lunes, 26 de junio de 2017

Nadie te conoce como tus padres

Francesco Bongiorni 
«Tus padres te conocen perfectamente» es una frase que, de niña, escuché cientos de veces y siempre me provocaba cierto desasosiego, casi malestar. Había muchas cosas que mis padres ignoraban de mí: ideas, sensaciones, sentimientos, pensamientos, incluso maldades o idioteces que había cometido, mentiras que les había contado. Sabía que mis padres no las conocían, muchas ni siquiera las sospechaban, pero cuando escuchaba esa afirmación, siempre tan rotunda, pensaba que, a lo mejor, sí que me conocían mejor de lo que yo pensaba.A lo mejor, ser padre te otorgaba un sexto sentido que te permitía no sólo conocer a tus hijos sino ocultar ese conocimiento, era un superpoder, listo para ser utilizado solo cuando hiciera verdadera falta.  

Muchos años después me convertí en madre, y pasados los doce primeros años, me he dado cuenta de que "tus padres te conocen mejor que nadie" es otra de esas afirmaciones felices, como «el que trabaja la consigue» o «de todo se aprende», que todos aceptamos porque, en el fondo, no hacen daño a nadie, nos dan una falsa sensación de control y nos reconfortan a ratos. Como todas las cosas sin aristas, es mentira. 

¿Conozco a mis hijas perfectamente? No. Mis hijas son muchas más cosas además de mis hijas. Son hermanas, sobrinas, nietas, primas, amigas, compañeras y, algún día, tendrán aún más roles en sus propias vidas. Serán novias y exnovias, puede que sean madres y tías y espero que sean, por ejemplo, compañeras de trabajo, de viaje y de gimnasio de mucha otra gente. Serán vecinas, serán clientas, serán compradoras, pacientes, conductoras y, dentro de mucho, quizás abuelas. 

Sé cómo son mis hijas ahora mismo, conmigo. Sospecho, o creo saber, o imagino, que tengo una ligera idea de cómo se comportan cuando no están conmigo. Vivo con esa creencia confortable, cómoda y acogedora. Cada día, me envuelvo en la capa del superpoder que todos heredamos de nuestros padres y me dejo llevar. Pero un buen día, en una semana cualquiera, la pasada para ser más exactos, me doy cuenta de que no es verdad. 

María está en Alemania de intercambio. Y, de repente, es otra persona. No, es una persona que yo no había visto en ella, que no sabía ni que existía. Me llama por teléfono y hablamos durante 25 minutos sobre lo que ha hecho allí, sobre cómo se siente, el hambre que está pasando y lo duro que le está resultando madrugar tantísimo. No pregunto nada, sostengo el teléfono sorprendida y desbordada por el torrente de cháchara. No puedo creer que sea María, que mi hija, la monosilábica, esté elaborando todo ese discurso tranquilo, interesante, elocuente y lleno de humor y reflexión. Cuelgo y me doy cuenta de que no la conozco, no así, no sola, independiente y a cuatro mil kilómetros. Al día siguiente, la leo chatear con su primo de ocho años y se me salen los ojos de las órbitas: está cariñosa, protectora, amorosa. Leo los consejos que le da, las preguntas qué le hace, los chistes que le cuenta. Es como si no fuera mi hija, pero sí es ella, claro que es ella, es ella sin interactuar conmigo, ella sin mí, sin ser hija. 

Por la noche se enzarza en una videollamada con su hermana, las escucho desde el sofá; susurran, charlan y se ríen a carcajadas. Las dos. No sé de qué se ríen, no sé qué se están contando y no me importa. Está bien, están siendo ellas dos, hermanas, sin mí, sin ser hijas.

Sé que no las conozco perfectamente, sé que hay cosas que no sabré nunca, sé que algunas de las que descubra no sólo no me gustarán sino que me provocarán rechazo. Sé que hay cosas que no querré saber, que no quiero saber ahora mismo, que no tengo que saber.  

Pensar todo esto me ha tranquilizado bastante. No conozco a mis hijas, las conozco como hijas mías y en el ámbito reducido en el que, hasta ahora, hasta la adolescencia han vivido y que yo, más o menos, controlo. Fuera de ese ámbito y de su papel como hijas, mi ignorancia sobre ellas aumenta cuanto más se alejan de mí.  No conozco a mis hijas mejor que nadie porque eso es imposible, porque conmigo siempre serán hijas y ese papel es tan enorme que anula, en gran parte, los demás roles que ellas tienen y tendrán en sus vidas, roles igual de interesantes que ser hijas. También los tengo yo, soy muchísimas más cosas que una hija y mi madre no las conoce. 

Renuncio a la capa, no quiero el superpoder de conocer a mis hijas mejor que nadie. 

20 comentarios:

Tita dijo...

Fabuloso y ciertísimo.
Sólo conocemos bien (y aún asi) a quien voluntariamente se abre y se comparte con nosotros, y los hijos no suelen (no solemos) ser de los que comparten todo todo todo con los padres. Así es, y pretender que somos omniscientes lleva a casa berrinche suegril después, entre otras cosas, que para que!!!!

el chico de la consuelo dijo...

