lunes, 19 de abril de 2021

Quiero mi menopausia y la quiero ya

Monica Rohan
Las manos frías, la tripa triste, hormigueo de piernas, frio. Calor y sueño. Pena y cabreo y sigo con las manos frías. Al baño otra vez. Dolor de piernas ¿será un trombo? No porque son las dos a la vez. La trombosis no puede ser a dos piernas como una pieza de piano a cuatro manos ¿no? Dolor de cabeza, justo encima de la ceja izquierda. Al baño otra vez. ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Por qué todo es tan difícil? Llama al banco. Pide hora. Imprime. Firma. Escanea. Qué pereza todo. Escalofríos mientras todo el mundo comenta que al sol, hoy, se está fenomenal. La tripa del revés o, mejor dicho, sin saber qué quiere. En un minuto me duele con agudos pinchazos, en otro suena en vacío como si llevara días sin comer, al minuto siguiente clama por una bolsa de alpiste de la máquina y al siguiente parece que se inclina por las náuseas y las arcadas. Voy a por el alpiste, no tengo cambio para la máquina. No funciona la máquina de cambio, casi lloro del disgusto. Me duelen las piernas al caminar y al sentarme me hormiguean ¿serán trombos? No, y no voy a mirarlo en internet. Las manos congeladas. Las miro, las veo feas, sé que son mis hormonas de tripi paseándose por todo mi cuerpo como si estuvieran en una de esas casas abandonadas en las que se hacen raves. El dolor de cabeza de la ceja izquierda se está haciendo fuerte taladrándome el cerebro, intuyo que se propone llegar a la coronilla y colonizar mi pensamiento. La rave ha llegado a los riñones. No sé como sentarme, y si es un cólico o una piedra o cáncer. Qué va, sé lo que es.  Pero ¿Cuándo se va a acabar esto?

«Pues esto está funcionando a pleno rendimiento. Todavía te queda»

Estoy hasta los ovarios de la regla. Treinta y seis puñeteros años y odiándolo cada mes. Más tiempo con mi regla que con mis hijas o mis parejas. Eso sí que es una relación tóxica. Me  la chufla la corriente esa de ama tu regla, el patriarcado te ha enseñado a odiarla. No necesito que nadie me enseñe que encontrarme de angustia y dolorida. Es espantoso, incómodo y algo para odiar. No quiero abrazar mi regla ni darle un sentido místico. No. Es un proceso fisiológico y me sienta de angustia, igual que la digestión de los pimientos rojos. Igual, no. Amo muchísimo los pimientos rojos y me dan muchas más satisfacciones que mis ovarios.  

Y no, la regla no me hace mujer, ni me hace Ana. O si me lo hace es en la misma medida que mis riñones o la tibia. Y estoy segura de que si la tibia, cada mes, me doliera como para pensar en arrancármela estaría también muy harta de ella.  

Quiero mi menopausia y la quiero ya. 

jueves, 15 de abril de 2021

Hagas lo que hagas ponte bragas, las que quieras.

Hay una imagen rodando por redes que recoge una teoría según la cual las bragas tienen una vida que recorre tres etapas: la de la ocasiones especiales, la de los días días normales y la de los días de regla
, siendo esta última etapa el cementerio al que van a parar todas las reglas hasta que acaban en el cubo de la basura: las bragas no se reciclan ni aunque seas una loca de la reutilización. Esta teoría de las tres vidas de las bragas era comúnmente aceptada sin darle mucha más reflexión más allá del "totalmente" y el "jajaja, yo igual", porque sinceramente es una teoría que tiene la misma importancia que mi opinión sobre el tráfico marítimo de contenedores (aunque en breve mi opinión sobre este tema va subir porque me estoy documentando con podcast sobre el tema).

La cuestión es que ayer mi querida Sara Solomando reflexionó sobre esta teoría acompañando sus pensamientos con una fotografía de unas braguitas ideales, supongo que en su cuerpo posicionadas, que yo jamás me hubiera comprado. La postura de Sara es, y conozco más gente así pero no lo cuentan tan bien, que ella no tiene bragas de regla, que a ella le flipa la ropa interior y que para ella es importantísimo llevar todos los días un conjunto bonito con el que se sienta guapa. En esto le influye la teoría de su abuela, que también todas hemos escuchado: "haz el favor de llevar las braguitas decentes que mira que como tengas un accidente y vayas al hospital, qué vergüenza si las llevas rotas". A mí ese argumento siempre me pareció que flojeaba. Primero, porque si me pasa algo tan grave como para ir al hospital mi última preocupación van a ser mis bragas; pero es que, además, no creo yo que los especialistas médicos pasen mucho tiempo comentando las bragas de las pacientes. Pero quién soy yo para desautorizar abuelas de los setenta. Eso sí, mi teoría es que todas nuestras abuelas fantaseaban eróticamente con médicos y practicantes (porque por aquel entonces existían) y por eso para ellas era importante ir siempre preparadas: por si sus fantasías se hacían realidad. El "por si pasa algo" no era, como nosotros pensábamos, un accidente. Era algo que enlaza con la teoría de Sara:  hay que ir mona no vaya a ser que tengas un encontronazo apasionadamente sexual. Bien.

