jueves, 2 de mayo de 2019

Lecturas encadenadas. Abril

John Cuneo
Abril ha volado. Volví de Valencia de mi charla TEDx, me mudé con mis brujas y aquí estoy empezando Mayo de solterismo. Un parpadeo y se me escapó abril. En cuanto a las lecturas he descubierto que tengo un patrón. Empiezo el mes con algún libro nuevo y cuando compruebo que para el día quince o así sigo con él, siempre pienso «este mes solo me va a dar tiempo a leer un par de libros, estoy ocupadísima» y de repente se acaba el mes y tengo cinco para lecturas para encadenar. 

Al lío. 

Empecé el mes con un ensayo. Estoy tratando de intercalar ensayo y ficción, no por nada especial ni a rajatabla pero para compensar una lectura con otra. Lo primero que leí este mes fue Amsterdam: historia de la ciudad más liberal del mundo de Russell Shorto con traducción de María Victoria Rodil.  Este libro lo apunté en mi lista de recomendaciones porque escuché a Guillermo Altares hablar de él en la radio. (Las recomendaciones de Altares siempre son buenas, aprovecho para recomendaros una película a la que llegué por él y que está en Amazon y se llama Un pequeño favor) . El libro me lo trajeron los Reyes el año pasado, 2018, y ahí estaba esperando si turno. 

Russell Shorto es americano pero vivió en Amsterdam durante siete años con su mujer y sus hijos y escribió este libro mientras se estaba divorciando. Shorto nos cuenta la historia de Amsterdam desde que se formó como un pequeño núcleo urbano habitado por individuos que decidieron vivir en un lugar inhabitable. Para ello tuvieron que colaborar para construir los diques, desecar los campos, drenar los suelos, concentrar el agua y canalizarla. Fue una unión de esfuerzos individuales para lograr un bien colectivo. Para Shorto este origen de colaboración de individuos  es el que define el espíritu de la ciudad: individualismo en busca de un bien común. Además el hecho de que, al contrario que en el resto de Europa, esas tierras desecadas fueran de los que las trabajaban y no de la iglesia o la nobleza,  es también algo que diferencia la ciudad. 

Shorto recorre toda la historia de la ciudad desde ese momento, pasando por su época como estado dependiente de la Corona de España, las guerras de religión, el comienzo de la dominación comercial de la ruta de las Indias Orientales, la creación de la bolsa de valores con la venta de acciones de la Compañía de las Indias Orientales. En esa primera venta, siete amas de casa de la ciudad se hicieron accionistas. También la corrupción inmobiliaria con cargos municipales haciendo trapicheos surgió allí en el siglos XVII. Leyendo a Shorto he descubierto a Maria van Ooosterwijk una pintora de la época de Rembrandt que ni me sonaba y he leído aspectos de la vida de Rembrandt que tienen que ver con la ciudad, como la de la sirvienta que entró en su casa a trabajar cuando su mujer acababa de dar a luz a su primera hija, o las transacciones comerciales que llevó a cabo para comprar su casa. También he conocido a Aleta Jacobs, la primera mujer de los Países Bajos que recibió un título universitario, una de las primeras médicas del mundo y una pionera de la anticoncepción. 

Shorto cuenta todas estas cosas de manera detallada y amena con un punto de humor. Rastrea archivos y habla con especialistas y, a la vez, nos cuenta la historia de Friede Menco, una mujer judía superviviente de Auschwitz y vecina de Anna Frank, a la que visita cada mañana después de recorrer la ciudad en bici y dejar a su hijo en la guardería. Con el testimonio de Menco reconstruye los últimos años de la ciudad y  le dice esta frase con la que cierra el libro: 
«Tú sabes lo que siempre te digo desde que fue lo de Auschwitz. La vida es absurda. No tiene sentido. Pero tiene belleza y portento y debemos disfrutar de eso».
Y me quedo también con esta frase de Ayaan Hirsi Ali, ex-política holandesa que tuvo que huir del país por las amenazas del islam radical. 
«El mundo occidental se salvó porque logró separar la fe de la razón  y la única manera de hacerle frente al extremismo en el Islam es renovar el mensaje de la Ilustración, recordarlos a los estadounidenses y a los europeos que la sociedad moderna no fue algo que cayó de los cielos. Hay una larga historia de luchas que dieron nacimiento a esta sociedad tan compleja. Y la religión, incluido el cristianismo, la mayoría de las veces obstaculizó el proceso».
Amsterdam: historia de la ciudad más liberal del mundo es un entretenídisimo ensayo que se lee con agrado e interés y que puede, incluso, servir de guía de viajes para visitar la ciudad.  Lo recomiendo mucho. 

