domingo, 30 de julio de 2023

¿Te crees buena persona?

 

Todavía no estoy de vacaciones. Me queda una semana de trabajo y estoy exhausta. Las semanas duran al mismo tiempo una década y un parpadeo. Siempre es lunes y, de repente, es un sábado cuyas horas intento estirar al máximo para que, por lo menos, duren un día. Un día en el que puedo dedicarme a creer que no tengo obligaciones. 



*********


Brujuleando por internet llegué a un estudio que han hecho en Harvard para saber qué factores determinan que vivas más o menos y el nivel de satisfacción con tu vida. Los estadounidenses tienen muchas cosas malas pero una buena que tienen, sin duda, es la apuesta por investigaciones a largo plazo que se financian durante años. En este caso eligieron en 1938 a un grupo de 268 estudiantes de Harvard (lo sé: empezaron mal porque, claro, esos ya eran ricos y con la vida resuelta) y los han seguido durante toda su vida. Ahora mismo quedan vivos 19 octogenarios y muchos de sus hijos que se añadieron más adelante al estudio. La conclusión es tan obvia que hace que me admire aún más el hecho de que hayan encontrado financiación durante casi cien años: vives más si tienes unas buenas relaciones de pareja, familiares y de amistad. Sorpresón, ¿eh? Resulta que lo satisfecho que estés con tu vida de pareja, con los amigos que tienes y con tu familia pesa más en la longevidad que los genes o el hecho de tener familiares que hayan sido muy longevos. 


Cuando uno lee estas noticias es inevitable pensar: ¿Seré yo? ¿Seré yo una de esas personas con relaciones personales satisfactorias que me aseguren una vida larga y agradable? ¿Seré yo? También es inevitable mirar a los demás y pensar «Menganito sí es una de esas personas» o «Fulanito y Zutanita son una pareja increíble, se complementan perfectamente y seguro que llegan a los cien años juntos». Por supuesto, no tenemos ni idea, nunca sabemos como los demás están de satisfechos con sus vidas o sus relaciones. Ni los demás lo saben de nosotros. No sé, creo que en el hecho de vivir muchos años y ser querido y querer hay más suerte que ciencia. 


*********


Hay muchísima gente que no cree que haya malas personas. Es esa gente que siempre te dice: «bueno, a ver, a lo mejor no le estamos entendiendo o no lo ha hecho con mala intención». Yo no soy esa gente y, de hecho, ese pensamiento me parece de un buenismo rayano en la estupidez. Iba a escribir que esa idea me parece infantil, pero es que hasta los niños dicen de alguien que «es malo». Al igual que creo que hay malas personas opino que las hay buenas y sé con seguridad que nunca nadie dirá de mí: «¿Ana? Buenísima persona». ¿Soy mala? Pues si visualizamos la bondad a la derecha del todo en un eje horizontal y la maldad en el extremo izquierdo de ese mismo eje... yo ni siquiera estaría en el centro.  En estado natural, basal, creo que me escoraría ligerisimamente a la izquierda, hacia la maldad. Por supuesto, eso no quiere decir que me pase el día planeando la destrucción del mundo, ni mucho menos. La educación y el pensamiento están para controlar esos instintos y moverme hacia el lado derecho del eje.  Resumiendo, situación vital: nadando siempre hacia la bondad siendo mala de pensamiento y, alguna vez, de acción.  Dicho esto, conozco buenas personas. De hecho tengo varios amigos cuya primera definición sería: es una buena persona. Y tengo otro amigo que está convencido de ser el tío más encantador y bueno del planeta porque no puede soportar la simple idea de que alguien piense mal de él. ¿Es bueno? Sí. ¿Es tan bueno como él se cree? Ni muchísimo menos. Me he enredado en esta idea de la bondad y la maldad, pero es que es un ovillo complejo. ¿La gente considerada buena lo es por convicción, por instinto o porque no soporta el conflicto? Está claro que la gente mala tolera el conflicto sin problemas, vive perfectamente sabiéndose odiada y esa animadversión no les supone ningún trauma. ¿Es esto una señal de autoestima mayor entre la gente malvada que entre la gente bondadosa? No sé. ¿Todos nos consideramos buenos por defecto? Yo no, ya lo he confesado. Y que conste que no es una confesión que me haga feliz, pero es así. Digamos que soy una persona regular con mis momentos de tocar el cielo y mis momentos de vivir aferrada a un lanzallamas. 


