jueves, 20 de abril de 2017

Cincuenta huevos duros

Bajo al comedor como si fuera Paul Newman en El Indomable o Robert Redford en Brubacker. No llevo uniforme azul y estoy a un millón de años luz de su atractivo pero mi actitud es la misma: podéis darme bazofia de rancho pero siempre me quedará mi dignidad. Dignity, always dignity, como dice Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia. 

¡Qué sorpresa! Otro día más en que no queda pan, no hay tenedores, el único cuchillo que queda en el cajón  tiene el mismo filo que un balón de fútbol y más mugre que ese mismo balón y tampoco queda agua. Cojo mi bandeja y el mantelito de papel y la empujo con desgana por el autoservicio hacia el patíbulo. ¿Qué sorpresas me encontraré? 

—No hay tenedores. 
—Es que venís todos a comer a la vez y los gastáis. 
—¿Perdona? ¿Y cual es tu plan? ¿Que los usemos por turnos? ¿O que vengamos a comer a las seis de la tarde?
—Es que venís, coméis y os ponéis a hablar. 
—Entiendo, el plan un único tenedor para unirlos a todos en silencio ¿no?

Me mira sin entenderme, claro.

—No hay agua.
—La tenemos aquí escondida, ahora te doy. 
—¿Escondida? ¿Por qué?
—Porque la gastáis. 
—Vaya, en qué estaríamos pensando, lo que deberíamos hacer es tragarnos el engrudo del día a palo, ¿no?

Me mira sin reírse, claro. 

—No hay pan. 
—¿Hoy quieres pan?
—Sí, ¿no te viene bien?
—Nunca comes pan.
—A lo mejor es porque nunca hay. 
—¿Y hoy por qué quieres?
—Porque me apetece y además es algo que puedo comer sin tenedor. Ja. 

Me mira sin más. 

—¿Y el ticket? 

Todos los días igual, todos los puñeteros días desde hace cuatro años lo mismo, la tortura del ticket. Te pide, te exige el ticket como si fuera un salvoconducto, como si regentara un restaurante de lujo o la única cantina abierta en una de esas carreteras infinitas que cruzan Estados Unidos. Y todos los días miro debajo del móvil, meto las manos en los bolsillos del vaquero, en los de delante, en los de detrás, en la chaqueta, porque sé que lo he cogido pero no sé dónde lo he puesto.  

—Joder, lo tenía aquí. 
—El ticket.
—No lo encuentro. Mañana te lo bajo. 

Su cara se descompone en una mueca, en un gesto de maldad que yo identifico con el de los guardias de fronteras en las películas, en ese personaje que cuando el protagonista está a punto de cruzar al otro lado, de llegar a su destino, de alcanzar la recompensa frena su avance con algún requisito idiota. 

—Es que sin ticket....
—Pero vamos a ver,¿Quién te crees que eres? ¿Willy Wonka y esto tu fábrica de chocolate? No hay pan, no hay tenedores, no hay agua, cuentas las servilletas de papel y sé que me vas a servir el primer plato en plato de postre para que parezca que me das más ración, y que vas a ponerme 3 trozos de tomate contados en la ensalada y que torcerás el gesto cuando te pida, otro día más, pollo a la plancha. Conoces mi cara, mi nombre, dónde me siento, mi horario y, sobre todo, ¿de verdad te crees que si pudiera comer en otro sitio vendría aquí todos los días a aguantar esta tortura? 

Me mira mientras piensa. 

—Vale, pero te apunto en la lista. 

Ojalá fuera Paul Newman y, por lo menos, me dieran huevos duros.

Dignity, always dignity. 



