lunes, 13 de mayo de 2024

Mi reino por una guillotina




No pensaba escribir sobre la gala de los MAMARRACHOS EGOMANIACOS TARADOS  porque siempre me ha resultado un espectáculo repugnante, pero es que este año, las cuatro cosas que he visto, han elevado mi nivel de indignación hasta hacerme hervir la sangre. Lo único que me queda para desahogarme es escribir esto o ir a comprar una guillotina.  


Esta gala es asquerosa, ofensiva, ridícula e indignante. Es un alarde de lujo extremo, de  banalidad absoluta disfrazada de beneficencia lo cual la eleva, además, a la categoría de ofensa e insulto al resto de la Humanidad. ¿Me lo estoy tomando muy personal? Puede que sí y puede que sea absurdo porque ¿a mí que me importan una panda de multimillonarios haciendo el mongolo en Nueva York? No me importa nada, pero hay veces que las ofensas llegan así, cuando menos te las esperas y por lo motivos más banales, aunque no creo que éste lo sea. Esta mañana, viendo esa colección de imágenes, pensaba en la corte de Luis XVI divirtiéndose con lujos extremos completamente fuera de la realidad. 

Esto lo es. 

Me ofende el lujo, el derroche ridículo. «Pues es como los Oscars». No, no es como los Oscars. Aquello, dentro de su frivolidad y superficialidad, es una entrega de premios en la que, de alguna manera, se premia a gente por su trabajo (y su trabajo de relaciones públicas, pero ese es otro tema). Se visten elegantes pero bueno… tiene un pase, lo encuentro gracioso. 

Esto es otro nivel. Ni siquiera me hace gracia. Ni sonrío. 

Como mujer me ofende hasta el punto de decir: esas mujeres no tienen nada que ver conmigo, me siento insultada. Lo sé, es ridículo; pero verlas llegar, actuar, aceptar convertirse en meras muñequitas a las que vestir con los atuendos más imposibles que se puedan imaginar, me parece un insulto.  Que se presten a embutirse en esos vestidos incompatibles con la fisiología, con ir al baño, con moverse, con respirar, con comer, con levantar un brazo, con rascarse el culo, ¡con andar! ¡con sentarse!  ¿CÓMO COJONES SE PRESTAN A ESO? No lo puedo entender. No me cabe en la cabeza. 

— Ponte este vestido con el que no podrás comer en las veinticuatro horas anteriores, tendremos que untarte en vaselina para que te entre. Además, olvídate de hacer pis en 8 horas. No te preocupes, te sondaremos o, mejor, hazte a la idea de que te van a operar a corazón abierto y no puedes beber en las 12 horas anteriores. He visto que te gusta mover las manos para poder rascarte si te pica algo: olvídate de eso también. No te preocupes, te daremos un tranquilizante para que puedas soportar el picor sin problemas. Tampoco vas a poder sentarte a cenar pero eso no importa porque, como no puedes comer, mejor no sentarse a la mesa y que te entren tentaciones de morder una hoja de rúcula ecológica traída desde una plantación a 8000 km en un jet privado conservada en hielo hecho con agua destilada de un glaciar virgen de Argentina. Y creo que esto ya es todo. Ah, no… Se me olvidaba: tampoco vas a poder andar, pero no te preocupes. ¿Has estado alguna vez en la Semana Santa en España? ¿No? No importa, te lo cuento. Detrás de ti irán cuatro o cinco tíos (solo hacen falta 2 porque vas a pesar 45 kilos, pero llevamos 5 porque lo importante es que el vestido no se arrugue) que te moverán de un lado a otro como a un paso religioso. 

Y ellas dicen:

— ¡Ah, genial, me apetece muchísimo! ¡Planazo!

¿Suena ridículo? 

Es ridículo.

¿Y las poses? También me ofenden. En la gala de MENTECATOS EGÓLATRAS TARADOS da igual quién seas o qué hagas. Da igual que tengas una carrera profesional, una personalidad, una opinión, capacidad de verbalizar tus pensamientos o riego cerebral. Lo único que importa es lo que llevas puesto y que poses poniendo morritos, adelantando un hombro, y ahora el otro, y marca la barbilla, y ahora cruza una pierna por delante de la otra, saca culo, mete tripa, echa los hombros hacia delante, saca jaboneras, NO SONRÍAS, muérdete los carrillos por dentro, pega la lengua al paladar. Vuelve a empezar. No pienses. ¿A quién le importa lo que pienses? 

