sábado, 19 de agosto de 2017

Doce años

«Todos somos extraños para nosotros mismos, y si tenemos alguna sensación de quienes somos, es sólo porque vivimos dentro de la mirada de los demás» (Paul Auster)

Aún no sabes quién es Paul Auster aunque tu casa está llena de sus libros. No sabes quién es pero sus portadas y sus palabras son parte de tu paisaje diario. Tampoco sabes lo que es sentirte extraña de ti misma ni te has parado a pensar quién eres. Si te preguntara, me mirarías con cara de superioridad y contestarías: «Soy Clara, sé perfectamente quién soy» porque hoy cumples doce años y a esa edad todo se sabe "ferpectamente" (no te gusta Asterix pero tenía que ponerlo). Crees que lo sabes todo, piensas que sabes todo lo que necesitas saber sobre lo que te interesa. Incluso crees tener clarísimo qué es lo que no quieres saber, lo que no te interesa, lo que no importa, lo que da igual. Y eso está bien porque a tu edad, en este momento de tu vida, lo suyo es que tengas esa seguridad, que todo a tu alrededor sea seguro, estable, casi aburrido, predecible, tan inmutable que parezca eterno. Por eso te gustan las rutinas y te encanta repetir siempre las mismas cosas cuando volvemos a lugares que, a tus doce años, ya se han convertido en parte de esa extraña que todavía no sabes qué eres. Este verano hemos vuelto a comer pipas Facundo viendo la puesta del sol en San Vicente porque "ese es el paseo que siempre hacemos" y hemos comido helados Regma "porque es lo que siempre hacemos aquí" y estás en Gibraltar "porque es lo que hago siempre en agosto". Crees que repites todas esas cosas porque te gustan y, en cierta manera, es así, pero las repites porque te centran, porque te hacen y te harán, en el futuro, ser quién llegues a ser. 

Aún no lo sabes pero eres una extraña para ti misma y lo serás siempre. Eso no es malo, no quiere decir que no te conozcas, quiere decir que tú te sentirás una persona determinada, te verás, pensarás, soñarás, escucharás e, incluso, olerás de una manera y descubrirás que los demás perciben en ti mil personas distintas. Unas te resultarán desagradables y te indignarás, otras te sorprenderán y otras te halagarán porque no podrás creer que te vean así, pensarás incluso «qué equivocados están, no soy tan buena». 

No sabrás quién eres y serás mil personas en una. Serás mujer, hermana, amiga, compañera de trabajo, amante, madre, abuela, tía, novia, pareja estable, pareja inestable, jefa, currita y un montón de cosas más pero para mí, siempre, serás mi hija pequeña. Y así te veo cada día.

En mi mirada vives y siempre vivirás y te verás como mi hija pequeña; ahora que crees saberlo todo y, también, cuando creas no saber nada y sientas más miedo del que eres capaz de imaginar, espero que puedas aferrarte a quién siempre serás en mi mirada y en mi vida. 

Feliz cumpleaños, pequeña bruja. 

Espero también que leas a Auster. 


jueves, 17 de agosto de 2017

El continuo discontinuo espacio tiempo adolescente.

Estoy en condiciones de afirmar que los adolescentes viven en una dimensión en la que el espacio y el tiempo, sobre todo el tiempo, son diferentes de los del resto de la humanidad. El tiempo en la adolescencia es como un chicle que se encoge y se estira según unos criterios que me resultan completamente indescifrables. 

Para empezar, un adolescente nunca mantiene una velocidad de actuación constante. Su velocidad de crucero sufre un curioso proceso de infantilización, una vuelta a la más tierna infancia y he descubierto que un bebe de dos años se mueve unas doscientas veces más rápido que un adolescente. Recuerdo con nostalgia cuando creía que se tardaba mucho en salir de casa con dos bebés, ahora me noto crecer el pelo mientras espero a que mis dos hijas estén listas. 

He comprobado también que el movimiento más lento jamás registrado nunca que es el que sigue a la palabra "Voy". 

María, ¿puedes, por favor, venir un momento?
Voy.
Clara ¿puedes venir a ver como me desnudo y me pinto el cuerpo entero con esmalte de uñas negro profundo?
Voy.
Hijas mías, ¿podéis venir un momento que creo que me he cortado una mano con el cuchillo jamonero?
Ya vamos. 

Un coral se mueve más rápido que ellas. 

Podríamos pensar que no conocen otro tipo de velocidad, que en su dimensión todo es lento y pausado, casi inmóvil, pero no es así. Con los estímulos adecuados son capaces de moverse a velocidades increíblemente rápidas, dejando al Correcaminos convertido en una tortuga.  

¿Qué tipo de estímulo desata su ultravelocidad? 

Cualquier pertubación en la fuerza... del wifi. Apago el wifi y antes de que me haya dado tiempo a parpadear las tengo a mi lado informándome del problema técnico. Creo ver humo en sus talones. 

La elección entre dos elementos. «Chicas, tengo dos toallas. ¿Cual queréis?»

Según sale la s de mi boca, ambas han gritado algo. Su velocidad de respuesta es inmediata, francamente impresionante. Por supuesto su elección siempre es la misma y esto desata otro problema que no es objeto de este post pero que dejaremos enunciado como «El deseo de poseer un objeto vendrá determinado siempre por la absoluta necesidad de impedir que el otro hermano posea el objeto que quiere». 

Si la elección no es entre dos objetos sino entre dos opciones vitales que les ofrezco para cualquier tipo de actividad, su velocidad de respuesta es igualmente inmediata pero, en este caso, jamás coinciden, desatándose otro problema que tampoco trataré hoy pero que dejaré enunciado como «Como sois incapaces de poneros de acuerdo al final elijo yo y seré como Rusia en el comité de seguridad de la ONU porque mi voto vale más».  

Chicas, ¿queréis comer en casa o en un restaurante?
Yo en casa.
Yo en un restaurante.
Chicas ¿Queréis playa o montaña?
Playa.
Montaña.
¿Preferís que me corte las venas o que os de en adopción?
Si los padres adoptivos son buenos por mí no hay problema.
Si no vas a pedirnos que limpiemos la sangre no tengo problema con que te cortes las venas. 

Un paso más allá de la ultravelocidad que pueden desarrollar está la ultravelocidad que son capaces de imaginar y que se aplica a fenómenos de la vida diaria que cualquier adulto sabe que llevan un tiempo considerable. 

La velocidad más rápida que son capaces de imaginar es aquella a la que creen que se lava la ropa. El proceso es más o menos el siguiente: sacan la ropa del armario, la usan un número indeterminado de ocasiones que va desde ninguna a mil y sólo cuando ellas en esa dimensión paralela deciden que está sucia según un criterio que aún no he conseguido comprender pero que enunciaré como «La ropa está sucia cuando considero que guardarla en el armario no compensa o simplemente he olvidado que la tengo» la echan a lavar. Nada más depositarla en el cubo de la ropa sucia (en su dimensión paralela he conseguido hacerles entender que toda prenda de ropa que ande por el suelo acaba en la basura y desaparece para siempre) les brota una urgente e imperiosa necesidad de tener esa prenda de nuevo disponible.

Mamá, ¿están mis vaqueros cortos limpios?
No.
¿Y ahora?
No.
¿Ya? 
No.
¿Cuanto queda?
La lavadora tarda hora y media, luego se tiene que secar y si los quieres planchados... pues cuando a mí me apetezca. 
Pero eso son por lo menos cuatro horas. ¡Tiene que haber métodos más rápidos!
Ajá. Estoy deseando que los inventes. 
Pues necesito más pantalones.
Ni de coña. 

En cuanto a las diferencias espaciales y circunstanciales, en el universo de mis hijas, por lo que he podido observar, las condiciones atmosféricas o de cualquier otro tipo son inmutables. Esto quiere decir que si en Madrid hace calor en julio, en cualquier otro lugar del planeta al que nos desplacemos hará calor. Si con un pantalón no necesitan cinturón, tampoco lo necesitarán con ningún otro pantalón que se pongan jamás en la vida. Mis intentos por sacarlas de este error de percepción no son bien recibidos nunca. Digamos que son recibidos con indiferencia o, en algunos casos, con risas de superioridad. Yo, por supuesto, me vengo.

Chicas, vamos al norte, coged jerseys. 
Bah, pasando, que eres una exagerada. 

Mamá, ¿has traído jerseys de sobra?
Ajá.
¿Me dejas uno?
Puede. 
¿Cuánto me va a costar?
Más de lo que crees. Para empezar un "mamá, tenías razón". 

Chicas, compraos un cinturón. 
Los cinturones son de viejas. 
¿De viejas? Qué estupidez.
Tú siempre llevas cinturón.
Ni se te ocurra seguir por ahí. 

