domingo, 7 de enero de 2024

Jeff y la vida deseada

Se terminan las vacaciones y puedo decir, con orgullo y un poco de asombro, que he hecho las vacaciones muy bien, fenomenal, de matrícula de honor. Si a mi alrededor hubiera jueces, como los que se sientan alrededor del tapiz en las pruebas de gimnasia o de una pista de hielo en los concursos de patinaje (únicos deportes que me interesan), me darían un 9.2 en ejecución y un 9.8 en dificultad y piruetas. Ha sido espectacular: sin prepararlo, sin comerlo ni beberlo, he tenido mis vacaciones ideales. Muchas veces leo artículos o newsletters de gente lamentándose de que en las vacaciones llevan las vidas que quisieran llevar, en sitios con vistas al mar o perdidos en el monte o en una playa en la que siempre hace calor y se puede ir todo el día descalzo o en París, Londres, Roma o Buenos Aires. A mí también me ha pasado. Quiero ser francesa o tener una cabaña en la península de Olympia o un chamizo en un lugar perdido de Grecia... pero en estas vacaciones he descubierto que yo donde quiero estar es en mi casa. 

He tenido dos semanas de vacaciones completas y se me han hecho eternas. No «eternas» de demasiado largas, ni aburridas, ni pesadas. Para nada. «Eternas» en el sentido de que cada día, al despertarme, pensaba: «Madre mía, pero si todavía es martes… Me quedan muchísimos días y me parece que llevo ya un mes». Los días han transcurrido a su debido ritmo, he experimentado cada una de sus veinticuatro horas deslizándose por mi vida despacio, con cada uno de sus sesenta minutos escurriéndose segundo a segundo hasta completar la vuelta entera y volver a empezar. Al principio fue raro; tan raro que estaba alerta, pensando que en algún momento se dispararía algún tipo de gatillo que me catapultaría de golpe al día de hoy, 7 de enero, y sin saber cómo mis vacaciones habrían transcurrido en un suspiro, sin enterarme, sin aprovecharlas y sin descansar. A partir del día 26 ya me relajé y, ahora mismo, el día 26 me parece casi tan lejano como octubre, como el primer día que me puse abrigo en ese otoño «aprimaverado» tan absurdo que tuvimos.

26, 27, 28, 29, 30, 31, 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7: 13 días de vacaciones, un cambio de año, nueve horas de sueño cada día y dos o tres de lectura, paseos, películas, siestas a las cuatro de la tarde y a las siete y media, series después de comer y después de cenar, escribir a cualquier hora, ordenar, ordenarme, planificar, planear, comer roscón, compota de manzana con yogur y peladillas, escuchar podcasts a deshora y reorganizar la base de datos, desayunos tranquilos, silenciosos, tardes eternas de sofá, manta y libro, el móvil sin batería perdido por la casa. Llevar diez días los mismos vaqueros, repetir calcetines y sacar los jerseys del armario sin mirar porque me da igual de qué color sea. No he hecho nada que no quisiera hacer. No he ido a ningún sitio, ni al cine, ni al teatro, ni a cenar. No he visto a nadie que no quisiera, no he tenido ningún compromiso forzado.


«No me importa quedarme en casa. Entiendo que para mucha gente es una limitación brutal de su libertad, pero a mí me va de maravilla. El invierno es una casa tranquila a la luz de una lámpara, un paseo por el jardín para ver las estrellas brillando en una noche despejada, el rugido de la leña ardiendo en la chimenea y el olor a madera quemada [...]. Es leer tranquilamente y pasar el crepúsculo viendo películas, llevar calcetines gruesos y envolverme en una chaqueta de punto». (Invernando. El poder del descanso y el refugio en tiempos difíciles, de Katherine May)


