o estudiar en otro es una situación que te revela algo nuevo de ti mismo, algo que no sabías, que no habías pensado: tienes dos vidas. La vida que estás viviendo en tu nuevo país y que te está haciendo bastante feliz dentro de las vicisitudes que vivir significa y la vida que podrías estar viviendo si te hubieras quedado en casa. Tienes además tus nuevas costumbres y tienes las que dejaste atras. Tienes dos idiomas, dos horarios, dos grupos de amigos, puede que hasta dos familias. Además, si tienes suerte, las dos vidas pueden hacerte muy feliz y no ser incompatibles mas que en el tiempo y en el espacio pero cuando estás en tu nuevo país estás bien y cuando viajas a tu pais de origen en vacaciones o cualquier otro momento también estás bien. Eso sí, siempre estás echando de menos algo. No sé como es eso pero a mí me parece que a lo mejor se siente algo como cuando estás en un aeropuerto, siempre de camino a algo. Estás en un limbo.  Todo esto pero muchísmo mejor es lo que durante años ha pensado Miguel Macías, sevillano que se marchó a Nueva York y que cuenta en Limbo, un episodio de Latino USA, que me gustó muchísimo. Macías es un profesional de la radio y hace un gran trabajo narrativo aunque, ya le dije a él, que si lo hubiera editado para cortarle 7 u 8 minutos del segmento medio hubiera quedado perfecto. A pesar de esto lo recomiendo muchísimo porque es una gran gran historia. Y muy emocionante. 

¿Qué más? En castellano, me estoy riendo mucho con Arsénico Caviar con Beatriz Serrano y Guillermo Alonso.** ¿De qué va Arsénico Caviar? Pues de odiar y todo el mundo sabe, o por lo menos todo el mundo que lee este blog, que yo soy una gran odiadora. (De hecho si tuviera tiempo abriría un club privado del odio. Privado y secreto. Lo tengo todo pensado. Lo organizaría en persona, con poca gente y confiscaría móviles y cualquier otro elemento electrónico para que nada quedara grabado. Incluso haría firmar uno de esos acuerdos de confidencialidad tan draconianos que salen en las pelis. Una vez al mes una reunión para despellejar cosas) Beatriz y Guillermo son divertidos, ingeniosos y, además y esto es lo que más me gustan, tienen muchos referentes culturales muy chulos. En medio de su ejercicio de odio recomiendan pelis, libros, documentales. Es un podcast muy divertido, "fresco" (Ja, ellos van a odiar este adjetivo), entretenido y con el que muchas veces coincides y piensas: es justo así. Mi episodio favorito es, por supuesto, contra Madrid pero también me gustan Contra las bodas y Contra la vida social. Todo me retrata. 

En español, esta semana, he descubierto escuchando el Dentrísimo de Manuel Burque sobre las sartenes que llevo toda mi vida maltratando a mis sartenes. He flipado con los supuestos cuidados que hay que tener con ellas y que yo no hago. He flipado aún más con que haya gente dentrísimo de las sartenes pero oye, no digo nada. *** 

Unos breves para terminar. One million es un episodio del Daily del New York Times que dedicaron el 13 de mayo a homenajear al millón de americanos que han muerto de COVID. Es una obra maestra del podcasting. Un trabajo impresionante de conceptualización (tener la idea), de producción (pedir testimonios a la gente), de selección (escuchar todo lo que llega...que pueden ser millones porque el New York Times tiene ocho millones de suscriptores) y de escritura para organizarlo todo y que tenga sentido. A esto hay que añadir un diseño sonoro maravilloso que acompaña las historias, la tristeza, el luto. Obra maestra, repito. 

También del New York Times pero ahora de su famoso podcast Modern Love, recomiendo el episodio First Love, Mixtape Side B en el que la pregunta era ¿Cual era tu canción romántica a los 16 años? La respuestas son fantásticas porque con dieciséis años no sabes nada del amor pero te crees que lo sabes todo. Todos tenemos esa canción, uno porque nos parecía la cumbre de amor romántico a la que había que aspirar y otros, los más precoces, porque esa canción les recordaba a su enamorado o les consoló en una ruptura. El episodio me gustó tanto que hice la pregunta en Instagram y fue maravilloso y muy divertido. Eso sí, se confirma que mis seguidores tienen mil quinientos años, como yo. Ah y mi canción de los 16 fue Nothing is gonna stop my love for you de Glen Medeiros. ****

Creo que esto es suficiente. Como siempre, todas las recomendaciones están en esta lista y si escucháis algo, me hará ilusión que vengáis a contármelo. 


*La primera persona que yo conocí que se enamoró por internet y acabó casándose fue una compañera con la que trabajaba en la Biblioteca de Económicas de la Facultad de Económicas de la Complutense. Era 1996 y me pareció marcianísimo. Ja. Quién me lo iba a decir a mí. 

** en este podcast trabajo como editora. Reviso los guiones de Beatriz y Guillermo que realmente necesitan poca edición y que agradezco leer en la tranquilidad de mi despacho porque a veces se me escapan carcajadas. 

***Escuché el episodio de Dentrísimo de las zapatillas pensando con superioridad que la gente está idiota... justo antes de abrir mi armario y descubrir que tengo ocho pares de zapatillas Converse. Por si acaso las sartenes no las he contado. 

**** No me agradezcais haberos metido esa canción en la cabeza para lo que queda de día. 



jueves, 16 de junio de 2022

Desde mi ventana veo una terraza

Frente a mi mesa, en el trabajo, hay una pared de cristal a través de la cual vislumbro a mi compañero Pablo. A mi izquierda  hay una pared de cristal y la puerta. A mi derecha, una ventana, de buen tamaño, se abre con vistas a la Gran Vía. Bueno, entre mi ventana y la vista, se interpone la balaustrada de la terraza pero, para el propósito de este escrito, obviaré la balaustrada. Enfrente de mi ventana hay uno de los muchos hoteles de lujo que han llenado la Gran Vía. Me da una tristeza inmensa ver un edificio convertido en hotel. Entiendo que es la manera de mantenerlos, de conservarlos pero siempre me parece que un hotel es como una gran especie invasora, como el mejillón tigre o la hierba esa que parece cesped pero no lo es. Son bonitos, son cuquis, pero acaban con la fauna autóctona, con la diversidad de vidas que habitaban ese edificio. Me gusta pensar en los edificios como en una viñeta de 13 Rue del Percebe, cada casa un mundo. En un hotel no cabe mucha imaginación y menos en la Gran Via: sus moradores o están de turismo o teniendo una aventura (puede que alguno esté por trabajo pero esos suelen ir a otros hoteles) y de turismo y engañando todos nos parecemos muchísimo.  

El hotel queveo desde mi ventana tiene una terraza en el tejado. Como todos. Durante meses he visto a los empleados fregar, pulir, limpiar y preparar todo para que ahora, cuando en esa terraza se pueden freir huevos en el suelo, incautos turistas, esforzados instagramers y algún despitado se pasee, se bañe en el charquito que llaman piscina y pague una cantidad  tan obscena de dinero por una bebida que en comparación desayunar en Barajas parece barato. En la terraza, además de la piscina y un chiringuito en el que despachan las bebidas a precio de oro líquido, hay cuatro sombrillas cuadradas que, como todo el mundo sabe, son antipáticas. Una sombrilla redonda es, como todo el mundo sabe, sinónimo de diversión, alegría, desorden, risas. Las cuadradas no transmiten nada de eso, son unas pijas. Transmiten seriedad, eficiencia, pijerío y hasta, si me apuras, un poquito de clasismo. Esas sombrillas que me miran por encima del hombro desde el otro lado de la calle son tristes. Ellas se saben tristes, poco sexys, poco divertidas y para tratar de compensarlo, de vez en cuando, echan agua para refrescar a los incautos a los que han engañado con su falso atractivo. Como quien salpica los langostinos en la plancha. 