Ayer escuchaba un episodio de Serial sobre la cárcel de Guantánamo y en un momento dado contaban que lo que más indignaba a los prisioneros no era que Estados Unidos no cumpliera con las normas internacionales de trato de prisioneros de guerra: lo que más les indignaba era que Estados Unidos creyera que sí las estaba cumpliendo. 

Apunté esa frase sin saber que me serviría hoy. 

Veo un vídeo en Instagram en el que le preguntan al diseñador Tom Ford cuántas veces se ha bañado para los preparativos de la gala. Él contesta que tres veces. ¿En qué mundo vivimos en que alguien hace ese tipo de pregunta y el cuestionado ni por un momento se plantea responder y admite que se ha bañado 3 veces en un día?

Nunca pensé que me iba a sentir tan cercana a la Revolución Francesa y me iba a apetecer tener una guillotina. 




¡Oh, vocación, tu vocación!

En Astérix y los Normandos, uno de los mejores tebeos de la colección, una expedición de normandos llega a unas playas de la Galia cercanas a «la irreductible aldea gala» porque quieren conocer lo que es el miedo. Allí se encuentran con Astérix y Obélix, que no son para nada gente miedosa y que no saben muy bien qué hacer con ellos. La frase más célebre de todo el tebeo es «hazme miedo», porque los normandos quieren que alguien les asuste, conocer el miedo, saber cómo se siente. 


Me acordé de este tebeo esta semana al leer una entrevista a Trinidad Piriz, jefa de Podium Chile, que cuenta cómo en un determinado momento de su vida pensó: «yo quiero hacer esto. Yo puedo hacer esto perfectamente». A los dos días leí un perfil del director de cine coreano Park Chan-wook en el que contaba cómo al asistir, cuando era joven, a una proyección de Vértigo, de Hitchcock, al ver la escena en la que James Stewart conduce lentamente detrás de Kim Novak por San Francisco, sintió que la imagen trascendía la película y que no estaba viendo una película, estaba viviendo el sueño de Hitchcock y se dio cuenta de que quería ser director de cine.


Estas dos ideas clarísimas, estas dos certezas tan absolutas sobre lo que querían hacer con sus vidas, me sorprendieron. Pensé en las personas que, a mi alrededor, han tenido ese fogonazo de clarividencia con respecto a un propósito vital, han sentido una vocación.   


Yo no sé qué es la vocación. 


En Astérix y los Normandos, como he dicho antes, el gag recurrente es que los normandos, que presumen de aguerridos luchadores, de fieros guerreros, quieren saber qué es el miedo, cómo se siente. «Haznos miedo, haznos miedo». A estas alturas de mi vida yo no quiero que nadie me haga sentir una vocación, no vaya a ser que me dé por meterme a monja o dedicarme al cultivo de la baba de caracol; pero es un fenómeno, el de la vocación, que me resulta muy inquietante. Inquietante no porque me genere rechazo sino porque me encantaría saber cómo se siente: «hazme una vocación».


Como buena alumna de colegio de monjas en los años 80, mi primer contacto con la vocación fue en el campo religioso. Enriqueta Aymer de La Chevalerie, fundadora de la congregación de las monjas de mi colegio, aparte de ser buenísima y listísima y todos los ísimas que se puedan imaginar y además de esconder a un cura debajo del piano de su casa de burguesa durante la Revolución Francesa, sintió una vocación y se hizo monja. A mí aquello me intrigaba muchísimo: ¿Cómo se sentía una vocación? Fantaseaba con que un buen día, yendo por la calle, o mientras estaba en la cama, de repente sintiera una revelación, que un pensamiento fulminante me llegara y pensara: «tengo que ser monja, ése es mi futuro, mi propósito en la vida». Tenía épocas de rastrearme continuamente por si acaso el rayo fulminante había llegado y yo había estado entretenida con mi vida y se me había pasado y tenía otras épocas en las que decía:« casi que yo paso de que me llegue esa vocación porque lo de ser monja no me apetece mucho». A esta vocación de monja se sumó luego la idea de que el funcionamiento de ser cura era más o menos igual, tú no tenías elección. Si te llegaba la vocación, a la sotana directo. 


