viernes, 28 de febrero de 2020

Podcasts encadenados (VIII)



Empiezo esta sección hoy agradeciendo a Ximena Maier esta fabulosa ilustración que retrata perfectamente (obviando que yo jamás seré así de estilosa) como escucho yo la mayoría de los podcasts: conduciendo. Cuatro mil kilómetros al mes dan para muchísimas horas de escucha y para más de cien episodios al mes. No los voy a recomendar todos ni mucho menos pero hoy traigo unos cuantos. 

1.- Fake Heiress de la BBC.  ¿Qué es este podcast? Pues es una tv movie de las buenas de Antena 3, sin colores sobresaturados pero «basada en hechos reales». Se llama Falsa Heredera pero se podría llamar Ambición infinita o Poder sin escrúpulos y cuenta la historia de una joven de origen ruso que consiguió engañar a parte de la sociedad neoyorquina haciéndoles creer que era una rica heredera alemana que al cumplir veintiséis años heredaría una suma desorbitada de dinero. El podcast reconstruye su historia a través de entrevistas con gente que la conoció, gente a la que engañó sin ningún tipo de escrúpulos y gente de la que se aprovechó con toda su caradura. Actualmente, la heredera, Anna Sorokin, está en la cárcel y Netflix ha firmado un contrato con ella para hacer una película con su historia. A pesar de que pueda parecer que lo he destripado, la gracia del podcast no está en saber qué pasó al final sino en asistir ojiplática a cómo alguien es capaz de engañar así a los demás, cómo la manipulación puede ser tan sutil para los que la sufren y tan burda para los que la vemos desde fuera. 

La historia está construida a través de esas entrevistas y a partir de la ficcionalización de escenas de la vida de Anna. En otros podcasts periodísticos de este tipo de casos que ya he escuchado (y recomendado) como The missing Cryptoqueen o The Dropout esta parte no existía pero en este, Anna era un personaje mucho más privado que la Dra. Ruja o Elizabeth Holmes y la única manera de dar consistencia al podcast era a través de este recurso narrativo. Y reconozco que a pesar de resistirme al principio luego me gustó, la actriz que interpreta a Anna lo hace genial en el acento y el tono y acabas creyendo que es ella de verdad.   

Además es un podcast con una banda sonora genial, las canciones que acompañan cada episodio están perfectamente elegidas en su título o en su letra para acompañar lo que se cuenta. 

Episodios: 6 x 30 minutos


2.- Motive de WBEZ Chicago. Este podcast cuenta, en su segunda temporada,  una historia ocurrida en España, principalmente en Sevilla pero también en otras ciudades españolas. En 2015, la joven americana Lauren Bajoreck, murió al caer accidentalmente desde la azotea de la casa de Manuel Blanco Vela, un guía turístico español especializado en viajes para estudiantes americanos en España. Su historia pasó desapercibida hasta que en 2017, Gabrielle Vega, otra joven estudiante que también había conocido a Manuel durante su estancia en España, colgó un mensaje en Facebook contando lo que le había ocurrido con él. Su historia voló mucho más lejos de lo que ella hubiera podido imaginar y se encontró con mensajes de otras muchas estudiantes que habían tenido experiencias similares con Manuel. Gabrielle salió en televisión contando lo que le había ocurrido y la historia se hizo aún más grande con denuncias formales que ahora mismo se están investigando tanto en España como por parte del FBI y las autoridades americanas. 

Motive no es otra historia sobre abusos sexuales, no cuenta solo qué les ocurrió a todas esas chicas que obviamente fueron víctimas de un abuso. El podcast y su presentadora, Candence Mittle Khan tratan de explicar cómo fue posible y qué les llevó a todas ellas a no contárselo a nadie, a no atreverse a denunciar, a pasar años y años en silencio sintiéndose culpables de una situación de la que no eran para nada responsables. No se trata de saber sólo qué ocurrió sino de entender qué les pasó después, como reaccionaron sus cuerpos, sus mentes, sus vidas a esos hechos traumáticos. 

Como parte de la historia transcurre en Sevilla, participa en el podcast una periodista andaluza  con la que WBEZ contactó buscando alguien que llevara las investigaciones y entrevistas aquí.  Se llama Carmen Ibañez y hace un trabajo fantástico.  Además de esto, la narración se sustenta bastante en las entrevistas con algunas de esas mujeres (chicas en su día), escuchar sus voces contando lo que les ocurrió pone la carne de gallina porque vuelven a estar desvalidas, desconcertadas, abrumadas. Y luego están los padres de esas chicas, como ya comenté cuando recomendé Believed, uno quiere creer que siempre sabrá lo que le pasa a sus hijas, qué sabrá interpretar sus reacciones, que podrá protegerlas... y no es verdad. La sensación de haberles fallado, de no haber estado a la altura, de haber permitido en cierta manera que alguien les hiciera daño, tiene que ser espantosa. 

Episodios: 8 x 30 minutos (ahora mismo van por el episodio 6)


3.- Crónicas Jondas de Podium Podcast con Silvia Cruz Peña. Empecé a escuchar este podcast para aprender. No sé nada de flamenco, no me gusta nada y creo que es porque no lo entiendo, porque no sé como tengo que mirarlo, escucharlo o sentirlo. Recuerdo cuando mi hermano se volvió muy muy aficionado y en casa sonaba todo el día. Yo no entendía qué le veía, qué sentía y cuando hacia el esfuerzo de intentar entender algo, a los cinco minutos me había aburrido y me marchaba. Siempre digo que creo que no me gusta el flamenco porque hay algo que se me escapa y por eso decidí probar Crónicas Jondas, para ver si conseguía captar eso que no he conseguido atrapar nunca.  

