martes, 30 de junio de 2020

Lecturas encadenadas. Junio.

Pues ya se ha pasado junio. El tiempo ha comenzado a acelerarse otra vez pero yo me agarro con uñas y dientes y con lo que me deja al ritmo de los días del confinamiento. No quiero acelerarme, ni correr, ni perder el tiempo ni dejarlo pasar sin enterarme pero me está costando. La vida me empuja a empellones poniéndome trampas que tengo que ir saltando: hay que ir al despacho y pasar la ITV que había olvidado y recuperar citas médicas perdidas estos meses y mil cosas más y a pesar de todo esto, he leído bastante. ¿Cuándo? No lo sé. Con la aceleración de la vida los días se vuelven borrosos y no consigo saber cuándo ni como hago las cosas.

Comencé el mes leyendo La tierra de los abetos puntiagudos de Sarah Orne Jewett y fue una medicina eficaz para luchar contra toda esa prisa sobrevenida porque es una novela que te traslada a otra época, casi a otro mundo, cuando no había prisa. Es una novela breve, publicada en 1896 que cuenta un veraneo en un pequeño pueblo pesquero de la costa de Maine en Estados Unidos. La narradora, de la que nunca conocemos su nombre ni su edad ni cómo ha conocido el pueblo, llega para pasar el verano descansando y escribiendo. Se aloja en casa de una lugareña, la Sra. Todd que además de alquilar habitaciones, recoge hierbas y prepara remedios para distintas enfermedades. La madre y el hermano de la Sra. Todd viven en una islita frente a la costa y la protagonista también irá a conocerlos.

La novela es un veraneo. Es un paseo por el pueblo conociendo a sus habitantes, escuchando el sonido de los pasos en las calles empedradas, viendo el mar cambiar de un día para otro dependiendo del oleaje, el viento y las nubes y conociendo a sus habitantes que cuentan historias del presente y también del pasado. En realidad no pasa nada, solo los personajes y sus vidas pero la autora los describe tan bien que uno siente al terminar el libro que el pueblo sigue viviendo aunque tú ya no lo veas. Quieres creer que podrás volver allí el próximo verano.

Esta cita describe perfectamente la novela:
«Puede que haya otras limitaciones en un verano así, pero la tranquilidad de una vida sencilla es suficiente encanto para compensar lo que pueda faltar, y las recompensas de La Paz no puedo valorarlas quienes viven en el fragor de la batalla.»

Lamento lo ocurrido de Richard Ford fue mi siguiente lectura del mes.  Cualquiera que siga estos posts con cierta asiduidad sabe que soy incondicional de Richard Ford, me gusta incluso cuando no me gusta.

Este volumen es una colección de relatos que te colocan en medio de la vida de los protagonistas. En la mayoría de ellos te sientes como si hubieras viajado en una máquina del tiempo y por sorpresa hubieras aparecido en una reunión en la que no conoces a nadie y no sabes que está pasando. No puedes hacer otra cosa que observar a tu alrededor y tratar de comprender porqué esa gente está allí, qué está haciendo y qué va a ocurrir. Y así es como Ford te lleva de la mano por sus historias. Algunas de ellas están ambientadas en Irlanda porque Ford estuvo becado allí mientras escribía este libro pero, en realidad, da igual donde sucedan, todas tienen un carácter universal: el amor, el desamor, el reencuentro. Eso sí, todas están protagonizadas por gente mayor, gente que recuerda historias, anécdotas, otros encuentros, otros amores y que se pregunta cosas como ¿Por qué me gustó está persona? ¿Por qué no seguí con ella? ¿Debería haber hecho algo? Para mí, los dos mejores relatos son el primero Nada que declarar y el último Perder los papeles pero los he disfrutado todos.

Y Ford sigue siendo el autor que mejor refleja en pocas palabras el desamor, el desapego que produce el final del amor:

«En algún momento alguien lo había encontrado atractivo y luego lo había lamentado».

No se puede decir más con menos palabras.

La mortaja fue el (primer) Delibes del mes. No había leído este breve relato (80 páginas) y no tenía ni idea de qué iba. Es tristísimo. La historia del Senderines y su empeño en encontrar a alguien que le ayude a amortajar a su padre para que nadie le vea desnudo es desoladora. Desde el comienzo, desde la primera línea descriptiva de ese paisaje árido, salvaje, amarillo, hostil en el que el niño juega con el barro la sensación de tragedia se te agarra al pecho. Quieres correr a recogerle, llevártelo a casa, darle de merendar, decirle que todo irá bien. Me ha recordado muchísimo a Intemperie, tanto la novela de Jesús Carrasco como la adaptación al cine de Benito Zambrano (recomiendo muchísimo las dos cosas).