Mi madre contribuyó también a mi berenjenal mental porque me vendió la moto de que cuando conocías al hombre de tu vida una certeza absoluta te invadía sin dejar ni el más mínimo espacio para la duda: sabías que era el hombre de tu vida y que te querías casar con él. Sé lo idiota que suena esto ahora, pero si te lo cuentan así cuando tienes 12 años en 1985 pues te lo crees. 


La cuestión es que me pasé mi niñez, adolescencia y juventud buscando ese relámpago de consciencia que iluminara el camino de mi futuro de una manera clara. Un relámpago que, por una parte, constituyera una obligación que tendría que cumplir pero, al mismo tiempo, me liberara de tener que decidir: si el luminoso decía que era por ahí, pues era por ahí. 



«Hazme una vocación». 


Tengo amigos que en su día sintieron una vocación clarísima de ser profesores, médicos o toreros. Conozco gente que en algún momento de su vida, como Trini o Park Chan-wook, supieron claramente a qué quería dedicarse el resto de su vida. Tengo un amigo que ya en el instituto, desde tercero de BUP, tenía la determinación de ser escritor. No tengo ninguna amiga monja, pero he tenido el suficiente contacto con monjas para saber que hay gente que cree que ése es su lugar en la vida. Todos ellos lo sabían con una certeza absoluta, no podían dedicarse a otra cosa, hacer algo distinto, trabajar en otra actividad. Vivo ahora rodeada de periodistas, de todas la calañas, pero algunos de ellos lo son con auténtica vocación y devoción. A veces, y sé que está mal por mi parte, me mofo de ellos porque me parece un poco ridículo esa idea casi mesiánica que verbalizan en alto, pero si supero esa burla inmerecida me admira ver cómo se puede sentir ese aprecio casi corporal y espiritual con tu actividad profesional. «Yo es que soy periodista». También tengo amigos a los que la vida real les ha roto en añicos su vocación. Amigos médicos y amigos profesores que siempre supieron que querían dedicarse a la medicina o la enseñanza, que se han dejado la piel, las fuerzas y las ganas para conseguirlo y trabajar en ello y, ahora, me parte el corazón verlos sufrir, replantearse si se equivocaron, si no valen, y acompañarlos mientras deciden si ese desgarro en su vocación podrá ser remendado o si abandonan.  


«Hazme una vocación»


Llevo días dándole vueltas. Durante mis paseos por la montaña he escaneado mi vida intentando encontrar un momento de inspiración, de claridad de objetivos o de planes. Y puedo afirmar que yo nunca he tenido vocación de nada. Durante mi infancia hubo unos años en los que fantaseé con ser arqueóloga, pero aquel interés bastante superfluo y poco concreto no podría calificarse de ninguna manera como una vocación. Estudié Geografía e Historia porque, de todas las asignaturas de COU, Historia del Arte era lo que más me gustaba, pero nunca quise ser ni profesora ni investigadora. Empecé a trabajar en televisión porque me surgió la oportunidad, pero sé que si me hubieran llamado para trabajar en una editorial, una consultoría o cualquier otra cosa hubiera dicho que sí. Ni siquiera tuve nunca vocación de ser madre: me pasé toda mi infancia y juventud diciendo que yo nunca tendría hijos. Luego me decidí porque pensé que era el momento, que tenía 30 años, casa y marido y que si lo dejaba mucho más iba a ser muy vieja para tener hijos. Sé lo idiota que suena esto ahora, pero en 2003 con 30 años, así lo sentía. Tampoco quise nunca ser escritora o escribir: comencé a escribir porque me aburría en el trabajo. Ahora trabajo en algo que me encanta y a lo que llegué a base de escuchar mucho y dar una turra infinita en redes. Nada de lo que he hecho en la vida ha surgido de un impulso cristalino, ni de una claridad mental sin fisuras, nunca he sentido nada ni remotamente parecido a una vocación. O eso creo, porque no sé cómo se siente eso.  