El azul es un color cálido de Julie Maroh, es un tebeo que Juan me regaló por mi cumple por recomendación de mi consejero de cómics. Se lo dí a leer a María antes de leerlo yo y cuando la vi, cogerlo, mirarlo y dedicar la siguiente hora a leerlo sin distraerse con nada más pensé que ya daba igual lo que me pareciera a mí, había merecido la pena. Sé que la película La vida de Adele está basada en esta historia, pero no la he visto. ¿Qué cuenta este tebeo? Una historia de amor entre dos adolescentes, dos chicas. Una está todavía en el instituto y la otra es universitaria y, se supone, más experimentada. La adolescente se plantea todas las dudas del mundo, las sufre, no comprende qué le ocurre, se niega a aceptarlo y cuando por fin lo hace se lanza a ello de cabeza. Todos hemos pasado por ese torbellino emocional del amor verdadero, el amor lo puede todo y no poder despegarte de la otra persona ni medio segundo.  Para mí la primera parte de la historia, las dudas, la inquietud, la inseguridad está muchísimo más conseguida que la segunda en la que al concretarse la historia ocurren una serie de cosas que me sacan totalmente de la historia.  El dibujo es precioso con una elección de colores que resulta perfecta para el tono de la narración. 

Hay lecturas que te mantienen en tensión, son como estar sentada en un taburete con los pies colgando y los brazos apoyados en la barra con el libro entre los codos. Hay otros libros que son una tumbona al sol en la que adormilarte con el libro apoyado en el pecho o cayendo al suelo. Hay otros que son casi como leer de pie, incómodo, deseando terminar, dejarlos y hay otros, que son como una gran sillón mullido en el que dejarte caer y arrebujarte entre sus cojines hasta dejar tu silueta marcada en ellos. De este último tipo es Los años ligeros. Crónicas de los Cazalet de Elizabeth Jane Howard y traducción de Celia Montolío. 

Los Cazalet son una familia inglesa de clase alta, pero sin ser nobles, que viven a finales de los años 30 sus años ligeros como estaba haciendo toda Europa. Viven en Londres y pasan los veranos, todos juntos, en una casona del campo. Esta primera entrega de sus crónicas cuenta la historia de dos veranos, el de 1937 y el de 1938 cuando es evidente que lo que está ocurriendo en el continente con las anexiones e invasiones de los alemanes llevarán a Europa a otra guerra. La ceguera voluntaria de los Cazalet se combina con sus temores, los preparativos para una nueva guerra discurren a la vez que las excursiones a la playa, los romances, las rupturas, los problemas para confeccionar menús y la adolescencia de los nietos. 

En Los años ligeros aparecen un montón de personajes: abuelos, hijos, nietos, personal de servicio, amantes, parejas, familiares lejanos. Todos con su peso y su protagonismo. Vives en la casa, hueles el césped, ves los sandwichs de pepino y el salmón frío con mayonesa, tocas su ropa, hueles la playa y lo que es más importante entiendes las relaciones entre ellos porque tú has estado ahí. El lector no ha tenido cocinera ni chófer pero seguro que tiene hermanos y las relaciones entre los hermanos siempre se parecen, cuando somos niños y cuando evolucionan cuando nos hacemos mayores. 

Elizabeth Jane Howard, la autora, escribe con esa ligereza que parece sencilla pero que conlleva un andamiaje estructural muy complejo y un perfecto control de la narración para que todo avance pero sin resultar lineal. Va saltando de escena en escena, de personaje en personaje, construyendo un bloque, un barco que avanza por la historia sin que nada se desmorone ni se descontrole. 

