miércoles, 20 de julio de 2022

Washigton road trip: nos lanzamos a la carretera

Escribir un diario del viaje, por muy chulo que pueda parecer, es algo que, a veces, me da una pereza monumental. Cada noche, después de cenar, mientras mis compañeros de viaje se enfrascaban en sus ocios respectivos o en una conversación que normalmente tenía como topic meterse conmigo, yo desplegaba mis libretas, las tijeras, el celo y todos los papeles recogidos durante el día para escribir.  Muchas veces tenía que esforzarme por cumplir mi compromiso porque estaba cansada, porque tenía muchísimo sueño o porque lo que me apetecía era tumbarme a leer. Tenía que decirme a mí misma: si no lo escribes, se te olvidará, lo olvidarás. Es algo que me obsesiona ultimamente, olvidar los buenos momentos, los pequeños detalles esenciales que me hicieron feliz aunque solo sea por un instante. Hacía entonces un esfuerzo, recordaba la cita de Kevin Kelly «The biggest lie we tell ourselves is "I don´t need to write this down because I will remember it"» y me ponía a ello. Descubría cada noche que, una vez superada la pereza inicial, disfrutaba de repasar nuestro y añadiendo cada pensamiento lateral que se me ocurría. Este diario en el blog también lo escribo por las noches,  golpeada por un jetlag brutal que está acabando conmigo y con la cama tentándome desde las seis de la tarde. Apreciadlo. (espero que con vosotros funcione mejor que con mis compinches que me miraban con cara de: Ahhh, tú has decidido hacerlo.)

El sábado dos de julio terminamos de cenar a las nueva y media de la noche. El menú con el que cerramos un día larguísimo consistió en bocadillo de tortilla de queso con guarnición de palitos de zanahoria con humus y, de postre,fresas con yogur. La pregunta bomba de Clara en esa cena fue: «imaginad que entra un asesino en serie en el camping y dicen que va a matar a todas las personas de dos caravanas. ¿Os quedariáis o no? Si te quedas te dan diez millones de euros y si te vas eres pobre para siempre» Ella, por supuesto, dijo que se quedaría y que no nos daría nada de los diez millones. A veces me planteo qué tipo de valores les he inculcado. 

Doce horas antes el día había comenzado recogiendo el increíble caos que en solo veinte horas habíamos creado en la habitación de nuestro hotel y disfrutando de nuestra última ducha en un baño espacioso hasta que volviéramos a Seattle. Habíamos intentado encontrar un buen lugar para desayunar (con gluten free) pero fue imposible.  Seattle, a las diez de la mañana un sábado, es una ciudad fantasma. Terminamos en el Starbucks del hotel. Me repito pero ¿qué le ve la gente a esta cadena? Está todo malísimo. Yo pedí un café con leche que no pude terminarme y un croissant con almendras que se llevó la palma a la bollería industrial más repugnante que he probado nunca. Lo tiré después del primer bocado. ¿Por qué os gusta Starbucks? ¿Sabeís que tenéis un problema con vuestro sentido del gusto? 

A las 11 de la mañana estábamos en Everet, a 46 kilómetros al norte de Seattle para recoger la caravana. Nos atendió una amabilísima dependienta oriunda de Alaska con el estrabismo más extremo que yo he visto en mi vida. Me voy a detener ahora en el tema de la autocaravana que se que interesa.

Inciso logístico.La caravana, RV en la jerga americana, la llevábamos reservada desde España. Habíamos hecho una búsqueda por internet y la teníamos más o menos elegida pero la reserva final la hicimos a través de mi amiga Isabel porque había algunos detalles importantes que preferíamos que nos resolviera una profesional. ¿Puedes hacerlo solo? Sí, igual que puedes pintar tu casa o instalar una cocina pero es mejor si lo hace un profesional de confianza. El modelo que alquilamos es este https://cruisemotorhomes.com/autocaravana-estandar-c25 y el coste, que sé que es lo que os preocupa, fue de 4400 euros por doce noches. ¿Qué incluye ese precio? Pues incluye la caravana, kilometraje ilimitado (se pueden alquilar para un número determinado de millas con distintos paquetes de 200, 500 y creo que 800 millas), el equipamiento para la cocina (dos ollas, una sarten, una fuente, un escurridor, dos tapas, una kettle, varios cubiertos de cocinar y servir, una abrelatas, cuberteria para seis, una escoba, seis platos, seis vasos, seis cuencos, seis tazas, un cazo y seis trapos de cocina) y cuatro sets personales que incluían cada uno: una sábana enorme, un edredón saco y dos toallas . Fuera de esto nosotros pagamos por 34 euros, dos sillas de acampada y una carga de propano. En ese precio también está incluído el seguro. Fin del inciso logístico