Mamá, ¿no tendrías un cinturón para dejarme?
Sí cariño pero no quiero que parezcas vieja. De nada. Estás ideal sujetándote los pantalones con una mano, queda muy juvenil. 

Otro día hablaré de otro problema que dejo enunciado como «cuando tus hijas se toman siempre  tu sentido del humor como una ofensa personal imperdonable para, poco después, adoptarlo, adaptarlo y empezar a manejarlo con maestría». Otro día.   


lunes, 14 de agosto de 2017

Entre Comillas y San Vicente

En el trozo de costa que hay entre Comillas y San Vicente de la Barquera escribí la mejor carta de amor de mi vida. La inspiraron un hombre y una casa. La casa sigue ahí, el hombre cayó por el Barranco de la Indiferencia. La carta era magistral: tierna, emocionante, sensual, bonita y completamente innecesaria, como deben ser todas las cartas de amor. Es tan perfecta que, si quisiera, podría reutilizarla con otro hombre. 

La primera vez que fui a Cantabria, todavía se llamaba Santander. Descubrí, entonces, que el verano no es una estación absoluta y que hay lugares, como este trozo de costa, en el que los calcetines se usan todo el año y las corbatas no son una prenda de vestir. Descubrí también que se me daba mejor hacer amigos que ligar. Ambas cosas, lo de los calcetines y mis capacidades para socializar permanecen inmutables. 

Entre Comillas y San Vicente di mi primer beso o, mejor dicho, mi primer intento de beso. Él era de Gijón y le llamaban "Costi" porque había nacido el día de la Constitución. No recuerdo su nombre ni apenas su cara, pero si el tímido beso que no me gustó. 

A Comillas y San Vicente volví después de veinte años a punto de ser madre por primera vez. No me gusta lo de "ser madre" suena a ser hada o princesa o astronauta o jardinera; mejor a punto de tener a mi primera hija. Volví al lugar de mi primer beso y a mirar las ventanas del campamento en el que descubrí que en julio se podía pasar frío. Volví otra vez para mis últimas vacaciones en familia. Fueron bonitas, amargamente dulces, como cuando rebañas un plato que sabes que jamás volverás a probar y del que ya no recuerdas lo que te costó prepararlo y cocinarlo; sólo lo disfrutas tratando de que no se te olvide jamás. Fueron unas buenas vacaciones. 

Cuatro años después he vuelto a esa franja de costa, con calcetines, con mis hijas y sin hombres. Leo una cita de un artículo de Pedro Cuartango: «Me gusta retornar a los sitios que forman parte de mi historia. Pero ello siempre me produce frustración porque nunca están como yo me los imaginaba en mi memoria. Todo fluye, todo cambia menos nosotros, que somos arrastrados por el paso de un tiempo que nos destruye. Esa conciencia de la fugacidad hace más precioso cada instante porque en él se condensa toda la eternidad». 

Mirando el mar descubro que yo no me siento así, no me siento frustrada cuando vuelvo aquí. Estoy en Oyambre y mientras masco la cita pienso que, para mí, volver a los sitios que son parte de mi historia es como poner una piedra sobre otra, cada vez que vuelvo a esos lugares hay más piedras y cambia el paisaje. No es peor ni mejor que en el pasado es, simplemente otra cosa, algo nuevo. 

Me pongo de pie y paseo por la orilla y pienso que también puede ser al revés, cada vez que vuelvo a este trozo de costa, el mar, el viento, y el paso del tiempo han erosionado mi vida pero no la destruyen,  arrastran una capa de mi vida, dejando la siguiente a la vista. Así hasta que no queden capas de mi vida o hasta que el montón de piedras ya no crezca más porque habré dejado de añadirle rocas.  

Me gusta volver a este trozo de costa, entre Comillas y San Vicente. 


miércoles, 2 de agosto de 2017

Lecturas encadenadas. Julio

Julio ha sido un mes larguísimo, eterno casi. He hecho millones de cosas, he trabajado, he viajado, he tenido vacaciones, he visto mil películas, he sido madre, he tenido solterismo y he leído siete libros y medio. 

Empecé con El vater de Onetti de Juan Tallón. Fui a la Casa del Libro, me puse frente a la estantería y me quedé mirando los dos títulos que de él tenían. ¿Qué me hizo decantarme por el título más feo? No lo sé, así funciona mi cabeza. 

El Vater de Onetti es una novela curiosa en la que, contra todo pronóstico, se habla del vater de Onetti. De uno de ellos.   Juan, el protagonista,  escribe un periódico gallego, ha publicado un libro y llega a Madrid para trabajar en un ministerio. Se instala en un piso y va contando su vida y cómo espiar a sus vecinos acaba cambiándole la vida. Para mí, la peripecia es lo de menos. Iba leyendo y pensando ¿Cuando es verdad? ¿Cuanto es ficción? ¿Qué hay de real? ¿Qué hay de mentira? Da igual porque en realidad, como dice el prologuista, lo importante no es cómo llegas sino cómo vas yendo. Lo importante es que me lo creo a él, al protagonista, con su humor negro, su ironía, el autodesprecio    y a los personajes más sinceros por ser los menos reales, como Horacio el camarero del bar.  

No es un libro lineal, la historia no avanza, no va hacia delante. Es un libro que va y viene, que se para, retrocede y se estanca y es en esas pozas para nadar cuando más lo he disfrutado. Es un libro para hacer largos en él, entreteniéndote en la temperatura del agua y en los otros nadadores, en las cosas que se te ocurren según vas leyendo/nadando. Un libro para hacer el muerto. Lo de menos es la peripecia, como lo es el tiempo que marcas al nadar. Me quedo también con el humor, la ironía y la capacidad para hilar distintas historietas, anécdotas, curiosidades, sobre todo de escritores y fútbol, a lo largo de la trama. Ah y me encanta el tono que tiene de «podría ser peor, podría llover». 

«No hay que despreciar los pequeños detalles, ni creer que cada cosa nimia que hacemos, cada idea, cada maniobra, cada reacción, cada gesto intrascendente pasan en vano. La onda invisible que levante quizá llena de gloria a alguien que solo pasaba por allí. En ocasiones, dejará cadáveres detrás de sus huellas».

Tan identificada con esto:

«Cuando releo lo que escribo me siento, en general, deprimido como alguien que se ha equivocado de camino. Si me parece bueno, porque creo que ya no podré escribir algo igual. Si me resulta malísimo, porque temo que sea el texto por el que se me juzgue».

Querida Ijeawele. Cómo educar en el feminismo de Chimamanda Ngozi Adichie es un librito que tenía ganas de leer desde que empecé a seguir a esta autora en sus artículos en prensa americana y en sus charlas e intervenciones en programas de tv. Lo compré en la Feria del Libro de Madrid para ver si aprendía algo y era adecuado para mis hijas. 

Chimamanda escribe una carta, podría ser un post, con quince sugerencias para educar a la hija de una amiga en el feminismo o, mejor dicho, para educarla como una persona plena. Lo leí en un rato y me hizo mucha ilusión comprobar que muchas de las cosas que ella cuenta las escribí yo hace un año en el post Para mis hijas: mis pensamientos feministas. Todo lo que dice Chimamanda es de sentido común y obvio pero es necesario decirlo y repetirlo hasta la extenuación porque muchas de esas cosas  están puestas en entredicho en la sociedad actual y, muchas de ellas, por las propias mujeres. 

«Tu premisa feminista debería ser: Yo importo. Importo igual. No "en caso de". No "siempre y cuando". Importo equitativamente. Punto».

«Sé una persona plena. La maternidad es un don maravilloso, pero no te definas únicamente por ella».

Desde luego, se lo daré a mis hijas para que lo lean. 

Los desorientados de Amin Maalouf. No sé quién me regaló este libro el año pasado pero haciendo orden en mis estanterías le llegó el turno. Me miró fijamente y supe que era su momento aunque confieso que lo cogí con poca fe.  

Los desorientados (un título genial), es otra historia de amigos que se reencuentran después de veinticinco años sin verse. La muerte de uno de ellos es el motivo que vuelve a unirles y la ocasión que el narrador, protagonista aprovecha para volver al país que abandonó y rememorar, recordar, reencontrarse con personas, sensaciones, sentimientos e incluso recuerdos perdidos. 

Maalouf es libanés y eso, como le pasa a Oz marca toda su literatura, lo que cuenta y cómo lo cuenta. En la literatura de Oriente Próximo todo deslumbra, la luz es abrasadora y el calor aplana los volúmenes y aplasta el paisaje pero en vez de difuminar las líneas divisorias entre unos y otros, en vez de fundirlos, esa luz remarca las diferencias, trazándolas con severidad y haciendo que esas diferencias sean la razón de ser de todo: los países, las ciudades, los barrios, las pandillas, las parejas, las costumbres, las guerras. 

