jueves, 11 de enero de 2018

La Nada adolescente

«Paso a paso, irresistible y silenciosa, la Nada iba penetrando por todas partes, a través de los altos muros negros que rodeaban la ciudad». (La historia interminable, de Michel Ende)

Cuando mis hijas eran pequeñas, sus cenas eran una auténtica tortura para mí, una prueba de supervivencia cada noche. Perdí años de vida y me salieron canas batallando con ellas para que comieran algo. Cuando ya no podía más, a la desesperada, se me ocurrió leerles mientras cenaban y, contra todo pronóstico, funcionó. Les leía historias, libros gordos de más de cuatrocientas páginas y me miraban ensimismadas engullendo la cena tranquilamente. El primero que les leí fue La Historia Interminable. Les encantó y de una noche para otra recordaban perfectamente cada escena, cada personaje, toda la trama. Era magia. 

En aquella historia aparecía un enemigo invisible, algo cuyo peligro no era ser algo sino precisamente lo contrario, no ser nada. Era la Nada. Ellas y yo imaginábamos la Nada como una sustancia gris, una nube, un charco de lodo, una sombra que tapaba la realidad, que cubría poco a poco el reino de Fantasía. Llevo días pensando que la Nada es, en realidad, la adolescencia y sus embates son olas que llegan a la orilla de mi casa, a mi puerta barriendo con su fuerza cualquier entusiasmo, interés o curiosidad que mis hijas tuvieran de niñas. No sé que ha pasado, no sé como luchar contra ello. 

—¿Queréis hacer algo?
—No, nada.
—¿Qué tal en el colegio?
—Bien, nada especial.
—¿Queréis que hablemos de algo?
—No, de nada. 
—¿Alguna novedad?
—Nada. 
—¿Te apetece leer algo?
—Puff, qué rollo.
—¿Ver una peli?
—Qué aburrimiento. 

¿Qué ha pasado con todas sus inquietudes? Todo les aburre, todo les da igual, todo les es indiferente. Languidecer horas y horas parece su mejor plan vital. Una ola les quita las ganas de viajar, otra ola les quita las ganas de leer, la siguiente hace que dejen de tener interés por actividades extra escolares que ellas mismas eligieron.  Por supuesto de vez en cuando algo parece encender una pequeña chispa de alegría, de curiosidad, de interés. Me aferro a esos momentos aunque sean cosas que no entiendo, que no me gustan, que me interesan cero. Trato de avivarlos, como una maníaca me pongo a soplar esa mínima ascua de color, de alegría, de "algo" para que prenda, para que se convierta en una llamarada pero, la mayoría de las veces, se consume rápidamente y volvemos a la gélida nada adolescente, a esa languidez fría y resbalosa que me exaspera y me entristece. Me entristece porque me doy ternurita a mí misma, me acuerdo de mi yo de hace cuatro, cinco, ocho años, llena de vitalidad y energía que llevaba a sus hijas a museos, teatros, representaciones, bibliotecas, talleres, a ese yo que les leía cuentos, les descubría pelis y las llevaba de turismo contándoles historias. Mi yo de aquel entonces pensaba que todo aquello dejaba un poso, construía un sedimento que serviría para que siempre fueran curiosas, tuvieran interés, fueran inquietas mentalmente, quisieran aprender. Ja. Qué mona era y qué inocente. Todas esas horas han sido barridas por la tempestad de la Nada que asola mi casa. Quiero pensar que debajo de todo el agua, de las olas, esos cimientos están aguantando y que resistirán, y en algún momento en el futuro, cuando la Nada adolescente pase, resurgirán erosionados, quizá quebrados pero que aguantarán. 
«—No- dijo con voz profunda y retumbante.- Quiere decir que debes hacer tu Verdadera Voluntad. Y no hay nada más difícil.
—¿Mi verdadera voluntad?- repitió Bastian impresionado ¿Qué es eso?
— Es tu secreto más profundo, que no conoces.
— ¿Cómo puedo descubrirlo entonces?
—Siguiendo el camino de los deseos, de uno a otro, hasta llegar al último. Ese camino te conducirá a tu Verdadera Voluntad.
—No me parece muy difícil- opinó Bastian.
—Es el más peligroso de todos los caminos- dijo el león.
—¿Por qué? - preguntó Bastián.- Yo no tengo miedo.
—No se trata de eso -retumbó Graógraman- Ese camino exige la mayor autenticidad y atención, porque en ningún otro es tan fácil perderse para siempre»  (La historia interminable, de Michel Ende)