*Basado ligeramente en hechos reales.


martes, 18 de abril de 2017

El éxito y el desayuno

Grant Snider 
Entro en la cocina, abro la nevera, saco la leche, la mantequilla, la mermelada, un kiwi y el zumo de naranja; coloco todo encima de la mesa y enciendo la radio. Mientras vacío el lavaplatos, que dejé puesto ayer por la noche, escucho las noticias. Los platos, las sartenes, (encuentro un malsano placer en meterlas en el lavaplatos sabiendo que mi madre lo odia), los cubiertos. Coloco los vasos. Odio esos vasos gigantes de Nocilla, son demasiado grandes para todo menos para tomar gintonics; ocupan espacio en el armario, en el lavaplatos, hacen que la jarra se vacíe demasiado deprisa. Caliento el café, y mientras me como el kiwi presto atención a la radio. 

«¿Cómo será el planeta dentro de quince años? Hay cuestiones como el calentamiento climático, la escasez de agua, o las migraciones debidas a los cambios de clima que ahora empezamos a atisbar como realidades, y serán el escenario en el que desempeñen su vida y su trabajo la generación que ahora va entrar en el mundo laboral».

¿A qué viene esto? pienso mientras termino de escarbar en el kiwi y corto el pan para las tostadas. Saco el café del microndas y continúo escuchando «Se dice que estamos ante la generación más preparada de la historia, pues bien algunos de esos jóvenes profesionales ya han comenzado a creas asociaciones y plataformas para dar visibilidad a sus planteamientos y diseñan propuestas para el futuros de sus respectivos sectores laborales. Es el caso de los Young Waters Profesionals...»

¿Los qué? pienso tras el primer trago de zumo. Y ¿Por qué ya no se dice enseñar o mostrar sino dar visibilidad? 

«... que es una asociación que reúne a jóvenes talentosos de profesiones relacionadas con la gestión del agua, un sector que será clave en los próximos años. Esta iniciativa nace para servir de plataforma de contacto e intercambio de intereses y conocimientos entre estos jóvenes y no solo para potenciar sus carreras profesionales sino también para promover una visión del futuro del sector que parte del debate colectivo y así la unión de los conocimientos y la reflexión será compartida».

Se me cae la tostada al suelo en solidaridad con el locutor que llega al final de esta bobada sin aliento y totalmente descolocado porque, no sé si los "Young Water Profesinals" son jóvenes talentosos pero lo que no saben es escribir. ¡Qué despropósito de cuña, qué espanto de texto, qué de cursilerías y bobadas! 

En el coche me (a)salta otra cuña. Una voz femenina con un acento extraño, no sé si finge ser francesa, inglesa, alemana, o mexicana enumera los interminables beneficios de un master en algo que no consigo entender por el acento que gasta. Repite incansablemente la palabra éxito, exitoso, profesionales de futuro. Una voz en off termina la cuña sugiriendo que te pases por su web que se llama "tuexitonosequé". Apago la radio. Entro en la piscina pensando en qué pereza me daría a mí hacer un master de esos, qué pereza y qué aburrimiento. Estudiar algo para ser el mejor es una idea terrorífica. 

Llego al trabajo oliendo a cloro, enciendo el ordenador. «Por menos de 3.000 € no escribimos un post», el cloro ha debido anularme el criterio y pincho pensando que la noticia irá de alguien que se trabaja, se documenta y escribe grandes historias. Me doy de bruces con la realidad; los que cobran esa barbaridad, son dos, ella y él, por hacerse fotos por el mundo y colgarlas en instagram. Las marcas les pagan ese dineral por hacer eso, son guapos, flacos y lo que hacen me deja completamente indiferente. Miento, me provoca rechazo absoluto.

Repaso la prensa, leo, comparto. Y me encuentro otro artículo sobre el desmantelamiento de la educación, la literatura universal va a desaparecer de segundo curso de bachillerato y releo la frase de Wert «Los alumnos no deben estudiar lo que quieren, sino lo que propicie su empleabilidad»

Empleabilidad, éxito, exitosos, profesionales talentosos, futuro profesional, profesión de futuro, imagen, vender. ¿Qué es el éxito? ¿Cuándo ha empezado a ser importante tener éxito? ¿Por qué el éxito es, ahora, algo que haces, algo que vendes? ¿Por qué te define lo importante que sea tu trabajo? 

