viernes, 4 de julio de 2014

En un día muy largo.

Alto. Canoso con el pelo muy corto. Bronceado. Es dos veces más grande que yo. Bueno, vale, no es dos veces más grande pero casi. Me mira y veo el alivio en su cara al comprobar que soy la mitad de grande que él (bueno, casi, de peso un tercio) y que no tendrá que luchar por el espacio vital,  no vamos a molestarnos nada, cabemos perfectamente en los asientos que nos han tocado contiguos en el tren. 

¿Cuántos años tendrá? ¿Va o vuelve? Le he pillado ya sentado así que no sé si lleva maleta o sólo esa absurda riñonera. ¿Por qué un hombre lleva riñonera? ¿En qué está pensando? ¿Qué lleva guardado ahí que no quepa en los bolsillos de la chaqueta del traje amarillo mostaza? Un momento, no es un traje. La chaqueta es amarillo mostaza pero el pantalón es de un color marrón difícil de describir. Marrón empleado de banca de los años 70. En Portugal hay muchos coches de ese color, cuando fuimos de viaje de fin de novios, El Ingeniero y yo, nos asombramos de la cantidad de coches color marrón indefinido que circulaban por allí. ¿Conozco a alguien con un coche marrón? Un momento, mi padre tuvo un coche así, un Talbot Tagora, un coche gigantesco que molaba muchísimo. Lo cambió por un Peugeot 106 en el que casi no cabía cuando cumplió 45, “ahora que sois mayores tengo que comprarme coches juveniles” nos dijo. Recuerdo que nos entró la risa ¿juvenil con 45? Ja. Ya no me entra la risa con mi camiseta con una estrella de lentejuelas. 

Me disperso. Una camiseta debajo de la chaqueta, de ese color a medio camino entre el marrón y el verde oscuro. Camiseta y chaqueta, me recuerda a Don Johnson. Vaya referencias viejunas y horteras que tengo. 

Se ríe. Lee en un móvil “Las provincias” y se ríe. Protesta. Refunfuña. Hay un tipo en el asiento de atrás que está haciendo un repaso a todos los empleados de su empresa hablando con alguien por teléfono. Levanto la vista y veo el cártel gigante “Vagón silencioso”. Es fascinante la capacidad que tiene la gente para no leer, quedar como un patán y que ser inmune al odio por parte del resto del vagón. Fantaseo con la peregrina idea de ponerme de pié en medio del pasillo y decir “Por si alguien no lo ha visto, esto es un vagón SILENCIOSO y no tengo ningún interés en escuchar sus conversaciones.” Me encantaría hacer algo así, tener los huevos de levantarme y hacerlo. Lo pienso tan fuerte que incluso soy capaz de sentir los nervios y el temblor de piernas que me entraría al sentarme después de tal heroicidad. 

Me saca de mi ensimismamiento de heroína el hombre de amarillo que me mira con complicidad. Sonrío con mi mejor cara de no haber roto un plato mezclada con el sutil parpadeo que dice “no vamos a entablar conversación”. Le he convencido, me sonríe y saca otro móvil del bolsillo. Los pone al lado y los compara. No me lo creo, lleva un cronómetro activado en cada uno de ellos. ¿Qué está cronometrando? Debe ser algo muy importante si lleva dos cronómetros. Le miro de reojo. La cara alargada, bien afeitado, una gran nariz, bonita pero grande y orejotas. A los hombres se les hacen grandes las orejas con la edad...sé de uno que se acomplejará próximamente y al que tendré que decirle que está estupendo. 

Me enfrasco en mi libro. Oigo un ruidito. Tamborilea con los dedos en la mesita. Unas manos grandes, enormes, con las uñas perfectamente cortadas. Manos de malo que se hace la manicura. Mete una de ellas en uno de los bolsillos de su americana y saca otro aparato. ¿Otro móvil? No. Es redondo, negro, con botones como de consola de los 90 y en una pantalla en blanco y negro aparecen X y espacios en blanco. ¿Qué es eso? Estoy pasando las páginas sin leer, disimulando mientras intento saber qué maneja con esa maquinita y los dos móviles.