Desconozco la media de encontronazos apasionadamente sexuales en la vida de una mujer. En mi caso, que soy el ejemplo que tengo más a mano, el total de encontronazos con resultado de sexo han sido tres y en ninguno de lo cuales recuerdo ni la ropa que llevaba puesta ni que le dedicáramos a mis bragas más tiempo o interés del que le dedicamos a los calzoncillos del contrincante. Con toda esta disquisición, completamente boba e innecesaria, quiero decir que para mí la ropa interior tiene cero importancia. No le dedico ni medio segundo de mi tiempo a pensar qué me pongo ni qué llevo. Ese medio segundo solo lo uso para elegir el color del sujetador y evitar salir de casa con transparencias que, en mi caso, no me favorecen.Es más: ahora mismo mientras escribo esto soy incapaz de recordar qué ropa interior llevo puesta; y eso que la he sacado del cajón con mis propias manitas hace unas cuantas horas. Es muy posible que sea negra y que a mi madre no le pareciera bien en caso de verla porque hace poco tuve con ella esta conversación: 

—Ana, no entiendo para qué tienes tanta ropa interior de caberetera. 
—¿Perdón?
—Sí, todo negro. De cabaretera. 

En fin. Somos Sofía y Dorothy.

¿Es importante la ropa interior que lleves? Hay gente, como Sara, para la que sí lo es y creo que hay gente como yo,  que nos da igual. Para mí, con que sea cómoda y de mi talla (tarea nada fácil) es suficiente. Cuando alguna vez he intentando ser del grupo de Sara e ir hecha un primor de sensualidad interior siempre estoy incómoda (esto tiene que ver con la talla, todo tiene que ver con la talla en este tema) y la incomodidad, a mí, me resta muchísimo atractivo y tampoco voy sobrada de esto.

Llevad las bragas que queráis: conjuntadas, sin conjuntar, a juego con el sujetador o descoordinadas, tipo culotte, tanga, brasileña, de talle alto, de talle bajo, que te saque culo, que te meta tripa, que te haga cintura, que te vayan flojas y sean como no llevar nada, que te aprieten y te hagan sentir sexy...las que sea, usad las que más os gusten, teniendo en cuenta que a los médicos les va a dar igual y al contrincante del encontronazo también: si se para a mirar qué llevas puesto eso ni es un encontronazo ni es nada. Pero llevad bragas... o calzoncillos, incluso, como les pasa a las soldados en el ejército suizo (¿Los suizos tienen ejército? Sí) porque el uniforme está solo pensado para tíos; así que hasta que tengan lista la ropa interior de mujeres (que será larga para el invierno y corta para el verano) ... la solución son calzoncillos.

Os deseo muchos encontronazos, de los buenos, de los que lo único importante que merece la pena con respecto a la lencería es encontrarla después, cuando tengas que volver a ponértela. (Si no la encuentras y te marchas en plan comando: ¡Enhorabuena!)

martes, 13 de abril de 2021

Nat y el empotrador alemán


Voy a empezar recordando, una vez más, que no estoy en contra de los libros malos. No estoy en contra de estos libros pero sí de las alabanzas en las fajas, de que se les den premios y, sobre todo, de que nadie se atreva a decir que son malos. No pasa nada, yo hago unos huevos fritos que son una birria y, por supuesto, no me dan premios ni nadie los halaga pero se pueden comer.  

Un amor es malo pero se puede leer. Y, por supuesto, hay a gente a la que le ha encantado, como a mí mis huevos fritos. 

Spoiler total.   

Un amor se lee fácil y es un crossover perfecto entre Helga descubre el amor en Jutlandia y Atracción Fatal con ambientación en el desierto almeriense.  ¿Difícil mezcla? Puede, pero no imposible en las manos de Sara Mesa que consigue unir las dos historias. O, mejor dicho, las agita pero sin que mezclen bien. 

Nat llega, acosada por algo retorcido y oscuro de su pasado, a establecerse en un pequeño pueblito, La Escapa (atentos a la sutileza del nombre del lugar). El pueblín, como somos españoles y todo tiene que ser intensito, en vez de ser pintoresco, con bonitas casas y verde... es un secarral árido y feo en el que Nat se alquila una casa espantosa, con un jardín asqueroso lleno de tierra reseca y un casero que es un cabronazo. ¿Por qué? Porque Nat ha venido a La Escapa y al mundo a sufrir. Ese es su plan de vida y tú, el lector, no lo entiende mucho pero en fin, a tope con las sufridoras que han dado grandes obras de la literatura. 

En el pueblín para nada idílico Nat conoce a Píter que, como cualquiera que ha visto pelis de sobremesa, sabe que es el personaje que está ahí para que parezca que se van a liar pero que luego resulta ser solo amiguísimo. Píter es hippie (ni un poblacho sin su hippie), lleva el pelo largo porque si no menuda mierda de hippie y hace vidrieras de colorines con cristales reciclados de la basura. ¿Queréis un tópico? Ahí está Píter para cumplir ese papel. Nat se ha alquilado la casa asquerosa porque no tiene dinero.  Lo que tampoco tiene  es muchas ganas de trabajar. Es traductora pero, chica, se pasa horas y horas mirando al infinito y no traduce. Lo intenta unos cuantos párrafos y luego lo deja porque a pesar de no tener dinero, no se le ocurre que, a lo mejor, haciendo un esfuercito y terminando la traducción, consigue dineretes. Ella está entretenida con su vida interior y su perrete, Sieso, que le ha traído el caserocabrón y que está un poco a su bola. Y ahí estamos, como en Jutlandia pero sin colores sobresaturados, ni vecinos bonachones ni buen rollo, aquí todo es un ir y venir de tierra requemada, gente que pasa de Nat y ella preocupada por si ha perdido su atractivo para los hombres cuando Píter no muestra el más mínimo interés en acostarse con ella. 

Un buen día llueve en el secarral. Cae la mundial y, por supuesto, la casa tiene goteras. 

Casero, arréglame las goteras.
Bah, aquí llueve poco.
Ya pero es que se está pudriendo el suelo.
¿Y a ti qué más te da si la casa no es tuya?
Ah vale. 

