jueves, 21 de marzo de 2019

Un post lleno de peros

«Señorita, estoy seguro de que está usted ahí porque vale mucho. Seguro que si tiene ese puesto y le han dado esa responsabilidad es porque usted lo merece y no porque la hayan colocado ahí pero...» No doy crédito a las palabras que escucho, no me puedo creer que alguien sea tan imbécil, tan estúpido. No, no es estúpido simplemente le parece que decirme esas palabras es lo correcto y que yo, que estoy discutiendo con él por un tema laboral, le voy a dar la razón porque mi corazón se va a henchir de gratitud  porque él, un desconocido incompetente al otro lado del teléfono, reconoce mi valía. PERO no le funciona. 

«El dolor de los demás es siempre una carga fácil de llevar». No era así. Así suena a Paolo Coelho o a sesión de coaching en sábado por la mañana mientras haces estiramientos con desconocidos y por el rabillo del ojo ves que el tentempié de la mañana es muesli con manzana. No era así, era mejor, era en francés. En bretón para ser más exacto PERO no puedo recordar la frase. La escuché en una película basada en un libro que tengo en casa y que no he leído. Me devano los sesos y desenredo google intentando encontrarla PERO no lo consigo. Si pudiera tener un superpoder normalito, digamos un superpoder a ratitos, pediría poder chasquear los dedos y que en el lugar que estoy escribiendo apareciera el libro que busco y que está en la estantería de mi otra casa, o mi cuaderno de lecturas que está en una caja llena de cuadernos debajo de mi cama. Chasquear los dedos y que aparecieran. Ser una Mary Poppins de mis libros y mis cuadernos. 

Lloro en el cine. Vuelvo a ver a los amigos en su casa de la playa y, otra vez, igual que hace nueve años me identifico con ellos. Ahora son más viejos, como yo, sus hijos son mayores, como las mías, han tenido depresiones, como yo y siguen siendo amigos, como nosotros. Lloro en el cine PERO salgo contenta, sonriendo y con ganas de tomarme un vino. Al llegar a casa vuelvo a la primera peli y la entiendo más y vuelvo a llorar.  

Abro un libro. Leo la contraportada y descubro que el autor murió el mismo día que yo cumplía cuarenta y dos años. Se desplomó de un infarto mientras yo intentaba celebrar, en medio de mi depresión, que seguía viva. PERO sobreviví y ahora ensayo mi charla en pijama, en el coche, caminando por la calle, mientras doy vueltas en la piscina. 

Me enfado con M. Han pasado cuatro días PERO no sé cómo desenfadarme. No sé cómo no tener rencor. Me pregunto si seré siempre así o conseguiré aprender a ser alguien que no rumia los cabreos como un vaquero el tabaco, regodeándose en su sabor amargo y negro, aprovechando cualquier oportunidad para escupirlo. 

Y ¿cuándo se aprende a mandar un mensaje sin arrepentirte al segundo siguiente? ¿Cuándo ya no importa? 

No sé nada de poesía PERO me encanta este poema de Elizabeth Bishop.

Y no tenía nada que decir PERO he escrito un post. 


lunes, 18 de marzo de 2019

Yo quería ser arqueóloga

André Kertész
«¿Mamá, ¿tus amigos han conseguido lo que querían en sus vidas?». 

Una de mis amigas quería ser periodista, lo fue, lo dejó y ahora trabaja con flores. Se destroza las manos, tiene alergia, llega tarde a todas partes y no tiene un minuto de descanso pero está feliz. Otros, por una extraña razón que jamás entenderé, querían ser economistas y lo son. Por la misma extraña razón parece gustarles ser economistas. Otra quiso ser médico, lo fue y lo dejó. Emigró con su marido y tres hijos a Australia con cuarenta y cinco años. Están felices aunque echando de menos España. Otro no quería ser nada, solo quería salir y beber y juerga y ahora es perito tasador de seguros, tiene tres hijos pequeños que corretean entre sus piernas y le trepan por el cuerpo gritando "papi, papi", mientras nosotros le recordamos que él fue un pionero del poliamor. Tiene más canas y le duele la espalda pero sigue llevando las mismas camisas raídas en los cuellos porque son sus favoritas. Otra no sabía que quería ser y fue economista y no le gustó y se fue a Estados Unidos a cumplir el sueño de su vida, componer música para películas. Compone, dirige, baila y toca el saxofón. Ha vuelto y se está buscando la vida. Otro quería hacer algo en la montaña y se hizo ingeniero de montes y descubrió con cuarenta y dos años que lo que quería era ser bombero. Lo ha conseguido y ahora está de cursillo de ser bombero llenándonos el wasap de fotos de su entrenamiento. Nunca le he visto más contento. Otra amiga es enóloga, vive por y para el vino y sus tres hijos pequeños. ¿Qué quería ser cuando teníamos quince años? No recuerdo que la enología fuera una de sus aficiones y tampoco sé si quería tener hijos con la sucesión de novios "para toda la vida" con los que nos encariñábamos. Se casó con otro que llegó por sorpresa.  Otra amiga quería ser diplomática, artista, cantante de ópera y pianista y tener media docena de hijos. Ahora dirige un departamento de recursos humanos, se deja grabar en vídeos corporativos con trenzas y gafas falsas y solo ha podido tener una hija que es igual de fantasiosa que ella porque ella sigue queriendo ser diplomática, artista, cantante y pianista porque es la misma que era cuando nos sentábamos en una tapia a charlar sobre su primer novio. Juan quería jugar al baloncesto y tocar el bajo y es lo que hace, jugar al baloncesto y tocar el bajo en grupos de cuarentones con nostalgia de Nacha Pop. Yo quería ser arqueóloga, vivir en Los Molinos y no tener hijos. Trabajo en televisión, no he conseguido, (por ahora) vivir en Los Molinos y tengo dos hijas que me hacen preguntas locas. Quería no ser como mi madre y en los días buenos lo consigo.  

¿Hemos conseguido lo que queríamos en nuestras vidas? No lo sé. ¿Qué queríamos? ¿Sabíamos lo que queríamos?   No lo sé y tampoco sé reconocer si lo que queríamos con doce, trece, catorce años era un deseo, un sueño loco, un plan maestro o simplemente pensábamos que la vida sería como tenía que ser, como la de nuestros padres. No creo que ninguno hayamos seguido nuestros sueños ni perseguido un ideal. Todos, en algún momento, apostamos por algo con mucha fuerza y lo conseguimos o no, pero también nos hemos encontrado con cosas que ni en nuestras fantasías más locas hubiéramos imaginado. 

Llevo días dándole vueltas a esto y lo que más me preocupa, sin embargo, no es que es lo que hemos hecho con nuestras vidas. Lo que más agradezco, y lo que más miedo me da,  es algo en lo que no pensamos cuando teníamos quince años, algo a lo que no dedicamos ni medio segundo cuando pasábamos la tarde entre botellines, bicis y balones; estamos todos vivos y seguimos juntos. Tenemos muchísima suerte y no sé si nos va a durar mucho más.  


jueves, 14 de marzo de 2019

La niña sin nombre

Rosa siempre deja la bolsa en el mismo sitio, le gusta  mirarse en el espejo. Le gusta muchísimo. Se seca cada centímetro de su piel tan minuciosamente que, a veces, me quedo mirándola solo para añadir otra parte de mi cuerpo a la lista de partes de mi cuerpo que jamás me he secado: el espacio entre los dedos de las manos, detrás de las orejas, los pliegues de las axilas, los meñiques de los pies. Ni siquiera sé cómo se llaman los meñiques de los pies, ¿dedos pequeños? Después de secarse, se unta crema como si ella fuera un pastel y se estuviera recubriendo de cobertura azucarada. Una vez más no deja ni un solo resquicio sin cubrir. Y durante todo el proceso de secado y untado se mira al espejo. Me admira esa templanza, esa seguridad en sí misma, esa cantidad de tiempo para perder en el vestuario de la piscina a las nueve de la mañana. Nunca llego a tiempo de comprobar si en el proceso de desvestirse es igual de meticulosa, si se gusta igual según se va descubriendo. María llega casi al mismo tiempo que yo, usa gorro rosa, y ha sido la única que me ha preguntado porqué había estado tanto tiempo sin aparecer por allí. «Pensamos que te habías cambiado de turno»  Herminia está disgustada porque sus nietos ya no pasan tanto tiempo con ella. Su hijo Javi, el padre de los niños, por fin se ha organizado tras el divorcio y cada vez pasa más ratos con ellos así que ella está a la vez liberada e incómoda. No sabe cómo sentirse. «Ahora me sobra tiempo en las tardes». Rosa le comenta que hay que ver que responsable es Javi, que da gusto tratar con él. Mientras me pongo los calcetines descubro que Javi tiene un taller mecánico y que goza de la confianza de la Guardia Civil que llevan allí sus coches a reparar porque es «muy buen chaval». El ex suegro de Javi es Guardia Civil y así fue como él entró en tratos con el cuerpo. «Se siguen llevando bien». El padre de Javi se ha jubilado pero está un poco celoso de su hijo porque cuando va a visitar el taller, su taller, «le mandan a hacer recados». Al marido de Rosa, que ya está en bragas, sujetador, y botas contemplándose en el espejo, no le gusta nada, nada le emociona ni le interesa. «En todos los años que llevo con él, nunca le he visto feliz con nada». Maribel llega tarde, corriendo, ha tenido que llevar a su marido al Eroski y había atasco a la entrada del polígono «estaba haciendo pereza y al ver el atasco casi no vengo». Hacer pereza, me encanta la expresión por lo que tiene de incongruente.  Angustias y Feli comentan la clase de pintura, a Angustias no le gusta el profesor nuevo «No sé, no me gusta el tono, el enfoque, no sé si aguantaré aunque como lo he pagado. Pero me gustaba más Nazaré». Antonia pelea con el gorro «me aprieta tanto que me va a romper las cuatro ideas que me quedan». Todas se ríen. Me pongo los zapatos, cojo el abrigo, cierro la taquilla, me echo un vistazo en el espejo mientras paso por detrás de Rosa. «Adiós, niña. Que tengas buen día».