En La mortaja están otra vez los tres temas estrella de Delibes: la infancia, el campo y la muerte. El Senderines comienza siendo un niño feliz y acaba siendo un niño sin vida porque ahora que tiene que abandonar su casa, su pueblo, ese valle hostil nada de lo que ha tenido hasta entonces seguirá en su vida y tendrá que empezar de nuevo. Coincide este relato con El Camino en la dimensión temporal porque todo pasa en una noche, una noche en la que un niño salta de la infancia a la realidad de la vida adulta pasando por el encontronazo con la muerte.

«–Yo aprendí a escupir por el colmillo, hijo, cuando me di cuenta d que el mundo hay mucha mala gente y que con la mala gente si te lías a trompazos te encierran y si escupes por el tomillo, nadie te dice nada. Entonces yo me dije: «Pernales, has de aprender a escupir por el colmillo para poder decir a la mala gente lo que es sin que nadie te ponga la mano encima ni te encierren». Lo aprendí. Y es bien sencillo, hijo».

Para esto mismo tengo yo el blog ( y para otras muchas cosas).

Hace unos años me encantó Apegos feroces, el primer libro de Vivian Gornick que se publicaba en español veinte años después de su publicación original. Me gustó tantísimo que fui a un encuentro con ella en La casa Encendida en Madrid y entonces el libro me gustó aún más porque Gornick es una mujer increíble, con más de ochenta años se había pasado el día paseando por Madrid, montando en autobús y a las diez de la noche frente a un auditorio de rendidos admiradores sentados en el suelo contó cosas de su vida, de su manera de pensar, de relacionarse, del amor, del trabajo. Desde entonces leo todo lo que se publica de ella y la sigo con interés aunque, a veces, como en este caso, me deje fría.

En Mirarse de frente, no he conseguido conectar con ella, interesarme con lo que cuenta y como lo cuenta. Me he aburrido de sus reflexiones, algunas muy brillantes pero co las que me ha costado conectar mejor dicho, no he conectado con el tono general del libro.

Mirarse de frente es una recopilación de ensayos de temática diversa. Comienza el volumen con una reflexión sobre el feminismo y el lugar que ha jugado en su vida desde que lo descubrió en los años sesenta. Desde la excitación del descubrimiento de las ideas feministas, la identificación con un grupo, con una camaradería y comunión que decidió que le valía, que con ella podía renunciar al amor y la pareja y volcarse en el trabajo y la hermandad. El segundo ensayo es Dirty Dancing con trasfondo reivindicativo, Gornick trabajaba de camarera en uno de esos refugios de verano americanos para familias y una de sus compañeras fue agredida sexualmente. Una cosa que me gusta mucho de Gornick siempre es que nunca se embellece, nunca se idealiza o se autodisculpa por los errores pasado o por los fallos presente. Este ensayo tiene un final demoledor cuando termina diciendo a su compañero «algo habrás hecho».

La mayoría de los ensayos de este libro tienen como tema el análisis de la dificultad para entablar relaciones sinceras y profundas con otros seres humanos. No se trata tanto de diseccionar el amor en pareja como aquello que nos hace capaces de entablar amistades verdaderas con las que compartir sin fingir, sin sufrir y de manera provechosa.

«La buena conversación depende de un engarce entre mente y espíritu tan sencillo como misterioso que, por lo demás, no se logra, sucede sin más. No es una cuestión de intereses mutuos, conciencia de clase o ideales compartidos, es una cuestión de talante; lo que hace que alguien responda como por instinto con un sensible «sé a lo que te refieres» en lugar de con un desafiante «¿a qué te refieres con eso?» Cuando se dan dos talantes iguales, muy rara vez perderá la conversación su flujo libre y despreocupado. Cuando no coinciden, hay que andar siempre con pies de plomo. Los talantes iguales funcionan de forma parecida a un conjunto de engranajes. No es una idea compleja pero el acoplamiento ha de ser perfecto. No aproximado, perfecto. De lo contrario los engranajes se niegan a tirar.»

Y como soy una señora mayor me ha encantado esto:

«Cuando era joven –le dijo a Andrea–los hombres eran siempre el primer plato, ahora no son más que el aliño. Mi consejo es que llegues a ese punto punto antes, la vida se te hará mucho más llevadera.»