Porque Nat tiene una personalidad que se caracteriza por no ser una personalidad. No sabe lo que quiere, ni como lo quiere, no dice lo que quiere, no sabe lo que siente, no trabaja, no se cabrea, no se impone. Eso sí, desde su parcela roñosa, mira con displicencia   a los vecinos de al lado con sus hijos, su monovolumen y sus barbacoas. Ella es idiota pero eh, es misteriosa, no como los otros que parece que protagonizan el catálogo de Carrefour.  

Bueno pues Nat decide que, para las goteras,  comprará cubos más grandes y ya está. Un buen día el Alemán, que es un tipo del pueblo que no es alemán pero qué más da, le lleva unas verduras de su huerto y le dice que ese tejado es un desastre.  Por la tarde el Alemán vuelve arreglado pero informal y le dice a Nat «Puedo arreglarte el tejado a cambio de que me dejes entrar en ti un rato». Nat hace «mmmmm» mientras reflexiona sobre qué educadísimo es el alemán usando la expresión "dejarme entrar en ti». Le parece encantador que diga «dejarme entrar» como pidiendo permiso. Nat es una idiota fenomenal, de primera categoría. Lo piensa un poquito y dice que no le interesa y el Alemán se pira. Él no lo sabe, pero el lector sí porque para eso ha visto doscientas treinta pelis alemanas en Jutlandia, esto no va a terminar así. 

Y a la vuelta de publicidad eso es lo que pasa. A Nat le entra un nosequéquéseyo y se va a casa del Alemán y le dice que vale, que le «deja entrar». El Alemán se ducha, se van a la cama y tiene lugar un polvo meramente de mantenimiento para el Alemán y hasta luego, Mari Carmen. Nat ha cumplido su parte y el Alemán al día siguiente le deja el tejado niquelado. Todo bien. Pero no. Porque Nat, la idiota fenomenal, empieza a volverse un poquito paranoica, se pasea por su casa de un lado para otro: ¡Oh,  madre mía!

«Sieso la sigue con la mirada, pero no es una mirada limpia: parece haber un juicio tras sus ojos» 

Para mí, que el perro solo quiere que pare quieta pero...

¿Qué pasa después? Pues lo que tenía que pasar: que Nat se encoña después del polvo de mantenimiento y descubre que El Alemán es un empotrador de categoría monumental, así que se pasa las mañanas sin traducir y las tardes follando lo más grande con El Alemán. Todo va sobre ruedas: tiempo libre y sexo del bueno. Ella está muy muy flipada con el sexo aunque no sé yo si las dos entendemos lo mismo por buen sexo: 

«Desnudos, el uno junto otro, somo dos hermanos. Nat no tiene que perseguir el orgasmo ni arañar con desesperación en los bordes pidiendo clemencia para entrar en sus dominios»  

A mí es que me parece que sexo y hermanos maridan mal. 

Con el Alemán tiene un acuerdo fantástico, nadie ha prometido nada, nadie ha dicho nada pero ella se ha montado en la peli, en la atracción del planeta del amor y quiere que el Alemán le regale flores, le diga amoríos, la pida que se quede a dormir con ella, le cuente su vida... ella quiere el cofre completo con la experiencia Amor intenso y no se da cuenta de que lo que le ha caído del cielo es el pack Sexo plenamente satisfactorio sin complicaciones. El Alemán que sí que se ha leído las instrucciones y la letra pequeña del pack, no se hace líos y ahí está cumpliendo y disfrutando. Aunque empieza a disfrutar menos porque Nat, idiota fenomenal, se pone muy pesada, hecha una plasta. Un día le pregunta «¿te gustaba yo desde el principio?» y cuando él le contesta siendo completamente sincero que no, ella se ofende muchísimo. Nat, hay cosas que no hay que preguntar nunca. Luego se mosquea cuando se entera de que el nombre de la gata del Alemán se lo puso su exmujer, ¿Cómo? ¡Qué tiene exmujer? ¿Cómo? ¿Qué un tío de más cuarenta años no es virgen, ha tenido otras relaciones y no ha descubierto el buen sexo conmigo? Nat está indignada porque ella además del pack Amor intenso sufre el síndrome de la descubridora del "diamante en bruto". Eso que le pasa a bastantes mujeres cuando encuentran a un tío de más de cuarenta años soltero y en vez de pensar que el tío pasa de relaciones creen que es que él no ha encontrado nunca a nadie como ella y que ella es la que ha descubierto esa joya que va a hacer ahora brillar como nadie.  

Nat, la idiota fenomenal, se transforma en una desquiciada. Pero una desquiciada que te da como vergüenza ajena, quieres pasarle la manita un poco por la cabeza y decirle: ale, ale, tranquila... y darle una tortillita francesa de tranquimazines y acostarla a dormir la paranoia.  

Cuando el Alemán consigue trabajo de ayudante de topografía, se indigna. "¿Pero tú has estudiado?"... no olvidemos que Nat es una snob de tomo y lomo, y el Alemán le dice que sí, que estudió Geografía. Y a Nat le parece mal, claro que sí. Ella se había montado su peli de descubro al gañán de pueblo y lo pulo y resulta que ni es gañán, ni de pueblo, ni necesita que nadie, y menos ella, lo pula. 

Con este nuevo trabajo se ven menos y en vez de verse follar y cenar, se ven, cenan y follan y a Nat esto, por supuesto, también le parece fatal. ¿Qué pasa? ¿Ya no la desea tanto? ¿Prefiere comer al sexo? Esto es de primero de relaciones, la urgencia brutal por follar se va acallando porque sino sería imposible vivir, pero en fin... a estas alturas ya has comprendido que Nat no tiene arreglo. 

