viernes, 27 de septiembre de 2019

Predicadora de podcasts

Es un tópico manido, manoseado, aburrido y cansino pero la vida siempre te lleva a sitios que ni te imaginas. Te empeñas en pensar a largo plazo, en hacer planes, en imaginarte dentro de dos años, de tres, de diez y crees, con toda tu ingenuidad, que vas en línea recta hacia ese futuro que va a ser como tú lo has pensado. Luego llega la vida y te da sustos, empellones, giros inesperados, arabescos laterales y muchas sorpresas que jamás en tu vida hubieras podido imaginar. 

Hace cinco años empecé a escuchar podcasts para intentar no morir del aburrimiento al volante (y para no plantarme con un lanzallamas en una emisora y prender fuego a los tertulianos). Empecé para probar, para ver de qué iba aquello. Poco a poco se convirtió en un vicio, es casi una adicción. Cuando no puedo disfrutar de mis dos horas (a veces tres) de soledad al volante acompañada de todas esas voces a las que me he ido enganchando, siento algo parecido al síndrome de abstinencia. Confieso que, a veces, no ofrezco mi coche para poder viajar sola con mis podcasts. «Me llamo Ana y soy adicta a los podcasts, ¿qué pasa?» 

El podcast es un vicio solitario. Se escucha en silencio, concentrado en lo que te están contando porque te lo están contando a ti. No se puede escuchar como la radio, en medio del barullo de una conversación o en torno a una mesa camilla. Es algo que haces solo pero claro, te gusta tanto que quieres contarlo a los cuatro vientos, quieres que más gente descubra lo que tú estás disfrutando, las historias increíbles que te hacen gritar al volante «No puede ser». En estos cuatro años he dado la brasa a diestro y siniestro con los podcasts. A mis hijas las entretengo en la cena contándole la última historia de true crime que he escuchado, o el escándalo de una timadora profesional o cómo el diseño industrial no piensa jamás en las mujeres. Si veo la más mínima brecha en una conversación intento meter mi cuña sobre podcasts. En redes no paro de recomendarlos. Lo confieso, soy una apostol de los podcasts. 

Y ahora, por sorpresa, se unen las sorpresas de la vida, internet y los podcasts y gracias a Podium Podcast voy a ser  predicadora en las ondas. A partir de hoy vais a poder escucharme en Podium Inside un nuevo podcast que habla precisamente de eso, de podcasts. Aquí, en cada programa, hablaré de los podcasts que me gustan, de porqué me gustan, de lo que no me gusta, de lo que me emociona, me divierte, me horroriza, me encanta, me engancha.... Va a ser divertidisimo y me encanta hacerlo. Esta semana hablo con María Jesús Espinosa de los Monteros, Directora de Podium, sobre dos de mis podcasts favoritos y que además son dos que recomiendo para empezar en este mundo. 

Mi yo de hace cinco años jamás hubiera creído que eso que empezó a hacer para no morir de aburrimiento al volante iba a terminar llevándome a participar en un podcast. 

Llamadme predicadora. 


miércoles, 25 de septiembre de 2019

Hablemos de hombres franceses y de conspiraciones y de expectativas.