Me ha encantado. Hay reflexiones maravillosas sobre ser algo aunque no queramos serlo y sobre los libros y escribir, y sobre los amigos y los recuerdos, y sobre irse. 

«Irse del propio país entra dentro del orden de las cosas; a veces, lo imponen los acontecimientos; y si no, hay que inventarse un pretexto. Nací en un planeta, no en un país. Sí, claro, también nací en un país, en una ciudad, en una comunidad, en una familia, en una maternidad, en una cama... Pero lo único importante para mí y para todos los seres humanos es el hecho de haber venido al mundo ¡Al mundo! Hacer es venir al mundo, y no en tal o cual país, ni en tal o cual casa».

«Cuando escribimos un texto, las líneas van una detrás de otra, con idénticas intervalos, y quienes las tienen ante la vista no se dan cuenta de que hubo momentos en que la mano que las trazaba fue deprisa por la hija y, en otros, se quedó parada. En la página, e incluso en la página manuscrita, quedan abolidos los silencios; y los espacios pasados por la garlopa».

La hija del comunista de Aroa Moreno. Este libro lo compré en la presentación que se hizo en la Librería Cervantes en Madrid. Las circunstancias vitales con su dosis de carambolas cósmicas por las que conocí a Aroa hace ya algunos años son tan maravillosas que es imposible que sea objetiva con sus escritos. La novela nos cuenta la historia de Katia, la hija del comunista, que viviendo en Berlín oriental decide marcharse dejando atrás su vida para empezar una nueva. La revelación de que somos lo que somos independientemente de dónde vivamos es el tema que subyace tanto en su historia como en la de sus padres que, para mí, es la que tiene verdadero interés. Los españoles que huyeron de España tras la Guerra Civil y acabaron viviendo en Alemania Oriental y cómo sus hijos asistieron a la desaparición del país al que sus padres habían huido. Cuando vemos, leemos o escuchamos historias sobre la Europa del Este siempre nos quedamos con lo "malo", con lo horrible que debía ser, con lo que no tenían y se nos olvida que había gente convencida allí, gente que estaba a gusto, personas para las que aquello había sido la opción mejor. El ambiente que Aroa recrea me ha recordado a la película La vida de los otros y, sobre todo, a la primera novela de Ian McEwan, El inocente. 

Trazos en falso de Javier Tortosa me lo envío  una pequeña editorial de Murcia, Boris Ediciones. Albert Lea es un pueblo del medio oeste de Estados Unidos al que Tortosa nos lleva con sus relatos pero en el que todos hemos estado antes si hemos leído a Steinbeck, a Ford, a Carver o a Lucia Berlín. La gente que nos presenta Tortosa también nos recuerdan a otra gente que ya hemos conocido y los problemas que tienen, las cosas que piensan, lo desamparados que se sienten también nos suena porque son problemas universales. Tortosa tiene un estilo muy peculiar. Cortante es la palabra que mejor lo define. Al principio cuesta entrar en su ritmo de pasos cortos y puntas afiladas pero una vez que te haces la lectura es interesante y algunos de los relatos los he disfrutado muchísimo. La fórmula funciona al principio pero luego se vuelve repetitiva, es inevitable tener la sensación de que estás leyendo en círculos, y lo que al principio te ha enganchado y sorprendido, acaba resultando repetitivo y sonando un poco artificial. Dejas de creértelo. 


«Lo comprendió al minuto uno. Que incluso las cosas que no suceden acaban dejando huella. Y no es cuestión de distraer la mirada. Ni rellenar espacios vacíos. Hay que aprender a vivir con ello. Porque lo más duro de perder algo no es sentir su ausencia. Lo peor, lo más triste, es tener la sensación de que pudo haber sido». 

Harriet de Elizabet Jenkins ha sido la sorpresa del mes. Alba Editorial en su colección Rara Avis publica eso, cosas raras de autores muertos y, por lo que he visto este año, la mayoría son mujeres. Esta novela fue publicada en 1934 y fue un super éxito de ventas. Cuenta una historia real, basada en acontecimientos que ocurrieron en realidad en 1877. El argumento es tan increíble y cuenta con todos los elementos de una  mala tv movie de sobremesa pero Jenkins la cuenta de manera magistral, dotando a todos los personajes de una profundidad increíble. Es una historia de maldad, de avaricia, de abusos, de crueldad extrema pero lo terrorífico es que es una maldad llevada a cabo por gente normal, por personas que se construyen una realidad paralela, una moralidad a medida en la que sus terribles actos son perfectamente justos. Como dice Rachel Cook en el prólogo «Harriet es una novela en la que las personas se alejan de la verdad con la misma facilidad con la que corren una cortina para que el viento no entre por la ventana...» 

Y todos conocemos a alguien así: 

«Le gustaba llevarse bien con los demás, es decir, sentirse admirado, y a pesar de que tenía la crueldad de una víbora, era capaz de ofenderse por cualquier menudencia, como un niño al que nadie comprende».

La librería de Penelope Fitzgerald. Este libro me llegó por un regalo de trabajo, próximamente se estrenara la película que Isabel Coixet ha hecho sobre esta historia. Esta novela se define exactamente igual que la autora da de la protagonista:

«Era pequeña de aspecto, delgada y huesuda, un poco insignificante vista desde delante y completamente insignificante por detrás»

Lo mejor de esta novela es la ilustración de la portada y que se lee resbalando la vista por las páginas. 

Y con esto, un bizcocho y el medio libro que llevo ya de Un continente salvaje, Europa después de la II Guerra Mundial, hasta los encadenados de agosto.



miércoles, 19 de julio de 2017

¿Qué son los padres?

Única (6.509), Luchadora (5.078), Entregada (4.870), Fuerte (4.676) y Valiente (4.133).

Estas son las cinco palabras más repetidas, en una campaña que se ha puesto en marcha, para tratar de cambiar la definición de «madre» en el DRAE. No sé si definen a una madre o a un nuevo personaje de Disney.  

¿Qué es una madre? ¿Qué es un padre? Llevo un par de días de insomnio absurdo dándole vueltas a esto. ¿Por qué? Porque sí, por la movida de la gestación subrogada, por este artículo en el New Yorker que cuenta una historia Kramer contra Kramer pero entre dos mujeres en 2017 y porque mi cerebro es así de cabrón. 

Para mí, los padres son el lugar seguro al que volver cuando todo se va a la mierda.   

Los padres son aquella sensación a la que vuelves cuando no tienes a dónde ir. El rincón en el que te escondes cuando todo se desmorona. No es un espacio físico, ni mental, ni un soporte económico, ni una red  familiar. Los padres son el espacio mental al que intentas retirarte cuando te sientes desbordado emocionalmente, arrasado por la pena o increíblemente feliz. Cuando tienes miedo, terror, tristeza o sientes una increíble satisfacción por algo que has logrado, conseguido. Son el sitio en el que te refugias aunque ya no estén contigo, aunque hayan muerto, aunque sean tan mayores que sean ellos los que dependan de ti, porque solo recordar tu vida con ellos te calma y te ayuda. Los padres son el vértigo vital que te ahoga cuando pierdes ese eje, cuando sientes que ya no existe ese lugar seguro, cuando se pierde, y en su lugar solo hay un vacío.

¿Qué me hace a mí madre? Desde luego no son mis genes flotando en el interior de mis hijas, ni haberlas parido, ni haberles dado de mamar. No me hace madre cuidarlas, quererlas, aguantarlas, educarlas, preocuparme por sus cosas, alimentarlas, perseguirlas, odiarlas a ratos. Nada de eso me hace sentirme madre, ni nada de todo eso, que también mi madre hizo por mí, es lo que me hace sentir madre. No puedes definirte a ti mismo como padre o madre. Siempre tiene que definirte otro y no lo hace, no lo hará por lo que has hecho, por lo que haces, sino por cómo se siente contigo. 

Lo que te hace padre es que tus hijos sientan que conocerte, que haberte conocido, que tenerte, que haberte tenido, es un lugar seguro al que siempre podrán volver.  Y no, no todo el mundo lo tiene, aunque todos hayamos tenido "padres".  

Creo. 

Todo lo demás son cuentos de hadas. 

lunes, 17 de julio de 2017

So long, farewell,auf wiedersehen, adiós.