*********

No sé cómo llegué a suscribirme a la newsletter de The New York Times que se llama Well y que está dedicada a dar consejos para eso, para vivir mejor. A veces lo que cuentan no me interesa nada pero, por ejemplo, el año pasado dieron una serie de indicaciones para mejorar tus relaciones personales. Bueno, no era para mejorarlas sino para que las que ya tienes se conserven y fortalezcan. Decían, por ejemplo, que ahora que nadie quiere hablar por teléfono porque a todos nos da una pereza infinita (y, si lo pensamos, nos limitamos a hablar por teléfono con nuestras madres y por trabajo; es decir, por obligación) tenemos que pensar en recuperar la conversación telefónica con amigos. Lo sé, uno piensa: «buah qué gilipollez», pero no lo es. Si te paras a pensarlo, cuando mandas un mensaje o un email vas directo a lo que quieres contar, pedir o agradecer. No hay espacio para la espontaneidad ni la sorpresa. Sin embargo, en una conversación telefónica el hilo se bifurca, se enreda y se pierde. ¿Cuántas veces, después de hablar con alguien por teléfono, has pensado: «joder, se me ha olvidado decirle no sé qué»? El consejo que daban en la newsletter era quedar con un amigo para hablar por teléfono 8 minutos. Algo como: «Oye, ¿tienes ahora 8 minutos para charlar?». Hacerlo y repetirlo cuando se quiera. Así recuperas el contacto verbal, sabes el tiempo que te va a llevar y lo conviertes en una cita más o menos recurrente que estarás esperando. Lo sé, lo sé: suena regular pero, en serio, es buena idea. En esa newsletter también aprendí otra cosa pero no la voy a contar hoy, a ver si esto va a parecer algo escrito por una buena persona. 

*********

Ayer me derrumbé en el sofá con el firme propósito de tragarme «lo que echaran». Nada de elegir, nada de brujulear buscando algo en una plataforma, algo «que hay que ver». Me paseé por el universo televisivo y me encontré con El príncipe de las mareas. ¿Cómo debe ser para Nick Nolte verse en esa foto y saber que en esa película tocó el techo de guapura para toda su vida? Se verá y pensará: «Ahí toqué techo y luego ya caída libre». Es una película tristísima y muy bonita. Si consigues abstraerte de las uñas imposibles de la Streisand y de sus continuas dudas capilares entre dejarse llevar por los rizos o plancharse el pelo como una geisha, es una historia de amor preciosa con un final trágico como todas las grandes historias de amor. Él se va y además le dice que no es que a su mujer la quiera más, es que hace la quiere desde hace más tiempo. Una excusa terrorífica, es decirle a alguien: es que llegaste tarde. Él vuelve con su mujer y con sus tres hijas, agradecidísimo de que la Streisand le haya arreglado la crisis de la mediana edad que llevaba encima con sus traumas y todo. ¿Y qué pasa con ella? Pues no lo sabemos, pero es de suponer que se queda destrozada. No sé yo si el «le arreglé la cabecita a éste» será mucho consuelo. El mérito de la película es que, siendo una película de infidelidades, nadie se enfada con nadie y todo el mundo es muy comprensivo. Todos son buenos (menos el marido de la Streisand que, además de malo, es un cretino).

*********

Turbón y Tuca se están apagando poco a poco. Han sido unos buenos perros, unos perros “buena persona” y han vivido rodeado de relaciones de cariño: así han llegado a los once años y medio.

Los vamos a echar tanto de menos cuando se apaguen del todo.


Si quieres recibir las entradas en el correo te puedes suscribir aquí. 

domingo, 23 de julio de 2023

Nunca pasa nada


«Éramos niños felices, corriendo por ahí. Teníamos planes para el futuro. Y todo simplemente, todo saltó por los aires. Justo después. No teníamos ni idea de lo que nos esperaba». (Maurice Chandler, superviviente del Holocausto)


Hace muchos años, muchísimos ya, conocí a una mujer rica. Sabía que era rica por su ropa, sus zapatos de tacón infinito y la manera despreocupada y sin esfuerzo en la que llevaba siempre el bolso. Un bolso grande, de asa corta, colgando del antebrazo. Solo puedes llevar el bolso así cuando lo llevas vacío, cuando aparte de la cartera y las gafas no llevas nada más porque el bolso es un adorno, no algo en lo que acarreas todos los por si acasos de tu vida. A esa mujer rica al principio no le caí bien; de hecho sé que intentó que me echaran de mi trabajo y sé que cuando vió que eso no iba a ser posible intentó ser mi amiga. Ella fingía ser mi amiga y yo fingía que me lo creía. 


Algunos años después del comienzo de aquella relación me di cuenta de que ella no era rica; vivía en una realidad que, por aquel entonces, antes de las redes sociales y de Instagram, para mí era inimaginable. Era tan absurdamente rica y privilegiada que estaba más allá de la órbita del Hola o de los cotilleos. Tenía la discreción y el anonimato de la opulencia infinita. 


Esa mujer rica, inalcanzable, con motivo de unas elecciones cuyo resultado podía acarrear ciertos cambios en mi trabajo, me dijo: «No te preocupes. Nunca pasa nada». La estoy viendo. De pie, en mi despacho, vistiendo un estiloso traje pantalón de color beige, con un ademán elegante y casual tiró su bolso en una silla, me miró y me dijo: «No te preocupes, nunca pasa nada». 


