jueves, 3 de febrero de 2022

Lecturas encadenadas. Enero

2022 me está atropellando. Me siento como en esos dibujos animados en los que el protagonista corre y corre tratando de alejarse del coche que le persigue, o el toro, o el gato y nunca consigue poner la distancia suficiente como para sentirse relajado, a salvo, y pensar. He conseguido leer bastante pero a duras penas he logrado escribir en mi cuaderno sobre mis lecturas, pero aquí estoy, fiel a mi deber como bloguera. 

Al lío que hay tela que cortar. 

Mientras languidecía por el covid, Nuria Perez, ¡gracias, amiga! me envió La canción de NOF4 de Raúl Quinto. En varias ocasiones me había hablado con entusiasmo de este libro y me pareció una buena opción para empezar el año lector. Raúl Quinto cuenta una historia de no ficción fascinante, la de Fernando Oreste Nameti, un hombre con esquizofrenía que paso la mitad de su vida en un manicomio (ya sé que ahora no se llaman así pero dónde estuvo Oreste era un manicomio) en Volterra. Allí se dedicó durante años y años a escribir con la hebilla del cinturón de su uniforme en las paredes del patio al que les sacaban a pasear. Allí escribió páginas completas, hizo recuadros que rellenaba con letras, historias y dibujos. Una sucesión de frases, palabras, historias del espacio, de bombas, de búsquedas, algún recuerdo de cuando fue feliz, de los pocos momentos en su vida en que rozó levemente la felicidad. Oreste escuchaba voces que le dictaban lo que escribía y escribía porque era lo único que tenía. Nunca le visitó nadie, nadie le escribió, nadie preguntó por él. Su muro y su escritura era lo que era. Nada más. Ese muro, su canción, como la llama Quinto, fue salvado y nos ha llegado gracias a la amistad con uno de los celadores que le cuidaba. Un hombre, interesante también, que vio en la desesperación escritora de Oreste algo que merecía la pena preservar. Partiendo de esta historia alucinante, Quinto reflexions sobre el valor de la escritura, sobre la necesidad de poner nombre a las cosas, de dejarlas grabadas, y sobre otros locos que también sintieron esa urgencia. 

Es un libro interesantísimo pero no es una juerga. Se te encoge el corazón pensando en la desesperación interior de Oreste aunque, quizás, él nunca la sintió. Esa sensación de desconocer por completo al otro también está muy presente en el libro.  

«Se escribe para decir sin estar. Para decir sin hablar. Para enumerar las posibilidades del mundo y dejar memoria. Para comunicarse con los dioses y con los espíritus de las bestias. Contra la marea del tiempo y el viento que todo lo arrastra. Contra el miedo y la angustia. Escribir es decir: aquí estuvo alguien y te está mirando a los ojos ahora. Se escribe para ser fuera del cuerpo y continuar ahí después de haberse ido. Para hablar con los muertos y con el futuro. Para hablar con los muertos del futuro. Para poder entender lo que no se puede entender y poder callar para siempre. De esa necesidad pudo venir la escritura. Tal vez. Sí. Para poder estar callado y hablar sin parar en la gran conversación sin nombre».

Obra maestra de Juan Tallón ¡redoble de tambores! fue la segunda lectura del año. Advierto que como Juan y yo somos amigos a lo mejor mi crítica no os resulta convincente pero ese es un problema que tenéis vosotros, no yo. La nueva novela de Tallón acaba de salir, está en todas partes y os vais a hartar de verla. A muchos os encantó Rewind (los que no la hayáis leído, ya sabéis) y creo que os gustará Obra Maestra. No se parecen en nada ni tienen nada que ver. 

Obra Maestra es una novela que parece, y que me temo que es algo que Juan se va a hartar a desmentir , una obra de no ficción. El talento de Juan está en a partir de un hecho real, la desaparición de una escultura de Richard Serra de más de treinta toneladas de peso y la reacción de incredulidad que esto provoca, construir un relato con más de ochenta voces reconstruyendo el pasado, la desaparición y el presente de la obra que no existe. Por las páginas de la novela aparecen funcionarios, policías, Richard Serra, ministros, directores de museos, empleados alemanes de fundiciones, poetas, jueces, pintores chiflados, escritoras intensas, editoras, críticos de arte, galeristas... todos con una voz diferente, un tono y una vida real que roza en algún momento a la escultura o su desaparición. Obra Maestra es a veces una crónica de sucesos, otras un relato policiaco, una biografía, un sainete costumbrista, una serie de policías, una clase de arte. Lees pasando las páginas con prisa, con rapidez, como buscando al asesino, la solución y al mismo tiempo disfrutando el hecho de ir saltando de personaje en personaje sin mirar atrás. ¿Quién es este? ¿Qué le pasa? ¿Qué tiene que ver con la escultura? ¿Será este el que dará la pista definitiva? ¿Este es el ladrón? ¿Pero como fueron tan tontos? Madre mía, este es idiota.  Como no quiero que mi amistad con Juan y mi admiración por este increíble trabajo de creación de voces obnubile mi criterio, confesaré que algún capítulo, alguna voz me ha aburrido y alegremente la hubiera saltado si no fuera porque pensaba ¿y si aquí está la pista?  Mi recomendación, por supuesto, es que corráis a leer Obra Maestra. Si pensáis encontrar algo como Rewind os llevareis un chasco pero si lo enfrentáis con la actitud de «a ver que ha hecho ahora Tallón» os gustará seguro. 