Que la gente fume, a veces, tiene cosas buenas. Por ejemplo, cuando volvemos al hotel después de cenar en San Juan de Luz, son las doce de la noche y, de repente, te das cuenta de que la tarjetita con la combinación que hay que marcar para entrar en el hotel, está encima de la cama. «¿Era seis cuatro cuatro y algo, no?» «Sí, eso me parece». No era, claro. Tecleamos como maníacos todo lo que se nos ocurre y cuando estamos valorando dormir en el coche, una voz nos grita desde arriba «¿Necesitáis el código?» Alabados sean los fumadores franceses trasnochadores. Que el señor esté con ellos. Con ellos y con los franceses. Me sigue maravillando como cruzamos la frontera sin enterarnos y, sin embargo, todo es diferente tras ese paso invisible. Mi principal fijación estos días, en el País Vasco francés, es la cantidad de gente mayor que hay allí.  En serio, no hay que fijarse mucho para ver que allí, los mayores, los de más de sesenta están tomando el poder. Como mi adorable profesora de inglés me había puesto como tema, para mi ensayo semanal, escribir sobre una conspiración, cogí el tema de los mayores en Francia y sus famosas villas floridas para elaborar toda una teoría al respecto. Los pueblos en Francia son más floridos, consiguen más florecitas si tienen más viejos. A más viejos, más florecitas. He investigado y hay una categoría de honor, La flor de oro, sospecho que en esos pueblos a los jóvenes los han liquidado. Pienso seguir investigando porque pienso seguir viajando a Francia pero no volveré a Biarritz. ¡Qué decepción! Parezco nueva y llevaba las expectativas nivel «este es el hombre de mi vida» como cuando tenía dieciocho años y me iban a presentar a un amigo de un amigo. Aquel no era nunca el hombre de mi vida y con el tiempo aprendí a rebajar mis expectativas a «seguro que es un brasas» lo que no hizo que ninguno de ellos fuera el hombre de mi vida por sorpresa pero convirtió todos los encuentros con hombres nuevos en algo susceptible de ser mejor de lo que yo me esperaba. A Biarritz llegué pensando «me va a enloquecer» y después de quince minutos allí, caminando por sus calles, ya sabía que esa ciudad y yo no teníamos nada en común. La playa es espectacular y la luz maravillosa pero lo demás, ay lo demás, me pareció todo un despropósito que solo mejoró cuando trepamos los doscientos cuarenta y ocho escalones del faro y lo vimos desde arriba. Miento, también mejoro cuando decidí dejar de mirar las maravillosas mansiones encajonadas entre bloques de apartamentos de lujo y fijarme más en los hombres franceses. Iba de uno a otro haciendo "check", "check", "check". Hablemos de los hombres franceses y lo elegantes que son. Y lo guapos. Y lo bien que saben envejecer y lo bien que saben llevar la ropa y como no dicen esa tontería que dicen muchos aquí: «a mi es que solo me gusta llevar camisetas». Y te lo dicen como si tuvieras que ponerles una medalla o arroparlos porque necesitan mimos. A los franceses no les pasa eso: un señor de cuarenta años, o de cincuenta o de sesenta no va disfrazado de nostalgia de sus veinte años, está a gusto con su pelo blanco y sus gafas locas de montura verde. Tengo un amigo escritor al que le he pedido por favor que envejezca hacia señor francés interesante. Está bastante por la labor y por lo menos en las fotos ya no se pone camiseta. Aprendamos todos a envejecer como los franceses. Como ellos y como ellas. El sábado, en un concierto muy loco de una banda muy asimétrica formada por gente de sesenta y gente de diecinueve, los sesentones copaban la pista bailando sin ningún tipo de pudor ni cortapisa. Alegría y alboroto al ritmo de September o de Aretha Franklin. A mí me gustaron los vientos: un calvo con ojos azules de pirata y camisa blanca que tocaba la trompeta y un empotrador al que despedir tras el desayuno que tocaba el trombón de varas. Aspiremos todos a ser señores mayores franceses que compran pan por las mañanas y cenan queso con vino por las noches. Aspiremos a dejarnos las canas sin problema y a llevar gafas loquísimas. Aspiremos a ser elegantes. Aspiremos a ser novios de la mano. Dejemos de pretender que tenemos veinticinco años, los veinticinco son un coñazo. 

Y hablemos de San Sebastián que nunca defrauda. Hablemos de una ciudad que huele a algo que se está acabando pero todavía no lo sabe. Me gustaría parar el tiempo y dejarla como está o rebobinar diez años y dejarla ahí, parada, como el último caramelo del bote heredado de tu abuela, o el vestido maravilloso que llevaste el día que has estado más guapa de toda tu vida y que nunca volverás a ponerte. San Sebastián en una bola de cristal en la que llueva al moverla. 