Y así paso los días, esperando a que mis hijas sepan qué quieren, qué les gusta, qué les interesa. Esperando a que no les de miedo interesarse por algo por el qué dirán o que lo que quieren no dependa de la moda o de lo que le dicen sus amigos. Esperando que se atrevan a mirar más allá de su adolescencia. En el fondo sé que es cuestión de tiempo, a todos nos voltearon las olas de la Nada adolescente, todos fuimos lánguidos e hicimos de la apatía un leiv motiv y casi todos conseguimos salir y llegar a la playa. Lo que me preocupa es el casi, ¿y si ellas no lo consiguen? ¿y si se convierten en unas adultas insípidas y aburridas? ¿Y si crecen y no me gustan? 

Ten hijos, te dicen.

«Así, pues, lo peor de ser padre es mi sino: ser adulto. No hablo el lenguaje adecuado; no me enfrento a los mismos temores y contingencias y oportunidades perdidas; mi sino es saber demasiadas cosas y sin embargo tener que estar parado, como un farol con la luz encendida, esperando que mi hijo vea el resplandor y se decida a acercarse al calor y la luz que le ofrece calladamente». El día de la independencia de R. Ford.


lunes, 8 de enero de 2018

Despelleje en negro: los Globos de oro

Voy a ser sincera, a mí que todas las actrices decidieran vestir de negro en la gala de los Globos de Oro me parece regular. Más que regular completamente intrascendente, superfluo y, sobre todo, fácil. ¿Es reivindicativo ir con un vestido de alta costura negro en vez de llevarlo azul apolo (como mi coche) o verde madrina de boda? Pues no lo sé, yo no lo veo. Puestos a ser reivindicativos, lo que de verdad hubiera sido rompedor hubiera sido ir vestidas de un color que diera fatal en pantalla, algo que chirriara, que llamara muchísimo la atención. Si alguien no sabe de qué va la historia del Time´s up y el  #metoo, se pone a ver la gala y es muy posible que ni se de cuenta de que todas van de negro. 

Así como tengo dudas sobre el supuesto valor reinvindicativo del negro, no tengo ninguna sobre el plus de elegancia que el total black ha dado a la gala. Jamás podré agradecer bastante al comité reinvindicador que me haya librado, por primera vez en la historia de este blog, de ver trajes color carne y color visillo sucio de piso en alquiler en idealista. God bless you total black.  El descanso de mis ojos, sin embargo, trae como consecuencia un empobrecimiento en el nivel de despelleje porque, al fin y al cabo, todo es negro. ¿O no?

Tenemos el negro profundo a lo bruja del mar y el negro adornado. El negro recatado con su camisita y su canesú y el negro porque yo lo valgo.  El ojalá fuera negro y no este traje rojo absurdamente construído. El negro las sandalias de fiesta son dos números más grandes y el negro cuatro por cuatro, dieciséis.  


Tenemos también el negro ¡Aleluya, por fin Emma Stone ha conseguido vestirse de un color que no sea el de su piel!  y el negro "ayssss, no". El negro cariátide y el negro perifollo. El negro bañador de lycra mala del Decathlon AKA "si te mojas con eso y palmeas pareces una foca monje" y el negro "Asley Jud, hija mía, qué te has hecho". 

Por supuesto no podía falta el negro "todo MAL"  pero REQUETEMAL y el negro "te has echado quince años encima o vas disfrazada de Joane Crawford". El negro "dame una A, dame una N, dame una G...ANGELINA y muevo mis pompones"  y el negro disfraz de esqueleto. 

El negro "lo quiero todo, el retal entero, los metros que sean, todos" y el negro "soy Susan Sarandon, what else?  El negro ¿cómo es posible que vayamos las dos hechas unos trapos si se suponía que esto era fácil? dame la mano a ver si así se nos ve menos.  Y el negro diosa. 