Soy la niña sin nombre.  


martes, 12 de marzo de 2019

Ser ex pareja

Todos conocemos buenos padres, madres, hermanos, tíos, amigos, compañeros, parejas... muchos menos conocemos buenas exparejas. «Puf, Fulanito se separó y se lleva a matar con su ex», «Menganita y Zutanito se separaron y solo se hablan a través del abogado», miles y miles de ejemplos así. Te enfrentas a construir, elaborar y limar las mil aristas que tu nuevo yo tiene que pulir para encajar con las mil aristas del nuevo yo de tu ex partiendo del fracaso como punto de partida. El resto de tus relaciones vitales se establecen  sobre un cimiento raso, a estrenar, sin una historia común, ni reproches, ni recuerdos, ni decepciones. Cualquier cosa es posible, también lo malo pero no es su principal querencia o en principio no debería serlo.  En cualquier otra relación el origen es el éxito de esa relación. Con los ex la expectativa es que, si quieres, lo intentes pero lo más normal es que fracases. «Ya verás como acabas a leches» te dicen.

Construir una relación con tu expareja es algo completamente nuevo, es probablemente la relación más difícil de establecer. Es una obligación y una necesidad y no solo por los hijos que tienes en común. Es una obligación para ti misma, para ti mismo. Primero hay que ser capaz de asumir el fracaso de la relación anterior por la que apostaste. Después hay que aceptarlo: "fracasamos" y más tarde verbalizarlo: «Sí, nos hemos divorciado». «Sí, ya no vivimos juntos». «Sí, estoy divorciada». Y mientras asumes la misma realidad, las nuevas rutinas, la extrañeza que causa el dejar atrás detalles mínimos que antes ni percibías, te enfrentas a la tarea más difícil: construir una nueva relación con tu expareja que, como tú, está aceptando, asumiendo, verbalizando y extrañando. 

Dos medias naranjas, dos mitades que se creían perfectas se fueron con el tiempo convirtiendo en piezas que nos encajaban, que chocaban, que se arañaban y herían con las aristas, lados y defensas que les crecían. Tras cada choque la distancia aumentaba hasta que fue tanta que se convirtió en insalvable. Construir una relación tu ex, requiere volver a acercarte y pulir tus aristas para que la distancia entre ambos sea razonable, inteligente, cómoda. Lo quieras o no, tienes unos hijos en común que os obligan a orbitaros mutuamente para siempre. Por tus hijos pero no solo. No tienes que llevarte bien con tu expareja por tus hijos, hay que intentarlo por ti mismo, porque llevarte a leches toda la vida con alguien a quien quisiste supone decidir pasar el resto de tu vida con una mochila de mala hostia, desconfianza, miedo, ira y ansiedad. A veces no es posible, lo sé, me lo han dicho mil veces durante estos cinco años, pero creo que a pesar de ser complicado y de costar trabajo, es obligatorio intentarlo. Por lo menos intentarlo. 

La vida no es siempre bonita y no vivimos en una peli americana de buen rollo. No creo que puedas ser amigo tu ex, ni creo que sea necesario, no hay que quedar para hacer planes, ni contarte tu vida, no se trata de eso. Es algo nuevo: ya no eres pareja y no puedes ser amigos, ese es el reto. Esa relación puede ser lo que tú quieras, aquello con lo que estés cómodo y su premisa fundamental tiene que ser que no te ocupe espacio, que no te coma la vida, que te permita estar tranquilo, sin sobresaltos... que no quiere decir sin obligaciones. No es fácil, no se construye en cinco minutos, ni en tres semanas ni en cuatro meses, pero hay que hacerlo, hay que intentarlo con todas tus fuerzas. Y es fundamental no hacer arqueología, no escarbar los restos de lo que fue, de lo que pudo haber sido, no buscar pruebas ni indagar en los resquicios. Cualquier cosa que fue dejó de ser. Y lo que vaya a ser no puede, de ninguna de las maneras, montarse, construirse o equilibrarse sobre un andamiaje de reproches, culpas y acusaciones. Debe construirse sobre los restos de un fracaso, sobre lo que quedó de una relación perdida, destruida pero no olvidada. Es como un yacimiento arqueológico: sobre Grecia construir Roma. 


jueves, 7 de marzo de 2019

Un tiempo que se acabó.

Occasionally elsewhere: by Joseph O. Holmes
Salgo del fisio y atravieso el parque en el que, como no hay colegio en Madrid, no hay una multitud de niños gritando y de padres haciendo pandilla, como habría cualquier otro día a esta hora. En una de las pistas "de los mayores", hay un padre despistado jugando al fútbol con sus hijos y, atravesando el parque, me cruzo con una pareja joven, ella de la mano de su bebé de poco más de un año y él empujando el cochecito con esa cara hastiada que tenemos los padres jóvenes de «esto no es como me lo habían contado». Los miro y pienso que no sé cuando dejamos de venir a este parque, en qué momento el parque se acabó, se terminó, pasó a ser pasado. Es curioso como recordamos los principios pero no los finales. Los finales quedan disueltos, deshilachados en indefinición. ¿Cuándo puse el último pañal? ¿Cuándo hice el último puré de verduras? ¿Cuándo se acabó la avalancha de dibujos infantiles? ¿Cuándo dejamos de venir a este parque, de sentarnos en estos bancos, de mirar a las niñas trepar por el tobogán, correr con el patinete, jugar con la pelota? Sé que no hubo un «ya no queremos ir más» o un «id vosotras solas» pero sé que se terminó. ¿Fue en mitad de un invierno? ¿A la vuelta de un verano? No lo sé. 

Salgo del parque y paso por cuarta vez en los últimos tres días por delante de mi bar secreto y los veo. A él le veo primero, se ha dejado más barba, larga y afilada, casi de druida de aldea gala. Tengo que mirar dos veces para comprobar que sí, que es él. A ella tengo que mirarla tres. Se ha cortado el pelo mucho más corto, más de señora (que es lo que somos) y lo lleva más oscuro, o más claro. No, esa no es la diferencia, lo tiene más ordenado. Están sentados en una mesa del bar secreto, una mesa de aluminio y sillas blancas, con un par de cafés delante y miran sus móviles, cada uno el suyo. Paso por la acera frente a ellos y me quedo mirándoles. Son ellos. Compartimos parque, compartimos tobogán, pista, patinete, balón y pelos desordenados y barbas sin intención. Compartimos miradas de «esto no es como nos lo habían contado» y tardes interminables de arena, llanto y risas. Nos sentamos en el mismo banco. Nos levantamos cien veces a por la pelota. Jamás cruzamos una palabra pero los reconozco. Ellos no lo saben pero  hace tiempo que escribí sobre ellos. «Hay una pareja. El siempre lleva una camiseta negra y ahora se está dejando el pelo largo y barba. Ella es castaña, con cara de buena persona y tener sentido del humor y casi siempre lleva coleta. Jamás hemos hablado pero  hemos  compartido todas las etapas: tardes en los columpios y tardes en la vallita vigilando que no comieran mucha tierra. Tardes de llegar con el periódico y no abrirlo. Ahora llegan, como yo,  a deshora. Sin cochecitos, ni palas, ni nada. Como mucho una pelota. Tienen  dos niños que juegan al fútbol en la jaula».

Ellos no lo saben pero son el gatillo que dispara mi nostalgia de un tiempo que no sé cuando se acabó. Ellos no saben que existo, no me ven, no me recuerdan pero por un momento pienso en sentarme y preguntarles ¿Cuándo dejamos de venir al parque? 


lunes, 4 de marzo de 2019

Lecturas encadenadas. Febrero


Febrero es uno de mis meses favoritos del año porque es mi cumpleaños, porque todavía se hace de noche pronto y porque, en teoría, es invierno y hace frío. Este febrero ha sido muy muy decepcionante con sus aspiraciones de abril y solo la loca esperanza de tener un agosto templado me ha consolado en los interminables días de cielo azul. Las lecturas han sido bastante reguleras también creo que por un exceso de expectativas por mi parte. Al lío.


«No me voy a comprar nada. Vamos, damos un paseo, husmeamos y ya pero te prometo que no compro nada porque tengo un montón por leer en casa» Pero claro, todos sabemos que la fuerza de voluntad no es mi fuerte así que de ese paseo, en teoría solo husmeador,  por la Cuesta Moyano volví a casa con cuatro libros. Uno de ellos fue Me voy de Jean Echenoz.  Tenía ganas de leer algo de Echenoz y éste fue el que saltó a mis manos. Como siempre no leí la contraportada así que me lancé a él sin tener ni idea de qué iba y, la verdad, es que me lo pasé en grande leyéndolo.