Definitivamente tiene cara de malvado. De malo de peli de James Bond, eso es. Está contando el tiempo que le queda al tren para explotar, o a una bomba para envenenar el agua de todo Madrid...Seguro que tiene gato. O no. Gato no, un esbirro, seguro que tiene un esbirro que le hace el trabajo sucio.

 - Vamos a llegar con retraso y mi abogado acaba de decirme que debemos reclamar. 

Lo sabía. Sonrió con mi mejor cara de “soy encantadora e inofensiva, no me destruyas con el resto del planeta”.

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No se levanta cuando entro, apenas levanta la vista del ordenador. Es nuevo. 

Siniestro. Esa es la palabra que me viene a la cabeza según me siento. Pelo negro, negrísimo, grasiento y peinado con raya a un lado con el flequillo atravesándole la frente intentando tapar varios granos. ¿Por qué tiene granos? ¿Cuántos años tiene? ¿35? ¿40? ¿28? No lo se. No puedo saberlo. Da igual, tiene pinta de haber sufrido por esos granos. 

Las manos finas y pequeñas, muy pequeñas. Teclea mi nombre y por fin me dirige la mirada a través de las gafitas de pasta negra.  Me sonríe con una sonrisa que dice “no sé me da bien esto de sonreír, creo que se hace así, levantando las comisuras de los labios”. Es una sonrisa poco practicada. Ni siquiera es falsa. Falsa es cuando la finges, su sonrisa dice “nunca he tenido motivos para practicarla”. 

Le veo el cuello, le sale de un absurdo jersey de lana gorda de un bonito color azul indefinido. Yo tuve un jersey de lana de color azul indefinido que me encantaba, lo heredé de mi abuelo y no me lo quitaba en todo el invierno. Era grande y deforme. Con él puesto decía “soy feliz aquí dentro, se está cómodo y calentito. Estoy a salvo”. El jersey del desconocido de manos pequeñas no dice eso, dice “no tengo a nadie que me diga que es absurdo llevar este jersey en el mes de julio en Madrid”. Lo lleva sin nada debajo, su piel blanca y como de protagonista de una novela romántica en contacto con la lana que pica. Imagino unas costillas hundidas y tres pelos solitarios en el pecho. Tengo una cabeza absurda y que funciona demasiado deprisa. 

Me quiero ir de aquí. Todo él me provoca incomodidad y miedo. No me da miedo como el anciano de color mostaza con abogado, me da miedo porque creo que si me quedo mucho en esta habitación, toda la tristeza y la soledad del desconocido del jersey azul indefinido se me pegará a la ropa. 

Salgo corriendo. Hacía mucho tiempo que no corría tanto. 

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Mi ex abuela se ponía esos vestidos. Vestidos camiseros, creo que se llaman, mis conocimientos sobre patrones, trapos y telas son sólo un ligero barniz que me sirve para asentir con cara de haber entendido algo cuando sin saber como me encuentro en una conversación sobre ropa entre Molimadre, Molihermana y Molicuñada. 

Vestido camisero de fondo negro con un estampado de flores de colores, abotonado delante y con escote redondo. “Algo fresquito” lo llamaría mi ex abuela. Las manos sobre el bolso firmemente sujeto sobre las piernas. El reloj en la izquierda y 3 finas pulseras de oro en la derecha, todo tan apretado que parece cortarle la circulación. El reloj y las pulseras le hacen lorzas a los dos lados, lorzas como las que les salen a los bebés a los 7 u 8 meses cuando empiezan a engordar y ponerse “hermosos”. Seguro que ella también dice de alguien gordo que está “hermoso”. Es un eufemismo que te cae en la cara como un bofetón. Si te llaman gordo puedes ofenderte pero ¿Cómo vas a ofenderte si te llaman hermoso? 

El bolso seguro que es un regalo de una hija o una nieta. De tela de pantalón hippylongo  de color malva con aplicaciones que brillan y asas de rafia. No es un bolso que ella se compraría. Lo abre, saca de él una bolsa de plástico de supermercado. Pienso, “ahí va el bocadillo”...me sorprende y saca unas zapatillas de lona azul como las que yo les he comprado a las princesas y se las pone guardando las sandalias que llevaba puestas en la bolso. Esto no me lo esperaba, a lo mejor el bolso hippylongo sí que se lo ha comprado ella. 

