jueves, 2 de abril de 2020

Lecturas encadenadas. Estos días que antes eran marzo

Veo, en mi cuaderno de lecturas, que el primer libro del que escribí este mes lo terminé el 11 de marzo, el día en el que todo se rompió. Ese día mis hijas se quedaron en casa y yo volví de trabajar sabiendo que ya no iba a volver a mi despacho en una temporada muy larga. El día en que empecé a sentir el miedo hormigueandome por todo el cuerpo, con una sensación muy parecida a la que tienes cuando se te duerme un brazo o una pierna, ese entumecimiento que sabes que derivará en un dolor insoportable. 

El 11 de marzo terminé El corazón de Inglaterra de Jonathan Coe con traducción de Mauricio Bach. No sé de dónde había llegado esta recomendación pero lo pedí a los Reyes Magos. El corazón de Inglaterra es una novela para intentar entender qué llevó a los ingleses a votar a favor del Brexit. Comienza en abril de 2010 cuando algo como el Brexit era ciencia ficción y termina en septiembre de 2018 cuando la ciencia ficción se ha convertido en realidad y nadie sabe como manejarla y el que puede huye de ella. Para mí gusto el libro tiene una primera parte fantástica con una presentación de personajes y situaciones muy solida y avanza bien hasta justo después de la votación, momento en el que empieza a desinflarse hasta terminar de una manera un poco decepcionante, complaciente más bien. 

A pesar de esta apreciación, es una novela entretenida, interesante y de lectura fácil sin que eso signifique que es tonta. Coe retrata muy bien el desencanto,  la desilusión, la apatía, la decepción con la clase política, la economía y la prensa. Refleja muy bien esa sensación que muchos tenemos de no saber muy bien qué hacer para luchar contra ese desencanto y cómo nos debatimos entre seguir indignándonos  o dejar que esa decepción dé paso a «me desentiendo». 
«Esos tíos no saben de lo que hablan -continúo él -. La cacareada tolerancia. Uno se topa a diario con personas que no son tolerantes, sea el empleado que te atiende en una tienda, sea alguien con quien te cruzas por la calle. Puede que no te digan nada agresivo, pero lo puedes percibir en su mirada y en su actitud hacia ti. Y notas sus ganas de decir algo. Oh, sí, se mueren de ganas de utilizar contigo una de esas palabras prohibidas, o decirte que te vuelvas a tu puto país, sea de donde sea crean que eres, pero saben que no pueden hacerlo. Saben que no está permitido. De manera que además de odiarte a ti, también les odian a ellos, sean quienes sean, a esas personas sin rastro que en alguna parte los están juzgando, legislando sobre lo que pueden y lo que no pueden decir en voz alta.» 

La siguiente anotación en mi cuaderno de lecturas es del 19 de marzo cuando el cosquilleo del miedo me tenía en lo más alto del Dragón Khan de la ansiedad. Ese día había terminado Mi gran odisea griega. Las aventuras de "The Comma Queen" de Mary Norris con traducción de Juan Carrillo del San, regalo de mis hijas por mi cumpleaños. 

A pesar de venir recomendado por Vivian Gornick y de mi querencia por todo lo que tenga que ver con el New Yorker dónde Mary Norris ha trabajado como correctora durante muchos años, ha sido una lectura un poco decepcionante. No es un mal libro pero es un batiburrillo bastante desordendo sobre lingüistica (con los problemas que conlleva leer traducida a una americana contando sus propios problemas aprendiendo griego), gramática, vocabulario, historia, mitología y viajes por Grecia. El caos narrativo sumado a que quizás no tuviera yo el mejor ánimo para leerlo hizo que me costara encontrarle el ritmo. 

Toda la fascinación de Norris por Grecia y el griego se mezcla con anécdotas sobre su vida, su infancia, sus problemas con sus padres, con su madre principalmente, su relación con sus hermanos, sus viajes a Grecia. He aprendido cosas como que el alfabeto griego viene del fenicio y que éste solo tenía consonantes y los griegos añadieron las vocales o que en griego antiguo se escribía sin espaciosentrelaspalabras. 

