miércoles, 16 de octubre de 2019

El me llevo / no me llevo del adolescentismo


Este es un nuevo post sobre adolescentismo y sus cositas. Lo advierto antes de empezar, como hacen los podcasts americanos con las palabrotas y el sexo, por si alguien quiere dejar de leer y no sentirse ofendido porque no escribo lo que le gusta. 

—En este post hay muchas tonterías y nada muy interesante así que maneje con cuidado sus expectativas—. 

Mis adolescentes tienen muchos amigos o pocos, no sé cual es la media de amigos en general pero ellas parecen tener, en cualquier caso, suficientes como para estar entretenidas y tener planes con una asiduidad que a veces me parece excesiva. Tienen amigos en el colegio, en el equipo de fútbol, amigos de campamentos, amigos de amigos y amigos que son hijos de amigos nuestros, de sus padres. Tras meses de observación y charlas interminables y muy muy confusas he aprendido como esos amigos (que ya veremos que no todos se pueden llamar así) se clasifican. 

Para empezar he aprendido que la gente, se clasifica no por si te cae bien o mal, sino por "me llevo o no me llevo". 

—¿Conoces a Pepita? 
—Sí pero no me llevo. 
—Bueno, pero ¿qué tal te cae? 
—No lo sé, no me llevo. 

Es una expresión curiosa porque parece dejar fuera los juicios de valor a priori. En mi época éramos más de «no la conozco pero me cae mal». Ahora nadie te cae mal o bien, simplemente te llevas o no te llevas. 

Si no te llevas, no hay más que hablar. No te llevas parece un estado absoluto de no amistad ni contacto. 

Si te llevas la cosa se complica muchísimo. Para aclararme he decidido imaginármelo como una escalera en la que vas subiendo escalones según cuánto te lleves que no como. Veamos: 

Si te llevas un poco, digamos eres compañero de clase o de curso o incluso de colegio, te saludas solo en entornos muy restringidos y circunstancias muy concretas. Te puedes llevar lo suficiente para hablar durante el año en el que compartes clase pero que ese suficiente no lo sea para saludarte por el pasillo al año siguiente cuando has dejado de estar en la misma clase. Ahí desciendes a no llevarte. (Se me ha olvidado aclarar que la escalera del "llevarse" se sube y se baja con facilidad)

Un caso más complejo de llevarte. Tú estás en 3º ESO y te llevas con uno de 4º de la ESO, te llevas lo suficiente para charlar por los pasillos pero si el de 4º de la ESO está con uno de cuarto con el que no te llevas, eso anula tu "me llevo" y entonces no te saludas. Si tu vas con dos amigas que también se llevan con el de 4º, sois tres "se llevan" contra un "no me llevo" así que también le saludas.  Lo sé, lo sé, es complejísimo pero ellos lo manejan con soltura. 

Si te llevas bastante charlas con el otro, haces bromas, te conoces pero solo en ese entorno concreto: 

—Hoy me he encontrado con David.
—Ah, ¿el novio de tu amiga Carmen?
—Sí.
—¿Qué te ha dicho?
—¡Nada! ¡No he hablado con él!
—¿Por qué?
—Porque no me llevo.
—¿Cómo que no te llevas si es el novio de Carmen y estáis en el mismo curso?
—A ver, me llevo de hablar en el cole y tal pero por la calle, no.  

Más confusión. 

Si te llevas muy bien en clase, pero vamos fenomenal podríamos pensar que eso da paso a abrir la relación al exterior pero no. Solo os comentaré que este año, en la playa, llegamos nadando a una de esas plataformas llenas de trampolines y demás y al encontrarnos allí con un "nos llevamos mucho" de una de mis hijas asistí a una coreografia de "no nos hemos visto, ni sabemos quienes somos" por parte de los dos que me dejó ojiplática. Él acabó tirándose al agua y alejándose nadando hacia la orilla dejando a sus amigos con derecho a saludo en la plataforma.  

Si te llevas muchísimo hablas por wasap, te saludas por la calle si cruzáis miradas y puede que si las circunstancias se mantienen estables des el salto final que te lleva directamente a la categoría: amigos. 