En medio de esta relajación, casi lujuriosa por el placer infinito que me ha proporcionado, un buen día por casualidad me encontré en televisión con la película El amor tiene dos caras, de Barbra Streisand. Me tumbé en el sofá, me tapé con la manta y me puse a verla. Es una peli maravillosa en la que Jeff Bridges está guapísimo y Barbra está divina, COMO SIEMPRE. Jeff y Barbra se conocen porque él está harto de tener relaciones en las que todo se basa en el sexo y en la pasión arrolladora de las feronomas, esas en las que te pasas semanas, meses con la piel súper tersa y con el corazón en la boca todo el tiempo, en un continuo sobresalto de emoción y hormonas que luego se desinflan y te dejan en un sinvivir de angustia. ¿Quién no ha sido Jeff alguna vez? Él decide entonces poner un anuncio en el periódico buscando una pareja para una relación basada en la conversación, la complicidad… una relación para estar a gusto y tranquilo. ¿Quién no ha sido Jeff alguna vez y ha anhelado algo así? El caso es que, resumiendo mucho, la hermana de Barbra contesta por ella al anuncio y ellos acaban conociéndose y todo va fenomenal porque se lo pasan en grande juntos, les gustan las mismas cosas, charlan, charlan, charlan, se hacen compañía, se cuentan sus vidas sin la tensión del ¿le gustaré? ¿no le gustaré? ¿le pareceré un idiota? ¿le pareceré una merluza?... ¿Quién no ha sido alguna vez Jeff y Barbra? Y entonces, como están tan bien, hacen una cosa absurda que es casarse. ¿Quién no ha sido alguna vez estos dos? 


Después de casarse llega el follón, claro. Barbra está que se sube por las paredes de no consumar por fin y en una escena terrible, cuando ya están los dos metiéndose mano hasta los codos, Jeff en pleno caletón brutal la deja tirada en el suelo del cuarto porque le entra un agobio absurdísimo de que si tienen sexo se acabará esa complicidad que tienen. Jeff es memo. ¿Quién no ha sido Jeff alguna vez? Y está guapísimo pero no es idiota: tiene razón en querer mantener lo que tienen hasta ahora que es una relación estupenda, de complicidad, compañía y conversación en la que todo funciona. Que sí, que les falta el sexo que es fundamental y por eso Barbra está que se sube por las paredes, pero yo, desde mi sofá, entiendo a Jeff y su querencia por un amor tranquilo. Por supuesto, todo se resuelve bien, Barbra se marcha a casa de su madre, que la machaca (yo creo que el guionista se basó en Apegos feroces, de Vivian Gornick, para retratar esa relación, aunque también podría haberse inspirado en mí y en mi madre si me hubiera conocido) y decide no hablar más con Jeff mientras ella se somete a eso que ahora llaman un «cambio físico». Con ese cambio, mi Pepita Grillo feminista de 2023 se pone a gritar indignadísima: «¡Esto no podemos tolerarlo! ¡El patriarcado y la esclavitud de la imagen nos oprimen! ¡Esta peli es horrible!», pero de un manotazo ahogué a Pepita debajo de la manta porque no era el momento para ponerse reivindicativa. De acuerdo con que el cambio podría ser considerado poco feminista PERO Barbra al terminar se ve estupenda, le da calabazas a un Pierce Brosnan de 20 años y deja a Jeff plantado y con la boca abierta mientras ella se siente como una diosa. ¿Cómo va a ser malo algo que la hace sentir tan fabulosa? La peli acaba bien, evidentemente, con una escena maravillosa en una calle de Nueva York: él grita desde la calle, ella baja corriendo con un pijama divino, de raso, pero se pone encima su batamanta rosa guateada, de su época anterior, como diciendo «estoy divina, pero sigo siendo la misma». Ella dice «háblame» y él le dice «te quiero» y suena Turandot mientras se besan y bailan. 


Todo bien en la peli y todo bien en mis vacaciones. Han sido tan perfectas que, como Jeff Bridges, no quería que nada las enturbiara: cada mañana, al despertar, pensaba que no podía ser, que seguro que algo inesperado las chafaría. 


Mi vida ideal no está lejos, ni en el mar ni rodeada de lujo y caprichos. No quiero una vida diferente a la que tengo: lo que quiero es sumergirme en la que vivo, liberada de las obligaciones laborales y sociales. Yo quiero esta vida, tranquila y cómoda como la quiere Jeff y con batamanta como Barbra. 


Si quieres recibir las entradas en el correo te puedes suscribir aquí. 

miércoles, 3 de enero de 2024

Lecturas encadenadas. Diciembre.