Entonces yo era joven, lo suficientemente joven e ingenua como para creer que la gente mayor que yo poseía una sabiduría, todavía inalcanzable para mí pero en la que yo podía confiar, descansar, una sabiduría tranquilizadora, analgésica. A lo mejor no era ingenua, a lo mejor simplemente quería creer aquello porque era más fácil. Sucedieron aquellas elecciones y no pasó nada hasta que, años después, ocurrieron otras elecciones y claro que pasó algo. 


Para empezar, esa mujer rica más allá de lo imaginable desapareció de mi vida, se esfumó. Las dos dejamos de fingir tener una amistad y dejamos de vernos. Más adelante hemos coincidido en algunas ocasiones, pero aunque ella sigue fingiendo amistad yo ya no lo hago. Entre las cosas que sí pasaron está el hecho de que yo entendí que su expresión «Nunca pasa nada» no estaba destinada, aquella tarde, a tranquilizarme a mí ni revelaba un conocimiento del mundo profundo y consciente. 


Aquel «Nunca pasa nada» se refería a ella misma y su mundo. La vida de las personas privilegiadas más allá de lo imaginable es inmutable. Cambia porque, por ahora, no han conseguido ser inmortales y en algún momento, aunque intentan evitarlo, empiezan a envejecer y acaban muriendo. Muchas veces mueren siendo muy ancianas porque la vida de privilegios es lo más cerca que está el ser humano de beber el elixir de la vida eterna. Aquella mujer decía «nunca pasa nada» porque en su vida, su trabajo, su familia, sus amigos, sus propiedades, su ausencia de preocupaciones materiales, sus casas, sus vacaciones, sus creencias, su religión, sus derechos y obligaciones todo permanecía inmutable. Vivía y vive en un mundo a salvo del miedo. Un mundo en el que sus derechos, sean los que ellos quieran que sean, van a ser siempre respetados. Es un mundo en el que pueden incluso inventarse derechos nuevos a cambio de dinero o de influencia o de poder. Un mundo con unos derechos heredados que les pertenecen porque sí, porque «así ha sido siempre», y que sin embargo protegen con miedo a que se gasten si se extienden a más gente. Ese miedo sin embargo es ficticio: no llega nunca a parecerse al terror que experimentamos los demás. Es más bien un cosquilleo que se calma en cuanto piensan que «nunca pasa nada» porque, efectivamente, nunca les ha pasado nada.


Me acordé de esta mujer el jueves por la noche al repasar las noticias del día. Junto con las elecciones de hoy, leí sobre el parón de la corriente del Atlántico Norte (que hasta el jueves no sabía ni que existía) que los científicos aseguran provocará un desastre climático que no podemos ni imaginar; y a todo eso le sumé la noticia de la ley que el gobierno británico ha sacado adelante, prohibiendo cualquier tipo de inmigración, y que su Primer Ministro explicaba en un tuit repugnante: 

«Una vez que nuestra nueva ley entre en vigor, si vienes al Reino Unido ilegalmente:

❌ No podrás solicitar asilo.

❌ No puedes abusar de nuestras protecciones contra la esclavitud moderna.

❌ No puedes hacer reclamaciones falsas sobre derechos humanos.

❌ No puedes quedarte».

Las tres noticias me sumieron en una espiral de angustia existencial. ¿Qué puedo hacer? Más allá de votar a gente con principios democráticos y sin ideas fascistas y tratar de consumir responsablemente, poco puedo hacer. Y esto parece tan nimio… Sentí una fragilidad inmensa, un vacío inconmensurable y miedo al futuro. Un miedo al no futuro que se acerca, si no para mí, que ya tengo cincuenta años, sí para mis hijas. Pensé en si mis padres, hace 30 o 40 años, cuando yo tenía 10 o 20, sentían este miedo al futuro que siento yo ahora. ¿Sentían que me dejaban una vida peor que la que habían tenido ellos? ¿Esto siempre es así para todas las generaciones? Podía haberle preguntado a mi madre, pero no lo hice. No lo hice por miedo. No quiero que me diga que no, no quiero que me diga que ellos no tuvieron nunca esa sensación porque eso significa que realmente estamos en una época muy muy jodida en la que no sabemos qué va a ocurrir y, por lo que parece, lo que sea que nos espera no tiene pinta de ser muy halagüeño.


¿Qué hago? ¿Cómo me enfrento a este sentimiento? En el día a día es fácil: me veo inmersa en mi rutina y eso frena la espiral existencial, pero si me paro a pensarlo ¿qué sentido tiene nada de lo que hago si se va a acabar el mundo? 


«No se va a acabar el mundo. Nunca pasa nada». Ahí me acordé de aquella mujer rica. Claro que pasan cosas, todo cambia. Solo es a ellos, los megaricos privilegiados a los que nada de lo que ocurre les perturba. Están a salvo. 


Nosotros no lo estamos. Hay que dejar de creer que «nunca pasa nada», que lo que les pasa a otros no nos ocurrirá a nosotros.


