jueves, 31 de enero de 2019

Lecturas encadenadas. Enero

Enero ha sido un mes muy muy largo y muy doloroso. Tiempo y dolor son dos circunstancias que favorecen la lectura y por eso no tengo tiempo ni espacio para cháchara introductoria. 

Al lío. 

Empecé el año con Sur y oeste de Joan Didion, comprado en Los editores. Advierto de que es un libro solo para fans de la escritora americana, no es un libro para primerizos en Didion.  En la primera parte, Sur, se recogen las notas, los apuntes que Didion tomó durante un viaje por el sur de Estados Unidos en el verano de 1970. No había ocurrido nada especial, no tenía entrevistas concertadas ni planes para documentarse sobre ningún tema, sencillamente sintió que quería conocer el sur y se marchó a conocerlo. Jamás escribió nada basado en estas notas. 

Viaja en coche con su marido, John Dunne, de ciudad en ciudad, sintiéndose casi una extraterrestre. Nada de lo que ve le gusta o lo entiende, o mejor dicho, lo entiende mejor de lo que le gustaría y le provoca rechazo. El racismo, la segregación racial, las mujeres recluidas en sus casas, las diferencias sociales, el calor, la naturaleza agresiva y poderosa. Es consciente de su completa extrañeza y lo que más le cuesta entender es la naturalidad con la que los sureños aceptan y exhiben su "manera de ser" que a ella le resulta tan desagradable y ofensiva. En el epílogo, escrito en diciembre de 2016 por Nathaniel Rich (que no sé quién es) se expone una interesante reflexión, comenta que esa manera de ser, de pensar era algo a superar con el tiempo y al final ha sido algo a reivindicar que ha terminado con la elección de Trump como presidente.
«En Nueva Orleans, la naturaleza salvaje se percibe como algo muy cercano, no como la naturaleza redentora de la imaginación del oeste, sino como algo rancio y viejo y malévolo, la idea de la naturaleza salvaje no como una huida de la civilización y de sus descontentos, sino como una amenaza mortal a una comunicad precaria y colonia el sentido más profundo: el resultado es vivaz y avaricioso e intensamente egocéntrico, un tono bastante común en las ciudades coloniales, y que constituye la razón principal de que esas ciudades me resulten estimulantes».

En la segunda parte, Oeste, se recogen las notas que tomó en 1976 cuando cubrió el juicio a Patty Hearst y son más apuntes brevísimos sobre su vida, su infancia en California.

La perfecta definición de estar en casa:
«En el Oeste estoy en casa. Las colonias de la sierras de la costa quedan "bien" para mí, la peculiar llanura del valle Central me reconforta la vista. Los topónimos me suenan a sitios de verdad. Sé pronunciar los nombres de los ríos y reconozco los árboles y las serpientes más comunes. Aquí estoy cómoda de una forma que no lo estoy en otros sitios». 
Mi primer desencuentro del año con las listas de «libros del año» ha sido El orden del día de Eric Vuillard. Había leído y oído maravillas de este breve librito sobre la II Guerra Mundial. Quizá había elevado mis expectativas demasiado pero me ha parecido sencillamente correcto. Es verdad que mi adicción a este tema quizás haya hecho que nada de lo que cuenta me haya resultado especialmente impactante o novedoso pero es que, además, me ha resultado en su redacción deslavazado y frío. Toca muchos temas: los empresarios alemanes apoyando al nazismo, la anexión austriaca, el papel de los políticos austriacos en esa anexión, el miedo de los habitantes de Austria,  pero va saltando sobre ellos como si fueran piezas de un puzzle que sabes que encajan pero que ni te molestas en unir y sencillamente tiras encima de una mesa.
«Nunca se cae dos veces en el mismo abismo. Pero siempre se cae de la misma manera, con una mezcla de ridículo y pavor. Y no quisiera tanto no volver a caer, que se agarra, grita. A taconazos nos quiebran los dedos, a picotazos nos rompen los dientes, nos roen los ojos. El abismo está jalonado de altas moradas. Y la Historia está ahí, diosa, sensata, estatua erguida en medio de cualquier Plaza Mayor, y se le rinde tributo, una vez al año, con ramos secos de peonzas, y a modo de propina, todos los días con pan para las aves».
No me gusta leer libros de gente que me cae bien porque siempre quiero que sus libros me encanten pero no quiero correr el riesgo de que no me gusten y tener que decirlo. Por eso Una lección olvidada de Guillermo Altares llevaba esperando en mi estantería desde noviembre. Quería leerlo, tenía ganas, pero lo dejaba para más adelante para aplazar el posible chasco.