La edad del desconsuelo de Jane Smiley. Me ha gustado muchísimo, me ha parecido maravillo y lo devoré. Dave y Dana tienen 35 años, tres hijas y una clínica dental donde trabajan los dos. Tienen la vida encarrilada con trabajo, casa, hijas y una relación cómoda en la que navegan la vida. Smiley retrata a la perfección ese momento, que yo pasé, en el que no sabes bien que te pasa pero sientes un desconsuelo, una tristeza, una especie de angustia vital y te encuentras pensando ¿qué estoy haciendo? Yo siempre cuento que cuando tenía dos hijas, una de dos meses y otra de veinte, una casa maravillosa a la que nos acabábamos de mudar y un buen trabajo, un buen día empecé a llorar en el salón de mi casa. Allí me encontró el Ingeniero. «¿Qué te pasa?»«Pues a ver, tengo 32 años, dos hijas, una casa, un trabajo, nosotros, ¿y ahora qué?» El me miró muy serio y me dijo: «una plaza de garaje».  No lo hizo con mala intención, simplemente él no había llegado aún a la edad del desconsuelo. 

Es una novela que se lee del tirón, la empiezas y no puedes dejarla. Y es una novela que, probablemente, si tienes veinticinco no te guste o te deje indiferente. Para mí es también muy interesante que Smiley haya decidido contarlo desde el punto de vista de un hombre y como explica algo obvio que no está de modo decir: en una pareja hay cosas que no se dicen aunque se sepan porque no se quieren decir, porque en el momento en que se verbalicen empezarán a vivir entre las paredes de esa casa, de esa relación y será más difícil vivir con ellas que simplemente aceptarlas como fantasmas. 

«Tengo treinta y cinco años y creo que he alcanzado la edad del desconsuelo. Otros llegan antes. Casi nadie llega mucho después. No creo que sea por los años en sí, ni por la desintegración del cuerpo. La mayoría de nuestros cuerpos están mejor ciudado y más atractivos que nunca. Es por lo que sabemos, ahora que -a nuestro pesar- hemos dejado de pensar en ello. No es solo que sepamos que el amor se acaba, que nos roban a los hijos, que nuestros padre mueren sintiendo que sus vidas no ha valido la pena. No es solo eso, a estas alturas tenemos muchos amigos o conocidos que han muerto, todos, en cualquier caso tendremos que enfrentarnos a ello, antes o después».

Me llamo Lucy Barton de Elizabeth Strout El día que lloré en la calle, antes de sentarme en el banco, me compré este libro en la Cuesta Moyano. Tengo otro de la misma autora, en inglés, sin leer en mi estantería pero daba igual, lo vi y lo compré. Podía haber corrido la misma suerte que su compañero pero llegó en el momento perfecto y con el peso perfecto para ser libro de maleta a Berlín. Me llamo Lucy Barton es una novela torrente con rápidos y lugares de calma. Estos últimos transcurren mientras la narradora, Lucy Barton, está ingresada durante nueve semanas un hospital en Nueva York. Su madre, sin nombre, (es la madre de todos)  se presenta en el hospital.  Hace años que no se ven, y entre ellas se entabla una conversación llena de silencios, de cosas que no se dicen pero también de tardía compresión mutua. Soy de la opinión de que el mito ese de que las madres son las que mejor nos conocen es, en muchos casos, mentira y que de producirse ese conocimiento no se da cuando los hijos tienen 3, 4, 16 o 20... es algo que llega después, casi al mismo tiempo en el que tú empiezas a intuir que tu madre es un ser completo, lleno de matices, experiencias e ideas que no tienen nada que ver contigo.  

A veces de forma lineal, a veces en espiral o a saltos, la narradora nos lleva por su vida saltando de evento en evento, mostrándonos su vida pero como si la viéramos a través de un cristal empañado: vemos lo que pasa pero sin nitidez. Lucy Barton nos cuenta qué pasó pero el porque se queda siempre ahí. 