Los años ligeros es un NOVELÓN, un calificativo que muchos usan de manera despectiva pero que, para mí, significa una lectura en la que acomodarte, hacer tu hueco, taparte y regodearte sin que te importe nada más. Es uno de esos libros que hacen que a lo largo del día, mientras estás cumpliendo tus obligaciones, pienses «ojalá estuviera en casa leyendo» 

Corred a leer este primer tomo. 
«Era una de esas personas afortunadas que, sorprendentemente, disfrutan haciendo lo correcto» 
Fin de poema de Juan Tallón, me esperaba en mi estantería desde el mes de febrero. No es mucho tiempo, lo sé, pero suficiente para que le llegara el turno. No es una novela o quizás sí, depende, a lo mejor, puede, ¿por qué no? Es un libro sobre las últimas horas de cuatro poetas: Cesare Pavese, Alejandra Pizarnik, Anne Sexton y Gabriel Ferrater. De los tres primeros había oído hablar, de Pavese incluso había leído sobre sus últimas horas en las obras de Natalia Ginzburg pero de Ferrater no sabía nada. Además de poetas comparten desesperación, soledad, miedo, depresión y angustia. Tres de ellos además comparte alcoholismo. Capítulo a capítulo recorremos sus últimas horas, los últimos encuentros, las decisiones, las personas que quizás vieron, las últimas palabras que dijeron, lo último que, a lo mejor, pensaron. 

De todos los libros que he leído de Tallón con este me ha pasado una cosa curiosísima y es que al principio, al comenzar a leer el primer capítulo sobre Pavese le oía en mi cabeza, con su voz fina y su acento gallego. Fue algo bastante perturbador que se fue acallando poco a poco. Es, además, un libro en el que no aparece él, (o parece no aparecer porque nunca se sabe), cuenta la vida de otros a los que no conoció pero que existieron y aunque no caben sus propias historias si da cabida a algo que hace siempre muy bien. Tallón siembra siempre sus textos de pequeñas historias que pertenecen a otros  dando siempre la impresión de que la vida es una tela de araña que no se acaba nunca y solo nosotros decidimos hasta donde queremos llegar explorándola. 

Como siempre con Juan he doblado muchísimas esquinas. Me quedo con esta de Cesare Pavese y sus mañanas porque me identifico mucho: 
«A Cesare le gusta el silencio de las mañanas, incluso los sonidos que rodean el silencio, como el de las canciones o el café al inundar la taza, o el de la taza al posarse en la mesa, o el de la cuerda al correr el tendedero, o el de la garganta al abrir paso al café o el de la pinza de la ropa al caer a la calle».
Y esto en un capítulo de Pizarnik que define bien la desesperación, el rendirse. 
«Ella no precisa más años: Avanza hacia el fin. Tiene vistas ya a la ruina. Ese estado mezcla de ausencia y desesperación total la empuja a tomar la tiza y escribir su último verso sobre la pizarra: No quiero ir nada más que hasta el fondo». 

El día 26 se celebraba en Madrid La noche de los libros y me fui a celebrarlo a la Librería Los Editores asistiendo a una charla de Pablo Remón, Fran Reyes y Francesco Carril sobre teatro. Remón es el autor de dos obras que vi el año pasado y que me encantaron: El tratamiento y Los Mariachis. La tertulia fue estupenda y además allí me encontré con Belén Bermejo que me recomendó Rialto, 11 de Belen Rubiano. 

«Yo tenía una librería en Sevilla» es la primera frase de Rubiano. Obviamente es un homenaje a Dinesen y su granja en África y obviamente acabó como ella, sin su librería. Rubiano nos cuenta la historia de cómo se hizo librera, consiguió tener su propia librería y la perdió. Es un libro lleno de ilusión y también de amargura con una presencia aplastante de malas experiencias: jetas, pesados, aprovechados, locos, ladrones parecen ser el día a día de su librería apenas compensado por unos cuantos clientes interesantes, generosos y con los que acaba haciendo amistad. Es un libro "riquiño" como dirían los gallegos o "cute" como dicen los ingleses, un libro mono que se lee con un poso de tristeza porque la librería va a cerrar, sabes que no será negocio, que no aguantará la competencia, que cada vez se venderá menos y que Belén no hubiera escrito este libro si la librería hubiera sido un éxito. Habría escrito otro. 
«Qué sonido tan triste hace una librería cuando se muere» 
Y con esto y empezando la segunda entrega de Las Crónicas de los Cazalet hasta los encadenados de mayo. 




lunes, 29 de abril de 2019

Disfrutad la calle, os espero en casa

Sempé. 1957 
Ayer salí a la calle para ir a votar. Fue una incursión en plan comando: salir, votar, comprar leche, volver a casa, alivio. No me gusta salir de casa, me cuesta un mundo salir a la calle. Me esfuerzo para encontrar un motivo por el que dejar mi casa, mi sofá, mi cocina, mi cama, mis libros, mi mesa y las vistas desde mi ventana. Cuando salgo (casi) siempre es por obligación y no hablo solo de ir a trabajar, a la compra, a la tintorería o a llevar y traer a las niñas de sus movidas; quedar me da pereza, ningún plan me parece mejor que mi casa. Sé que esto le pasa a mucha gente y creo que es algo que va con la edad como las canas, dormir menos o aprender a ajustar el resto de comida al tamaño del taper. En esto, como en tantas otras cosas, no soy especial. 