Totalmente de acuerdo

Ana dijo...

Y ahora que mi madre no está, ¡cómo me hubiera gustado que conociera ese yo que ni yo misma conocía! ¡cómo me gustaría que no llevaras razón!

Anónimo dijo...

Lo peor son esos padres que creen conocerte, te etiquetan y te tratan según la película que se han montado solitos, sin importarles cómo te sientes o lo injusto que es. Y que con el tiempo y la distancia te digan "cuanto has cambiado!", cuando en realidad es que nunca fuiste como creían 😟

Blanco Humano dijo...

¿LAS MADRES NO LEEN EL PENSAMIENTO? Venga ya. Y las amigas no hacen peleas de almohadas en lencería, claro. MIRA, NO INVENTES.

Oswaldo dijo...

Tú misma lo sabes mejor que nadie y yo lo tengo refrendado en tinta verde.
Y no PUEDE ser de otra forma.
Y ni siquiera puedes QUERER que sea de otra forma.
Recuerda que tú misma lo has definido a la perfección: Eres, cómo debe ser, una "Madre SIN Superpoderes".

Ahora, y no será aún todo el tiempo, pero sí cada vez más, sólo te queda recostarte a observar cómo se mueve ese aparato volador que echaste a andar con el título de "hija". Y volará sola. Con las alitas que cuidaste y nutriste sin saber cómo se desarrollarían. Las sorpresas pueden producírtelas los detalles, pero si lo piensas con algo de desapasionamiento, que vuele SOLA y que en general vuele bien es en gran medida cosa de esperarse.

Por lo que le has dado.
En tiempo, dedicación, inteligencia y cariño.
Y también su padre.
Y no olvidar a Molimadre y a Molihermanos. Hasta putoperro tendrá su aporte.
Por lo que le HAN dado.
Visto desde AQUÍ sé que hasta EL PAÍS. Tu país, tiene también mucho suyo puesto ahí.

Y claro, ella ha tragado todo aquello, lo ha procesado en un personal procesador que cada quien tiene cómo usar a su propia individualísima manera y ha sacado un resultado.
Por ahora. Porque seguirá evolucionando.

¿Cometerá errores? ¡Sí! Seguro. ¡Segurísimo!
¿Sufrirá por alguna cosa? ¡Sí! Seguro. ¡Segurísimo!
Pero, con un poco de suerte, seguramente saldrá adelante con bien, con una vida "mejor" que "peor", como casi todo el mundo.

Yo, personalmente, creo que TUS HIJAS serán buenas voladoras.
Mi consejo, disfruta todo lo que VEAS, lo que te permitan ver y lo que "te robes". Será bueno y LO MERECES.

Se llama "cosechar".

Tata Keli dijo...

Cuando la gente no sabe cómo eres tienen que inventárselo. Unas veces aciertan y la mayoría, no.

Nueve meses Y un día después dijo...

Me ha encantado y es muy cierto y algo que pienso desde hace tiempo. Precisamente con los padres a veces uno "esconde" más su forma de ser. Al final, nos adaptamos también a nuestro interlocutor.
Cómo tiene que impactar ver esos cambios en los hijos.
Un post genial. Enhorabuena.

Anónimo dijo...

Es totalmente verdad. Muchas veces he observado -con un poco de vértigo- la versión de mí que mis padres han conocido y la que soy en un, digamos, 85%. No es que tenga una vida paralela ni nada de eso. Mi vida eso sosa, tendente a la normalidad. Y aún así, hasta hace bien poco, mis padres poco han conocido de mí, de mis hermanos. Y eso que nos llevamos bien, y congeniamos en gustos y opiniones. Me ha encantado tu post, como siempre. A. enganchada.

Anónimo dijo...

El otro día reflexionaba sobre algo que es lo mismo y lo contrario a la vez con una de mis primas. A ambas se nos han muerto nuestros padres muy jóvenes y con un año de diferencia, y el otro día, casi 10 años después de aquello hablábamos entre nosotras y nos sorprendimos de tener exactamente la misma sensación: De que creíamos conocerlos, saber cómo eran... Y ni de coña.
En estos 10 años he conocido tanto o más de mis padres que lo que fuí capaz de ver en los 25 que estuvimos juntos.
Recoges sus cosas, archivas su correo, hablas con sus amigos, te cuentan anecdotas que jamas te hubieran contado ellos... y dices ¿Quien son estos desconocidos? Es muy flipante.

Anónimo dijo...

Yo no estoy enganchada.

A.

sonia dijo...

Ajá,muy bien expresado.

Luxindex dijo...

El artículo de hoy es una composición literaria de agradable lectura pero psicológicamente es inverosímil.

¿Qué es conocer sino amar? ¿Qué hace un padre o madre que lo sea sino amar a sus hijos?