Nat  va a su casa a deshoras, se agobia pensando que se está liando con la chica de la tienda, le espía en el pueblo que trabaja, le agobia con mil preguntas, el kit completo de "quiero que me digas que me quieres a mí sola, que soy lo más mejor del mundo mundial pero sin tener que preguntártelo y quiero que no hagas nada más que pensar en mí, mirarme, estar conmigo, desearme". 

El Alemán, que es el único personaje de todo el libro con un mínimo de coherencia y mucha paciencia, llega un día en que después de que ella le monte otro show, le dice: lo dejamos, estoy un poquito harto de tu acoso. Y Nat se desquicia, llora, grita, se va a casa y se acuesta y los vecinos de Carrefour le llevan infusiones y Píter le dice que a lo mejor se está poniendo un poco tremenda. Llora más, le da la turra al alemán por teléfono y éste con buen criterio pasa de ella, llora más. Sigue sin trabajar, claro. 

Esto está quedando largo. 

Un buen día consigue levantarse de la cama, se va a dar un paseo pensando muy fuerte y sufriendo aún más y cuando vuelve el perro sarnoso ha atacado a la hija de los vecinos.  Vuelta a encerrarse aunque todo el mundo le dice que tendría que salir a disculparse. Al final sacrifican al perro sieso aunque ella no quería y todo el pueblo la odia un poco por intensa y brasas. Luego a todos se les pasa, llega Navidad y ella otro día sale de paseo a casa del Alemán, se sienta como un personaje de anime en el porche de su casa y pasa horas allí, bajo el frío, el sol, la lluvia y haciendo pis en los arbustos hasta que llega él. Él llega, la deja entrar, ella dice cosas y piensa cosas y se pira pensando que ya no le gusta. 

Fundido a negro. Nat se ha ido a vivir a otro pueblo, a otra cosa más barata y no tan cutre y piensa que aquello que la llevó a La Escapa es el principio de su historia. ¿Qué es "aquello"? Pues nunca lo explican bien pero en resumen: robó algo en su oficina, la perdonaron pero no pudo soportar que la perdonaran y se piró. 

Para cuando llegas al final y comprendes la inmensidad de la idiotez de Nat, crees firmemente que lo que robó, la idiota fenomenal, fue una grapadora para hacerse la interesante. 

A Un amor le doy 3 Pamplonas. ( Siendo 5 Pamplonas el máximo en la escala del horror) 

viernes, 9 de abril de 2021

En Instagram se vende todo


Hace muchísimo años, veinticinco para ser exactos, mi amigo Juan y yo acuñamos la frase "empleados ociosos precios desorbitados" como definición de las tiendas más lujosas de la Rue Rivoli en París. Un escalón por debajo de esa cumbre de lujo y precios imposibles estaban las tiendas que designamos como "el precio no existe" para las tiendas con escaparates sin mención a los dineros que costaba lo que exhibían y uno más abajo encontramos las llamadas "cuanto más diminuto el tipo de letra, más alto es el precio" para los que ponen el precio pero es casi imposible de ver. En estas, podías comprarte algo si dejabas de comer ese mes. 

Últimamente, navegando por ese escaparate en que se ha convertido Instagram me he acordado de esta cumbre de inventiva conceptual que alcanzamos cuando éramos jóvenes. Instagram se creó para ser una red en la que fotógrafos de todo el mundo mostraran sus fotos, de ahí pasó a ser una especie de álbum de fotos compartido en el que podías ver como eran los hijos de tu compañero de trabajo, la pinta que en vacaciones tenía tu jefe o cómo a pesar de intentarlo tu primo no tenía talento fotográfico. Servía también para buscar fotos curiosas, ibas por la calle veías un Buzz Light Year asomando en una ventana y le hacías una foto, era algo gracioso. Era para ver cosas bonitas y para dar envidia que es para lo que toda la vida se han hecho las fotos. Todo esto casi ha desaparecido, creo que quedan solo (quedamos) unos cuantos irreductibles que usamos IG para eso y no vendemos nada. Dios me libre, no se dice vender, eso es chabacano, mercantilista y muy muy ordinario. En Instagram los que venden dicen que «crean contenido» y «comparten experiencias». Vamos, como el empleado de la Rue Rivoli que no se consideraba dependiente sino asesor de imagen. 

Instagram se ha convertido en un escaparate. Todo el mundo vende algo pero sin que lo parezca. Y los que lo parecen, los que son marcas o tienen «un pequeño negocio artesanal en el que nos dejamos la piel (no como vosotros que trabajáis por cuenta ajena sin dar ni palo)» no ponen los precios. «Mirad que vela más ideal, artesanal, estupléndida y fantabulosa».... pero del precio ni mu. Como ya aprendí hace veinticinco años, mientras me comía un helado paseando por Paris, si no te dicen lo que cuesta, es caro. Y sí, es caro, me da igual que me cuentes todos los costes que tienes, ya me sé la teoría, es caro porque nada de lo que se vende en Instagram es necesario. NADA.  Todo lo que se vende en IG es lujo y es superfluo. 

«La vida hay que hacerla bonita y darse caprichos».  Correctísimo. No seré yo, la mujer de los miles de libros y cientos de cuadernos, la que lleva cinco plumas, la que diga que no a eso pero ¿por qué esconder qué vendes? ¿Por qué disfrazarlo todo de "somos colegas» cuando lo que quieres es mi dinero? A mí, sinceramente, me ofende. Un poco, me ofende un poco tampoco me voy a poner digna pero encuentro bastante insultante esa manía de no contar jamás lo que cuestan las cosas. Haz una foto de tu bolso ideal y en el texto en vez de meter un párrafo sobre lo artesanal que es todo, sobre como el sol de la provenza en las margaritas del jardín o la risa de tus hijos al desayunar magdalenas te inspiraron para el estampado, pon el precio. Disponible en la web por 50 €. Y ya veré yo si el recuerdo de tus niños gorgojeando me impulsa a ir a tu web o no. 