Alcanzar la categoría de amigo es alcanzar la tranquilidad: te puedes saludar en cualquier entorno, puedes hablar de todo, conocer a los padres, a los hermanos, visitar la casa del otro. Ser amigo es sobre todo cómodo. Por fin puedes relajarte. Todo lo demás es muy confuso y, para mi gusto, agotador. Pero no os confiéis, recientemente he descubierto que se puede (aunque es raro) pasar de estar en la categoría «amigo que come yogur en la cocina de mi casa» a «ya no nos llevamos».   

Mi consejo, no os encariñéis con los amigos hasta que hayan pasado años.  

Nota final: el subir o bajar en el me llevo no tiene nada que ver con caerte bien o no. Alguien te puede caer fenomenal pero permanecer para siempre en el "me llevo de no saludarte por la calle". 


jueves, 10 de octubre de 2019

El No absoluto

No quiero compartir coche. No quiero tener que trabajar contigo más que lo estrictamente necesario. No, no me caes bien. No, no creo que seas una buena persona en tu casa. No, no voy a ir. No me apetece. No. No.   

«Es más bien el repentino destello interior cuando uno ve algo o se da cuenta de algo: un destello repentino o lo que sea que marque una epifanía o un descubrimiento. No es simplemente que suceda demasiado deprisa como para que uno pueda descomponer el proceso y ordenarlo en forma de idioma inglés, sino que sucede a una escala en la ni siquiera hay tiempo para ser consciente de ninguna clase de tiempo en absoluto en el que esté teniendo lugar el destello: lo único que uno sabe es que hay un antes y un después, y que después uno es diferente». (Extinción, David Foster Wallace) 

Hay dos cosas importantes que da la edad: tener cristalino lo que no quieres y manejar el No absoluto. Saber lo que no quieres es una sensación nueva. Nos pasamos la vida pensando en qué queremos: qué quieres estudiar, qué quieres trabajar, qué vida te gustaría llevar, si quieres tener pareja o no, qué tipo de pareja, qué tipo de vida, qué tipo de persona quieres ser. Un agotador torrente de decisiones encaminadas a dejar claro lo que quieres, tus deseos, tus aspiraciones, tus metas. Y, de repente, un buen día descubres que en realidad no sabes qué quieres pero, sin embargo, eres muy consciente de lo que no quieres. Con ese nuevo conocimiento te enfrentas a la vida con otro punto de vista y descubres que el NO es poderoso. 

«A él la dureza no le da miedo, lo que lo asfixia es este agobio de hacer todo aquello en lo que no crees, y no hacer nada de lo que quisieras hacer, de lo que sabes que, si hicieras, acabarías siendo lo que tú eres, dando de ti lo que estás convencido de que, con el viento a favor, puedes dar». (Crematorio Rafael Chirbes).

Decir No sin explicaciones, sin coletillas requiere entrenamiento. Las primeras veces da miedo, da pudor, está mal visto decir que no, se puede decir un «a lo mejor», un «puede», un "me encantaría pero" que no son más que No disfrazados de hipocresía pero el No contundente provoca rechazo, o mejor dicho, sorpresa. ¿No?

No.  

El No absoluto es tu aliado, aprendes a usarlo sin vergüenza, sin disimulo. Lo blandes como una espada por encima de tu cabeza y con él asestas golpes a diestro y siniestro con la precisión del Pirata Roberts. La alegría y precisión con la que manejas el No te salva de intercambios agotadores porque aprendes que ante un No disfrazado la gente no se rinde. «Pero, ¿por qué?», «pero ¿le darás una vuelta?», «pero ¿a lo mejor sí, no?». Un No rotundo lanzado en la conversación o escrito en un mail paraliza, aplasta, congela. ¿No vas a dar explicaciones? 

No. 

lunes, 7 de octubre de 2019

Cosas que (me) sacan de quicio de los restaurantes modernos

Llamadme vieja, llamadme retrógrada, llamadme absurda pero no soporto los restaurantes modernos y cuquis, esos restaurantes con grandes ventanales, espacios amplios y decoración blanca que sirve igual para venderte una limpieza dental, un gintonic de diseño, ropa de algodón 100% ecológico o una experiencia gastronómica. Esos restaurantes en lo que todo es ridículo. 

