martes, 28 de enero de 2020

Doce años de Cosas que (me) pasan.





En estos doce años he aprendido que a escribir se aprende escribiendo y que cuanto más escribo más consciente soy de no hacerlo bien. Ahora me siento a escribir con más respeto y muchísimo más miedo que aquella tarde del 28 de enero de 2008. Ahora soy más consciente de lo que no sé contar, de que me faltan las palabras, de que carezco del vocabulario necesario para hacerlo mejor, de que no se distinguir las subordinadas, de que necesito un diccionario de sinónimos. He aprendido que mis ideas cambian. Siempre supe que no soy un ejemplo de coherencia, (recordemos que no me gusta el pollo si parece pájaro pero me encanta el pollo empanado), pero ahora sé con certeza que he cambiado de opinión con respecto a cosas que pensaba hace doce años y que cambiar de opinión está bien, que no es una rendición. En lo que no he dado un paso atrás es en enunciar mis opiniones con rotundidad, con una rotundidad que, a veces, molesta. La parte buena es que luego me trago esa rotundidad y digo: estaba equivocada. He aprendido a maquillarme. un logro impensable hace doce años. Distingo un iluminador de un corrector y no me da miedo pintarme los labios. Las sombras de ojos continúan siendo un misterio insondable pero tampoco me preocupan los párpados caídos. He aprendido que camino inexorablemente a ser un clon de mi madre. He tenido que abortar mi plan de dejarme el pelo blanco porque hice unas pruebas y mis amigos me dijeron: «¿estás preparada para ser tu madre?». No lo estoy. Lo que sigue igual es mi  lucha constante para no ser como mi madre. Hay cosas en las que me gustaría ser como ella pero son inalcanzables para mí porque ella es McGyver y yo no sé ni envolver un libro sin acabar con el celo pegado en la ropa. En estos doce años he reafirmado una idea que aprendí nada más empezar este blog: algunas verdades dejan de serlo con el tiempo pero eso no las convierte en mentiras. He descubierto que llega un momento en tu vida en que eres consciente de estar haciéndote mayor y que es algo que ocurre de la noche a la mañana. Pasas de vivir como si tuvieras todo el tiempo del mundo a vivir con un cronómetro en la mano y haciendo listas mentales de las cosas que ya no podrás hacer o que no volverás a hacer. En algún momento te gustaría que el calendario de la pared no se pasara de fecha, que fuera eterno. En esta docena de años he comprobado que los electrodomésticos ya no son como antes y conspiran contra los humanos. Da igual el dinero que te gastes pensando «es para toda la vida», no lo será. Será para un tiempo que te parecerá increíblemente corto para la inversión que has hecho. Además, cuando uno decida morir convencerá a los demás de que se marchen con él, de que ya han hecho todo lo que tenían que hacer en esa casa, de que deben partir hacia un lugar mejor. Por el contrario, el horroroso adorno que algún familiar te trajo de un viaje a las chimbambas es indestructible y no consigues echarlo de casa por mucho que lo intentes. He aprendido que el  mundo cambia más rápido de lo que creía y que nunca se debe dar algo por sentado, que la sensación de seguridad en la que nos instalamos es una ilusión. Hace doce años pensaba que hoy, ahora, en 2020, la vida sería más o menos igual, que yo sería la misma. En 2008 no había whasap, ni Netflix, ni Instagram,  usábamos el plástico alegremente,los padres, en España, tenían cuatro días de permiso por nacimiento de hijo y nadie escuchaba podcasts. Todavía creíamos en la prensa y pensábamos que los periódicos sobrevivirían. En 2008 yo tenía treinta y cuatro años, dos niñas pequeñas, un marido y una hipoteca. Solo conservo la hipoteca, tengo casi cuarenta y siete, mis hijas son mujeres y mi marido es el mejor ex marido del planeta. Sin embargo, algunas cosas permanecen siguen sin gustarme las alcachofas y mantengo el único filtro que me puse para escribir cuando empecé.  También mantengo el mismo trabajo, acabo de recordarlo. Una certeza absoluta que me han dado estos años es saber que tu trabajo no te define y que nadie nunca es imprescindible. 