El negro premio jaboneras y el negro "Soy Michell Pfeiffer y ya está". El negro "NO, no y no, esmoquin con brocados NO" y el negro "Dios mío que resaca tengo, si esto es una alfombra roja a lo mejor soy Jude Law o no, o ¡yo qué se!" 


El negro me has dejado sin palabras y el negro "hacerse un Pedroche". El negro Giuliana, cómo es posible que después de diez años siga sin saber quién eres y lo que es más increíble como sigues viva cuando es obvio que no has comido nada en estos diez años. Envidio tu metabolismo. No podía faltar el negro sosaina ni el negro de institutriz de película del oeste.

El negro casi sí pero no y el negro me recuerdas a unas cosas que mi abuela colgaba en los pomos de las puertas de sus armarios y que nunca entendí qué sentido tenían, como tu vestido.  


Hay que reconocer que todo esto con telas de lunares o de color amarillo limón hubiera sido muchísimo más divertido. A ver si para los Oscars se les ocurre.


domingo, 7 de enero de 2018

Romance de invierno

Soho. Joseph Holmes
«El romanticismo del invierno es posible solo cuando tenemos un interior cálido y seguro en el que refugiarnos, y el invierno se convierte en una época tanto para mirar como para vivir». (Adam Gopnick)


Cuando yo era una niña y mis padres eran treintañeros los inviernos eran fríos y en Los Molinos vivíamos con mis abuelos. La Rosaleda era un caserón de principios de siglo con grandes muros de piedra que lo mantenían siempre fresco en verano y que en invierno lo mantenía a una temperatura que lo hacía perfectamente apto como base de entrenamiento para una expedición polar. Ropa abrigada, jerseys gordos de los que picaban, pantalones de pana, encender radiadores más por fe que por efectividad, las sábanas heladas, los calientacamas, el vaho sobre la mesa de la cocina cenando al llegar los viernes. Ir a Los Molinos en invierno requería mucha logística y, sobre todo, curtía. A la sierra se iba a respirar aire puro, a huir de Madrid y a pasar frío. 

Cuando yo seguía siendo pequeña pero mis padres ya eran cuarentones compraron nuestra casa, La Creu. Una casa con paredes de ladrillo blanco, tejados de pizarra y grandes ventanales para aprovechar la luz y el calor del sol. A pesar de todo eso, a Los Molinos seguíamos yendo a curtirnos. Aterrizábamos allí los viernes, encendíamos los radiadores eléctricos que tenían el maravilloso superpoder de quemar sin calentar y nos apiñábamos en los sofás esperando que el cariño fraternal (y los pedos) nos hicieran entrar en calor. Camisetas thermolactil de las que hacían pelotillas, botas forradas, plumíferos de dos colores, seguíamos teniendo que disfrazarnos para aguantar el crudo invierno. La única mejora con respecto a La Rosaleda consistía en un sistema de ventilador que se instaló en la chimenea y que en teoría llevaba el calor del fuego al piso de arriba. Yo creo que era más fe que otra cosa pero para cuando el domingo tocaba volver a Madrid nos parecía que habíamos empezado a sentir de nuevo los dedos de los pies. 

Cuando yo ya era mayor y mis padres frisaban los cincuenta, a nuestras vidas llegó "la reforma". Entramos en ella como curtidos pobladores del invierno y salimos de ella sintiendo que el frío, las narices rojas y los pies congelados era algo que les pasaba a otros, en otra época, en otros lugares, en otro tiempo. Una caldera maravillosa, un programador, radiadores que desprendían calor con generosidad y abundancia, ventanas que cerraban herméticamente, doble cristal. Por la puerta principal y con grandes fanfarrias el confort entró en nuestras vidas y por las ventanas salieron las camisetas térmicas, las sábanas de franela, las dos mantas en cada cama, el pijama manta con pies, los jerseys gordos. Se nos olvidó el frío, olvidamos que estábamos en la sierra, a mil metros de altura y nos creímos a salvo, protegidos. ¡Qué digo protegidos! Hasta nos pavoneábamos y hacíamos alardes: dormir desnudos, caminar descalzos, camisetas de manga corta, finos edredones sintéticos, duchas tan calientes que salías de ella esperando que alguien te preguntara ¿has estado alguna vez en un baño turco? Dejamos de curtirnos, nos volvimos flojos, débiles, comodones. Olvidamos el invierno. 

