viernes, 1 de mayo de 2015

Una historia verdadera, el primer bar que se fue


Cada vez que paso por delante, de camino a la Estación o bajando al pueblo, me sorprende que ya no esté. Bueno, estar está. Es una casa de granito típica de Los Molinos, justo enfrente del buzón, a mano derecha cuando bajas y a la izquierda cuando subes y enfilas el último trecho de cuesta; el trecho en el que cuando iba en bici me sentía latir el corazón y me prometía a mí misma que aguantaría sin bajarme de la bici y eso querría decir que el chico que me gustaba me haría caso. (¡Bájate de la bici, pequeña Moli!, eso no funciona nunca, nunca te hacen caso). 

La casa está. Es gris, maciza, con cubierta de tejas y un muro de piedra, con una verja verde, que hace de tapia. La puerta de la casa está en medio de la fachada, con ventanas a los lados. Es la casa que dibujas cuando no sabes dibujar casas, la casa ideal, la idea que aparece en tu cabeza al decir “casa”. 

El edificio permanece, incluso el toldo verde de aquellos años sigue intacto, recogido en la pared; pero ya no es. Paso, miro, veo y pensándolo ahora creo que es como mirar un cadáver: está pero ya no es. Y siempre la misma sensación de sorpresa, de incredulidad aunque hayan pasado 20 años. 

La Perla. Así se llamaba, "Bar La Perla". ¿Por qué le pondrían ese nombre? En aquellos tiempos ni me lo planteaba, ahora lo asocio al relato cursi de Steinbeck, a collares, a ostras... pero ¿por qué un bar en Los Molinos tenía ese nombre? Nunca lo pensé. El bar lo regentaba Pepe "Perla" y su mujer, Carmen "Perla", estaba en la cocina ayudada por su madre, creo recordar que se llamaba Palmira y que debía tener 120 años. 

Al bar se entraba por la puerta de la fachada y era un local lúgubre y oscuro. Atestado de humo siempre, el humo de los pitillos (¿por qué ahora se dice cigarros?) y el de la cocina, a los que en invierno se sumaba el de la estufa que calentaba el comedor.  A la izquierda estaba la barra en un extraño ángulo, dejando un pequeño pasillo en el que apenas cabía una mesa entre la barra y la fachada de la casa. 

La barra era territorio de Pepe: culé hasta la médula, cascarrabias, enfurruñado y tacaño de manera legendaria; "eres más rata que Pepe Perla" decíamos. Lo recuerdo con el pelo peinado con raya al lado, muchas arrugas y siempre una chaqueta de lana, una rebeca como se decía entonces, o un jersey de pico. Lo recuerdo mayor pero si ahora hago los cálculos es posible que cuando yo le conocí no tuviera más de 45 años. Los niños le teníamos pavor porque siempre nos recibía con un bufido: ¿Qué queréis ahora? ¿Un vaso de agua?  ¿Y por qué no bebéis en vuestra casa? 

Nos sentíamos extrañamente poderosos cuando podíamos entrar con una moneda de 5 duros, esperar a que ladrara, ¿Qué queréis ahora?, y entonces levantar el dinero triunfantes y decir: 5 Koyak. El dinero amansaba a Pepe. 

Más allá de la barra, a la derecha, se extendía el comedor: mesas de madera oscura, con sillas a juego y al fondo la televisión de esquina subida a una estantería. Siempre puesta, siempre las noticias, o el fútbol o informe semanal. 

En las mesas, si no era la hora de comer, se sentaban los jugadores de dominó y cartas. Los de dominó nos fascinaban. Hombres grandes, con barba, fumando y bebiendo sin parar concentrados en jugar a algo que a nosotros nos parecía casi de niños pequeños. Golpeaban con fuerza la mesa con las fichas, unos golpes terribles dados con mucha rabia y se gritaban cosas horribles, enfurecidos. No entendíamos nada, pero cuando jugábamos en casa también dábamos golpes y decíamos cosas como: ¡cierro los pitos! y nos entraba la risa. 