A pesar de mis enconados esfuerzos por no llegar tarde y a pesar de tenerlo todo a favor para conseguirlo, llegaba tarde. No mucho, cinco minutos, pero lo suficiente para ser la última en entrar en la sala de reuniones y, por tanto, ser intensamente visible y revisable por los que ya estarían allí a pesar de tener todo en contra. Sentía todo la batería de síntomas del síndrome del impostor: nervios, dudas, inquietudes e inseguridades. «Voy a hacer el ridículo, se van a dar cuenta de que no tengo ni idea». A los nuevos se les recibe siempre con inquietud, con suspicacia, se les mira con ojos inquisitivos y con cierta sospecha. Yo también lo hago. Nos acostumbramos a las personas y cambiarlas por otras nos produce cierto resquemor, nos rompe la rutina de las relaciones establecidas y nos obliga a ser conscientes de que las cosas cambian. Incluso nos hace pensar que nosotros también somos prescindibles, intercambiables, olvidables. Era consciente de todo eso cuando entré en la sala a conocer a todos esos desconocidos inconscientemente suspicaces y algo preocupados. «Hola, soy Ana». Él, se levantó inmediatamente desde su sitio, en el lado de la mesa más alejado a la puerta, se acercó a mí, me dio dos besos y me dijo «Bienvenida, Ana». 

No había tenido tiempo de imaginarme a mis compañeros. Había tratado con ellos únicamente por mail y el mail no da pie a imaginar voces, aspectos, alturas y, mucho menos, sensaciones. Me pareció mayor. No muy alto, pero más que yo por supuesto, con el pelo blanco, delgado y una gran sonrisa. Aquel día me sorprendió que al besarme apoyara sus manos en mis hombros. Aprendí después que él siempre saluda así porque realmente se alegra de verte, de estar contigo, de trabajar juntos. Cuando comenzó la reunión, me pareció seguro, no seguro de sí mismo sino un lugar seguro, alguien en quien confiar, alguien a quien consultar. Deseé caerle bien desde el primer minuto. Deseé aprender de él, con él. Nos hicimos amigos a lo largo de los meses. Nos hemos reído, intercambiado fotos y nos hemos abrazado al despedirnos todas y cada una de las veces, con sus manos en mis hombros. 

«Chavales, me jubilo» nos anunció en enero. Intentó ser solemne, serio, riguroso, pero se le salía la alegría por los ojos y por sus largos dedos que siempre agita al hablar. Durante estos seis meses el ambiente en nuestras reuniones ha estado envuelto en una nube formada en un 50% por su alegría y en otro 50% por nuestra sensación de orfandad. Nos sentimos huérfanos, no tristes porque nos alegramos muchísimo por él, pero nos sentimos un poco desamparados. O por lo menos, yo me siento así. 

El jueves, en su fiesta de despedida, fue la novia, el niño del cumpleaños, el campeón de Wimbledon, el ganador del Mundial, el premiado con el Nobel, el destinatario del Oscar,fue Amstrong pisando la Luna y Fleming descubriendo la penicilina, el niño que disfruta del último trozo del pastel y el que estrena la piscina el primer día de verano. Estaba feliz, exultante y satisfecho. Conmovido, también. Era la viva imagen de la satisfacción, era el ciclista que gana el Tour y piensa «Todo este esfuerzo ha merecido la pena». Sé que es ridículo pero me sentí orgullosa de él.  

Nos abrazó a todos. El último abrazo compartiendo trabajo. No lloró al llegar al restaurante y encontrarse a todo el mundo aplaudiendo, ni lloró durante las palabras que improvisó para todos los que nos juntamos a despedirle, pero se le humedecieron los ojos cada vez que, a cada uno de nosotros, nos dio ese último abrazo "laboral". 

Nos has dejado un poco huérfanos y, también, un poco envidiosos, contando los años que nos quedan a nosotros para llegar a jubilarnos. Ojalá sepamos hacerlo como tú.  

Farewell Jesús, te echaré de menos. 


miércoles, 12 de julio de 2017

Por un puñado de cosas


«Lo único que me importa es que el coche nuevo tenga un gran maletero» 

Tres bolsas de hacer la compra. Una negra, con fotografías de revistas de moda o de modelos, está arrugada y vieja pero todavía resiste. Sé dónde la conseguí, me la dieron en un evento de Yo Dona hace cuatro años, cuando saqué el libro. Otra es rosa con letras azules que dicen algo en francés. Viene de un supermercado alsaciano en Colmar. La última es más pequeña, es amarilla y horrenda y me la regalaron en una gasolinera a las afueras del aeropuerto de Basilea. Es fascinante como a mi memoria le cuesta recordar la tabla de multiplicar del siete y, sin embargo, almacena el lugar de origen de mis bolsas de la compra. 

Una bolsa de ese color marrón oscuro, casi negro, del que solo son las bolsas que nos recuerdan a nuestras abuelas. No sé de dónde la he sacado y no quiero saber qué hay dentro. Lo sé, pero me da miedo mirarlo. Ahí dentro está todo lo que llevaba en el coche anterior. Arramplé con todo: cintas, cds, papeles, cables, recuerdos y lo metí allí pensando «ahora no tengo tiempo, ya lo ordenaré más adelante». Han pasado dos años y medio y todavía «más adelante» no ha llegado. A veces pienso «voy a tirarlo, sin mirar, sin dolor, sin pensármelo. Amputación» pero luego me puede la idea de que quizás haya algo en esa bolsa que necesite ser guardado. Ya veremos cuando llegue «más adelante».

En otra bolsa hay unas zapatillas de montaña que he heredado. Soy la heredera oficial de zapatos que se les quedan pequeños a los demás. Si no me valen a mí, no le valen a nadie. ¿Por qué las llevo en el coche? Por si acaso, quizás acabe perdida en un camino o ligue con un autoestopista montañero o me encharque los pies en lluvia o, simplemente, acabe harta de tacones y decida ponérmelas. 

Ocho chalecos reflectantes, incluido uno que pone "Calle 13. Equipo de homicidios" y que es el que me pongo cuando pincho, me da aspecto de mujer dura. Sé que ocho chalecos es algo excesivo pero no tengo explicación para este fenómeno. Simplemente han llegado a mí. Un pack con los triángulos. Este pack me irrita muchísimo, le tengo una manía horrible. En su funda roja llevan un velcro pensando para fijarlo  y que no se mueva pero, he descubierto, que se pega sin criterio, cuando quiere, en el sitio más inoportuno, a poder ser cuanto más en medio mejor. Es un velcro recalcitrante, el más recalcitrante con el que he tropezado nunca y para poder despegarlo tengo que tirar con todas mis fuerzas utilizando los dos brazos mientras digo palabrotas y juro que voy a tirarlo. 

Una botella de agua vacía, un rollo de cinta americana,condones escapados de un neceser, una hucha metálica con forma de buzón de correos en la que ahorro monedas de dos euros, un cepillo de pelo, una cazadora vaquera y un forro polar rojo. Un dibujo a plumilla de lo que parece un templete italiano. Tinta negra sobre una hoja de bloc de dibujo arrancada de cuajo, aún conserva las barbas. Es un boceto que, hace mil años, me regaló mi tío Manolo. Me encantaba y me prometí enmarcarlo, Nunca lo hice. Hace un mes, apareció en el fondo de un armario. Pensé en colgarlo en mi habitación de Los Molinos, encima de mi cama y con esa intención lo metí en el coche. Al llegar a Los Molinos me dio pena sacarlo, pensé que podía dejarlo allí.  ¿Quién dice que no se pueden decorar los maleteros?


lunes, 10 de julio de 2017

Cosas que fueron no y ahora son sí.


Saul Steinberg
Cosas que fueron no y ahora son sí.  
La piña. Callarme a tiempo. Tender la ropa. Llevar camisetas de tirantes. Dejar un mensaje sin contestar. Reposar una respuesta. Dejar un libro a medias. Defender mi criterio. La ginebra. La ropa interior de encaje. Decirle a un hombre «no me gustas». Los podcasts. Rodrigo Cortés. Los ensayos. La II Guerra Mundial. El cine japonés. Marcharme la primera. No ducharme en dos días. Poner reclamaciones. Escribir en serio. Preocuparme por lo que le ocurre a gente que se hace la misteriosa. Cambiar un enchufe. Cortar el césped. Leer poesía. Los calvos. Dormir desnuda. Fingir en el trabajo. El vino blanco. Escribir corto. 

Cosas que fueron sí y ahora son no.
La cerveza. Los hombres pequeños. Los sujetadores reductores. Decir siempre la última palabra. Contestar todos los mensajes. Tomar vino en las comidas de trabajo. Irme la última de los sitios. Vestirme pensando «esto hoy no, lo dejo para un día especial». Cocinar. Escribir largo. Compadecerme. Fingir en las relaciones personales. Ese hombre. Salir con alguien por pena.  

Cosas que, por ahora,  siguen siendo no.
Las alcachofas. Los gatos. Llevar paraguas. El calor. Los hombres con perilla. La piña caliente. 


miércoles, 5 de julio de 2017

Lecturas encadenadas. Junio.