Después de cuatro episodios sigo siendo incapaz de disfrutar el flamenco pero estoy entusiasmada con el podcast porque he aprendido muchísimo si no sobre la música en sí, sí sobre lo que cuenta el flamenco, de dónde surgió, sus orígenes, sus letras, el papel de la mujer en él. 

Silvia Cruz tiene una voz maravillosa y lo cuenta todo, me lo cuenta, con una cadencia y un tono que me dan ganas de sentarme en el suelo y escucharla hablar durante horas. El podcast está maravillosamente producido, sin sobresaturación sonora, sin música sonando a todas horas y además del hilo argumental que lleva Silvia y que para cada episodio es diferente, se intercalan las opiniones de expertos y algunos fragmentos de música. 

Hasta ahora, todos los episodios me han gustado mucho, pero mi favorito sin duda es el que se llama Flamenco y memoria histórica que comienza con la visita de Eva Perón a Granada en 1947 y la historia de los hermanos Quero. Una maravilla.  

Episodios: 8 x 30 minutos (ahora mismo van por el episodio 4) 


Para terminar un asunto práctico: alguien me preguntó el otro día que aplicación utilizo para escuchar podcasts. He probado varias y la que uso ahora es Pocket Casts pero Google Podcasts también está bien. Todas permiten descargar los archivos para escucharlo sin datos o escuchar en streaming. Pokect permite hacerte una lista con todo lo que quieres escuchar. Mi lista tiene ahora mismo setenta episodios en cola, no seáis como yo. 

Y con este apunte técnico, las tres recomendaciones y estrenando maravillosa ilustración para la sección, hasta los próximos podcasts encadenados.  




miércoles, 26 de febrero de 2020

La planificación no es para mí

Hoy he soñado con mi amiga L. Es una amiga que dejó de serlo hace cinco o seis años. No nos enfadamos, yo no me enfadé pero decidí que seguir fingiendo que teníamos algo en común era una bobada. A ella y otras les dije: adiós, os deseo lo mejor. Y hoy me he levantado pensando en ella y en como fue capaz de prepararse unas oposiciones complicadísimas cuando terminó la carrera. Nunca fue buena estudiante, era más bien chapucerilla, pero cuando se planteó las oposiciones se convirtió en una titana de la fuerza de voluntad. Todos los días, uno tras otro, iba a la biblioteca y estudiaba horas y horas. Academia, ensayo de temas, más estudio, solo descansaba un día la semana. Una organización milimétrica y una voluntad a prueba de bombas. Me admiraba. Ella que en el colegio había sido un desastre, siempre llegando en el último momento, siempre llevando todo estudiado con pinzas, siempre inventándose las respuestas a partir de dos o tres frases, estudió durante años siguiendo un plan milimétrico.  He recordado todo esto porque este año me propuse apuntar en una agenda las cosas que hago y que quiero hacer. Mi intento ha llegado hasta finales de febrero. Me he aburrido y además me he dado cuenta de que escribo las cosas a posteriori, como una especie de recordatorio: fui a la peluquería, llevé a María al médico, cené con los de Montes. No tiene ningún sentido. Tener una agenda, escribir lo que quieres conseguir hacer a lo largo de la semana es, para mí, un propósito imposible. Supone saber cómo te vas a sentir a lo largo de toda la semana o peor aún, asumir que da igual como vayas a sentirte a lo largo de toda la semana: tienes un plan y unos objetivos y vas a cumplirlos pase lo que pase. Ser así es como ser del ejército aliado en el día D: los planes se cumplen. O se intenta contra viento y marea. 

Yo soy más de improvisar acciones, como la resistencia. Estudiar una oposición hubiera estado completamente fuera de mis posibilidades. Planificar la semana y el cumplimiento de unos objetivos es ciencia ficción para mí.  Yo cumplo con mis tareas en acciones limitadas, rápidas e improvisadas y siempre siempre de acuerdo con mi estado de ánimo. En mí, el "hoy no tengo ganas de esto" es poderosísimo. Mi amiga es Patton y yo soy el francés de la boina de que volaba el tren en el último momento justo antes de irse a comprar una baguette. 

Y sí, mi amiga aprobó la oposición y ahora tiene un puesto estupendo. Y, bueno, a mí no me va mal yendo siempre a salto de mata. 


viernes, 21 de febrero de 2020

Oda al sujetador

Tener unos guantes que se ajusten a mis dedos. Quitármelos  tirando uno a uno de cada dedo en un gesto  que considero muy elegante y que me hace sentirme en blanco y negro. Poder ponerme gorro porque sé que me sientan bien. Que mientras camino por el metro leyendo los paneles para no perderme como si fuera extranjera en mi propia ciudad suene en la lista aleatoria "En el coche" una canción que me haga sonreír. Ceder el asiento en el metro. Ponerme un pijama de pantalón y camisa con solapas y que el pantalón tenga bolsillos. Acertar con los zapatos. Firmar con un solo trazo en tinta verde. Pintarme los labios casi todos los días. Entrar en las tiendas abriendo y cerrando puertas. El olor a café recién hecho. Una tarta de manzana sin crema.  Entrar en un restaurante y caminar hasta mi mesa. Los vestidos y faldas con bolsillos. Dar los buenos días. Descubrir que el pelo me queda perfecto al mirarme en un escaparate. Verme favorecida en el ascensor. Conducir por una carretera con la ventanilla bajada. Usar agenda. Que me digan «he perdido la cuenta de todas las veces que te he hecho caso y ha sido para bien»

Todas estas cosas son estupendas pero no pueden compararse con entrar, con muy poca fe, en una de esas tiendas de lencería que hay en todas partes y salir con los brazos en alto y con ganas de cantar porque he encontrado un sujetador perfecto. Un sujetador que sujeta y que no lleva foam. Un sujetador del que no me salgo ni se me salen. Un sujetador que no se desabrocha, que no tiene unos tirantes del grosor de una pernera de pantalón y que no me recuerda al que llevaba mi abuela de noventa años. Un sujetador que no desborda y con el que no parezco una tabernera alemana del siglo XVII.  Un sujetador que no me ha costado media letra de la hipoteca. Un sujetador que parece pensado por alguien con tetas y no por una tabla de planchar con pezones. Un sujetador de ser feliz y de estar guapa. 