En doce años he escrito mil novecientos setenta y cinco posts y dos libros. He hablado de más de seiscientos libros. He hecho radio, he ido a la televisión, casi gané un premio y he conocido a muchísima gente estupenda. He tenido anónimos tocacojones que todavía colean por ahí y he hecho grandísimos amigos. A pesar de todo eso el principal valor que Cosas que (me) pasan es la satisfacción que me da a mí escribirlo. Como dije el año pasado «me gusta escribir sin urgencia, sin motivo, sin presión, simplemente porque puedo hacerlo como me de la gana, porque esto es mi casa y estoy a salvo». Quiero creer también que en algún momento este blog, lo que escribo,  a mis hijas les servirá para saber quién era yo además de su madre. Podrán leer aquí como era mi relación con ellas, como se vivía con ellas desde el otro lado. (A lo mejor dentro de doce años sé algo más sobre esto)  

Hoy Cosas que (me) pasan cumple doce años y lo voy a celebrar cambiando la cabecera de este blog con un diseño que me ha hecho Ximena Maier, cuya amistad es una de las mejores y más divertidas sorpresas que me ha traído el mundo de las redes sociales. Mil gracias, Ximena. 

Muchas gracias a todos y ¡felicidades! 

domingo, 26 de enero de 2020

Goya 2020: despelleje

Vamos a descubrir la pólvora, muchos me dicen: me encantan tus recomendaciones de libros, me río mucho con tus cosas, tus reflexiones son como si las pensara yo, gracias por los podcasts pero lo que de verdad gusta, lo que requetechifla, lo que todos esperáis con ansia viva son los despellejes. Viva la frivolidad, la tontuna y las risas.

Vamos a ello aunque no está fácil porque si hay algo que defina la alfombra roja y la gala de este año es ABURRIMIENTO. Haré lo que pueda.

Este año la gala fue el catálogo de vestidos de primera comunión para la temporada primavera verano 2020: todas de blanco pero no de blanco y radiante, de blanco sopor la mayoría y de blanco horror unas cuantas.

Paz Vega de aburrimiento inmaculado. He leído por ahí que el vestido es muy elegante, el colmo del estilo y blablabla. A mí me parece aburrido. Lo ves y antes de darte cuenta se te ha olvidado. A Marta Nieto le pasa lo mismo, va vestida de aburrimiento. Van perfectas, bien vestidas, peinadas y maquilladas pero te dejan fría. No sé porqué pero me está viniendo el recuerdo de cuando yo iba a fiestas de puesta de largo (Flipad con mi viejunismo y el pijismo de mi colegio) y siempre había gente perfecta a la que admirabas 10 segundos y luego olvidabas para siempre. Además los pies de Marta Nieto me dan ternura, parece que dice «¿estoy así bien?»

Clara Lago lleva un vestido elegante, un vestido curioso que a mí me recuerda a las paredes de las salas de fiestas de los años 20. Pero la traigo al despelleje como ejemplo de alguien que no huele un carbohidrato desde 1998. Eso sí, pendientacos. Sospecho que esa sonrisa tan natural es necesaria para mantener la tensión facial indispensable para que no se te descuelguen las orejas pero ¡qué sabré yo!

Ni una gala sin su escobilla. Ni una alfombra roja sin su pavo real.  Es evidente que la gente maneja los volantes y las plumas alegremente, sin profesionalidad y claro, sale mal.

Belen Rueda va de azul . Azul innecesario, azul princesa Disney, azul cristalería sin estrenar que mi madre tiene a la venta en Wallapop y nadie quiere comprar. Va de azul Frozen que es lo que mejor la define porque está así, congelada, cada año parece que ha salido de la cámara en la que vive para aparecer en la alfombra roja disfrazada de pseudo diva de los años 40 y le sale mal. Lo intenta pero no. ¿Y los guantes queriendo ser mangas? ¿O son mangas que quisieron ser guantes? Yo creo que si se estiran bien consiguen ser cuello vuelto.

Greta Fernández de blanco "sois basura". Estoy en contra de las sonrisas forzadas pero la cara de «estoy aquí pensando en como asesinaros a todos y prender fuego a este garito» me parece un poco innecesaria aunque no tanto como pegarte perlas por la cara.  Algún día deberíamos abrir el melón de todos esos estilistas que hay por detrás convenciendo a todas los famosos de tomar decisiones espantosas. Si esos estilistas alguna vez se dedican a algo más interesante que decidir si se llevan las perlas pegadas o el pelo lamido podrán dominar el mundo.

Eduardo Casanova de blanco "parto la pana con lo original que soy". Yo le miro y mi máxima inquietud es saber la utilidad de los guantes de plumeti y si cuando llegue un poquito "cansado" a la habitación morirá ahorcado intentando quitarse tanto trapo colgón.