Me encantan los autores franceses porque son muy franceses, lo son a conciencia, con ahínco. En este caso, Echenoz parece estar pasándolo en grande con esta historia de viajes y paseos callejeros. La historia de Ferrer, un galerista de arte, que empieza marchándose y acaba llegando. Entre medias un golpe de suerte, una aventura épica con ecos de grandes exploradores, una historia de amor y hasta la Ertzaintza.

Me gusta como los escritores franceses se miran, se observan y se sacan punta, siempre lo hacen con mucha clase. Nunca sufren remordimientos como los americanos o se encastillan en sus defectos como los ingleses intentando convertirlos en virtudes. Ellos parecen decir «sabemos que somos snobs y muchas veces insoportables, nos vemos desde fuera pero no podemos dejar de ser así» Un francés siempre quiere ser el francés qué es, el de su época, el de su momento, le chifla ser él mismo. Un americano escribe desde el cargo de conciencia: «¡oh, qué horror, soy un monstruo», un inglés escribe desde su isla «soy perfecto, eres tú el que no tienes ni idea», el francés dice «soy insoportable y me encanta serlo». Sé que esto es totalmente subjetivo pero es casi siempre la impresión que saco al leer autores franceses.

¿Recomiendo este libro? Sí, mucho. Leeré más de Echenoz.
«Existen, cualquiera puede observarlo, personas de físico botánico. Las hay que traen a la mente follajes, árboles o flores: girasol, junco, barba. Delahaye, que va siempre mal vestido, recuerda esos vegetales anónimos y grisáceos que crecen en las ciudades, entre los adoquines sueltos de un patio de almacén abandonado, en el hueco de una grieta que se insinuaba en una fachada en ruinas. Insignificantes, átonos, discretos pero tenaces, tienen, saben bueno tienen más que un pequeño papel en la vida pero saben desempeñarlo».
Un lunes por la mañana perfectamente descrito: 
«Y ahora era un lunes por la mañana, lo cual no siempre es lo más deseable: comercios atrancados a cal y canto, cielo encapotado, aire opaco y suelo asqueroso, en una palabra, todo cerrado por todas partes, tan deprimente como un domingo y sin la excusa de no tener nada que hacer». 
Nuestros ayeres de Natalia Ginzburg en una edición del Círculo de Lectores y con traducción e introducción de Carmen Martín Gaite también lo compré en la Cuesta Moyano.

Nuestros ayeres se publicó en 1952 y es la primera novela de la escritora italiana. Cuanta la historia de un familia sin apellido, en una ciudad sin nombre, justo antes y durante la II Guerra Mundial. La novela se estructura en dos partes claramente diferenciadas por el escenario en el que transcurren: la primera parte, la preguerra en la ciudad sin nombre del norte es una historia costumbrista de relaciones entre los distintos personajes de la familia. La segunda, situada en San Constanzo, en un pequeño pueblo del sur transcurre durante la II Guerra Mundial y es casi una novela bélica, una novela de resistencia. El personaje bisagra entre ambas historias, Cenzo Rena es un personaje extraño, complejo que parece a ratos completamente inventado y a ratos un retrato fiel de alguien a quien conoció Ginzburg.

Me ha gustado pero no la recomendaría para empezar con Ginzburg.
«A los padres, decía Danilo, en cuanto acaban de educarnos los tenemos que empezar a educar nosotros, porque es de todo punto imposible dejarlos que sigan siendo como son».
Vidas minúsculas de Pierre Michon ha sido el fracaso del mes y la prueba de que ni todos los franceses son iguales ni yo me riendo ante todos ellos. Michon se encanta, se adora, se observa en el espejo de sus líneas, se columpia en sus combinaciones de palabras que buscan sorprender con una triple pirueta para que le aplaudas con admiración. Y yo no le aplaudo, su estilo me provoca la misma sensación que una iglesia rocoto: dorados innecesarios destrozando una estructura, una buena idea. Me aburrí, me enfadé y lo abandoné en la página 120.

En un capítulo dedicado a una de sus novias dice:
«[Mis cartas] esas fanfarronadas estaban bañadas en una mezcolanza de lirismo gastado y de marrullerías sentimentales. No podía releerlas sin reír y me despreciaba, fogosamente; me pregunto si he cambiado de estilo desde de esas cartas inaugurales a un lector engañado».
No, Michon, no has cambiado de estilo y me resultas insoportable.

El comic del mes ha sido la tercera entrega de El árabe del futuro de Riad Sattouf. En este caso es la entrega que va de 1985 a 1987 y transcurre mayoritariamente en Siria con una breve escapada a Francia, a Bretaña, cuando nace el segundo hermano de Riad.  La niñez, comienzo de adolescencia, de un niño francés que se siente además francés, en un pueblo de Siria mientras va percibiendo la realidad a su alrededor, el hecho de que su madre no encaja, la presencia cada vez mayor de la religión en su vida, las tensiones entre sus padres, todo visto desde su ángulo, un niño. Me interesa su historia.

La última lectura del mes ha sido otro de esos libros aclamados en redes, suplementos culturales y revistas: La primera mano que sostuvo la mía de Maggie O´Farrell. Y me ha pasado como casi siempre con estas lecturas aclamadas: no me ha parecido para tanto. Es una novela entretenida, bien escrita y que se lee como comer pipas. La historia de va de madres, de maternidades, de relaciones y un poco de arte (en esto engancha con el primer libro del mes, el de Echenoz). Para mí, es evidente la influencia de las novelas de Verity Bargate (No, mamá, no y Con la misma moneda) o Barbara Comyns (Y las cucharillas eran de Woolsworth), dos escritoras muy anteriores a O´Farrell que ya trataron el tema de la maternidad desde ese punto de vista rompedor, extraño y nada complaciente. De hecho lo trataron de manera bastante más discordante y extrema de lo que hace O´Farrell y a mí modo de ver, mejor.

La primera mano no es una mala novela, ni mucho menos. Está bien, se lee con agrado, pero no he doblado ni una sola esquina. Es puro entretenimiento y es carne de una miniserie (al tiempo). ¿Hay algo malo en ser entretenimiento? No, para nada. Es una novela que recomiendo para pasar un buen rato, para dejarse llevar. Sin más.

Y con este balance bastante reguero del mes de febrero y un bizcocho, hasta los encadenados de marzo.





jueves, 28 de febrero de 2019

Todas las primeras veces

Walk this way, Xan Padron
Salí del  metro en una estación que no conocía, aunque la verdad es que no conocía casi ninguna porque evitaba, como hago ahora, viajar en metro, e intenté escoger la salida que creía que me iba mejor. Era antes de los móviles, de google, de ir caminando por la calle siguiendo las instrucciones que te da una pantalla. Lo que llevábamos entonces era el plano del metro de Madrid plegado en los bolsillos de los pantalones, cuanto más cochambroso mejor. Llevaba unos vaqueros claritos, una camisa de hombre creo que heredada de mi abuelo, era desde luego vieja porque mi madre me había quitado los cuellos y la tela de finas rayas azules y blancas estaba suave, gastada. Me encantaba aquella camisa. En los hombros, sí era de ese tipo de personas, llevaba un jersey amarillo. No sé que tengo con el amarillo: un jersey, un abrigo, hasta intenté que mi primer coche fuera amarillo aunque acabó siendo blanco. Cuando conseguí salir del metro era otoño. El suelo estaba lleno de grandes hojas caídas de los plátanos de la avenida. Una avenida muy grande que yo no había visto nunca porque esa parte de la ciudad era territorio desconocido, nunca recorrido, jamás visitado, misterioso. La gente caminaba convencida, sola o en grupos, yendo y viniendo con la confianza que da la rutina. Me acojoné. Pensé: ¿qué hago aquí? Deseé no haber deseado tanto estar ahí. Deseé saber a dónde tenía que ir, qué tenía que hacer, que alguien me guiara. ¿Qué hago yo aquí? Me sentí pequeña, desamparada y ridícula. Mis padres andaban de viaje por Hungría y Austria y la súbita conciencia de ser responsable, de tener que encargarme de todo casi me hizo llorar. Pero ¿cómo voy yo a hacer esto? 

Lo hice. Alcancé el edificio que buscaba, la ventanilla que necesitaba y entregué los papeles necesarios. Ya estaba matriculada en la que sería mi facultad durante los siguientes cinco años. No fue tan horrible. 

******

Ayer llegué a mi destino siguiendo las instrucciones de mi teléfono y pensé ¿qué hago aquí? Era una zona de Madrid que desconozco, que no frecuento, que queda completamente fuera de mi área de interés. Aparqué, salí del coche y pensé ¿qué hago yo aquí? Todo el mundo, jóvenes como mi yo del jersey amarillo, iban y venían con confianza, con rutina, sin pensar. 

«Avenida de las Humanidades», «Paseo de la Ciencia», módulo 1, 2, 3, 4, 5... ¿qué hago yo aquí? Deseé no haber dicho que sí, haber contestado «Muchísimas gracias pero no» o incluso haber mentido «Me encantaría pero tengo un compromiso» pero dije que sí. ¿Por qué dije que sí? Desee que no viniera nadie, que hubiera una emergencia. Rocé la gloria cuando llamé a mi contacto y no contestó. A lo mejor había ocurrido algo que me permitía escapar. No ocurrió. 