Veo también un par de olivos. Me los imagino en el vivero, deseando salir de alli y pensando, al ver a los clientes: «¿Me llevarán esos señores a su casa?»«¿Me querrán para su jardín?». Invento su emoción en el camión, imaginando un jardín grande, nuevo, en el que crecer y dar sombra y su desconcierto al ver el camión llegar al erial de asfalto y homigón de la Gran Vía.  Los veo ahora, todavía incrédulos ante su destino: un macetero en una planta 12 bajo un sol abrasador y con un ruido infernal.  Más tristeza.  

Supongo que los clientes del hotel me ven mientras estoy aquí, en mi mesa, trabajando. 

A lo mejor imaginan mi vida.

No creo que me envidien. 

Yo tampoco a ellos.  

viernes, 10 de junio de 2022

Un imperio en una tostada

 

«No construyas tu desayuno en torno a las tostadas» leo en el resumen del podcast de mi amiga Cristina. No, no, no. ¿Tú también, Cristina? 

Cuando tenía siete u ocho años, cuando visitaba a mis abuelos, a veces había suerte y salía hacer recados con mi abuela. Si aún tenía más suerte, mi abuela me llevaba a merendar a una cafetería. Por aquel entonces ir a una cafetería me parecía el colmo del exotismo, (puede que ahora también lo sea porque cafetería es una palabra que ha desparecido, como metralleta o esquijama, y ya no se usa. Todo son bares, gastrobares y esa cursilada de cafés). Una cafetería era un sitio mágico, todo era bonito, todo brillaba, todo el mundo vestía elegante (quizá esto fuera porque yo esos días no llevaba uniforme y asociaba mi ropa de calle con la de los demás) y, sobre todo, en ellas olía a cielo. No recuerdo que bebía, seguro que no era café, pero recuerdo las tostadas. Unas tostadas en las que quería echarme a dormir, quería abrazarlas, olerlas hasta gastar su aroma y, sobre todo, hacer que duraran eternamente. Calientes, por supuesto. Para mí, esas tostadas de cafetería eran comida de temporada. No podían comerse todo el año, ni en cualquier sitio y ni de broma en casa. En esto tengo mil quinientos veinticinco años pero hubo un tiempo en que el pan de molde era un lujo. Las tostadas de cafetería eran grandes y eran gordas. Eran doradas con una escala perfecta de amarillos desde el más pálido en el centro de la rebanada, donde se habia puesto la mantequilla antes de apretarla contra la plancha, pasando por los sucesivos tonos dorados hasta llegar a los bordes donde pasaba a un suave tono tostado. Eran jugosas, casi cremosas en el centro y tiernamente crujientes en los lados. Y el olor, un olor intenso, cálido y evocador. Mucho ambientador con bergamota, y mucho olor a playa y a jazmín y a dama de noche y a atardecer en la playa de MIkonos (que a ver quién ha estado ahí para saber que eso huele a Mikonos y no a Javea) y más ambientador con aroma de tostadas de cafetería. Mi pasado de la mano de mi abuela está construído en torno a esas tostadas que me comía con cuidado, con cuchillo y tenedor, deseando que no se acabaran nunca o que mi abuela me dejara pedir otra. 

En mi casa, las tostadas eran rebanadas de pan de barra y eran chiquitas. Cortadas de la barra en perpendicular, mi madre nos las cortaba y las ponía al fuego en un tostador para que se hicieran, dándole la vuelta para que se doraran por los dos lados. No sé en que momento entró el tostador eléctrico en nuestras vidas. Puede que fuera al mismo tiempo que empezamos a cortar el pan en vez de en rebadas en pequeñas, en grandes porciones, como si nos comiéramos las dos mitades de un bocadillo. 

No sé cuando fue pero ahora, en mis desayunos, corto el pan así. Mientras el té se hace y me como un kiwi vigilo el tostador que es un electrodoméstico que necesita cariño, que le hagas caso o se vuelve tan rencoroso como  la impresora. Un día lo tienes en el tres y la tostada sale perfecta, dorada en el centro y marrón en los bordes, con la temperatura perfecta, no demasiado caliente para que la puedas sujetar mientras untas la mantequilla pero lo suficientemente caliente para que la mantequilla se vaya derritiendo y fundiéndose con la miga. Al día siguiente, sin embargo, el tostador, te devuelve el pan tan blanco como lo metiste, frío y triste. ¿Por qué? ¿A qué viene este desamor a las 7 y media de la mañana, en mi momento más vulnerable? Tengo que volver a meter las tostadas (sí, dos) y quedarme mirando muy fijamente porque muchas veces, en ese inesperado resentimiento que tiene esa mañana, me devuelve la tostada chamuscada. Algunos días hasta humea de indignación. 

La tostada se unta caliente y se come caliente. En las series inglesas sufro muchísimo cuando la doncella entra con las tostadas colacadas en una bandejita especial, como si fueran revistas, y las deja sobre la mesa. Los desayunantes siguen hablando y hablando y yo sufro y grito: ¡se están quedando frías, ya se estaban enfriando desde la cocina y si no las untáis ya arrunaréis el manjar! La tostada se come caliente y por eso no se habla en el desayuno porque si hablas, si te distraes, se enfría y las tostadas frías pierden sus poderes mágicos. Las tostadas frías son como cenicienta al llegar la medianoche, dejan de ser princesas y se convierte en pan duro. 

Una buena tostada te consuela del infierno de madrugar, del infierno de enfrentarte a un nuevo día, a la terrible realidad de haber salido de tu maravillosa cama. Una buena tostada con mantequilla y mermelada te da amor, cariño. Una buena tostada es el elemento perfecto sobre el que construir no solo tu desayuno, sobre las tostadas puedes construir tu día, tu vida, tus recuerdos, tu relación de pareja (no te acuestes nunca con alguien que no desayuna tostadas), tu familia y tu futuro. Yo sueno con un futuro en el que tostadas recien hechas me estén esperando en una cocina iluminada por el sol, con un buen te humeante, mi New Yorker, y ninguna prisa por terminar la mejor comida del día, el desayuno. 

No me traicionéis como Cristina (te quiero igual, titi) y construid imperios en torno a vuestras tostadas. Os perdono si son integrales y con aguacate, pero no más. 

viernes, 3 de junio de 2022

Silencio en el patio

Hay obras en mi edificio. En el octavo, dos plantas por encima de la mía, han rehecho una cocina. No lo he visto, no lo he oído, me lo ha contado el portero. Las obras del 4C las veo desde la ventana de mi cocina. Abrí la ventana ayer y no queda nada. Una bomba de reforma ha explotado en el piso arrancando hasta las ventanas de cuajo y no hay nada, solo escombros. Me llevé una sorpresa porque me pareció una reforma muy radical y muy cara y más sorpresa aún porque pensé ¿qué era lo que yo veía antes? ¿qué he estado viendo estos dieciseis años cada vez que me asomaba a tender o destender la ropa? ¿Por qué no me acuerdo? ¿No me fijé? Sí, claro que me fijé pero con poco empeño porque pensé que siempre estaría ahí si necesitaba saber algún detalle. Si me concentro mucho siento un leve revoloteo de recuerdo: una cama con una colcha naranja, una silla de estudio, los pies de alguien en la cocina. Creo que madrugaban, que los que dormían en esa cama eran de los primeros en despertarnos a los demás al levantar su persiana. Un patio de vecinos es más un caja de música que un album de fotos. ¿Sonará temprano la persiana de los nuevos inquilinos? Intento pensar en los sonidos de mi casa que pueden resonar en ese patio. Nunca bajo la persiana y no pongo música mientras cocino. ¿Se escucharán  mis podcasts? ¿resonarán las conversaciones que tenemos mientras cenamos en la mesa de la cocina con las ventanas entreabiertas? 

Pienso en todo esto mientras María llega a mi cuarto y se acuesta conmigo porque se encuentra mal. Acaricio su brazo intentado que mi tacto sea un bálsamo para su dolor y descanse. Pongo en esas caricias todo mi empeño, quiero creer que puedo curarla, consolarla, ayudarla. Si lo creo muy fuerte a lo mejor funciona, dicen que las madres lo hacen. Casi diecinueve años y sigo sin creerme madre. 