Encontrar el sujetador perfecto, eso sí que me hace sentir bien.

Enterradme con él. 


lunes, 17 de febrero de 2020

Los maleducados siempre son los otros

Hace un par de semanas fui al cine a ver Parásitos. Llegué veinte minutos antes, compré las entradas y estaba a mi hora sentada en mi butaca. La gente seguía entrando mientras pasaban los trailers e incluso al comienzo de la película. Entiendo que se llegue tarde a los sitios, yo siempre llego tarde, pero lo que no puedo entender es que llegues tarde y al llegar a tu sitio te quedes de pie mientras te quitas el abrigo, la bufanda, te descuelgas el bolso y pones el móvil en silencio. ¿En serio no puedes sentarte intentando molestar lo menos posible a las personas sentadas detrás de ti y que necesariamente, en un 99,9% de los casos, necesitan leer los subtítulos porque la peli es en coreano?

Hace una semana estuve en La Granja de turismo. Paseábamos por la entrada admirando los árboles centenarios que adornan el paseo que lleva al Palacio cuando vimos como un jardinero de patrimonio llamaba la atención a una pija que estaba abrazada a una secuoya protegida. «No pasa nada, es solo un momentito». «Señora, por aquí pasan miles de personas al año, eso son muchos momentitos». La pija con gorro del frente ruso y su pandilla se ofendieron muchísimo porque el jardinero les había llamado la atención. No les preocupó lo más mínimo, sin embargo, haberse saltado la valla que rodeaba el árbol y en la que ponía «no tocar». 

Somos el país de las normas no van conmigo porque lo mío es un momentito, lo que yo hago no molesta, yo sé comportarme pero, justo, esta vez, no. Siempre ha sido solo una vez, era una urgencia, otros lo hacen mal pero yo no. Y lo que somos es un país de maleducados profesionales. Me va a quedar un post muy Marías meets Pérez Reverte y mi abuela pero es que es así. Vas a un museo donde en cada sala hay un cartel señalando que está prohibido hacer fotos y ves a la gente sacando una foto porque «eh, es sin flash y además no es a un cuadro, es a mi hijo sacándose un moco porque es monísimo». Vas al teatro y si con suerte no suena ningún teléfono, siempre hay alguien que tiene que consultar los whasaps con un brillo de pantalla al 300% porque «a ver, no ha sido para tanto, es que no sabía si era urgente». No, no lo es, no es urgente porque no eres un cirujano cardiovascular de guardia ni eres el encargado de dar al ON al Sol, así que lo que sea puede esperar hora y media a que termine la obra. Y si no puede esperar, si tu vida es tan trepidante e importante que tienes que mirar el móvil cada diez minutos ¿sabes qué? No vayas al teatro. 

Las normas y las prohibiciones son siempre para los demás, para las que no las cumplen nunca. Nosotros solo las hemos incumplido esa vez, justo en ese momento, y por una buena causa, no como los demás. Nosotros no somos los demás, somos especiales, tenemos razón, tenemos un motivo de peso para llegar tarde al cine y quitarnos el abrigo molestando a todo el mundo o para abrazar un árbol. O para gritar en un restaurante, dejar el coche en segunda fila, entrar sin llamar en un despacho,  obligar a todo un vagón a escuchar nuestra conversación o nuestra música, tocar una obra de arte o hacer fotos donde está prohibido. A esto se suma que además de ser maleducados somos unos chulos. «Señora, no abrace el árbol, ¿no ve que está prohibido y es malo para el árbol?». 

Cada vez somos un país más maleducado porque los educados, los que cumplen las normas, apagan el volumen, no gritan en los restaurantes ni hacen fotos en los museos se acobardan. Nos da miedo decirle a alguien: «por favor, ¿puedes sentarte?» o «eso está prohibido». Y nos da miedo con razón. Porque los maleducados, además, tienen siempre la piel muy fina y se ofenden muchísimo cuando les llamas la atención.

«Al árbol no le pasa nada» dijo muy digna. Ojalá mil personas llegando a abrazar a esa persona y diciéndole «pero si es un momento, verás como no te pasa nada». 

Somos maleducados y orgullosos y nos jode que nos lo digan porque los maleducados siempre son los otros.   


miércoles, 12 de febrero de 2020

12 de febrero. Cuarenta y siete años.



