viernes, 10 de junio de 2022

Un imperio en una tostada

 

«No construyas tu desayuno en torno a las tostadas» leo en el resumen del podcast de mi amiga Cristina. No, no, no. ¿Tú también, Cristina? 

Cuando tenía siete u ocho años, cuando visitaba a mis abuelos, a veces había suerte y salía hacer recados con mi abuela. Si aún tenía más suerte, mi abuela me llevaba a merendar a una cafetería. Por aquel entonces ir a una cafetería me parecía el colmo del exotismo, (puede que ahora también lo sea porque cafetería es una palabra que ha desparecido, como metralleta o esquijama, y ya no se usa. Todo son bares, gastrobares y esa cursilada de cafés). Una cafetería era un sitio mágico, todo era bonito, todo brillaba, todo el mundo vestía elegante (quizá esto fuera porque yo esos días no llevaba uniforme y asociaba mi ropa de calle con la de los demás) y, sobre todo, en ellas olía a cielo. No recuerdo que bebía, seguro que no era café, pero recuerdo las tostadas. Unas tostadas en las que quería echarme a dormir, quería abrazarlas, olerlas hasta gastar su aroma y, sobre todo, hacer que duraran eternamente. Calientes, por supuesto. Para mí, esas tostadas de cafetería eran comida de temporada. No podían comerse todo el año, ni en cualquier sitio y ni de broma en casa. En esto tengo mil quinientos veinticinco años pero hubo un tiempo en que el pan de molde era un lujo. Las tostadas de cafetería eran grandes y eran gordas. Eran doradas con una escala perfecta de amarillos desde el más pálido en el centro de la rebanada, donde se habia puesto la mantequilla antes de apretarla contra la plancha, pasando por los sucesivos tonos dorados hasta llegar a los bordes donde pasaba a un suave tono tostado. Eran jugosas, casi cremosas en el centro y tiernamente crujientes en los lados. Y el olor, un olor intenso, cálido y evocador. Mucho ambientador con bergamota, y mucho olor a playa y a jazmín y a dama de noche y a atardecer en la playa de MIkonos (que a ver quién ha estado ahí para saber que eso huele a Mikonos y no a Javea) y más ambientador con aroma de tostadas de cafetería. Mi pasado de la mano de mi abuela está construído en torno a esas tostadas que me comía con cuidado, con cuchillo y tenedor, deseando que no se acabaran nunca o que mi abuela me dejara pedir otra. 

En mi casa, las tostadas eran rebanadas de pan de barra y eran chiquitas. Cortadas de la barra en perpendicular, mi madre nos las cortaba y las ponía al fuego en un tostador para que se hicieran, dándole la vuelta para que se doraran por los dos lados. No sé en que momento entró el tostador eléctrico en nuestras vidas. Puede que fuera al mismo tiempo que empezamos a cortar el pan en vez de en rebadas en pequeñas, en grandes porciones, como si nos comiéramos las dos mitades de un bocadillo. 

No sé cuando fue pero ahora, en mis desayunos, corto el pan así. Mientras el té se hace y me como un kiwi vigilo el tostador que es un electrodoméstico que necesita cariño, que le hagas caso o se vuelve tan rencoroso como  la impresora. Un día lo tienes en el tres y la tostada sale perfecta, dorada en el centro y marrón en los bordes, con la temperatura perfecta, no demasiado caliente para que la puedas sujetar mientras untas la mantequilla pero lo suficientemente caliente para que la mantequilla se vaya derritiendo y fundiéndose con la miga. Al día siguiente, sin embargo, el tostador, te devuelve el pan tan blanco como lo metiste, frío y triste. ¿Por qué? ¿A qué viene este desamor a las 7 y media de la mañana, en mi momento más vulnerable? Tengo que volver a meter las tostadas (sí, dos) y quedarme mirando muy fijamente porque muchas veces, en ese inesperado resentimiento que tiene esa mañana, me devuelve la tostada chamuscada. Algunos días hasta humea de indignación. 

La tostada se unta caliente y se come caliente. En las series inglesas sufro muchísimo cuando la doncella entra con las tostadas colacadas en una bandejita especial, como si fueran revistas, y las deja sobre la mesa. Los desayunantes siguen hablando y hablando y yo sufro y grito: ¡se están quedando frías, ya se estaban enfriando desde la cocina y si no las untáis ya arrunaréis el manjar! La tostada se come caliente y por eso no se habla en el desayuno porque si hablas, si te distraes, se enfría y las tostadas frías pierden sus poderes mágicos. Las tostadas frías son como cenicienta al llegar la medianoche, dejan de ser princesas y se convierte en pan duro. 

Una buena tostada te consuela del infierno de madrugar, del infierno de enfrentarte a un nuevo día, a la terrible realidad de haber salido de tu maravillosa cama. Una buena tostada con mantequilla y mermelada te da amor, cariño. Una buena tostada es el elemento perfecto sobre el que construir no solo tu desayuno, sobre las tostadas puedes construir tu día, tu vida, tus recuerdos, tu relación de pareja (no te acuestes nunca con alguien que no desayuna tostadas), tu familia y tu futuro. Yo sueno con un futuro en el que tostadas recien hechas me estén esperando en una cocina iluminada por el sol, con un buen te humeante, mi New Yorker, y ninguna prisa por terminar la mejor comida del día, el desayuno. 