Funciona.

No hace ningún ruido mientras duerme. No lo ha hecho nunca. Es como si entrara en coma, como si se fuera, se marchara, de ese cuerpo que ha crecido tanto que me sorprende cada día. La recuerdo pequeña, acurrucada contra mí con manos que cabían en las mías. ¿Me fijé lo suficiente o pensé que siempre tendría tiempo para contemplarla? La miro en la oscuridad. No quiero que se me olvide. 

Son las tres de la mañana y en el patio hay silencio.

miércoles, 1 de junio de 2022

Lecturas encadenadas. Mayo

Tengo la sensación de que el 1 de mayo está, ahora mismo, a años luz de este momento. Si miro hacia atrás no veo el principio del mes. ¿Qué pasó el 2 de mayo? ¿Qué hice por San Isidro? ¿Cuándo guardé la ropa de invierno? ¿Y la renta? ¿Cuándo la hice? ¿Se ha dilatado el tiempo en mayo o es que estoy tan agotada que he perdido la percepción del tiempo? 

La parte buena para este blog y para los cuatro lectores irreductibles, como la aldea gala, que siguen leyéndolo es que me acuerdo de todo lo que he leído. Y que lo apunto. 

Al lío. 

El día del libro me acerqué a Panta Rhei y me compré un par de libros. No es que yo necesite excusas del día del libro pero si tengo una excusa no la desaprovecho. Compré Segunda casa de Rachel Cusk porque el año pasado leí Despojos y me encantó. Este parece ser un buen motivo para comprar un libro, ya lo he explicado más veces, te enamoras de un autor en la primera cita y decides repetir y puede salir bien o puede salir mal. En este caso, tengo que decir que ha salido bastante mal por no decir fatal. Segunda casa es un tostón intenso y soporífero en el que en ningún momento sabes que es lo que Cusck está tratrando de contarte. La novela es una especie de carta o diálogo interior que la protagonista mantiene con un tal Jeffers que no dice ni mu. La protagonista es una intensa de manual, con un pasado en el que ocurrió algo que la traumatizó pero que no se descubre nunca. Todo es «en aquella época», «cuando yo sufrí terriblemente entonces». Al principio sientes cierta intriga, luego te cabreas y al final dices «mira, chata, no me creo nada». Es como cuando tienes una amiga o amigo que contesta siempre en tono misterioso «no puedo, tengo cosas que hacer» y lo que tiene que hacer es pelar judias verdes. A la vida de la protagonista misteriosa, a la casa de invitados que tiene en su casa en las marismas donde vive con su marido Toni que la adora (el lector no se lo explica), llega un pintor famoso que tiene algo que ver con el pasado misterioso. El pintor es un cabrón con pintas y un maleducado y tú, lector, no entiendes porqué la protagonista lo ha invitado. ¿A donde va todo esto?  A ninguna parte. Todo es un continuo ir y venir de ella hablando con mucha intensidad y cero interés.  

Cuando llegas al final hay una nota que pone «Segunda casa está en deuda con Lorenzo de Taos, la crónica que Mabel Dodge Luhan escribió en 1932 sobre la estancia de D.H. Lawrence en su casa en Taos, Nuevo México». No sé quién es Mabel ni como lo contaba pero desde luego me juego una mano a que Cusck no le hace justicia. 

Recomiendo no solo no comprarlo. Tampoco lo leáis si os lo regalan, si lo sacáis de la biblioteca o si os lo encontráis por la calle. Eso sí, yo voy a repetir tercera cita porque ya tengo A contraluz, de la misma autora, esperando en la mesilla. 

Hacia mucho que no leía un tebeo y tras ver el Imprescindibles de Ibañez en TVE, A. me dejó Todo Paracuellos de Carlos Giménez. Había oído hablar mucho de estos tebeos, al primero que le escuché hablar de ellos fue a Guillermo Altares en La Cultureta. En este volumen se recogen todas las historietas que con ese nombre Giménez publicó entre 1977 y 2003. 

Paracuellos es el nombre genérico que le da en la serie a los hogares de la Obra Nacional de Auxilio Social que acogían a niños huérfanos, con padres enfermos que no podían cuidarlos o que no podían atenderlos por estar trabajando. Carlos Giménez estuvo en esos hogares y recoge las historias, anécdotas y terrores que pasó él y otros muchos compañeros. Pasaban hambre, recibían palizas, los maltrataban, los obligaban a cosas horribles y absurdas como echarse la siesta al sol en agosto o delatarse unos a otros a cambio de un currusco de pan. El horror está ahí sin adornos, crudo y a la vista. Adultos maltratando niños por el puro placer de poder hacerlo, por la sensación de control, de poder, de impunidad. Entre todo ese horror, Giménez transmite ternura y la alegría por la amistad que forjan entre ellos. La alegría de encontrar un currusco de pan, de recibir una carta, de tener un tebeo nuevo, una visita familiar, cualquier cosa que les sacara de la rutina de hambre y maltrato. Giménez además construye los personajes. Cada niño tiene una vida en el hogar y tenía una vida antes, algunos siguen teniendo una vida fuera que creen que les espera, otros ni eso. Lo que no tiene ninguno es un futuro fuera, ni lo piensan y cuando lo piensan, cuando lo desean, la realidad les pone en su sitio. Con todo, lo más terrible de todo el tebeo, lo que a mí me hizo llorar fue la historia de Hormiga, un chaval al que su padre deja en el hogar al morir su madre para casarse con otra mujer con varios hijos. El padre visita el hogar pero no para ver a Hormiga, lo visita porque está ligando con una de las cuidadoras. Hormiga sueña, confia en el amor de su padre, en que lo sacará, lo llevará a vivir con él, pero eso, por supuesto, no pasa. Los castigos y la crueldad de los extraños hacen daño pero se pueden llegar a entender, la crueldad de un padre duele más que todas las palizas, es incomprensible y no se supera nunca. ¿Qué fue de Hormiga? 

Hay que leer Paracuellos, es un clásico del tebeo nacional. 

En la cuenta de @srabibliotecaria descubrí Lunática de Andrea Momoitio.  Como debo a Marina el haberme descubierto a Mara Mahía, me lancé enseguida a comprarlo. Lunática no es una novela, es un ensayo o, mejor dicho, una investigación sobre una figura desconocida pero cuya muerte está en el origen del movimiento feminista en los años 70. Antes de nada, confieso que no sabía absolutamente nada de esta historia y que he entrado en ella para descubrirlo todo. En 1977 María Isabel Gutierrez Velasco murió calcinada en la carcel de Basauri. Su muerte, poco clara y muy extraña, causó indignación entre las prostitutas de Bilbao que comenzaron una huelga que continuó posteriormente con una movilización de distintos colectivos sociales que exigían de las autoridades, tras la muerte de Franco, la libertad de los presos políticos y de las leyes que afectaban especialmente a las mujeres que ejercían la prostitución, homosexuales y demás colectivos marginados por la moral franquista. Este libro es el intento de Andrea por conocer a Maria Isabel ¿Quién era? ¿Cómo vivió? ¿Por qué acabó calcinada en una celda? ¿Tenía amigos? ¿De qué vivía? ¿Por qué se prostituía? ¿Cómo fue su infancia? Lunática es la historia de María Isabel y es, también, la historia de la obsesión de Andrea. Es una obsesión muy bien contada, al mismo tiempo que vamos conociendo a Maria Isabel, vamos conociendo el proceso de búsqueda de Andrea, sus dudas, sus sospechas, sus problemas para creerse o no creerse lo que le cuentan los familiares, los amigos. Describe a María Isabel pero también a todos aquellos con los que habla, nos hace acompañarla en esas investigaciones porque nos cuenta dónde se encontró con ellos, como hablaban, como miraban, cuando ella sabía que le estaban mintiendo. 

