viernes, 3 de febrero de 2017

Lecturas encadenadas. Enero.


Vamos al grano directamente que tengo mucho que contar.

Empecé el año con Tonto de remate, de Richard Russo. Hace un millón de años, y con el que fue mi primer novio, fui al cine a ver Ni un pelo de tonto con un maravilloso Paul Newman interpretando a Sully, un viejo perdedor, divertido, cínico y entrañable que vivía en un pequeño pueblo americano junto con otra panda de personajes muy curiosos. En aquel entonces, yo no sabía que la película estaba basada en un libro de Richard Russo. Eso es algo que descubrí, muchos años después, cuando leí Empire Falls y reconocí el tono, los personajes y el ambiente. He leído mucho a Richard Russo y por eso tenía ganas de leer esta novela que acaba de publicar.

En Tonto de remate volvemos a aquel pueblo, Bath, y durante unos días seguimos la vida de dos de sus habitantes; el ya conocido Sully y el jefe de policía Doug Rymer. Ellos son los ejes sobre los que Russo construye la historia entretejida de un montón de personajes entrañables que se conocen, y se odian y se quieren a ratos. Está Sully que cuando ya está de vuelta de todo se da cuenta de que quizás no está preparado para morir, está Doug avergonzado por sus inseguridades, está la ayudante de policía lista, un par de malos, un par de tontos buenos, algún tonto necio y los inevitables camareros que actúan como los coros en las tragedias griegas dando la réplica a los protagonistas.

Russo es un novelista capaz y solvente. Su lenguaje no es sorprendente ni encuentras grandes hallazgos pero construye personajes sólidos y reales que se te quedan dentro y a los que coges cariño y no olvidas. Es una novela entrañable que se lee con agrado, entretenida y que mejora según avanza como si Russo fuera cogiendo ritmo poco a poco.

Si la novela llega a hacerse película, cosa harto probable porque es muy adaptable, y dado que Paul Newman ya no está, creo que Harrison Ford o Jeff Bridges molarían como Sully.
«Y a Raymer, mientras la esperaba, le dio por pensar que esperar a una mujer que había olvidado algo era uno de los placeres más infravalorados de la vida.Cuántas veces, a punto de ir a cualquier lugar con Becka, ella había tenido que volver atrás porque se había dejado algo encima de la mesa de la cocina. Un hábito molesto, sí, pero qué maravilloso era cuando la veía reaparecer, qué dulce saber que no se había ido para siempre. Hasta el día en que sí se fue». 
Pedí a los Reyes Magos La casa, de Paco Roca  porque un amigo me lo recomendó y porque me habían gustado mucho Los surcos del azar y El invierno del dibujante.  Me ha gustado muchísimo. Creo que todos, o muchos, tenemos una casa en la que nos criamos, una casa asociada a nuestra infancia: la nuestra, la de nuestros abuelos, la de familiar en un pueblo al que íbamos en verano. Son casas que eran invisibles cuando las vivíamos, que nos daban igual, incluso puede que, en algún momento, las odiáramos y, más adelante,  las olvidáramos durante una temporada. Sin embargo, son casas que están llenas de recuerdos, que se van cargando de significado con el tiempo o quizás, siempre lo tuvieron pero hay que tener una determinada edad para verlo, para saber leerlo.  Esas casas suelen estar impregnadas de las manos de alguien, de su forma de ser, de estar, de cuidar, de pensar, de vivir y lo que nos duele, lo que nos mata de nostalgia, llegado el momento,  es perder esa caja que es la casa en la que atesoramos su recuerdo. Ese alguien era el capitán del barco que luchó por mantenerlo a flote y que hacia que pareciera fácil. Cuando desaparece, la tripulación se da cuenta, valora su labor e intenta seguir con ello pero ya no es lo mismo y nunca lo será.

Todos tenemos una casa así y Paco Roca lo cuenta magistralmente a partir de pequeños gestos, sin grandes palabras ni grandilocuencias, solo con amor, dolor, nostalgia y ese pelín de culpa que todos sentimos por no haber sabido apreciar, a tiempo y lo suficiente, a esa persona, capitán de barco, por haberla dada por hecha. Nos mata el no haber sabido expresar todo eso a tiempo, darnos cuenta cuando es demasiado tarde. A una determinada edad, además, esta situación abre otra pregunta ¿Me pasará a mí lo mismo?

El libro de la madera, una vida en los bosques de Lars Mytting  es exactamente lo que sugiere el título, un noruego hablando de madera, de bosques, de árboles, de motosierras, de hachas, de máquinas astilladoras, de métodos de apilado, de métodos de apilado, de estufas, de las maneras  de encender un fuego perfecto. .

Lars Mytting me ha recordado un poco, salvando las distancias, a Bill Bryson. Contra todo pronóstico consigue hacer de un tema, a primera vista, completamente insulso, una lectura amena, entretenida, interesante y con la que se aprende un montón de cosas. Algunas útiles si tienes chimenea y otras completamente absurdas pero resultonas. Por ejemplo he aprendido que el árbol más antiguo del mundo es un abeto de nueve mil quinientos cincuenta años. En realidad sólo la raíz tiene esa edad, el árbol tiene seis siglos y está en Suecia. También he aprendido que la leña de abeto se llama "leña de cocina" y la de abedul "leña de salón".