Instagram no es la Rue Rivolí pero tampoco es Cobo Calleja. Es una red de ricos para gente que tiene el tiempo y la energía de perder horas mirando fotos, como si estuviera hojeando revistas de decoración y de moda. Es así. Y como es así, no se ponen los precios porque hablar de dinero es ordinario. Ja. 

Hablemos de dinero. Hablemos de las mujeres, porque la mayoría son mujeres, que venden en IG. Máximo respeto, es un trabajo como otro cualquiera y muy digno y se gana mucha pasta. Pero vamos a dejar las cosas claras, tú no eres mi amiga ni yo soy tu colega. Tú no me quieres por mi amistad ni yo quiero de ti compasión. Me quieres por dinero, a mí y a tus tropecientas mil seguidoras. Si vendes algo en IG, estás por mi pasta. Y ya está. No pasa nada. Amancio Ortega me quiere por mi dinero y el chino de la esquina  y los de Papelería Rey me adoran infinito porque me gasto los dineros en sus tiendas. 

Lo que más me ofende de IG es ese tufillo a colegueo de pega, ese tufillo a todas podemos molar mucho... que lleva implícito «si compras mis cuadernos, mi bolsos, mi, mi, mi tu vida será mejor, tú serás mejor» pero no hablemos de dinero, eso es ordinario. Y eso sin hablar de las que anuncian productos de marcas pero intentan colarlo como si no les estuvieran pagando ¿por qué? Porque en IG, que es puro mercantilismo, hablar de dinero está mal visto, es inncesario. Solo se habla para anunciar códigos de descuento, también en plan colegueo: ey, tengo un código PITIN03. Y cuando luego pruebas el código (me he documentado para escribir esto) para ver como de colega eres de la instagramer te descuentan 3 céntimos de tu pedido. ¿Cómo te quedas? Vamos a reconocer que para ser colegas es una basura de descuento, tirando a engaña bobos. 

Vuelvo a repetir que a mí me parece estupendo que la gente venda lo que quiera pero hablemos clarito. No me disfraces tu negocio y tu afán por venderme con ese toque aspiracional mezclado con un falso colegueo. Lo que vendes es superfluo, innecesario, de lujo y caro. A lo mejor decido comprarlo o a lo mejor no, pero vamos a ser claros. 

Sinceramente me fio más del anuncio de luces led en el que pone "12 €" que de tu bolso ideal fotografiado con una luz tan clara que en tu Baracaldo natal no se ha visto desde que el meteorito que acabó con los dinosaurios iluminó el planeta y un montón de palabras en las que me vendes humo disfrazado de bonitez. 

Si vendéis algo en Instagram, no seáis dependientes ociosos de la Rue Rivoli, sed la tienda de barrio con los precios en carteles grandes, eso sí que es autenticidad. 


PD: vuelvo a recomendar el podcast Under the influence with Jo Piazza con muchísima información muy interesante sobre IG. 

martes, 6 de abril de 2021

Prisa y pereza


Cuanto más leo más creo que no sé escribir. No, no estoy jugando a la psicología inversa ni buscando el halago fácil que los anónimos me acusan siempre de buscar. Es un hecho, cuando más leo menos creo que sepa escribir. Tengo demasiada prisa para escribir y demasiada pereza. Demasiadas ideas y demasiada pereza para desarrollarlas en toda su amplitud, para dejarlas crecer como una burbuja de chicle y ver hasta donde llegan. Al mismo tiempo, cuando me pongo a escribir, mi cabeza va más deprisa que mi teclear y más deprisa que el trazo de mi pluma. Corro y corro y corro porque no quiero que se me olvide nada. Corro tanto que tropiezo y me dejo cosas sin escribir. Empiezo y de una palabra salen mis caminos y quiero recorrerlos todos porque, quizás, si me dejo uno ese sea el bueno, pero no tengo paciencia para llegar hasta el final de ese camino ni de ningún otro. Me asomo a todos, corro por ellos hasta la primera curva o el primer repecho y pienso «bah, aquí no hay nada que ver, voy a ver otro». Así no se escribe bien, se escribe y ya está. 

A veces pienso en apuntarme a un taller de escritura, algo que me ordene, que me obligue, pero luego pienso que tendría que escribir sobre un tema concreto y me muero de la pereza. Y pienso en leerlo en alto y me da más pereza aún y pienso en tener que comentar lo que otros han escrito y decido que no, que no es por ahí por donde tengo que ir. 

Prisa y pereza al escribir, para vivir, son una combinación letal. Es, además, una combinación que me he creado yo solita. ¿Por qué tengo prisa cuando me pongo a escribir? ¿Qué más da cuanto tarde? ¿A quién le importa que lo que escriba tenga ochocientas u ocho mil palabras? ¿Por qué quiero terminarlo cuanto antes? Y la pereza. ¿Por qué me da pereza algo que me gusta hacer? ¿Por qué me da pereza escribir despacio, tomarme un día o dos o una semana en terminar un texto? 

A veces pienso que si no trabajara, si no tuviera obligaciones de ningún tipo podría dedicar mis horas a escribir con calma. Con cuadernos de notas, post it de colores, esquemas y planes. A veces fantaseo con eso, con una mesa fija con todos mis trastos. A veces. Luego pienso que a quién quiero engañar, la prisa y la pereza se sentarían conmigo en esa mesa. No sé como librarme de ellas; unos días tengo más prisa y otros más pereza. Vivo con ellas. Últimamente domina la pereza. Al escribir y con todo. Me da pereza  hablar, me da pereza mirar, me da pereza mirar, me da pereza pensar, me da pereza preocuparme. Y cuando hablo, miro, pienso o me preocupo lo hago con prisa para terminar cuanto antes y poder volver al estado anterior. ¿Cual? 