"Si no recordáramos el invierno en primavera, no sería tan hermoso ... faltaría la mitad de la gracia de la vida. Estaríamos viviendo sin altos ni bajos, como si tocáramos  un piano sin teclas negras". (Adam Gopnick)

El año pasado hubo que cambiar la caldera. Le rendimos los honores correspondientes y tras un cónclave en el que la protección medioambiental, el ahorro y las nuevas tecnologías tuvieron mucha presencia, los sabios decidieron instalar una caldera de pellets: ecológica, funcional, económica y supercalifragilisticuespialidosa. La nueva caldera ha llegado a nuestras vidas para espabilarnos, para hacernos reaccionar, para dejarnos claro que la vida no es para los flojos y para hacer que nuestras narices vuelvan a gotear. Es nuestro Sargento de Hierro, calienta pero sin alardes, nos obliga a estar alerta, a percatarnos del frío, a hacer algo para calentarnos, no nos da tregua. 

De los altillos, de los rincones de los armarios, de las cajas más remotas han salido las camisetas interiores, los pijamas mantas de unicornio, de la patrulla canina, las batas forradas como si fuéramos princesas de reinas helados, las camisas de franela, el doble calcetín, los jerseys gordos, los gorros de lana, las mantas en el sofá. Las noches se iluminan ahora con las chispas de electricidad estática que las recuperadas sábanas de franela producen al chocar con nuestros pies enfundados en calcetines gordos. Apilar leña, atizar el fuego, limpiar la caldera y acabar como Bert, el deshollinador de Mary Poppins. Hasta hemos recuperado el sistema del ventilador de la chimenea que hace que toda mi ropa huela a leña y a fuego cuando vuelvo a Madrid. 

Nos habíamos acomodado y eso casi acaba con el romance invernal. Con la nueva caldera hemos recuperado el invierno y la sensación de frío. Volvemos a valorar el calor, lo que cuesta conseguirlo y mantenerlo. Hemos vuelto a vivir el invierno como si no lo conociéramos, como si fuera desconocido, lo estamos redescubriéndo y volviendo a enamorarnos de él. También hemos vuelto a ducharnos en días alternos o incluso cada tres días pero el amor es así y no ducharse curte mucho.

«En las profundidades del invierno finalmente aprendí que en mi interior habitaba un verano invencible». (Albert Camus)


miércoles, 3 de enero de 2018

Una cabalgata de camiones de basura

Los niños aplauden hasta al camión de los barrenderos que cierra las cabalgatas».

Yo adoraba el camión de la basura. Cuando era pequeña me despertaba todas y cada una de las noches para ver pasar el camión por debajo de mi ventana. Me acostaba, me dormía y con el runrun del camión me despertaba, me acodaba en el cabecero de mi litera, movía las cortinas y llegaba a tiempo de ver el giro del camión, el salto de los basureros al suelo y el lanzamiento de las bolsas a esa boca traga todo que las engullía. Por aquel entonces el reciclaje era ciencia ficción, ¡qué digo yo! hasta los contenedores con ruedas eran algo del futuro. Los cubos de basura eran redondos, negros, con tapa que se ajustaba con unos enganches y con el número del portal escrito con pintura blanca. La calle llena de cubos alineados delante de cada portal. El nuestro era el diecisete. Intento recordar si había más de uno por portal y creo que no. Quizás el reciclaje abulta o quizás tirábamos menos cosas. 

Asistía perpleja cada noche a la coreografía de los basureros, siempre la misma. Saltar, abrir, acarrear bolsas y otro salto para encaramarse al camión. ¿Hay algo más maravilloso que pasar la noche paseando por la ciudad en un camión agarrado a un asa y disfrutando del aire en la cara? Probablemente hay un millón de cosas más maravillosas pero en mi infancia no se me ocurría ninguna más mágica y al mismo tiempo más accesible. Y aquello pasaba todas las noches bajo mi ventana. 

