viernes, 9 de abril de 2021

En Instagram se vende todo


Hace muchísimo años, veinticinco para ser exactos, mi amigo Juan y yo acuñamos la frase "empleados ociosos precios desorbitados" como definición de las tiendas más lujosas de la Rue Rivoli en París. Un escalón por debajo de esa cumbre de lujo y precios imposibles estaban las tiendas que designamos como "el precio no existe" para las tiendas con escaparates sin mención a los dineros que costaba lo que exhibían y uno más abajo encontramos las llamadas "cuanto más diminuto el tipo de letra, más alto es el precio" para los que ponen el precio pero es casi imposible de ver. En estas, podías comprarte algo si dejabas de comer ese mes. 

Últimamente, navegando por ese escaparate en que se ha convertido Instagram me he acordado de esta cumbre de inventiva conceptual que alcanzamos cuando éramos jóvenes. Instagram se creó para ser una red en la que fotógrafos de todo el mundo mostraran sus fotos, de ahí pasó a ser una especie de álbum de fotos compartido en el que podías ver como eran los hijos de tu compañero de trabajo, la pinta que en vacaciones tenía tu jefe o cómo a pesar de intentarlo tu primo no tenía talento fotográfico. Servía también para buscar fotos curiosas, ibas por la calle veías un Buzz Light Year asomando en una ventana y le hacías una foto, era algo gracioso. Era para ver cosas bonitas y para dar envidia que es para lo que toda la vida se han hecho las fotos. Todo esto casi ha desaparecido, creo que quedan solo (quedamos) unos cuantos irreductibles que usamos IG para eso y no vendemos nada. Dios me libre, no se dice vender, eso es chabacano, mercantilista y muy muy ordinario. En Instagram los que venden dicen que «crean contenido» y «comparten experiencias». Vamos, como el empleado de la Rue Rivoli que no se consideraba dependiente sino asesor de imagen. 

Instagram se ha convertido en un escaparate. Todo el mundo vende algo pero sin que lo parezca. Y los que lo parecen, los que son marcas o tienen «un pequeño negocio artesanal en el que nos dejamos la piel (no como vosotros que trabajáis por cuenta ajena sin dar ni palo)» no ponen los precios. «Mirad que vela más ideal, artesanal, estupléndida y fantabulosa».... pero del precio ni mu. Como ya aprendí hace veinticinco años, mientras me comía un helado paseando por Paris, si no te dicen lo que cuesta, es caro. Y sí, es caro, me da igual que me cuentes todos los costes que tienes, ya me sé la teoría, es caro porque nada de lo que se vende en Instagram es necesario. NADA.  Todo lo que se vende en IG es lujo y es superfluo. 

«La vida hay que hacerla bonita y darse caprichos».  Correctísimo. No seré yo, la mujer de los miles de libros y cientos de cuadernos, la que lleva cinco plumas, la que diga que no a eso pero ¿por qué esconder qué vendes? ¿Por qué disfrazarlo todo de "somos colegas» cuando lo que quieres es mi dinero? A mí, sinceramente, me ofende. Un poco, me ofende un poco tampoco me voy a poner digna pero encuentro bastante insultante esa manía de no contar jamás lo que cuestan las cosas. Haz una foto de tu bolso ideal y en el texto en vez de meter un párrafo sobre lo artesanal que es todo, sobre como el sol de la provenza en las margaritas del jardín o la risa de tus hijos al desayunar magdalenas te inspiraron para el estampado, pon el precio. Disponible en la web por 50 €. Y ya veré yo si el recuerdo de tus niños gorgojeando me impulsa a ir a tu web o no. 

Instagram no es la Rue Rivolí pero tampoco es Cobo Calleja. Es una red de ricos para gente que tiene el tiempo y la energía de perder horas mirando fotos, como si estuviera hojeando revistas de decoración y de moda. Es así. Y como es así, no se ponen los precios porque hablar de dinero es ordinario. Ja. 

Hablemos de dinero. Hablemos de las mujeres, porque la mayoría son mujeres, que venden en IG. Máximo respeto, es un trabajo como otro cualquiera y muy digno y se gana mucha pasta. Pero vamos a dejar las cosas claras, tú no eres mi amiga ni yo soy tu colega. Tú no me quieres por mi amistad ni yo quiero de ti compasión. Me quieres por dinero, a mí y a tus tropecientas mil seguidoras. Si vendes algo en IG, estás por mi pasta. Y ya está. No pasa nada. Amancio Ortega me quiere por mi dinero y el chino de la esquina  y los de Papelería Rey me adoran infinito porque me gasto los dineros en sus tiendas. 