Dulceida y Silvia Abril iban disfrazadas de cama. Lástima que no salgan en ninguna foto juntas porque podría haberla titulado "Habitación doble".  Ana Castillo de blanco "tú tira que la cremallera cierra". Cuanto más miro la foto menos entiendo el vestido. Toni Acosta de blanco sopor.

Todos en pie. Nieves Álvarez de superdiosa una vez más. El vestido verde esmeralda a juego con los pendientes, el bolso y sus ojos es una pasada.  En ese vestido te quieres quedar a vivir, taparte con él en el sofá mientras lo acaricias, dormirte abrazada a él, ponerle el desayuno, dejarlo acostado en el sofá sabiendo que cuando vuelvas de trabajar estará ahí esperándote. Ese vestido puede ser tu mejor amigo.

Bárbara Lennie desbloqueando el logro "voy a ponerme algo sin mucho sentido que me siente de angustia". Muy bien, Bárbara, pasas al siguiente nivel.

Tamara Falco de homenaje a Las Meninas llevando el concepto "color carne" a una nueva dimensión.

Raquel Silva de madrina de boda de pueblo moderna.

Detengámonos ahora en el genio del mal que ha conseguido que un bellezón como Sara Sálamo vaya hecha un esperpento. Lleva un modelo "todo mal" en negro brillante al que no le falta nada para sentarle de angustia. Por delante parece una faja "todo comprensión, todo lo coloco" de "Lencería Puri, complementos para la mujer". Por detrás no lo entiendo.  Sara, desde el cariño, nadie está tan bueno como para aguantar ir disfrazada de cucaracha.

Penélope  rollo "Save the turtles" vestida de gran barrera de coral. He leído grandes cosas sobre este vestido, a mí no me gusta.

Maribel Verdú entusiasmada.

Silvia Abascal es Bill Murray en el Dia de la Marmota. Yo creo que solo vive en este día. cada mañana se levanta y es la gala de los Goya, cada mañana se levanta y tiene un vestidazo ideal que ponerse, va a la fiesta, pasea por la alfombra, todo el mundo le dice que es la más elegante, ella dice «ah, jajaja, por favor, eso es fácil con estos vestidos que me prestan» y se va a casa. Al día siguiente se levanta y ¡alehop! otra vez es la gala de los Goya, otra vez el vestidazo, otra vez "ay, jajaja, por favor, eso es fácil con estos vestidos que me prestan» y a dormir.

A la acompañante de Jaenada me temo que Oscar no le hace ni puñetera gracia.  «Para una vez que me invitan a los Goya y tú haciendo el mamarracho y llamando la atención».

Angela Molina, señora, de «yo y mi llama, pues llama se llama» .

Marta Etura de tristeza. La miro y pienso en un amanecer después de una noche de fiestas con una mesa llena de copas de champán ya sin burbujas.

Njawa va de blanco "todo me la sopla, despliego las velas y salimos hacia alta mar"  El vestido o lo que sea que lleva puesto es horroroso de feo, inexplicable y no le favorece absolutamente nada pero ella lo lleva tan feliz así que bien, estoy muy a favor de me pongo lo que me sale de las narices y me lo disfruto.

Goya Toledo sin peinar y con bolsillos. Ya solo le falta llevar un vestido con un escote compatible con la vida normal para estar completamente como en casa.

Hoy en Bricomanía, Lucia Jiménez viene a enseñarnos como coger una tela preciosa y usarla para hacer un vestido espantoso.

Julieta Serrano, todos en pie.  Y Benedicta de blanco "ya quisierais todos llegar a mi edad siendo así de elengante".

«Hola, somos Los Javis, y creemos que el afán por llamar la atención se nos ha ido de las manos».

Cristina Brondo amortajada.  Por lo menos no pasaría frío.

Bárbara Santa-Cruz de hombre invisible.

Ana Turpin de blanco con apliques de pared. Marisa Paredes de blanco "no os asustéis, niños. Soy un fantasma bueno"

El vestido de Malena Alterio me gusta (aunque yo nunca podría ponérmelo). Si ya se me hubiera peinado hubiera ido divina pero supongo que no quiso dejar solo a su hermano en el desarreglo capilar. Ernesto ¡córtate el mocho!

¿Sabéis esa sensación cuando entras en un Women Secret o en Oysho y empiezas a mirar ropa y piensas «¿esto es para estar en casa o para salir»? Pues Nadia De Santiago también le ha pasado.