Ayer volví a la Universidad en una primera vez como conferenciante, charletista o lo que sea. Durante casi seis horas charle con alumnos de depresión y días iguales. Y fue estupendo. 

Al salir vagué por el aparcamiento incapaz de encontrar mi coche. Igual que la primera vez del jersey amarillo, hace veintiocho años, me equivoqué de andén. 

Todas las primeras veces se parecen.  


lunes, 25 de febrero de 2019

Despelleje Oscars 2019

Han sido los Oscars y los ofendidos culturetas del mundo andan enfurruñados porque no han ganado ni Roma ni La Favorita y los premios se los han llevado Green Book y Bohemian Rhapsody. Yo he visto las cuatro películas y ninguna de las cuatro me enloquece pero lo que sí sé es que son Green Book y Bohemian Rapshody las que funcionarán en televisión como un tiro. Además, me toca mucha las narices esa tendencia snob y de mirar por encima de las gafas de presbicia que dice que si una película es agradable y entretenida no merece premios porque es palomitas para la chusma. Me opongo.

Y tras mi speech sobre las pelis vamos a lo que nos interesa: la frivolidad innecesaria pero molto facile e divertente.

Rachel Weisz va drogada, solo así se explica esta explosión de rojo mal elegido, de peinado de primera comunión y de mirada perdida con un fondo de «os asesinaría a todos pero soy la empollona de la clase y voy a esperar para pillaros despistados».

Contra todo pronóstico y pillándonos completamente por sorpresa, un esmoquin de terciopelo rosa en un tío con pelo largo y pinta de abrirte en canal si te empotra, es una buena idea. Ahora bien, cruzo los dedos para que tíos tirillas con pinta de llorar al quitarse una tirita no crean que pueden ponérselo.

Esta chica se llama SZA, y yo lo entiendo porque si yo llevara esa pinta tampoco querría que nadie supiera mi nombre o, mejor dicho, mi familia me prohibiría usar el apellido familiar. A la moda le ha hecho mucho daño Lo que el viento se llevó y la buena de Scarlet arrancando las cortinas para ir divina a ver a Ret. SZA ha hecho lo mismo pero con la colcha de un casamiento gitano con el resultado de que va hecha una mamarracha. El peinado campanario de iglesa castellana con nido de gaviotas tampoco ayuda.

Si creéis que estáis llevando mal lo de la edad, mirad a Lisa Bonet. .. y volved a comprobar que el esmoquin rosa es un sí inesperado pero rotundo. Un tío que sabe llevar ese esmoquin hace maravillas, maravillas. 

Nunca, jamás, ni aunque os parezca gracioso os vistáis a juego con vuestra pareja. Y no lo digo solo por estos dos lechosos, yo lo hice una vez y nos confundieron con un equipo de bolos. (long story). ¿Por qué llevan esta pinta? ¿se han colado? ¿era una apuesta? ¿una prueba de amor? Es un buen momento para decir que estoy muy en contra de las pruebas de amor y de que este tío me da una grima que me muero.

Tommy Hillfiger de Paco Clavel meets con estos retales y mis abalorios me hagos unos trapos de mil demonios. Su combinación es tan ridícula que CASI se me pasa por alto el bolso walkie talkie de los 80 de su acompañante.

Voy a abrir un change.org «Enseñemos a Emma Stone a no elegir su vestido de los Oscars siguiendo el criterio «qué es lo más feo y que me siente peor que puedo encontrar». Lo que lleva este año, con esas alitas y esas incrustaciones me da hasta miedo, o quizás es repulsión. Es tan horroroso que no puedo dejar de mirarlo, como cuando ves un accidente de coche. El atractivo de lo macabro.

¿Qué es esto? 

Qué mona. Una lánguida disfrazada de espíritu de María Callas. 

BOLSILLOS.  Lo mejor de este vestido, que no está mal, es que Olivia parece comodísima llevándolo y eso es maravilloso. Y lleva bolsillos.

Me flipa esto porque las faldas con vuelo son faldas de ser feliz. Muy a favor de este look.

Bradley mutando a señor bonachón en fiesta de urbanización cerrada con piscina. De esos que al acercase a un grupo dicen: ¿como va todo? ¿lo estáis pasando bien? y el grupo se disuelve en bomba de humo. La cara de Irina de «por favor, ese chiste por enésima vez no» lo dice todo.

El terciopelo azul NO funciona. Chris Evans parece un niño vestido de primera comunión en Las Vegas. El terciopelo azul noche tampoco funciona, es como decir «voy a ser creativo pero solo la puntita». Sobre el tío enfadado de las bandas blancas, entiendo el cabreo... que llegue el día más importante de tu vida y darte de cuenta de que el traje te está canijo y vas a tener que contener la respiración todo la gala debe de ser una putada.

Me encanta este vestido y ya tenemos el premio piruleta de la gala. La expresión «un cuello esbelto» hecha carne.

Si el «voy a  hacerme un vestido con la colcha de la boda gitana» no funciona, el «voy a hacerme una chaqueta con la tapicería del sofá de la butaca del hotel de la carretera de Tomelloso» tampoco. Las plumas a lo Caponata de su pareja son «miradme a mí y así no me juzgaréis por haber elegido a este indocumentado de pareja». Buen intento.

Ni una gala sin su Úrsula. Lady Gaga va correcta, va aburrida que creo que es algo que ella no se puede permitir pero ¡eh!, a veces el aburrimiento es mejor aliado que el «voy a arriesgar» (veasé Emma Stone)

Un disfraz de universo y un tío enorme con un gorro ridículo. Dios los cría y ellos hacen el ridículo.

Kiki Layne de homenaje a mi infancia. Vestizado de chicle Cheiw de fresa ácida. 

En serio ¿qué es esto? ¿Lleva por detrás un escudo? ¿La mochila del colegio? ¿Una cantimplora?

¡Han cantado limpia flautas! Hacia mucho que no veíamos ninguno.

Enésimo ejemplo de «la originalidad mal entendida crea mamarrachos»  Aunque también puede ser un homenaje a los looks increíblemente horteras de los programas musicales españoles en los años 80.

Jennifer de desconstrucción de bola de discoteca cabreada. Pero muy muy cabreada.

Joanne Tucker de «me escurro». Otra escurridura. 

No puedo dejar de mirarla. 

Se les han colado unos huérfanos. Llame a Servicios Sociales.

Sarah, Sarah, Sarah. Vamos a ver, sentémonos y hablemos. ¿Tienes problemas? ¿Algún disgusto? ¿Necesitas dinero? ¿No? Entonces, alma de cántaro, ¿me puedes explicar quién te ha engañado para ponerte esta cosa fucsia con gomas que parece cosido en el taller "mis primeros pinitos con mi máquina de coser" y que, además, te sienta de angustia? No, no me enseñes los bolsillos, ni siquiera que tenga bolsillos lo hace pasable.  Repite conmigo: A DE FE SIO.

Rami Malek va correcto pero transmite la extraña sensación de preferir ir disfrazado de Freddy y con media docena de dientes postizos embutidos en la boca.

Helen Mirren de porque yo lo valgo aunque el color rosa feria de pueblo, rosa subrayar apuntes, me chirría muchísimo. Es un color que hay que mirar achinando los ojos, lo miras como sin creértelo «¿va de rosa fosforito?»

Vigo es siempre Sí. En este blog somos muy de Vigo. Muchísimo.

Charlize Theron de El Crepúsculo de los Dioses. Me da miedo. 

Me encanta esta foto de Alfonso Cuaron con sus hijos adolescentes. Veo en sus caras la misma expresión que ponen mis brujas cuando les digo que me acompañen a sitios: ese entusiasmo, esa complicidad, ese orgullo, ese vamos a hacer como si no le conociéramos y estuviéramos aquí, con él, por casualidad, que la gente crea que somos adoptados.

Muy a favor de la excentricidad elegante con pizca de pelo naranja.

Señores vetustos que me gustan muchísimo. 

Me gusta Tina porque tiene pinta de normal, cara de «cuando empiezan las cañas»

Glen Close de Oscar. Y tampoco se lo ha llevado.

Rojo con volantes. Rojo pasado de vueltas.  

Amy for president. En pie, aplaudiendo a rabiar, ¡bravo, bravo!  Y no es que ponerte traje masculino siempre sea un acierto, puede ser un completo desastre. Mirad a esta chica tan simpática con su cara de «te arranco la cabeza como digas en alto que esto que llevo es un error» 

Tercipelo verde TAMPOCO. Y el vestido "noche estrellada de verano en el jardín de nuestra casa de Atlanta" me da pereza.

En ocasiones veo mucho rosa. 

No sé quién son estos jovenzuelos. Tienen pinta de pasarse el día tirados en un sofá no muy limpio fumando petas (actividad que están en su derecho a realizar, faltaría más) y haberse levantado para venir a este gala. Fruto de los efluvios de la maria han elegido de angustia las pintas: solapas demasiado grandes y tallaje pequeño y chaqueta con drapeados que es, sin duda, una de las elecciones más desafortunadas que he visto nunca en trajes de caballero.