Es un libro triste, amargo, lleno de cosas que no quieres saber. Y sí, lo recomiendo. 

«Pero cuando veo a los demás andando con seguridad por la calle, como si estuvieran completamente libres del terror, me doy cuenta de que no sé como son los demás. Hay mucho en la vida que parece una especulación».

En Berlín conocí a Mara Mahía. Quedamos en la esquina de una plaza cerca de nuestro alojamiento. No sabía como iba a ir la cosa, pero allí estaba con una gran sonrisa, un gorro de lana y regalos. Entre los regalos estaba Calcetines de perlé, su último libro. Durante la comida me dijo: no te va a gustar, es una completa...(Ahí, me asusté porque pensé que me iba a decir cursilada)... gamberrada. Respiré tranquila. Siempre mejor una gamberrada que cualquier cosa cursi. 

Esta brevísima novelita, la leí en un ratín en el vuelo de vuelta, cuenta la historia en primera persona de Enriqueta, una niña que celebra su duodécimo cumpleaños en la primera página del libro. Ahora que lo escribo, Enriqueta y sus dos amigas, Juanita y Pepita, están también en una edad de desconsuelo, en la que llega primero, en ese momento en que no eres ni adulto, ni niña ya y en que no sabes quién eres ni que quieres hacer ni comprendes lo que hacen los adultos. Cada amiga tiene una historia familiar diferente, tan diferente que tú sabes que cuando crezcan es posible que esas historias las separen pero, a la vez, esa misma diferencia es la que las mantiene unidas porque las empuja a que lo más importande de sus vidas en ese momento es su amistad. Con doce, trece años, no hay nada mejor que tus amigas, nada que te haga sentir más segura y comprendida o eso quieres creer. 

La novela está ambientada en noviembre de 1976, cuando en España todavía todo era oscuro y áspero pero empezaba a intuirse algo de luz. Mara retrata bien la época, el ambiente, reconoces el colegio de monjas, la vida con los vecinos, los curas siempre presente, el machismo común y rutinario como caldo de cultivo, hasta la emoción de la televisión. Consigue además y esto es un mérito increíble que resulte creíble la voz de una niña de doce años sin que resulte ni cursi, ni almibarada, ni redicha ni pedante ni ridícula. Esa niña de doce años podría haber sido yo. En esto me recordó al protagonista de Malaherba de Jabois. 

«Durante semanas, cada vez que escuchábamos un tumulto, Juanita se ponía a temblar. Por eso dije que no tuviera miedo, que no se preocupara, que no va a haber gatuperio, n ni bofetones, porque yo nunca cuento nada. Puede que solo sea una niña, pero sé que hay momentos que dan tanto frío que no vale la pena recordarlos. Instantes que no se escriben, ni se comentan con la almohada». 

Leed Calcetines de perlé y leed Secretos.  Mara es una autora maravillosa que os encantará descubrir. 

Tengo otro libro que también empecé en enero y que creo que abandonaré mañana pero esto ha quedado largo así que lo dejo para los encadenados de febrero. 

Y con esto y esperando que en algún momento nos devuelvan el invierno que nos han robado, hasta febrero.  


domingo, 23 de enero de 2022

Ayer lloré en la calle

Ayer lloré en la calle. Me senté en un banco de piedra, se me quedó el culo frío y tapada con mi preciosa bufanda de colorines y mis gafas de sol, me apoyé en el hombro de Antonio y me puse a llorar. Lloré de agotamiento, de dolor de cuerpo. Lloré porque no podía mover el brazo izquierdo para meterme la mano en el bolsillo del abrigo para guardar el móvil. El abrigo es azul, enorme, de mi madre. «¿Cómo tienes tantos abrigos?» Porque no son míos, porque en mi vida de caracol, pasando de casa en casa, me pongo mis abrigos, los míos, los de mis hijas, los que hay en los armarios. Este es azulón, del mismo color que uno que lleva Sergio Ramos en una foto en la que parece que va disfrazado de Mario Bros. Ayer también lloré un poco al pensar que quizás alguien pensara que iba de Mario Bros, o peor, de Sergio Ramos, pero luego se me pasó porque, en realidad, nadie tiene esa idea cuando ve a una señora de pelo blanco llorar en la calle. En realidad no me vio nadie. El banco era de granito. Ahora que lo pienso no era un banco, era un poyete que rodeaba unas plantas o algún tipo de conducción. Justo en la esquina opuesta a donde yo lloraba, un sintecho tenía hecha su casa y alguien le había dejado dos barras de pan en una bolsa plástico transparente, supongo que para que le duren más tiempo blandas. No sé si el sintecho de las barras de pan lloraba, yo sí. Ayer hacía un día radiante, de esos que le gustan a la gente, El Retiro estaba lleno de patinadores, de familias, de parejas, de perros, carritos y gente tumbada al sol sin preocuparse por estar tumbada al sol en enero. No hacía frío, en realidad me sobraba la bufanda pero me la pongo con la ilusión de poder, con ella, invocar el espíritu del invierno pasado, de los inviernos de mi infancia, de los inviernos grises. 