El 23 de marzo terminé Diario de un cazador de Miguel Delibes que volvió a reconciliarme con la lectura. En los vídeos que he estado viendo de Delibes, él decía que Lorenzo, el protagonista de esta novela, de todos sus personajes era el que menos se parecía a él porque es optimista y sociable pero, mientras leía, yo no podía dejar de imaginarme a Lorenzo como un joven Delibes.  

Lorenzo es un personaje como el Nini, uno de esos que no se olvidan, que ya camina a tu lado para siempre. Es bedel de instituto, vive con su madre y su pasión es la caza, salir al monte, perseguir codornices, liebres, perdices...etc. Es un personaje lleno de vida, con una vida en la que discute con sus vecinos, se preocupa por el dinero, por el trabajo, es muy amigo de sus amigos y se preocupa por ellos pero también se enfada. No hay doblez, ni impostura, ni disfraz, simplemente quiere una vida sencilla y que le permita cazar, pero no es un buenazo, ni es tonto. Se revuelve cuando le atacan, se enfada, guarda rencor. 

De los tres Delibes que llevo leídos este año este es el que retrata una simbiosis más directa entre campo y ciudad. En El Disputado voto del Señor Cayo, la ciudad había acabado con el campo y solo volvía a él para aprovecharse de su último aliento, del voto de sus supervivientes. En Las Ratas era el pueblo, el campo, el único protagonista, un personaje en sí mismo, un lugar casi mitológico. Aquí, en el Diario de un cazador, la relación entre los dos lugares parece más equilibrada aunque es más campo que pueblo. 
«Una madre, como la salud, no se sabe lo que vale hasta que se pierde. Uno se mete en la rutina de cada día y no ve más allá de sus narices. Eso pasa. Y uno es tan paulo que sin perder la escopeta que no puede vivir sin la escopeta, pero sin perder la madre no sabe que la madre representa para él tanto como la escopeta, y que no puede vivir sin ella. Ahora veo a la madre dónde antes no la veía: en el montón de ropa sucia, en el bando de gorriones que revolotea en la terraza, en el Talgo que pasa cada tarde o en el Sagrado Corazón iluminado». 

Leed a Delibes. La vida es mejor con uno de sus libros entre las manos. 

El 29 de marzo tengo las dos últimas anotaciones del mes. Dos libros felices, dos libros para escapar, para olvidar, para leer disfrutando. El primero de ellos es El mundo perdido de Conan Doyle, una novela de aventuras a la que llegué por un regalo. Sé que si no me la hubieran regalado jamás la hubiera leído pero, ahora, después de pasarme tres días entre aventureros, extrañas criaturas y mundos perdidos he decidido que voy  releer también a Julio Verne y todo lo que pille de Conan Doyle. Ya está bien de intensismo y profundidad y literatura para "ver el mundo", yo no quiero ver el mundo o no quiero verlo todo el rato. 

Hay que leer clásicos y si, como yo, habéis llegado a una edad respetable sin haber leído El mundo perdido estáis tardando. No se le puede pedir mas: caballeros ingleses con chistera, científicos engreídos, aventureros adinerados, periodistas, indios, monstruos y sorpresas. 

Los que me seguís en Instagram sabréis que la semana pasada, tras la muerte de Uderzo, hice un vídeo repasando la antigua colección de Asterix y Obelix con la que merendaba cada tarde al volver del colegio y me vine muy arriba con la emoción. Recordé lo mucho que me gustan esos tebeos, las conversaciones eternas que he tenido sobre ellos con Juan, las frases hechas que ya forman parte de nuestro lenguaje habitual y decidí terminar el mes releyendo La residencia de los dioses. 

–Ana, ¿de qué te ries tanto? Te oigo desde la otra punta de la casa.

Releed a Asterix y Obelix, descubriréis cosas que no vistéis cuando los leíais merendando leche con galletas o cuando el cielo no estaba, como ahora, derrumbándose sobre nuestras cabezas.  



Estas han sido mis lecturas del mes en el que se acabó la vida que conocíamos. Volved a leer los libros que se escribieron antes de que conociéramos esa vida que hemos dejado de tener: leed a Conan Doyle, a Delibes y a Asterix y Obelix. Haced una lista y cuando escampe, id a la biblioteca o a la librería de vuestro barrio y compradlos. 