Tras el diecisiete, llegaba el diecinueve y aguantaba hasta el veintiuno que ya solo vislumbraba por la esquina de la ventana de mi cuarto. Después, dejaba caer la cortina, me arrebujaba en la cama y escuchaba el camión alejarse. En aquella época tampoco pitaba al girar, era como un rumor sordo que se iba alejando tal y como había llegado. Se despedía al girar la calle.  Me dormía pensando cómo sería ir en ese camión aunque fuera solo una vez ver la ciudad de noche y descubrir que era lo que la gente no quería. Repetía aquella rutina, noche tras noche, aunque estuviera profundamente dormida me despertaba para mirar el camión pasar. Me encantaba. 

En algún momento abandoné aquella rutina y ahora ya no me asomo a la ventana, entre otras cosas porque da a un patio de vecinos por el que  no pasa el camión de la basura, pero si una noche cualquiera, al volver a casa en coche, al girar una esquina me encuentro con el camión de la basura no me encabrono como el noventa por ciento de la gente ni empiezo a pensar en como escapar.  No me importa, me gusta verlo, me vuelvo a sentir como cuando me acodaba en mi litera. Paro el coche, me relajo y observo a los basureros y su coreografía. Los basureros ya no abren cubos, arrastran los contenedores y los enganchan a la boda devoradora. Ya no acarrean las bolsas ni las lanzan con estilo pero siguen saltando del camión al suelo y del suelo al camión como los apaches en las películas del oeste. Y, en el fondo, me sigue pareciendo maravilloso. Y mágico. 

Ojalá todos nos quedáramos hasta el final de la cabalgata cuando llega ese camión con sus apaches y su boca devoradora. 


domingo, 31 de diciembre de 2017

Lecturas encadenadas. Diciembre

Termina el año y esta es la última entrega del post que menos se lee: lecturas encadenadas. En diciembre he leído cinco libros de los cuales tres han sido comics. El otro día alguien me pregunto si los comics cuentan en la lista de libros leídos, «claro que sí» contesté. ¿Por qué no iban a contar? 

Tres sombras de Cyril Pedrosa. «Tienes que leerlo» Y lo leí del tirón, tumbada en un sofá tapada con una manta y atrapada por una historia muy muy triste llena de poesía. En el mes de noviembre, mientras leía Portugal, mi primer contacto con Pedrosa, no pensaba que me estaba gustando tanto pero según se ha ido posando en mí, asentando su estrato en mi experiencia lectora, su estilo me ha atrapado más. Ese mismo estilo está en Tres Sombras pero sin color. Los dibujos de Pedrosa te envuelven y envuelven la historia. Las líneas son redondas, curvas, plenas de expresividad y carácter. Son acogedores, esa es la palabra que me viene la cabeza para definir lo que se siente frente a los comics de Pedrosa. En este caso la historia es muy triste y si tienes hijos aún más, casi insoportable. Pedrosa presenta la muerte como lo que es, algo de lo que no se puede huir, no puedes correr, ni esconderte, ni hacer como que no la ves. Es algo más grande que nosotros y que siempre nos alcanza. 

El rumor del oleaje de Mishima llevaba en mi estantería desde el 23 de abril de 2016. Fui con Clara a comprar libros a Cercedilla y de todos los que había en la Librería Fuenfría éste fue el que se vino conmigo. Su momento ha llegado año y medio después. Esta novela se publicó por primera vez en 1954? y cuenta la historia de amor entre dos adolescentes en una pequeña isla japonesa. 

El mar, las olas, el viento, las tormentas, la lluvia y el resto de la población de la isla son personajes tan importantes como los dos jóvenes protagonistas y su historia de amor. Ellos sienten el amor pero toda la isla lo vive, afecta a todos. Es una historia delicada, suave, casi cumple todos los estereotipos que tenemos en mente sobre los japoneses: el valor de la tradición, de la familia, el estricto cumplimiento del deber, la ausencia de rebeldía, el respeto a los padres, a los mayores. Se lee fácil, con calma, como un cuento de otra época, como ver las olas en la orilla mientras te mojan los pies.  