No me traicionéis como Cristina (te quiero igual, titi) y construid imperios en torno a vuestras tostadas. Os perdono si son integrales y con aguacate, pero no más. 

15 comentarios:

J.R. dijo...

Aceite de oliva virgen y sal. Todo lo demas sobra.

Elena Rius dijo...

Por supuesto, la tostada es elemento imprescindible del desayuno. Y sí, yo también batallo a diario con mi temperamental tostador, que nunca se sabe si me devolverá la tostada chamuscada o blanca como el papel. Por mi parte, estoy dispuesta a admitir variedad de mermeladas, además de la mantequilla, pero nada de otros aditamentos raros. (¿Aguacate? Quita, quita...)

ASP dijo...

Totalmente de acuerdo. Las tostadas son hogar y el desayuno es la mejor comida del día y, si quieres mejor cualquier otro momento del día, vuelve a desayunar té con tostadas. En mi caso, de pan pan, no del de molde, con tomate y aceite. Para mi, esas tistadas de molde con la mantequilla ya untada son también tardes de infancia coni tía que me llevaba a merendar al Corte Inglés

Anónimo dijo...

Mi despertador suena a las 6 y lo único que me ayuda a paliar tan tremenda desgracia es el café con tostadas.

Anónimo dijo...

Llevo muchos (pero muchos) años leyéndote y creo que pocas veces me he sentido tan identificada con lo que escribes. Yo también adoro las tostadas gordas de las cafeterías. Incluso en aquellas ocasiones que me tengo que hacer análisis y tengo que desayunar horas después de levantarme (gran tormento), siempre me consuelo pensando que me daré el lujazo de pedirme una tostada de cafetería.
Y yo, desde luego, construyo mi desayuno alrededor de la tostada (tres, para ser exacta) y nunca jamás frías, eso es el mal ¡Viva las tostadas!

Fdo Anonima Eva

Anniehall dijo...

Esas cosas que usan los ingleses para llevar las tostadas son un inventazo. Permiten que el aire circule y así no se condensa la humedad en la cara de la tostada que toca el plato. Porque estaremos de acuerdo en que una tostada reblandecida por la humedad es es una tostada arruinada. Fría también mal.

En mi casa se hicieron en carmela también muchos años, es más, creo que fue el primer cacharro de cocina que compré, la carmela para las tostadas cuando me fui a Madrid a estudiar. Y cortabamos el pan al bies para que la tostada fuera más grande.

Adaldrida dijo...

Maravilla de post. A mí me pasaba eso con los churros con chocolate porque solo iba a tomarlos cuando me llevaba mi abuela. Y la cafetería Virgen de los Reyes olía a cielo.

Lo+ dijo...

Una vez mas, das en el clavo. Yo tambien tengo mis años, de cuando el pan de molde no existía en las casa normales. De cuando, mas adelante, el que existía era "normal" por que el de "cafetería" no lo vendían y lo mas aproximado era comprarlo entero y pedir que te lo cortaran en el tamaño grande. ( a mí nome dejaban hacerlo por que grande no servía para sandwich, ni emparedado ni nada para o que servía el pan de molda. Rebanada gorda sólo es tostada.
Y el tostador, con vida propia es un alien sin microchip su misión es minar la moral.

Esther dijo...

Acabo de desayunar unas tortitas, no me siento digna de comentar esta entrada. Pero en general me encantan las tostadas, con buen pan (de pueblo que le llamamos por aquí),un buen aceite de oliva y sal gorda, a veces hasta le pongo ajo, porque entonces son mi magdalena de Proust, que me recuerdan a mi tío Joaquín, que siempre las comía así.

Barbara dijo...

Me ha hecho gracia leerte, para mí las tostadas solo pueden ser de aceite y sal y luego le añades lo que quieras, queso, jamón, tomate... pero nunca mantequilla y mermelada. Eso es de Madrid para arriba. Un abrazo

sonia dijo...

Las tostadas frías son como Cenicienta al llegar la medianoche.Me encanta!
Yo desayuno el café con tostadas solo cuando no madrugo,porque si madrugo es que no puedo tomar nada sólido,no entra.
Recuerdo de pequeña,en las cafeterías para merendar,el sandwich mixto,que está hecho también con tostadas.

marta dijo...

He leido el libro de Lagoia..¡ ALUCINANTE!.
Gracias por la recomendación

Unknown dijo...

En el tema "tostadas" eres mi alma gemela, no le quito ni una coma a todo lo que dices!!! Lo referente al tostador me ha hecho mucha gracia porque me sucede tal cual lo cuentas. Gracias por hacerme sentir comprendida.

Natalia dijo...

Mi abuela también nos llevaba a merendar tostadas, a una cafetería en Toledo, con vistas a Zocodover. Era una mujer muy disfrutona....

Ana dijo...

Qué bonito. Otra seguidora del club de la tostada. Yo también acudía de forma ocasional a una cafetería a desayunar esas tostadas. Era en Madrid, las pocas veces que iba entre semana, madrugando y cogiendo el coche de línea para ir al médico. En el bar del pueblo era impensable encontrar pan de molde. Pero en ese bar, en ese bar, el abuelo de mi amiga me convidaba (otra palabra adorable en deshueso) a un helado de corte. Saludos, Ana.