1.- Conseguir mesa. No se te ocurra pasar por la puerta y asomarte a pedir mesa. Te miraran como si fueras una piltrafa humana que no merece ni comer en el felpudo de la puerta. «¿Tiene reserva?» te escupen como si te estuvieran preguntando: «¿se ha duchado esta mañana?» Podrían decirte directamente: «No, no hay mesa» pero no, prefieren dejarte claro que en ese restaurante no hay espacio para la espontaneidad, todo está medido y tú sobras. 

Si has decidido reservar, los pasos a seguir y la información a proporcionar es más o menos la misma que para sacarte un billete de avión a Estados Unidos.Después tienes que re confirmar veinte cinco veces que sí, que quieres la mesa. Los que más me sacan de quicio son los que el día de la reserva te mandan un sms, un whasap y un correo para asegurarse de que sí, que vas a ir. Además te amenazan poco menos que con la siete plagas del Apocalipsis si osas a no aparecer. Ahora mismo, en Madrid, creo que es menos peligroso dejar de pagar una letra de la hipoteca que saltarse una reserva en un restaurante moderno.  

2- La entrada. Llegar a un restaurante moderno y cuqui es como viajar en el tiempo al Antiguo Régimen y no me refiero a 1950, hablo de la Edad Media. En un restaurante moderno hay una pirámide de poder con distintos estamentos. En la cumbre de la pirámide está el dueño al que casi nunca se le ve pero que siempre sale en los suplementos culturales y en los periódicos diciendo gilipolleces como «en nuestros restaurantes somos una gran familia» que se parece muchísimo a «todo con el pueblo pero sin el pueblo». Por debajo están el o los encargados de sala. Se les reconoce porque llevan pinganillo. ¿Para qué? Para nada, para hacerse los interesantes y para que quede claro que ellos no son eso tan antiguo como un maitre. Ellos no están allí para darte un servicio, para que tú estés a gusto, ellos están allí para controlarte, para vigilarte a ti y a los camareros que sois la plebe. Los jefes de sala con sus americanas ceñiditas y sus pantalones strech son los aristócratas. ¿Qué hacen? Nadie lo sabe pero ahí están. Después está la chusma, los camareros que van y vienen cargando con los platos, tomando las comandas en modernísimos cacharros electrónicos que seguro que controlan los tiempos y los pasos que dan. Es fundamental que el camarero de a pie no pare de moverse de un lado a otro. Fijaos bien. Yo creo que si se paran un momento los eliminan. Hay un estamento aún más bajo que son los trabajadores de la cocina. Nadie los ve pero están ahí, estos sí llevan uniforme: los visten de negro para que parezcan modernos y a veces los ves si bordeas el restaurante fuera de los horarios de comidas porque los dejan salir a fumar a la acera.  

3.- El guardián de la puerta. Puede ser un el o puede ser un ella. Su función es hacerte de dudar de la vida. Te mira con tanta suspicacia que a pesar de haber reservado, confirmado y reconfirmado, cuando dices «Tenía una reserva a mi nombre» estás convencido de que va a mirar el ordenador, va a sonreírte mientras te dice «lo siento» y apretará un botón que abrirá el suelo y te tragará. 

Cuando finalmente dice «Bienvenidos» estás tan aliviado por haber salvado la vida que la comida ya te da igual. 

4.- El atrezzo.  ¿Sillas cada una de su padre y de su madre porque somos modernos? Bien pero que sean cómodas. Potros de tortura fuera por muy pinterest que sean. ¿Qué les pasa a los restaurante modernos con los manteles? ¿Por qué se niegan a usarlos? Es una auténtica marranada no usar mantel. Sí, cuando llegas los cubiertos están sobre la servilleta pero ¿qué hago con ellos cuando me pongo la servilleta en el regazo? ¿Dejarlos encima de la mesa? Encima de esa mesa que seguro que ha limpiado una bayeta que ha pasado por otras mesas limpiando restos de otra gente. No soy escrupulosa pero los manteles tienen su sentido. ¿Los queréis modernos? Bien, tejerlos con restos de plásticos para salvar tortugas o con las colchas de vuestras abuelas, pero ¡poned manteles! ¿Y las fuentes? Sinceramente dedican más tiempo a sorprender con las fuentes que a pensar en la comida. Me imagino las tormentas de ideas:

