lunes, 3 de febrero de 2020

Lecturas encadenadas. Enero

Empezamos un nuevo año de lecturas encadenadas, un año entero para descubrir cosas nuevas, para retomar lecturas olvidadas, para caer en pozos espantosos de literatura cursi y para seguir teniendo, cada mes, la sensación de que leo poco. Sensación que, cada mes, compruebo que no es real porque seis libros en un mes es una media buenísima.

Al lío.

Este año es el centenario del nacimiento de Delibes y por esa efeméride y un evento del que ya hablaré más adelante, voy a ir releyendo en algunos casos y descubriendo por primera vez en otros sus libros. Inauguré el año con El disputado voto del señor Cayo que me ha gustado muchísimo. Leer a Delibes es siempre un ejercicio de admiración, su dominio del  lenguaje  es increíble, conoce las palabras y sabe como usarlas para construir frases y párrafos elegantes, precisos, llenos de significado y sin un ápice de cursilería ni vacuidad.  Trasluce siempre cariño por el campo y los que lo habitan. La trama es conocida y además el título no deja lugar a dudas, uno ya sabe lo que va a leer pero aún así, Delibes deslumbra.  

Tres jóvenes recorren los pueblos del campo burgalés para intentar captar el voto de los lugareños para su partido (que suponemos es el PSOE) y llegan al pueblo del Sr. Cayo que los deja completamente desarmados con su conocimiento del campo, del tiempo, con su visión de la vida y su manera de enfrentarse a la realidad. A Cayo lo que ellos vienen a contarle no le importa nada, está mucho más allá de ellos, de las elecciones, del partido. Delibes no idealiza el campo ni idealiza a Cayo. No oculta su machismo, los odios enconados que habitan en los pueblos y que perduran durante años representados con terribles actor de crueldad y desprecio, la pasividad y el rechazo al cambio. La vida en un pueblo no es idílica, no es un edén perdido al que el habitante de la ciudad debe volver para reencontrarse con todo lo bueno que ha perdido en la vida urbana. Delibes retrata las miserias rurales al mismo tiempo  que demuestra el valor de vivir en contacto con la naturaleza, de conocer el entorno que nos rodea, de la vida sencilla, más sencilla que en las ciudades que no quiere decir que sea ni más fácil ni menos interesante. 

Dos cosas me han llamado muchísimo la atención. La primera de ellas es que los personajes  de los jóvenes – Víctor y Rafa–  han quedado completamente pasados de moda. La manera en la que hablan, la ropa con la que te los imaginas, el coche que conducen, las cosas que dicen, la proclamas que enuncian para conseguir el voto, huelen a naftalina, a pasado de moda. Son la modernidad pero es una modernidad de 1970 que, ahora mismo, nos chirría. Cayo, sin embargo, sigue siendo actual, no ha pasado de moda ni lo que dice ni cómo lo dice. Aún quedan Cayos, pocos, pero lo que significa sigue teniendo mucho sentido. El segundo aspecto que me ha sorprendido es el feminismo de Delibes, no me lo esperaba. El personaje de Laly es, con mucho, el más interesante de la novela. Su actitud frente a Cayo está en el justo medio: le respeta por lo que sabe y por lo que es pero no se deja engatusar por él. La postura de Cayo hacia su mujer «la única manera de tratar a una mujer es ponerle una almohada en la cara» lo coloca como representante de todo lo que ella rechaza pero no se enfrenta a él, no sé si por miedo o porque sabe que Cayo es un producto de otra época y que no podrá cambiarlo. Sin embargo, frente a las actitudes profundamente machistas de sus compañeros no se calla y les echa en cara actitudes que ahora, cuarenta años después, seguimos viendo día a día.  La mujer de Cayo es muda, algo muy simbólico pero Laly no se calla frente a sus compañeros. 
«El Partido me dirá que sí, que muy bien, que todo eso de la reivindicación de la mujer es positivo, el rollo de costumbre. Pero, a la hora de la verdad, ¿qué? Encogimiento de hombros y sonrisas condescendientes, eso es lo que nos da el partido. No te engañes, Víctor, nuestra lucha se acepta como un coñazo social; no nos lo tomamos en serio más que cuatro docenas de mujeres.»
Ahora no somos  cuatro docenas de mujeres pero la condescendencia y el considerar el feminismo un coñazo social lo vivimos cada día. Delibes profético. 

Escriña, teso, hornilla, dijo, carrasco, humenón, tetón, gárgol, hornera, malrotar, coral, recial, escales, campera, baribañuela. Qué placer descubrir palabras y su significado, que angustia pensar que pronto desaparecerán porque ya no habrá nadie que las use ni nadie que las escriba.  

