sábado, 9 de octubre de 2021

Lecturas encadenadas. Septiembre

Redoble de tambores, tenemos algo nuevo en este blog tan repetitivo y tan "centrado en mí" (como me reprochó un gran anónimo al que guardo un huequito en mi corazón por esa crítica tan perspicaz), algo que no había ocurrido nunca. Por primera vez, desde que escribo Lecturas encadenadas, solo he leído dos libros en un mes. Además, en un mes en el que no he parado en casa más que para dormir, mis dos lecturas han resultado ser claustrofóbicas, las dos novelas transcurren entre cuatro paredes. No voy a decir esa cursilería de "los libros te eligen" porque no tiene ningún sentido pero es curioso como en un mes en que yo he sido todo para fuera, mis dos protagonistas vivían dentro, enclaustrados casi. 

Ninguna de las dos lecturas es nueva así que no esperéis sorpresas aunque puede que si encontréis brevedad. O no. 

Un caballero en Moscú de Amor Towles llevaba pululando por mi casa años. Lo veía en la estantería, lo veía en manos de mi madre, El Ingeniero lo leyó en su club de lectura y yo pensaba: Ah, sí, tengo que leer esa novela. Además, hace muchos años yo había leído Normas de cortesía, del mismo autor, que me había gustado bastante. (Cuando digo muchos años, son muchos, antes de empezar con este blog "centrado en mi"). Al comenzar el mes y anticipando la locura de mes que iba a ser pensé que sería una buena lectura, una novela tranquila y agradable para cuando llegas reventado a la cama y lo único que quieres es ser capaz de leer cinco páginas sin pensar que no estás entendiendo nada. 

No voy a descubrirle nada a nadie pero Un caballero en Moscú es la historia de un noble ruso que, tras la revolución, y por culpa de unos poemitas que se consideran antirevolucionario es condenado a un arresto domiciliario en un hotel en el que pasa los siguientes treinta y cinco años de su vida. Un caballero en Moscú podría ser Robinson Crusoe y Los robinsones de los mares del sur (si tenéis churumbeles, por favor, ponedles esta peli) y una peli de James Bond y Narnia. El hotel es un sitio casi fantástico que permanece intacto y sumido en unas rutinas perfectas mientras el mundo a su alrededor y a miles de kilómetros se desmorona y cambia por completo. El mundo se vuelve del revés pero en el hotel no cambia nada. En parte sagrario, en parte parque temático, en parte isla incomunicada, en parte mundo perdido, el conde Rostov es el héroe, es Robinson, es James Bond, que consigue hacer de una situación lamentable una oportunidad de vida maravillosa en la que encuentra todo: amor, amistad y familia. 

«Porque era cierto: los tiempos cambian. Cambian sin cesar, de forma inevitable, con inventiva. Y a medida que cambian, hacen que resulten insólitos no solo los tratamientos honoríficos pasados de moda y los cuernos de caza, sino también los llamadores de plata y los gemelos de teatro de madreperla, así como todo tipo de artículos fabricados con esmero que hayan dejado de ser útiles.»

Antes fueron los cuernos de caza y los gemelos de teatro, ahora son los teléfonos fijos, las carpetas, el papel y el usted. 

Rostov no sale del hotel en treinta y cinco años pero todo su universo es luminoso, optimista, expansivo, Andrea, de Nada de Carmen Laforet sale de la calle Aribau pero todo su universo es oscuro, amargo, interno.  He vuelto a Nada porque en septiembre se cumplía algún aniversario de Laforet y me apeteció. Busqué por las estanterías y encontré un ejemplar, de la edición de Áncora & Delfín de 1946, que perteneció a mi abuelo, con su sello "José Luis García Rubio. Abogado" y su número de registro.  Más feliz que una perdiz con esa joya familiar oliendo a  libro antiguo me lancé a releer y descubrí que no recordaba nada. ¿Cuando no recuerdas nada de un lugar en el que ya has estado puedes decir que vuelves? 

«Me parecía que de nada vale correr si siempre ha de irse por el mismo camino, cerrado, de nuestra personalidad. Unos seres nacen para vivir, otros para trabajar, otros para mirar la vida. Yo tenía un pequeño y ruin papel de espectadora. Imposible salirme de él. Imposible libertarme. Una tremenda congoja fue para mí lo único real en aquellos momentos». 

No recordaba la miseria, la oscuridad. He tenido una sensación muy especial leyendo una historia que transcurre en 1944 en un ejemplar publicado en 1946. Las páginas casi amarillas con el olor de 80 años de estantería, me recordaban a la colección de novelitas románticas de mi abuela (ver mi charla con Loenlasnubes para saber su historia) que leí de adolescente. En aquellas novelitas cursilísimas había pobreza y miseria y tragedia y dramitas pero la damisela (costurera, cocinera, estudiante) siempre acababa con el galán tras un beso muy casto. Aquí no hay nada de eso. La casa de la calle Aribau encierra en su interior pobreza, ira, miseria, envidia, lujuria, desamor, cobardía, avaricia. Andrea llega a vivir allí y no es que pase a vivir una vida en blanco cuando está en la universidad y una vida en negro cuando vuelve a la casa, toda su vida se vuelve marrón, beige sucio. Ni siquiera cuando está fuera, cuando se hace amigos, cuando conoce vidas familiares en technicolor, cuando descubre la ciudad y se siente deseada consigue librarse de ese tono marrón que la está desdibujando, deshaciendo. Nada es un curioso nombre para una novela asfixiante, claustrofóbica, una novela de la que quieres escapar. Es casi una novela de terror, leyéndola he pensado en Siempre hemos vivido en un castillo de Shirley Jackson. 

«Yo tuve que sonreírme. En pocos días la vida se me aparecía distinta a como la había concebido hasta entonces. Complicada y sencillísima a la vez. Pensaba que los secretos más dolorosos y más celosamente guardados son quizá los que todos los de nuestro alrededor conocen. Tragedias estúpidas. Lágrimas inútiles. Así empezaba a parecerme la vida entonces.»

No puedo hacer planes para octubre. Ya veremos lo que leo. A lo mejor en la próxima entrega de lecturas encadenadas solo comento un libro y a lo mejor doy opción a algún anónimo a lucirse con un comentario lúcido y sagaz del tipo «vaya, ya no lees tanto, tanto que te hacías pasar por lectora». 

Y con esto y a punto de darme un paseo por las montañas, hasta los encadenados de octubre.


3 comentarios:

Anónimo dijo...

A mí me encantó el de Amor Towles.Lo leí en el confinamiento y fue muy terapéutico por su tono alegre y optimista.
“Nada” sin embargo ,me evoca un mal recuerdo de juventud.Enclaustrada, leyéndolo sin ganas porque era una lectura obligatoria del colegio y se me acababa el tiempo.Le tengo que dar una nueva oportunidad a ver si en la madurez me produce otras sensaciones.

Esther dijo...

Me encantó ese caballero en Moscú. Con ese gran recuerdo que tengo de ese libro leí El Grand Hotel Europa, y bueno...

Anónimo dijo...

Vaya, ya no lees tanto, tanto que te hacías pasar por lectora