Que los hijos van cambiando, que interponen (sobre todo a ciertas edades) sus pudores o discreciones, es algo normal. Pero conocer a alguien, sea o no nuestro hijo, no es saber hasta el último detalle de él sino no tener que conocer hasta el último detalle para conocerlo.

Si una madre, un padre, no es quien mejor conoce al hijo mal vamos. Otra cosa es que literariamente queramos expresar, como hace hoy Molinos, que los hijos son de una riqueza o profundidad inagotable y cambiante, que son personas a las que les dimos la vida y que, por eso precisamente, esas vidas no nos pertenecen (se la dimos, no se la prestamos). Pero de ahí (que sean personas distintas a nosotros) a no conocerlos perfectamente va un trecho.

Si de un hijo, así esté de espaldas y con la luz apagada, no sabemos al pronto todo, ¡todo!, mal vamos.

Hace meses se habló aquí de que un hijo podía acabar inopinadamente siendo un monstruo y tú, padre, madre, sin haberte dado cuenta. Pero eso es absurdo. Eso, salvo que a la criatura le sobreviniese una súbita enfermedad mental, es algo que no cabe en cabeza alguna; quiero decir que es un simple temor infundado, no una idea cabal. Pues esto de que quien más ama no sea quien mejor conozca, igual.

Quien mantenga con razón en su caso que no es quien mejor conoce a sus hijos o es un adulto inmaduro y egoísta, o psicológicamente anda cortito o, como en este caso, ha querido hacer una composición literaria bien escrita pero con un toque de paradoja tramposa que estropea el resultado.

Anónimo dijo...

Muy buena la aportación de Luxindex a tu entrada de hoy.

Y al hilo de que conocer es amar, ahí sí que habría que pararse un poco más. Venga, Molinos, que tú puedes. Te damos ya el título, para que no sufras (¿Conocer es amar? o ¿Para amar hay que conocer? o te quiero porque te conozco... o no!)

sabiendo que un conocimiento pleno siempre es imposible, porque se cambia, porque no se muestra todo como es, porque nos protegemos, o nos cansamos de hacerlo o por lo que sea, somos, como somos en cada momento, y los que nos quieren lo saben y aceptan y respetan.

Un abrazo, y buen mes impar :)
Enja

Anónimo dijo...

Totalmente en desacuerdo con Lucindex.
No solo conocer no es amar. Sino que normalmente suele tender a ser lo contrario. Amar conociendo es incluso mas dificil si cabe.
Y no, los padres pocas veces conocen a sus hijos.
Los padres que he conocido no los han conocido jamás. Y eso en un entorno en el que los hijos nos hemos quedado en casa con nuestros padres hasta los veintitantos. Y todos ellos, salvo alguna excepcion eran padres inmensos que amaban a sus hijos. Imagina hasta hace 40 o 50 años, que los hijos se iban de casa con 12 o 14 años. Acaso esos padres tenían alguna posibilidad de conocerlos realmente? Y nadie pudiera decir que no los amaban. O es que solo los uberpadres del siglo XXI aman realmente a sus hijos?

Lupe Soria dijo...

Este post me cae al pelo después de un bronca monumental con mi madre...a mis 38! Ni amar es conocer ni conocer es amar...intentar conocer a tus hijos (aunque no lo consigas) para mi indica que los quieres con el respeto que se merecen.
Un beso

Anónimo dijo...

Me temo que yo también estoy en desacuerdo con Lucindex. Mis padres me quieren muchísimo, y yo les quiero muchísimo a ellos, pero ni ellos me conocen plenamente ni yo a ellos. Y eso está bien. Tenemos más cosas en común a medida que yo voy creciendo, pero porque a mí me va interesando más conocerlos y ya no siento esa sensación de invasión de cuando era adolescente cuando ellos intentan conocerme. Pero siguen sin conocerme plenamente. Nadie puede conocer a otra persona plenamente porque en nuestros distintos roles nos comportamos de forma distinta.

Luxindex dijo...

No se lo tengáis en cuenta al pobre Lucindex: no dice más que tonterías.

Por mi parte, recuerdo que cuando desperté a la sexualidad me preguntaba cómo sería en la cama fulanita o menganita. Al tiempo comprobé que las fulanitas y menganitas eran en la cama igual que fuera de ella: la que era alegre, alegre; la que era apasionada, apasionada… Se acabó el misterio. Pues igual nos pasa en todo lo demás. Venís a decir que somos distintos (vamos, irreconocibles) según estemos en un medio u otro. Me asombra vuestra opinión. Yo veo que, salvo desdoblamientos de personalidad y alguna otra enfermedad mental, la gente se comporta siempre de una manera: como es. Eso sí, eso sí, delante de los padres no se dicen palabrotas: no-se-di-cen-pa-la-bro-tas.

¿De verdad no conocéis perfectamente, perfectísimamente, a quienes amáis?

molinos dijo...

Luxindex,no, no conozco perfectisimamente a la gente que quiero. Y lo tengo clarísimo y no pasa nada. Y, además, me parece bien.

Luxindex dijo...

Huy, Molinos, pues no lo entiendo. ¿Te dan pistas falsas?