Estar. Sin más. 

No quiero escribir bien, quiero vivir sin prisa y sin pereza. Quiero tener ganas y calma para vivir. Y, de vez en cuando, escribir algo. 

miércoles, 31 de marzo de 2021

Lecturas encadenadas. Marzo

En febrero despedía este posts que no lee nadie diciendo que tenía la sensación de que la decepción libresca iba a ser una constante ese año y marzo ha continuado por el mismo camino. ¿Será 2021 mi peor año lector en décadas? Quien sabe, lo mismo esto da un giro y con la primavera y mi vuelta a la cueva de la soledad asocial me sumerjo en un paraíso de libros maravillosos. Veremos. 

Al lío. 

El mes empezó, como ya conté, de manera catastrófica. Como polvo en el viento de Padura es una novela aburridísima, plana, larga en exceso y absolutamente prescindible. Mi desrecomendación es clara: no os acerquéis a ella. 

Sobre Toni Morrison he leído artículos, he escuchado referencias, he tenido recomendaciones pero nunca había cogido ninguno de sus libros. En Pretend is a city, Fran Lebowitz hablaba de Morrison maravillas, considerándola una de las personas más inteligentes que había conocido. Estas palabras sumadas a un artículo en el New York Times con una especie de guía para comenzar a leer sus libros hizo que, por fin, me decidiera a coger de la biblioteca una de sus primeras novelas, Ojos azules. 

Necesitaba una lectura buena, buena de verdad y ha sido todo un acierto, espectacular. Es una novela tierna y muy dura, magistralmente escrita, (aunque Morrison se lamenta de sus errores de escritura en el epílogo de 1993), original y con una construcción temporal muy compleja que crea un ambiente que envuelve al lector al mismo tiempo que le aísla y le atrae. Es una novela sobre la infancia, la crueldad, la conciencia de ser algo distinto a los demás, los secretos que se intuyen y que solo se comprenden mucho más adelante en la vida, la pobreza, la raza. Hacia esa atmósfera envolvente  que crea Morrison llegan los caminos de los personajes desde mucho antes de que ellos nacieran, son rutas que recorres para llegar al momento justo, al punto en el que todo confluye. Me ha recordado a Panza de Burro por ese retrato de la infancia, de la manera de hablar, de la construcción del hilo de los pensamientos y de la realidad en que se vive pero claro, sin menospreciar para nada Panza de Burro, aquí hay otro nivel de maestría, de talento narrativo más allá del artificio y la capacidad para captar la oralidad. 

La novela comienza con una frase maravillosa: «Aunque nadie diga nada, en el otoño de 1941 no hubo caléndulas» y multitud de párrafos magistrales: 

«Todos nosotros -todos cuantos la conocemos- nos sentimos más sanos tras habernos depurado en ella. Éramos muy hermosos cuando nos erguíamos a horcajadas sobre su fealdad. Su sencillez nos decoraba, su culpa nos santificaba, su dolor nos hacía resplandecer de bienestar, su torpeza nos hacía creer que teníamos sentido del humor. Su incapacidad para expresarse producía en nosotros la ilusión de que éramos elocuentes. Su pobreza preservaba nuestra magnanimidad de ricos. Incluso sus sueños visionarios los utilizábamos para silenciar nuestras propias pesadillas. Y ella nos lo consentía, y con ello se ganaba nuestro desprecio. Nosotros pulíamos sobre ella nuestros egos, almohadillábamos nuestro carácter con sus flaquezas y nos abríamos desmesuradamente a la fantasía de nuestra solidez.»

Corred a leer a Morrison. Yo seguiré leyéndola este año. 

El domingo de las madres de Graham Swift ha sido el sorpresón del mes. Lo saqué también de la biblioteca porque lo tenía apuntado y aunque no recordaba quién me lo había recomendado (gracias Di), en esa lista solo están las recomendaciones de gente de la que me fío muchísimo. 

1924, cuarto domingo de cuaresma en Inglaterra. Es el Domingo de las madres, el día que el servicio de todas las grandes casas tenía libre para ir a visitar a sus familias, a sus madres porque muchos niños entraban a servir con diez o doce años. En este domingo de las madres en concreto el tiempo es casi veraniego y la protagonista, la doncella Jane Fairchild, está desnuda en la habitación del señorito Paul Sherrigan en una escena llena de sensualidad que le da tres millones de vueltas a todos los Pamplona del mundo.  No voy a destripar la trama pero la novela es prodigiosa, construida en torno a un día y en el futuro en el que se recuerda ese día. 

Es una novela, entre otras muchas cosas, muy sensual, llena de sensaciones: las expectativas antes del sexo, la sensación de laxitud después, la consciencia del propio cuerpo desnudo que no se alcanza tantas veces, el calor por la ventana, el tacto de una alfombra, el viento en la cara, el tacto de los libros que precede a la dicha de su lectura. Lo voy a decir otra vez, es una novela magistral, llena de lecturas y que recuerda más a Retorno a Brideshead que a los Cazalet, aunque también tenga algo de la saga. 

«¿Y si no se hubiera quedado en la cama, y hubiera bajado las escaleras con él, desnuda, con los pies fríos sobre el piso frío de baldosas de escaques, para coger una orquídea del bol y prendérsela en la solapa? "Para mí. Ya que no volveremos a vernos." Como en una escena descabellada de un cuento descabellado». 