«Mientras permanecía sumido en estas reflexiones, el tiempo había pasado sorprendente rapidez. Aquel muchacho tan poco dado ala reflexión se sorprendió al descubrir que una de las propiedades del pensamiento era su eficacia como medio para matar el tiempo. Sin embargo, el resuelto joven refrenó con brusquedad sus pensamientos, pues, al margen de lo eficaces que fuesen, lo que había descubierto con respecto a su nuevo hábito, por encima de cualquier otra consideración, era que también entrañaba un claro peligro»

La Guerra Civil Española de Paul Preston ilustrado por José Pablo García. Este comic fue un regalo de mi hermano pequeño por mi cumpleaños. Lo primero que hay que decir es que la Guerra Civil es un conflicto aburridísimo y cuyo estudio anula cualquier atisbo de confianza en la clase política de cualquier época y tiempo. Cuando digo que es aburrida no quiero decir que una guerra tenga que ser entretenida ni divertida pero nuestro conflicto civil está tan lleno de pequeñeces, de miserias y menudencias entre los políticos que cada paso, cada etapa, cada nueva riña entre los comunistas, los anarquistas, los socialistas, los trotskistas y demás resulta desesperanzado en su pequeñez. La estrechez de miras, el egoismo, la ausencia de la más mínima solidaridad, el clasismo, la soberbia ignorante y cateta de la derecha es igualmente aterradora. En el comic, se analiza el conflicto desde los primeros años veinte, explicando como la situación se fue deteriorando. Lees y lees y te das cuenta de que aunque lo desees, aunque inconscientemente lo esperes, no va a pasar nada bueno, lo que ocurrirá será terrible. La Guerra Civil, el golpe de estado militar fue horrible, un conflicto que destrozó el país y lo que es aún peor, sus efectos duraron (si es que no duran aún) muchos años después. La victoria de Franco y el bando nacional con todo su rencor cateto e ignorante, el rencor de los que se saben injustamente poderosos arrasó la vida y las esperanzas de todo el país. El comic es árido, serio, casi académico y, a veces, complicado, pero merece la pena para intentar entender porqué nos pasó lo que nos pasó.  


Merci de Monin Zidrou. Este comic se coló entre mis lecturas como un regalo para María por su cumpleaños y lo leí antes de dárselo. Esto está muy feo pero ¿quién va a enterarse? Es un comic de adolescentes un poco rebeldes pero sin mal fondo. Una historia corta sobre una joven descolocada en esos años en los que todos nos queda grande o pequeño, en la que todo nos parece demasiado difícil o muy fácil, esos años en los que todo el mundo nos parece estúpido y nosotros nos creemos los únicos que lo sabemos todo. ¿Qué nos hace salir de esa etapa? ¿Cómo lo hacemos? Este cómic va de eso. Muy recomendable para todos y más si tenéis adolescentes languideciendo por vuestro salón esperando a que la vida sea de su talla. 

He terminado el año volviendo a Alemania con Regreso a Berlin de Verna. B. Carleton. Verna era americana, de madre inglesa y padre alemán. En esta novela recrea o, mejor dicho, se inspira en un viaje que hizo a Alemania en 1957 acompañando a su amiga Gisele Freund, fotógrafa alemana. ¿Qué pasó con los alemanes que se exiliaron, que consiguieron huir de su país antes o durante la guerra? ¿Cómo lo vivieron? ¿Cómo fue su regreso? ¿Cómo fue avergonzarse de ser alemán fuera y de haber podido escapar al volver? Vera intenta hacer un retrato que responda a todos estas preguntas siguiendo los pasos de un matrimonio inglés formado por una inglesa y un aleman de los que consiguió huir y que al volver debe enfrentarse tanto a lo que dejó como a la nueva situación en Alemania. 

¿Me ha gustado? Pues ni sí ni no que creo que es lo peor que se puede decir de algo o alguien. Pensando sobre este libro pensé que si fuera un hombre y me preguntaran por él diría algo así como “es majete, entretiene pero se te olvida. Y es solo para quedar de vez en cuando”. Se lee fácil, engancha a ratos y en otros, se lee en diagonal porque te estás aburriendo y lo que quieres es irte a casa, perdón, terminarlo para irte a buscar, a leer, algo que te emocione más. 

Y con esta novela he llegado a las sesenta lecturas (contando comics) este año. 