Una lección olvidada es Enric González tomando cañas con Bill Bryson, Mary Beard, Tony Judt y el propio Altares. La visión periodística de Enric Gonzalez, la curiosidad por los detalles de los lugares que visita de Bill Byrson, el amor y el conocimiento por Roma de Mary Beard y el amor incondicional por Europa de Tony Judt se unen aquí a la maravillosa manera de contar las cosas que tiene Altares y que hacen que todas las historietas interesen, sorprendan, diviertan y hagan pensar.

A Altares le apasiona la historia y se le nota muchísimo pero lo mejor es que sabe contarla muy bien. El libro cuenta con veinte capítulos en los que viajamos por Europa, en el espacio y en el tiempo, desde las cuevas prehistóricas y el arte paleolítico hasta la guerra de Kosovo o los atentados de Paris en 2015. Ningún capítulo se desarrolla como esperas, las verdades históricas y los datos se intercalan con las opiniones, las reflexiones y las anécdotas personales.

Es un libro ameno, emocionante, divertido que al terminar te deja con ganas, sobre todo, de viajar por Europa del este y de salir a comprar todos los libros que aparecen citados (aunque yo he leído bastantes), todas las pelis de las que habla y todos los documentales que recomienda.

Podía haberlo leído Una lección olvidada nada más comprarlo porque me ha gustado muchísimo, me lo he pasado fenomenal leyéndolo y al terminarlo tenía esa sensación que solo dejan los buenos libros: «Joder, Guillermo, sigue contándome cosas».

He doblado muchas esquinas pero me quedo con esta reflexión final muy Altares y muy Judt.
«Si podemos extraer una sola lección de la historia de Europa es que deberíamos aprender a vivir con el pasado para que nos ayude a comprender el presente, pero sin contaminarlo con sus fantasmas y sin pensar que nos pertenece [...] El pasado de este continente se podría dibujar como una inmensa tela de araña que une decenas de miles de pequeños hilos para crear una estructura con sentido. Y tenemos que construir sobre ese pasado, no desde ese pasado».

Chavales, leed a Altares.

Helena o el mar de verano de Julián Ayesta es una novela muy breve, de apenas noventa páginas, publicada en 1952 y que estaba en mi lista de Libros pendientes y que me trajeron los Reyes. Se cuentan ella recuerdos de la infancia y la adolescencia del protagonista. Un día de playa con todas las tradiciones y rutinas familiares que cuando eres niño no valoras porque las das por hecho, porque siempre han sido así durante tu breve vida y, por tanto, crees que siempre estarán y que empiezas a valorar cada día cuando eres más consciente de su fragilidad. Otro recuerdo suena ahora, leído en 2019, muy ajeno: la culpa adolescente frente al pecado, los pensamientos impuros, la falta de comprensión de Dios o de la fe pero en 1952 esto tenía mucho sentido y realidad. El último recuerdo es el primer amor, Helena, los escarceos, los besos, el amor sexual, ese amor que crees que nadie más ha sentido nunca y que es imposible que se acabe.

Ayesta escribe muy bien y aunque su estilo pueda sonar de alguna manera "cursi" a nuestros oídos actuales, es un libro tierno, dulce y que a mí me ha recordado de alguna manera a la sensación que tenía cuando leía a Elena Fortún y sus historias de Celia.

«Corriendo, entre viento, pasamos por zonas de sol amarillo, por sitios de sol más blanco, por calles de sombra azul y fresca, por sombra grisácea y caliente, por un olor a algas de mar, por olor a pinos, por olor a grasa de automovilismos, por la calle de la señora de los perros con bata de lunares, por debajo del mirador del dependiente que canta ópera por las mañanas con el balcón abierto mientras se hace el nudo de la corbata, por los sitios de invierno que ahora, en verano, son tan diferentes».