Pero muchísimo rosa. 

Pero ¿QUÉ PASA CON EL ROSA? Sí, sí, ya veo que llevas bolsillos pero ¿qué es esto? 

En serio, ¿POR QUÉ ESTA OLA DE ROSISMO? 

Esta señora china desconocida y con gafas de lejos, me representa. Y, además, lleva un vestido precioso con bolsillos.

Eva Melander vestida de  complicación.

Ya están aquí los de Servicios Sociales para recoger a los huérfanos perdidos.

Linda Cardellini vestida de salto de cama ROSA de pelis de los cincuenta y de "la peor elección posible con esas rodillas".

Spike Lee de Bob Pop

Michelle Yeoh se lleva el premio "mi metabolismo es así y me está devorando desde dentro".

Nunca salgas con un tío que vaya más maquillado que tú, más peinado que tú, con las cejas más depiladas que tú y con más joyas que tú. ¿Por qué? Porque da muchísima grima y mucha risa.

Terciopelo rojo.TAMPOCO.

Rectifico mi premio "metabolismo". Ha aparecido Giuliana que como buena campeona olímpica del devorarse así misma se lo lleva también.

Los que hacen de Queen pero no son Queen pero para las jóvenes generaciones van a pasar a ser Queen, más felices que perdices y bastante bien vestidos menos el de blanco que parece Leonardo di Caprio disfrazado de camarero del Titanic.

Un centauro con terciopelo negro. Miradlo bien. ¿A qué debajo de esa orgía de terciopelo negro solo podéis imaginar patas de equino? De nada.  Premio a la excentricidad innecesaria de la noche.

¿Qué hemos aprendido de esta alfombra roja?  Que en las invitaciones a la gala ponía: Hombres trajes de terciopelo, mujeres de rosa.


jueves, 21 de febrero de 2019

Tengo flow

Ángela es veinte años más joven que yo y, sin embargo, tiene una presencia tan maternal que solo con verla ya me duele menos. Todos los días me recibe preguntándome qué tal estoy mientras levanta las cejas con ese gesto que en las madres siempre quiere decir: «me da igual lo que me digas, no me lo voy a creer». Mientras fuerza mi hombro hasta que lloro, a veces hablamos y otras veces escuchamos. Las clínicas de fisioterapia sin hilo musical y sin puertas son un sitio fabuloso para escuchar la vida. 

Además de Ángela, está Carmen. Habla con todos sus pacientes como si fueran sus amigos, les regaña por no descansar, por no tomarse la vida con más calma. Tiene solo treinta y un años pero habla como si ya lo hubiera aprendido todo, como si su única función en la vida, a partir de ahora, fuera repartir esa sabiduría por el mundo mientras masajea hombros, cuellos, gemelos o pies. Yo también tuve treinta y un años pero nunca he sido buena aconsejando. Tumbada en la camilla, esperando a que me llegue el turno, escucho la sesión de terapia que tiene con Isabel, una señora a la que no he visto nunca pero de la que tengo una imagen mental creada a partir de sus palabras. Isabel llora, se le saltan las lágrimas mientras cuenta como es rehén de su marido enfermo. Llora, se lamenta, se queja «estoy enterrada en vida, no quiere que le deje solo ni medio minuto y yo necesito aire» y al minuto siguiente lo disculpa «es un hombre maravilloso, yo sé que se esfuerza y que lo que pasa es que me quiere mucho,que me necesita» A él lo imagino sentado con una manta en las rodillas, cerca de una ventana exigiendo el periódico, las medicinas, el mando de la televisión y quejándose por comer sin sal. Ella me da pena porque se toma la sesión de rehabilitación como el paseo del preso por el patio de la cárcel, es el mejor momento de su día. 

Los hombres, en general, hablan poco, yacen boca abajo en las camillas, con los brazos colgando a los lados como los vaqueros borrachos en los westerns. Esperan callados, sin leer, sin escuchar música hasta que Ángela o Carmen les tratan y mientras están en sus manos apenas murmuran algunas palabras. La única excepción es Ángel, un señor bajito, recio, contundente y siempre sonriente. Tiene las rodillas machacadas y el otro día le confesaba a Carmen «no sé cuándo me he hecho mayor, hace nada yo trepaba a los árboles, subía a las ramas más altas y, de repente, me he convertido en alguien al que le duelen las rodillas y las manos todo el tiempo. Yo era un chaval y ahora soy un viejo y ha sido muy rápido». Le escucho mientras hago ejercicios con unas pesas de medio kilo, mientras me miro al espejo de cuerpo entero colocado, supongo, con la intención de hacer parecer la sala más grande. Me veo reflejada y me pregunto en qué momento me he convertido en alguien con una pinta que haría que sus hijas se avergonzaran y su madre levantara las cejas pensando «¿en qué me equivoqué contigo?» Los miércoles en una de las camillas a la entrada hay una cría rubia, de la edad de mis hijas. Mira su móvil mientras Ángela manipula su tobillo que ha pasado de ser un botijo de un bonito color morado a tener un aspecto más o menos normal. Hace unas tres semanas empezamos a hablar, tiene esa dulzura en la mirada y en la manera de hablar que tienen los adolescentes que no son tus hijos y que cruzas los dedos para que las tuyas tengan cuando están con desconocidos. Se ha destrozado el pie jugando al baloncesto y su madre está muy preocupada pero que ella no cree que fuera para tanto. Hablamos de baloncesto, de fútbol, de su colegio que está tres calles más arriba y de mi trabajo, «¡oh, tienes el mejor trabajo del mundo!» Ahora, todos los miércoles, cuando me ve llegar con mi    pinta de haberme escapado de un correccional de peli de los ochenta, me mira como si se alegrara de verme: «¡Hola! ¿Cómo estás? ¿Qué tal todo?» Es tan dulce que mientras me quito el abrigo imagino que en su casa es una niña satánica, contestona y dificil para que se me pasen las ganas de llevármela a casa y proponer a sus  padres un intercambio. 

–¿Sabes lo que me ha dicho hoy cuando te ha visto y has ido a cambiarte? Me ha dicho «me encanta esa señora, tiene mucho flow».–  me dijo ayer Ángela. 

Al llegar a casa, se lo conté entusiasmada a mis hijas.

–Chicas, me ha dicho una niña de vuestra edad que tengo mucho flow. 
–Mamá, eso es muy arroba 2014. 

He decidido raptar a la niña dulce. Nadie sospechara de una señora con mucho flow. 

martes, 19 de febrero de 2019

Este va a ser un mal post

Este va a ser un mal post. Va a ser malo porque lo escribo para desatascar mis tuberías mentales por las que últimamente no salen nada más que frases sin sentido, ideas enrevesadas que no sé desenredar y pensamientos con poso negro. Mi cabeza se parece a mi cafetera, esta mañana el café que ha salido de ella era denso, muy negro y además se ha atascado a la mitad. Esta tarde, cuando llegue a casa,la fregaré a conciencia, rascaré todos sus conductos y veremos si mañana tengo más suerte. Lo mismo hago con este post, que no va a ser bueno, ni pasable, ni siquiera interesante. Lo escribo para limpiarme con la esperanza de que eso, como una cama con sábanas limpias, llame a la inspiración. Necesito borrar las ideas que  tienen obturada mi inspiración y que no van a destilarse en nada medianamente decente. Lo sé porque ya lo he intentado. Son malas ideas pero no quieren irse, están ahí haciendo bola. Este va a ser un mal post porque no quiero escribir sobre mis hijas, que están insoportables, porque el tobogán emocional de quererlas y odiarlas, sí odiarlas, me tiene aburrida y exasperada. Es como vivir con un yonki y tener que plegarte a sus estados de ánimo para que, a pesar de todo, siga confiando en ti aunque sepas que se está aprovechando. No quiero escribir sobre la alocada pero posible teoría que mi cabeza ha elucubrado sobre los articulistas gallegos. ¿Y si todos son el mismo?  ¿Alguien se ha dado cuenta de que todos escriben igual? Fantaseo con la idea de hackear los ordenadores de los periódicos en los que escriben y cambiar los nombres que encabezan las columnas. Me juego una mano a que nadie se daría cuenta. No sé si esto es así porque todos son gallegos y eso de alguna manera deja poso o, quizás, más alocado aún, todos los artículos son creaciones de un mismo algoritmo. No lo sé y no quiero escribir sobre ello. 

Este es un mal post porque lo escribo con miedo. Salto al vacío de escribir porque llevo una semana sin escribir nada y entre escribir algo malo y dejar de escribir por completo, me da más miedo dejarlo del todo. Entre las llamas y el vacío, elijo el vacío. 

Este es mal post pero como un solo Anónimo se atreva a decir «te lo podías haber ahorrado», le arranco la cabeza. Una cosa es que no se me ocurra nada y otra cosa es que tenga ganas de aguantar a idiotas. Y no escribir me vuelve agresiva. Advertidos estáis.  


martes, 12 de febrero de 2019

12 de febrero. Cuarenta y seis años.