Y con este sabio consejo y un mes entero de confinamiento para seguir leyendo hasta los encadenados de lo que espero sea casi el final de estos días, abril. 


martes, 31 de marzo de 2020

Estos días. Viviendo en series

De estos días voy a salir con el pelo completamente blanco. Podría comprar tinte pero me parece tan superfluo, tan innecesario, tan inútil como cuando en las películas, del Hollywood clásico,  sobre la II Guerra Mundial, las mujeres se preocupaban por conseguir medias. Yo siempre pensaba ¨¿Medias?, ¿en una guerra te preocupan las medias? compra plátanos o carbón o pan...pero ¿medias? Pues con el tinte me pasa igual, me da vergüenza comprarlo. Por otro lado si me lo diera ahora no me vería nadie así que sería tirar el dinero y sobre todo el tiempo porque hay pocas cosas más inútiles que teñirse el pelo. La verdad es que dejarme el pelo blanco es algo que llevo tiempo pensando, incluso intentándolo a ratos, contra el criterio de mis hijas, mi amigo Juan, mi peluquera y la mayoría de mis amigos. La última vez me disuadió mi hermana. Me tiñó el pelo con un spray y al terminar dijo: ¿ves? con el pelo blanco eres mamá. Pero en este confinamiento me he dado cuenta de que no soy mi madre, es peor aún. Somos Sophie y Dorothy de Las chicas de oro, tal cual. Esas somos nosotras. Nunca pensé que diría esto pero ¡ojalá ser Blanche! casi puedo ver a mi yo de doce años horrorizada ante esta frase. 

A ratos mi madre y yo somos Sophie y Dorothy. Convivimos en un equilibrio de rutinas y tareas diferenciadas con broncas repentinas porque ella opina que la trato como a una niña y ella me trata a mí como si me faltaran conexiones neuronales o fuera una histérica o las dos cosas a la vez.  

Cuando nos ponemos a cortar leña o a acarrear sacos de veinticinco kilos de pellets para la caldera somos "mis chicos de Alaska" como llama mi madre a una serie de rudos señores americanos con largas barbas canas que se dedican a cortar troncos, construir cabañas y pasar frío y a la que dedica cierta atención mientras hace un puzzle que no acaba nunca. "Creo que faltan piezas" es, por cierto, la frase que sobre todo buen puzzle debe poder decirse.  

Otros ratos somos The office. Me paso horas en videoconferencias de trabajo y mi madre se dedica a pasar por delante de mi ordenador con cara de ¿por qué grita la gente? Estoy esperando al día que aprenda lo de hacer como que baja una escalera. A veces me siento un poco el corresponsal de la BBC al que aparecieron sus adorables niños por detrás. "Anaaa, ¿comemos o no?" o ¿Es que eso no termina nunca? o ¿Pero sigues trabajando? Mi madre nunca ha sabido bien a qué me dedico. 

Otros ratos, a las seis de la tarde, somos los Cazalet. Nos preparamos el té, sacamos la bandeja, las tazas y el bizcocho. Mientras me lo bebo intento no hacer nada, mirar por la ventana lo más lejos posible porque de este encierro además de con el pelo blanco voy a salir Rompetechos. Nunca pensé que echaría de menos conducir mis doscientos kilómetros diarios pudiendo fijar la mirada en un horizonte lejanísimo.  

Por la noche, la semana pasada fuimos ingleses del siglo XVI mientras veíamos a Thomas Crommwell, una especie de Sr. Lobo del renacimiento, solucionarle los problemas a Enrique VIII. Esta semana seguimos siendo inglesas pero de finales del XIX, estamos en el bando de los obreros ingleses de las fábricas de algodón que se enfrentan al equipo de fútbol de señoritos de Eton. 

A las ocho, cada día, volvemos a ser los chicos de Alaska. Aplaudimos en la ventana pero solo nos oímos a nosotras mismas mientras los perros nos miran con cara de no entender nada. Cuando cerramos la ventana y jugamos la partida diaria de trivial online con el resto de la familia, volvemos a ser Las chicas de oro y Sophie se enfada conmigo porque siempre gano.  

