lunes, 6 de abril de 2015

El hombre al que vi

Salgo a la calle soleada aparentando confianza y tranquilidad. Aparentando tenerlo todo controlado, porque se supone que esa es la actitud que tengo que tener. Soy la madre. 

"No nos quedan plazas. Lo tenemos todo cubierto", nos ha dicho la chica morena perfectamente uniformada detrás de su mostrador con grandes letras de promoción. 

Vale, quizás tendría que haber reservado antes. Quizás esté siendo un poco desorganizada. Quizás he sido dejada. Quizás es que no me apetece hacer planes con antelación para no tener que cumplirlos. 

- ¿Y ahora qué hacemos, mami? 

"¿Y ahora qué hacemos?". Y yo qué sé. Además, no quiero saberlo, no quiero preocuparme, no quiero fingir que sé qué vamos a hacer, que sé lo que hay que hacer. 

- Pues nada. Vamos a otro sitio y sin problema. 

Había visto el rótulo antes y conocía el local porque hace unos años, un Domingo de Resurrección, compramos unos esquís infantiles al final de temporada para que las princesas aprendieran. 

- Vamos a preguntar ahí. Venga chicas. 

Empujo la puerta pensando en lo maravilloso que es tener a alguien que tenga pinta de saber lo que se trae entre manos. Y digo pinta, porque obviamente ninguno tenemos ni idea de lo que hacemos; sólo fingimos o lo hacemos por costumbre. 

Un local estrecho, forrado de láminas de madera, lleno de estanterías con botas, esquís y algunas bicicletas. Las típicas fotografías de las cumbres del valle con los retratos de conocidos felices y sonrientes después de haber sufrido para subir esas cumbres o haberse jugado la vida descendiéndolas. 

Al fondo, un mostrador con un tío con gorra, un par de rastas asomándole y unas gafas de plástico protectoras. Está afilando tablas y ni siquiera levanta la vista cuando entramos.

- Hola. 

A la izquierda, detrás de otro mostrador y una pantalla de ordenador, aparece una gran sonrisa. 

- Hola chicas. ¿En qué puedo ayudaros?

Se pone de pie al saludarnos. Alto. Una camisa de cuadros bastante mugrienta, malmetida por unos pantalones vaqueros grises con un cinturón que los malsujeta. Una cara sonriente, con la piel que parece cuero y hace imposible que consiga saber la edad que tiene. ¿En qué momento todo el mundo ha pasado a parecerme más joven que yo? 

- Necesitamos clase para estas dos princesas y alquilar algunas cosas. 
- Lo que queráis. 

Me siento en un banco y le observo mientras brujulea por el local charlando con las niñas. Les prueba botas, tablas, los cascos, los bastones. Bromea, les pregunta por su casa y se aprende sus nombres. 

Tiene las manos grandes. Endurecidas y con las uñas sucias. Manos de campo. Manos de monte, de frío y de trabajar. El pelo oscuro, ni mucho ni poco. Lo lleva pegado a la cabeza, como si se hubiera pasado el día con un gorro puesto y ahora se lo hubiera quitado para estar en la tienda. La marca de las gafas de esquiar bordea unos ojos marrones, que sonríen casi todo el tiempo, y una nariz importante. No es especialmente guapo, ni feo. Es normal. O no. 

El de las rastas y las gafas sigue enfrascado en su trabajo. Es más guapo, el típico tío que ligando debe tener un éxito increíble aunque sea de los que no se queda a dormir y desde luego no llama después. Es atractivo y con pinta de hacerte un favor si te presta atención. 

Vuelvo al de la camisa de cuadros. Entre 35 y 40. Ha comentado algo de su hijo. ¿Estará casado? ¿Separado? ¿Divorciado? ¿Por qué vive en el valle? ¿Es de aquí o llegó por alguna extraña coincidencia, como nosotros? ¿Es siempre así de encantador o le hemos caído bien? 

- Bueno, pues ya está todo listo. Mañana nos vemos chicas. Cenad mucho y descansad que mañana va a ser un gran día. 

Salgo feliz, contenta y confiada a la misma calle soleada en la que 45 minutos antes me había sentido perdida. 

Se llama Jose. No se acordará de nosotras, de mí,  más allá de unos pocos días; pero yo le he visto, pensado e imaginado.