Ayer lloré en la calle como una niña porque estaba agotada, porque me encontraba fatal, porque no era capaz de disfrutar de la experiencia de recorrer las casetas de la Cuesta Moyano y porque todo, a mi alrededor, me daba muchísima pena.

Ayer lloré en la calle porque quería que me abrazaran, me llevaran a casa, me metieran en la cama y me taparan.  

Ayer hacía sol y yo lloré en la calle. 

Maldita tercera dosis.  

jueves, 20 de enero de 2022

Que el negro se trague al rojo.


Black, red, black. 1968. Rothko
“There is only one thing I fear in life, my friend,” Rothko once wrote.  “That one day the black will swallow the red.”

Equivocarme al sacar unos billetes de avión. Que me la peguen con las fotos de un alojamiento que reservo por internet. Enviar un mensaje de wasap a quien no corresponde, sobre todo mandarle a mis hijas algo que no es para ellas, porque son capaces de sacara punta a cualquier cosa y de sacar oro de cualquiera de mis errores. Salir del baño con la falda metida por las bragas aunque esto es bastante menos probable ahora que cuando iba al colegio. Las llamadas de teléfono a horas intempestivas. Las preguntas que empiezan con ¿No me dijiste que...? Agotarme. Por supuesto, que mis hijas se pongan enfermas. Saber que en algún momento alguno de mis amigos morirá, saber que a lo mejor ese amigo de la pandilla que va a ser el primero en morir, puedo ser yo. Los captadores de ONG por la calle. Que la gente, ahora, me reconozca y yo no sepa quienes son ni de que me conocen. Perder la memoria. Coger el metro en sentido contrario.

Rothko temía que el color negro devorara al color rojo. Es una bonita manera de nombrar el miedo que nos acecha a (casi) todos cuando nos hacemos mayores, cuando llegamos a, más o menos y con mucha suerte, la mitad. Que el negro devore el rojo es para muchos que se acabe la vida, que se apague la luz, que todo se vuelva oscuro, se olvide, desaparezca y se vuelva insignificante. Nosotros somos insignificantes pero no empiezas a saberlo hasta que pasas los, digamos, cuarenta y cinco. Saberse insignificante tiene sus cosas buenas, te tomas todo con bastante más tranquilidad (señora mayor con hippy vibes) y valoras cosas que jamás te habían importado como los cachivaches de tu casa, los recuerdos familiares o dejar tu propio rastro. Que el negro se trague el rojo, el miedo de Rothko, me lleva a otra vez a un momento hace muchísimos años, más de treinta y cinco, en el que iba caminando con mi hermano Borja por Majalastablas, una calle de Los Molinos. En un punto, pasada la verja de la casa amarilla, no recuerdo de qué íbamos charlando, tuve que pararme porque de repente fui consciente de que Borja y yo en algún momento moriríamos y desapareceríamos de Los Molinos, de nuestras vidas, del mundo, del espacio. Puff. Dejaríamos de existir para siempre y ya no habría nada más. Fin y fundido a negro. Me agaché y me apoyé en mis rodillas porque no podía asimilar ese vértigo, esa súbita conciencia de nuestra insignificancia. 

Me he pasado todos estos años bordeando ese pensamiento, ignorando su existencia, tratando de no verlo porque cuando alguna vez lo he rozado he vuelto a tener once años y a faltarme el aire en esa calle de Los Molinos. Rothko no soportó ese miedo y acabó suicidándose en febrero de 1970, tres años antes de que yo naciera. Nunca supo que el negro no se lo tragó, que su rojo sigue vivo. 

“That one day the black will swallow the red.” Ese es el miedo mayor. 

Bueno y que veinte años después de muerta alguien me escriba una carta como la de Marina Castaño a Cela. Prefiero caer en el olvido para siempre, que el negro me trague. 