A ver si reponen Doctor en Alaska. Me pido O´Connell.


viernes, 27 de marzo de 2020

Estos días. Sobre no saber hacer nada


Pascal Campion
Abro por pura casualidad un vídeo que me manda una amiga que no envía chorradas. Es un vídeo para aprender a lavarse las manos bien, sin dejarse ningún resquicio. Al terminar suspiro aliviada, por fin algo que sé hacer bien. En estos días me he dado cuenta de que no hago casi nada bien, en realidad es que no sé hacer nada. «¡Tú escribes!» Ya bueno, eso no tiene ningún mérito, ni interés ni utilidad. Ayer, a mi madre y a mí, nos faltó descorchar una botella de vino para celebrar que había conseguido arreglar las cuchillas de un vaso de batidora que debe de tener unos cuarenta años. ¡Ole, ole, ole! No hemos hecho nada con ese vaso pero mi madre ha sabido arreglarlo, le ha dado una nueva vida. Yo, en un alarde de ingenio sin precedentes, lo máximo que hubiera podido hacer sería convertirlo en maceta, rellenarlo de tierra, plantar algo, regarlo y que no creciera nada. Por supuesto cuento con que habría elegido mal la tierra, habría plantado lo que fuera al revés y lo habría regado muy poco o demasiado. 

El verano pasado estando de vacaciones también con mi madre se estropeó una lavadora de unos treinta años. El técnico nos dijo «Uy, señoras (cada día me parezco más a mi madre y creo que me faltan cinco años para que parezcamos hermanas), esto es una chorrada pero la pieza no se fabrica». ¿Qué hice yo? Busqué  el modelo de lavadora, el nombre de la pieza, e hice una búsqueda por la red por si acaso podíamos pedirla en algún sitio. Por supuesto fracasé. Y me eché la siesta. Y cuando me levanté con la cara marcada con las arrugas de la almohada y con la sensación de haber vuelto a 1980, me encontré con que mi madre había ido a los chinos, había comprado varias piezas, gomas, alambres y pegamentos y haciendo, una vez más, uso de su talento para ser McGyver, había arreglado la lavadora. 

¿Qué hice yo? Compartir el logro, con fotografía de la pieza incluida, en el grupo de wasap familiar para que las treinta y cinco personas que usan esa lavadora dieran vítores a mi madre. (Es una casa compartida por mucha gente en un equilibro de convivencia muy chulo que ya explicaré otro día). Se celebró con vítores y aplausos y yo comenté que si hubiera un desastre nuclear estaba claro que los que valdrían de algo serían mi madre y tres o cuatro personas más del grupo, entre ellas uno de mis hermanos. Hubo gente que se ofendió y dijo «eh, que yo sé  hacer cosas, méteme en el grupo de gente que salvará a la humanidad». Por no discutir les dije que sí, que vale, pero vamos que no, que la mayoría somos unos inútiles pero a la gente le cuesta reconocerlo. A mí no me cuesta y tampoco podría engañar a nadie.  

Estos días mientras teletrabajo, limpio, cocino alguna cosa, intento leer algo y coloreo mandalas pienso que no sé hacer nada. He intentado pensar en algo que haga bien, algo que sepa hacer a conciencia útil y con algún sentido práctico pero no se me ha ocurrido nada. 

«Qué bonito esto que coloreas» me dijo ayer mi madre. Está claro que tampoco se me da bien lo de los mandalas. 

Ayer perdí dos partidas de parchís a distancia jugando contra mis sobrinos y tres al scrabble contra mi primo que está en Argentina. Quizás me pueda aferrar a esto, tampoco seré nunca una gran campeona de nada... pero entretengo y sé lavarme las manos. 

PS: me he cortado las uñas de las manos y de los pies. Han quedado regular.  

miércoles, 25 de marzo de 2020

Estos dias. Sobre irse o no irse y sobre ser viejo

Escribe Tallón que ahora ya nadie puede decir "Me voy" y eso me recuerda a cuando yo era adolescente y estaba, como ahora, en Los Molinos. En aquella época mi máxima aspiración era estar todo el tiempo que pudiera con mis amigos, todas las horas, todos los minutos, posibles. En mi casa se llevaba una disciplina estricta porque mi madre era un poco la Srta. Rottenmayer, un poco Julie Trinos en Sonrisas y Lágrimas y otro poco un instructor de colegio interno especializado en casos rebeldes (Yo era una santa pero mi madre no lo veía así). Esta curiosa multipersonalidad de mi madre significaba para nosotros que a las 9:30 tocaba una campana para bajar a desayunar, que a las dos y media tenías que estar en casa sentado a la mesa para comer y que a las diez, ¡ay de ti! si no llegabas en punto a la cena. No puedo ni contar los días que llegaba a casa de mis amigos a las once de la mañana para encontrármelos profundamente dormidos. «Ana, pasa si quieres a ver si consigues que se despierte» me decían sus padres mirándome con cara de ¿Pero esta chica no tiene casa?  ¿Sabéis eso que dicen que si miras a alguien mientras duerme, se despierta? Es mentira. 