Me ha gustado muchísimo aunque creo que al final se enreda un poco y un pelín de edición le hubiera venido bien. Además, esa manera de contar esa obsesión tiene un tono de podcast maravilloso, las dudas, los obstáculos, el tono de «ven conmigo y acompañamé a ver que encontramos». Solo tengo una pregunta que hacerle a Andrea, ¿por qué no aparece el hijo de María Isabel? 

Al terminarlo pensé que entre Lunática y Paracuellos había uno de esos hilos que, hace ya muchos años, me hicieron llamar a esta serie Lecturas encadenadas, si lo busco siempre hay un hilo entre los libros que voy eligiendo. En este caso ese hilo son las políticas de la dictadura contra los hijos de los pobres, los rojos, los represaliados, las prostitutas, los marginados. 

Mi libro favorito del mes ha sido uno que llevaba años en mi lista de Libros Pendientes. Encontré Crónicas de motel de Sam Sephard en la Feria del Libro Antiguo de Madrid. Es un ejemplar viejo que tenía dentro varios marcapáginas de librerias de Madrid de cuando los teléfonos no llevaban el 91 delante y una pegatina de Keeper El Escorial. ¿De quién sería? y, sobre todo, ¿Por qué se deshizo de este libro maravilloso? 

Estas crónicas de Sam Sephard no se parecen a nada que haya leído. Sé que esto puede sonar, quizás, exagerado pero no lo es. Me ha gustado muchísimo, he doblado más esquinas de las que he dejado sin doblar y lo he colocado, tras leerlo, en la estantería de los libros que no quiero perder de vista. En este volumen hay relatos, hay poemas en prosa, hay observaciones, hay historias claramente autobiográficas y otras que sin ser tan claras, obviamente lo son, y hay fotografías de un jovencisimo Sephard en moteles, con coches, con camionetas, con su padre. Son historias áridas, ásperas como los desiertos y los espacios que atraviesa en coche mientras viaja de motel en motel, de película en película, de compromiso en compromiso, de aventura en aventura.  Todo tiene ese poso de amargura que te da la consciencia, en un momento de tu vida, de que habrá días malos, habrá días tristes y duros y que esos días forman parte de tu vida tanto como los buenos. Sephard escribió todas estos retazos entre finales de los 70 y principios de los 80, en plena crisis de los 40 que es justo el momento en el que el eje que nos ancla a nuestra existencia y a como nos percibimos con respecto a los demás cambia y nos desequilibra. La vida empieza a dar vértigo y hay que atarse a algo, quizá él se ató a escribir. 

He doblado muchas esquinas pero dejo esta que me retrata por completo. 

«Siempre me pongo raro con el Veranillo. Ya lo he notado otras veces. Mi organismo entero se siente estafado. Justo cuando el cuerpo empezaba a enamorarse de las doradas hojas del chopo que caían planeando. Del olor de leña de madroño quemándose. El Veranillo desgarra de parte a parte el salvaje encanto del otoño. No tengo ganas de rondar por ahí quitándome hasta la camisa. Lo que quiero son gruesas capas de mantas canadienses y un buen fuego. Y perros. Y noches frías, frías. » 

Corred a leer a Sephard. 

El último libro del mes  lo leí en 24 horas. La niña del faro de Jeanette Winterson es un cuentito de fantasia en torno a la historia de un faro en Escocia. Faros, Escocia y Winterson eran tres razones de peso para comprar el libro en la Feria del Libro Antiguo. La niña del faro es Silver y llega a vivir allí tras la muerte de su madre. El primer capítulo con Silver contando como vive en una casa en una cuesta tan empinada que solo pueden comer cosas que se peguen al plato y su perro tiene las patas de distinta longitud por trepar por la cuesta es pura fantasía. Un poco Matilda y un poco Coraline y un poco Narnia cuando llega al faro. La historia de Silver se trenza con la de Babel Dark un personaje contemporáneo de Darwin y de Stevenson que también se relaciona con el faro. La niña del faro es una fábula sobre las historias que contamos y que nos contamos para atravesar la vida, es una reflexión sobre el amor a uno mismo y a los lugares. La primera mitad es maravillosa, a partir de ese momento, las historias dejan de estar entrelazadas, la conexión se pierde y el entramado que sostenía la novela se va deshaciendo hasta deshilacharse y desaparecer. A pesar de todo esto, me ha gustado bastante. 

«En los cuentos de hadas, nombrar es sinónimo de conocimiento. Cuando conozco tu nombre puedo gritar tu nombre, y cuando grite tu nombre, tú vendrás a mi». 

Este recomiendo leerlo sacándolo de la biblioteca. 

Y con esto y un bizcocho, hasta los encadenados de junio. 


martes, 24 de mayo de 2022

Contra la creatividad

 

Hace muchísimos años cuando empecé a escribir había un concepto que estaba de moda: la originalidad. En aquella época remota, algunos novios dejaron de bailar el vals en las bodas para pasar a bailar pachanga, o Pulp Ficton o un tango, por ejemplo. En nombre de la originalidad las novias iban de rojo o le ponías a tus hijos nombres imposibles que les acarrearián, en el futuro,  sesiones de terapia y muchas dudas sobre el supuesto amor incondicional que sus padres les tenían. A fuerza de querer ser originales se alcanzaron cotas de mamarrachismo impresionantes (photocall, carros de chuches, fiestas para saber el sexo de tu bebe..etc) y nada volvió a ser original porque se trataba, tan solo, de ser diferente. Mejor dicho, se trataba de creer que uno mismo estaba al margen de las convenciones, de lo que hacia todo el mundo. Nadie pensó que si la moda era no seguir la tradición, nadie estaba siendo original. 

Con mi habitual perspicacia he detectado que lo que se lleva ahora no es ser original, es ser creativo. Puede parecer lo mismo pero no lo es. En la búsqueda de la originalidad se trataba de diferenciarse, de hacer algo distinto cuyo valor estuviera en separarse de lo que hacian, decían, pensaban los demás. Confieso que en su día, en una boda en la que Norma Duval y su marido iban vestidos del mismo color verde hospitalario incluidos corbata y zapatos de él,  pensé que no había nada más aterrador que esa búsqueda de la originalidad pero, una vez más, me equivoqué. La creatividad como valor absoluto es Godzilla mientras que la originalidad era solo el monstruo del Lago Ness. ¿Qué es la creatividad? Pues básicamente consiste en dar un valor absoluto a cualquier mierda que alguien hace, piensa, escribe, dibuja, cuenta o transforma en un esquema de trabajo en equipo. ¿Por qué ese libro, ese podcast, ese cuaderno, esa pintura, ese artículo, ese guión, ese dibujo, ese team building o ese disfraz tiene valor? Porque es creativo. Porque alguien lo ha hecho y ha puesto "esfuerzo". Me llevan los demonios con la creatividad. Me parece fenomenal dar rienda suelta a todas las mierdas que se nos ocurren a todos: pintar, escribir, hacerte una falda con tiestos, una receta de macarrones con garbanzos, piñones, melocotón y sardinillas en escabeche, un collar de piñas y melones, un guión sobre un tipo que se enamora de una serpiente y descubre que es su propio pene disfrazado para hacerle ver que es gay, las sandalias botas, los jerseys de cuello vuelto sin mangas, las novelas infumables fruto de fantasias nocturnas que te hacen creer que eres Premio Nobel. Todo bien. Todo creativo. Todo una mierda pinchada en un palo. Y quiero poder decirlo sin que la gente me mire con cara de, por dios Moli, ¿no ves que se ha esforzado y ha sido creativo? 

¿Y qué? Es que esforzarse automáticamente da valor a lo que haces. Si así fuera yo sería ahora mismo campeona del mundo de Pilates. Cada lunes, me arrastro a la clase con un esfuerzo sobrehumano. ¿Es así? No. Soy, probablemente, la peor alumna de Pilates de todo Madrid, de España incluso. 