martes, 11 de enero de 2022

Cada mañana la misma batalla

Estamos cansados. Hemos dormido poco. Hemos dormido mal. No hace falta que lo hagamos. Es más, ¿para qué lo hacemos? ¿Acaso nos encontramos mejor luego? No, claro que no. Estamos aliviadas pero no estamos mejor. Porque cuando estamos mejor es ahora, arrebujadas bajo el edredón, mirando por la ventana, dejando pasar los minutos y elucubrando, como todo el mundo, sobre la injusticia de la existencia que no nos concede un Euromillones para no tener que levantarnos. Además, yo creo que nos duele un poco el brazo, un poco más que ayer. Hay que hacer caso a los que dicen que escuches a tu cuerpo y que si te lesionas, eso es un aviso y debes dejar que descanse. Soy un poco tu cuerpo y te lo digo: descansemos por hoy. Además, hoy tenemos una reunión pronto y tenemos que desayunar y ducharnos y vestirnos y recoger todo y yo creo que ya se nos ha hecho tarde y para hacerlo mal, no lo hacemos. ¿Qué tal si hoy nos lo saltamos y mañana le dedicamos el doble de tiempo? Además, llevamos una racha de cuatro días seguidos, yo creo que podemos descansar hoy, nos lo merecemos. Uy, y mañana, ahora que lo pienso, porque mañana tenemos una reunión aún más temprano y claro madrugar aún más para esto, nos convertiría en esa gente que despreciamos profundamente. Además de todo, ¿que resultados estamos viendo? Ninguno. Bueno, a lo mejor alguno, pequeño, casi insignificante y ni de coña a la altura del esfuerzo que realizamos cada día. Con el esfuerzo que realizamos (casi) cada día desde hace más de un año la recompensa debería ser mucho mayor, debería ser enorme, gigantesca, espectacular. Y nada. ¿Qué hora es? Las 6:58, yo creo que ya nada, estamos apurando la ventana de oportunidad. Total, para no hacerlo bien, lo dejamos. No pasa nada. Da exactamente igual. Y si no lo vamos a hacer, pues podemos vaguear en la cama hasta las 7:15  y nos lo merecemos porque ayer fue un día agotador, nos acostamos tardísimo y hemos dormido regular, no lo olvidemos. Si no descansamos estaremos irritables todo el día y será peor. El cuerpo es sabio, yo soy sabio y te digo que lo dejemos por hoy, que no pasa nada, que da igual. 

«Ya verás como una vez que cojas el hábito de levantarte por la mañana a hacer ejercicio temprano, no te cuesta nada. Lo harás con ganas»

JaJaJa

Cada mañana, todas y cada una de ellas, la misma batalla mental, el mismo proceso agotador para autoconvencerme de las maravillas del ejercicio. Alguien tiene, por ahí, las endorfinas que me corresponden. 

Al final me levanto, odiando el mundo y el deporte y con el único objetivo vital de terminar con la tortura y llegar a las tostadas. Odio el deporte. 

viernes, 7 de enero de 2022

Cuando no se te ocurra nada, describe el tiempo

View of Vilna as seen cemetery-side, February 21, 1840 (Russia).
View of Vilna as seen cemetery-side, February 21, 1840 (Russia)
«Cuando no se te ocurra nada, describe el tiempo» 

Por fin hace algo parecido a un día de invierno. Brilla el sol con intensidad, con interés pero sin efecto. Es un sol que, al contrario que el de verano, dibuja cada objeto con sombras acusadas y colores brillantes. Es una luz que en cuanto las nubes aparecen corre a esconderse y una oscuridad que no parece propia de la mañana se adueña de la sombra. Hace frío, no todo el que debiera ni a mí me gustaría, pero algo de frío sí hace. Sopla viento, viento frío de ese que te congela la nariz y te permite ponerte gorro de lana, bufanda y guantes. Salgo a pasear porque me levanto de mal humor. ¿Por qué? No lo sé. A lo mejor es porque el final de las navidades siempre me pone un poco triste o porque mi mente está empeñada en centrarse en cosas que ocurrirán la semana que viene o dentro de diez días o de veinte. Stop. Ese es un problema de Ana del futuro. La de ahora mismo tiene que centrarse en hoy. Sé que caminar me ayuda a eso, a no preocuparme. 

«A mí no me regatea nadie»

Escucho un podcast sobre escritores que a veces escribieron sobre crímenes pero que sí fueron criminales. Es un podcast chiquitín, hecho en Valencia por un par de libreros y que me ha recomendado mi profesora de inglés. Me engancho enseguida a la historia de tres escritores relacionados entre sí y con unas historias increíbles:  Jack Henry Abbott, Norman Mailer y Jerzy Kosinski. Mientras escucho y trato de que mi gorro no salga volando decido que un proyecto que quería empezar, voy a dejarlo reposar unos cuantos meses. No es el momento ahora. ¿Lo será en el futuro? No lo sé, ya lo veré más adelante. 

«It is uncertainty that charms one. A mist makes things beautiful»

Llego a casa, me quito el gorro, los guantes, la bufanda y la chaqueta. Subo a mi cuarto y como las nubes se han retirado, la luz está aprovechando para hacer una exhibición. Si vuelven las nubes esta tarde habrá lo que mis hijas llaman "un atardecer bonito". El de ayer lo fue pero me lo perdí porque me dormí en el sofá mientras veía The Holiday, una peli en la que lo que más me gusta es la casa en la campiña inglesa. 