La amabilísima dependienta nos explicó todo el funcionamiento de la caravana, los elementos con los que teníamos que tener precaución y resolvió todas nuestras dudas. La explicación que te dan y los vídeos disponibles en la web y que Juan nos hizo volver a ver en la oficina de alquiler son más que suficientes para manejar la caravana si eres novato. Además, la compañía pone a tu disposición un teléfono 24 horas al que puedes llamar si tienes cualquier problema. Todo es bastante sencillo y no hay que tener experiencia previa para manejarse con una caravana por Estados Unidos. En nuestro caso, además, Juan ya había hecho varios viajes con caravana así que íbamos preparados. (Si no te gusta o te da miedo conducir y no has cogido jamás un coche automático a lo mejor este no es el plan adecuado para ti por muy atractivo que te parezca y muy aventurero que quieras intentar ser). Tras la explicación y tragarnos el detalladísimo video de media hora, metimos todas nuestras cosas en la caravana y nos dispusimos a salir. Una familia que acababa de terminar su viaje se acercó a ofrecernos las provisiones que les habían sobrado y que podíamos aprovechar: una red de limones, un bote pequeño de fairy, un estropajo nuevo, un saco de arroz, un paquete de macarrones, un bote de ketchup sin estrenar, bolsas de basura, rollo de cocina y un bote gigante de pretzels. Lo aceptamos todo, por supuesto. De hecho, cuando nosotros terminamos nuestro viaje hicimos lo mismo y regalamos a una familia varias garrafas de agua, rollo de cocina, la red de limones, dos saleros, un bote de pimienta y otro de orégano. Sé que suena ridículo pero al recibir de alguien que ha terminado su viaje y ha sobrevivido te sientes como cuando empezabas el colegio y veías a los mayores y pensabas: Qué mayores son, ¿algún día seré así? ¿lo lograré? Cuando eres tú el que entregas te sientes igual que al acabar el colegio, piensas: lo he superado, tú también podrás, confía. 

Con todas las instrucciones aprendidas, las maletas metidas en el maletero y las provisiones proporcionadas por los caravanistas graduados salimos en dirección a nuestro viaje. Lo primero que hay hubo que hacer es, obviamente, echar gasolina. Inciso logístico. La gasolina en USA está a una media de 5,4$ por galón. Como sé que no lo sabéis os explico que un galón son más o menos cuatro litros lo que quiere decir que el litro de gasolina está, más o menos, 1,3€ el litro. Sí, más barato que aquí. (Gasto en gasolina de todo el viaje unos 1000-1200€) Fin del inciso logístico.

Después de llenar el depósito, había que llenar la nevera, así que la siguiente parada fue Winco Foods, un supermercado correcto con precios interesantes. Vamos a decir que es más o menos como un Ahorra Más. Los supermercados buenos en USA, entre Carrefour y un Supersol, son los Safeways pero son, obviamente, más caros. Cuando comparo con las marcas españolas es para dar una idea del estilo. De tamaño todos son casi como un Ikea. Es agotador. Tardamos la vida en hacer la compra porque todo nos parecía o absurdamente grande o no sabíamos como se comía, pero conseguimos una compra base que incluía fruta y verdura fresca y bastantes productos compatibles con no disparar nuestro colesterol hasta niveles incompatibles con la vida por 180$. (Me aburro de dar estos datos, que conste, pero lo hago por vosotros. Apreciadlo)

Acomodar todo en la nevera, el congelador y los armarios nos llevó un tiempo pero, por fin, nos lanzamos a la carretera. Con gran disgusto, muy pronto, descubrimos  que viajar en autocaravana se parece mucho a ir dentro de un sonajero. Hay un ruido infernal que hace practicamente imposible la conversación entre los pasajeros y el conductor y el copiloto. Para disgusto de los pasajeros, la música en la parte trasera se escucha bastante poco... a no ser que lo pongas a un volumen que, entonces, disgusta mucho al conductor. Fue dificil encontrar el punto de no fricción con este tema.  Otra cosa que descubrimos muy pronto es que, a pesar de tu te sientes muy poderoso conduciendo dos metros por encima del asfalto, tu caravana es una pulga comparada con los vehículos que pueblan las carreteras americanas. El ruido y el susto no fueron, ni en ese primer momento ni en ningún otro del viaje, suficiente para nublar lo impresionante del paisaje. Avanzábamos hacia el norte por una autopista que, una vez dejadas atrás las últimas estribaciones de la periferia de Seattle, se abría en unas inmensas llanuras agrícolas, llenas de prados cultivados, graneros, granjas y ríos. En Washginton hay agua por todas partes, el verdor que lo cubre es infinito y su cercanía al mar, que hace que las heladas sean escasas, confiere al entorno aspecto de terreno fértil, rico, próspero. Más al norte y el este, en el horizonte, elevándose imponente veíamos la Cordillera de las Cascadas. Cumbres alpinas nevadas recortadas contra el cielo azul que nos pillaron por sorpresa, casi como si nunca hubiéramos visto una montaña. 