Este ha sido el año de Nueva York. El año en que decidí que si podíamos viajar ahora mejor hacerlo ya porque «más adelante» no existe. Y sin planearlo y sin esperármelo lloré de emoción debajo de las arcadas de Central Park. «Mamá, por favor, que no pasa nada, no seas dramas».  Ha sido el año, otro año, de volver a hacer un triple salto mortal sobre un «ni de coña» y acabar dando una charla TED   con un acuario gigante a mis espaldas, frente a quinientas personas tratando de que mis palabras fueran más interesantes que los bancos de peces nadando. Repasando las fotos del año he descubierto que ha sido el año de ir vestida de azul. Y el año de intentar dejarme el pelo blanco y abandonar el intento porque me parezco demasiado a mi madre. Ha sido el año de Las Palmas y La Palma.  Ha sido el año de ver volcanes en La Palma y refunfuñar durante los últimos tres kilómetros de una marcha interminable mientras murmuraba: «¿Qué cojones hago yo aquí?» y Antonio me contaba los detalles de una película con Sean Connery y Lorraine Bracco. «¿Por qué me estás contando esto? Porque te estás encabronando y con algo tengo que distraerte». Ha sido el año de seguir pensando que tengo que irme de Madrid: a Los Molinos, a Comillas, a Segovia, a La Palma, a Asturias, a donde sea hacia el norte.  Ha sido el año de darme cuenta de que, a lo mejor, soy un poco demasiada organizada para algunas cosas. Tan demasiado organizada que me obligo a hacer cosas que solo tienen sentido para mí. A veces pienso que si me muero mañana y alguien, mis hijas, encuentra mis papeles, mis cuadernos, mis archivos, para ellas no valdrán nada. Ha sido el año de Doña Rosita anotada, Sueños y visiones de Rodrigo Rato y Esperando a Godot. Ha sido el año de llegar a los Oscars habiendo visto casi todas las películas nominadas y el año en que mis hijas dejaron de ir al cine conmigo sin chantaje o soborno de por medio. Ha sido el año de regañar a mi madre a gritos por política y de advertir a mis compañeros en el comedor del trabajo: «si votáis a VOX no me habléis más allá de lo estrictamente obligatorio por temas laborales». Ha sido el año de conocer a Alan Cumming y descubrir que es idiota y el de charlar con Paul Giamatti sobre mi vestido Hitchcock. Ha sido el año del vestido Hitchcock y la falda de rayas de colores. Ha sido el año de descubrir San Juan de Luz, decepcionarme con Biarritz y confirmar que ser francés debería ser nuestro objetivo en la vida. Ha sido el año de charlar con Miguel Ríos sobre mi charla del empotrador en un bar de Consuegra la víspera de la boda de otros amigos. Ha sido el año del verano infernal con mis hijas y el de cuidar al Ingeniero cuando decidió viajar al pasado, a finales de los ochenta concretamente, para jugar al squash y romperse el tendón de Aquiles el día antes de marcharnos a Cerdeña, a la Isola de San Pietro para la boda de unos amigos. Ha sido el año de centrifugar de nuevo con los De Montes. Ha sido el año de leer sesenta libros, ir siempre ocho números atrasada en el New Yorker, hacer un excel de podcasts que ya suma ciento ochenta y siete registros y de quedarme dentro del coche esperando a que termine el que estoy escuchando y al terminar pensar «creo que he desarrollado un poquito de adicción a esto». Ha sido el año de conocer a María Jesús que me ha animado a hacer algo útil y divertido con mi adicción. Ha sido el año de ir a Asturias a conocer el hotel de Julian y el de aprender a maquillarme. Ha sido el año de enseñarle Madrid a mi sobrino pequeño y asegurarle que sí, que vivo en un circuito de carreras porque por delante de mi casa pasan muchos coches. Ha sido el año, otra vez, de echar de menos el invierno, uno de verdad, uno con frío de llevar gorro, guantes y la punta de la nariz congelada. Ha sido el año de dejar de nadar porque me he cansado de hacerlo y el de cambiar mi horario en el curro para salir de allí cuanto antes. Ha sido el año de la cena perfecta con Ximena Maier y Miquel Del Pozo Ha sido el año de intentar ahorrar y el de comprar setenta libros y suscribirme al New York Times y a HBO. Ha sido el año en el que mi hija Clara me ha dicho: «mamá, ¿sabes que ya estás pre menopaúsica?». Ha sido el año de pensar que ya estoy rozando los cincuenta. Hoy empiezo a desear llegar a los cincuenta y celebrarlo volviendo a Nueva York.



lunes, 10 de febrero de 2020

Oscars 2020: despelleje, señoras estupendas y Brad Pitt

Los comentaristas políticos tienen que escribir sobre el debate del estado de la nación, los comentaristas de moda sobre la pasarela de París, los de fútbol sobre el clásico del año y yo tengo que escribir sobre los Oscars. Me lo tomo como una obligación que cada año pienso que no seré capaz de hacer y oye, al final, lo consigo y además me río. (Aviso para los nuevos: no sé nada de moda ni me importa mucho, esto no va de cuánto sé yo de moda, sino de reírnos. Para saber de moda, busque Harper´s Bazaar en google y dale a buscar)  

Para empezar tengo buenas y malas noticias. Brad ha ganado y en este blog por si alguien no lo sabe somos conversas de Brad. A mí de jovencito no me gustaba nada porque me parecía que era un blandengue. Al final ha resultado que lo que le faltaba era tiempo de maduración, como a los buenos vinos, y ahora me pongo nerviosa y se me pone la piel de gallina solo con verle. Voy a forrarme una carpeta con sus fotos solo para llevarla a las reuniones de trabajo y distraerme del tedio laboral. Bueno, pues que Brad gane es una noticia estupenda. La mala es que iba mal peinado. Si se hubiera recortado un pelín la melenita hubiera estado para echarse a llorar de guapura. Pero esto lo digo para que no me acusen de carecer de objetividad. Brad va mal peinado pero se lo perdono todo.  Hasta sabe llevar terciopelo sin que parezca que le han engañado. 

Amatus va de  proyecto de pretecnología de sexto de primaria. «Chicos, vamos a aprender a usar el papel pinocho». Seguro que ha sacado mención de honor porque esa falda de recortable le ha llevado tiempo. 

Saoirse volviendo a la infancia. «Mamá, ¿me dejas hoy disfrazarme y ponerme lo que quiera?» Y eso ha hecho, echarse por encima el baúl de los disfraces. «Mami, ¿me puedo poner tus joyas?»  Le falta una diadema con antenas. 

Yo quiero ser rotunda, como Rita Wilson.  Muy rotunda y mucho rotunda. 

Resulta que Florence no iba de cursi afectada en Mujercitas. Es cursi y afectada. Le pega todo el vestido de joyerito ridículo de los chinos.  Joyerito ridiculito. Florence es la típica persona que te obliga a hablar en diminutivos. 