«No encontramos ni bragas ni percheros de Barbie»

He empezado un cuaderno en el que apunto una frase al día. No tiene porqué ser una frase que cambie la trascendencia del mundo, ni vaya a proporcionarme sabiduría suprema o revelarme un secreto que no había pensado. Una frase leída, escuchada, o, incluso, dicha por mí, vale. He empezado un cuadernito que compré en Giverny, en 2017, con esas frases. Otro modesto propósito del año es no comprar más cuadernos ni libretas hasta que no acabe todos los que tengo por casa. 

«Hace yoga y no tiene hijos así que tiene que tener el suelo pélvico tenso como un tambor».

La frase de hoy todavía no está anotada. Ya llegará. Como lo que sea que tenga que pasar la semana que viene y así está bien.  

Llegan las nubes. El viento viene del norte. Huele a macarrones. 

viernes, 31 de diciembre de 2021

Así está bien

 «The more perfect you try to become, the more vulnerable you generally are» (Morgan Hausel) 

Parar. Hacer todo más despacio, como si tuviera ciento treinta años o fuera un niño de seis caminando por la calle, pasando la mano por la pared y parándome cada tres metros para mirar algo que me llama la atención. Ir tan despacio como Turbón, mi perro, que nunca tiene prisa, siempre cree que se ha perdido algo y que lo que haya delante ya llegará, para qué correr. 

Mi propósito para el año en que cumpliré cuarenta y nueve años es ir más despacio. Llego a este día con la sensación de que he terminado la carrera pero que el año que viene paso de apuntarme, que como reto bien pero que mejor me lo ahorro la próxima vez. Quiero dejar de exprimir los días embutiendo en ellos todo lo que pueda. Esta obligación de hacer muchas cosas me la impongo yo misma. Quiero llegar a todo lo que quiero aprender, a todo lo que quiero escuchar, a todo lo que quiero ver, a todo lo que quiero escribir, a todo lo que quiero organizar y a todo lo que quiero dormir y veo claramente que mi ambición excede con mucho mis posibilidades temporales. Por eso tengo que parar. Decir que no a las cosas. Cambiar la frase "a ver si puedo" por "así está bien". 

Así está bien. Me gusta como lema para el año. ¿Solo he leído un libro al mes? Así está bien. ¿Solo un episodio de podcast al día? Así está bien. ¿Escribir en el blog cuando pueda? Así está bien. 

Así está bien. 

En 2021 me he cambiado de trabajo, al trabajo de mis sueños. He dejado de conducir mil kilómetros a la semana y, ahora, uso tan poco el coche que se me olvida donde lo he aparcado. He aprendido que Gallinaufry significa batiburrillo en inglés y vi Madrid nevado como nunca en mi vida. Mi mejor amiga se presentó a las elecciones de la Comunidad de Madrid y lo hizo, y está haciendo fenomenal. Estuve en La Palma, otra vez, con mis hijas  y Juan. Fui a mi primera observación astronómica y sigo sin superar mi vértigo cósmico. Llevé a mis mejores amigos a Cicely para descansar, reencontrarnos y ser solo eso, mejores amigos. Aprendí que cuando te trasplantan un riñón no te quitan ninguno, te vas a casa con tres aunque uno no funcione. He paseado por El Retiro por la mañana, cuando los que corren ya se han ido y los que pasean no han llegado. He caminado por la Gran Vía más que en toda mi vida. He estado en Almagro, las lagunas de Ruidera y el castillo de Peñarroya. He ido tres veces a Cicely y todas he pensado en quedarme a vivir allí. Participé en un concurso de televisión en el que casi gano treinta mil euros y, lo mejor, nunca se llegó a emitir. O quizás sí y no me he enterado que también puede ser. Algunos de mis mejores amigos han empezado a cumplir cincuenta y María cumplió dieciocho. Clara está viviendo a nueve mil kilómetros y sorprendentemente, o quizá no tan sorprendentemente, no nos echamos de menos. Estoy más cerca de saber como es protagonizar un tutorial de you tube porque cada vez que hace tortilla en Seattle me llama para que la supervise. He estado dos veces en Valencia y he dado clases de podcasts. Grabé un video para una farmacéutica y mi editorial ha decidido reeditar Los días iguales. Dije adiós a Toledo con una alegría casi obscena. Se murió Nán y mi hermano Gonzalo se ha mudado a su nueva y preciosa casa. Recién llegados de la isla de Lesbos, comí higos rellenos preparados por la madre de mi adorable profesora de inglés. Me regalaron una sesión de fotos maravillosa. Volví a terapia y me cambié de banco. María empezó telecomunicaciones y yo pensé en apuntarme a yoga, pero se me pasó. Estuve en Aguamarga y estrené una nueva pluma. Murió Jaime Fontán y estuve en Barcelona. Volví a la trilogía de Antes de.. para verla con Clara. Le encantó. Me han reconocido tres veces por la calle. Me perdí la cena de Nochebuena. Vimos delfines y vomité en el barco. 