Mi hombre preferido de la gala es Luis Tosar (id todos a ver Intemperie), está guapo, está señor y va elegante. María Luisa Mayol va de cubierta de neumático. Entre los hombres me gustó Álvaro Morte aunque ¿por qué terciopelo? Incluso Jon estaría mejor sin terciopelo.

Eva Marciel de "Pero Murcia qué hermosa eres".

«Nuestras cámaras captan el momento en el que Irene se da cuenta de que va hecha un esperpento»

¿Qué pasa si mezclas unas gotitas de Curro Jimenez, con unas gotitas de Morante de la Puebla y un chorretón de domador de circo? Que te sale un Antonio Velázquez. 

Niños, no seáis nunca Alex de Lucas. Ni Fran Perea. 

Paco, Paco, Paco... ¿Por qué innovas? ¿Qué necesidad tienes? Con lo guapísimo que estabas el año pasado. Sé que hubiera sido abusar pero te lo hubiéramos agradecido taaanto.

Tenemos un año entero para superar el aburrimiento y el sopor que han sido los Goya este año. La gala fue tan horrible que lo ha dejado facilísimo para que el año que viene sea buena pero no contéis con ello. Avisados estáis.

Y con esto y todo los carbohidratos que no se comieron en los Goya, hasta los Oscars.



viernes, 24 de enero de 2020

Podcasts encadenados (VII)

Mi aplicación para escuchar podcasts tiene una pestaña de estadísticas. Hoy esa pestaña señalaba que desde el día que instalé la aplicación, el  pasado 22 de noviembre, he escuchado cinco días y una hora de podcasts. Me indicaba también que en ese tiempo han despegado en todo el mundo 1.541.003 aviones. He hecho unos cálculos y resulta que escucho de media dos horas de podcasts al día. Además del placer de escucharlos, me gusta seleccionar lo que voy a escuchar, elegir el orden según el tiempo que tenga o el humor en el que estoy y, una vez escuchados, me gusta pensar en cómo relacionarlos para traerlos al blog y poder recomendarlos. 

Todo este preámbulo viene porque el hilo de las historias de hoy es la edad. Son podcasts que cuentan historias de gente mayor, gente de más de sesenta y cinco años con experiencias dignas de ser contadas y muy entretenidas. 

1.- Her name was Jean del podcast Don´t act your age.  Todos los episodios de este podcast están dedicados a contar historias de personas "han estado ahí, han hecho eso y siguen viviendo sin dar al botón de pausa". Lo presentan y producen dos señores que se presentan en su web con fotos de cuando eran jóvenes y con unas voces maravillosas. Voces graves y reconfortantes, de abuelo al que no te cansas de escuchar. Ellos presentan la historia y luego dejan que los protagonistas la cuenten.  En este breve episodio, doce minutos, cuentan una historia de amor que no voy a desvelar porque os arruino la sorpresa y porque es mucho mejor que la escuchéis en sus voces, con sus pausas, sus titubeos, la emoción con la que la cuentan. Preparad los suspiros y los pañuelos.

Podcast: Don´t act your age. 
Episodio: Her name was Jean.
Duración: 12 minutos





2.- Perdidas del podcast Radio Ambulante.  De Radio Ambulante ya recomendé un episodio en la primera entrega de esta sección y hablé del podcast. Este episodio es muy divertido, cuenta la historia de dos hermanas argentinas, ya sesentonas, que se llevan muy bien y a las que les gusta viajar  solas, dejando a sus maridos y a sus hijos, y tomándose tiempo para estar juntas. En uno de esos viajes, el año pasado, sin saber muy bien cómo acabaron perdidas. Escucharlas contar como les ocurrió, cómo se enfrentaron a eso, los audios que grabaron y lo que pensaban cada una de ellas mientras andaban metidas en esa aventura es, a la vez, emocionante y divertido. Se enfrentan a esa aventura desde la calma de la edad y la tranquilidad de estar juntas.

Podcast: Radio Ambulante.
Episodio: Perdidas.
Duración: 36 minutos


3.- The race grows sweeter near its final lap del podcast Modern Love. Modern Love es una columna del New York Times con historias de amor que los lectores enviaban, es también un podcast y sí, es también una serie de televisión de Amazon. Este episodio del podcast es en el que se basa el último capítulo de la serie pero es bastante mejor, mucho más emocionante y creíble. En el podcast la historia la cuenta (la lee)  una cantante que yo no conozco y después hablan con la protagonista para que cuente cómo le va la vida ahora, cinco años después de que la historia saliera publicada en el New York Times.  Y sí, es una historia de enamoramiento tardía, de amor cuando piensas (supongo) que lo de encontrar una pareja ya ha quedado atrás, cuando crees que enamorarse ya lo dejaste atrás. 