De esta novela, para cuando la terminéis, os recomiendo este episodio que le dedicaron en el podcast  Un libro una hora. 

De mi lista de recomendaciones fiables salió también Fresas silvestres de Ángela Thirkell recomendada por Elena Rius en su blog como lectura reconfortante. Y eso es Fresas silvestres, una novela que no te cambia la vida, ni te hace pensar ni te descubre algo que no sabías pero que mientras la estás leyendo te saca de tu vida y te lleva a una casa inglesa con una gran familia y sus líos. Sé que alguien pensará ¿se parece a los Cazalet? Pues así como la novela de Swift era mucho más seria que la saga de Elizabeth Jane Howard, esta es muchísimo más ligera y con muchísimo más humor. Se me está ocurriendo que si tuviera que hacer un ranking de novelas de familias inglesas con grandes casas en función de su seriedad irían asi: Retorno a Bridshead, El Domingo de las madres, Las Crónicas de los Cazalet y Fresas Silvestres. Esto no quiere decir que Retorno sea mejor que Fresas, son novelas diferentes que tienen intereses distintos y que no se pueden leer esperando de todas lo mismo. Dicho esto, corred a leer Fresas silvestres y a desear tener vestidos con vuelo y fiestas a las que ir. 

La última lectura del mes ha sido fallida, también era una recomendación pero solo me ha gustado hasta la mitad luego me he aburrido y he llegado al final derrapando y dejando las últimas veinte páginas sin leer. Estaba tan aburrida que ni siquiera he sido capaz de hacer ese esfuerzo para saber qué le pasaba al protagonista. Me da igual. La novela en cuestión es La cuadratura del círculo de Álvaro Pombo. Una novela de caballerias, medieval que cuenta las aventuras de Acardo, un joven caballero de principios del siglo XII. No tengo nada en contra de las novelas medievales, la serie de Los Reyes de Francia es una de mis lecturas más queridas pero aquí, Pombo empieza muy bien contando las vicisitudes de juventud y de la entrada a la vida de Acardo y acaba navegando en un mar de aburrimiento y pretenciosidad cuando lo convierte en templario. ¿Es una mala novela? No. ¿Es aburrida? a partir de la mitad, sí. Pombo es un fantástico escritor pero creo que aquí llega un punto en que le gusta más su escritura que sus personajes y eso, para una novela de caballerías, es fatal. 

Un mes regulero. Aprended de mi errores. Corred a leer a Swift y a Morrison y hasta los encadenados de abril que espero sean mejores. 

viernes, 26 de marzo de 2021

Podcasts encadenados: Todos estamos bajo la influencia




«Cuando mis hijos eran pequeños, cuando mi marido estaba ya durmiendo y yo conseguía meterme en la cama necesitaba hacer algo que me sacara de mi vida, que me distrajera e Instagram me lo daba. Era además, algo que podía mirar con una sola mano mientras con la otra sujetaba un bebé. No quiero pensar, ni saber las horas que he pasado mirando instagra, mirando fotos perfectas, de madres perfectas, con casas limpias, ordenadas, con niños sonrientes y felices y bizcochos y pasteles perfectamente horneados y colocados. Si levanto la vista de mi teléfono veo mi dormitorio todo blanco, con adornos, muebles y cosas que he comprado directamente en instagram.»

Una introducción más o menos como esta es la que hace la periodista Jo Piazza al empezar el primer episodio de su podcast Under the influence, el podcast que me ha tenido enganchada esta última semana  y que recomiendo encarecidamente. 

Empecemos por el principio. Jo Piazza es periodista, tiene una carrera de más de veinte años escribiendo en revistas y tabloides, sobre todo sobre celebrities, sociedad, etc. Su artículo más famoso, y por el que todavía recibe comentarios, es Why I bought myself an engament ring que escribió en 2014, cuando con treinta y cuatro años y soltera se compró un anillo que parecía de compromiso y explicó su idea sobre la soltería y no estar casada. El artículo no es nada del otro mundo pero da la pista sobre como ha enfrentado Jo Piazza su primera incursión en el podcast: en primera persona. 

En 2021 (2020, que fue cuando empezó con la idea del podcast), Jo tiene ahora cuarenta años, pareja estable, dos niños muy pequeños y muy pocos encargos de artículos. Las revistas, los medios escritos ya no son lo que eran en 2014 y es complicado ganarse la vida escribiendo mientras cuidas a dos bebés. Jo pasa mucho tiempo en Instagram y se pregunta como lo hacen esas madres perfectas, quienes son, cuánto dinero ganan y como han llegado a estar ahí. ¿Podría ser ella una madre influencer? ¿Podría contarlo en un podcast? 

Under the influence es el camino que emprende Jo Piazza para saber que hay que hacer para ser una madre influencer, alguien de ganar en USA entre 70.000 y 400.000 $ al año y en ese camino investiga la historia de las madres influencers. ¿Quiénes son? ¿Cómo empezaron? ¿Cómo trabajan? ¿Son sus vidas como aparecen en las redes? ¿Cuánto hay de "auténtico" y cuanto es marca? 

Reconozco que yo empecé a escucharlo pensando en encontrar algo que sustentara mis prejuicios hacia todo tipo de influencers, no solo las madres (que por otro lado a mí, ahora mismo, me afectan cero porque esa etapa la dejé atrás hace tiempo) sino cualquiera. Esperaba encontrar un desenmascaramiento de todo lo que hay de engaño, de actuación, de mercantilismo en esas cuentas y lo he encontrado pero sumado a muchas otras reflexiones que no me había planteado y que son interesantísimas. Las primeras madres blogueras, por ejemplo, eran todas de la comunidad mormona, una sociedad centrada en la familia y que por mandato religioso deben divulgar la vida en familia, la crianza de los hijos y el cuidado del hogar. Cuando llegó internet, sus propios pastores les invitaban a usar internet para dar a conocer esa parte de su cultura. ¿Cómo te quedas? También me he enterado que en Australia, hay una zona específica con una comunidad muy potente de madres influencers, ahora ya en Instagram más que en blogs, que ganan una pasta gansa mediante sus marcas personales, que son sus familias. 