Tengo un corresponsal secreto que me recomienda libros. A veces, cuando se desespera porque tardo en hacerle caso y cree que es urgente que lea determinado libro,  me lo envía. Esto ocurrió con Paradero desconocido, de Kressman Taylor. Llegó a mis manos al día siguiente de hablarme de él y,, como casi siempre, tenía razón, tenía que leerlo. 

Paradero desconocido es un relato breve publicado en 1938. Está compuesto por el intercambio de cartas que se envían dos amigos alemanes. Se conocen de toda la vida, trabajan juntos, pero en 1932, uno de ellos vuelve a Alemania mientras que el otro se queda al frente de la galería de arte que ambos poseen en Los Ángeles. Las cartas son amistosas, se echan de menos, se cuentan sus nuevas situaciones, recuerdos, se intercambian saludos de personas conocidos de ambos, hasta que la situación política en Alemania empieza a enturbiarlo todo y también a ellos.  Es un relato muy breve y fabuloso. Es espectacular  como va cambiando el tono de las cartas, las palabras, las frases que se intercambian y  cómo la tensión va creciendo hasta un giro final impresionante. 

Además de lo que cuenta, Paradero deconocido tiene su propia historia. Su autora, Katherine Kressman,  lo firmó con el pseudónimo Kressman Taylor al publicarlo porque sus editores pensaron que era «demasiado duro para aparecer firmando por una mujer». Katherine murió en 1996 con noventa y dos años, en su última semana de vida dijo: «Morir es natural. Tan natural como nacer». 

No, mamá, no de Verity Bargate  también llegó a mi buzón por sorpresa y, también, me dejó alucinada. No sabía nada de esta autora, ni de la novela, ignorancia absoluta que, a mí modo de ver, es la mejor manera de sumergirse en un libro. 

La historia de Jodie es tan real y tan normal que duele. Duele por la crudeza, la sinceridad, por la falta de disfraz y pose. Un ejercicio brutal de honestidad ante el vértigo de la maternidad que a mí, como madre y esposa que he pasado por todas esas sensaciones me suena muy real, terriblemente real. La desconexión con tus hijos, sentirlos extraños y aún así responsabilizarte de ellos, cuidarlos y preocuparte, el aislamiento que la vida familiar provoca como no estés atento a evitarlo, la rutina, el desamor, el miedo, el disfraz, el acomodo al día a día que puede acabar devorándote.  
«Lo que más me impresionó cuando me dieron a mi segundo hijo y lo cogí en brazos fue la total ausencia de sentimientos. Ni amor. Ni cólera. Nada».
El estilo de Verity, me ha recordado en parte a Lucia Berlin por el desgarro, a sordidez no buscada pero evidente en la observación minuciosa del día a día. En la época de exhibición de lo bonito y la exaltación de la mirada al lado bueno de las cosas y a ver el vaso medio lleno siempre, sorprende, y a mí me agrada, encontrar miradas que ven el vaso medio vacío, que no disfrazan lo feo de la vida y aprecian, por ello, aún más lo que no es tan feo. 
«Subí la escalera, unos peldaños y una pausa, luego unos cuantos peldaños más, otra pausa, el último tramo y ya casi estoy allí, no, en realidad ya he llegado. Nada de buscar a tientas, la lleve entra directamente en la cerradura aunque el rellano está a oscuras y ya estoy de vuelta. No en casa; sólo de vuelta». 

Será, sin duda, uno de los libros del año.

Viaje a Rusia, de Stefan Zweig. Lo compré en la librería del Caixa Forum un día que fui a ver una exposición y dije «No me compro ni un libro más». Todos sabemos que soy una mujer con una fuerza de voluntad espectacular.  En septiembre de 1938, Zweig viajó a Rusia para conmemorar el centenario del nacimiento de Tolstoi. El librito, muy breve, tiene tres partes. Una primera en la que describe su viaje de quince días en flashes, en artículos que casi podrían ser entradas de un blog: la estación, las calles, la Plaza Roja, Leningrado, etc. La segunda parte está dedicada a Tolstoi y la última es una conferencia que Zweig pronunció en honor a Gorki y para mí fue lo menos interesante del libro. 

La mayoría de los comentarios de Zweig sobre Rusia resultan terriblemente actuales,  los europeos del siglo XXI seguimos desconociendo Rusia exactamente igual que los europeos de hace cien años. Rusia nos resulta desconocida, extraña, distante, muchas veces incomprensible y siempre impresionante. De manera inconsciente y subjetiva pensamos siempre en Rusia con un toque de superioridad tanto moral como económica y social y cuando llegamos allí, cuando la conocemos de cerca descubrimos que Rusia, los rusos, no sólo no es inferior sino que son ellos los que nos desprecian o, mejor dicho, nos ignoran. A Rusia le somos completamente indiferentes. 
«El tiempo y el espacio se miden, efectivamente, de otra manera que en Europa. Y de la misma manera que se aprende a contar en rupias y en kopeks, se aprende a esperar, a llegar con retraso, a desaprovechar el tiempo sin murmurar, y así, poco a poco, se acerca uno al secreto de la historia de Rusia y al misterio de ser ruso. Pues el peligro y la genialidad de este pueblo estriban, ante todo, en su inmensa capacidad de espera y en su fabulosa paciencia, tan grandes como el país mismo». 

Apegos feroces, de Vivian Gornick. Este libro lo compré en la Caseta de Tipos Infames en la Feria del Libro de Madrid por recomendación de uno de los infames que siempre acierta conmigo. Otra vez ha vuelto a acertar. 

Una hija, la propia autora, pasea con su madre por Nueva York, y en  paseos y sus conversaciones durante los mismos,  se intercalan con los recuerdos de su infancia, su juventud y con las tensiones que siempre han tenido en su relación. Son una memorias paseadas. La relación que mantienen es complicada, tensa siempre por la posición de dominio y superioridad de la madre que no termina nunca ni siquiera en la vejez. 
«La relación con mi madre no es buena y a medida que nuestras vidas se van acumulando, a menudo tengo la sensación de que empeora». 
Gornick nos lleva a su infancia en el Bronx, nos cuenta las relaciones familiares, el vínculo con los vecinos, la muerte del padre que sirve a la madre de excusa y de eje para vertebrar su vida, tanto para mostrarse fuerte como para solicitar una compasión que cree merecer. En la última parte del libro la madre pierde cierto protagonismo, Gornick se centra más en su relación con los hombres, en la descripción de su matrimonio. 
«La atmósfera de nuestras primeras discusiones nunca se disipó, poco a poco nos acostumbramos a ella como se acostumbra uno a un peso sobre el corazón que constriñe la libertad de movimiento pero que no impide la movilidad; muy pronto, caminar contraído se vuelve natural. La ausencia de despreocupación y tranquilidad entre los dos se volvió cotidiana. Podíamos vivir con ello y, desgraciadamente, eso hicimos. No solo vivimos con ello, sino que caímos en el hábito de describir nuestra dificultad como una cuestión de intensidad».

En mi empeño por leer todo lo publicado por Natalia Ginzburg aprovechando todas las reediciones, La ciudad y la casa llegó a mi buzón. Es su última novela y cuenta la vida de un grupo de amigos a través de las cartas que se intercambian durante un par de años. Leyéndola pensaba que podría ser, perfectamente, el guión de una de esas películas de grupos de amigos al estilo de Los amigos de Peter o Pequeñas mentiras sin importancia. 

Entre Roma y un pequeño pueblo cercano, un grupo de amigos íntimos ha compartido la vida y el espacio físico de la casa de una de las parejas, Las Margaritas. Allí se juntan a pasar los fines de semana y las vacaciones, es una especie de oasis para ellos. El viaje de Giuseppe, uno de ellos, a Estados Unidos para establecerse allí desencadena la dispersión del grupo, los hilos de amistad que los unían se van aflojando y distendiendo. No hay nada que provoque la ruptura, más allá de las circunstancias de la vida, las decisiones que cada uno toma, equivocadas o no, inteligentes o no, y que hacen que la existencia avance. 
«Tú me dices "me encontraba bastante bien contigo, me sentía bastante alegre, pero todo se quedaba en el bastante". Qué mala puedes llegar a ser. Cúanto daño puedes llegar a hacer. Sabes que haces daño. No me creo que no lo sepas. En cuanto a tu panegírico sobre nuestra amistad, debo decirte que me lo creo muy poco, y que en cualquier caso me resbala. La verdadera amistad no araña ni muerde, y tu carta me ha arañado y me ha mordido». 
Las cartas son sinceras, algunas veces ásperas, crueles, realistas en el hecho de que repiten datos porque en la época en la que nos escribíamos cartas, no recordabas sí habías contado algo o no. La trama, la vida va avanzando en el intercambio, confirmando casi siempre las impresiones que el lector va teniendo. Un intenso halo de tristeza cubre todo el libro.  La única pega que le pongo es que el lenguaje es muy parecida en todas, Ginzburg no diferencia a cada personaje por la manera de escribir, de expresarse y eso crea cierta monotonía. 
«El aburrimiento nace cuando cada uno de los dos lo sabe todo del otro, o cree saberlo todo, y no le preocupa nada que tenga que ver con él. No, me equivoco. El aburrimiento nada no se sabe por qué» 
Yzur / La lluvia de fuego de Leopoldo Lugones, también llegó a mi buzón y me ha servido para descubrir a este autor que, para mi vergüenza, no conocía. Es un librito ilustrado muy curioso,  recoge dos relatos del autor argentino ilustrados por Carlos Cubeiro.  Yzur, es la historia de un hombre que está convencido de que los monos no hablan porque no quieren y se empeña en enseñar a hablar al suyo. La lluvia de fuego es pura ciencia ficción ambientada en una especie de paisaje de las mil y una noche pero que podría, perfectamente, ser una película de gran presupuesto.  Lugones maneja el lenguaje como quiere, lo retuerce, lo enreda, lo esconde y consigue sorprenderte, además de por lo que te cuenta, por como te lo cuenta. Buscaré más obras suyas.  