Me encanta esto que dice la protagonista: «I was no longer so pretty, but I was not so neurotic either» porque yo creo que hacerte mayor es eso, dejar de estar atacado por todo y tomártelo todo con más calma. 

Podcast: Modern Love
Duración: 22 minutos 


Por favor, venid a contarme como habéis llorado con estas historias. En el fondo sé que sois unos románticos y os estáis haciendo viejos. 



miércoles, 22 de enero de 2020

Ayer fue uno de esos días.

Amalia Avia. Maravillosa pintora.
Ayer fue uno de esos días en los que desde que me levanto estoy pensando «pero quién me mandaría decir que sí», uno de esos días en los que arrastro la pereza por hacer algo que ni siquiera sé en qué va a consistir, uno de esos días en los que me prometo a mí misma que no volveré a cometer el mismo error. También fue uno de esos días, escasos ya en Madrid, en los que puedo calarme un gorro de lana y verme favorecida. 

Me equivoqué de portal porque me equivoqué de calle. En el 19 no había ningún 3C porque no era ese 19 ni esa calle. También era uno de esos días en los que llego tarde. De esos días tengo muchísimos. Menos mal que a nadie pareció importarle. La cita era a cenar y contar historias. Eso ponía en la invitación «Cena de historias». Era uno de esos días en los que pienso que no paro de hacer cosas impulsivas y que lo mismo salía de la cena con un montón de tupers, un satisfayer, unos folletos sobre meditación y hambre. 

El 19 correcto resultó ser un precioso edificio del Madrid antiguo. Y en el piso correcto había un pasillo larguísimo en el que me recibieron un montón de desconocidos, doce para ser más exactos, a los que saludé mientras valoraba quién tenía pinta de vender tuppers, quien podía ser un  gurú y quién estaba a los mandos de la cocina. 

Resultó que la invitación de "cena de historias" era certera al cien por cien. Cenamos y contamos historias. Trece personas, la mayoría desconocidas entre ellas, reunidas en torno a una cena estupenda preparada por la persona que nos había invitado a todos. Bebimos vino, mucho, en vasos y tazas de desayuno. Comimos con tenedores o con cucharas y tomamos quesos en flores y  helado de mango, de limón, de dulce de leche. Contamos historias, historias de las cosas que no se cuentan, historias sobre secretos que no se dicen y todo el mundo conoce, historias sobre nosotros y nuestras familias, sobre lo que nos pasa a cada uno que se parece mucho a lo que nos pasa a todos. Historias sobre los silencios alrededor de los que vivimos por miedo, por vergüenza, por acojone, por desconocimiento o porque de eso no se habla. Nos presentamos y nos reímos mucho. Y bebimos mucho vino y pasamos mucho calor porque ayer, en Madrid, era uno de esos días en el que en las casas con calefacción central se pone la calefacción con la intención de que los inquilinos tengan la sensación de vivir en un baño turco. También hablamos de hombres desnudos y yo dije algo de empotradores y luego me arrepentí. 

Ayer fue uno de esos días en los que me acuesto pensando  que a mí las redes no me han traído más que cosas buenas. Bueno, eso y que iba a dormir cinco horas y que no tengo edad para dormir tan poco.  


domingo, 19 de enero de 2020

Este libro es malo y alguien tenía que decirlo


Hace dos días que leí esta frase y todavía ando intentando entender qué significa, qué quiere la autora que entendamos. En un pueblito francés un adolescente rema en una barquito en un lago para complacer a su madre que está enferma de cáncer. Y rema como un pene en un barreño. ¿Rema flácido? ¿Rema empotrando? No, eso no porque dice que después de una hora solo se habían movido diez metros. No lo entiendo. No lo entiendo igual que se me escapa cómo la novela en la que encontré esta perla, El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, ha aparecido en todas las listas de mejores libros del año.

Todos los años caigo en lo mismo, todos los años con una ingenuidad que a mí misma me sorprende cometo el mismo error: fiarme de esas listas y picar comprando alguno de esos libros. Siempre pienso: «venga, vamos a ver qué tal, si tanta gente lo dice será por algo». Y año tras año me hostilizo hasta el infinito con libros malos que ni de coña son lo mejor del año. 