Y hablemos del Chillida Leku. Y de una falda de rayas de colores y un impermeable verde y unas zapatillas azules. Y de un partido de remonte y un corredor de apuestas de Zarautz que nos miraba cómo si fuéramos alienigenas en aquel frontón de Hernani. Y de bonito y chuletón y albóndigas de chuletón. Y de La Concha y Gethary. Y del cuarteto de música de cámara que sonaba en el parking de Biarritz. Y de una alcantarilla. Hablemos de todos estos recuerdos que me he traído de este viaje. 

Y del 6644, la combinación de la puerta del hotel La Caravelle. 

Y hablemos de repetirlo el año que viene.


jueves, 12 de septiembre de 2019

10 cosas que me dan miedo

David Shrigley
Número uno. Los gatos. No es que no me gusten es que me dan miedo. Mi mayor temor es que me toquen, que me rocen. Hace años, en casa de una compañera de trabajo, me pasé toda la sobremesa abstraída de la conversación porque no podía apartar la mirada de su gato que se paseaba por encima de los sofás, de los muebles, entre nuestras piernas. Cuando llegó a mis piernas, caminando con todo su orgullo y con la cola hacia arriba, tuve que agarrarme a la silla para no darle una patada voladora. Me dan miedo y los odio a partes iguales. 

Número dos. Morirme joven y perderme la vida de mis hijas. Clara dice que eso ya no va a pasar porque ya no soy joven pero yo considero que morirme antes de los 90 va a ser morirme joven. Cuanto más me acerco a la edad de mi padre cuando murió más miedo me da.  Sé que es una estupidez pero si consigo cruzar los cincuenta y dos sin que me de un infarto creo que conseguiré una extensión de vida hasta los noventa. 

Número tres. Los cuadros de Max Ernst. No puedo verlos, si llego a un museo y sus obras están colgadas en la paredes, las distingo de un vistazo y me alejo de ellas con un escalofrío. Me da miedo lo que pinta, lo que cuenta y no sé si entiendo y sobre todo, y esto es lo más raro, la textura.

Número cuatro. Volver a tener una depresión. Creo que se me está olvidando y me da miedo volver a pasar por ello y que sea tan malo o incluso peor. Que la próxima vez no se termine. 

Número cinco. Tener con mis hijas la relación que tengo con mi madre. A este miedo solo me asomo de vez en cuando, poco a poco, me asomo y retrocedo porque si indago mucho puedo caer en una espiral de culpabilidad, baja autoestima y reconocimiento de errores que me da pánico. Este miedo es como la luz que se enciende en el pasillo en las películas de miedo, solo que yo soy más lista o más cobarde que los protagonistas y no me levanto de la cama a ver qué pasa. Prefiero quedarme en la cama tapada hasta las orejas. 

Número seis. Saber con certeza que se siente cuando se pierde a un ser querido y saber qué esas sensaciones van a repetirse pronto. Saber que lo pasaré fatal y no poder hacer nada para evitarlo. Saber que cuando mayor me hago más veces me enfrentaré a ello. Saber con antelación lo duro que será. 

Número siete. Hablar demasiado. Siempre se habla demasiado. Todos (o casi todos) hablamos demasiado, palabras y palabras y palabras. He perdido la cuenta de las noches que en mi insomnio me prometo a mí misma que mañana mismo dejaré de hablar tanto. Me centraré en no hablar, en decir lo mínimo. No lo consigo. Me da miedo no conseguirlo nunca. A la vez me da miedo hablar de menos pero esto lo tengo más controlado. 

Número ocho. Caerle mal a alguien que me cae bien y no darme cuenta. No tengo ningún problema con caer mal, es más me preocuparía caerle bien a todo el mundo pero me desasosiega no darme cuenta de que alguien que a mí me cae bien, no me traga. Pensándolo bien la culpa es del otro: si te caigo mal, haz señales. No seas tan educado que pueda malinterpretarte. 

Número nueve. Enamorarme de un imbécil. Bucear.  

Número diez. Vivir para siempre en Madrid. Es curioso como siento que he empezado una especie de cuenta atrás para marcharme de esta ciudad. No sé cómo, ni cuando pero presiento que el tiempo corre y me da miedo que llegue a cero y seguir atrapada en Madrid. 