Ha sido un mes prodigioso, recomiendo todo lo que he leído. Todo.  

Y con esto y un bizcocho hasta los encadenados de julio. 





lunes, 3 de julio de 2017

Las medias verdes de Irma la Dulce

En uno de mis cajones tengo una foto guardada en la que él escribió «Te quiero». En blanco y negro, desde una grada en Las Ventas, sonreímos a la cámara. Los dos llevamos gafas del modelo que hasta hace seis meses ha estado pasado de moda.  Yo tengo veinte años o veintiuno, él un par menos. Íbamos mucho al cine, al cine y a los jardines de la Complutense. En nuestras casas creían que estábamos en la biblioteca estudiando, pero nos pasábamos horas dedicados a besarnos hasta gastarnos y encendernos hasta el límite del escándalo público. 

«Vamos al cine Bogart» me dijo un día de aquella época en la que sonreíamos. Jamás había ido a ese cine, jamás lo había visto, no sabía ni que existía. Por no conocer, no conocía ni la calle, así de joven era. Apuesto a que fuimos en mi coche, en aquella época en el centro de Madrid todavía se podía aparcar y cuando vives en un permanente estado de efervescencia hormonal y no tienes casa, el coche es un activo que no se desaprovecha, hay que tenerlo siempre a mano. Aquel cine era viejo, más viejo que nosotros y que nuestros padres, quizás lo era tanto como nuestros abuelos. No había nadie, éramos los únicos espectadores. El escenario que acogía la pantalla, las cortinas, las butacas de madera de terciopelo rojo, incómodas e incompatibles con el abrazo, los palcos. Era como estar sentado dentro de una película. «Parece la Rosa Púrpura del Cairo» le dije. Pronto me olvidé del cine, del muelle de la butaca e, incluso de él, me sumergí en la película, en aquel cuento de hadas en technicolor con una chica con medias verdes, que dormía con antifaz en  y un gendarme enamorado  que hablaba con dientes de conejo para despistarla y se cambiaba la gorra del uniforme por un canotier de hombre de mundo.  

El cine Bogart cerró, es imposible aparcar en el centro, tengo más recursos para resolver la efervescencia hormonal cuando surge, llevo gafas de “comisaria del Reina Sofía” y aquel novio acaba de tener su primer hijo. Todo ha cambiado pero Irma La Dulce mantiene todo su encanto y, cada vez que la veo, recuerdo aquella noche, en un cine solo para nosotros, cuando creí que él era el hombre de mi vida, que éramos especiales y que nunca me atrevería a llevar medias verdes. 


lunes, 26 de junio de 2017

Nadie te conoce como tus padres

Francesco Bongiorni 
«Tus padres te conocen perfectamente» es una frase que, de niña, escuché cientos de veces y siempre me provocaba cierto desasosiego, casi malestar. Había muchas cosas que mis padres ignoraban de mí: ideas, sensaciones, sentimientos, pensamientos, incluso maldades o idioteces que había cometido, mentiras que les había contado. Sabía que mis padres no las conocían, muchas ni siquiera las sospechaban, pero cuando escuchaba esa afirmación, siempre tan rotunda, pensaba que, a lo mejor, sí que me conocían mejor de lo que yo pensaba.A lo mejor, ser padre te otorgaba un sexto sentido que te permitía no sólo conocer a tus hijos sino ocultar ese conocimiento, era un superpoder, listo para ser utilizado solo cuando hiciera verdadera falta.  

Muchos años después me convertí en madre, y pasados los doce primeros años, me he dado cuenta de que "tus padres te conocen mejor que nadie" es otra de esas afirmaciones felices, como «el que trabaja la consigue» o «de todo se aprende», que todos aceptamos porque, en el fondo, no hacen daño a nadie, nos dan una falsa sensación de control y nos reconfortan a ratos. Como todas las cosas sin aristas, es mentira. 

¿Conozco a mis hijas perfectamente? No. Mis hijas son muchas más cosas además de mis hijas. Son hermanas, sobrinas, nietas, primas, amigas, compañeras y, algún día, tendrán aún más roles en sus propias vidas. Serán novias y exnovias, puede que sean madres y tías y espero que sean, por ejemplo, compañeras de trabajo, de viaje y de gimnasio de mucha otra gente. Serán vecinas, serán clientas, serán compradoras, pacientes, conductoras y, dentro de mucho, quizás abuelas. 

Sé cómo son mis hijas ahora mismo, conmigo. Sospecho, o creo saber, o imagino, que tengo una ligera idea de cómo se comportan cuando no están conmigo. Vivo con esa creencia confortable, cómoda y acogedora. Cada día, me envuelvo en la capa del superpoder que todos heredamos de nuestros padres y me dejo llevar. Pero un buen día, en una semana cualquiera, la pasada para ser más exactos, me doy cuenta de que no es verdad. 

María está en Alemania de intercambio. Y, de repente, es otra persona. No, es una persona que yo no había visto en ella, que no sabía ni que existía. Me llama por teléfono y hablamos durante 25 minutos sobre lo que ha hecho allí, sobre cómo se siente, el hambre que está pasando y lo duro que le está resultando madrugar tantísimo. No pregunto nada, sostengo el teléfono sorprendida y desbordada por el torrente de cháchara. No puedo creer que sea María, que mi hija, la monosilábica, esté elaborando todo ese discurso tranquilo, interesante, elocuente y lleno de humor y reflexión. Cuelgo y me doy cuenta de que no la conozco, no así, no sola, independiente y a cuatro mil kilómetros. Al día siguiente, la leo chatear con su primo de ocho años y se me salen los ojos de las órbitas: está cariñosa, protectora, amorosa. Leo los consejos que le da, las preguntas qué le hace, los chistes que le cuenta. Es como si no fuera mi hija, pero sí es ella, claro que es ella, es ella sin interactuar conmigo, ella sin mí, sin ser hija. 

Por la noche se enzarza en una videollamada con su hermana, las escucho desde el sofá; susurran, charlan y se ríen a carcajadas. Las dos. No sé de qué se ríen, no sé qué se están contando y no me importa. Está bien, están siendo ellas dos, hermanas, sin mí, sin ser hijas.

Sé que no las conozco perfectamente, sé que hay cosas que no sabré nunca, sé que algunas de las que descubra no sólo no me gustarán sino que me provocarán rechazo. Sé que hay cosas que no querré saber, que no quiero saber ahora mismo, que no tengo que saber.  

Pensar todo esto me ha tranquilizado bastante. No conozco a mis hijas, las conozco como hijas mías y en el ámbito reducido en el que, hasta ahora, hasta la adolescencia han vivido y que yo, más o menos, controlo. Fuera de ese ámbito y de su papel como hijas, mi ignorancia sobre ellas aumenta cuanto más se alejan de mí.  No conozco a mis hijas mejor que nadie porque eso es imposible, porque conmigo siempre serán hijas y ese papel es tan enorme que anula, en gran parte, los demás roles que ellas tienen y tendrán en sus vidas, roles igual de interesantes que ser hijas. También los tengo yo, soy muchísimas más cosas que una hija y mi madre no las conoce. 