-¿Qué ponemos de postre? 
-Da igual pero sirvámoslos en sartencitas pequeñas.
-Pero si son fríos. 
-Da igual, son cuquis y sorprendentes. 
-Vale, ¿y los tacos?
-En un tronco cortado con los tacos encajados en los cortes. 
-¿Estás de coña?
-Para nada, soy moderno y sorprendo.  
-¿Y la cuenta?
-¡Oh! ¿la llevamos en un bote de chuches que parezca antiguo aunque lo hemos encargado en China en el que haya que desenroscar la tapa y abrir la cuenta como si fuera un mapa del tesoro? *
-Hecho. 

Y así con todo. Un festival de recipientes ridículos a los que tú te empeñas en buscar un sentido hasta que te das cuenta que tienen el mismo sentido que las pelucas empolvadas del siglo XVIII.   

5.- «¿Lo tenéis claro, chicos?» « ¿Ya sabéis lo que queréis?» Perdona, ¿te conozco? ¿Somos amigos? ¿Nos hemos visto antes? El colegueo me incomoda, no puedo evitarlo. 

6- Los baños. Los hay de dos tipos, aquellos en los que han invertido todo lo que se han ahorrado en manteles y los que quieren recuperar la estética de los urinarios del salvaje oeste. En ambos casos la luz está demás. Todo lo que fuera son "espacios luminosos que invitan a relajarse disfrutando de nuestra carta y nuestros tés de selección" se convierte, en los baños, en "adivina si esa sombra que ves en el espejo es tu cara y encuentra el soporte del papel al tacto". 


Por último pero no menos importante, no están pensados para gente que come, que va a un restaurante a comer y no a posar. «Eso va a ser mucha comida» me dijeron ayer en un restaurante muy cuqui de Madrid. Y adivina qué, no lo fue porque las raciones son de jugar a las cocinitas. Para compensar tanta tontería cené judías pintas con arroz en un plato sopero de los de toda la vida sobre un mantel de cuadros en una silla comodísima.  


 *Esto de la cuenta no lo he visto pero dadles tiempo. El resto está basado en hechos reales. 

viernes, 4 de octubre de 2019

Las ganas y las ideas

Before the silence
No me gusta Pablo Motos, me saca de mis casillas, me produce rechazo físico y muchísima grima. No me gusta llegar a casa y darme cuenta de que mis hijas se han pasado parte de la tarde tumbadas en mi cama. No me gusta darme cuenta por lo arrugada que está la colcha, no me gusta porque en eso me parezco a mi madre y porque me indigna que ni siquiera se molesten en estirarla para tratar de engañarme. ¿Engañaba yo a mi madre cuando estiraba su colcha? Claro que yo no usaba su cama porque el wifi llegara a su cuarto mejor que al mío. No me gusta este hilo de recuerdos. No me gustan las judias blancas, las alcachofas ni el melón. No me gusta la Fanta y la versión Zero me parece una guarrada inmunda. No me gusta llevar bolso ni las faldas sin bolsillos. No me gusta el metro ni la gente corriendo ni las camisetas fosforito. No me gusta  No me gusta el cura de la parroquia que hay en los sótanos de mi edificio ni la palabra óptica. No me gusta reconocer que el año pasado al hacerme las gafas nuevas tenía que haber escogido el otro modelo. No me gusta la moqueta de mi curro ni el olor a pienso por las mañanas. No me gusta que sea 4 de octubre y siga sin hacer frío. No me gusta mi tabla de ejercicios ni el cargo de conciencia ridículo que me entra cuando no la hago. El otro día alguien me dijo que para escribir hay que tener ganas y es verdad. Hay que tener ganas e ideas, como para follar: hay que tener ganas y alguien con quien hacerlo. A mí hoy me sobran las ganas y me falta el con quien, las ideas. Y no me gusta.