Gal Gadot viene de jugar a lo mismo que Saoirse pero llegó antes al baul y se hizo con el tutú rosa. «Mamá, ¿estoy guapa? Sí, cariño y ahora quítate eso que vamos a comer».

El vestido de Joanne Tucker me encanta, me parece precioso, elegante, tiene bolsillos y le queda genial. El marido también le queda genial. Adam Driver es un tío que no quieres que te guste pero al que tú quieres gustarle pero con cuidado. Quizás a Joanne le pasa eso o quizás han discutido antes de salir porque alguien ha dejado las toallas en el suelo. 


Timothée tenemos que hablar. Yo cumplo 47 esta semana y tú estás empeñado en parecer cada vez más joven, mis fantasías sexuales contigo están rozando ya la ilegalidad. ¡No te disfraces de cadete de Top Gun! 

Hacia mucho que no teníamos un Úrsula, bruja del mar. Margot Robbie lo ha reinventado en versión escurrida pero sinceramente, le queda mejor a Úrsula. 

Christiane Lahti ha hecho un Nadia Comaneci. Un 10 en elección de vestido. Un 10 en ejecución práctica.

Rami Malek siempre tiene pinta de creer que no debería estar ahí. 


Scarlett es una actriz como la copa de un pino pero eligiendo vestidos me hace sufrir. Como acarreadora de dos tetas como dos carretas veo ese escote y sufro, sufro muchísimo porque la imagino agachándose y sintiendo como la fuerza de la naturaleza y la fuerza de gravedad la desborda.  Eso sin contar con que Scarlett es chaparrita como yo y el 90% de la gente con la que habla la mira desde arriba y es posible que estén pensando ¿aguantará una moneda de un euro ese canalillo?

Lo contenta que te pones cuando llegas a una fiesta, te das cuenta de que vas hecha un adefesio y te encuentras una amiga que va tan horrorosa como tú o más. Y decidís ser, a partir de ese momento, mejores amigas. 

Lucy Boyton de muñequita con su camisita y su canesú.  

Nunca falta la que va en camisón. Camila en los Goya hubiera encajado perfectamente. 

Charlize de Charlize. Se le está poniendo cara de Charlize y pose de creerse Charlize. Te estás encasillando. 


Como Joaquin siga esponjando va a llegar a hacerse un Alec Baldwin. Rooney Mara elige siempre mal, es un valor seguro. A veces, como ayer, se supera y elige fatal.  Horriblemente fatal. Empiezo a sospechar que su mejor amiga del colegio es diseñadora frustrada y ella lo hace como una labor de caridad. 

Natalie Portman sin querer coger frío. He visto que en la capa llevaba bordados los nombres de diferentes directoras de cine para homenajearlas. Me parece un gesto precioso y la capa es bonita pero ver a alguien abrigado me ha descolocado mucho. 

Salma queriendo ser rotunda pero se le ha ido la mano y va de excesiva. Excesivamente blanca, excesivamente drapeada, excesivamente estirada, excesivamente trepada.  

¿Os acodáis de cuando Renée era una tía con la que te imaginabas de juerga, merendando panteras rosas y con la que te ibas a reír hasta tener agujetas? Yo tampoco pero era así. La hemos perdido. Ya no nos saluda por la calle, hace como que no nos conoce. 

Interrumpimos el despelleje porque BRAD. 

Penélope, Penélope. ¿Qué es esa uña? Y el vestido, ni siquiera con bolsillos tiene un pase. 

Cuando te das cuenta de que tu abuelo está envejeciendo mucho mejor que su amigo del alma. 




Otro Nadia Comanecci. Julia Louis-Dreyfuss maravillosa y con un marido divertido con pinta de hacerte reír y saber dar masajes de pies. 




Sandy Powell llevándome a mi adolescencia. A esos fines de campamento en los que ibas con tu cuaderno pidiéndole a la gente que te escribiera cosas y te apuntara sus señas (long time ago, antes de "me aceptas en IG"). Mi reino por si lleva cosas escritas como "sé que siempre seremos amigos. Tom" o "por las risas, las lágrimas y esas noches de fuego de campamento. Jennifer". 

Gerard, ¿qué te has hecho?   ¿Como has podido pasar de 100% de follabilidad a no te toco ni con un palo y por mí que la humanidad se extinga?

SIGOURNEY. Otro Nadia Comanecci. ya tenemos podium. 

Laura Dern roza la clasificación de mejores vestidas y lo hubiera logrado si hubiera prescindido de los adorna picaportes de armarios. 


A los niños de Jojo los adopto.  Al equipo de Parásitos también. Me los llevo a cenar a casa, gazpacho y tortilla de patatas mientras todos nos reímos mucho sin poder comunicarnos.  

Brad Goreski, no pongas esta foto en tu tinder diciendo «no me gusta ser convencional» 

Joan Collins de pacto con el diablo. George Hamilton de pacto con el diablo pero jugando mal. 

En los Globos de Oro dije que Billy Porter tenía pinta de ser  «el típico amigo al que le dices: por allí viene mi jefe, actúa normal y sin saber muy bien como acabas en casa del jefe bebiendo pacharanes y viendo fotos de su luna de miel» . Pues ya está dicho todo.  

Hombres del mundo, no cojáis drogas de extraños ni sigáis el ejemplo de Omar Sharif junior.


SIGOURNEY doble medallista. Gana también en la categoría "After party". 