Espabilemos. 



domingo, 16 de julio de 2023

Podcasts encadenados: ya he escuchado lo mejor del año.



Hace mes y medio que no publico nada sobre podcasts encadenados. Cada vez que escucho algo que considero digno de aparecer por aquí, abro un documento y lo apunto para que no se me olvide pero, como esta vez ha pasado tanto tiempo, ahora me enfrento a una lista de títulos y pienso: ¿por qué quería recomendar esto? De alguna manera, esto que podría significar muchas cosas (entre ellas que soy una chapucera mayor o una crítica nefasta) es un filtro. De esta lista solo aparecerán debidamente retratados aquellos que de verdad han dejado un recuerdo en mi memoria. 


Acabo de contar los episodios que he escuchado en este mes y medio. Sin tener en cuenta los que escucho por trabajo me salen 90. Es normal que se me olviden cosas.  


Allá vamos. 


Para empezar traigo algo un poco diferente, una mandanga bastante adictiva parecida a las películas de sobremesa de fin de semana o una serie de televisión de esas con una trama un poquito increíble pero a la que te enganchas con fervor. People Who Knew Me es una ficción de la BBC protagonizada por Rosamund Pike (sí que sabes quién es: pincha y lo ves) y Huge Laurie (sí, el Dr. House) basada en una novela. Tiene diez episodios de 15 minutos de duración que, si te animas a escucharlos, puedes devorar del tirón y no como yo, que he agonizado durante cinco semanas para tener mi dosis semanal de drama. La historia que cuenta es la de Connie, una mujer que finge su propia muerte en el 11S y se lanza a tener una nueva vida. No he destrozado nada porque esto se cuenta en los primeros 30 segundos del episodio. Desde esa nueva vida, en la que pasan cosas, claro, descubrimos quién era Connie antes y por qué tomó esa decisión tan radical. Hay pocos personajes, la trama se sigue sin problema, hay amoríos (obvio) y no hay grandes efectos sonoros que te distraigan. Es adictiva, entretenida, engancha y es perfecta si quieres escuchar una ficción que sencillamente te distraiga. Los actores, además, están estupendos. 


Otra ficción pero ¡tachán! esta vez en español que también recomiendo muchísimo es Titania. Esta serie producida por Podium Podcast y el Banco Santander es imprescindible. Es lo que se conoce en la jerga como branded, es decir: pagado por una marca. Pero no es un panfleto publicitario, no se repite el nombre del banco veinticinco veces y si yo no te lo llego a decir es posible que ni lo hubieras notado. Son 7 episodios de unos 20 minutos con guión de Manuel Bartual y Juanjo Ramírez Mascaró; e interpretado, entre otros, por Nikki García y Francesco Carril. ¿Qué cuenta Titania? Pues la historia de Alicia, una mujer que vive tranquilamente con su novio y que está buscando trabajo, cuando empiezan a ocurrirle una serie de cosas extrañas e inquietantes que todo su entorno interpreta como casualidades, pero de las que ella sospecha que hay algo más. No es ciencia ficción, que sé que echa mucho para atrás: es un thriller parecido, de alguna manera, a El Sonido del Crimen; así que si te gustó aquella serie, te enganchará esta.  A mí me ha gustado mucho y es perfecta para escucharla en la tumbona o durante los paseos esos que pretendes dar en vacaciones.  


Lo mejor que he escuchado este mes, y probablemente en lo que llevamos de año, es The Retrievals, de Serial y The New York Times. Me saltó el primer episodio en mi lista de podcasts y le di al play sin pensármelo. Me quedé pegada a la historia, al diseño, al tono de la narración. Solo podía pensar «joder, que buenos son». Es tan bueno que sé que no voy a hacerle justicia en esta reseña, pero voy a intentarlo. Empieza así: “The women are seeking fertility treatment for a variety of reasons. They’ve had a couple of miscarriages, and they’re pushing 40. They don’t have fallopian tubes, or they need sperm. All of them wind up at the fertility clinic at Yale University”. La voz de la narradora Susan Burton llega a tus oídos de golpe, sin sintonía y sin presentarse. Te sumerge en un relato en presente crudo, aséptico y frío sobre unas mujeres que se están sometiendo a tratamientos de fertilidad. Solo es la voz de Susan, una música que se parece mucho a ésta y los hechos desnudos de cualquier opinión o interpretación: esto es lo que está pasando. (Curiosamente yo suelo estar muy en contra de la narración en presente pero en este caso, y porque ellos son tan buenos, funciona muy bien). 