Lo que más me ofende de IG es ese tufillo a colegueo de pega, ese tufillo a todas podemos molar mucho... que lleva implícito «si compras mis cuadernos, mi bolsos, mi, mi, mi tu vida será mejor, tú serás mejor» pero no hablemos de dinero, eso es ordinario. Y eso sin hablar de las que anuncian productos de marcas pero intentan colarlo como si no les estuvieran pagando ¿por qué? Porque en IG, que es puro mercantilismo, hablar de dinero está mal visto, es inncesario. Solo se habla para anunciar códigos de descuento, también en plan colegueo: ey, tengo un código PITIN03. Y cuando luego pruebas el código (me he documentado para escribir esto) para ver como de colega eres de la instagramer te descuentan 3 céntimos de tu pedido. ¿Cómo te quedas? Vamos a reconocer que para ser colegas es una basura de descuento, tirando a engaña bobos. 

Vuelvo a repetir que a mí me parece estupendo que la gente venda lo que quiera pero hablemos clarito. No me disfraces tu negocio y tu afán por venderme con ese toque aspiracional mezclado con un falso colegueo. Lo que vendes es superfluo, innecesario, de lujo y caro. A lo mejor decido comprarlo o a lo mejor no, pero vamos a ser claros. 

Sinceramente me fio más del anuncio de luces led en el que pone "12 €" que de tu bolso ideal fotografiado con una luz tan clara que en tu Baracaldo natal no se ha visto desde que el meteorito que acabó con los dinosaurios iluminó el planeta y un montón de palabras en las que me vendes humo disfrazado de bonitez. 

Si vendéis algo en Instagram, no seáis dependientes ociosos de la Rue Rivoli, sed la tienda de barrio con los precios en carteles grandes, eso sí que es autenticidad. 


PD: vuelvo a recomendar el podcast Under the influence with Jo Piazza con muchísima información muy interesante sobre IG. 

martes, 6 de abril de 2021

Prisa y pereza


Cuanto más leo más creo que no sé escribir. No, no estoy jugando a la psicología inversa ni buscando el halago fácil que los anónimos me acusan siempre de buscar. Es un hecho, cuando más leo menos creo que sepa escribir. Tengo demasiada prisa para escribir y demasiada pereza. Demasiadas ideas y demasiada pereza para desarrollarlas en toda su amplitud, para dejarlas crecer como una burbuja de chicle y ver hasta donde llegan. Al mismo tiempo, cuando me pongo a escribir, mi cabeza va más deprisa que mi teclear y más deprisa que el trazo de mi pluma. Corro y corro y corro porque no quiero que se me olvide nada. Corro tanto que tropiezo y me dejo cosas sin escribir. Empiezo y de una palabra salen mis caminos y quiero recorrerlos todos porque, quizás, si me dejo uno ese sea el bueno, pero no tengo paciencia para llegar hasta el final de ese camino ni de ningún otro. Me asomo a todos, corro por ellos hasta la primera curva o el primer repecho y pienso «bah, aquí no hay nada que ver, voy a ver otro». Así no se escribe bien, se escribe y ya está. 

A veces pienso en apuntarme a un taller de escritura, algo que me ordene, que me obligue, pero luego pienso que tendría que escribir sobre un tema concreto y me muero de la pereza. Y pienso en leerlo en alto y me da más pereza aún y pienso en tener que comentar lo que otros han escrito y decido que no, que no es por ahí por donde tengo que ir. 

Prisa y pereza al escribir, para vivir, son una combinación letal. Es, además, una combinación que me he creado yo solita. ¿Por qué tengo prisa cuando me pongo a escribir? ¿Qué más da cuanto tarde? ¿A quién le importa que lo que escriba tenga ochocientas u ocho mil palabras? ¿Por qué quiero terminarlo cuanto antes? Y la pereza. ¿Por qué me da pereza algo que me gusta hacer? ¿Por qué me da pereza escribir despacio, tomarme un día o dos o una semana en terminar un texto? 

A veces pienso que si no trabajara, si no tuviera obligaciones de ningún tipo podría dedicar mis horas a escribir con calma. Con cuadernos de notas, post it de colores, esquemas y planes. A veces fantaseo con eso, con una mesa fija con todos mis trastos. A veces. Luego pienso que a quién quiero engañar, la prisa y la pereza se sentarían conmigo en esa mesa. No sé como librarme de ellas; unos días tengo más prisa y otros más pereza. Vivo con ellas. Últimamente domina la pereza. Al escribir y con todo. Me da pereza  hablar, me da pereza mirar, me da pereza mirar, me da pereza pensar, me da pereza preocuparme. Y cuando hablo, miro, pienso o me preocupo lo hago con prisa para terminar cuanto antes y poder volver al estado anterior. ¿Cual? 

Estar. Sin más. 

No quiero escribir bien, quiero vivir sin prisa y sin pereza. Quiero tener ganas y calma para vivir. Y, de vez en cuando, escribir algo.