Este ha sido el año de pensar que estoy a mitad de tener una vida, con mucha suerte, de noventa años. De pensar que ni de coña llego a esa edad. De desesperarme de dolor de hombro hasta que decidí operarme y después de eso desesperarme pero con esperanza. De los días iguales. Hace cuatro años, solo cuatro, este mismo día quería morirme casi todo el tiempo y este año lo he contado en un libro que no me ha traído nada más que cosas buenas y bastante estrés. Gracias Oihan, Luis, Juan, Xavi y Nuria.  De Los editores, psar, por fin, una librería y saber cuándo entras pero no cuándo saldrás. De conocer a Manuel Vilas, caerme fenomenal y que su libro estrella no me gustara nada. De ir al teatro con bastante éxito: El tratamiento, Los Mariachis, El precio. De pasear por Madrid y seguir pensando que, a pesar de todo, no me gusta. De imaginar vivir en casas con vista al Retiro y aún así pensar «sí, pero me gustaría más vivir en Los Molinos». De volver a firmar en la Feria del Libro.  De Valencia, gracias Anna. De Barcelona, gracias Paula. De reencontrarme con las responsables de que Cosas que (me) pasan exista.  De descubrir que, contra lo que siempre había creído, en un paisaje desértico puedo estar bien. De pensar que quizás en Fuerteventura podría escribir algo acordándome de Lucía Berlín. De descubrir Portugal. De ir a Londres en un viaje relámpago en el que casi conozco a Idris y encontrarme, en Barajas, con una lectora de sonrisa deslumbrante a las seis de la mañana. De Soria y de Palencia.  De desesperarme porque cada vez hay menos nubes, menos lluvia, menos gris. El tiempo cada vez es más instagram y menos de verdad. De ir a tanatorios y consolar a amigos que se volvían de corcho.  De decir adiós a Ramón. De ver, otra vez, más películas de las que puedo recordar y seguramente más de las que necesito ver.  De dejar de escuchar la radio en directo por completo y volverme adicta a los podcasts: In the dark, Serial, The great God of Depression, New Yorker Radio Hour, The Guardian, Nadie sabe nada, Todopoderosos, Música y significado. De desesperarme con la adolescencia. De, por primera vez en mi vida, echar de menos a mis hijas cuando no están conmigo. De perder el control sobre mi armario: lo que hay en él ha pasado a ser también de mis hijas. De empezar a pintarme las uñas. De escribir ficción alocada en inglés porque sé que no la lee nadie salvo mi profesora de inglés. De ir con María a su primera manifestación. De discutir con María por casi todo. De discutir con Clara por casi todo. De plantearme más de una, más de dos y más de tres veces si me había quedado sin temas para escribir. De darme cuenta más de una, más de dos y más de tres veces que si me relajo y no lo pienso siempre se me acaba ocurriendo algo. De discutir en el trabajo. De tener una sobrina nueva. De aficionarme al fútbol femenino tanto como para conocer el nombre de algunas jugadoras pero no lo suficiente como para no blasfemar los sábados por la mañana de camino a Pinto a las ocho de la mañana. De descubrir a Roberto Bolaño a pesar de no tener pinta de que me gustara y a Lorrie Moore.  De leer un comic, escribir sobre él, acabar conociendo a la autora y salir en la solapa de la tercera edición. gracias Ximena y Paula. De ver en directo a Vivian Gornick y querer ser como ella, llegar a los ochenta años y viajar por el mundo hablando de libros que escribiste hace 40 años. De guardar su libro dedicado. De aprender de vino. De echar de menos nadar. ¡Maldito hombro! De tener la sensación, todo el tiempo, de que no tengo tiempo para leer. De pensar que no quiero morirme, no ahora ni en los próximos meses ni años. No me quiero perder la vida. De pensar en volver a escribir cartas a mano, dudo entre si buscar voluntarios o víctimas. De tener ganas de saltar a discutir y luego pensarlo y decir: ¡bah, qué pereza¡ De pensar «ey, ya soy una señora mayor y no está tan mal». De cruzar los dedos para vivir otros cuarenta y cinco.




jueves, 7 de febrero de 2019

Que me dejes en paz con la comida

Quiero pensar que lo hacen con buena intención pero son un coñazo. No pasa un día sin que haya una columna sobre lo mal que comemos, lo mal que hacemos la compra, el azúcar que como drogadictos nos metemos en vena, lo poco que nos preocupamos sobre lo que comen nuestros hijos y el poquito esfuerzo que nos costaría si, de verdad, quisiéramos alimentarnos siguiendo los esquemas, dibujos e infografías que día sí y día no tratan de embucharnos como si fuéramos ocas en periódicos, televisiones, revistas y redes sociales. 

Me aburro. Me aburro muchísimo. 

Hay que comer bien, claro que sí. Es importantísimo llevar una dieta equilibrada y no atufarse chucherías y caprichos a cascoporro todos los días. A mí y a los de mi generación nos lo gritaban nuestras madres: ¡no se comen guarrerías y de merienda bocadillo de chorizo! El Bollycao, la Copa Danone de chocolate era un lujo que agradecíamos con albricias, emoción y saboreando el último bocado hasta que se perdía para siempre por nuestro esófago porque sabíamos que ese placer tardaría en repetirse. Ahora, echarte una cucharada de azúcar en el café es un pecado mortal, una falta de criterio, de  conocimiento, una muestra de ignorancia que hace que muchos divulgadores levanten la ceja en plan: ¡Por favor! ¡Ojalá se te caiga la cara de vergüenza por tomar azúcar! O por hacer el bizcocho con harina normal o por echar chorizo a las lentejas o por tomar pan de molde. 

Entiendo que hay que remover conciencias, explicar que es absurdo comprar un envase con ensalada preparada cuando puedes hacerla tú y por el mismo dinero. Entiendo que hay que explicar que cuando pone sin azúcares es un truquito de marketing y otras cuantas cosas importantes pero esta campaña de acoso y derribo, de culpabilización total y absoluta de la gente, de acusación más o menos velada de ser unos zopencos nutricionales ¿es necesaria? y más importante aún ¿es efectiva?  ¿Hacer que la gente se sienta culpable por cocinar macarrones con chorizo en vez de pasta integral salteada con puerros es una buena estrategia? Es más, no pasa nada por comer macarrones con chorizo. 

Son pesadísimos, unos plastas y además viven en otro planeta, en un planeta donde a todo el mundo le gusta la verdura y los garbanzos, en un planeta donde el gusto por comer, la golosonería, el darse un capricho está prohibido porque ¡Eh, tú, que te estás matando por comerte esa palmera de chocolate y estás acabando con tus hijos por dejarles desayunar galletas María! En un planeta donde hacer un bizcocho integral con harinas de grano entero y otros mil ingredientes difíciles de encontrar es "fácil" porque ellos lo han hecho y han colgado un vídeo. A ver, campeón, tú tienes tiempo hasta de grabarte haciendo un bizcocho, la mayoría de la gente cocina mientras tiende la lavadora, plancha, intenta solucionar alguna gestión por teléfono, atender a sus hijos o no llorar de agotamiento. 

Tienen buena intención y una misión loable y necesaria pero creo, sinceramente, que lo están enfocando mal, terriblemente mal.  Están dando tanto el coñazo, están acusando tanto a la gente de comprar a tontas y a locas, de no preocuparse por su salud, de involucrarse poco en la alimentación de sus hijos, de casi estar envenenando a sus churumbeles por darles un zumo de merienda que nos tienen hasta el moño. 

Cada vez que veo una nueva columna, post, artículo o lo que sea, me veo contestando como mis hijas hacen conmigo cuando les doy la brasa: «¡que sí, que ya lo sé, pero déjame en paz un rato!» 


domingo, 3 de febrero de 2019

Goyas 2019: despelleje.

Voy a hacer un despelleje porque sí, porque me apetece. Aviso a lectores nuevos, de piel fina, susceptibles, sensibles y con el mismo sentido del humor que una flor de Pascua: un despelleje es un despelleje. Me sé la teoría: que cada uno se ponga lo que quiera, no está bien criticar BLA BLA BLA pero en eso consiste un despelleje y si no te gusta, no lo leas.

Empecemos por lo bueno:

Nieves Álvarez llevaba un vestidazo, VESTIZADO, inspirado en la arquitectura o no se qué pero eso da igual, era precioso y además tenía bolsillos. Me juego una mano a que el vestido pesaba más que ella pero ese es otro tema. Como también es otro tema que es un vestido que no te puedes poner si tienes más de una 85B de tetas, pero el mundo es injusto y  la alta costura no está ni ha estado jamás a favor de tener tetas. ¿Por qué? No sé, de moda no sé nada aunque en este caso seguro que tiene que ver con el hecho de que si tienes más de una 85B te sales por los lados si no las llevas pegadas con Loctite. El de Elena Sánchez también me gusta pero queda subcampeón porque no tiene bolsillos.

Rosalía ha metido en una coctelera unas gotitas de Morticia Adams, un chorrito de batín de señor que vive en Downtown Abby, un pelín de uniforme de karateka, unas medias a lo Cindy Lauper y unos lazos para adornar como aceituna y ha dicho allá que me voy. La miro, la remiro y la vuelvo a mirar y pienso: malamente. (No he podido evitarlo)

Leticia Dolera lleva un clásico de todas las galas, el modelo "no tengo amigas ni espejos en casa".