Mi drama era que yo llegaba la primera, cuando no había nadie y me tenía que ir la primera, cuando estaban todos. Como siempre he sido mucho de agonizar con anticipación, una hora antes de la hora empezaba con mi cantinela «Yo me voy», y no me iba. Y lo repetía cada cinco minutos sin moverme del sitio «yo me voy», «yo me voy», «yo me voy» y no me iba. En el fondo esperaba una revuelta popular, un estallido de solidaridad entre mis amigos para que todos se levantaran y dijeran «No, no te vas, vamos a hablar con tu madre para que cambie las reglas» Por supuesto eso no pasó jamás y lo que ocurrió fue que mis amigos lo tomaron como frase comodín, decian "yo me voy" cuando no tenían ninguna intención de quedarse a dormir, a comer o a pasar horas en donde fuera que estuviéramos. 

«Ahora sí que me tengo que ir» era la frase con la que me despedía definitivamente. 

Ahora, como cuando era adolescente, no me quiero ir a ninguna parte. Quiero quedarme aquí, a salvo, en mi casa, en mi cuarto, con mis cosas, mis libros, mi estantería. El sábado hice una limpieza tan a fondo que creo que encontré recuerdos y lágrimas (ya he dicho que en pandemia me voy a permitir ser todo lo cursi que me dé la gana) desde que en ese mismo cuarto sobreviví a mis primeros desengaños amorosos. 

Quiero estar en casa porque lo que hay fuera me da miedo.
 
Ojalá me pasara como a Joanne Cameron, una entrañable señora escocesa, que tiene una mutación genética que le impide sentir emociones negativas. ¡Ojo! No es que no sepa que hay cosas tristes, no es que no le afecte la muerte de sus seres queridos o las desgracias, no es un terminator o una psicópata. Lo que le ocurre a Joanne es que todas esas emociones negativas no la consumen, su cerebro las encaja, las acomoda y sigue adelante. “I know the word ‘pain,’ and I know people are in pain, because you can see it.I see stress, and I’ve seen pain, what it does, but I’m talking about an abstract thing.” 

La envidio tanto. 

Veo con mi madre En el estanque dorado. Iba a decir  «con Henry Fonda y Katherine Hepburn haciendo de pareja de ancianos» pero no "hacen de nada", son una pareja de ancianos renqueantes, cuyos cuerpos empiezan a fallar mientras sus cerebros siguen brillantes, alegres, chisporroteantes (alerta cursilería) e ingeniosos. La primera vez que vi esta película me encantó, de la segunda no tengo recuerdo pero ésta ha sido maravilloso. Es una película que te reconcilia con todo y, sobre todo, te enfrenta al hecho de hacerte viejo. No mayor que es un eufemismo que nos hemos montado para creernos jóvenes con cincuenta palos. Esta película va de viejos siendo viejísimos y siendo tan o, mejor dicho, siendo más, mucho más interesantes que los jóvenes. Está en Filmin, alquiladla porque cada minuto que paséis viéndola será un minuto en el que estaréis en otra vida. 
«Pasé un rato con él en la rectoría. El hombre anda mediante [...] Hay que ver, con lo que ha sido este hombre. Mentira parece. Dice que esa es la vida y que uno cuando sirve para todo no piensa en el día que no servirá para nada, y que cuando llega el día en que no sirve para nada no tarda en acostumbrarse a estar mano sobre mano.» (Diario de un cazador, Miguel Delibes)
Tengo un tic en el párpado del ojo izquierdo.

En unos pantalones que no me ponía desde hacía meses me he encontrado cuarenta euros. 

PS: sigo sin encontrar el momento de cortarme las uñas.