El olvido que seremos de Hector Abad Faciolince ha sido el descubrimiento del mes y la prueba de que se me pueden regalar libros que no conozco y que me encanten. Me lo regaló una de mis tías por Navidad y me ha gustado muchísimo. Es uno de esos libros que desde la primera página sabes que va a ser casa. Otro más de recuerdos de infancia y homenaje a los padres, no sé si es que ahora se escriben más libros de este tipo o que los leo más. De todos modos creo que para apreciar este libro y exprimirlo no puedes tener quince ni veinte años, necesitas la perspectiva de ser hijo y la de ser padre (aunque esta última no es imprescindible).

Hector Abad cuenta la historia de su padre, su niñez, sus años con él mientras todo fue perfecto y cuando dejó de serlo. Lo construye y reconstruye con amor incondicional, humor, cariño y también intentando tomar cierta distancia crítica para no convertir a su padre en alguien irreal y perfecto. Era su padre y lo adoraba pero no era perfecto.
«Cuando me doy cuenta de lo limitado que es mi talento para escribir (casi nunca consigo que las palabras suenen tan nítidas como están las ideas en el pensamiento; lo que hago me parece un balbuceo pobre y torpe al lado de lo que que hubieran podido decir mis hermanas), recuerdo la confianza que mi papá tenía en mí. Entonces levanto los hombros y sigo adelante. Si a él le gustaban hasta unos renglones de garabatos, qué importa si lo que escribo no acaba de satisfacerme a mí. Creo que el único motivo por el que he sido capaz de seguir escribiendo todos estos años, y de entregar mis escritos a la imprenta, es porque sé que mi papá habría gozado más que nadie al leer estas páginas mías que no alcanzó a leer. Que no leerá nunca. Es uno de las paradojas más tristes de mi vida: casi todo lo que he escrito lo he escrito para alguien que no puede leerme,  y este mismo libro no es otra cosa que la carta a una sombra».

Abad cuenta como cuando era pequeño y escribía cartas a su padre firmaba como Hector Abad III y le decía «soy Hector Abad III porque tú vales por dos». Es un libro tiernísimo.

Leed a Abad, malditos.

La última lectura del mes ha sido la nueva recopilación de historias de Lucia Berlín: Una noche en el paraíso.  Se recogen aquí otros cuantos relatos de Lucia Berlin (pronunciado Lusia) que no sé si en algún momento fueron pensados para publicar o se han rebuscado ahora dado el éxito de Manual para mujeres de la limpieza. Los relatos están bien pero ni de lejos son tan excepcionales como los del Manual salvando algunas excepciones. Para mí los mejores son los que vuelven, una vez más a recrear de manera más o menos autobiográfica su vida en México con sus hijos y Budy Berlin, su marido drogadicto, esos relatos están llenos de ella, de su espíritu, de su manera de vivir, de su libertad y su expresividad.
«Mi madre escribía historias verdaderas, no necesariamente autobiográficas, pero por poco. Las historias y los recuerdos de nuestra familia se han ido modelando, adornando y puliendo con el paso del tiempo, hasta el punto de que no siempre sé con certeza qué ocurrió en realidad. Lucía decía que eso no importaba: es la historia la que cuenta».

En estos relatos hay menos desgarro, menos cinismo, menos humor y menos visión crítica pero aún así, sigue siendo Lucia (pronunciado Lucia) Berlín. Leedla.
«Hay cosas de las que la gente nunca habla. No me refiero a las cosas difíciles, como el amor, sino a las más bochornosas, como por ejemplo que los funerales a veces son divertidos o que es emocionante ver arder un edificio. El funeral de Michael fue maravilloso».
Leed a Altares, a Hector Abad, a Ayesta y a Lucia Berlín. 

Y con estas recomendaciones y un bizcocho doy por celebrados los trece años que llevo escribiendo mis cuadernos de lecturas. 







12 comentarios:

el chico de la consuelo dijo...

Como no te fias de mi gusto lector no te lees mis reseñas y te pierdes a autores como Abad a quien por cierto conocí en zaragoza.
http://elchicodelaconsuelo.blogspot.com/2014/08/el-olvido-que-seremos-de-abad.html?m=1
Han caido incendios, accion de gracias y feancamente fran de tu amigo ford. Incendios me encanto, accion de gracias tambien. El otro flojo.
Besicos
Igual soy primer o que?

Anónimo dijo...

Que raro ver escrito aquí..advierto DE Que..

Laura dijo...

