martes, 19 de febrero de 2019

Este va a ser un mal post

Este va a ser un mal post. Va a ser malo porque lo escribo para desatascar mis tuberías mentales por las que últimamente no salen nada más que frases sin sentido, ideas enrevesadas que no sé desenredar y pensamientos con poso negro. Mi cabeza se parece a mi cafetera, esta mañana el café que ha salido de ella era denso, muy negro y además se ha atascado a la mitad. Esta tarde, cuando llegue a casa,la fregaré a conciencia, rascaré todos sus conductos y veremos si mañana tengo más suerte. Lo mismo hago con este post, que no va a ser bueno, ni pasable, ni siquiera interesante. Lo escribo para limpiarme con la esperanza de que eso, como una cama con sábanas limpias, llame a la inspiración. Necesito borrar las ideas que  tienen obturada mi inspiración y que no van a destilarse en nada medianamente decente. Lo sé porque ya lo he intentado. Son malas ideas pero no quieren irse, están ahí haciendo bola. Este va a ser un mal post porque no quiero escribir sobre mis hijas, que están insoportables, porque el tobogán emocional de quererlas y odiarlas, sí odiarlas, me tiene aburrida y exasperada. Es como vivir con un yonki y tener que plegarte a sus estados de ánimo para que, a pesar de todo, siga confiando en ti aunque sepas que se está aprovechando. No quiero escribir sobre la alocada pero posible teoría que mi cabeza ha elucubrado sobre los articulistas gallegos. ¿Y si todos son el mismo?  ¿Alguien se ha dado cuenta de que todos escriben igual? Fantaseo con la idea de hackear los ordenadores de los periódicos en los que escriben y cambiar los nombres que encabezan las columnas. Me juego una mano a que nadie se daría cuenta. No sé si esto es así porque todos son gallegos y eso de alguna manera deja poso o, quizás, más alocado aún, todos los artículos son creaciones de un mismo algoritmo. No lo sé y no quiero escribir sobre ello. 

Este es un mal post porque lo escribo con miedo. Salto al vacío de escribir porque llevo una semana sin escribir nada y entre escribir algo malo y dejar de escribir por completo, me da más miedo dejarlo del todo. Entre las llamas y el vacío, elijo el vacío. 

Este es mal post pero como un solo Anónimo se atreva a decir «te lo podías haber ahorrado», le arranco la cabeza. Una cosa es que no se me ocurra nada y otra cosa es que tenga ganas de aguantar a idiotas. Y no escribir me vuelve agresiva. Advertidos estáis.  


martes, 12 de febrero de 2019

12 de febrero. Cuarenta y seis años.


Este ha sido el año de pensar que estoy a mitad de tener una vida, con mucha suerte, de noventa años. De pensar que ni de coña llego a esa edad. De desesperarme de dolor de hombro hasta que decidí operarme y después de eso desesperarme pero con esperanza. De los días iguales. Hace cuatro años, solo cuatro, este mismo día quería morirme casi todo el tiempo y este año lo he contado en un libro que no me ha traído nada más que cosas buenas y bastante estrés. Gracias Oihan, Luis, Juan, Xavi y Nuria.  De Los editores, psar, por fin, una librería y saber cuándo entras pero no cuándo saldrás. De conocer a Manuel Vilas, caerme fenomenal y que su libro estrella no me gustara nada. De ir al teatro con bastante éxito: El tratamiento, Los Mariachis, El precio. De pasear por Madrid y seguir pensando que, a pesar de todo, no me gusta. De imaginar vivir en casas con vista al Retiro y aún así pensar «sí, pero me gustaría más vivir en Los Molinos». De volver a firmar en la Feria del Libro.  De Valencia, gracias Anna. De Barcelona, gracias Paula. De reencontrarme con las responsables de que Cosas que (me) pasan exista.  De descubrir que, contra lo que siempre había creído, en un paisaje desértico puedo estar bien. De pensar que quizás en Fuerteventura podría escribir algo acordándome de Lucía Berlín. De descubrir Portugal. De ir a Londres en un viaje relámpago en el que casi conozco a Idris y encontrarme, en Barajas, con una lectora de sonrisa deslumbrante a las seis de la mañana. De Soria y de Palencia.  De desesperarme porque cada vez hay menos nubes, menos lluvia, menos gris. El tiempo cada vez es más instagram y menos de verdad. De ir a tanatorios y consolar a amigos que se volvían de corcho.  De decir adiós a Ramón. De ver, otra vez, más películas de las que puedo recordar y seguramente más de las que necesito ver.  De dejar de escuchar la radio en directo por completo y volverme adicta a los podcasts: In the dark, Serial, The great God of Depression, New Yorker Radio Hour, The Guardian, Nadie sabe nada, Todopoderosos, Música y significado. De desesperarme con la adolescencia. De, por primera vez en mi vida, echar de menos a mis hijas cuando no están conmigo. De perder el control sobre mi armario: lo que hay en él ha pasado a ser también de mis hijas. De empezar a pintarme las uñas. De escribir ficción alocada en inglés porque sé que no la lee nadie salvo mi profesora de inglés. De ir con María a su primera manifestación. De discutir con María por casi todo. De discutir con Clara por casi todo. De plantearme más de una, más de dos y más de tres veces si me había quedado sin temas para escribir. De darme cuenta más de una, más de dos y más de tres veces que si me relajo y no lo pienso siempre se me acaba ocurriendo algo. De discutir en el trabajo. De tener una sobrina nueva. De aficionarme al fútbol femenino tanto como para conocer el nombre de algunas jugadoras pero no lo suficiente como para no blasfemar los sábados por la mañana de camino a Pinto a las ocho de la mañana. De descubrir a Roberto Bolaño a pesar de no tener pinta de que me gustara y a Lorrie Moore.  De leer un comic, escribir sobre él, acabar conociendo a la autora y salir en la solapa de la tercera edición. gracias Ximena y Paula. De ver en directo a Vivian Gornick y querer ser como ella, llegar a los ochenta años y viajar por el mundo hablando de libros que escribiste hace 40 años. De guardar su libro dedicado. De aprender de vino. De echar de menos nadar. ¡Maldito hombro! De tener la sensación, todo el tiempo, de que no tengo tiempo para leer. De pensar que no quiero morirme, no ahora ni en los próximos meses ni años. No me quiero perder la vida. De pensar en volver a escribir cartas a mano, dudo entre si buscar voluntarios o víctimas. De tener ganas de saltar a discutir y luego pensarlo y decir: ¡bah, qué pereza¡ De pensar «ey, ya soy una señora mayor y no está tan mal». De cruzar los dedos para vivir otros cuarenta y cinco.