 

He terminado el año en un estado de placidez casi absoluto. Poco a poco he ido frenando el frenesí de los últimos meses hasta llegar casi a la inmovilidad. Los días han vuelto a tener 24 horas en las que puedo encajar todo lo que quiero hacer y no tengo prisa para nada. En este estado de paz y tranquilidad han encajado muy bien mis lecturas de diciembre. Ha sido un buen final de año lector.


Al lío:


En noviembre estuve en Milán trabajando. En el único momento de ocio que tuve paseé por la plaza del Duomo y por la Galleria Vittorio Emanuele II. Allí entré en la librería Rizzoli con la intención de ver que autores españoles tenían traducidos al italiano para poder recomendarlos a una de las personas con las que había ido a reunirme en Milán. No encontré nada interesante que recomendar (me niego a recomendar a Juan Gómez Jurado: tengo un prestigio que defender) pero, en la sección de libros en inglés, me di de bruces con la nueva novela de Paul Auster, Baumgartner. Con Paul he tenido una relación muy tumultuosa a lo largo de mi vida. Lo descubrí tarde, con treinta años, cuando mi amigo Fede me dijo: «¿No has leído a Paul Auster? Tienes que leer La música del azar». Lo compré y lo leí del tirón, me hipnotizó y hasta pasé miedo. De ahí, y como hacía en mis tiempos, me lancé a leer toda su producción. Me sumergí en la Trilogía de Nueva York, en Creía que mi padre era Dios, en Leviatán. Después llegaron La noche del oráculo, El libro de las ilusiones y Brooklyn Follies. Guardo un especial recuerdo para El Palacio de la Luna por la mejor descripción que he leído nunca sobre una buena conversación: 


«Poco a poco me fui relajando y entrando en la conversación. Kitty tenía un talento natural para hacer hablar a la gente y resultaba fácil charlar con ella, sentirse cómodo en su presencia. Como me había dicho el tío Victor hacía mucho tiempo, una conversación es como tener un peloteo con alguien. Un buen compañero te tiraba la pelota directamente al guante de modo que es casi imposible que se te escape: cuando es él quien recibe, coge todo lo que lanzas, incluso los tiros más erráticos e incompetentes. Esto es lo que hacía Kitty».


Y luego llegó el desamor. Paul escribió Invisible y yo, después de leerla, tuve que escribirle una carta diciéndole que lo nuestro se había acabado. Decidí que si quería que lo nuestro quedara por lo menos como un buen recuerdo no iba a leerle más. Pero, pero, pero… Paul publicó después el maravilloso Diario de invierno y volvió a enamorarme. No volvió a ser como antes pero, por lo menos, nos seguíamos gustando en la distancia. Ese gustarnos a distancia fue lo que me llevó a comprar Baumgartner y ha sido un reencuentro maravilloso. 


Baumgartner es el protagonista de la novela. Tiene unos 70 años, es profesor y escritor y vive solo desde que hace diez años se quedó viudo. En la novela no pasa nada más que el recuento de sus días llenos de nimiedades, pensamientos, deseos, recuerdos, ilusiones, pequeños problemas, indisposiciones físicas poco importantes pero molestas, recados y preocupaciones. Nada grave, nada especial pero todo importante porque esos pequeños detalles construyen quiénes somos, cómo somos y la vida que vivimos. La maestría de Auster está en saber contarlo y hacerlo interesante, casi apasionante. Justo ahora, mientras escribo esto, pienso que de alguna manera esta novela se parece a La luz difícil, que leí hace nada, por eso mismo, por la construcción de una vida a partir de detalles cotidianos. Las dos tienen ese peso casi táctil que hace que como lector veas las casas, sientas la luz que entra por la ventana o la temperatura del agua que sale del grifo de la cocina, escuches la tarima del suelo crujir. Los dos libros comparten también el tener como protagonista a hombres mayores con vidas llenas de ilusiones y proyectos que los mantienen pensando en el futuro, enfrentados a la idea generalizada que tenemos de la vejez los que aún no hemos llegado allí. Baumgartner está justo en ese momento, pero se da cuenta de que no es así: todo sigue importando. 


“Does an event have to be true in order to be accepted as true, or does belief in the truth of an event already make it true, even if the thing that supposedly happened did not happen?” 