Las que me parecen especiales son todas las personas a las que parece que su casa se les cae encima, aquellas que te dicen «yo tengo que salir a la calle todos los días, sino salgo me parece que he desperdiciado el día». Para mí es como si hablaran dialecto mandarín del centro de China. ¿Perder el día? ¿Desperdiciarlo estando en tu casa?  Tengo amigos así y los observo con fascinación e inquietud. Salen de casa a las doce de la mañana y a las diez de la noche siguen en la calle, yendo y viniendo de un plan a otro. «Vente, no seas seta». Y yo los adoro y sé que si hiciera el esfuerzo seguro que lo pasaría bien pero sinceramente, prefiero no hacerlo. 


Ayer, en mi barrio, había multitudes por la calle: gente yendo a votar, abarrotando las terrazas, en el parque, paseando. Los miraba como a alienígenas, ¿por qué no están en casa con sus vaqueros más viejos vagueando? ¿Qué ven en la calle que yo no veo? ¿Qué atractivo encuentran que a mí me es negado? Esta sensación se multiplica por un millón un sábado a las cinco de la tarde. ¿Qué hace que alguien prefiera estar en la calle a esa hora en vez de estar mecido en su sofá disfrutando el silencio, la peli terrible de mediodía o roncando?  

Ayer, desde mi sofá, mientras veía la tarde caer y a la gente pasear arriba y abajo, pensé que seguro que la tara es mía y que con mi querencia al hogar me estoy perdiendo cosas. Los que tomáis las calles y las disfrutáis, para mí sois unos héroes. Me admira esa fuerza de voluntad, me asombra esa fortaleza, ese empuje para pasarse el día en la calle, yendo y viniendo y disfrutándolo. Tiene que haber algo ahí fuera que merezca la pena, el esfuerzo, seguro que sí pero para mí, no hay nada como estar en casa.  No hay nada como la sensación de estar a salvo, sin duplicidades, sin tener que ser nada más que yo, sin fingimientos, sin ropa limpia, sin planes, sin prisas. Descalza. 

Disfrutad la calle, os espero en casa. 


jueves, 25 de abril de 2019

Ignórame, supéralo

No vengas. No vuelvas. Olvida el camino, borra la ruta, elimina el historial. Toma otra dirección, haz un cambio de sentido. No me leas. No me mires. No me veas, no me escuches. Castígame con el látigo de tu indiferencia, sé descortés y (más) maleducado. Ignórame. Pasa de mí, de mis cuitas, de mis problemas, de mis preocupaciones. No pierdas tu tiempo calificándolas de tonterías, aprovecha para hacer algo útil como cortarte las uñas o mirar al infinito disfrutando de tu inmensa sabiduría. Hazme el vacío, prívame de tu compañía, de tu conocimiento, de tu saber estar, de tu profundo conocimiento de la psique humana, sobre todo de la mía. Mantenme en la oscuridad, en la ignorancia. Haz de mí una paria, una inculta. No me enseñes, no me corrijas, ríndete a la evidencia de que soy idiota, de que te caigo mal.  Ignórame. Aléjate de mis fallos que tanto te crispan, libérate de mis incongruencias que tanto te incomodan. Surfea mi egocentrismo que tanto te indigna y salta por encima de mi yo constante y de las cosas que (me) pasan. Ignórame y libérate.  

Si alguna vez aparezco en tu twitter, bloquéame. 
Si alguna vez me lees en un periódico, arranca la página, cierra el navegador. Escribe una indignada carta al director.  
Si me escuchas en la radio, apágala. 

Pero mientras tanto empecemos por liberarte del vicio de venir aquí, a mi casa, a leerme, a crisparte. Supéralo. Sal al mundo. Disfruta. Superarás el mono.  