¿Alguien juega todavía al dominó en los bares? 

Pasada la barra, a mano izquierda, una puerta que siempre estaba abierta daba a un pasillo estrecho en el que estaba el teléfono y que llevaba a la cocina, los dominios de Carmen. Allí había luz, no recuerdo si natural, que entraba por las ventanas de la fachada posterior, o de bombillas siempre encendidas. Siempre había humo también, y olor a patatas fritas, a huevos, a filete de ternera a la plancha y a tortilla de patata. 

Cuando llegábamos el sábado a mediodía, muchas veces íbamos a comer allí: 

- Pepe, ¿podemos comer? 
- Por mi no, pero a ver qué dice Carmen. 

Carmen siempre decía que sí y siempre comías lo mismo: sopa castellana, tortilla, filete o huevos. 

La Perla era un ancla, un clásico, un sitio que no podía desaparecer. Pepe siempre amenazaba con jubilarse, cerrar el bar "porque esto no hay quien lo aguante" y marcharse. Nosotros, niños, no le creíamos, ni lo pensábamos, era algo imposible y si ocurría sería en un futuro muy muy lejano. 

Ahora vivo en ese futuro muy lejano, Pepe murió y Carmen es una ancianita a la que hace tiempo que no veo. La Perla ya no existe y cada vez que paso por delante me sorprende que ya no exista. Muchos otros bares y lugares han desaparecido de mi vida, pero La Perla fue el primero y el hecho de que el edificio permanezca intacto lo hace aún más raro... 20 años después. Es al mismo tiempo un recuerdo de mi niñez y un recordatorio de que nada es lo mismo. Al pasar por delante conduciendo mi propio coche me siento como la niña de 12 que echaba los pulmones en su bicicleta para llegar y pedirle un vaso de agua a Pepe. 


¿Es que en tu casa no hay agua?

miércoles, 29 de abril de 2015

Elsa Pataky y las portadas que ofenden



Voy en el coche por Madrid pensando en mis cosas, escuchando música, me paro en un semáforo y veo a Elsa Pataky decorando una parada de autobús. Pienso que está muy mona, que le han metido demasiado photoshop en los muslos y que tiene una postura tan natural como comerse las uñas de los pies haciendo el pino. 

Sigo conduciendo hasta el siguiente semáforo. Otra parada de autobús. "Elsa Pataky, tres hijos y este cuerpo" y una flechita dicharachera que marca el camino directo para ser como ella: "Mami en forma, apúntate a su entrenamiento de alta intensidad". 

Siento que una hostilidad de alta intensidad empieza a subirme desde las uñas de los pies, intento controlarme, respirar hondo, inspirar, pensar en pinos, en mi lugar secreto... pero no puedo. Es superior a mí, de algún escondite secreto en mi paraíso privado e imaginario surge una ola de indignación armada con un lanzallamas y combustiono gritando "PERO ¿QUÉ MIERDA ES ESTA?".

Oigo bocinazos fuera, estoy tan ofuscada que no he visto que el semáforo ha cambiado. Ya da igual, voy parando en cada uno que puedo, la Pataky está por todos lados, me persigue y en cada nueva luz roja un nuevo motivo de hostilidad me salta al encuentro.

"Operación cañón. Pierde kilos y ponte fit en tiempo record". A ver, la revista se llama Women´s Health, voy a ser buenísima, buenísima, buenísima y voy a pensar que de verdad es una revista pensada para la salud de las mujeres. ¿Operación cañón? Ni siquiera operación ponte en forma, u operación ponte en marcha. No, operación cañón, que ni aún siendo buena hasta caerme muerta tiene otra traducción que "Operación ponte buenorra para atraer machos perdiendo esos kilos que te sobran, vacaburra".  ¿Ponte fit? ¿Fit? 