Así está bien.

jueves, 30 de diciembre de 2021

Lecturas encadenadas. Diciembre

Se acaba el año en el que diciembre ha durado mil quinientos veintitrés días y con él las lecturas encadenadas del año. Cincuenta y tres libros han pasado por estos posts y por mi vida. No está ni bien ni mal, porque el tiempo que dedicas a leer no se mide en cuantos libros o páginas has leído sino en lo que lo has disfrutado. Es decir, el dato cuantitativo, los cincuenta y tres libros, no significa nada. Lamentablemente, el dato cualitativo, lo que he disfrutado la lectura, tengo la horrible sensación de que no ha sido bueno. No sé porqué pero durante todo el año he tenido la sensación de que no estaba eligiendo bien, he tenido bastantes decepciones y unas cuantas lecturas aburridísimas. Seguro que las he tenido memorables y, de hecho, recuerdo algunos libros como muy muy memorables: Una mujer de Annie Ernaux, El Gatopardo de Lampedusa, Ojos azules de Toni Morrison, El domingo de las madres de Graham Swift, Secretos de Mara Mahía, Ahora me rindo y eso es todo de Alvaro Enrigue, Hamnet y alguno más. No es un mal recuento pero no consigo quitarme ese regusto a que, como año lector, 2021 ha sido regulero. 

Al lío con el final de año. 

Llevada por esa sensación agridulce empecé el mes volviendo a lo seguro, Delibes. En una de esas librerias de segunda mano que ahora proliferan por Madrid encontré Mi idolatrado hijo Sisí, que me faltaba en mi colección. Por supuesto me gustó. Es una novela que no se parece a todas las demás del autor vallisoletano. El campo, la naturaleza apenas aparece. Es una novela de ciudad, de ricos, de mimados y privilegiados. Los desfavorecidos, los marginados, los pobres de El Camino, Las Ratas o Los Santos inocentes no aparecen...aunque están, por supuesto. Todos los personajes de la novela caen mal, caen gordos pero Delibes es un maestro y te lleva a esos ambientes: escuchas las pisadas en la madera, hueles los muebles oscuros, sientes la lana de los vestidos y la desconexión con la realidad de una clase privilegiada anclada en unos ideales absurdos y ridículos. Mi idolatrado hijo Sisí, además, debería darse como lectura obligatoria a todos los padres del mundo, a los de ahora, los del siglo XXI. Es una lectura más importante que aprender a dormir a tu bebé o a darle alimentación en trozos. Delibes muestra como creer que tener un hijo es la culminación, la guinda de tu vida es una concepción terriblemente errónea de lo que significa tener hijos. Uno puede tener la idea de que Delibes exagera en su retrato de unos padres que no viven más que para su hijo, que los miman en exceso, que tratan de evitarle cualquier frustración, pero esa idea, la de que exagera, se esfuma en cuanto levantas la vista de la página y miras a tu alrededor. ¡Cuántos padres y madres hay ahora mismo haciendo eso mismo! 

«He estado escuchando un podcast en inglés sobre libros y hablaba una señora, una tal Possy Simmons, que es escritora de tebeos. ¿La conoces?» Gracias a que pregunté por wasap, me ahorré la indignación de mi dealer de tebeos. Su respuesta fue una foto de todos los tebeos de Possy Simmons que atesora en su colección. De esa colección me prestó, Cassandra Darke un comic muy curioso porque su protagonista lo es. ¿Cuántos comics existen protagonizados por una señora de más de sesenta años, fea, gorda, antipática y, además, estafadora? Muy pocos, puede que solo uno. Cassandra es una galerista de arte, rica, divorciada, amargada que, llevada simplemente porque puede, decide estafar a ricos compradores. De ahí surge una trama policiaca, mezclada con la relación con su sobrina a la que trata como si le diera asco,  muy entretenida y resuelta como un buen thriller.  El dibujo de Simmons es curiosamente amable, lo que esperas de una señora respetable inglesa, y choca con lo cruento de la trama y la maldad de los personajes. Mientras lo leía pensaba que no me estaba gustando mucho pero, ahora, al reflexionar sobre él me doy cuenta de que sí, me gustó y, lo que es peor, me cayó bien Cassandra Darke. Quizás ocurra con ella, lo mismo que pasa cuando lees a Highsmith, sus malvados, empezando por Ripley, son terribles pero no puedes evitar sentir cierta simpatía por ellos. 

