miércoles, 29 de noviembre de 2017

No os salgáis de la ruta 66

Hoy hay tanta niebla que está justificado encender el antiniebla trasero. Apenas veo los pocos vehículos, casi todos furgonetas, que voy adelantando. Es la ruta 66 de La Mancha. Nadie para, nadie coge las salidas, nadie viene, no venimos aquí, solo atravesamos este paisaje que hoy está escondido. La niebla lo cubre todo pero yo sé que está ahí, al otro lado. Una inmensa llanura en la que no hay nada más que tierra seca, vides tronchadas y desolación. Es un paisaje por el que podría viajar el padre de La Carretera de Cormac McCarthy. No hay nada. He contado diez o doce casas, cortijos, caseríos abandonados. De algunos solo quedan un par de muros de adobe rojo profundo que parecen estar derritiéndose poco a poco. Otros, hechos de ladrillos, aguantan un poco más. En uno, ha crecido un árbol entre sus paredes. Algunos son enormes, y es probable que perdidos dónde no alcanza mi vista haya muchos más. Escucho City of Stars, de la banda sonora de Lalaland (Sí, a mí me gustó la peli), una canción dedicada a una ciudad llena de supuestas oportunidades. La Mancha no engaña, te deja claro que aquí no hay ninguna oportunidad ni la hubo nunca o esos cortijos, algunos enormes, estarían todavía habitados. 

De repente, la niebla se despega un poco del asfalto y una luz extraña permite ver unos cuantos metros de la carretera. Esta mañana parece un cuadro de Rothko: marrón oscuro, amarillo desesperante y blanco sucio de las nubes que corren paralelas al suelo. Aquí las nubes nunca se quedan, siempre pasan, "paralelas, vienen siguiéndome". Se me ocurre que esta autopista, con sus kilómetros y kilómetros de recta infinita le da un sentido a este inmenso espacio, una dirección, una salida de emergencia. Si permaneces en ella, si no te sales del camino conseguirás salir de aquí, llegar a algún sitio. Pienso en Griffin Dune en Un hombre lobo americano en Londres. No sé que hay a unos cientos de metros del asfalto pero soy capaz de imaginar amenazas tan aterradoras como un hombre lobo. ¿Cuánto tendría que caminar para dejar de ver la carretera y perder toda referencia de la salida de emergencia de este paisaje? 

De noche es también una ruta aterradora. Menos coches, oscuridad absoluta. La carretera iluminada es una cremallera, tengo que ir cerrándola a mi espalda para conseguir llegar a mi destino, ponerme a salvo, llegar a las luces, mientras a mi paso la oscuridad lo engulle todo. 

La niebla, la noche, la oscuridad hacen soportable esta desolación. Cruzar la ruta 66 manchega en verano es solo para valientes. Quieres llorar de tristeza, frunces el ceño detrás de las gafas de sol porque la luz es tan intensa que no quieres verla. No hay escapatoria, cae a plomo y no hay donde esconderse. Hoy, con la niebla, casi parecía querer acogerme, pero sé que es una trampa. 

No crucéis la ruta 66 y, si tenéis que hacerlo, no os salgáis nunca de ella.


3 comentarios:

Anónimo dijo...

Creo que te sobran adjetivos que empleas para exagerar. Pero allá tú. Sólo es una carretera normal y corriente.

El anónimo de la lámpara

El primo del Chicodelaconsuelo dijo...

Como defiende tu querido del Molino,
en La España Vacia
hay que quitarle lirismo a la España rural
y despoblada
y ponerle remedio, si aún lo tiene
y sirve para algo,
que igual ya no.

Me ha encantado este texto tuyo,
quizá porque al contrario
de los que piensa
el anónimo de la lampara
(y tu me has criticado tantas veces a mi)
el hiperadjetivismo
sórdido y repetido
tiene el atractivo encanto
de la descripción cansina.

Muaks.

Oswaldo dijo...

Es lo que he dicho ya antes, vas camino a la ficción. Lentamente, sí. Renuentemente, así parece. Pero, como luce desde acá, inexorablemente.
Es claro que a veces tu realidad real tiene mucho de realismo mágico, a lo García Márquez.
Esta puesta en escena de la ruta 66 y hasta el título del post son toda una promesa de una historia misteriosa y fabulosa.
"No crucéis la ruta 66 y, si tenéis que hacerlo, no os salgáis nunca de ella." ¡Uuuufff! ¡Me encanta la invitación que hay en esta frase!

Anónimo de la lámpara, he leído comentarios tuyos con los que he estado de acuerdo, pero con éste no lo estoy.
Evidencias un racionalismo a ultranza que no abre lugar para el misterio.
Puedo imaginarme a alguien con la actitud que expresaste aquí, topándose entre gallos y medianoche en la penumbra y entre la niebla, con un brillante vampiro bañado en sangre de doncella y que reaccione sacudiéndole un fulminante manotón mientras dice por lo bajo y a disgusto, "¡Anda, Pajarraco!"