Es universalmente conocida mi debilidad para los noruegos. Hasta hoy los admiraba por su cuerpo, su porte con jersey de cuello vuelto, sus manos y el clima de su país, ahora también por la mística con la que hablan de su motosierra.
«La médula del corte de leña es la motosierra. Apenas hay una herramienta capaz de semejantes proezas por litro de combustible. Siempre y cuando la cadena esté bien afilada, la motosierra hará todo lo que le pidas. Elegir la motosierra es algo que define al leñador».
Lo mejor del mes ha sido Niveles de vida de Julian Barnes. Es un libro muy breve, 143 páginas, que se lee en un suspiro y al terminar se vuelve a empezar. Está dividido en tres pares, las dos primeras de ellas relacionas con globos aerostáticos y la última es un relato del duelo, del luto, muy en la línea de El año del pensamiento mágico de Didion.  El primer capítulo está dedicado a la figura de Felix Nadar, el primer hombre que juntó el volar y la fotografía. Su historia es fabulosa pero lo que más me ha gustado es la descripción que de él hace Barnes en siete palabras: «Nadie le acusó nunca de ser sensato». De este capítulo también aprendí la expresión  "oírse vivir" que fue lo que dijo el primer hombre que subió en un globo de hidrógeno, «Me oía vivir, por así decirlo». Me parece una expresión maravillosa, remite a ser consciente de lo que te pasa intensamente, a sorprenderte por estar vivo y por todo lo que te rodea. Oírte vivir.

El segundo capítulo está dedicado a  Fred Burnaby y su historia de amor con los globos y con Sarah Bernhardt.
«Vivimos a ras de suelo, en lo llano, y sin embargo, aspiramos a elevarnos. Terrestres, a veces ascendemos tan alto como los dioses. Algunos se elevan por medio del arte, otros con la religión, la mayoría, con el amor. Pero al elevarnos también podemos caer en picado. Hay pocos aterrizajes suaves». 
La tercera parte, La pérdida de profundidad, es un viaje introspectivo, una autopsia del duelo, del luto, del dolor, de la incredulidad, de la ausencia, del día a día con esa nueva realidad inabarcable que aplasta. No sé muy bien qué llevó a Barnes a unir su historia con la de Felix Nadar y Fred Burnaby. Sospecho que solo el deseo de contar la vida de ambos y que le sirvieran de muletas sobre las que apoyarse para caminar como un enfermo del alma que es, sentirse acompañado, encontrar paralelismos,  unos antecedentes a su dolor y así dotarlo de sentido.

Son unas páginas cargadas de amor, de dolor y de tristeza.
«Juntas a dos personas que nunca habían estado juntas. A veces es como aquel primer intento de acoplar un globo de hidrógeno a otro de aire caliente: ¿prefieres estrellarte y arder o arder y estrellarte? Pero a veces funciona y se crea algo nuevo y el mundo cambia. Después, tarde o temprano, en algún momento, por una razón u otra, una de las dos desaparece. Y lo que desaparece es mayor que la suma de lo que había. Esto es quizá matemáticamente imposible, pero es emocionalmente posible».
Barnes se hurga en la herida para descifrar su dolor, para comprenderlo y hacerlo manejable. Reivindica la pena y la tristeza, el luto y la ausencia como un periodo que hay que pasar, hay que sufrir, hay que cruzarlo. No se puede ignorar ni suavizar falsamente. Se opone también a los eufemismos como "se ha marchado" o "nos ha dejado". Ha muerto.
«Sabía ya que sólo las viejas palabras servían: muerte, congoja, tristeza, pesar, sufrimiento. Nada moderadamente evasivo o medicinal. La aflicción es un estado humano, no médico, y aunque haya píldoras que nos ayuden a olvidarla - y todo lo demás -, no hay pastillas que la curen. Los afligidos no están deprimidos, sino solo debidamente, adecuada, matemáticamente tristes».
Y habla también de algo que todo el que ha sufrido la muerte de un ser querido y cercano reconoce, la sensación que se tiene una vez que transcurre el primer año.
«Y por tanto es como si ella se alejara de mí por segunda vez: primero la pierdo en el presente, después la pierdo en el pasado». 
 Me ha encantado. Se quedará en mi mesilla con los otros libros que me gusta sentir.

Y con esto y un bizcocho hasta los encadenados de febrero.

7 comentarios:

NáN dijo...

Cosecha selecta para abrir boca con el año (bueno, ya sabes que de cómics me borro; torpeza mía, claro).

Anónimo dijo...

Casualidades, Niveles de vida lo leí hará como mucho un mes, me gustó muchísimo, llega muy adentro y se queda. Tonto de remate lo cogí el otro día de la biblioteca, lo tengo pendiente de empezar.

Rísquez dijo...

Paco Roca está entre los mejores autores españoles y "La casa" debería haber tenido una repercusión que, por desgracia para el mundo del cómic en España, brilla por su ausencia. Ojalá se leyera la obra de Roca (como la de otros como Antonio Altarriba, por ejemplo) con la fruición con la que se lee otra de menor nivel (y me acuerdo de ese escritor que tanto te gusta, Moli).

El primo del Chicodelaconsuelo dijo...

NI uno

Marta dijo...

Esta vez sólo me llaman la atención los de Richard Russo, me los apunto. Y hago propósito de año nuevo (en febrero): a ver si soy capaz de ir contándote los libros que leo "por tu culpa", ¡que son bastantes!.

Cristina Mato Fresan dijo...

Molinos,

Esperando tu despelleje de los Goya como agua de Mayo.

NáN dijo...

En Culturamas escriben, muy bien, sobre el Libro de la madera.

http://www.culturamas.es/blog/2017/02/07/el-libro-de-la-madera-de-lars-mytting/?utm_source=feedburner&utm_medium=email&utm_campaign=Feed%3A+Culturamas+%28Culturamas%29