El pelo corto y blanco. Las orejas pequeñas y sin pendientes. Me mira y me sonríe. Le tiembla el labio de arriba al decirme:

- ¿Hemos llegado ya?
- Sí, ya estamos. No se preocupe que yo la ayudo.

Me pongo de puntillas y le bajo su maleta, la acompaño a la salida y le llevo su pequeña maleta azul hasta dónde la espera su familia. 

Me voy a casa con la estúpida sensación de haber hecho algo bueno hoy. Me siento una girl scout y en otro de mis arabescos mentales, me acuerdo de una faldita de color caqui abotonada delante que me encantaba. Parecía una girl scout con ella. En otra vida la llevé puesta en París en un viaje con un exnovio, en otra vida con el pelo largo y cara de pan...

...pero eso ya es otra historia. 


18 comentarios:

Anna JR dijo...

Mi abuelo tenía un talbot horizon marrón y debajo del asiento delantero guardaba 3 o 4 ejemplares de una revistas de 'chicas en tetas' que se llamaba Lib y que si no recuerdo mal tenía una pera como logotipo en la portada....

El tipo de los dos móviles leía Las Provincias?? Pues iba o venía de Valencia. El del suéter azul de lana estaba en alguna oficina de algún organismo público oficial? La señora del vestido camisero seguro que visita mucho los bazares chinos.

Me encantan estos posts que hacen de magdalena de Proust y de activado de neuronas detectivescas.

Feliz viernes!

Albert dijo...

Me lo paso fenomenal leyendo tus elucubraciones sobre los desconocidos con los que te cruzas (es algo a lo que también me encanta jugar); pero consigues que me interese más saber lo que no cuentas. Enhorabuena!

Malos pelos dijo...

Me encantan tus arabescos mentales,pero lo que definitivamente me cautiva es, la facilidad que tienes para plasmarlos escribiendo y hacer que los leamos de principio a fin sin levantar la vista

Bibliotecaria dijo...

Hace muchos, muchos años una tía de Córdoba de mi padre nos dijo a mi prima y a mí que estábamos "vistosicas".
Creo que eso es lo peor que te pueden decir, ya tengas quince años o cincuenta.
Gracias por tu post arabesco, feliz viernes!

bequipequi dijo...

En mi familia el comentario es que has "embarnecido"... ejhem

Y en una ocasión una vecina del pueblo me felicitó por mi (inexistente) embarazo y al decirle que no había tal me contestó: "como ahora tienes barriguita..."

Miss Nobody dijo...

O te cruzas con la gente más interesante de cada calle, o yo no me fijo en la gente y por eso me parecen todos iguales. Me inclino por lo segundo, debería mirar más a mi alrededor ;)
Saludos!

Anónimo dijo...

¿Por qué ex-abuela?

Carmen J. dijo...

¿Cómo se puede ser ex-abuela? Puedo entender abuela ex-política o abuelastra, ¿qué es?

Sandra dijo...

Muy buenas descripciones, me ha encantado leerte.

Jen dijo...

¡Fascinante!

Anónimo dijo...

No entiendo ex abuela

Anónimo dijo...

Moli,me encanta,me encanta,me encanta.Anda que nos montamos cada película con los desconocidos;que
momentos tan gratos.Y los desconocidos,pues,supongo que también se montarán su propia peli.
Sonia.

El niño desgraciaíto dijo...

Yo solo digo por deferencia profesional que no se llama vagón. Vagón es de mercancías. Se llama coche.

Luxindex dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Anita dijo...

No entiendo nada...¿has dejado la medicación?

HombreRevenido dijo...

Qué bueno. De un viaje aburrido salen dos novelas, tres películas (con sus secuelas y precuelas) y una serie corta, "Cuéntame", por ejemplo.
Diría que echo de menos mis viajes en autobús, donde pensaba, leía, escribía y me daba tiempo de aburrirme. Bueno, tampoco hay que exagerar.

hitlodeo dijo...

"Viaje de fin de novios", me gusta pasar por aquí cuando tengo tiempo.

En lo de la riñonera no te puedo ayudar, yo las aborrezco y no las comprenderé nunca.

Eso sí. Tu padre tenía razón. A los 45 años uno está hecho un chaval. Y si te duelen las rodillas será que estás creciendo.

Besos Moli

Nisi dijo...

Yo también estoy confusa con lo de ex abuela.