Iba Habouk iba vestida de contenedor de helado de lemon pie de heladería buena. Llevaba el escote más popular en la gala, el famoso escote esfinge «Voy a estarme tan quieta como una esfinge toda la gala porque como me mueva enseño pezones o se me sale una teta por la axila». Aura Garrido llevaba también este escote y, además, en un vestido dos tallas más grandes lo que supone asumir un riesgo extra ¡valiente!

Macarena Gómez. «Tenía claro que quería llevar capucha» dijo ayer. Solo se me ocurren dos posibles razones: querer estropear a propósito un vestido bastante correcto o poder taparse los ojos cuando su marido se quedara sin riego sanguíneo en la parte inferior de su cuerpo y cayera al suelo entre estertores de dolor y sudores fríos. Eso o llamar la atención que le encanta, pillina.

Najwa Nimri "vestida de Gucci" dice el titular. Supongo que falta la parte de "vestida de Gucci con lo que le sobraba por la tienda". O eso o ella dijo: dame todo lo que tengas que brille, tintinee y pese. Y claro el de Gucci dijo esta es la mía. Cuanto más miro la chaqueta menos la entiendo.

Belen Cuesta de «adivina dónde se encuentran mi escote esfinge y la raja de mi falda» y Lola Dueñas con un modelo parecido pero en modo ¡dadme todos los flecos, que no quede ni uno, los quiero todos!

Silvia Abascal está a dos alfombras rojas más de llegar volando y gritar:  ¡Hago chas y me desintegro! y esfumarse no sin antes pelear fuerte por el premio Piruleta. No se puede ser más etérea.

El disfraz de Mondrian de garrafón lo va a pegar fuertísimo en los chinos en el próximo carnaval y será culpa de Bryce Efe.

Penélope mal. El color es feo, falda y top casi nunca son buena idea, cinturoncito innecesario. Es un poco de madrina de boda de pueblo con ínfulas. Eso sí: pendientazos y un moño compatible con la vida. 

¿Os acordáis de cuando Paz Vega iba discreta? Yo tampoco. Y ahora, por lo visto, ha renunciado a sentarse.

Vestidazo de Juana Acosta: elegante, bonito y bien combinado. Por  su cara a ella parece no gustarle. O es eso o que tener los ojos a punto de hacer contacto con los lóbulos de las orejas te pone de mal humor.

Miguel Ángel lleva un modelo parecido al de Leticia Dolera pero en versión tío, se llama: «mis amigos son unos cabrones y me han dicho que no tenía cojones para ponerme esta funda de butaca Luis XVI del Museo de Cera".

Marta Nieto y su modelo homenaje a Mecano: «en tu fiesta me colé y no sé muy bien qué hago aquí».  James  lo lleva en versión masculina: "en tu fiesta me colé pero sé tocar el piano, no me eches"

Hay varios ejemplos del famoso modelo «considero que el negro es soso así que voy a apañarlo con algo». Tenemos a Manuela Vellés que además ha pedido que la peinara y maquillara su peor enemigo y dar el pego como madrina de boda con ínfulas que odia a la futura mujer de su amadísimo y perfecto hijo. Y tenemos a  María Pedraza y Cristina Brondo que van de indecisión: «ay que se me vea algo, ay que no se me vea».

María León de «voy a demostrar que el negro puede sentarte como el culo y no ser nada favorecedor»

Ni una gala sin su trapo color carne.

Belen Rueda de blanco elegante pero echando de menos los bolsillos de Nieves Álvarez y un poquito a su peluquero. Ese moño de malvada creo que la envejece pero no me hagáis mucho caso que yo estoy pensando en dejarme el pelo blanco.  María Adanez de blanco muy requetebién y con pinta de haberse peinado ella misma y estar más a gusto que un arbusto. Muy a favor del vestido camisón de Marisa Paredes, la comodidad es fundamental y dice mi madre que a mí lo que me gustan son los sacos. Y me gustan pero creo que Susi Sánchez lo ha llevado un poco lejos y que la combinación saco + sotana no le favorece nada.

Cristina Castaño de blanco ordinario. No hay más preguntas, señoría.

¡Anda, mira, un Ave Fenix! 

¡Poooobres almas en desgracia! Hacia mucho que no veíamos un disfraz de bruja del mar tan logrado.

Lucia Jimenez mezclando el escote esfinge con el estampado de cuadros y respirando flojito.

Rossy de Palma de Rondel Oro meets Fino La Ina.

Di No al pelo lamido de vaca. Nadie es lo suficientemente guapa como para que le favorezca.

Eva Llorach muy despropositada: el vestido es feo, el peinado es criminal y el maquillaje se parece al que me haría yo si me dejaran sola y borracha con el set de maquillaje de la señorita Pepis.

Con respecto a ellos aunque MA (mejoran adecuadamente) presentan varios problemas que podríamos resumir en estos:

- A llevar traje se aprende. A la mayoría se les nota mucho que esta es la única vez al año que llevan traje y ¿qué pasa? Que el traje les lleva a ellos. NP: necesitan practicar.
-No tienen ni la más remota idea de cual es su talla. Les pasa como a nosotras con los sujetadores, que necesitamos años de estar incómodas para acabar encontrando la talla. Ellos lo llevan o ridículamente canijo o innecesariamente grande o son las dos cosas a la vez.
-Quieren ser originales. Me los imagino a todos «ay, yo no quiero ser como mi padre, quiero ser moderno, quiero ser distinto, quiero ser artista» y entonces se apuntan a cosas que cualquier tío que sepa llevar traje sabe que son mala idea: bordado en la chaqueta con zapatitos a juego,  el ya clásico ejemplo de "dadme brocados más grandes", el "voy  correr riesgos y obviar la camisa" o las pantuflitas con dorados. 
-¿Qué ha hecho Emilio Aragón por nosotros? Hacer creer a los tíos que algo que era gracioso en 1985  lo sigue siendo en 2019. Zapatillas con traje: NO.

A mí Velencoso no me gusta mucho pero sabe llevar traje. ¿En qué se nota? En que mete las manos en los bolsillos con seguridad.  Los hombres que nunca llevan traje van siempre con las manos en los bolsillos de los vaqueros pero ¡alehop! les pones traje y parece que se les olvida cómo se usan los bolsillos y optan por la pose guardaespaldas.

Coque, Coque, Coque ¿qué hacemos contigo? ¿qué es eso que te cuelga? ¿qué es eso que te brilla? y sobre todo ¿por qué no tienes ni una cana?

Terminemos por todo lo alto que esto está quedando muy largo:

Paco, Paco, Paco.

Paco León de ¡Obi, Oba, cada día me gustas más!


jueves, 31 de enero de 2019

Lecturas encadenadas. Enero

Enero ha sido un mes muy muy largo y muy doloroso. Tiempo y dolor son dos circunstancias que favorecen la lectura y por eso no tengo tiempo ni espacio para cháchara introductoria. 

Al lío. 

Empecé el año con Sur y oeste de Joan Didion, comprado en Los editores. Advierto de que es un libro solo para fans de la escritora americana, no es un libro para primerizos en Didion.  En la primera parte, Sur, se recogen las notas, los apuntes que Didion tomó durante un viaje por el sur de Estados Unidos en el verano de 1970. No había ocurrido nada especial, no tenía entrevistas concertadas ni planes para documentarse sobre ningún tema, sencillamente sintió que quería conocer el sur y se marchó a conocerlo. Jamás escribió nada basado en estas notas. 

Viaja en coche con su marido, John Dunne, de ciudad en ciudad, sintiéndose casi una extraterrestre. Nada de lo que ve le gusta o lo entiende, o mejor dicho, lo entiende mejor de lo que le gustaría y le provoca rechazo. El racismo, la segregación racial, las mujeres recluidas en sus casas, las diferencias sociales, el calor, la naturaleza agresiva y poderosa. Es consciente de su completa extrañeza y lo que más le cuesta entender es la naturalidad con la que los sureños aceptan y exhiben su "manera de ser" que a ella le resulta tan desagradable y ofensiva. En el epílogo, escrito en diciembre de 2016 por Nathaniel Rich (que no sé quién es) se expone una interesante reflexión, comenta que esa manera de ser, de pensar era algo a superar con el tiempo y al final ha sido algo a reivindicar que ha terminado con la elección de Trump como presidente.
«En Nueva Orleans, la naturaleza salvaje se percibe como algo muy cercano, no como la naturaleza redentora de la imaginación del oeste, sino como algo rancio y viejo y malévolo, la idea de la naturaleza salvaje no como una huida de la civilización y de sus descontentos, sino como una amenaza mortal a una comunicad precaria y colonia el sentido más profundo: el resultado es vivaz y avaricioso e intensamente egocéntrico, un tono bastante común en las ciudades coloniales, y que constituye la razón principal de que esas ciudades me resulten estimulantes».

En la segunda parte, Oeste, se recogen las notas que tomó en 1976 cuando cubrió el juicio a Patty Hearst y son más apuntes brevísimos sobre su vida, su infancia en California.