Dame por perdida, hazme el vacío y, sobre todo, déjame en paz. 

Podré superarlo, querido anónimo. 

Posdata: Sé que tendrás impulsos incontrolables de comentar aquí. Querrás escribir algo mordaz y supuestamente ingenioso como «ñiñiñi» pero voy a ayudarte y capar los comentarios. Todo por tu síndrome de abstinencia y porque el blog es mío y hago en él lo que quiero.     



martes, 23 de abril de 2019

Un escaparate en Asturias

Huele a lilas en el coche de vuelta. A lila. Solo robé una de la casa del médico de la colonia Solvay, la única que alcanzaba sin subirme a la valla. Ya tengo una edad para saltar vallas en pueblos que no conozco, en Los Molinos la hubiera saltado armada con unas tijeras de podar pero en esa colonia tan belga, tan ordenada, tan inesperada no me pareció adecuado. Asturias huele a verde y a eucalipto aunque no llueva y suena a viento aunque no sople. En la playa, tumbada en una manta de cuadros rojos, con vaqueros y camiseta me siento increíblemente cercana a los Cazalet, la familia protagonista de la novela que estoy leyendo. A veces hay que leer novelas en las que lo que pasa es la vida sin preguntarse por vivir, novelas en las que las preocupaciones son lo que van a comer, el vestido que van a llevar y ser increíblemente educados. Nada como una buena novela inglesa para relajarte en una playa. Y nada como una multitudinaria familia vasca para arruinarte ese placer colocándose a tres metros de ti cuando hay toda una playa para disfrutar. No sé si son vagos o mi campo magnético les atrae. Los miro enfurecida intentando que a través de mi gesto displicente y mi bufido comprendan que no son bien recibidos pero, por supuesto, me ignoran. Dejo el libro y los observo. Son como los Cazalet. Los abuelos van de la mano y eso me enternece, me los imagino entrañables y cariñosos. Ella protesta porque tiene frío y él responde a todos sus nietos, que son legión,  con un «pues claro que sí, cariño». Tienen cuatro hijos, todos cortados por el mismo patrón y ya talluditos, ninguno va a volver a cumplir cuarenta y cinco. Las nueras son más dispares y todos están reunidos alrededor de una cantidad de bolsas increíble: comida, agua, ropa para cambiarse. Ni un libro. Los nietos salen corriendo a jugar al fútbol, los abuelos están plantados en la arena sin saber qué hacer, alguien se ha dejado sus sillas en el coche y aunque todos los hijos se ofrecen para ir a buscarlas la madre dice «no, hijos no, tengo frío para sentarme». Al final el grupo se dispersa, las nueras se van a caminar por la orilla, los abuelos por el paseo de madera a recorrer la ría y los hijos se quedan alrededor de las bolsas mirando a lo lejos el partido de fútbol de los nietos. «Mamá no está bien. No se entera de nada o hace que no se entera. Desde lo de Pablo apenas me dirige la palabra, no me habla». ¿Quién es Pablo? A veces, me gustaría que las conversaciones de los demás vinieran audiodescritas, como en las películas. O mejor, con notas al pie, *Pablo es un hermano díscolo que decidió hacer carrera como actor porno y su madre no se lo ha perdonado. 

Recorro lugares en los que estuve hace casi seis años, con otra vida y otras personas. No siento nostalgia ni tristeza. Me alegro de volver y de saber que todo salió bien. En Lastres encuentro el mejor escaparate del mundo, con vistas al mar a través de una ventana invadida de hiedra, se asoma una antigua tienda de antigüedades, la misma tienda lo es. Aparcados en su puerta hay un barco azul y un todoterreno, con una toalla colgando del retrovisor izquierdo. En el escaparate hay un mal paisaje que podría ser el Capitan en Yosemite pero que probablemente sea un picacho asturiano que no soy capaz de reconocer. Hay un busto femenino de mármol de esos que se usan como modelo en las clases de pintura parece tímida, desubicada, harta de sus compañeros de ventana. Las obras escogidas de Oscar Wilde se apoyan en una lata antigua de pimentón puro de Juan Antonio Sánchez Laorden de Santomera, Murcia que hacen pareja con la mítica lata de ColaCao. Oscar Wilde, pimentón y Colacao. Ojalá ser dadaista para escribir un poema con esto.  Hay un retrato en blanco y negro de una dama de perfil que también necesitaría una nota a pie de página o, al menos, un subtítulo. Más libros y un ejemplar de Armamento Portatil Español 1704-1830 de Bernardo Barceló Rubí.  En las rodillas de una armadura se apoya un papel en el que se puede leer "para avisos llamar aquí". Fantaseo con la idea de que el teléfono sea de la armadura y puedas llamar a ese teléfono si necesitas un caballero andante o un fantasma para asustar a alguien. Justo por encima del yelmo un cartel de Securitas Direct. Sonrío. La esquina derecha parece un bodegón sobre la futilidad de la vida: un cuadro de flores, más libros, una lámpara vieja, una salsera. .  No resisto la tentación y pego mi cara a la cristalera: dentro hay una cueva de tesoros increíbles. Ojalá la armadura me abriera la puerta y pudiera pasarme la tarde escudriñando la vida de todos esos objetos. Sería un local fantástico para una librería. 