Como bonus track, dejo aquí el enlace a un artículo en el New Yorker espectacular en el que Kathryn Schulz reflexiona sobre cómo creemos en lo que no creemos. Es un planteamiento muy curioso que sorprende y nos obliga a reflexionar. Sabemos que no existen las sirenas, el Yeti, los vampiros, los gnomos, las hadas o los fantasmas pero, a pesar de saber que no existen si nos piden que hagamos un ranking con todas estas criaturas de fantasía en orden de “existencia real”, somos capaces de hacerlo. A partir de ahí y tirando del hilo, el artículo es maravilloso. 

«Yet, in the end, what’s most remarkable is not that our fantasies contain so much reality; it is that our reality contains so much fantasy»

Y ahora sí, con esto y doce lacasitos, hasta los encadenados del mes de enero.  



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viernes, 22 de diciembre de 2017

Se puede

Lucy Engelman y Daniel Mullen
Me gusta pensar que:

Se puede ser lector y odiar los gatos aunque al buscar imágenes de lectores en Google en el 80% aparezcan mininos.
Se puede ser aficionado al fútbol y ser civilizado, culto y educado aunque en las redes parezca que si te gusta el fútbol es porque eres un gañán. 
Se puede ser feminista y pensar y decir que una mujer es imbécil, por muy de moda que está la sororidad. 
Se puede ser machista y, a la vez, un artista maravilloso. 
Se puede juzgar la ficción por lo que es y no por lo que debería ser si quisiéramos que la ficción enseñara algo porque la la ficción que lleva moraleja se inventó hace mil años, se llama fábulas y es solo un tipo de ficción. 
Se puede mirar a tus hijos y pensar que quizás no son tan estupendos como te has empeñado en creer. Y se puede reconocerlo y no pasa nada. 
Se puede ser vegetariano y no estar todo el día dando lecciones de superioridad moral. Y se puede comer carne y huevos y adorar la leche y no ser un asesino de animales. 
Se puede ser padre y que te de la pereza de tu vida hacer cosas con tus hijos y eso no resta amor.  
Se puede ser padre y no echarles de menos y eso no te hace menos padre. 
Se puede ser un profesional como la copa de un pino y una pareja horrible. 
Se puede ser una madre maravillosa y una trabajadora nefasta.
Se puede ser padre y tener un hijo favorito. Aunque no lo reconozcas jamás.
Te puede doler una desgracia más que otra, una pérdida más que otra, una víctima más que otra. Es más, es lo lógico. 
Se puede ver una película sin mujeres y no ofenderse. Y eso no significa que no seas feminista. La ficción que consumes no determina quién eres o tus valores. O sí, pero no siempre. Te pueden gustar las obras de Picasso y pensar que era un tipo asqueroso.  
Se puede criticar al PP y no ser de Podemos.
Se puede decir que la izquierda es un desastre y no ser un facha. 
Se puede no comer pollo si parece pájaro y adorar los filetes de pollo. 

Vivimos en un momento en el que parece que lo que te define no es solo lo que eres sino lo que para los demás implican tus actitudes, tus gustos, tus preferencias o tus manías. Y me niego.  

Creo que se pueden y se deben tener miles de aristas y miles de lados, cuantos más mejor. Lo que es absurdo, aburrido, poco creíble e increíblemente falso es ir por la vida de blanco o de negro,  de un bando o del otro, de pares o nones, de bloque monolítico. Se puede ser de colores.  






miércoles, 20 de diciembre de 2017

Atravesar el luto

Isabel Miramontes
«Transcurre mucho tiempo antes de que la mente humana pueda convencerse de que la persona a quien se ve todos los días, y cuya simple existencia parece parte de la nuestra, se ha ido para siempre; pasa mucho tiempo antes de que podamos convencernos de que la mirada brillante de un ser amado se ha apagado para siempre y de que el sonido de una voz familiar y querida se ha acallado definitivamente, y nunca más volverá a escucharse. Estas son las reflexiones de los primeros días. Pero cuando el paso del tiempo demuestra que la desgracia es una realidad, entonces comienza la amargura y el dolor» Frankestein, de Mary Shelley. 