“Advierto de que” es correcto, a mi no me extraña verlo escrito aquí...

Anónimo dijo...

¿No has leído ningún cómic este mes? Y creo recordad que el del mes pasado te lo regaló tu hermano. ¿Te has quedado sin suministrador/recomendador de cómics? ¿Necesitas un sustituto?

molinos dijo...

Edc, no había leído tu reseña de Abad.... pero en cuanlquier caso no sé si me hubiera llamado la atención. Llego a mis manos por un regalo y funcionó.

Anónimo es correcto.

Gracias, Laura.

Anónimo, no, no he leído ningún comic. Tengo Los enciclopedistas pendiente pero no funciono así, tiene que ser que me llamen.

Di Vagando dijo...

Si TXELOS se hace auto-publi yo también... ha ha... "Ponga una monja de compañía"

http://divagandodivagando.blogspot.com/2011/04/recien-nacido-ponga-una-monja-de.html

... pq yo también hablé de Faciolince!!! Claro q no le conocí en Vetusta. No sé si me lo regalaron unos amigos colombianos de Medellín q, como es un pueblo, seguro q le conocían.

love

di

Rísquez dijo...

Curioso, hoy mismo he empezado "El orden del día" y lo he escogido por delante del libro de Altares y del de Lucia Berlin. Serán los siguientes, vistas las reseñas.

NáN dijo...

Comprobará aquí, Anónimo
https://www.fundeu.es/consulta/queismo-o-deqeismo-5056/
que la autora del blog ha usado el "de que" en el caso correcto. No es un dequeísmo.

Y en cuanto al fondo, ¡esta vez no he leído ninguno de los libros de los que hablas! Me estoy durmiendo, parece.

Elena Rius dijo...

Vuillard fue un éxito total en mi casa, lo leyeron mi marido y mis hijos y quedaron encantados. Entiendo que todo lo que cuenta te suene ya familiar, en realidad todos los fans de la IIWW lo sabemos de sobra, pero no así los menos aficionaos a este tema, de modo que me parece importante que se cuente, y además de esta froma tan escueta y precisa. Porque otra cosa destacable en este libro es el estilo. Vuillard escribe maravillosamente (y, en este caso, contamos con una traducción española buena, algo muy de agradecer).
Por cierto (y ya para frikis IIWW): acabo de leer un libro alemán que habla de los rusos que fueron a Alemania como trabajadores forzados de los nazis. ¿Sabías que del total de campos que llegó a haber en el Reich (45.000, se calcula), 30.000 eran de trabajadores forzados? Las condiciones eran solo un poquito menos terribles que las de los campos de exterminio, pero se ha hablado muy poco de ellos. Y encima, al terminar la guerra, rogaban que no los devolviesen a la URSS, porque Stalin los consideraba colaboradores de los nazis y los mataba o enviaba al Gulag (casi lo mismo). Siento la digresión, pero me venía al pelo el tema para contarlo.

El libro de Abad, qué voy a decir, lo leí hace años y me conmovió, cosa muy poco frecuente.

madia leva dijo...

Disfruté mucho con Lucía Berlín. Ahora he descubierto los cuentos de Joy Williams que también merecen la pena

NáN dijo...

Elena, hace unos cuarente años traduje un libro que trata ese tema. Me impactó. Los soviéticos dudaban de sus ciudadanos presos: ¡habían conocido el brillo de la civilización occidental! Pobres hombres y mujeres que habían estado encerrados en campos de trabajo.

Así que cuando los liberaron los subían a trenes adornados con guirnaldas y cuando pasaban por un lugar de cierta importancia una banda de música, y sus habitantes, acompañaban el paso. Lo mismo ocurrió en Moscú. Pero poco después de pasar Moscú el tren paraba, quitabanlas guirnaldas, subían soldados y... directos al Gulag.

Elena Rius dijo...

Sí, NáN terrible. Y lo curioso es que apenas se ha hablado de eso. Muchos libros sobre el Holocausto (que no digo que deba hablarse, todo lo contrario), pero nadie parece acordarse de esos cientos de miles de trabajadores forzosos. En el libro que cito cuenta que, cuando les decían que les iban a repatriar a la URSS, muchos de ellos se arrodillaban llorando, rogando que les dejasen seguir en Alemania. Otros muchos simplemente se suicidaron...