El siguiente titular en importancia que revolotea alrededor de los pechos de Elsa es "El ABC del sexo. Todo lo que no te atreves a preguntar". Confieso que estoy tentada a parar el coche y comprarme un ejemplar de este panfleto horroroso sólo para comprobar si es posible que alguien que escribe estas mierdas me enseñe algo sobre sexo. Nunca es tarde para aprender algún truco nuevo, aunque la poca originalidad del titular me hace sospechar que el artículo no irá más allá de cosas como "cuando tu pareja esté llegando al orgasmo acaríciale el interior de la oreja y verás cómo se retuerce en oleadas de placer". Y eso, ya lo sé. 

Siguiente gancho para comprar la revista que atisbo al aparcar ya en mi casa: "Domina tu apetito. 7 pasos para no picar entre horas". Atención al verbo "Domina", no es controla, ni siquiera es "ten a raya", es "Domina tu hambre de vacaburra". Veo a la redactora embutida en mallas negras y con una fusta. Y tampoco son 7 trucos, que suena más ligero: son pasos. Me los imagino: no compres comida, átate las manos, ponte un bozal, escribe con tu sangre en las paredes "A Dios pongo por testigo que no volveré a ingerir nada sólido", tapia la puerta de tu cocina, ponle un candado a tu nevera, adiestra a tu perro para que te devore. Desde luego son pasos efectivos, eso no lo dudo. 

Ellos, las mentes malvadas, malignas y completamente miserables que hay detrás de esta revista sí tienen dudas sobre los 7 pasos y, justo después, ponen un titular que dice "(Des)cuenta calorías. Descubre por qué engordas". Sé que tengo la mente sucia, muy sucia... pero yo después de ese "por qué engordas" escucho "vacaburra, que no has seguido nuestros 7 pasos. Vamos a ver si haciéndote ver cómo te atiborras y cómo se saturan tus arterias dejas de devorar". Todo muy educativo y muy "healthy"

Al final de la página vienen los titulares de consuelo: si no vas a ponerte cañón, ni ser una mami en forma, ni seguir los 7 pasos y por tanto vas a seguir siendo gorda, y de sexo ni hablamos, los redactores tienen un gesto magnánimo contigo y para que aún así compres la revista y veas, veamos todos, que no es una revista para fomentar la anorexia y el culto al cuerpo, colocan estos dos titulares. 

"Belleza natural. Cómo verte bien desnuda" y "9 looks para acertar con el chándal". A lo mejor soy yo, que soy especial, pero no entiendo que nadie con dos dedos de frente  tenga el más mínimo interés en dos titulares como estos. ¿Cómo verme bien desnuda? Pues obviamente queriéndome mucho, no preocupándome de lo que una sarta de majaderos opinan de mi cuerpo y, desde luego, pasando por alto alegremente, ¡alehop!, no ser un cañón ni una mami en forma.

"Acertar con el chándal" es algo que en mi lista de prioridades vitales está justo por debajo de aprender a hacer el monasterio del escorial con palos de polo y muy muy lejos de aprender a torturar a alguien arrancándole las uñas. 

Llego a casa y, como no tengo lanzallamas, escribo este post y por curiosidad busco la cifra de ventas de este panfleto ofensivo, ridículo y machista hasta el infinito. No lo encuentro, pero encuentro algo más ofensivo, ridículo y machista; la presentación de la revista. 
"Women’s Health es la única revista femenina de estilo de vida en España que inspira a sus lectoras y las ayuda a sacar el máximo partido a sus vidas de una forma saludable. Porque nosotras, como tú, como cualquier mujer, SOMOS PERFECTAMENTE IMPERFECTAS. Soñamos con tener una vida saludable y que nos llene, un trabajo enriquecedor, un cuerpo sano y bonito (…y un armario que le haga justicia), una pareja que nos complete… Todas perseguimos nuestros sueños y cada vez estamos más cerca de alcanzarlos… Siempre a nuestro ritmo… Sin renunciar a ser como somos. No queremos convertirnos en otra mujer, sino ser la mejor versión de nosotras mismas. Y para eso llega a España Women’s Health, para sacar lo mejor de ti… para estar a tu lado en el camino de lograr TU MEJOR VERSIÓN".