Tras hora y media de continuo éxtasis paisajístico  que nos sirvió para ir cogiendo el pulso a la caravana, llegamos a nuestro destino: Beachwood Resort, un camping en Birch Bay a muy pocos kilómetros de la frontera canadiense. Los campings de los primeros campings, a pesar de haberlos buscado con meses de antelación, nos costó bastante encontrarlos porque coincidían con la fiesta del 4 julio en la que los americanos viajan muchísimo. (Sobre los campings ya doy datos logísticos mañana, que no soy una guía de viajes) En este caso era un camping privado con todos los servicios posibles (baños, duchas, lavandería, piscina, club social, tienda, etc) y teníamos un espacio reservado al final de una hilera de caravanas. Al llegar,  nuestro hueco lo estaban usando nuestros vecinos de caravana para jugar una partida de corne hole, un juego que consiste en tirar unas bolsas de tela rellenas de maiz a un tablero en el que hay un agujero. Se juega por equipos pero desconozco como es el conteo y quien gana. Visto durante un rato no parece apasionantemente competitivo porque una vez que tienes medido el peso de la bolsa y la distancia al agujero que, obviamente, no se mueve, lo complicado es fallar.Amabilísamente se apartaron y nos indicaron para aparcar. «¿Venís desde Arizona?» nos preguntaron al ver la matrícula de la caravana. «No, de España». Su cara de sorpresa fue para verla.  Tras instalar la caravana, colocar nuestra ropa dentro y comprobar que habíamos sobrevivido a todo y que nada de lo que podía salir mal había salido mal, nos fuimos a dar un paseo para ver el atardecer en la playa y empezar, de verdad, a estar de vacaciones. Hace mil años escribí aquí un podcast sobre como el primer día de vacaciones no debería contar, debería ser comodín. Ese primer día siempre genera tensión: hacer maletas, deshacer maletas, comprobar que no te has olvidado nada, que el apartamento que parecía estupendo es estupendo, que el hotel no te ha timado, hacer la compra, abrir tu vivienda de vacaciones y prepararla, todos esos preparativos de las vacaciones no deberían contar. Las vacaciones empiezan cuando ya está todo y dices: Ahora. Nuestro Ahora fue ese paseo a la playa. 

Como hacía un día estupendo, cálido, soleado y sin pizca de viento, las casas estaban llenas de gente, se respiraba el ambiente de celebración, de fiesta, de descanso. La bahía de Birch está situada frente a las costas de la isla de Victoria y cuando nos sentamos en unas mesas de picnic a comernos unas aceitunas, un salteado de frutos secos y un kit kat derretido disfrutamos de una vista espectacular: el mar y Canadá a un lado y al otro, Mont Baker y las montañas. A nuestro alrededor había mucho ambiente: familias haciendo barbacoas, gente jugando al fubtol, jóvenes haciendo piruetas y ligando lastimosamente, niños pequeños tirando piedras al mar, parejas de enamorados deseando que todos los demás nos esfumáramos, etc. Nos hubiera encantado ver la puesta de sol pero el jet lag empezó a golpearnos con fuerza. Al llegar a la caravana los vecinos nos invitaron a sumarnos a ellos en su fuego de campamento pero declinamos amablemente su oferta explicándoles que estabamos agotados porque el día anterior. Aún así y como eran tan majetes les dimos un poco de conversación. Ellos que eran muchísimos, nos contaron que eran todos familia y que aunque vivían en condados cercanos, cada año, se reunían ahí para celebrar el 4 de julio. «Dejamos de jugar para no molestaros» «No, no, por favor, de verdad que no nos importa, estamos tan cansados que no vamos a oir nada» 

Y así fue. Caímos como piedras. Como espero caer ahora por el bien de mi salud física y mental y la continuidad de este diario.

Mañana más.

9 comentarios:

Cristina dijo...

Gracias por los detalles logísticos! Como nos conoces…😉

Asunix dijo...

Agradezco y valoro muchísimo tus diarios, yo, que soy incapaz de perseverar en los míos. Y sí, yo soy la de la frase, la que confía en la memoria. Mal hecho, lo sé. Besos y descansa.

Rataflau dijo...

Me está flipando ese viaje. Una pregunta ¿seguro que era la isla de Victoria y no la ciudad de Victoria en la isla de Vancouver? La isla Victoria está al noreste de Canadá. Me sigue flipando este viaje, ¿eh?
Salud.
Rataflau

Rosa dijo...

Estoy encantada leyendo, espero el diario con ilusión. Gracias.

Esther dijo...

Te leo y me encanta, pero yo no siempre soy capaz de acabar mis diarios de viajes, quiero conseguirlo en mi viaje de agosto, pero no las tengo todas conmigo. Está genial poder conservar aquí (tu blog) todos esos instantes.

Cristina dijo...

Dusfrutando de tu relato "casi"como si estuviera alli!!!!

Unknown dijo...

Estupendo, disfrutando de tu relato, como cuando empecé a leerte en UNA MADRE SIN SUPERPODERES.

Anónimo dijo...

Ayyy que divertido es leerte! Me encanta tu estilo.

muiñovello dijo...

Apreciado queda el viaje por carretera... resulta menos beat que el otro famoso, pero pienso que le ganas en cercanía.... es como si hicieras que lo “doméstico” se haga misterioso... exagerando un poco parece que puede aparecer en cualquier momento un Jasón despistado, camino de Alaska... seguiré atento!