«Ey, hay que dejar que la gente sea creativa» Correcto. Hay que dejar que la gente sea creativa pero no dejarla creer que su creatividad es artística, interesante y mucho menos valiosa. Una vez, yo me sentí creativa e intensamente maternal, y en un ataque de amor por mi hija María fabriqué un camello de los Reyes Magos con un tubo de papel higiénico. ¿Fue creativo? Muchísimo. ¿Tenía valor? Ninguno. De hecho creo que si mi hija va alguna vez a terapia probablemente ese camello salga a relucir en alguna de las sesiones como el objeto que más vergüenza le hizo pasar en su infancia. ¡Por dios, hasta a mí me dan ganas de llorar cada vez que me acuerdo! 

Y ese es el verdadero problema de la creatividad. De la originalidad, de los intentos de la gente por ser original te podías reir, podías criticarlo, contra la creatividad no se puede decir nada. Es un valor intocable, absoluto, fundamental. Y por eso todo el mundo quiere ser ahora creativo. «Ay, yo con tu trabajo me aburriría porque a mi lo que me gusta es ser creativo» «¿Estar en una oficina todo el día? Yo es que necesito ser creativo, crear cosas, dejar volar mi imaginación» Cuando luego, esa gente,  deja volar su imaginación y crean cosas,  esas cosas son como los dibujos de tus hijos de tres años. No por lo bien o mal que estén hechas sino porque no se puede decir nada malo de ellas, todo lo que puedes comentar es: «ohhh, es precioso, cómo te has esforzado». Si les comentas algo como «no me gusta, creo que en fin, el mundo podría pasar sin esto» o cualquier otra cosa, se ofenden y dicen «Es que soy creativo». 

¿Y qué, Mari Carmen, y qué? 

Decir que «eres creativo» no te convierte en Picasso, ni en Philip Roth ni siquiera en Agatá Ruiz de La Prada. Decir que eres creativo porque te sientas un rato a realizarte haciendo cualquier mierda que te hace feliz no convierte lo que sea que hagas en algo valioso para el mundo. A lo mejor es valioso para ti y eso es estupendo. Tu manuscrito de novela con un sospechoso tono autobiográfico te ha hecho feliz a ti y es creativo porque lo has escrito tú pero el mundo no lo necesita, no lo quiere. Haced lo que queráis, sed libres, pintad monas o pitos, escribid poemas o novelas, guiones espantosos y canciones vergonzantes. Sed felices pero, por dios, no digáis que sois creativos y, sobre todo, espabilad, coño, todos hacemos mierdas sin ningún valor.

Y no pasa nada. 

viernes, 20 de mayo de 2022

Semanas con eco

Viernes por la tarde, mi máxima aspiración es disolverme, parar el tiempo y no hacer otra cosa que leer y vaguear. «Seguro que este fin de semana me da tiempo a...» es un pensamiento que no quiero tener, me esfuerzo en transformarlo en algo que suene más a «voy a coger ese tiempo y a cuidarlo y a mimarlo para que se confíe, engorde y se haga eterno» Es horrible aprovechar el tiempo, cuanto más lo aprovechas, más cosas aparecen en el horizonte para hacer. Cuando tu tiempo se acostumbra a estar lleno, no se cansa y pide más y más cosas, y engulle cualquier obligación, plan, tarea, pensamiento o compromiso. El tiempo ocupado se vuelve avaricioso y siempre quiere más. 

Esta reflexión ha salido de mis dedos mientras en la semisocuridad de estos asquerosamente calurosos días de mayo veo las horas pasar en el reloj. «Todavía son la cuatro, bien.... y ahora las cuatro y media. Y las cinco...bien, bien, está pasando despacio» Doy vueltas a una idea que tuve ayer por la noche cuando me di cuenta de que había pasado otra semana sin escribir. «Voy a escribir sobre cosas que he aprendido esa semana» pensé. Me pareció un gran tema. Por la noche la programación de mi mente alterna entre grandes ideas para escribir y grandes catástrofes laborales. La idea de ayer me gustó. Se me ocurrieron algunas cosas: no comiences nunca una conversación con la frase Mamá, ¿qué te parece la vuelta del rey emérito?, de hecho más que aprender, esta asignatura la tengo suspendida porque no sé las veces que me he dicho a mí misma que jamás, bajo ningún concepto, debo hablar con mi madre de política. Nunca. Jamás. Pues esta semana he aprendido que quizás debería tatuármelo. He aprendido, leyendo Paracuellos, que en la España franquista había unos hogares para niños que eran terroríficos. Probablmente esto también lo sabía pero no lo había pensado. Leyendo el tebeo he recordado que peor que el hambre, los castigos y las privaciones es el sentir que tus padres no te quieren. He aprendido que ser maleducado es de ser muy poco profesional y que hay gente que organiza sus relaciones laborales como si siguiera en el patio del colegio. No sabía tampoco que si tienes un dolor muy fuerte en el culo, justo en donde se engancha a la pierna, ese dolor, ese pinchazo insoportable es un dolor irradiado por una inflamación del gluteo medio y el músculo piramidal. Me falta por saber qué he hecho para tener esa inflamación y conseguir que deje de doler. He aprendido que Durero ya se peleaba con la almohada. Ha sido una semana bastante floja por no decir mala, espantosa, fea, desagradable, muy poco interesante, definitivamente poco atractiva, agotadora, decepcionante, desesperante, frustrante, descorazonadora e innecesaria. 

Lo único que la ha salvado, que me ha salvado a mí porque a la semana le da igual, es como una mosca, tiene la vida util que tiene y sabe que más allá del domingo morirá convertida en un recuerdo,  ha sido una comida improvisada, una presentación de un libro, una comida, un paseo, una conversación a puerta cerrada, las llamadas nocturnas.  

Mis semanas se llenan y yo sueño con semanas vacías, semanas en blanco, semanas en las que corran las bolas del desierto, semanas con eco.   

viernes, 13 de mayo de 2022

Tú me ordenas

 

«Es que lo haces todo mejor que yo» Le dice Isa Calderón a Lucia Litjmaer en el último episodio de deforme Semanal. 

Sé que en los últimos tiempos escribo, hablo y pienso mucho sobre cómo he cambiado a lo largo de los años. Hablo de las cosas que ahora me dan igual y antes me parecían un mundo, de las certezas que ya no tengo, me sorprendo pensando en todo lo que he aprendido con la edad, la experiencia, las desilusiones, las decepciones. Pienso en como ha cambiado mi pelo, mi cara, la ropa que me pongo. Veo el cambio en mis relaciones con otros y en como me tomo lo que hacen o dicen los demás.  Casi todo ha cambiado pero hay dos cosas que permanecen inmutables: mi capacidad para hostilizarme en unos pocos segundos y mi eterna sensación de que realmente no hay nada que haga bien, bien de verdad.   