De esta gala podemos sacar dos cosas buenas: las señoras mayores estupendas haciendo podium y el discurso de Brad al ganar el Oscar

Con esto acaba la temporada de despellejes. El año que viene más.  

jueves, 6 de febrero de 2020

Mentira podrida

«Cualquiera puede sacar una hora para dedicarle al deporte».«Dedica veinte minutos a meditar».«Cambia las fundas de los cojines de tu sofá, (perdón, esto no se dice así, se dice, cambia los textiles) porque con eso le darás un nuevo aire a tu salón». «¿Por qué no mandas tus fotos a imprimir con este código de descuento a esta web tan maravillosa que te hará llegar un libro  con las fotos del pasado verano con tus hijos?». «Dedica tiempo a tus hijos, charla con ellos, sin prisa, sin hacer nada más». «Es facilísimo planear la alimentación para que sea sana, fácil y os haga ir a todos con cara de haber tenido un orgasmo». «Querer es poder».

Vivimos rodeados de mensajes en redes, en prensa, en radio, en programas infectos de televisión, en publicidad, que giran alrededor de la mayor mentira de la sociedad actual: organízate y tendrás tiempo para todo.

Mentira. Como diría mi yo de seis años: mentira podrida. 

No, no hay tiempo para todo porque la vida diaria no es solo lo que planeas, es lo que te asalta. No vas a trabajar y vuelves a casa y tienes una sucesión de tardes exactamente iguales, una sucesión de horas libres que solo tienes que "organizar". Para nada. Hay que ir al dermatólogo, y a recoger unos análisis, y a recoger a una hija a fútbol y a llevar a la otra a comprar unas mallas de baile, y tienes que ir al dentista y poner la lavadora y planchar, y pensar la comida que dejas hecha para mañana y tienes que llamar sin falta a tu madre.Y bajar a la farmacia y al contenedor de vidrio. Y hay una reunión del colegio y tienes que hacer la compra, y recoger un libro que encargaste en la librería, y tirar cosas en casa porque estás haciendo limpieza y hacer una copia de seguridad del portátil porque de hoy no puede pasar porque hace seis meses desde la última vez y tienes que llamar a tu amigo Paco porque está en el hospital con su hija, y te tienes que cortar las uñas de los pies porque pareces un aguilucho lagunero. Nada de todo eso es importante pero hay que hacerlo todo y todo consume tiempo, ese supuesto tiempo que deberías tener organizado. Y no puedes planearlo porque no se planea la vida, vivir consiste en sobrevivir a su atropello. 

La vida no es organizarse, el día a día consiste en llegar a la cama y darte cuenta de que has conseguido leer diez minutos a la hora del desayuno, has dejado la cocina recogida y el cesto de la plancha vacío. Consiste en darte cuenta de que has tenido una sobremesa de cuarenta minutos tras la cena, porque tus hijas no paraban de contarte cosas atropellándose la una a la otra. Consiste en darte cuenta de que ni tienes que hacer ejercicio todos los días, ni va a pasar nada porque mañana tus hijas coman macarrones con chorizo en vez de ensalada de legumbres, ni es el fin del mundo que tus textiles sigan siendo exactamente los mismos que hace quince años. 

La vida consiste en hacer lo que no puedes evitar y conseguir sacar algo de tiempo para lo que, de verdad,  te gusta. La buena vida consiste en tener tiempo para no hacer nada. 


lunes, 3 de febrero de 2020

Lecturas encadenadas. Enero

Empezamos un nuevo año de lecturas encadenadas, un año entero para descubrir cosas nuevas, para retomar lecturas olvidadas, para caer en pozos espantosos de literatura cursi y para seguir teniendo, cada mes, la sensación de que leo poco. Sensación que, cada mes, compruebo que no es real porque seis libros en un mes es una media buenísima.

Al lío.

Este año es el centenario del nacimiento de Delibes y por esa efeméride y un evento del que ya hablaré más adelante, voy a ir releyendo en algunos casos y descubriendo por primera vez en otros sus libros. Inauguré el año con El disputado voto del señor Cayo que me ha gustado muchísimo. Leer a Delibes es siempre un ejercicio de admiración, su dominio del  lenguaje  es increíble, conoce las palabras y sabe como usarlas para construir frases y párrafos elegantes, precisos, llenos de significado y sin un ápice de cursilería ni vacuidad.  Trasluce siempre cariño por el campo y los que lo habitan. La trama es conocida y además el título no deja lugar a dudas, uno ya sabe lo que va a leer pero aún así, Delibes deslumbra.  

Tres jóvenes recorren los pueblos del campo burgalés para intentar captar el voto de los lugareños para su partido (que suponemos es el PSOE) y llegan al pueblo del Sr. Cayo que los deja completamente desarmados con su conocimiento del campo, del tiempo, con su visión de la vida y su manera de enfrentarse a la realidad. A Cayo lo que ellos vienen a contarle no le importa nada, está mucho más allá de ellos, de las elecciones, del partido. Delibes no idealiza el campo ni idealiza a Cayo. No oculta su machismo, los odios enconados que habitan en los pueblos y que perduran durante años representados con terribles actor de crueldad y desprecio, la pasividad y el rechazo al cambio. La vida en un pueblo no es idílica, no es un edén perdido al que el habitante de la ciudad debe volver para reencontrarse con todo lo bueno que ha perdido en la vida urbana. Delibes retrata las miserias rurales al mismo tiempo  que demuestra el valor de vivir en contacto con la naturaleza, de conocer el entorno que nos rodea, de la vida sencilla, más sencilla que en las ciudades que no quiere decir que sea ni más fácil ni menos interesante. 