Lo que Susan nos está contando es la historia de esas mujeres, primero con su voz, como ya he dicho, limpia de cualquier juicio o interpretación y luego a través de los testimonios de esas mujeres, de esas pacientes. Ellas narran cómo fueron las extracciones (the retrievals) de sus óvulos y el insoportable dolor que soportaron, un dolor inimaginable. Un dolor que las deja dobladas y llorando durante días. Un dolor que las hace sentir débiles, no válidas, quejicas y, sobre todo, incomprendidas; porque cuando lo verbalizan la respuesta que reciben es incredulidad en el mejor de los casos y desprecio en el peor: «eres una floja». No lo cuentan, no se quejan, porque les dijeron que «esto no duele»; así que no se sienten autorizadas para decir «esto ha sido el dolor más terrible que he sentido en mi vida». Llegan al punto de dudar de lo que sienten porque les han dicho que no podían sentirse así. 


¿No nos ha pasado a todas, alguna vez, con algo? ¿Cómo vas a decir que tener a tu bebé te hace sentir horrible cuando siempre te han dicho que era lo más maravilloso que te iba a pasar en la vida? 


Desde ahí el podcast abre un montón de hilos que van más allá de este caso particular. Se habla de, y sobre todo se siente, esa incomprensión médica hacia el dolor femenino. Como mujer empatizas con ese impulso de no quejarte, de tirar adelante aunque te estés encontrando fatal porque ¿cómo no vas a seguir adelante? Se habla de racismo, de rabia e incomprensión por parte de la sociedad, de la presión que el hecho de ser madre supone para muchas mujeres. 


Lo más impresionante de este podcast, más allá de la historia (que es brutal), es que si lo diseccionas nada está dejado al azar: tanto manera de introducir el relato como la elección del tono de la narradora (crudo, completamente aséptico); el momento justo en el que se menciona por primera vez «las mujeres» y cómo poco a poco vamos sabiendo más detalles de las vidas de cada una de ellas… Cada porción de información está colocada en el lugar preciso y en el momento justo, construyendo una narración perfecta. Nada está dejado al azar y tú, como oyente, quizá no percibas esa construcción; pero si eres un poco friki, como yo, y te tomas la molestia de analizar cómo te sientes en cada momento de la narración, qué piensas o qué recuerdas al terminar el episodio, verás esa estructura maravillosamente diseñada. No sé las horas y horas y horas de trabajo que hay detrás de lo que nos llega a los oídos. 


Mención aparte tiene el arte que han escogido. Acabo de comprobarlo y, por primera vez en la historia de Serial y The New York Times, las covers están construidas con fotografías y no con diseño gráfico. Cada episodio está ilustrado con una fotografía de espaldas de una de las pacientes. El efecto es fascinante: huele a hospital, a dolor, a rechazo, a soledad, a vergüenza. ¡Qué buenos son!


Si solo vas a escuchar una cosa estas semanas, que sea The Retrievals. Han publicado ya tres episodios y quedan dos más para terminar.  


Este mes también me he dedicado a repasar una recopilación hecha por Pushkin Industries y que se llama The best audio storytelling 2022 y que recoge, como su propio nombre indica, las mejores historias de no ficción publicadas en audio en Estados Unidos el año pasado. Cada episodio va precedido por una pequeña introducción, de un minuto de duración, en la que se explica el motivo por el que se ha seleccionado y su valor narrativo, que puede venir por el enfoque, el tono, el guión o la emoción. De esa selección de 17 episodios me han gustado especialmente The Man From Fifth Avenue, una historia de la guerra fría que tiene como protagonista a un hombre que vivía en la Quinta Avenida y que acabó convertido en un héroe en la Unión Soviética como ejemplo de los males que generaba el capitalismo en los años 80. Hay espías, mentiras, amoríos, traiciones y, por supuesto, el hombre de la Quinta Avenida. De esta recopilación también me ha gustado muchísimo el doble episodio Planet Money Records 1 y 2. Planet Money es un podcast dedicado a explicar cosas construyéndolas desde cero. En este caso, en la redacción del programa reciben una cinta de cassette con una canción nunca publicada. Deciden entonces crear una compañía discográfica para poder publicar esa canción y parten de cero haciéndose todas las preguntas que te harías tú: ¿Qué necesito? ¿Cómo lo hago? ¿Qué hay que tener en cuenta? Además, contactan con el compositor y cuentan su historia y a partir de ahí... la maravilla. La canción, además, es pegadiza y tiene este título que no podría ser más actual: “Inflation”. De verdad, no te lo pierdas porque además es una de esas historias que te reconcilia con el mundo. (Si quieres que te pase el enlace para escuchar la selección completa de The Best Audio Storytelling, mándame un email). 


Vamos con los breves:


  • Ha vuelto Dentrísimo. En lo que llevamos de temporada mi episodio favorito es el Dentrísimo de la ropa, con Joaquín Reyes, a pesar de que yo estoy fuerísima de la ropa y casi todo lo que él cuenta me suena a ciencia ficción, pero me he reído. 

  • Si no conoces a Rafa Cabaleira tienes que conocerlo. Hay poca gente en el mundo mejor que él. En esta entrevista en Hotel Jorge Juan cuenta algunas de sus mejores historias. 