La nada gana terreno cada día y, como en La historia interminable, se nos está olvidando lo que merece la pena. Saber, conocer, estudiar algo que te gusta, tener un trabajo decente que te de para vivir y que no te agreda. El éxito no es ser el mejor, el éxito es que te guste lo que eres cuando nadie te ve, cuando estás desayunando solo.  Bueno, eso y acordarte de dejar puesta la lavadora.   

miércoles, 12 de abril de 2017

Sé que es guapo

Todos los jueves el mismo camino, la misma ruta. Paso por delante de nuestra casa y continúo hacia arriba dejándola a la derecha. Tengo que acordarme de colocarme en el carril de la izquierda, la inercia es poderosa en mí y voy como una autómata, si no lo pienso acabo despistándome. 

Enfilo la calle, paso la gasolinera, la rotonda de la piedra, la Citroen y giro a la izquierda justo delante del hospital. Enfilo la calle y, desde el cambio de hora, el sol que hasta entonces entraba por mi ventanilla me da directamente en los ojos mientras baja al otro lado del Retiro. Bordeo el hospital y el mismo recuerdo recurrente vuelve a salir de su rincón en mi memoria. Ana, hay una misa. Mi madre era atea y yo también pero sus compañeros se han empeñado en hacer una misa de recuerdo. No hace falta que vengas. No digas chorradas, allí estaré. 

Es la única vez que he entrado en ese hospital, estrictamente entré en la capilla. Han pasado once años y medio pero, como todos los jueves, recorro el recuerdo entero. Calculo el tiempo transcurrido, once años, otra vida. Giro a la derecha en la esquina de Rodilla. Alguien va hacer reformas o va a mudarse porque hay cinta colocada entre los raquíticos árboles de la calle. Miro el reloj del salpicadero: 18:48. Le resto dos. 18:46. Vuelvo a pensar, otra vez, en poner el reloj en hora pero me produce un extraño placer pensar que vivo dos minutos por delante del locutor de radio por las mañanas y por eso no lo cambio. Al girar a la derecha el sol ha dejado de caerme encima, tapado por los edificios, pero entra fulminante por la siguiente bocacalle iluminando de pleno esta fachada del hospital, casi parece un foco de los que marcan el camino de entrada a los estrenos de cine con alfombras rojas y flashes. 

Como un actor de cine, como el protagonista de una peli ambientada en Manhattan. Le intuyo a lo lejos. Sé que es guapo antes de verle. El sol le da de frente en los ojos y sé que tendrá que entrecerrarlos, guiñarlos si mira al frente. Está parado delante del paso de cebra al que estoy a punto de llegar. La cara iluminada y el cuerpo en sombra. Freno para comprobar que mi intuición es cierta. Y lo es. Es guapo. Atractivo. Alto. Vestido de gris con chaquetilla y pantalón, el uniforme de un instalador. Algo naranja relampaguea con el sol. Quizás el logo de la empresa en la que trabaja. Freno del todo. Me mira con sorpresa. Tiene los ojos azules, arrugas en la cara y el pelo entrecano. 

Cruza mirándome. Creo que lleva un cigarro en la mano. Suelto el freno y continúo. Dejo atrás la manzana del hospital. 18:50, me sobran doce minutos. Aparco. Sabía que era guapo antes de verle.