Hace muchos años conocí a Julián, cuando ni él era Julián ni yo era Ana, cuando éramos nicks anónimos.  Él estaba mal, yo estaba regular, los dos nos quejábamos amargamente del tiempo en la meseta, del sol, del calor, de la ausencia de lluvias, de nubes, del secarral, del amarillo que todo lo invade y que te seca la vida. He ido a Asturias a conocerle en persona   , a alojarme en su hotel, a comer la mejor fabada del mundo y a comprobar, una vez más, que internet no me ha traído nada más que cosas buenas y que Julián sigue siendo gruñón pero es un gruñón feliz. 

martes, 16 de abril de 2019

¿Cómo alguien como tú va a tener una depresión?

La mujer que me cuenta que su hermana tampoco puede tener una depresión. Los tres jovencitos, tan jóvenes que casi parecen protagonizar Los Goonies ,que se acercan a preguntarme cómo me curé, la chica que me cuenta la historia de su familia, de su madre, y de cómo ella no puede ayudarla más, no sabe qué hacer. La madre que me dice que ella tampoco podía querer a sus hijos pero que nunca se atrevió a decirlo. El hombre que llora mientras me cuenta  que él se separó de su mujer porque no podía más, porque era él o hundirse con la depresión de ella. Llora lágrimas calmas que le empañan las gafas y que se seca con un pañuelo de tela porque es uno de esos hombres que aún lleva pañuelo.  Lloro con él y trato de consolarlo mientras le dedico Los días iguales que él ha comprado para ella.  La chica que me dice que mañana mismo irá al médico porque no puede más mientras su novio detrás de ella me mira con alivio. 

Lo mejor de las charlas, lo mejor de hablar de mi depresión son las personas que vienen a contarme sus historias. Ojalá pudiera hacer más por todas ellas.  

Mi charla en el Tedx Ciudad Vella de Valencia. 


jueves, 11 de abril de 2019

Mi madre y mis ideas

Mi madre casi nunca me hace caso y cuando lo hace casi siempre convierte mi consejo y recomendación en algo que se le ocurrió a ella primero pero que no verbalizó para hacerme creer que la idea era mía. Sé que es retorcido pero así nos relacionamos. A principios de curso, en septiembre, le recomendé que se montara una rutina para ir todos los días a caminar al Retiro. Le enseñé la ruta, le instalé ivoox en el móvil, le enseñé a descargarse podcast y la animé. No funcionó porque «Hija, tengo muchísimas cosas que hacer». Contra el «muchísimas cosas que hacer» no se puede luchar, ni mucho menos discutir. Mi madre está ya en ese extraño momento en la vida en que tras pasarse la vida corriendo y atendiendo mil obligaciones se extiende ante ella un mundo de días solo para ellas y tiene lo que yo he denominado ansiedad. de calendario. El remedio para este problema es expandir cualquier mínima tarea u obligación hasta sus límites temporales más extremos y así tener cita para ir al médico el martes a las diez de la mañana impide cualquier plan durante el martes y casi casi durante el resto de la semana. 

-Mamá, ¿pueden ir las niñas a comer el miércoles?
-Pues a ver, porque tengo análisis el martes y una comida el jueves. 

Es una respuesta tan disparatada que no hay contestación a la altura.  

Mi segunda recomendación fue que se apuntara al gimnasio y como con ella nunca se sabe se apuntó. 