  • Wilder. ¿Estoy escuchando una serie dedicada a la autora de los libros de La casa de la pradera? Sí. ¿Me está gustando? Pues no es que me esté volviendo loca pero es bastante interesante conocer lo que había detrás de la serie de Michael Landon con Laura Ingalls y sus trenzas. Hay tragedias, dramas, conflictos de autoría entre madre e hija, derecha conservadora americana, racismo. Siempre que escucho un podcast pienso si podría adaptarlo a mi realidad o a la realidad de España. ¿Podría hacer un Wilder con los libros de Celia o con los tebeos de Puck? Me encantaría hacerlo: qué significaron para mí, quién había detrás, cómo llegaron a publicarse, cómo era la sociedad entonces, qué influencia tuvieron en quien los leyó, qué queda de ellos. Me chiflaría ponerme ahora mismo a investigar y a escribir. 

  • Resurrection. Dane Steward es un canadiense, gay, que en 2017 recibe de su amigo Dan (un hombre mayor al que conoció en su primer desfile del orgullo en Toronto) un fajo de cartas de amor que hace 40 años Dan intercambió con Daryl. Éste era un autor de obras de teatro que vivía en San Francisco y que murió de SIDA en los noventa. Dane lee las cartas y se lanza a reconstruir los huecos que quedan en ellas. ¿Quién era Daryl? ¿Quién es Jane, la mujer que aparece en las cartas? ¿Dónde vivió? ¿Qué hizo antes de conocer a Dan? Es un podcast amateur que Steward ha realizado a lo largo de tres años y que a mí me ha llevado a volver a pensar en el SIDA y su atroz impacto en la comunidad gay. (Al mismo tiempo que escuchaba este podcast leía el libro de Olivia Laing que comenté el otro día y que también habla de esos años: es un tema que ahora mismo me interesa muchísimo). Se trata de un podcast muy entretenido, muy bien hecho y construído, aunque los dos últimos episodios publicados hasta ahora flojean mucho. Es más: no tendrían que haberse hecho. A Dane le ha faltado un editor que le dijera: «te has enamorado de esto pero sobra». 

  • La revista TIME ha lanzado Person of the Week. Inauguraron la serie con Ethan Hawke y, como soy muy fan, me lancé a escuchar la entrevista y… siento decirlo, pero mal. Es una entrevista aburridísima. Lo comento aquí por si eres fan. 



Pues con esto ya estaría. El mes que viene más.


Entrando aquí está en Spotify la lista de Podcasts encadenados.


Si escuchas algo de lo que recomiendo, ven a contármelo que me hará ilusión. 

domingo, 9 de julio de 2023

And Just like that, el bochorno inenarrable

 

Esta mañana he tenido que preguntar a mi madre cómo limpiaba la brocha con la que llevaba dos horas impermeabilizando la terraza. Es esa clase de conocimiento que no tengo o, mejor dicho, no me atrevo a tener porque es algo que mi madre siempre sabe mejor que yo (o eso cree ella).  Si, por un casual, hubiera mostrado algo de iniciativa por mi parte y me hubiera puesto a limpiar la brocha sin consultarle, enseguida hubiera aparecido sobre mi hombro y me hubiera dicho: «¿vas a limpiar la brocha con agua?», frase que en realidad quiere decir «hija mía, eres un desastre, menos mal que estoy yo aquí para enseñarte a hacer las cosas». (Recordemos que tengo 50 años y mi madre, cada vez que me ve salir de casa, me dice: «¿vas a ir así, sin peinar?»). La cuestión es que andaba limpiando la brocha cuando he tenido el pensamiento de que unas que tampoco hubieran sabido qué hacer con la brocha llena de pintura impermeabilizante son las protagonistas de And Just Like That…, una serie empeñada en demostrar que las mujeres de más de 50 años son estúpidas, ñoñas, cargantes, infantiles, antipáticas, bobas, superficiales, egoístas, catetas en su peor acepción, pusilánimes, falsas, flojas, cargantes y, sobre todo, RIDÍCULAS. Ridículas hasta resultar ofensivas, ridículas hasta causar una vergüenza ajena que me dan ganas de taparme la cara con un cojín o, en un gesto que se inventó mi hermano cuando vio por primera vez Chucky, el muñeco diabólico, taparme los ojos con los pulgares mientras con los índices me tapo los oídos para no verlas, para no escucharlas, para intentar olvidar que existen, que alguien ha creado esta basura de serie. 


Yo vi Sexo en Nueva York tarde. Tenía más de treinta años y dos hijas y la vi en la colección de dvds d que me prestó una de mis tías. Era mi momento de asueto, de desconexión. A pesar de no tener absolutamente nada en común con las protagonistas (ni vivía en Nueva York, ni tenía éxito con los hombres, ni soy elegante, ni me gusta la ropa, ni me gusta salir por la noche arreglada, por aquel entonces ni escribía… ) la serie me entretenía y a lo mejor aprendí algo, no lo sé. Lo que sí sé es que no me daba vergüenza ajena ni me hacía sentir insultada como mujer de 30 años. Aquello, y esto también lo he pensado mientras limpiaba la brocha, era un poco como el Instagram de los primeros dos mil: lujo, glamour, cotilleo, brilli-brilli y vidas de mentira completamente irreales e inalcanzables. Era frivolidad con criterio. No eran mujeres como yo pero, aparte de pasearse divinas, tenían vidas, preocupaciones, intereses, sentimientos, algo. 