lunes, 10 de abril de 2017

Todos los por si acaso del mundo

Por si acaso voy a coger el jersey. Por si acaso puedo aprovechar este resto de pisto. Por si al final voy el martes a esa cena. Por si tengo que ir elegante a la reunión del jueves. Por si me llaman la semana que viene. Por si me piden algo esta tarde. Por si se rompe. Por si tengo que celebrar algo. Por si vuelven los vaqueros nevados.  Por si se pierde.  Por si creen que me paso de lista. Por si lo necesito cuando llegue allí. Por si me apetece la semana que viene. Por si hace calor. Por si tengo que ir elegante. Por si creen que soy tonta. Por si vamos a bucear. Por si se enfada con lo que digo. Por si me enfado con lo que me conteste.  Por si me ignoran. Por si me aburro. Por si vamos a un restaurante elegante. Por si me hace gorda. Por si piensan que no tengo ni idea. Por si me piden que lea algo. Por si quieren jugármela. Por si me piden que diga unas palabras. Por si acaso adelgazo. Por si me malinterpretan. Por si engordo. Por si me marca los michelines. Por si me sienta mal. Por si quieren engañarme. Por si me duelen los pies. Por si acaso vuelve a quererme. Por si se arrepiente. Por si me arrepiento. Por si no encuentro a nadie. Por si me quedo solo. Por si, por si, por si... 

Todos los por si acaso del mundo se resumen en por si acaso me equivoco. Y el único por si acaso que debería importarnos es por si acaso se me acaba el tiempo. 


miércoles, 5 de abril de 2017

Me gustaría

«Me gustaría saber a qué dedico el invierno» dice Rafa Pons. A mí también me gustaría saber porqué el invierno pasa más rápido que la primavera. Me gustaría  despertar sin llorar de sueño. Y madrugar para aprovechar el tiempo. Me gustaría que las uñas no crecieran. Y llevar las de los pies siempre pintadas. Me gustaría saber pintarme las uñas. Me gustaría saber dibujar y que me gustara el flamenco. Me gustaría que existiera el teletransporte. Y que los viajes fueran más lentos. Me gustaría poder decir que me quiero dejar el pelo blanco sin que la gente ponga los ojos en blanco con cara de «estás loca». Me gustaría saber poner los ojos en blanco. Me gustaría conocer a David Remnick. Y poder ir en tren a trabajar con la cabeza apoyada en la ventanilla. O poder ir andando atravesando El Retiro. Me gustaría saber pintarme los labios. Y que no me diera vergüenza.  Me gustaría morirme de un infarto. Y que fuera durante la noche, mientras pienso en las cosas que haré al día siguiente. Me gustaría, a veces, ser un hombre y nadar con uno de esos bañadores minúsculos. Me gustaría, a veces, muchas, no tener tetas. Me gustaría que no se me olvidara siempre sacar del congelador lo que tengo pensado para la cena. Y que cada vez que abro una botella de vino no me atacara el miedo a «oh, dios mío, seguro que rompo el corcho». Me gustaría acordarme de cambiarme los pendientes. Y qué me importara que pendientes llevo. O acordarme de los que llevo. Me gustaría que los calcetines no se gastaran y que las toallas se desintegraran al cabo de un par de años. Me gustaría que la capacidad para saber ordenar el armario de los tuppers fuera determinante para elegir pareja. Y que preguntarle a alguien «¿tú sabes ordenar tuppers?» fuera tan común en una cita como preguntarle por su trabajo. Me gustaría no decir nunca «por si acaso». Me gustaría no tener que decir siempre «con b» cuando digo mi apellido. Y que no me dijeran «¿seguro? yo pensé que era con v». Me gustaría no saber qué jamás tendré tiempo para leer todo lo que guardo en mi carpeta de «para leer cuando tenga tiempo». Me gustaría que la concentración pudiera activarse con un interruptor. Y que la inspiración no me llegara siempre en el coche. Me gustaría saber coser. Y que las prendas que no se pueden lavar en la lavadora se pudieran lavar en la lavadora. Me gustaría poder creerme que el programa «lavado prendas delicadas» es una realidad y no una mentira piadosa de los fabricantes de lavadoras. Me gustaría que no se me hubiera olvidado tender la ropa. Me gustaría saber hacer maletas. Y que hubiera muchos días nublados y lloviera más. Me gustaría que lloviera tanto como para tener varios paraguas solo por el placer de tenerlos. Y tener uno favorito para salir a pasear. Sin abrirlo nunca.