—Hija, hoy en el gimnasio no sabes qué me ha pasado. Estaba ahí en mi maquina con mis pesitas de dos kilos y se ha puesto enfrente un machaca, uno de esos que levantan mil kilos. Le estaba mirando y le he dicho «Si yo hago eso me da algo» y ¿sabes que me ha contestado? 
—Dime. 
—«Señora, usted si que tiene mérito, con lo mal que debió pasarlo en la posguerra»
—Jajajajaja ¿en serio? ¿Y qué les has dicho?
—Pues la verdad, que yo en la posguerra lo pasé muy bien porque no había nacido. 
—Jajajajaja. 

«Lo suyo sí que tiene mérito con lo mal que debió de pasarlo en la posguerra» ¿Cómo se le ocurrió decir eso? Seguro que lo dijo con buena intención, en plan voy a reafirmar a esta anciana en su propósito de mantenerse activa pero, EN SERIO, ¿la posguerra? El muchacho tiene un problema de expansión temporal de los eventos de la historia, cree que cualquier persona mayor vivió hace tanto tiempo que seguro que vivió la posguerra. Creo que está en el top 3 de «cosas paternalistas que se pueden decir en un gimnasio» muy por encima de «eso es mucho peso para ti» y «si quieres te enseño porque no lo estás haciendo bien». 

-Luego el muchacho me ha dicho «Señora, tiene usted que beber más agua» y yo le he contestado «Lo sé, ya me lo dice mi monitor de escalada»
-Jajajaja, pobre hombre. 

Sabía que animarla a ir al gimnasio iba a ser buena idea pero no tanto. «Hija, a ver cómo lo cuentas que te conozco». Yo creo que lo he contado bien pero seguro que a ella no se lo parece, ya la estoy oyendo «si yo tuviera tiempo para escribir tonterías, como haces tú, lo hubiera contado mejor». 


lunes, 8 de abril de 2019

Vistas desde el sofá

Sempé
«Aún así, no se me ocurre mejor forma de pasar un finde que perdiendo el tiempo, o sea, viviendo». Xacobe Pato Rey. 

El viernes me tumbé a ver un documental porque mi plan era no hacer nada, dejar pasar el tiempo sin aprovecharlo, permitir que se escurriera por el sofá sin culpa ni, como dice Xacobe, pensamientos del tipo "tendría que". Empecé con Icarus, un documental recomendado por Juan, sobre un tipo al que le gusta montar en bici y se siente decepcionado cuando su héroe, Lance Armstrong, confiesa que se dopó toda su carrera. Esta decepción le lleva a la idea de participar en la carrera ciclista amateur más dura del mundo dopado y sin dopar. ¿Qué hay mejor para apreciar el sofá que ver a gente agonizando sobre una bici? Nada. El tipo se pone a entrenar, corre la dichosa carrerita y acaba baldado pero en una buena posición. Sigue entonces con su plan y busca a alguien que le ayude a llevar un programa de dopaje profesional. Esa actitud se la admiro, si vas a doparte hay que hacerlo bien, que no sea todo una juerga de drogas descontroladas. Contacta de una manera muy loca con un ruso muy ruso y muy loco que resulta ser, a la vez, el jefe del programa ruso de dopaje de deportistas y el representante ruso en la organización mundial contra el dopaje en el deporte. Los rusos jamás dejan de sorprendernos. El documental se transforma entonces de un reto absurdo de un tipo americano en una peli de espías con la KGB, el FBI, la CIA, el COI y hasta Putin metidos en el ajo. Todo es loquísimo y termina con el doctor ruso entrando en el programa de protección de testigos y Putin mirando a cámara y diciendo «los rusos no nos hemos drogado nunca y no me acuerdo ni de como se llamaba el traidor ese». Por supuesto los rusos se doparon hasta la coronilla desde 1968 para participar en todos los JJOO y me juego una mano a que Putin tiene un muñeco de vudú del doctor ruso en su mesilla de noche. 