En And Just Like That… no hay nada de eso. ES LA NADA. De las amigas originales que continúan en la serie (Miranda, Carrie y Charlotte) no se salva ninguna. Y cuesta creerlo, pero la que peor parada sale de este intento cochambroso de ser modernas, inclusivas, naturales e independientes es Miranda. La más sensata y con más criterio de la serie original, aquella con la que te podías identificar en algo. Ahora, ll idilio forzado con Che (único personaje que se salva y que tiene algo de peso y credibilidad y sentido en todo el despropósito) es tan burdo, tan poco natural y grita tan fuerte «ey, mira, cómo molamos, somos superinclusivos y nos parecen bien todo tipo de relaciones» que es exactamente la misma actitud del que te dice «yo no soy racista porque tengo un amigo negro». Lamentable. Cada vez que Miranda aparece en pantalla me preparo para lo peor, para un bochorno mayor aún que cuando estando en Irlanda me dijeron que íbamos a ir a ver a “Queen Elizabeth” y yo dije: «qué bien, nosotros también tenemos reinas en España» y empecé a hablar de la monarquía. Luego resultó que lo que íbamos a ver era “Queen Elizabeth”, el trasatlántico que cruzaba por el puerto del pueblito donde yo estaba. Nadie se rió de mí en mi cara (supongo que todavía se están riendo), pero treinta y cinco años después aún siento el bochorno al recordarlo. Un ridículo de treinta y cinco años, sin embargo, se queda en nada comparado con lo que siento cuando veo a Miranda hablar, actuar y comportarse como si no tuviera riego cerebral, como si fuera solo uno de los sims programado para escoger la opción que la hace parecer más oligolérdica.


Charlotte fue siempre la amiga tontita que todos tenemos. Hace veinte años era graciosa en su ingenuidad y la apreciabas porque era buena, la típica amiga que nunca ve el mal, que piensa que todo el mundo es bueno y que con un poquito de esfuerzo todos podríamos vivir en un mundo de luz y de color. En And Just Like That… Charlotte es una madre del opus haciéndose pasar por moderna. En el último episodio, cuando mandan a sus hijas al campamento y corren a casa a follar como si la convivencia con adolescentes impidiera tener una vida sexual de pareja interesante, era lamentable. Pero los guionistas nos tenían planeado algo aún peor, algo que si hubieran hecho una encuesta entre los espectadores hace un mes nadie hubiera imaginado: una escena de supuesto sexo tan ridícula que hasta grité: «PERO QUÉ MIERDA ES ÉSTA». Aclaremos que en esta serie ellas siempre follan con sujetador, lo que resta por completo cualquier atisbo de credibilidad a la escena porque todo el mundo sabe que la primera prenda que vuelta fuera es el sujetador; pero en fin, suspendida nuestra credibilidad en este punto, lo que ya no se sostiene de ninguna de las maneras es que Charlotte, esa cumbre monjil, le pida a su marido que se corra en sus tetas, a lo que él responde: «pero si no es mi cumpleaños… », y la escena termine con Charlotte reclamando que donde está su semen que ella no lo ve y que eso no puede ser, que ella para darse por satisfecha quiere quedarse pegajosa en el canalillo. Esto va aún más lejos y acaban en el médico, luego el matrimonio haciendo ejercicios de Kegel y él diciéndole a ella que su vagina parece un cepo para lobos y termina en una escena en la que se supone que ella le pajea a él y acaba con la mano como si se le hubiera derretido un helado de nata. Al lado de esto, lo mío con el “Queen Elizabeth” parece hasta respetable. 


Carrie hace de Carrie pero peor, como con desgana. Cualquier ingenio o gracia que tuviera hace veinte años ha desaparecido debajo de capas y capas de incongruencia argumental y supuesta crisis existencial en la que se mezcla el duelo, el miedo a envejecer y el aburrimiento. En la serie original las tramas de los episodios tenían un sentido, algo básico: empezaban, se desarrollaban y terminaban. Ahora todo se reduce a una serie de escenas pegadas unas a otras a cual más improbable, indescriptible y bochornosa. Algunas son directamente insultantes. Por Dios Bendito, ¿cómo es posible que Gloria Steinem se haya prestado para aparecer aquí?  ¿Cómo es la escena del robo de joyas? Ni en Torrente se hubieran atrevido a algo tan chusco. 