jueves, 7 de febrero de 2019

Que me dejes en paz con la comida

Quiero pensar que lo hacen con buena intención pero son un coñazo. No pasa un día sin que haya una columna sobre lo mal que comemos, lo mal que hacemos la compra, el azúcar que como drogadictos nos metemos en vena, lo poco que nos preocupamos sobre lo que comen nuestros hijos y el poquito esfuerzo que nos costaría si, de verdad, quisiéramos alimentarnos siguiendo los esquemas, dibujos e infografías que día sí y día no tratan de embucharnos como si fuéramos ocas en periódicos, televisiones, revistas y redes sociales. 

Me aburro. Me aburro muchísimo. 

Hay que comer bien, claro que sí. Es importantísimo llevar una dieta equilibrada y no atufarse chucherías y caprichos a cascoporro todos los días. A mí y a los de mi generación nos lo gritaban nuestras madres: ¡no se comen guarrerías y de merienda bocadillo de chorizo! El Bollycao, la Copa Danone de chocolate era un lujo que agradecíamos con albricias, emoción y saboreando el último bocado hasta que se perdía para siempre por nuestro esófago porque sabíamos que ese placer tardaría en repetirse. Ahora, echarte una cucharada de azúcar en el café es un pecado mortal, una falta de criterio, de  conocimiento, una muestra de ignorancia que hace que muchos divulgadores levanten la ceja en plan: ¡Por favor! ¡Ojalá se te caiga la cara de vergüenza por tomar azúcar! O por hacer el bizcocho con harina normal o por echar chorizo a las lentejas o por tomar pan de molde. 

Entiendo que hay que remover conciencias, explicar que es absurdo comprar un envase con ensalada preparada cuando puedes hacerla tú y por el mismo dinero. Entiendo que hay que explicar que cuando pone sin azúcares es un truquito de marketing y otras cuantas cosas importantes pero esta campaña de acoso y derribo, de culpabilización total y absoluta de la gente, de acusación más o menos velada de ser unos zopencos nutricionales ¿es necesaria? y más importante aún ¿es efectiva?  ¿Hacer que la gente se sienta culpable por cocinar macarrones con chorizo en vez de pasta integral salteada con puerros es una buena estrategia? Es más, no pasa nada por comer macarrones con chorizo. 

Son pesadísimos, unos plastas y además viven en otro planeta, en un planeta donde a todo el mundo le gusta la verdura y los garbanzos, en un planeta donde el gusto por comer, la golosonería, el darse un capricho está prohibido porque ¡Eh, tú, que te estás matando por comerte esa palmera de chocolate y estás acabando con tus hijos por dejarles desayunar galletas María! En un planeta donde hacer un bizcocho integral con harinas de grano entero y otros mil ingredientes difíciles de encontrar es "fácil" porque ellos lo han hecho y han colgado un vídeo. A ver, campeón, tú tienes tiempo hasta de grabarte haciendo un bizcocho, la mayoría de la gente cocina mientras tiende la lavadora, plancha, intenta solucionar alguna gestión por teléfono, atender a sus hijos o no llorar de agotamiento. 

Tienen buena intención y una misión loable y necesaria pero creo, sinceramente, que lo están enfocando mal, terriblemente mal.  Están dando tanto el coñazo, están acusando tanto a la gente de comprar a tontas y a locas, de no preocuparse por su salud, de involucrarse poco en la alimentación de sus hijos, de casi estar envenenando a sus churumbeles por darles un zumo de merienda que nos tienen hasta el moño. 

Cada vez que veo una nueva columna, post, artículo o lo que sea, me veo contestando como mis hijas hacen conmigo cuando les doy la brasa: «¡que sí, que ya lo sé, pero déjame en paz un rato!»