Renuncio a la capa, no quiero el superpoder de conocer a mis hijas mejor que nadie. 

viernes, 23 de junio de 2017

Cuando las cosas se arreglaban

«Arreglos de raquetas. RaquetaRota.com» pone en el coche que va justo delante de mí por la autopista. ¿Arreglos de raquetas? ¿Hay un negocio ahí? ¿En la época de Decathlon y Amazon las raquetas se arreglan? Me alegro por el dueño de RaquetaRota aunque no sepa nada de marketing, branding ni ningún ing. Me resulta tierno y, de alguna manera, esperanzador, que todavía se pueda vivir reparando cosas rotas, arreglando objetos que simplemente se han estropeado. Al lado de mi casa hay un zapatero remendón, trabaja en un  local pequeño, un cuchitril, al que se accede bajando tres escalones y que está escondido detrás de una mata gigante y triste de adelfas. Tiene un pequeño escaparate en el que se exhiben cordones, llaveros y, creo que, alguna pegatina decorativa. La puerta también es de cristal y cuando la cruzas descubres que la tienda está atestada de estanterías colapsadas de zapatos, botas, zapatillas. Al entrar, siempre tengo la sensación de que esos zapatos llevan allí más tiempo del que deberían, que han sido abandonados, olvidados por sus dueños, porque ya nadie arregla nada, todo se tira y se sustituye por algo nuevo. 

Cuando yo era pequeña, en Los Molinos, había en el centro del pueblo, en una casa de toda la vida, una mercería que se llamaba La Favorita. Me encantaba ir, acompañar a mi madre al comienzo del verano a comprar allí un millón de cosas que yo ni sabía que existían, ni para qué servían, ni mucho menos era consciente de necesitarlas. Cosas misteriosas, la goma de la tapa de la olla Magefesa, un mango de sartén, cremalleras especiales, boquillas para las mangueras, tela de tergal para hacer vestidos, relleno de cojines, cucharas de palo, insecticida de hormigas, tapa juntas etc. Traspasabas la puerta, el sol de verano quedaba atrás chocando contra el blanco de la pared y te adentrabas en una cueva oscura y fresca con un mostrador gigante y estanterías atestadas. (En las tiendas nuevas se ha perdido el encanto del batiburrillo caóticamente ordenado, todo lo que hay es todo lo que ves, no hay espacio para la sorpresa ni para el descubrimiento, ni siquiera para la búsqueda, un aburrimiento). Soñaba con, de mayor, trabajar allí, que el tendero de cara sonriente, tono complaciente y ojos claros me enseñara el código secreto para encontrar todas y cada una de las cosas que mi madre y mi abuela le pedían. Todo lo que comprábamos en La Favorita, casi todo, eran trozos, apaños, partes de un algo, nada servía para nada por sí solo, todo debía juntarse, pegarse, usarse, coserse a otras partes, para ser útil.  

Cuando era tan pequeña que ni siquiera soñaba con ser mayor, había serenos en Madrid. Por supuesto no lo recuerdo pero mi madre siempre cuenta cómo el sereno les ayudaba a subirnos a casa, dormidos como ceporros, cuando llegábamos de viaje. Mi padre, mi madre y el sereno nos acarreaban hasta nuestras camas. 

En mi trabajo no arreglo nada, no encuentro tesoros, no ayudo a nadie. Ojalá supiera arreglar algo, aunque fuera una raqueta de ping pong.  


miércoles, 21 de junio de 2017

¿Tener razón o follar?


Extase de Isabel Miramontes
Tengo un amigo que dice que a la gente le gusta más tener razón que follar. Siempre le contesto que eso no es verdad, que lo dice porque a él se le ha pasado ya la edad de follar, o las oportunidades, o las dos cosas. O quizás nunca tiene razón. 

¿Qué me gusta más a mí? Me gusta tener razón, soy muy fan del TE LO DIJE y, sobre todo en el trabajo, adoro la carpeta de enviados de mi correo electrónico porque me ha permitido algunos YO TENÍA RAZÓN gloriosos. También me los he tenido que tragar, como es lógico y,  aunque pican, me los tomo como un partido de tenis, unas veces las cuelo yo en la línea y otras veces soy ya la que no lo ve venir. No me gusta pero así es el juego. A veces, sin embargo, tengo razón y no quiero tenerla porque cuando llega el momento en que sale a la luz que mi advertencia, mi aviso, mi llamada de atención era cierta, no encuentro satisfacción en ese reconocimiento a mi buen criterio. ¿Por qué? Porque tengo razón, porque esa persona es una impresentable y nos la ha jugado. Me paseo como un león enjaulado, me encabrono, me hostilizo, me pongo de muy mal humor, ironizo, la tensión me recorre el cuerpo, se me quita el hambre y la sed. Blasfemo e imagino conversaciones telefónicas en las que le digo: «Eres un impresentable, tú lo sabes y yo también. Voy a trabajar contigo porque no me queda más remedio pero quiero que sepas que te desprecio y que aplaudiré hasta romperme las manos si te pasa algo malo». Pero no puedo hacer nada, solo callarme.  

Algunos "te lo dije" saben tan amargos que no compensan. Mejor el sexo que, por lo menos, relaja.  


lunes, 19 de junio de 2017

Me gustaría

Me gustaría que los programas de radio no se pudieran ver, que las voces que salen de los altavoces, los auriculares o las entrañas de mi coche, nunca adquirieran materialidad corpórea, que fueran como los personajes de los libros que me gustan, que siempre estuvieran a salvo de decepcionarme. Me gustaría que los hombres que me enamoran no tuvieran jamás voces que me chirríen. Me gustaría tener la clase de Robin Wright y el sentido del humor de Margaret Atwood. Me gustaría ser capaz de llevar abrigos de terciopelo de colores y que en Amazon, los calcetines de rayas de colores desparejados existieran, también, para gente con los pies pequeños. Me gustaría saber caminar con las manos en los bolsillos con el estilo de Idris Elba. Me gustaría que volvieran las galletas de vainilla de mi infancia y tener la risa cantarina de mi hija María. Me gustaría que las gafas de vista cansada que uso cuando me meto en la cama a leer no me hicieran ojos de dibujo animado triste. Me gustaría charlar amigablemente con los diseñadores que este año han decidido que el volante es bello. Me gustaría que nadie dijera «¿no se te ocurre otra cosa?» y me gustaría poder contestarle «vuelva usted mañana». Me gustaría encontrar una almohada que me quiera y una maleta sin fondo como la bolsa de Mary Poppins. Y que no pese. Me gustaría que no se produjeran películas malas y que los clásicos en blanco y negro fueran obligatorios. Me gustaría que nadie comprara los libros malos, que esos ejemplares atroces cogieran polvo en librerías y almacenes y que terminaran sus días ardiendo en las chimeneas o estufas de las casas de gente que lee libros buenos. Me gustaría estar segura siempre de que la tarta de manzana es sin sin crema. Mejor dicho, me gustaría que la crema pastelera despareciera de los postres.  Y que los pimientos rojos no me sentaran mal. Me gustaría cenar siempre a las ocho y media y andar descalza a todas horas. Me gustaría saber qué ocurrió con la pareja que vi romper en Praga en el otoño de 2004 cuando él le propuso matrimonio y ella le dijo que no, moviendo la cabeza a un lado y a otro y diciendo «no, no, don´t do that». Me gustaría saber si fueron capaces de terminar el viaje juntos, si recuerdan  aquel momento y si él devolvió el anillo o se lo acabó dando a otra. Me gustaría saber si volverán a Praga, si yo volveré.  


jueves, 15 de junio de 2017

Odia al calor

El calor en mayúsculas aplasta, atora, embrutece, encabrona, crispa, hostiliza, da ganas de llorar, marea, debilita, hincha los tobillos, hace fluir riachuelos de sudor por el canalillo, marea, baja la tensión, quita el hambre, da jaqueca, desorienta, nubla la vista,  desconcentra, empana, ralentiza,  desorienta, provoca espejismos e impide dormir por la noche y adormece durante el día. 

El calor verdadero apaga la vida. No ilumina, nos envuelve en una bruma deslumbrante en la que todos los colores viven sin ganas, agonizan, esperando que el calor se canse. Las cosas, las personas, los edificios, los paisajes, todo pierde nitidez, sus contornos se difuminan y desdibujan. Hasta que no llegue el sol de otoño nada volverá a ser concreto. 

El calor es apocalíptico, llega como una plaga bíblica y no se puede escapar de él. Las calles se estrechan porque todos caminamos en plan comando, pegados a las paredes, aullando por encontrar la sombra. Llegar a casa no es garantía de refugio, abres las ventanas y descubres cómo se siente tu comida en el microondas. Tu cama, una hoguera. 

El calor que abrasa enmudece el mundo. Un tono rojo y denso lo cubre todo, amortiguando los sonidos. Solo oímos chicharras y, con mucha suerte, el zumbido sordo del aire acondicionado. Al caer la tarde, la noche, empezamos a escuchar algo: persianas subiéndose en busca de una inexistente brisa, los coches, los seres humanos atreviéndose a salir a la calle, ocupando las aceras y boqueando de puntillas para tratar de respirar aire que no provenga directamente del infierno de asfalto por el que caminan. 