No voy a recomendar leer El disputado voto del Sr. Cayo porque quiero creer que los descerebrados que leéis estos posts tenéis suficiente criterio como para saberlo pero volved a leerlo o descubrid los que no habéis leído. Y, también, si tenéis un rato echad un ojo a este documental que es estupendo para descubrir a Delibes en su casa. «¿Cómo pasa los días Miguel Delibes?» le pregunta el entrevistador. «Quejándose» contesta él. 

Siempre Delibes. 

Estuario de la escritora portuguesa Lidia Jorge (con traducción de María Jesús Fernández) fue la segunda lectura del mes y ahora que estoy haciendo estas reflexiones sobre lo leído me doy cuenta de que ambas lecturas están encadenadas. Estuario  cuenta el desmoronamiento de una importante familia de armadores portugueses, un padre y cinco hijos,  que por distintos avatares lo pierden todo menos dos barcos y la casa familiar en la que se reúnen. A través de las historias de cada uno de ellos vamos reconstruyendo su historia pero llevan la voz cantante Edmundo, el hijo pequeño, que acaba de llegar de los campos de refugiados de Siria con tres dedos de una mano mutilados, Charlotte a cuya historia de amor con un hombre mayor que ahora está en el gobierno culpan los hermanos de su desgracia y Sebastián, un abogado brillante y adinerado que lo ha perdido todo y que vive obsesionado por su caballo. Los otros dos hermanos, Joao y Alejandro tienen menos presencia en la historia. 

La novela tiene un comienzo muy duro, melancólico, preciosista y sinuoso que desemboca en una parte central bastante más dinámica en la que sin abandonar nunca ese tono melancólico que siempre identificamos como algo tremendamente portugués todas las piezas van encajando. La pena es que al final acercándose al climax, la novela se deshilacha y muere. 
«Mándela a un banco, Custodio Galdeano. Usted y yo ya no tendremos tiempo de verlo, pero dentro de unas décadas las ciudades, las naciones, los países, no contarán nada. El mapamundi estará dividido de acuerda con las siglas de los bancos y la paz, si la hay, también.»
Estuario es también una novela sobre desapariciones, sobre modos de vida que se pierden, sobre el paso del tiempo borrando lo que damos por seguro, lo que creemos inmutable. 

Y sin hacerlo a propósito ni tenerlo pasado llegué a otra historia sobre el campo y lo que desaparece, esta vez en formato tebeo y ambientada en el campo francés. Rural. Crónica de un conflicto de Étienne Davodeau  (con traducción de Raúl Martínez Torres) fue mi siguiente lectura. En este volumen del dibujante francés se cuentan dos historias paralelas, por un lado la vida en una explotación ganadera de vacas lecheras con denominación bio y, por otro, la construcción de una autopista cerca de las tierras en las que la explotación se ubica pero que a los que de verdad afecta es a una joven familia que había comprado una propiedad hacia unos años. La maquinaria del estado les pasa por encima y se quedan sin ella. Su indefensión frente a la administración es terrible. Con respecto a la explotación ganadera, Davodeau sigue aquí el mismo esquema que repetirá posteriormente con el mundo del vino en Los Ignorantes. Durante un año entero se convierte en la sombra de los tres ganaderos para conocer de primera mano las tareas, los trabajos y las dificultades que este tipo de actividad conllevan. Para mi gusto y probablemente porque aquí es donde lo intenta por primera vez, en Los Ignorantes está mucho mejor conseguido el equilibrio entre informar, entretener y emocionar. Aquí, a ratos, casi parece un documental o un reportaje de televisión dibujado.  
«Me molesta cuando la gente dice que come bio solo por cuestiones de salud. Pero nosotros no lo hacemos solo por eso. El objetivo de nuestros trabajo es, en primer lugar, encontrar una manera de producir comida para todos sin perjudicar el medio ambiente. Buscamos una técnica que las generaciones siguientes de agricultores pueda seguir utilizando sin problemas ¡y eso es imposible con las técnicas convencionales! [...] Comprar y comer bio no debería ser un planteamiento de precaución individual sino el apoyo a una idea de inspiración colectiva a largo plazo... y si todos coméis bio, todos produciremos bio y entonces viviréis en un entorno realmente mejor para nuestra salud».

Sobre El verano que mi madre tuvo los ojos verdes de Tatiana Tibuleac  del que solo tengo una cosa que decir: «Yo remaba como un pene en un barreño». Huid. 