Dos cosas me han llamado muchísimo la atención. La primera de ellas es que los personajes  de los jóvenes – Víctor y Rafa–  han quedado completamente pasados de moda. La manera en la que hablan, la ropa con la que te los imaginas, el coche que conducen, las cosas que dicen, la proclamas que enuncian para conseguir el voto, huelen a naftalina, a pasado de moda. Son la modernidad pero es una modernidad de 1970 que, ahora mismo, nos chirría. Cayo, sin embargo, sigue siendo actual, no ha pasado de moda ni lo que dice ni cómo lo dice. Aún quedan Cayos, pocos, pero lo que significa sigue teniendo mucho sentido. El segundo aspecto que me ha sorprendido es el feminismo de Delibes, no me lo esperaba. El personaje de Laly es, con mucho, el más interesante de la novela. Su actitud frente a Cayo está en el justo medio: le respeta por lo que sabe y por lo que es pero no se deja engatusar por él. La postura de Cayo hacia su mujer «la única manera de tratar a una mujer es ponerle una almohada en la cara» lo coloca como representante de todo lo que ella rechaza pero no se enfrenta a él, no sé si por miedo o porque sabe que Cayo es un producto de otra época y que no podrá cambiarlo. Sin embargo, frente a las actitudes profundamente machistas de sus compañeros no se calla y les echa en cara actitudes que ahora, cuarenta años después, seguimos viendo día a día.  La mujer de Cayo es muda, algo muy simbólico pero Laly no se calla frente a sus compañeros. 
«El Partido me dirá que sí, que muy bien, que todo eso de la reivindicación de la mujer es positivo, el rollo de costumbre. Pero, a la hora de la verdad, ¿qué? Encogimiento de hombros y sonrisas condescendientes, eso es lo que nos da el partido. No te engañes, Víctor, nuestra lucha se acepta como un coñazo social; no nos lo tomamos en serio más que cuatro docenas de mujeres.»
Ahora no somos  cuatro docenas de mujeres pero la condescendencia y el considerar el feminismo un coñazo social lo vivimos cada día. Delibes profético. 

Escriña, teso, hornilla, dijo, carrasco, humenón, tetón, gárgol, hornera, malrotar, coral, recial, escales, campera, baribañuela. Qué placer descubrir palabras y su significado, que angustia pensar que pronto desaparecerán porque ya no habrá nadie que las use ni nadie que las escriba.  

No voy a recomendar leer El disputado voto del Sr. Cayo porque quiero creer que los descerebrados que leéis estos posts tenéis suficiente criterio como para saberlo pero volved a leerlo o descubrid los que no habéis leído. Y, también, si tenéis un rato echad un ojo a este documental que es estupendo para descubrir a Delibes en su casa. «¿Cómo pasa los días Miguel Delibes?» le pregunta el entrevistador. «Quejándose» contesta él. 

Siempre Delibes. 

Estuario de la escritora portuguesa Lidia Jorge (con traducción de María Jesús Fernández) fue la segunda lectura del mes y ahora que estoy haciendo estas reflexiones sobre lo leído me doy cuenta de que ambas lecturas están encadenadas. Estuario  cuenta el desmoronamiento de una importante familia de armadores portugueses, un padre y cinco hijos,  que por distintos avatares lo pierden todo menos dos barcos y la casa familiar en la que se reúnen. A través de las historias de cada uno de ellos vamos reconstruyendo su historia pero llevan la voz cantante Edmundo, el hijo pequeño, que acaba de llegar de los campos de refugiados de Siria con tres dedos de una mano mutilados, Charlotte a cuya historia de amor con un hombre mayor que ahora está en el gobierno culpan los hermanos de su desgracia y Sebastián, un abogado brillante y adinerado que lo ha perdido todo y que vive obsesionado por su caballo. Los otros dos hermanos, Joao y Alejandro tienen menos presencia en la historia. 

La novela tiene un comienzo muy duro, melancólico, preciosista y sinuoso que desemboca en una parte central bastante más dinámica en la que sin abandonar nunca ese tono melancólico que siempre identificamos como algo tremendamente portugués todas las piezas van encajando. La pena es que al final acercándose al climax, la novela se deshilacha y muere. 
«Mándela a un banco, Custodio Galdeano. Usted y yo ya no tendremos tiempo de verlo, pero dentro de unas décadas las ciudades, las naciones, los países, no contarán nada. El mapamundi estará dividido de acuerda con las siglas de los bancos y la paz, si la hay, también.»
Estuario es también una novela sobre desapariciones, sobre modos de vida que se pierden, sobre el paso del tiempo borrando lo que damos por seguro, lo que creemos inmutable. 

Y sin hacerlo a propósito ni tenerlo pasado llegué a otra historia sobre el campo y lo que desaparece, esta vez en formato tebeo y ambientada en el campo francés. Rural. Crónica de un conflicto de Étienne Davodeau  (con traducción de Raúl Martínez Torres) fue mi siguiente lectura. En este volumen del dibujante francés se cuentan dos historias paralelas, por un lado la vida en una explotación ganadera de vacas lecheras con denominación bio y, por otro, la construcción de una autopista cerca de las tierras en las que la explotación se ubica pero que a los que de verdad afecta es a una joven familia que había comprado una propiedad hacia unos años. La maquinaria del estado les pasa por encima y se quedan sin ella. Su indefensión frente a la administración es terrible. Con respecto a la explotación ganadera, Davodeau sigue aquí el mismo esquema que repetirá posteriormente con el mundo del vino en Los Ignorantes. Durante un año entero se convierte en la sombra de los tres ganaderos para conocer de primera mano las tareas, los trabajos y las dificultades que este tipo de actividad conllevan. Para mi gusto y probablemente porque aquí es donde lo intenta por primera vez, en Los Ignorantes está mucho mejor conseguido el equilibrio entre informar, entretener y emocionar. Aquí, a ratos, casi parece un documental o un reportaje de televisión dibujado.  
«Me molesta cuando la gente dice que come bio solo por cuestiones de salud. Pero nosotros no lo hacemos solo por eso. El objetivo de nuestros trabajo es, en primer lugar, encontrar una manera de producir comida para todos sin perjudicar el medio ambiente. Buscamos una técnica que las generaciones siguientes de agricultores pueda seguir utilizando sin problemas ¡y eso es imposible con las técnicas convencionales! [...] Comprar y comer bio no debería ser un planteamiento de precaución individual sino el apoyo a una idea de inspiración colectiva a largo plazo... y si todos coméis bio, todos produciremos bio y entonces viviréis en un entorno realmente mejor para nuestra salud».