Este año volveré a Auster. 


Un amor cualquiera, de Jane Smiley, llegó a mi casa por un envío de Sexto Piso Editorial. Después de lo muchísimo que me gustó La edad del desconsuelo quería reconciliarme con ella después de que Heredarás la tierra me gustara regular. 


Un amor cualquiera se encadena con Baumgartner en que aquí también nos encontramos con la narración de las menudencias del día a día, las pequeñas cosas que pasan en una vida y que para un observador externo no significan, pero que a cada uno, en su vida, le sirven para entender, entenderse y construir la convivencia con los demás. La protagonista de esta novela es Rachel, tiene 52 años y cinco hijos, dos de ellos gemelos. Hubo un tiempo en el que vivió alejada de ellos porque al confesarle a su marido una infidelidad él se los llevó a Inglaterra, lejos de ella. Los dos días que retrata la novela están llenos de las interpretaciones que Rachel hace de los gestos de sus hijos, de cómo ella sabe si están contentos, tristes, preocupados o a punto de saltar. Sabe lo que callan, o cree saberlo, y lo que calla ella por amor o para evitar un dolor o una discusión. Ese difícil equilibrio de comunicación entre madres e hijos, ese amor complejo, que oscila entre el infinito y el desprecio, ese saber y no poder decir, todo eso está muy bien descrito por Smiley. Y eso es lo que más me gusta de ella: que, en ninguna de sus novelas, se ahorra el asomarse a lo que más nos escondemos a nosotros mismos en nuestras relaciones con los que queremos: los momentos en los que no los queremos. 


«Tengo 52 años, que es la edad en la que, al parecer, tus hijos y los amigos de tus hijos de pronto quieren usurpar toda la sabiduría y experiencia que, en su día, no creyeron que tuvieras y que ahora les resulta de gran utilidad».


Leed a Smiley pero, repito, empezad por La edad del desconsuelo y luego éste. 


Terminé el mes y el año releyendo Winter, de Rick Bass, el libro que me hubiera gustado vivir y escribir. He vuelto al Valle del Yaak para encontrarme con el invierno que aquí no tenemos y que mi cuerpo pide a gritos. Las últimas tardes del año las pasé en ese valle, preparándome para el invierno y esperando la nieve. 


«I´ll never get used to snow —how slowly it comes down, how the world seems to slow down, how the world seems to slow down, how time slows, how age and sin and everything is buried. I don´t mind the cold. The beauty is worth it» 


Dicen las predicciones que el Día de Reyes nevará en Los Molinos, no quiero hacerme ilusiones. 


Si quieres recibir las entradas en el mail, puedes suscribirte aquí. 