Cuando le daba vueltas a esto pensaba en la fe, en cómo yo me pasé 18 años fingiendo que tenía fe porque era lo que vivía a mi alrededor, porque era lo que tenía que hacer, porque, bueno, a lo mejor la fe consistía en esto, en fingir que te creías lo que te contaban, que había un Dios, un cielo, un infierno, que ser bueno tendría premio y ser malo un castigo. Supongo que lo fingí esperando que se convirtiera en verdad, que alguna vez se convirtiera en algo que no me requería esfuerzo porque estaba ahí. Eso nunca pasó, claro. Me cansé de fingir y a otra cosa mariposa y tan feliz pero me intriga la gente que cree con certeza absoluta. Me pregunto cómo se siente eso. 


No sé qué pretendo con esta reflexión. Creo que sencillamente me apetecía dejar por escrito esta certeza, la de que hay cosas en la vida que les ocurren a otros y que yo nunca sabré cómo se sienten, cómo se saben. 


¿Tener vocación de jubilada cuenta? 





domingo, 28 de abril de 2024

Cosas que ya no seré

Son las diez de la mañana y llueve. Clara duerme y María está fuera, se ha ido de viaje. He desayunado hace un rato: un té con leche, compota de manzana con yogur y avena y un trozo de bizcocho de calabaza que preparé el jueves echando la harina a ojo. A pesar de eso está rico. Como María no iba a estar lo hice con harina de trigo normal, caducada desde 2017 y, ahora que nadie me lee, voy a decirlo: las cosas sin gluten jamás están al nivel de lo que lleva gluten. Son comestibles, más o menos tolerables, pero nunca están ricas de relamerse. Antes de desayunar he hecho deporte y aún no me he duchado ni vestido. Desde mi sofá veo gente caminar por la calle, entrar y salir del metro y me parecen superhéroes: ya están duchados, vestidos y han conseguido reunir las fuerzas suficientes para salir de casa. Mis respetos. Yo me estoy mentalizando para, dentro de un rato, salir a hacer unos recados que no puedo seguir postergando. Llevo semanas haciéndolo, esperando que su necesidad, su urgencia, se desvaneciera o que alguien, un hada madrina, un genio de la lámpara, un mayordomo, un siervo, un esclavo, alguna de mis dos hijas se hiciera cargo de ellos, pero eso no ha pasado y ha llegado el día de solucionarlo. Planeo una operación quirúrgica: salir de casa, coger el coche, ir a los recados y volver para no salir más hasta mañana. 


Esta es mi vida hoy. El otro día, mientras veía una serie con mis hijas, de repente, salido de ninguna parte, tuve uno de esos momentos de revelación que contados en alto suenan ridículos. Tú misma te dices: «pues claro, ¿y ahora te das cuenta?» Pensé que de manera inconsciente o como un ruido de fondo en mi mente llevo toda la vida imaginándome de mayor. Algo como «en algún momento me convertiré en una mujer elegante, que lleva siempre la camisa blanca perfecta, sabe siempre qué meter en la maleta de mano para estar preparada para cualquier compromiso. Seré alguien que no pierde el control, que habla en un tono sosegado, tranquilo, controlando la situación. Sabré llevar tacones y me gustará madrugar». Resulta que ya tengo edad de ser esa mujer y no lo soy. Soy otra que se parece bastante poco a eso que había imaginado, pero lo que me sorprendió no fue esta constancia sino darme cuenta (pero ¿no lo habías pensado antes?) de la cantidad de cosas que ya nunca seré. 


Y no pasa nada.