Sobre El verano que mi madre tuvo los ojos verdes de Tatiana Tibuleac  del que solo tengo una cosa que decir: «Yo remaba como un pene en un barreño». Huid. 

Tras el horror rumano llegué a otra historia de tiempos perdidos y recuerdos en blanco y negro, un remanso de buen gusto y buena literatura, las memorias de la pintora Amalia Avia De puertas adentro. Hace un par de años y por motivos laborales que no vienen al caso conocí a uno de sus hijos, Nicolás. Él me buscó en redes, comprobó que me gustaba leer y me mandó este libro diciéndome que su madre había sido una mujer muy interesante y que había escrito un libro precioso. Yo, en mi ignorancia, no sabía quien era Amalia Avia y bueno, leer libros de madres siempre es un riesgo que prefiero no correr así que lo dejé en mi mesa. Hace un par de semanas, en una de esas casualidades cósmicas que me ocurren de vez en cuando,  pasó por mi twitter una mención a este libro, me acordé de él y pensé que era el momento. Bueno, además de esta mención había investigado un poco y había descubierto la pintura de Amalia y me pareció que, a lo mejor, me estaba perdiendo algo. 
«Ahora ya, no sin cierta vergüenza, dejo ver lo que ha sido mi vida de puertas adentro. Una vida, desde luego, llena de puertas: las puertas de las casas que veía y cuyo interior siempre quería conocer, las puertas de las tiendas y de los garajes que no me he cansado de pintar, las puertas de tantas casas donde he vivido, las puertas de las habitaciones que tristemente fueron clausurándose en la casa de mi madre o, en fin, todas las puertas que, espero que por mucho tiempo, aún me queda por rebasar».

Amalia Avia nació en Santa Cruz de la Zarza (Toledo) en 1930 y en estas memorias nos lleva a conocer su vida, desde antes incluso de que ella naciera, presentándonos a sus abuelos, sus padres, sus tíos, hasta la muerte de Franco. La primera parte, mucho más extensa, me ha encantado. Amalia recuerda Madrid antes de la guerra y durante, cuando pasó casi tres años sin salir del piso entre la calle Alcalá y la calle Goya por miedo a las represalias (su padre fue asesinado días después de comenzar la guerra en Santa Cruz). Al terminar la contienda y por la enfermedad de sus hermanos y la situación de inestabilidad, la madre decide volver a Santa Cruz donde encuentran la casa familiar saqueada y destrozada pero donde pueden empezar una nueva vida. Para Amalia salir de Madrid fue un drama pero sus recuerdos de aquellos años están llenos de detalles y de la seguridad que da en la infancia la sucesión interminable de rutinas que se repiten año tras año y que parece que no se perderán nunca. Las memorias de juventud cuando se establece en Madrid son también muy interesantes, ese Madrid de los años cincuenta, en blanco y negro, el Madrid de los guateques, y sus años de inicio en la pintura con todas sus inseguridades. 

Llega después el retrato de su vida adulta,  como pareja de otro pintor, Lucio Muñoz, y como  pintora con cuatro hijos, conviviendo con los intelectuales de la época. Esta última parte se vuelve menos melancólica, más esquemática y enumerativa pero igualmente interesante porque Amalia, con estas memorias, te permite observar, entender y comprender su vida. Reconoces en la Amalia pintora a la Amalia niña que jugaba en los pasillos de su casa en un Madrid sitiado. Es un libro muy intimo, como  asomarte al álbum de fotos de un desconocido. 
«Me tocó ser hija cuando la razón de los padres jamás era puesta en tela de juicio. [...] Me ha tocado ser madre, en cambio, cuando los hijos, como el cliente siempre tienen la razón. Hagan lo que hagan, siempre habrá un condicionamiento que lo justifique, e incluso no es extraño que se culpe a los padres de la actuación de los hijos. Acepto mi culpabilidad en el fracaso, pero de ahora en adelante voy a exigir que m den también un papel en el éxito». 
He terminado el mes pasándolo en grande con Un paseo por el bosque de Bill Bryson (con traducción de Pablo Álvarez Ellacuria) paseando por el sendero de los Apalaches en el este de Estados Unidos. De Bill Bryson poco puedo añadir más allá de que es siempre un placer leer sus libros. En todos se aprende, en todos entretiene y en todos tiene un sentido del humor muy personal que probablemente haya a alguien a quien ofenda (pues no respiro) pero que a mí me encanta. En este libro decide recorrer un sendero de montaña que en su longitud total tiene más de 3.000 kilómetros entre Georgia y New Hampshire. En realidad no lo recorre en su totalidad porque se da cuenta de que es tarea imposible pero lo va haciendo a tramos. La primera parte en la que va acompañado de un amigo  dio lugar a una película con Robert Redford y Nick Nolte. Además de las penurias y el sufrimiento que pasan, Byrson va intercalando historias sobre las montañas, sobre geología, sobre fauna y flora, sobre el desastroso trabajo que el Servicio Forestal Americano está realizando y que está acabando con el bosque y con anécdotas sobre las ciudades y pueblos en los que paran a descansar. ¿Qué puedo decir de En el bosque? Pues que se lee muy a gusto en el sofá, sin sufrir, y pudiendo consultar en internet para ver los paisajes y los lugares que recorre el sendero. 

Y con esto y un bizcocho, hasta los encadenados de febrero ¡mes de mi cumpleaños!