La perfecta definición de estar en casa:
«En el Oeste estoy en casa. Las colonias de la sierras de la costa quedan "bien" para mí, la peculiar llanura del valle Central me reconforta la vista. Los topónimos me suenan a sitios de verdad. Sé pronunciar los nombres de los ríos y reconozco los árboles y las serpientes más comunes. Aquí estoy cómoda de una forma que no lo estoy en otros sitios». 
Mi primer desencuentro del año con las listas de «libros del año» ha sido El orden del día de Eric Vuillard. Había leído y oído maravillas de este breve librito sobre la II Guerra Mundial. Quizá había elevado mis expectativas demasiado pero me ha parecido sencillamente correcto. Es verdad que mi adicción a este tema quizás haya hecho que nada de lo que cuenta me haya resultado especialmente impactante o novedoso pero es que, además, me ha resultado en su redacción deslavazado y frío. Toca muchos temas: los empresarios alemanes apoyando al nazismo, la anexión austriaca, el papel de los políticos austriacos en esa anexión, el miedo de los habitantes de Austria,  pero va saltando sobre ellos como si fueran piezas de un puzzle que sabes que encajan pero que ni te molestas en unir y sencillamente tiras encima de una mesa.
«Nunca se cae dos veces en el mismo abismo. Pero siempre se cae de la misma manera, con una mezcla de ridículo y pavor. Y no quisiera tanto no volver a caer, que se agarra, grita. A taconazos nos quiebran los dedos, a picotazos nos rompen los dientes, nos roen los ojos. El abismo está jalonado de altas moradas. Y la Historia está ahí, diosa, sensata, estatua erguida en medio de cualquier Plaza Mayor, y se le rinde tributo, una vez al año, con ramos secos de peonzas, y a modo de propina, todos los días con pan para las aves».
No me gusta leer libros de gente que me cae bien porque siempre quiero que sus libros me encanten pero no quiero correr el riesgo de que no me gusten y tener que decirlo. Por eso Una lección olvidada de Guillermo Altares llevaba esperando en mi estantería desde noviembre. Quería leerlo, tenía ganas, pero lo dejaba para más adelante para aplazar el posible chasco.

Una lección olvidada es Enric González tomando cañas con Bill Bryson, Mary Beard, Tony Judt y el propio Altares. La visión periodística de Enric Gonzalez, la curiosidad por los detalles de los lugares que visita de Bill Byrson, el amor y el conocimiento por Roma de Mary Beard y el amor incondicional por Europa de Tony Judt se unen aquí a la maravillosa manera de contar las cosas que tiene Altares y que hacen que todas las historietas interesen, sorprendan, diviertan y hagan pensar.

A Altares le apasiona la historia y se le nota muchísimo pero lo mejor es que sabe contarla muy bien. El libro cuenta con veinte capítulos en los que viajamos por Europa, en el espacio y en el tiempo, desde las cuevas prehistóricas y el arte paleolítico hasta la guerra de Kosovo o los atentados de Paris en 2015. Ningún capítulo se desarrolla como esperas, las verdades históricas y los datos se intercalan con las opiniones, las reflexiones y las anécdotas personales.

Es un libro ameno, emocionante, divertido que al terminar te deja con ganas, sobre todo, de viajar por Europa del este y de salir a comprar todos los libros que aparecen citados (aunque yo he leído bastantes), todas las pelis de las que habla y todos los documentales que recomienda.

Podía haberlo leído Una lección olvidada nada más comprarlo porque me ha gustado muchísimo, me lo he pasado fenomenal leyéndolo y al terminarlo tenía esa sensación que solo dejan los buenos libros: «Joder, Guillermo, sigue contándome cosas».

He doblado muchas esquinas pero me quedo con esta reflexión final muy Altares y muy Judt.
«Si podemos extraer una sola lección de la historia de Europa es que deberíamos aprender a vivir con el pasado para que nos ayude a comprender el presente, pero sin contaminarlo con sus fantasmas y sin pensar que nos pertenece [...] El pasado de este continente se podría dibujar como una inmensa tela de araña que une decenas de miles de pequeños hilos para crear una estructura con sentido. Y tenemos que construir sobre ese pasado, no desde ese pasado».

Chavales, leed a Altares.

Helena o el mar de verano de Julián Ayesta es una novela muy breve, de apenas noventa páginas, publicada en 1952 y que estaba en mi lista de Libros pendientes y que me trajeron los Reyes. Se cuentan ella recuerdos de la infancia y la adolescencia del protagonista. Un día de playa con todas las tradiciones y rutinas familiares que cuando eres niño no valoras porque las das por hecho, porque siempre han sido así durante tu breve vida y, por tanto, crees que siempre estarán y que empiezas a valorar cada día cuando eres más consciente de su fragilidad. Otro recuerdo suena ahora, leído en 2019, muy ajeno: la culpa adolescente frente al pecado, los pensamientos impuros, la falta de comprensión de Dios o de la fe pero en 1952 esto tenía mucho sentido y realidad. El último recuerdo es el primer amor, Helena, los escarceos, los besos, el amor sexual, ese amor que crees que nadie más ha sentido nunca y que es imposible que se acabe.

Ayesta escribe muy bien y aunque su estilo pueda sonar de alguna manera "cursi" a nuestros oídos actuales, es un libro tierno, dulce y que a mí me ha recordado de alguna manera a la sensación que tenía cuando leía a Elena Fortún y sus historias de Celia.

«Corriendo, entre viento, pasamos por zonas de sol amarillo, por sitios de sol más blanco, por calles de sombra azul y fresca, por sombra grisácea y caliente, por un olor a algas de mar, por olor a pinos, por olor a grasa de automovilismos, por la calle de la señora de los perros con bata de lunares, por debajo del mirador del dependiente que canta ópera por las mañanas con el balcón abierto mientras se hace el nudo de la corbata, por los sitios de invierno que ahora, en verano, son tan diferentes».

El olvido que seremos de Hector Abad Faciolince ha sido el descubrimiento del mes y la prueba de que se me pueden regalar libros que no conozco y que me encanten. Me lo regaló una de mis tías por Navidad y me ha gustado muchísimo. Es uno de esos libros que desde la primera página sabes que va a ser casa. Otro más de recuerdos de infancia y homenaje a los padres, no sé si es que ahora se escriben más libros de este tipo o que los leo más. De todos modos creo que para apreciar este libro y exprimirlo no puedes tener quince ni veinte años, necesitas la perspectiva de ser hijo y la de ser padre (aunque esta última no es imprescindible).

Hector Abad cuenta la historia de su padre, su niñez, sus años con él mientras todo fue perfecto y cuando dejó de serlo. Lo construye y reconstruye con amor incondicional, humor, cariño y también intentando tomar cierta distancia crítica para no convertir a su padre en alguien irreal y perfecto. Era su padre y lo adoraba pero no era perfecto.
«Cuando me doy cuenta de lo limitado que es mi talento para escribir (casi nunca consigo que las palabras suenen tan nítidas como están las ideas en el pensamiento; lo que hago me parece un balbuceo pobre y torpe al lado de lo que que hubieran podido decir mis hermanas), recuerdo la confianza que mi papá tenía en mí. Entonces levanto los hombros y sigo adelante. Si a él le gustaban hasta unos renglones de garabatos, qué importa si lo que escribo no acaba de satisfacerme a mí. Creo que el único motivo por el que he sido capaz de seguir escribiendo todos estos años, y de entregar mis escritos a la imprenta, es porque sé que mi papá habría gozado más que nadie al leer estas páginas mías que no alcanzó a leer. Que no leerá nunca. Es uno de las paradojas más tristes de mi vida: casi todo lo que he escrito lo he escrito para alguien que no puede leerme,  y este mismo libro no es otra cosa que la carta a una sombra».

Abad cuenta como cuando era pequeño y escribía cartas a su padre firmaba como Hector Abad III y le decía «soy Hector Abad III porque tú vales por dos». Es un libro tiernísimo.

Leed a Abad, malditos.

La última lectura del mes ha sido la nueva recopilación de historias de Lucia Berlín: Una noche en el paraíso.  Se recogen aquí otros cuantos relatos de Lucia Berlin (pronunciado Lusia) que no sé si en algún momento fueron pensados para publicar o se han rebuscado ahora dado el éxito de Manual para mujeres de la limpieza. Los relatos están bien pero ni de lejos son tan excepcionales como los del Manual salvando algunas excepciones. Para mí los mejores son los que vuelven, una vez más a recrear de manera más o menos autobiográfica su vida en México con sus hijos y Budy Berlin, su marido drogadicto, esos relatos están llenos de ella, de su espíritu, de su manera de vivir, de su libertad y su expresividad.
«Mi madre escribía historias verdaderas, no necesariamente autobiográficas, pero por poco. Las historias y los recuerdos de nuestra familia se han ido modelando, adornando y puliendo con el paso del tiempo, hasta el punto de que no siempre sé con certeza qué ocurrió en realidad. Lucía decía que eso no importaba: es la historia la que cuenta».

En estos relatos hay menos desgarro, menos cinismo, menos humor y menos visión crítica pero aún así, sigue siendo Lucia (pronunciado Lucia) Berlín. Leedla.
«Hay cosas de las que la gente nunca habla. No me refiero a las cosas difíciles, como el amor, sino a las más bochornosas, como por ejemplo que los funerales a veces son divertidos o que es emocionante ver arder un edificio. El funeral de Michael fue maravilloso».
Leed a Altares, a Hector Abad, a Ayesta y a Lucia Berlín. 

Y con estas recomendaciones y un bizcocho doy por celebrados los trece años que llevo escribiendo mis cuadernos de lecturas.