Terminé el mes con Delibes y La Hoja Roja. Estoy leyendo tanto a Delibes porque el próximo día diecisiete estoy invitada a una charla con Juan Tallón sobre Delibes, los pueblos y los bares en la Universidad de Valladolid y qué mejor razón para leer todo Delibes que que me vayan a dejar hablar sobre él largo y tendido.

La Hoja Roja no tiene ni campo ni niños pero tiene muerte. Uno de tres de los temas de Delibes. En realidad es uno y medio porque el campo, el pueblo, está presente en el recuerdo constante que tiene Desi, la protagonista del pueblo que ha dejado atrás para irse a servir a la ciudad, en casa de Don Eloy.

«Su pueblo, pese a distar de la ciudad apenas siete leguas, se le antojaba un lugar vago y remotísimo, sin embargo, el pueblo era su inevitable punto de referencia.

Es una novela tristísima que Delibes, una vez más, escribe con maestría consiguiendo con su estilo y con las repeticiones constantes transmitir el ambiente, el sonido, el olor y hasta la impaciencia que la vejez provoca a veces en los otros, en los que no somos viejos o creemos no serlos. En esta novela, la vejez solitaria y amarga se palpa, se percibe y crea en e lector una sensación de incomodidad culpable. Te sientes culpable por pensar, por sentir que Don Eloy es un pesado, que se repite, quieres decirle que no lo cuente más y a la vez te da tanta pena que te sientes culpable.

La hoja roja es una novela de soledades. Don Eloy y Desi coinciden en estar solos sin saberlo. Los dos se hacen compañía sin saber qué se la hacen y los dos quieren ser queridos sin conseguirlo.


De este mes lo recomiendo todo aunque si vais a empezar con Ford o con Gornick es mejor empezar con El Periodista deportivo del primero y Apegos feroces de la segunda antes que con los que recomiendo aquí. Y leed sobre la tierra de los abetos puntiagudos, huele a verano en el mar y pasos escuchados durante la siesta.

Y con esto y una semana de vacaciones por delante en la que espero volver al ritmo de los días únicos, hasta los encadenados de julio.



7 comentarios:

Pe dijo...

Buenas tardes, Molinos.
Muchas gracias por tus recomendaciones.
Mira a ver este párrafo, que creo que el Word te ha hecho alguna trampa en a segunda frase:
"La mayoría de los ensayos de este libro tienen como tema el análisis de la dificultad para entablar relaciones sinceras y profundas con otros seres humanos. No se trata tanto de diseccionarlas el amor en pareja como aquello que nos capaces de entablar amistades verdaderas con las que compartir sin fingir, sin sufrir y de manera provechosa.".
Lo dicho, gracias por compartir.
Un abrazo.

molinos dijo...

Gracias, Pe.

Corregido.

el chico de la consuelo dijo...

Tengo a Ford sobre mi mesilla hace meses.
Ya sabes que en aquel lejano 2010 lo descubrí por ti.
Bss y gracias

PS-.Temporada 4 capítulo 6
salvo un bajón al final de la 3 me está encantando.

Esther dijo...

Me anoto el primer libro que comentas, me encantan ese tipo de libros. Vienes a mi ciudad y no puedo ir a escucharte, mi trabajo me lo impide. Una pena. Un saludo

Anónimo dijo...

Qué gracia, ese mismo párrafo que señalas del libro de Gornick se lo envié a un par de amigos. A mí sí me gustó el libro, sin tirar cohetes pero lo suficiente para leerlo con ganas.

Coincido en el gusto por Ford aunque hace un tiempo que le tengo abandonado.

Y ya, sé que te gusta el libro de Intemperie porque lo has comentado en alguna ocasión pero por favor, ¡poramordedios! no compares a su autor con Delibes, no cometas esa herejía. Carrasco es un imitador de Delibes y en cierta forma también de Cela. Es un escritor resultón no digo yo que no (bueno, para mí ni eso, me molestan las costuras con demasiada facilidad) pero sin alma ni fondo. Ayss, que me ha dolido la comparación.

Marga

Unknown dijo...

Yo estoy leyendo La Sombra del ciprés es alargada....y espero poder leer alguno más de aquí al 16 de julio. Q nervios! Yo también voy a los encuentros de Valladolid 😉😊

Elena Rius dijo...

Me anoto lo de Sarah Orne Jewett, que ya había visto bastante recomendada por ahí, tengo necesidad de lecturas amables frente a esta realidad que lo es tan poco.
Si te gustó Intemperie, te recomiendo La forastera, de Olga Merino, una novela dura y rural con un personaje muy potente (full disclosure: Olga es amiga mía, pero no te la recomendaría si no me gustase la novela).