Otra reflexión interesante es ¿por qué se menosprecia a las madres influencers, en su día blogueras y ahora en instagram? Porque es un trabajo de mujeres. En los primeros 2000 hubo una presión muy fuerte para convertir la maternidad en algo que ocupara todo tu día, no se trataba ya de cuidar a tus hijos sino de convertirlos en lo único en tu vida. Ser la mejor madre, la que más equilibrado cocinaba, la que jugaba más, la que contaba más cuentos, todo. Esa presión se tradujo para muchas en abandonar sus carreras profesionales y quedarse en casa... y a partir de ahí y por la soledad de estar en casa y la necesidad de buscar una comunidad con la que compartir inquietudes surgieron los blogs de madres. Pronto, las marcas se dieron cuenta de que eran un nicho de público muy susceptible a las recomendaciones y empezaron a ofrecerles regalarles productos para que los publicitaran (Esto lo viví yo en España). Y pronto esas madres, o algunas, dijeron: «Eh, un momento, yo no voy a hacerte publicidad gratis. Si quieres que pruebe tu bañera absurda y la recomiende, págame». De ahí surgió un negocio de mujeres y para mujeres que ha generado a muchísima gente millones y millones de euros pero se desprecia en cierta manera en la sociedad y en los medios. Jo Piazza hace un comentario que lo resumen: los hombres que hacen negocio en redes salen en las secciones de negocios de los medios, las mujeres que hacen lo mismo en la sección de estilo o bienestar. 

No quiero contar mucho más porque es mejor escucharlo. Jo Piazza es divertida, inteligente, ingeniosa, tiene mucha capacidad para reírse de sí misma y para reconocer sus errores, las cosas que ha hecho mal en el pasado, en otra época, cuando escribía cotilleos y columnas de sociedad metiéndose con celebrities y además hace una reflexión seria y concienzuda del mundo de las influencers y de cómo, en realidad, no sabemos que va  a pasar. Hay un episodio dedicado a los niños de esas madres, a las consecuencias que la sobre exposición puede tener en ellos que es terrorífico, aunque ese impacto es el mismo que el de los niños actores o, algo tan de moda ahora, los niños en espantosos concursos de talentos. 

La narración de Jo Piazza es muy personal, siguiendo su investigación y sus sentimientos pero cuenta con muchísimas voces que dan textura y riqueza a la historia. Esas voces van desde su mejor amiga, hasta su productora, pasando por muchas madres influencers, investigadores universitarios del mundo online, un coach de creativos, un psicólogo inglés maravilloso que explica que todos necestamos editar nuestra vida para librarnos de lo que no nos hace falta (como aspirar a loq ue se anuncia en instagram) e historiadores de la cultura ¿Sabíais que la primera madre influencer a la que se pagó por product placement fue Lucille Ball? 

En fin, que escuchéis Under the influence. Os sorprenderá y os interesará. 


Siguiendo con este tema, recomiendo este episodio de Sway en el  Kara Swisher  entrevista a Glennon Doyle, una mujer que yo no sabía quién era hasta escuchar la entrevista. Ella se define como escritora y activista y es una mega influencer aunque ella detesta la palabra en Estados Unidos. Es religiosa, madre de tres hijos y hace unos años se divorció de su marido al comenzar una relación amorosa con Abby Wambach, una futbolista retirada con la que se ha casado. Dejando a un lado los detalles de cotilleo sobre su vida, la conversación es interesantísima porque entra, como Piazza, en como la percepción de lo que hacen las mujeres es completamente distinta a logros exactamente iguales conseguidos por hombres. Además, Kara y Glennon, hablan de lo importante que es no permanecer en una relación porque sí y del momento de decirle a tus hijos que te divorcias. Es muy interesante como todas las que hace Kara Swisher de la que he me convertido en fan absoluta por su estilo de entrevistar completamente diferente al que estamos acostumbrados. Es inquisitiva, inteligente e incansable.  Y muy muy perspicaz. 

Para terminar y para que no protestéis, un podcast en español: La brega de WNYC y Futuro Studios con Alana Casonova-Burgess a la cabeza. Este es un podcast bilingue, de siete episodios, que puedes encontrar tanto en español como en inglés y trata sobre Puerto Rico. El primer episodio, La brega, intenta explicar qué significa ese término, a qué se refieren los puertoriqueños cuando lo usan y como está asociada a lidiar con los problemas de la vida diaria y marca muy bien el tono de lo que vas a encontrar después, en los otros seis. Es un podcast interesante, aparte de por el hecho de lanzar los episodios de manera doble, porque da una imagen de Puerto Rico desde dentro hacia fuera, son los propios puertoriqueños los que se explican, los que tratan de explicarse para ser entendidos en su idiosincrasia desde fuera. 

Como curiosidad os dejo el enlace a un episodio del podcast Vacunas del Extraordinario en el que salgo, por primera vez, haciendo un cameo e interpretando a un personaje fundamental en la historia de las vacunas. Toda la serie está muy bien, con Mar Abad y Ricardo Cubedo explicando todo, absolutamente todo, sobre las vacunas pero entiendo que queráis ir a ir reíros de mi interpretación. 

Esto es todo por ahora, si escucháis algo venid a contármelo.