Me gusta cuando alguien consigue sacarme de mí misma y hace que le vea. Ya no le olvido. 

Ver a alguien. Me gusta.


18 comentarios:

Blanco Humano dijo...

Me ha gustado un poquito hasta a mí, sin ser yo nada de eso. Claro que con la foto has hecho trampa, ya predispone.

NáN dijo...

Cada vez unes mejor las cosas que pasan en la vida y la expresión narrativa. Leerte, pues, une lo interesante a un estado de ánimo placentero.

(Me ha quedado cursi, pero es lo que hay).

Gordipé dijo...

Te he leído y te he pensado ahí, sonriendo.

HombreRevenido dijo...

Los joses son gente noble. Eso es una ley.

Antonio Lorenzo dijo...

Lo que da de sí la cotidianidad.
A mí me pasó el otro día, tomando un café.
La chica de pelo corto y gafas casi me dice el nombre en un par de miradas que me atreví a captar.

Lo que viene siendo tener el verbo ocular fácil.

Muy gráfico todo. E indeleble por bastante tiempo.

unfonendoenvillamocos dijo...

Mira que llevo años leyéndote y nunca había comentado (pese a ser también blogger y también madre de dos princezaz de la misma edad), hasta esta entrada que para mí es un dejá vu. Viví lo mismo hace un mes (concretamente en Cerler), aunque no llegué a saber el nombre-del-hombre.

molinos dijo...

Unfonendoenvillamocos, ha sido en Cerler, e Benasque concretamente :)

gracias a todos

Voz en off dijo...

Por lo menos alegras la vista Molinos! Qué lindos son los amores platónicos!

Marta Máster dijo...

Hola: me gusta mucho cómo describes esa sensación de no saber qué hacer despues de un cambio de planes obligado pero parecer que tenemos toda la seguridad del mundo. También me gusta cuando alguien, por algún motivo, consigue llamar mi atención y hasta me imagino su vida... Seguimos en contacto

Anónimo dijo...

O no.


Me encanta y te define.

O no.



Ese ver a alguien, para mí, es el principio de Domesticar, en el sentido del principito y el zorro, y esa amistad que se Ve y se necesita tanto o más que el amor. O que igual es amor.


Me alegro de que sepas ver a la persona detrás de la pinta, suciedad o puesto. Eso se está perdiendo.

Muchas gracias por hacerme recordar.

sonia dijo...

Me ha encantado Moli.Es encantador,como el Jose de la tienda,ah y la foto,soberbia.

el chico de la consuelo dijo...

Como escarpias tengo los pelos... Aunque no contestes mis mensajes.

sasadogar dijo...

Ciao Moli,
muy evocador Moli; describes como nadie esa sensación de descubrir a alguien fuera de tu rutina y fantasear con su vida...

Enebea dijo...

A ti también te vemos, Moli.

Yo te veo porque consigues que conecte conmigo misma, que me acuerde de sensaciones que a veces olvido.

Haces que te vea, pero no me sacas de mí misma, más bien "me metes".

Me gusta.

Anónimo dijo...

El hombre al que viste se le escapaba la sonrisa, bueno, más que la sonrisa era risa floja, porque alquiler de material de esquí ( casco con piojos incluido ) para dos princesas, y clases particulares dan para escaparse a las seychelles. (A lo que hay que sumar el forfait) .

El rastas era hombre cabal: se apiadaba de ti y del riñón empeñado para tal heroicidad, de ahí su mohín.

sul.

madreaprueba dijo...

Tienes ojos de escritora. Te fijas en cosas que a lo mejor a los demás se les escapa. Y además lo sabes plasmar muy bien en papel. Me ha encantado.

Oswaldo dijo...

¡Creo que madreaprueba ha dicho bien!

El tuyo es cómo el buen ojo del fotógrafo que sabe lo que hace, Y además... agarra y ¡LO HACE!

Nisi dijo...

Hombre Revenido, tu comentario me ha dado ganas de tirar el portátil por la ventana. Porque no te tenía cerca, sino te hubiera tirado a ti. No podría estar en más total desacuerdo.
Perdón.
Me encanta ver así a alguien, descubrir que sigues viva y que sigue habiendo gente ahí fuera que te hace despertar.
A veces pasa, poco o mucho, según las épocas, pero es un soplo de aire.