No sé reflexionar sobre mi vida con la introspección densa y profunda de la protagonista del libro que estoy leyendo. No sé escribir como mis escritores favoritos.   No me acuerdo de los jingles de los anuncios de mi infancia. No recuerdo lo que estudié en la carrera aunque fui una alumna sobresaliente. No sé escribir con letra pulcra y manteniendo cierto código de colores en mi cuaderno de notas del trabajo. No sé combinar la ropa más allá de lo mínimo imprescindible para no parecer una mamarracha (y no siempre). No sé maquillarme. No conozco la vida de Britney Spears como mi compañera Elia. No sé imitar a una miss venezolana como mi compañero Jesús.  Cocino medianamente decente pero no hago virguerías. Se me olvidan las recetas. No sé poner la mesa elegante ni me acuerdo de ponerme pendientes, collares o anillos. No sé organizar eventos ni ponencias ni mesas redondas.Leo mucho, leo con criterio pero no sé escribir un artículo de dos mil palabras con un análisis sesudo y literario sobre lo que leo. No sé manejar excel a nivel experto y, si soy sincera, tampoco word. No sé restaurar muebles y tampoco sé coser. No soy buena para analizar una película y descubrir los entresijos y, y esto me da muchísima rabia, cuando miro un cuadro, lo conozco, lo he estudiado y sé lo que quiero contar, siempre me quedo a medio camino, como si recitara mi libro de arte de COU, ese en el que descubrí mi cuadro favorito de la historia del arte y por el que elegí estudiar Historia. No sé cantar, no sé pintar, no sé tocar un instrumento ni mantener ordenado mi cajón de la ropa interior. No sé escribir guiones ni textos comerciales ni poesía. Hasta hace nada me salían los renglones torcidos en los cuadernos con páginas sin pautar. No sé hacerme las uñas, recordar citas de autores que me encantan ni los diálogos de películas que me fascinan (Excepto Mary Poppins y La Princesa Prometida) No se hacer cuentas ni cálculos matemáticos. No sé hacer plantillas cuquis de instagram y ni siquiera soy capaz de recordar que tipografía utilicé en la última storie. Soy malísima haciendo presentaciones. No sé usar un taladro, cambiar un enchufe o manejar una motosierra, probablemente porque he mostrado cero interés en aprender pero siempre he querido saber colocar una estantería y sigo siendo incapaz. No estoy hablando del síndrome del impostor, ese que en el trabajo te hace creer que lo haces peor que los demás, que todo el mundo se va a dar cuenta de que no tienes ni idea. Esto es diferente, no es laboral, es personal. No pienso en qué cree la gente si no en lo que sé de mi misma. Me gustaría tener la certeza absoluta de ser buena en algo. No nivel experto ni digna de un premio pero lo suficiente para decir: «Eh, esto se me da bien. Sé de lo que hablo. Sé lo que hago, lo que estoy haciendo». 

Siempre creí que en algún momento algo se me daría bien, muy bien. Y, por ahora, ese momento no ha llegado. Se, además, porque tengo buena memoria que antes la tenía aún mejor, que mi cabeza era más agil y hacia más conexiones. Incluso creo que escribía mejor. Esto no ha sido por la edad, ha sido por la depresión.  Creo que ya no llegará ese momento en el que sea buena, de verdad, en algo. No importa. O sí. Todavía lo estoy meditando. Mientras lo decido me quedo con algo que me dijo A, «Tú me ordenas».

 Algo es algo, mi ropa interior es un caos pero a él, le ordeno. 

lunes, 9 de mayo de 2022

De intentar y olvidar

Hace justo una semana pensé: mira que bien, tengo una idea para un post. Voy a pensarla bien, dejarla macerar un día en mi cabeza y mañana me siento y lo escribo. Sigo recordando la idea pero lo que no sé donde tengo es esa confianza en que podría sacar un hueco fácil para sentarme a escribir. El otro día, al salir de trabajar, no conseguí recordar si esa misma mañana había ido a la oficina andando, en metro o en bus, me parecía que esa mañana había sido hacía tanto tiempo que era un recuerdo lejano. Se me pasan los días sin saber a qué los dedico. Trabajo mucho, leo bastante, veo gente, organizo viajes y resuelvo gestiones. Todo esto también lo hacía antes pero ahora parece que todo eso me ocupa más espacio mental o a lo mejor es que mi cabeza está más centrada en todo eso. Sí, eso es. Tengo más cosas en qué pensar y cuando no tengo cosas en qué pensar mi cerebro se declara en huelga y dice: ¿escribir? ¿estás loca? 

Creo que quería escribir sobre el Palace y mis padres y su boda. La semana pasada, el día 29 de abril, hubieran cumplido cincuenta años de casados. El 29 de abril de 1997, cuando cumplieron veinticinco años, fuimos a celebrarlo al Palace. Recuerdo la sensación de asistir a una ocasión solemne. Veinticinco años de matrimonio me parecia una eternidad, una gesta digna de aparecer en los libros y de ir presumiendo por la calle. Ahora cuando pienso que yo cumpliría este año veintiuno, me doy cuenta de que tiene mérito pero que es más una cuestión de dejar pasar el tiempo. A lo que iba, aquella noche fuimos al Palace los cuatro hermanos y mis padres, cenamos en el buffet de la rotonda y después nos sentamos muy educadamente en una de las zonas de sofás. Llegaron todos mis tios, los hermanos de mi madre, y celebramos la ocasión con copas, creo recordar, y los tradicionales regalos de plata y un talonario de noches de hotel. Mis padres estaban radiantes y nosotros un poco avergonzados y muy fuera de sitio. Para un adolescente o joven veinteañero La Rotonda del Palace es un sitio incómodo, un lugar en el que pareces no encajar hagas lo que hagas. ¿Por qué fuimos al Palace? Porque mis padres habían celebrado allí su boda. 

Cuando siete meses después mi padre estaba muerto y yo tuve que acompañar a mi madre a gastar esas noches de hotel descubrí que lo dificil no es llegar a los veinticinco años de matrimonio sino seguir vivo cada día que te levantas. Es algo que he pensado, en algún momento, cada día de estos veinticinco años. Durante todos estos años mi madre ha llevado las dos alianzas, la suya y la de mi padre, unidas. El lunes pasado, tres días después del no aniversario, se dió cuenta de que las había perdido. Se las había dejado a mi sobrino que la interrogó sobre peticiones de matrimonio y sortijas de compromiso y en algún momento se despistó y las perdió. Revolvió toda la casa pero no las encontró.  Lo dificil no es conservar algo, lo dificil es no perderlo. ¿Que quería contar con todo esto? ¿El Palace, los aniversarios de boda, los talonarios de noches de hotel, las alianzas, lo que se pierde, lo que se muere, lo que ha cambiado mi percepción de las cosas, del tiempo, de los lugares? 

No lo sé. Mi mente se cierra en banda y me dice: hasta aquí, ya te avisé de que no lo dejaras para mañana. Además, se que todo esto se unía a una imagen de mi misma con unos pantalones verdes. Soy incapaz de encontrar el nexo. 

The biggest lie we tell ourselves is “I dont need to write this down because I will remember it.” Esto sí lo apunté y claro, no se me ha olvidado. 


lunes, 2 de mayo de 2022

Lecturas encadenadas. Abril


Son las seis y cuarto de la tarde y me caigo de sueño. Me acostaría ya hasta mañana pero, como bloguera con catorce años de experiencia a mis espaldas, sé que me debo a mi obligación de escribir sobre mis lecturas encadenadas del mes así que voy a sobreponerme a mi astenia primaveral y cumplir con mi obligación. 

En abril ha habido grandes éxitos y un gran cabreo. Al lío. 

El monstruo del monóculo y otras bestias de Nuria Pérez inauguró el mes de abril. No creo que haya nadie que llegue a este blog y no sepa quién es Nuria y no conozca su maravilloso podcast Gabinete de curiosidades. Si hay alguien así que corra a escucharlo y vuelva luego. A los que conocen el podcast, les animo a comprar el libro y disfrutarlo y paladearlo cómo han hecho con los episodios del podcast. ¿Qué hay en este libro? Lo que encierra la preciosa y cuidada edición de Jekyll & Jill es el mundo de Nuria. Hay objetos preciosos, hay personajes con historias desconocidas que ella teje para que nos envuelvan y enseñen y hay mucho cine negro, muchísimo. Hay directores, actores, actrices, películas e historias, muchísimas. ¿Todo se queda cerrado? No, en el mundo de Nuria todo es siempre una invitación. Ella es una contadora que nos abre puertas, ventanas, cajones, armarios, archivadores, carpetas y nos muestra lo que hay en su interior, nos invita a descubrir, a revolcarnos en lo que encontremos y a curiosear. 

«La vida es una suma de instantes. Algunos se desvanecen hasta quedar en nada, son nieve al sol. Otros son hilos de araña y te atrapan para siempre. Si te descuidas y los rozas un segundo toda tu vida se reduce a esperar el fin. Ojalá ser mosca y poder desaparecer sin rastro tras una rápida y merecida agonía».