El calor efervescente te aleja de los que quieres, los abrazos se vuelven pegajosos, el sexo se convierte casi en natación sincronizada y cualquier tipo de actividad física en el exterior se convierte en deporte de alto riesgo. 

Entonces, ¿qué nos ha dado el calor? Las sandalias, el placer de meter los pies en agua fría, las camisetas de tirantes, los ventiladores de techo que hipnotizan hasta cerrarnos los ojos, el gazpacho, el granizado de limón, los paseos por la orilla del mar, las piscinas al aire libre, las noches en la terraza, al fresco. 

Ajá. Lo que nos gusta del calor es todo lo que nos sirve para librarnos de él. 

Odio el calor. 


martes, 13 de junio de 2017

Dublín y las puertas de colores

El primer beso de mi vida fue con un irlandés. Tenía un nombre impronunciable que a mí me parecía mitad rusa, mitad nombre de mujer. Aquel irlandés besaba muy bien y se me llenó la camiseta de arena fría de playa irlandesa. 

Aquel irlandés era moreno y con los ojos marrones y, por lo que he comprobado este fin de semana, eso es bastante peculiar. En mi búsqueda de "frescos", mientras paseaba por Dublín, he observado que la mayor parte de la población tiene los ojos azules. He comprobado también que ellos, los hombres, han crecido mucho en estos últimos treinta años, son todos grandes, algunos demasiado, con cuerpo de estibadores de película de los años cincuenta. Con un traje parecerían fornidos gansterns y creo que podrían llevarme bajo el brazo como el que carga una barra de pan. 

Dublín es pequeño, es una de esas ciudades que se terminan. Caminas por una calle y, de repente, ves campo. Es tan pequeña que el plano turístico que te dan parecen haberlo hecho para impresionar, lo que en el plano parece estar a una distancia considerable se convierte en un «¿ya hemos llegado»? cuando coges una bici y te pones a pedalear. 

En Dublín las puertas son de colores y eso me ha parecido maravilloso. ¿Qué criterio sigues para pintar tu puerta de rosa, verde, azul o morado? Las casas se parecen todas y es, quizás, por eso por lo que las puertas brillan para saber cual es la tuya. 

En Dublín en cuanto te paras en una esquina con cara de despistado se te acercan cuatro o cinco personas para ofrecerse a ayudarte. Parecen desilusionados cuando les contestas que no hace falta, que sabes dónde estás y a dónde vas. 

En Dublín todo está húmedo por defecto. De partida, su estado vital es mojado y creo que por eso motivo parecen inmunes a la lluvia. El viernes de madrugada, al salir del concierto de Eddie Veder en un estado de euforia rayando el amor verdadero jarreaba en Dublin. Nosotros llevábamos jersey, calcetines, zapatillas y ¡tachan! chubasquero. Los irlandeses, por contra, miraban la lluvia consternados y sorprendidos «It´s raining» decían ellas en sandalias de tiras y ellos en pantalón corto. ¿En serio les sorprende que llueva en Dublín a las mil de la noche cuando llevaba todo el día cubierto de nubes grises? Fascinante negación de la realidad la suya. Tras observarlos atentamente he elucubrado la teoría de que por alguna extraña razón, los irlandeses tienen arraigado en su Adn más primigenio querencias de nuestros ancestros africanos y, a pesar de llevar milenios viviendo en una isla en la que jarrea sin cesar, cuando llega el mes de junio se quitan los calcetines, se ponen pantalones cortos y van en sandalias aunque haga 12 grados y jarree a cántaros. He comprobado también que según van haciéndose mayores y a base, supongo, de superar media docena de pulmonías en la edad adulta, a partir de los cincuenta años se visten de acuerdo con el tiempo que hace. Eso sí, les puede el amor a las sandalias de brillis aunque sean para pisar charcos. 

En Dublín hay pocos árboles en las calles pero muchos parques muy verdes, paseando por ellos y admirando sus praderas perfectas que invitan a tumbarte a retorzar, mi absurda mente se iba a Asterix en Gran Bretaña «Creo que con 2.000 años más de cuidados esmerados, el césped estará aceptable» 

A Dublín he ido a ver a Eddie Vedder y ha merecido la pena. Fue una noche mágica en un sitio de conciertos estupendo y hubiera sido muchísimo mejor si los irlandeses no bebieran como auténticas máquinas de succionar. Un ejército de curris alcohólicos yendo y viniendo a por cervezas continuamente, como lemmings hipnotizados mientras Eddie y Glen cantaban y me ponían los pelos de punta. Yo no bebí nada, cuando voy a un concierto me concentro tanto que no tengo ninguna necesidad fisiológica; suspendo el hambre, la sed, la necesidad e ir al baño, todo, estoy a lo que estoy y más con Eddie. Es bajito, canijo al lado de los irlandeses estibadores, y toca la guitarra regularmente, pero qué voz, madre mía, qué voz. Hay hombres con voces para el sexo y Eddie tiene una de esas. No hace falta ni que me toque. 

Paseando en bici por Dublin, descubriendo sus callejas que casi parecen decorados abandonados de televisión, haciendo fotos a sus mil puertas de colores, entrando en los pubs a comprobar que los irlandeses salen a ligar sin disimulos, visitando la impresionante cárcel, descubriendo graffitis callejeros o los retratos de Lucien Freud en una exposición en la que estábamos solos, paseando por el Trinity College he recordado a aquel chaval irlandés de nombre impronunciable que me dio mi primer beso. Quizás ahora haya crecido, quizás lleve sandalias cuando llueve a cántaros y quizás se acuerde de mí y mi camiseta llena de arena cuando oye hablar de España. 


jueves, 8 de junio de 2017

Pequeños detalles con importancia


En mi casa nos escurrimos cuando nos resbalamos y nos esnaframos cuando nos tropezamos. Las cuestas son pindias y tenemos sitios fijos para sentarnos a comer en la mesa de la cocina, el que está debajo de la ventana es el mejor y nos peleamos por él cuando su ocupante habitual no está. A la hora de la cena y en el desayuno somos más de jugar a las sillas musicales. En mi casa las judías pintas se comen con arroz y el pisto con huevo frito y patatas o no se comen. En mi casa no bebemos agua mineral y el agua del grifo jamás se mete en la nevera. En mi casa decimos «están locos estos romanos» y «comprad, comprad mis hermosos jabalíes». La alfombrilla del baño se cuelga siempre en su sitio y la noche de Reyes cantamos «niños buenos, niños buenos, juguetes les traerán. Niños malos, niños malos, carbones les traerán» poniendo voz grave de asustar. En mi casa los perros no entran en la casa y cuando llegamos todos metemos la mano en la abertura del buzón para intentar sacar lo que hay dentro, cuando hay algo dentro. Las patatas fritas siempre son de La Montaña y el tomate para freír Apis. Decimos archiperres y trastos y sabemos quienes son Juanito y Juanita los de "la pequeña" y Juanito el niño diabólico de la playa. En mi casa hay mantas de avión dobladas en cada brazo de los sofás y todos tenemos una manta favorita. En mi casa yo tengo fama de exagerar y mi madre de contar las cosas en tiempo real, tan real que sientes como te crece el pelo. En mi casa la mermelada siempre es casera y en la estantería de la escalera hay siempre una camiseta huérfana que no es de nadie y que nadie sabe como ha llegado hasta allí. En mi casa el pestillo del baño se atasca y hay que gritar «Ehhhhh» cuando te estás duchando y alguien se pone a fregar en la cocina. El café del desayuno se toma en tazón grande pero el te de la tarde en juego de té.  En mi casa hacemos reír a los bebes diciendo «Bobito, baboso, bobaina» con un gesto muy tonto con los labios y hasta hace muy poco, para dormir a los bebés,  cantábamos una canción muy macabra en la que Antón Carolina mataba a su mujer, la metía en un saco y la llevaba a moler, el molinero le descubría y decía «esto no es harina, esto es la mujer de Antón Carolina». En mi casa discutimos a gritos como cuando éramos adolescentes y podemos pasarnos días sin hablarnos; a veces damos miedo pero nos funciona, nada se encona tanto como para hacer crecer un bosque de resentimiento incompatible con la convivencia. Tomamos papilla de frutas y la llamamos «frutitas».En mi casa todos hemos leído Konrad el niño que salio de una lata de conservas y cuando alguien dice «ticket» contestamos «to ride». En mi casa se entra siempre por la puerta de la cocina, se cuelgan las llaves en una casita-llavero que hizo mi hermano cuando estaba en el colegio y se grita: Hola, ¿hay alguien?