Que Sexo en Nueva York era una serie solo de blancas ricas y que la vida real no era ni es así es algo que todos sabíamos. Igual que pasaba con Friends, Cheers, Frasier o Los problemas crecen. Hemos avanzado y ahora en las series y pelis se intenta que se parezcan más a la vida real donde, especialmente en USA, la mezcla intercultural es lo cotidiano. Correctísimo, pero de ahí al festival de inclusividad forzada de esta serie hay un salto. Es que me imagino la conversación: «Chavales, tenemos que ser inclusivos». «Vale, jefe, pásanos la lista de lo que hay que incluir», «Latinos ✓, negros ✓, lesbianas ✓, discapacitados ✓, hombres comprensivos ✓, señoras ancianas ✓, bisexuales ✓, mujeres que no quieren tener hijos ✓, negros ricos ✓». Han escrito los guiones siguiendo el mismo método que te daban a ti en el colegio para escribir las redacciones de inglés: metiendo todas las palabras que te decían aunque lo que escribieras no tuviera el más mínimo sentido. 


¿Y el sexo? ¿Cómo es posible que guionistas con experiencia, supervisados seguro por coordinadores de guión, editores, productores ejecutivos, directores y las mismas actrices hayan sido capaces de sacar a la luz una escena en la que hablando de semen una actriz diga «yo siempre fui mucho de mayonesa»? ¿Cómo es posible? O, por favor, que se hable de un tío con un gran pene como «Fulano el de las tres piernas» y que Carrie se ruborice? ¿Dónde estamos? ¿En unos ejercicios espirituales? O, por favor, ¿Miranda poniéndose un arnés y actuando como si fuera Harpo Marx? Como dice el dicho popular: «Manolete, si no sabes torear para qué te metes». ¿Qué necesidad hay de hacer escenas supuestamente de sexo si vas a tratarlas como una clase de sexualidad para teletubbies? Es todo tan increíble que parece que entre toda esa gente culpable de este horror solo tuvieran un cerebro y lo usaran por turnos. 


Sobre los estilismos y demás no puedo decir nada sesudo porque a mí, tanto ahora como en la serie original, me parece siempre que van hechas unas auténticas mamarrachas y que cualquier persona que, en la vida real, dedicara esa cantidad de tiempo, dinero y esfuerzo en pensar qué ponerse no es de la misma especie que yo. Considero, además, que todo lo que llevan a mí me parece siempre muy incómodo y muy poco práctico. En la serie original sufría por ellas, por sus pies, por sus tetas, por el frío o el calor que debían estar pasando. Ahora ya solo digo en voz alta, como la señora mayor que soy: «mamarrachas». En el episodio dos el mamarrachismo alcanzó su cumbre cuando Carrie iba con Charlotte a una tienda vestida con un mono de mecánico de Top Gun y un bolso que era una especie de pájaro disecado y que llevaba en el brazo como si lo hubiera recogido de la calle para cuidarle la patita. Cuando va a pagar unas botas que ha encontrado y que obviamente no necesita, abre una tapita en el lateral del pájaro y saca la cartera. Lo escribo y pienso: si yo leyera esto sin haberlo visto no me lo creería. 





Hay mujeres que se niegan a envejecer y hacen todo lo posible por intentar frenar lo inevitable y hay otras que, sin que necesariamente les haga feliz el proceso, que lo aceptan y viven tranquilamente sin darle más importancia de la que tiene y, sobre todo, sin perder energía luchando contra algo que no se puede parar. And Just Like That… es como una de esas mujeres que no sabe envejecer, que se autoengaña y se pone en ridículo. 


Si And Just Like That… hubiera sido una serie que quisiera retratar a mujeres que no saben envejecer, lo hubiera clavado. Si esa hubiera sido su intención la serie es perfecta.  Como me temo que su intención era justo la contraria (retratar cómo las mujeres mayores de cincuenta tienen vidas interesantes, llenas de cosas que valen la pena y de conocimiento que han adquirido en sus vidas) la serie es un fracaso absoluto. 


Es malísima, terrible, espantosa, un horror. 


La pregunta es entonces: ¿Por qué lo veo? ¿Por qué no lo dejo? Pues porque es como mirar un accidente o un programa de reformas de los gemelos. No puedo dejar de verlo, necesito comprobar a qué cumbre de vergüenza ajena son capaces de llegar y, semana tras semana, reconocer que ni en mis ensoñaciones más alocadas, drogada con ayahuasca y alcoholizada yo hubiera sido incapaz de perpetrar tal despropósito. 


Y ahí sigo. Episodio tras episodio esperando un bochorno vergonzante que contemplo con lástima e ira. Lástima porque han desperdiciado una fantástica ocasión para hacer una serie con mujeres interesantes; e ira porque, una vez más, las mujeres somos retratadas como ridículas, absurdas y memas. Como criaturas caprichosas e infantiles incapaces de hacer nada provechoso con sus vidas. Me consuelo pensando que yo, aunque no sepa distinguir un Fendi de un Birkin, sé impermeabilizar una terraza y puedo tener una conversación sobre sexo sin parecer una ursulina.

Si quieres recibir las entradas en el correo te puedes suscribir aquí.