Ya nunca seré madre de familia numerosa ni celebraré unas bodas de oro. Todavía estoy al borde de poder ser una persona que pueda celebrar unas bodas de plata, pero no confío en ello. Nunca seré alta ni me gustarán los yates. Ya nunca podré ser escritora para The New Yorker ni llegaré a ser cocinera ni tener un restaurante. No es que haya querido nunca ser alguna de estas cosas, pero la cuestión es que ya no existe esa posibilidad. Nunca seré una mujer elegante ni destacaré por mi discreción. Algo bueno es que ya tampoco podré ser una abuela joven. Tampoco seré nunca campeona olímpica ni de mi barrio, algo que tampoco me preocupa mucho porque tengo la misma competitividad que una almeja. (Seguro que ahora llega alguien y me dije que las almejas luchan a muerte por lo que sea que pueden luchar las almejas). Hablando de bivalvos, tampoco seré nunca una científica destacada ni del montón porque, en realidad, la Ciencia me marea, me apabulla y aunque este pueda ser un buen motivo para enfrentarme a ella, diseccionarla y quitarme el miedo, voy tarde para convertirme en una eminencia. Tampoco seré nunca funcionaria de la Unión Europea, ni conservadora del Museo del Prado ni bibliotecaria en la Biblioteca Nacional, algo con los que fantasee vagamente cuando terminé la carrera y que se olvidó cuando empecé a trabajar y la vida laboral absorbió toda mi energía. Nunca seré camionera, ni tendré mi propia empresa ni publicaré un libro de recetas. Tampoco diseñaré mi propia ropa o inventaré algo que salve al mundo o que, al menos, sea atractivo para que una big tech me pague una pasta endemoniada por la patente. Nunca seré cantante, pintora o poeta. Tampoco bailaora, trapecista, princesa o dentista, piloto de rallies, auditora, estilista o peluquera. Nunca iré de luna de miel a Bora Bora ni escalaré el Everest para superarme a mí misma. Ya no podré tener una beca de Amancio Ortega, ni del Icex, ni siquiera una Fulbright aunque todavía estoy a tiempo de conseguir las que dan para la Real Academia de España en Roma. Ya nunca seré una joven escritora exitosa, ni una joven poeta ni una joven nada. Si acaso, tengo posibilidades de ser alguien «descubierto en su madurez». Ya nunca haré un erasmus, ni un interrail ni haré prácticas. Ya no puedo ser becaria en Bruselas como estuve a punto de ser hace treinta años, cuando dije que no porque pensé que ese verano no me venía bien pero que ya habría otros. No los hubo ni los habrá. Por otro lado, nunca más me preocupará qué opina un hombre de mí o si le gusto o no. Tampoco nunca más tendré miedo de estar perdiéndome algo fundamental para mi existencia cuando diga que no a un plan porque lo que quiero es quedarme en casa sin hacer nada más que estar en casa. Ya nunca me importará la ropa que llevo puesta, si llevo el bolso adecuado o si a alguien le importan mis uñas. Ya nunca me importará si soy bajita, si mis brazos se ajustan a lo que dicta la norma o si el escote que llevo es adecuado. ¿Adecuado para quién? Eso sí: ya nunca podré salir dos días seguidos ni curarme la resaca con un menú Big Mac y un visionado de Cuando Harry encontró a Sally. Tampoco seré capaz, nunca más en mi vida, de acostarme a las cuatro de la mañana y levantarme a las siete para pasarme el día esquiando. De hecho ya nunca hago esas dos cosas ni siquiera por separado.


Ya nunca nadie escribirá un titular refiriéndose a mí como «La joven promesa». 
Y no pasa nada. 
Siempre hay tiempo para todo. Si quieres, estás a tiempo. No es verdad. No hay tiempo ni siempre es el momento para todo. Es un pensamiento que ni siquiera me resulta tranquilizador ni agradable. A mi el infinito me sobrepasa, me supera, me agobia. Saber que tengo infinitas posibilidades me parece, además, una carga mental casi inaguantable. Si puedo, si estoy a tiempo de conseguir, de ser todo lo que me proponga y no lo hago… ¿estoy desperdiciando mi vida? ¿Lo estoy haciendo mal? No. Prefiero pensar que mi vida es como una gran casa que voy recorriendo mientras vivo. Durante estos cincuenta y un años he ido abriendo puertas, en algunas habitaciones he entrado y de ahí he seguido abriendo otras puertas que me han llevado a donde estoy hoy. También me asomé a otras pero lo que vi no me gustó o pensé «ya volveré aquí» sin saber que eso era imposible. Y hubo otras que ni abrí y a las que no puedo volver. Tampoco es que las opciones dejen de ser innumerables, sigo teniendo muchas para elegir pero tranquiliza pensar que hay otras que ya no están disponibles, que caducaron, como las promociones de internet (menos las de EL PAÍS, que esas no terminan nunca). 


Mi vida, ahora mismo, es ésta. Sábado por la mañana. Interior casa. Clara se ha levantado y oigo cómo la cucharilla golpea la taza de leche en la que seguro está mojando el bizcocho de calabaza con gluten. 


Ya no llueve. 


Tengo que salir a hacer recados. Soy una persona que, un sábado por la mañana, hace recados y escribe.