domingo, 31 de diciembre de 2023

Mil palabras para recordar el 2023

En 2023 subí a La Peñota dos veces y volví a México veinticinco años después.
Se murieron Tuca y Turbón y todavía, casi seis meses después, me sorprendo cerrando la puerta del jardín «por si se escapan los perros». Vi por primera vez El cazador y releí Crimen y castigo.  En 2023 me volví una madre con dos hijas mayores de edad. Cumplí 50 años y celebré un fiestón espectacular, en febrero en el jardín, con chimeneas y estufas de calor que casi no hicieron falta cuando nos pusimos a bailar. Cerré la fiesta bailando y cantando con mis hijas American Pie, la canción que cerraba siempre El Pilón cuando tenía la edad que tienen ahora ellas. Por fin me hice con mi trabajo nuevo, llegué al momento en que dejó de ser nuevo y se convirtió en algo de estar por casa que no aprieta, no incomoda y en el que sé cómo moverme. Escribí un texto para una exposición.He subido cinco veces a Cicely y he descubierto que mucha gente cree que mi pueblito perfecto se llama así, de modo que ya sé que hay mucha gente con poca cultura televisiva de los 90. Empecé a ver Doctor en Alaska y ya estoy en la cuarta temporada. Entre medias he visto Slow Horses, The Bear, Blue Lights y poca cosa más: cada vez veo menos televisión. Fui a ver Barbie y me pareció un truño aburridísimo, sobrevalorado y una tomadura de pelo, pero me encantó Ryan Gosling, por supuesto. Vi la última de Indiana Jones y me lo pasé bien. He leído treinta libros y si tuviera que recomendar sólo tres serían La luz difícil, In. y Volver la vista atrás. Lloré en la toma de posesión de Mónica como ministra. Estuve en la fiesta de Marcelo en San Pablo de los Montes y tomamos cava de Almendralejo en un mirador con vistas al Parque Nacional de Cabañeros. Di una charla en el Liceo Francés y otra en Kinépolis para mil adolescentes que se titulaba «Tú no lo sabes pero quieres ser editor de audio». Organicé una reunión de socios europeos en nuestras oficinas, que duró tres días y en la que yo era la persona de mayor edad. Viajé a Milán, Roma y Bruselas y no paré de hablar en inglés. Llevé a mis hijas a París. Y con ellas y con Juan volví a La Provenza ocho años después para hacer/ver las mismas cosas pero de una manera diferente. Llevé a unos americanos a Segovia y al Museo del Prado. Casi me mato en un canchal lleno de nieve pero no me puse histérica y estoy muy orgullosa de ello. Casi me mato en un canchal sin nieve, pero tampoco me puse histérica. Dos canchales diferentes. Vi Old boy, la película con el malo más malvado que he visto nunca. Odié Mirafiori, Fortuna y Aftersun, muy aclamadas por un público con el que claramente no comparto criterio. En mi calle reventaron las aceras y el asfalto tres veces en diferentes ocasiones a lo largo del año para obras variadas que, por lo visto, a nadie se le ocurrió hacer de golpe. Empecé a ir en bici al trabajo y ya casi no me da miedo. Se murió nuestra vecina y nos enteramos dos meses después. Dije adiós a la etapa colegial de mis hijas casi con más alivio y alegría que cuando fui yo la que dejó el colegio. Discutí con Juan por la monarquía, los referéndums y la manera de colocar las cosas en el maletero. He comido cinco veces en uno de mis restaurantes favoritos; tantas, que ya me dijeron «vienes tanto que ya es difícil sorprenderte». Clara cumplió 18 y le escribí 50 cartas para celebrarlo. Me operaron para quitarme un bulto que tenía en la espalda y me compré ropa nueva con mi nueva talla de pecho. Publiqué en SModa, en Babelia y en EL PAÍS. «¿Tú eres Molinos, verdad?», me dijo Pepa Bueno al encontrarse conmigo en el estudio de Miguel Yuste. Salí en la lista de quinientas mujeres más influyentes de España entre Ana Rosa Quintana y Nuria Roca. Ja. Soñe varias veces con jubilarme y aún más frecuentemente con ir desnuda por la calle. Voté por correo una vez y otra acompañé a mi hija en sus primeras elecciones. He hecho ejercicio por la mañana una media de 4 días a la semana y lo he odiado todas y cada una de las veces. Una seguidora me regaló una camiseta con la frase «Desde tan abajo no explico» y le estoy dando vueltas a hacer una tanda de camisetas para vender/regalar. Llegué a la fiesta de Carlos y me dijeron «esta noche te van a acosar», me asusté pero luego resultó que el «acoso» era amigable y venía por parte de dos fans de Cosas que (me) pasan que me leen desde Luxemburgo. Me encontré con otra fan en el aeropuerto de Bruselas y otra más en la oficina de Correos de mi barrio. En Bruselas di un taller en inglés sobre monetización de podcasts y un desconocido me regaló tres bombones por responder a todas sus preguntas. Escribí el diario del viaje a París y el de La Provenza. Le regalé a Juan Tallón un libro con dos escritores famosos en bolas en la portada y aprovechó para sacar de ahí una columna. Yo he sacado este texto de copiarle a él la idea. Nos fagocitamos o, mejor, nos inspiramos. Sobre todo cuando no estamos discutiendo. Estuve en Viso del Marqués y en Calatrava la Nueva. Me hice un perfil genético. Pinté la piscina enterita y volví a sentir la emoción del primer llenado del verano. Casi me baño en bolas en un torrente glaciar, casi. En un podcast trabajé con argentinos y de ellos aprendí la palabra enrostrar. Dejé un cuaderno y una pluma en mi mesilla y casi cada noche he anotado algo en él. 

Mil palabras para recordar el 2023.