"Perfectamente imperfectas" "Tu mejor versión", que pasa por obsesionarte por tu aspecto físico y tu cuerpo. 

Qué asco.

Qué asco disfrazar de salud lo que no es más que culto al cuerpo. 


Si algo me jode en la vida no es que me digan un piropo, ni me miren las tetas, es que me traten como si fuera una niña imbécil.

lunes, 27 de abril de 2015

La primera vez


La primera vez no se lo esperaba. De hecho, no podía creérselo. Era imposible. Bueno, no era imposible, claro que no, pero no pensó que fuera a pasar. Era posible pero altamente improbable. 

Le pilló tan por sorpresa que sintió que el mundo entero frenaba en seco mientras ella salía disparada a una enorme velocidad sin posibilidad de parar ni de agarrarse a nada. Fue raro porque al mismo tiempo le pareció que sus pies se habían pegado al suelo y que todo había empezado a girar a su alrededor, sin formas, ni caras, ni nada reconocible, solo haces de luz dando vueltas. 

Le faltaba la respiración. Todo su mundo, el que había construido, aquel en el que creía que vivía se había esfumado. Tenía que haber algún error. No podía estar pasando esto. Sintió que se ahogaba. 

Su mundo se había hecho pequeño hasta convertirse en una sola habitación, una cocina. Pequeña, blanca. Pasado un tiempo, horas, días, cuando dejó de temblar, consiguió alcanzar el centro de la habitación, apoyarse en la mesa y sentarse. 

La habitación tampoco era ya su lugar seguro, se iba haciendo cada vez más pequeña, más asfixiante, más claustrofóbica. Sintió que sólo en aquella silla estaba a salvo.  

Intentó, en el tiempo que siguió a aquello, encontrarse cómoda, hacerse un lugar. Abstraerse, intentar no mirar más allá, no pensar, no sentir y olvidarse de todo lo que había creído hasta entonces. Si dejaba de creerlo dejaría de doler. A lo mejor. 

La segunda vez fue peor. A pesar de no pillarla por sorpresa no le hizo menos daño, le dolió más. Esta vez no sintió el mundo girar, esta vez ya no había mundo; sólo un vacío inmenso en el que no había aire suficiente para respirar. Como siempre le pasaba en los peores momentos, se echó a reír, se veía como un pez naranja, boqueando en un intento de encontrar el oxígeno que necesitaba para vivir, incrédula ante la sensación de no encontrarlo. 

No podía ser. Pero era. 

Consiguió mantenerse en la silla a duras penas. Intentó quedarse ahí, encontrar en el poco aire de la habitación el suficiente aliento para vivir. Se dobló sobre su dolor y se obligó a comer, a hablar, a intentar dormir, a reír, a hablar. El mundo que ella ya no veía seguía ahí, tenía que conseguir reunir las fuerzas suficientes para ponerse en pie, caminar y llegar a la puerta para salir. 

No pudo. Ahora ya no eran por sorpresa, ni grandes impactos o golpes. Eran pellizcos, arañazos o roces. Cada uno de ellos hacía que se escurriera un poco más de la silla. Perdió el criterio ¿había sido un arañazo o un roce? ¿Y si era sin querer? A lo mejor no se daba cuenta. 

Un buen día se descubrió tumbada en el suelo. ¿Soy yo? Claro que era ella o por lo menos una versión de si misma. Agarrotada, encogida, acojonada, atemorizada y pequeña. Siempre temblando, siempre con frío. Queriendo ser vista pero no mirada. 

No podía más. Sabía que no podía más. 

Le reventó el corazón y le dolió infinito pero al pensarlo se dio cuenta de que ni de lejos le ardía el alma como la primera vez; la vez en que dijo "es imposible". 

Con ese pensamiento se arrastró por el suelo. Volvió a reírse, se escurría por el suelo moviéndose como una gamba. Recogió todo lo que era, todo lo que había sido y sería. Llegó a la puerta. 

Salió.

Se sentía ligera. Había empezado a dejar de doler. 

Estaba lejos pero llegaría.