Tras el horror rumano llegué a otra historia de tiempos perdidos y recuerdos en blanco y negro, un remanso de buen gusto y buena literatura, las memorias de la pintora Amalia Avia De puertas adentro. Hace un par de años y por motivos laborales que no vienen al caso conocí a uno de sus hijos, Nicolás. Él me buscó en redes, comprobó que me gustaba leer y me mandó este libro diciéndome que su madre había sido una mujer muy interesante y que había escrito un libro precioso. Yo, en mi ignorancia, no sabía quien era Amalia Avia y bueno, leer libros de madres siempre es un riesgo que prefiero no correr así que lo dejé en mi mesa. Hace un par de semanas, en una de esas casualidades cósmicas que me ocurren de vez en cuando,  pasó por mi twitter una mención a este libro, me acordé de él y pensé que era el momento. Bueno, además de esta mención había investigado un poco y había descubierto la pintura de Amalia y me pareció que, a lo mejor, me estaba perdiendo algo. 
«Ahora ya, no sin cierta vergüenza, dejo ver lo que ha sido mi vida de puertas adentro. Una vida, desde luego, llena de puertas: las puertas de las casas que veía y cuyo interior siempre quería conocer, las puertas de las tiendas y de los garajes que no me he cansado de pintar, las puertas de tantas casas donde he vivido, las puertas de las habitaciones que tristemente fueron clausurándose en la casa de mi madre o, en fin, todas las puertas que, espero que por mucho tiempo, aún me queda por rebasar».

Amalia Avia nació en Santa Cruz de la Zarza (Toledo) en 1930 y en estas memorias nos lleva a conocer su vida, desde antes incluso de que ella naciera, presentándonos a sus abuelos, sus padres, sus tíos, hasta la muerte de Franco. La primera parte, mucho más extensa, me ha encantado. Amalia recuerda Madrid antes de la guerra y durante, cuando pasó casi tres años sin salir del piso entre la calle Alcalá y la calle Goya por miedo a las represalias (su padre fue asesinado días después de comenzar la guerra en Santa Cruz). Al terminar la contienda y por la enfermedad de sus hermanos y la situación de inestabilidad, la madre decide volver a Santa Cruz donde encuentran la casa familiar saqueada y destrozada pero donde pueden empezar una nueva vida. Para Amalia salir de Madrid fue un drama pero sus recuerdos de aquellos años están llenos de detalles y de la seguridad que da en la infancia la sucesión interminable de rutinas que se repiten año tras año y que parece que no se perderán nunca. Las memorias de juventud cuando se establece en Madrid son también muy interesantes, ese Madrid de los años cincuenta, en blanco y negro, el Madrid de los guateques, y sus años de inicio en la pintura con todas sus inseguridades. 

Llega después el retrato de su vida adulta,  como pareja de otro pintor, Lucio Muñoz, y como  pintora con cuatro hijos, conviviendo con los intelectuales de la época. Esta última parte se vuelve menos melancólica, más esquemática y enumerativa pero igualmente interesante porque Amalia, con estas memorias, te permite observar, entender y comprender su vida. Reconoces en la Amalia pintora a la Amalia niña que jugaba en los pasillos de su casa en un Madrid sitiado. Es un libro muy intimo, como  asomarte al álbum de fotos de un desconocido. 
«Me tocó ser hija cuando la razón de los padres jamás era puesta en tela de juicio. [...] Me ha tocado ser madre, en cambio, cuando los hijos, como el cliente siempre tienen la razón. Hagan lo que hagan, siempre habrá un condicionamiento que lo justifique, e incluso no es extraño que se culpe a los padres de la actuación de los hijos. Acepto mi culpabilidad en el fracaso, pero de ahora en adelante voy a exigir que m den también un papel en el éxito». 
He terminado el mes pasándolo en grande con Un paseo por el bosque de Bill Bryson (con traducción de Pablo Álvarez Ellacuria) paseando por el sendero de los Apalaches en el este de Estados Unidos. De Bill Bryson poco puedo añadir más allá de que es siempre un placer leer sus libros. En todos se aprende, en todos entretiene y en todos tiene un sentido del humor muy personal que probablemente haya a alguien a quien ofenda (pues no respiro) pero que a mí me encanta. En este libro decide recorrer un sendero de montaña que en su longitud total tiene más de 3.000 kilómetros entre Georgia y New Hampshire. En realidad no lo recorre en su totalidad porque se da cuenta de que es tarea imposible pero lo va haciendo a tramos. La primera parte en la que va acompañado de un amigo  dio lugar a una película con Robert Redford y Nick Nolte. Además de las penurias y el sufrimiento que pasan, Byrson va intercalando historias sobre las montañas, sobre geología, sobre fauna y flora, sobre el desastroso trabajo que el Servicio Forestal Americano está realizando y que está acabando con el bosque y con anécdotas sobre las ciudades y pueblos en los que paran a descansar. ¿Qué puedo decir de En el bosque? Pues que se lee muy a gusto en el sofá, sin sufrir, y pudiendo consultar en internet para ver los paisajes y los lugares que recorre el sendero. 

Y con esto y un bizcocho, hasta los encadenados de febrero ¡mes de mi cumpleaños!