Un buen día entre en el despacho de mi adorable jefa y antes de saludar me dijo: «Te tienes que comprar este libro. Lo compré ayer y estoy enganchadísima» Mi jefa, además de adorable, es una grandísima lectora con muy buen criterio así que lo apunté mentalmente para comprarlo tan pronto como pudiera. A los dos días, mi compañero Pablo apareció con él en mi despacho y cuando le pregunté a Tallón  me dijo: «es estupendo, lo leí hace un mes». Y claro, fui, lo compré y comprobé que todos tenían razón. 

Salid a comprar La ciudad de los vivos de Nicola Lagioia ahora mismo. Ya. 

Hacía tiempo que un libro no me enganchaba tantísimo. ¿Lo he disfrutado? Pues a ver, es que no cuenta una historia de disfrutar pero es una maravilla de libro, escrito con rigor, con criterio, con ritmo y que deja, a la vez, un poso muy amargo y una senda para reflexionar sobre nosotros mismos y sobre la sociedad y las ciudades en la que vivimos.  

¿Qué cuenta La ciudad de los vivos? Cuenta Roma y cuenta el asesinato de Luca Varani ocurrido en 2016. Lagioia hace de Truman Capote para intentar entender porqué ocurrió el asesinato y que llevó a los asesinos, Manuel Foffo y Marco Prieto a cometerlo. (He dicho Truman Capote y lo mantengo, es una comparación ajustada y no ofende a Capote ni a su A Sangre Fría. Dejo este paréntesis aquí por algo que diré después de otro libro) Lagioia quiere saber qué sociedad, la romana, la italiana, la europea, la occidental ,crea el caldo de cultivo para un crimen así y después lo devora como carnaza, como espectáculo. Lagioia disecciona como desde la prensa, las redes sociales, la sociedad se juzgan los crímenes, y cualquier otra cosa, desde la atalaya a la que nos subimos todos, el pedestal del «yo no lo haría» y el «son monstruos». La realidad que Lagioia nos muestra, descubre para nosotros y para sí mismo es que un crimen así lo puede realizar cualquiera, ninguno estamos a salvo de convertirnos en eso que juzgamos tan alegremente y con tanta superioridad moral.  El ritmo de la novela es trepidante, empiezas a leer y no puedes dejarlo. Vamos saltando de testimonio en testimonio, de noticia en noticia hasta contarlo todo, como si recompusiéramos un espejo roto. Además de todo esto, Lagioia es un personaje de la historia contando su propio enganche con el asesinato, todos los implicados y con Roma. Del crimen consigue distanciarse, de Roma no. 

Las descripciones de la ciudad son fantásticas: 

«Parece que la ciudad está a punto de colapsar sobre sí misma, dejando entrever una ciudad anterior. Luego, otra ciudad más antigua que esa. El viejo Pórtico de los Argonautas, detrás del Altar de la Patria. El anfiteatro de Calígula, desparecido durante siglos, en vez del Palazzo Borghese. Si la lluvia continuara, podríamos apostar a que los viejos dioses tomarían de nuevo posesión del lugar Pero el mensaje real es otro. Todas las ciudades, tarde o temprano, acabarán destruidas por la lluvia. Que no se engañen Londres o París. Llamadlo lluvia. Todo el mundo sabe que el fin del mundo llegará. Pero el saber, en el hombre es un recurso frágil. Los habitantes de Roma llevan en la sangre la conciencia de las últimas cosas, y está tan asimilado que ya no genera ningún razonamiento. Para los que viven aquí, el fin del mundo ya ha ocurrido, la lluvia solo tiene el molesto efecto de derramar de la copa un vino que en la ciudad se bebe sin parar». 

«Más cruel que la tragedia que nos aflige es la tragedia de la que, engañándonos a nosotros mismos, creemos haber escapado». 

Corred a comprarlo. 

Siguiendo la recomendación de alguien a quien acababa de conocer compré La señora March de Virginia Feito. La faja de este libro lleva una frase que dice: La Patricia Highsmith española. Al verlo me dio un escalofrío, ese tipo de comparaciones suelen ser casi siempre desafortunadas y, siempre, un insulto al autor citado. En este caso, además, es una comparación que no se sostiene de ninguna manera. Feito está tan cerca de parecerse a Patricia Highsmith como yo de ser Beyoncé y puede que yo esté más cerca. 

Feito escribe bien y te atrapa enseguida. Sin apenas darte cuenta devoras cien páginas. Entonces, levantas la vista y dices pero ¿qué es esto? Durante esas cien páginas Feito nos han hecho seguir a la señora March en su vida diaria, atendiendo a cada mínimo detalle de su insulsa vida y lo que es peor de sus absolutamente anodinos pensamientos. A partir de la página ciento cincuenta el aburrimiento te devora y lo único que quieres es que la señora March muera o la maten o, mejor aún, ella misma se tropiece con su propia falda y fallezca o se atragante bebiendo te hasta la asfixia. Además, en este punto y si eres un lector de Highsmith la indignación nubla tu vista, tu mente y te hace proferir todo tipo de insultos hacia el editor. ¿Esto parecido a cualquiera de las obras de Patricia? POR FAVOR, ¿ya no se respeta nada?

Una de las características de las protagonistas de Patricia Highsmith es que te hechizan aunque intentes resistirte. Son personajes terribles que cometen atrocidades y que sabes que no deberían gustarte pero no puedes evitar sentirte atraído por ellos. Quieres que no los pillen, que se libren de las consecuencias de sus actos, te sorprendes a ti mismo estando de su parte, entendiéndoles. Con la señora March no pasa eso, no hay atracción ni hechizo ni magnetismo. Diseccionar los pensamientos e ideas de un personaje no es siempre sinónimo de interés. No todos contenemos multitudes ni cosas interesantes y la Sra. March es un personaje insoportable, aburrido, plano y, a veces, idiota. 

Mi recomendación para lectores: no lo leáis. 

Mi recomendación/ advertencia a los editores: haced el favor de no utilizar el nombre de autores consagrados en vano. ¡Con la Highsmith no se juega! 

El ladrón de destinos. Ensayos sobre escritura, escritores y la vida, de Richard Russo ha sido la lectura con la que he terminado el mes. Me gusta mucho Richard Russo, he leído varias de sus novelas: Empire Falls, Alto riesgo, Tonto de remate, El puente de los suspiros y El verano mágico de Cape Cod. Todos sus libros se parecen pero me gustan. Como escribí hace muchísimo tiempo sus novelas están muy bien escritas, tienen personajes de los que te enamoras y se leen muy bien. Son ¿cómo decirlo? agradables. Siempre tienen algún breve destello que te hace pensar pero en general son como un paseo por el bosque, como sentarse a contemplar un lago, como ver nevar, algo así. 

El ladrón de destinos no es una novela, es una recopilación de ensayos. Como siempre en este tipo de volúmenes, algunos son mejores que otros, algunos te llegan más que otros pero he doblado muchísimas esquinas (preguntadme cuantas he doblado de la Pelma Señora March). Muchos de los ensayos son reflexiones sobre el trabajo de escribir, sobre cómo además del trabajo, el empeño, la humildad, el deseo de aprender es necesario tener suerte. Hay además un discurso que pronunció en la graduación de una de sus hijas que tiene el típico tono de esos discursos, tan americanos.  Mi favorito es un ensayo maravilloso que escribió como prólogo para las memorias de su amiga Jennifer Finney Boylan que ella escribió tras transicionar. No he leído nunca una confesión tan sincera sobre los sentimientos y pensamientos que se tienen cuando un amigo/a te cuenta que va a transicionar a otro género y como esa confesión remueve todas tus creencias sobre ti mismo y tu manera de ver el mundo, el sexo, el género, las relaciones y la amistad. 

Dejo, para terminar, esta reflexión en la que me he sentido muy reflejada. Russo la cuenta como parte de su experiencia aprendiendo a conducir con su padre y yo la sentí aprendiendo a conducir con el mío y enseñando a mi hija a conducir. 