El último horror del año ha sido La buhardilla de Marlen Haushofer. Esta novela la compré en la Feria del Libro, en septiembre, y me la recomendaron en Tipos Infames. Por primera vez, en no sé cuantos años, ha salido mala una de sus recomendaciones. Alguno puede estar pensando ¿vas a despellejarla? Pues es que es tan aburrida, tan poco interesante, tan más de lo mismo que no da ni para despelleje. Es otra de esas novelas, puede que uno de las  primeras de ESAS novelas porque se publicó en 1969, en que la protagonista no tiene nombre y se dedica a deambular por si vida que le horroriza y le parece aburridísima (Querida, a ver si la aburrida vas a ser tú) pensando muchísimo y muy fuerte. La novela se estructura en los siete días de la semana y la protagonista nos va contando sus rutinas diarias y como, en esa semana en particular, su ir y venir por la vida sin sentido se ve transformado por la llegada de unos misteriosos sobres llenos de cuartillas escritas por ella muchos años antes. En esas cuartillas ella contaba como era su vida cuando estaba en una cabaña, en medio del bosque, custodiada por "El cazador" y separada de su familia porque le había pasado "algo" (nunca sabemos qué) que le había provocado una sordera momentánea. ¿No se entiende nada? Exacto. He leído página tras página esperando una explicación, una resolución a este ir y venir de pensamientos muy poco interesantes pero llegué al domingo final y nada. Sopor.  

Cuando he dicho que es uno de ESAS novelas, lo he dicho porque me ha recordado muchísimo a otro chasco de este año: Yo, mentira de Silvia Hidalgo en la que ocurría exactamente lo mismo: nada interesante. 

No podía quedarme con ese mal sabor de boca y para terminar el año he recurrido a otro acierto seguro y otro libro comprado en la Feria en septiembre: La vergüenza de Annie Ernaux.  Acierto. Acabo de comprar que en enero de este año leí Una mujer, asi que de alguna manera he empezado y terminado el año con esta autora francesa. Ernaux habla de cosas que nos atañen a todos. En Una mujer hablaba de nuestra incapacidad, la de todos, para conocer a nuestros padres, a nuestras madres en concreto y en La vergüenza retrata con maestría ese momento en la vida, el comienzo de la adolescencia, en que aparece en nuestra vida la vergüenza. Por supuesto que antes de los doce o trece años hemos sentido vergüenza, vergüenza por participar en una función, por saludar a un desconocido, por hablar con alguien, pero es cuando dejas la infancia atrás, o comienzas a dejarla atrás, cuando la vergüenza que sientes no es por lo que haces sino por lo que eres. Te da vergüenza ser quien eres, ser como eres, quienes son tus padres, como es tu casa, lo que tu gusta. Es un sentimiento que te llega por comparación, empezamos a fijarnos en lo que hay más allá de nuestro entorno y, como siempre, la hierba es más verde al otro lado de la valla. ¿Quién no recuerda haber ido a casa de amigos suyos del colegio y pensar que en esa casa todo era más bonito, se comía mejor y eran más felices? Es un sentimiento estúpido pero inevitable. Arnaux lo reconstruye maravillosamente bien partiendo de un hecho que para ella marcó la llegada de la vergüenza a su vida, un momento con el que comienza el libro: «Mi padre intentó matar a mi madre un domingo de junio. Fue a primera hora de la tarde»  La época que retrata Ernaux no es la mía, es la de mi madre, pero eso da igual. Puedo reconocer la vida repartida entre el círculo escolar y el círculo familiar, las rutinas de los días de colegio y la de los días de vacaciones, las sensaciones entre otras niñas y las que tenías en tu familia y, también, el momento en que empiezas a sentir vergüenza, en el que la vergüenza te acompaña todo el tiempo y valoras cualquier opción, lo que vas a hacer, decir, sentir o ponerte, en función de cómo lo van a ver los demás. ¿Qué pensarán los demás de este vestido, de mi peinado, de como va mi madre, del coche de mi padre? Puedo reconocerme en ese sentimiento. Lo tenía olvidado desde la seguridad de mi edad actual pero leyendo a Ernaux, lo he recordado. 

«Siempre he deseado escribir libros de los que m sea imposible hablar a continuación, que hgan que la mirada ajena me resulte insostenible. Pero por mucha vergüenza que pueda producirme escribir un libro, nunca estará a la altura de la que experimenté cuando tenía doce años».

Leed a Annie Ernaux, os revolverá y encantará. 

Pues con este viaje al pasado del fin de la niñez, voz sexy provocada por la covid y un bizcocho, hasta los encadenados de enero que serán ya en un nuevo año, esperemos que bueno.