12 comentarios:

proyectopepaenlacocina@gmail.com dijo...

Aunque la respuesta "pues yo sí te leo" parezca un ñiñiñiñi, resulta que sí es así. Espero estos posts con ilusión y me guardo la recomendaciones como guía. Respecto a Delibes reconozco no haber leído el título del que hablas, a mí me produce una gran ternura "Diario de un cazador" o "Mi idolatrado hijo Sisi". Tomo nota de los de Brynes.. y los despellejes me encantan, publica todos los que te apetezcan

Chitin dijo...

Todo en Delibes merece la pena, yo he descubierto hace poco "Mujer de rojo sobre fondo gris" ...

Recuerdo cuando un día pasé por la calle en la que vivió los últimos años de su vida y me lo encontré en un banco, charlando sentado con otros dos señores, me moría de ganas de acercarme a saludarlo, transmitirle mi admiración...pero me pudo más el respeto, el no molestarlo y pasé sin decirle nada, eso sí, caminando despacito, muy despacito para saborear el momento.

Rísquez dijo...

Siempre Delibes. Resumen preciso y certero.

Anónimo dijo...

Delibes siempre es un acierto. El año pasado releí Cinco horas con Mario y seguía siendo el libro que recordaba, me sucede con pocos autores, no es fácil volver a conectar tras unos años e imagino que es lo que diferencia a los escritores que nos dejan poso de los que no. Tengo pendiente El hereje y con ganas.

Me apunto el del bosque para un regalo y el de Amalia Avia. Mujeres artistas que sorprenden al leer su cotidianidad y más en una época en lo que lo extraño es que pudieran tener obra y no estar calladas. Observando, casi nunca contando. Y mirando su obra pictórica descubro que también me gusta. Perfecto.

Gracias.

Marga

Anónimo dijo...

Delibes era genial, me alegra que, aunque pocas, aún me queden por leer algunas de sus novelas. Recuerdo cruzarme con él por Valladolid, antes de que la enfermedad se llevara su calidad de vida, y pensar en pararle para expresarle mi admiración. Nunca fui capaz (como buena castellana), y tampoco él parecía gustar mucho del calor de las masas (como buen castellano). Conservo ese recuerdo, que muchos de sus paisanos contamos a ahora nuestros hijos, cuando en el colegio les hablan de él.

Alberto Secades dijo...

Soy seguidor de Bryson y, como bien cuentas, es un placer leer sus libros, hable de lo que hable.

No sabía que la parte en que hace el camino acompañado (un acompañante genial, recuerdo) inspiró una película. ¿Puedes dar más pistas (título es bastante) para que pueda localizarla?

Gracias.

molinos dijo...

Alberto, la película se llama Un paseo por el bosque. No tiene pérdida. Es bastante entretenida

Yanko Iruin dijo...

Siempre Delibes. Este viejo amigo tuyo (o amigo tuyo viejo) vuelve de vez en cuando a Delibes. Y a Baroja....

Cristina dijo...

Soy bastante nueva siguiendote, y me gusta mucho tu blog! Graias por publicar!

Anónimo dijo...

Hola Molinos!

Me apunto tus libros, que siempre cuadran con algún cumpleaños familiar ( regalé a mi sobrino Eleanor y Park, un éxito; yo también lo voy a leer, por cierto)
Me apunto a Bryson. Con Delibes me pasa una cosa: lo tengo asociado al programa bajón de literatura española de bachillerato. El paseo que con 15 años me dieron por la miseria, la austeridad y la miseria, casi me aleja de la literatura hispanoparlante. Por suerte, enlazamos con el realismo mágico latinoamericano que conjuga drama y magia y es más ameno. El Camino me ponía triste, pero voy a retomar a ese señor discreto, ya te contare. Gracias !

Marta Pilar dijo...

Me encanta Delibes. Lo leí casi todo en el verano de mis 20.
Necesito ver de nuevo la portada del New Yorker que publicaste en stories de Instagram, no era la de este post.

Barbie Jardinera dijo...

A mí, sin embargo, me parece más coherente Rural que Los ignorantes, donde las dos historias se yuxtaponen sin nexo... La autopista que destroza la vida de la joven familia,en Rural, parte también en dos la explotación ganadera, y les afecta hasta en la calidad del pasto (metales pesados, etc). Pero sí es verdad el tono documental, quizá deliberado. En conjunto me gusta todo lo que he leído de Davodeau, que incluye Las malas gentes. Sus cómisc son un testimonio preciso y emotivo de la sociedad francesa, en particular la rural, en los años de nuestra generación (yo soy del 68; él -leo- del 65). Me gusta comparar lo que cuenta, la sociedad que retrata, con la nuestra de estos/aquellos años.
Y hablando del campo... releeré a Delibes (gracias pues)