«Parte de la dificultad de enseñar nada a nadie reside en que una vez alcanzada la maestría, a menudo esta genera amnesia e impaciencia a partes iguales».

Y con esto y un nuevo libro ya empezado, hasta los encadenados de mayo. ¡No lo olvidéis: huid de la Pelma  Sra. March! 

sábado, 30 de abril de 2022

Podcasts encadenados. De expertos, devociones y tragedias




En mi primer puente de mayo en veintiún años, vamos con lo que he escuchado esta semana que creo que a alguien le puede interesar. 

Against the rules es el podcast de Michael Lewis, uno de esos autores americanos de difícil clasificación pero con una indudable capacidad para contar historias y contarlas bien. Lewis es periodista pero empezó su carrera, sin saber muy bien cómo, de analista financiero sin tener ni idea de finanzas. Los locos años 90. Además de muchos libros de gran éxito tiene este podcast que ya va por su tercera temporada. La primera trató sobre la desaparición de la figura del árbitro en la vida americana, no solo referido al mundo deportivo, también en la vida política, económica y social y los problemas que la desaparición de esas figuras ha acarreado. La segunda temporada trató sobre la aparición del mundo coach y la tercera, que acaba de empezar va sobre la figura del experto. La idea de esta temporada es ¿Por qué cada vez tenemos más acceso al conocimiento pero cada vez sabemos menos? ¿Cómo saber quién es realmente un experto? y ¿por qué los que gritan ser expertos rara vez lo son? El primer episodio de la temporada, Six Levels Down cuenta, a través de la creación de un centro médico nuevo, como los expertos, la gente que realmente sabe dónde está el problema en una empresa y cómo resolverlo, suele estar seis niveles por debajo del CEO o del primer nivel de mando. Yo no sé si son seis niveles o cuatro, lo que tengo clarísimo es que desde arriba, desde muy arriba, se desconoce por completo el intríngulis del funcionamiento de una empresa, una fábrica, una startup o lo que sea, hay que estar en el menudeo diario, en las llamadas, los mails, la relación con los clientes, la administración, los programas informáticos para saber qué falla y cómo arreglarlo. Hay verdaderos expertos en resolver problemas escondidos, como dice Lewis, en sótanos sin ventanas o puestos sin relumbrón. Por mi experiencia, en muchas empresas, todo el mundo sabe que es a ellos a quién hay que recurrir para resolver los problemas. Todo el mundo menos los que están seis niveles por encima imaginando curvas de beneficio. 

Hay podcasts a los que soy fiel, mas bien devota. Escucho todos los episodios religiosamente y me los guardo, además, para disfrutarlos sin interrupciones para saborearlos. Que sea devota y fiel y predicadora no quiere decir, sin embargo, que pierda el criterio y no sepa qué episodios son mejores y cuales son no tan mejores. En el caso de Deforme Semanal Ideal Total con Isa Calderón y Lucia Litjmaier el episodio de esta semana La Soledad (Primera Parte) es uno de los mejores o de los que más me ha gustado. El lunes, en mi paseo a trabajar, lo disfruté muchísimo. Aprendí, me sorprendí con la historia de Luisa Casati y Horacio Quiroga, me apeteció comprarme los libros, recomendar otros y me quedé contando los días hasta que salga La Soledad (Segunda Parte).  Soy muy fan de este podcast que supongo que, a estas alturas, no descubro a nadie pero, lo dejo aquí, por si cae algún despistado. 

En español, esta semana también he escuchado el primer episodio de la nueva temporada de Un periódico de ayer, de La No Ficción. El abogado para todos cuenta la historia de Eduardo Umaña Mendoza, un defensor de los derechos humanos que, para sorpresa de nadie, murió asesinado en Colombia por su trabajo. El episodio está bien, la historia sin ser sorprendente es interesante por el retrato que de Eduardo hacen su mujer, su hijo y uno de los sindicalistas a los que defendió en vida. Sorprende el empeño de Eduardo, su valentía, su dedicación. O me sorprende a mí que soy una cobarde y no creo tener esa convicción en mis ideales. Dicho esto, creo que el episodio hubiera ganado si se hubiera recortado diez minutos, resulta, a veces, repetitivo y se estanca en la narración. Dicho esto, lo recomiendo. 

Para terminar un nuevo episodio de The Experiment, el podcast de The Atlantic. Han dedicado un episodio al resurgimiento de un movimiento de apoyo al aborto clandestino (The resurgence of Abortion underground) en previsión de que el Tribunal Supremo de Estados Unidos revoque, en junio, la sentencia Rose vs Wide que legalizó el aborto en el país hace más de treinta años. La historia del movimiento abortista, su lucha, su logro y el peligro que corre ahora está muy contada y estremece escuchar a una activista de más de ochenta años decir: "sabíamos que no se quedarían tranquilos, que lucharían para abolir ese derecho, sabíamos que lo harían... y aquí están de nuevo para conseguirlo". Muy interesante. 

Y chimpún. Como siempre, si escucháis algo, venid a contármelo. 

martes, 26 de abril de 2022

Un paseo que cura

Justo cuando iba a salir de trabajar, el cielo de Madrid se ha hecho noche y ha empezado a llover a mares, con truenos que en la Gran Vía resuenan como el final de una sinfonía y grandes charcos formándose en el alféizar de mi ventana. «Estarás contenta» me han dicho. Lo estaba pero solo un poco porque aunque me guste la lluvia, un tormentón gigante no me conviene para mi plan de ir y volver andando al trabajo. Entre unas cosas y otras, al salir ya no llovía y Silvia me esperaba abajo. Quería hablar conmigo, había subido a verme mientras yo bajaba y, por un momento, parecía que estábamos en una peli de enredos. Pero no estábamos para risa. 

«Ya casi no llueve. ¿Vamos andando?» le he preguntado. 
«Venga» 

Ella llevaba el pelo recogido con un arte que no tendría yo ni aunque dedicara el resto de mis días a intentarlo. Una gabardina marrón y unas zapatillas elegidas, claramente, sin haber mirado la previsión del tiempo. Siempre está guapa pero hoy tenía mala cara, cara de no puedo más, cara de vencida, cara de déjame descansar.  Pero ha podido, hemos atravesado Madrid sin parar de hablar. Sentada ahora escribiendo esto me doy cuenta de que no tengo ningún recuerdo de las calles que hemos atravesado, los semáforos que hemos cruzado, los edificios que nos han visto pasar inmersas en la conversación. Mi recuerdo empieza cuando hemos entrado en El Retiro. No había nadie, los paseos embarrados y nosotras caminando mientras empezaba a llover. 

«Te vas a mojar, que no llevas capucha» le he dicho mientras veía como sus gafas se llenaban de pequeñas gotitas. 
«No importa. ¿de cuantos colores tienes ese impermeable?»
«Solo tengo uno. Este»
«Pero ¿no era rojo»
«No, siempre ha sido verde»

Nos reímos de su despiste cuando pasamos justo por delante del Palacio de Cristal. Ya hablamos de lo que nos preocupa ni lo que nos indigna, se ha quedado atrás, en el asfalto que no recordamos haber pisado. Hablamos de hombres, de relaciones, de ser cuarentonas. Y sigue lloviendo.  Por los cristales de sus gafas se escurren cada vez más gotas de lluvia pero Silvia ya sonríe. El verde brillante de mi impermeable, el verde que nos ha caído desde las hojas de los castaños bajo los que hemos caminado, el que se reflejaba en el estanque y en el Palacio de Cristal, el de los pinos y la rosaleda y el de nuestras risas le ha sentado bien. Está mejor. Nos despedimos en la puerta del Mercadona con unos besos y más risas: «Cómprate algo rico para cenar» 

Sigo caminando, de camino a casa robo una lila del jardín de un vecino. 

Al llegar a casa ya no llovía y mi impermeable brillaba. Mientras lo dejaba en la cocina y colocaba la lila en un tarro viejo de mermelada he pensado «Qué buen paseo. Ha sido lo mejor del día» 

La lluvia nos ha aliviado.