Del sofá salté a la butaca de un cine de un pueblo cabeza de comarca para ver Dolor y Gloria de Almodovar.  Lo que más me gustó de la película fue que en la sala éramos ocho, ver a Asier Etxeandia bailando, vestido con una camisa de seda morada metida por dentro de unos pantalones azul eléctrico de tiro alto y la presencia de libros en muchas escenas. Banderas/Almodovar lee a Vuillard, a Auster, a Denis Johnson, ojea la obra de Antonio López. Sentada en la sala echo de menos tener un botón de pausa y zoom para identificar todos los libros que salen en la película y que tengo la seguridad de que no están ahí por casualidad, no son atrezzo, significan algo. En Mujeres al borde de un ataque de nervios que veo al día siguiente desde el sofá no aparece ni un solo libro. Ni siquiera cuando Carmen Maura y María Barranco disimulan ante la llegada de la policía cogen un libro, intentan hacer creer a los agentes que están entretenidas ¡jugando al Stratego! Otra diferencia entre las dos películas aparte de los treinta años que han pasado por el pelo de Banderas es la casa. En Dolor y gloria la casa es un refugio, una cueva, un lugar seguro, el sitio al que el protagonista siempre quiere volver y del que no quiere salir. El ático de Mujeres tiene la misma personalidad que un piso piloto, es un lugar para entrar y salir, impersonal y que se valora por lo que podrá ser y no por lo que fue o es. Cuando me pongo a ver La ley del deseo descubro otra cosa más, que Madrid está en todas partes, que como en Mujeres, la ciudad es la historia. Las calles, los bares, las terrazas, los túneles, las vistas, todo  forma parte de la narración. En Dolor y Gloria se nota que a Almodovar le da pereza Madrid y en eso, me identifico con él. La calle que más sale en la película es una de San Lorenzo del Escorial: pinos, montaña, brisa. Nada que ver con el cielo de Madrid que siempre te aplasta, como el de La Mancha. 

La ley del deseo la recordaba a trozos, «Riégueme señor barrendero, riégueme» pero descubro que nunca la había visto entera y que es un peliculón hasta que a falta de veinte minutos ocurre algo que me saca completamente del embrujo y me hace ser consciente de que es sólo una película y ellos son actores. Quizás la vida real sea la locura de los protagonistas de The Dawn Fall, un documental de escalada que encadena mi tarde a la obsesión vital de un chaval que ha hecho del trepar su razón para vivir. Contemplo su hazaña, subir el muro del amanecer del Capitán en Yosemite con total incredulidad y una aún mayor incapacidad para entenderlo. ¿Por qué? ¿Por qué jugarse la vida así? ¿Por qué someterse a ese sufrimiento atroz? Vuelvo a pensar en el tipo de la bici de la tarde anterior, no consigo comprender a la gente a la que le gusta sufrir haciendo deporte y creo, además, que es un vicio moderno. Hace quinientos años nadie trepaba una montaña por placer, porque el esfuerzo mereciera la pena, se hacía por necesidad, porque ese era el camino, porque no había otra opción. A lo mejor nos falta dolor, solo tenemos gloria y por eso nos inventamos los deportes de agonía. Yo, desde luego, soy de otra época como Julieta Serrano en Mujeres, de hace quinientos años, porque solo monto en bici para pasear y me bajo si el pedaleo se vuelve incompatible con el placer de mirar alrededor. Soy de la ley del mínimo esfuerzo y la máxima compensación como Garbo, el espía español al que el historiador inglés se empeña en llamar Pujol, con J de Jorobado durante todo el documental que ocupa mi sofá del domingo. Garbo se hizo doble agente no teniendo ni un solo secreto que contar, inventándose todo lo que enviaba a los alemanes haciéndoles creer no solo que él era espía sino que tenía una red de colaboradores tan informados como él. Se inventó los secretos, se inventó a los veintidós espías y creo para ellos vidas y aventuras. Mínimo esfuerzo, máxima compensación, eso es lo que significa ser un buen mentiroso, uno de categoría premium. Garbo fue un mentiroso que tuvo su  momento Robin Hood antes de fingirse muerto, abandonar a su familia española y pirarse a Venezuela a montarse otra. Hay mentirosos premium que nunca rozan el robinhoodismo como John Meehan el protagonista de la serie que veo con mis brujas el domingo por la noche y que nos ha tenido gritando a la tele indignadas y manteniendo interesantes conversaciones sobre legalismos matrimoniales: 

Mamá, ¿vosotros firmasteis un acuerdo prematrimonial?
No, no teníamos nada. 
Pues yo pienso firmar uno cuando me case. 
Me parece estupendo. 

¿Quién dice que la tele no enseña?  

 *El tipo del reto en bici sin dopar y dopado, cuando participó en la carrera hasta las trancas de hormonas y drogas quedó en peor posición que sin drogas. No sé si hay alguna enseñanza en esto.