Esta noche me he desvelado pensando que la gestión del luto, la manera de llevarlo se parece a tener hijos. Para empezar nadie tiene ni idea de cómo va a ser hasta que le ocurre. Da igual lo que hayas leído, lo que te hayan contado o que hayas visto morir a los padres de tus amigos o a tus abuelos, nada te prepara para el luto que tendrás cuando muera un ser querido muy cercano: un padre, una madre, una pareja,un hermano, un hijo. Cuando te pasa, cuando te llega el momento porque en esto sí que es diferente a tener hijos, uno puede elegir no tener hijos pero no puede escapar de la muerte cercana, cuando te pasa todo lo que te ocurre te sorprende. Lo gestionas como buenamente puedes o fatal. Intentas seguir con tu vida de antes y descubres que tu vida de antes ya no existe. Cuando tienes un hijo porque has añadido algo y cuando llega la muerte porque a tu vida le falta un trozo. Te falta algo. Después, pasa el tiempo, los meses y como con los hijos, te acostumbras, aprendes a gestionarlo. 

Nadie te prepara para la incredulidad que vas a sentir, la incapacidad para aceptar lo que te ha ocurrido. Puedes pensar fríamente «Este es mi hijo» pero considerarte un padre, una madre es algo inadmisible. Del mismo modo piensas, sabes «Ha muerto, está muerto» pero el pensamiento «Nunca más. Se ha ido para siempre» es inabarcable. 

Otra cosa que no sabemos es que todos los lutos son distintos. Quieres creer que como ya has pasado por uno, sabrás llevar los que te lleguen después, pero cada luto, como cada hijo, es diferente porque nosotros también somos distintos: hemos crecido, madurado, nuestras circunstancias han cambiado, nuestra percepción de la muerte se ha vuelto más real o estamos bajos de defensas. Y es distinto porque el vacío, el hueco, la nada que deja cada ser querido en nuestra vida es diferente y no podemos saber cómo será de grande hasta que desaparezca. 

«Yo siempre había imaginado que la suya ( la muerte de su padre) sería para mí la muerte más dura, porque yo le había querido más, mientras que a lo sumo sentía un cariño irritado por mi madre. Pero sucedió al revés: lo que había esperado que fuese la muerte menor resultó más complicada, más peligrosa. La muerte de mi padre sólo fue su muerte: la de mi madre fue la muerte de ambos».  (Nada que temer de Julian Barnes)

Antes de tener un hijo crees que la paternidad es no dormir, estar muy cansado y criar un bebe. Después la enormidad de la tarea se planta ante ti y te descoloca por completo. Antes de enfrentarte a la muerte de un ser querido imaginas que el luto será algo triste, que sentirás mucha pena y que llorarás. Cuando te llega el momento, descubres que el luto es una bomba de vacío. Ojalá sintieras pena, ojalá pudieras llorar, ojalá fuera tristeza. 

El luto da miedo cuando lo has conocido. No sabes cómo será en esta nueva ocasión pero sabes qué, al contrario que con los hijos, no será más fácil y no te vale de nada todo lo que aprendiste con anteriores lutos. No pasará más rápido, no te rozará menos, ni será menos doloroso. O sí, pero quizás sea peor. 

La muerte es una putada y es inevitable. Y el luto, que suena a algo antiguo de señoras de pueblo, de plañideras, ataúdes, cementerios y llanto no tiene nada que ver con todo eso. Igual que tener hijos no tiene nada que ver con bañeras, faldones, chupetes o lactancias. El luto es un estado vital que es necesario atravesar sin atajos. El luto es el camino al que se llega después de esos primeros días de incredulidad y no se puede ignorar, ni sobrevolar, ni hacer como que no existe. 

Cuando has conocido el luto, cuando ya has transitado ese camino temes el momento en que vuelva a sucederte porque sabes que es inevitable, que no se puede escapar. Sabes que se pasa tan mal, que es un sentimiento tan enorme, que cuando alguien cercano a ti lo está pasando, te gustaría poder ayudarle, coger parte de ese luto y ocuparte de él, como harías con su bebé llorón para que tu amigo pudiera dormir y descansar. Pero no puedes, solo puedes acompañarle. Estar. Esperar a que deje de estar en carne viva y aprenda a vivir con ese agujero negro. Esperar a que recorra el camino del luto.  

El luto no se gestiona, hay que atravesarlo y que te atraviese.  



Para Olvido, ojalá pudiera hacer más.