¿Qué más me da miedo?
Morir flotando en el espacio sintiendo que tu cuerpo se va consumiendo o parando mientras flotas en una inmensidad en la que no se escucha nada y nadie te oye.


lunes, 9 de septiembre de 2019

En Carloforte

A Carloforte se llega en un ferry gigante en el que se puede distinguir a los autóctonos de los (pocos) turistas porque se quedan durmiendo en sus coches los cuarenta minutos del trayecto. Los (pocos) turistas suben a cubierta para ver Cerdeña alejarse y la isola de San Pietro acercarse. Carloforte es pequeño, pequeño de verdad. Tiene principio y final. Se abarca de un vistazo. Empieza en el mar y termina en los pinares que rodean las casas que trepan por la colina y en la gran salina llena de flamencos. En Carloforte las casas son de colores con ventanas verticales y contraventanas blancas. Hay buganvillas y ficus gigantes con bancos circulares que rodean sus troncos y en los que se sientan los lugareños a charlar de nada. En torno a esos mismos bancos, los domingos, organizan un mercadillo de los de verdad, con puestos en los que venden trastos. En Carloforte hay calles empinadas compatibles con respirar mientras se camina y escalinatas tendidas que subes sin enterarte. Y hay tendederos, cientos de ellos, en cada balcón, casi en cada ventana, hay cuerdas llenas de ropa tendida. Los tendederos se asoman a los balcones, como los vecinos a las ventanas y parecen, como estos, comentar  qué hacen esos dos paseando por sus calles, qué se nos ha perdido por ahí.  Hay carteles de vendesi y me preguntó dónde llevará el acento. ¿Es esdrújula o llana? Los españoles cuando fingimos hablar italiano hacemos todas las palabras esdrújulas y las llenamos de ies. En algunas de las casas de los carteles se abren puertas que dan a pasillos estrechos con azulejos hasta la mitad que llevan a las profundidades de las casas de colores, a las habitaciones desde las que se tiende la ropa y escuchamos gritos avisando de que la colazione está preparada.  En Carloforte hay atún y focaccia. Y arena y sal. Y olas. Y gintonics preparados como si fueran trucos de magia. En Carloforte hay mar y salinas y mirto negro y lentisco rojo. Aprendo a diferenciarlos por el color de sus frutos, unas bolitas con las que mi yo de ocho años jugaría a las cocinitas. Hay motos y bicis y vecinos que se saludan soltando el manillar con una desenvoltura que podría pasar por imprudencia sino fuera porque en Carloforte parece no pasar nada. Hay cerveza con la bandera de Cerdeña, con cuatro moros y una cruz roja. Una cerveza que me gusta. Hay una escuela roja con puertas de madera: Scuole Feminili, Refettorio, Scuole Elementari. Justo enfrente hay otro edificio rojo, casi granate, en la fachada con grandes letras amarillas leemos Trattoria José Carioca. ¡Rotuladores! gritamos, porque tenemos más de cuarenta y cinco años y Carioca nos lleva a esa caja de rotuladores que cada vez que conseguías te prometías a ti mismo que esta vez sería distinto, que esta vez los cuidarías, los dejarías siempre tapados y no dejarías que se secaran.

Cuando te divorcias, aunque te divorcies muy bien, todas las fuerzas de tu vida,  las velocidades de tu rutina y los pasos de baile de tus relaciones saltan por los aires. Unas se paran, otras desaparecen y algunas empiezan a girar tan deprisa que te lanzan despedida fuera de grupos en los que hasta entonces siempre habías estado.  Carloforte me ha centrifugado de nuevo al centro de uno de esos grupos y paseando por sus calles he pensado que, como con los Carioca, está vez no voy a dejar que esas amistades vuelvan a secarse. 

En Carloforte parece no pasar nada. Carloforte te dice «ven, no hagas nada, mira el mar, tiende la ropa, come atún y verás como si miras bien, aquí pasa todo».



Santos y Pietro, gracias por centrifugarme.