No estoy en contra de los productos culturales malos, de fácil consumo y sin pretensiones. Series malas, canciones terribles pero muy pegadizas, películas sin más pretensión que hacerte reír aún a costa de un guión espantoso y novelas malas con las que pasar el rato, reírte o llorar con una historia lacrimógena. Estoy muy a favor de este tipo de cosas porque todo tiene su lugar y su tiempo. Lo que me saca de mis casillas es que en el mundo del libro, todos los años, en todas las listas aparezcan libros malos encumbrados como «los mejores del año». Nadie espera que una serie como You, que me he tragado con mis hijas, mala de llorar con una historia imposible, unas tramas ridículas y unas interpretaciones que rozan el esperpento, aparezca en la lista de «series imprescindibles». Es lo que es y para eso existe, para ser mala y ser un placer fácil y culpablepero ¿por qué siempre, todos los años, las listas de mejores libros están llenas de libros malos, libros como YOU?

El verano que mi madre tuvo los ojos verdes, de Tatiana Tibûleac, es la enésima historia de adolescente que odia a su madre que le parece un infraser idiota merecedor de la muerte y que desde su presente de adulto nos cuenta cómo aprendió a quererla, cómo dejó de ser un adolescente egocéntrico y estúpido y cómo entendió que su madre era algo más que su madre y aprendió a quererla un verano, el verano en el que ella enferma de cáncer y muere. 

Es una historia que se ha contado mil veces y que puede contarse otras mil más porque el distanciamiento adolescente hacia los padres y la súbita comprensión de su realidad como personas más allá de nosotros mismos, más allá de ser nuestros progenitores, es algo universal. El añadido de drama: cáncer, padre que se marcha, padre que no es padre, descubrimiento de padre real, hermana que muere, enamoramiento adolescente, locura, blablabla, es el aderezo de la ensalada pero tampoco es nada nuevo. ¿Más historias de adolescentes y madres? Perfecto. ¿La mejor novela del año? Ni de coña. 

La historia es predecible, carece de anclaje en el tiempo y en el espacio (¿dónde viven? ¿van a Francia? ¿desde dónde?), los personajes secundarios son casi cameos y todo suena a falsopero lo peor no es eso, lo peor es que El verano que mi madre tuvo los ojos verdes está muy mal escrito. Página tras página, párrafo tras párrafo, la autora lo llena todo (y cuando digo todo es TODO) de comparaciones bochornosas y absurdas que dejan al lector patidifuso: «El montón de piedras junto al cobertizo formó una línea recta y larga y partió, ondulándose como una serpiente, hacia el horizonte que castañeteaba como una boca abierta» ¿Castañetear como una boca abierta? ¿Un horizonte? ¿Qué significa esto? «Me pegué a ella como una herida a un esparadrapo» ¿No es al revés? ¿No es el esparadrapo el que se pega? ¿Quién pone esparadrapos directamente en las heridas? «Mi verano había transcurrido bello pero implacable como una mantis», «Mi madre era blanca y larga como una sombra matinal», «la lluvia cae menuda y cálida como los golpes de una muchacha», «[...] reuniendo mis huesos con palabras flotantes por los rincones de la habitación; tumbado en los divanes de las decenas de psiquiatras que se han paseado por mi cerebro como por el vestíbulo de un hotel barato», «el mercadillo de antigüedades era como si Dios hubiera tropezado y se le hubiera vaciado la bolsa», «mi madre saltaba de un sitio a otro, como una ardilla, comprando toda clase de cachivaches y apretujándolos...»,«cuando la bolsa estuvo llena como una vaca», «esos consejos de mi madre son como las instrucciones de la comida congelada», «Alesky, ¿cómo vas a recordarme?–me preguntó de repente, como un pájaro recién decapitado que todavía aleteara», «estaba toda rosa, como un salmón cocido,..», «Me mordías como un lobo cuando te daba de mamar», «Después de oír esas palabras me enamoré de ella de forma fulminante y dolorosa, como si alguien me hubiera arrancado de golpe todas las uñas con unas tenazas», «Para mí y para mi madre—acostumbrados al frío y las lluvias inglesas— esos días eran como el Alzheimer del verano». A lo mejor alguien cree que he sido exhaustiva en esta lista pero para nada, he elegido solo algunas. Este libro se puede recorrer como una ardilla saltando de símil bochornoso en símil bochornoso como si de árboles se trataran hasta llegar al pene remador que te asalta cuando menos te lo esperas como una mala noticia al final de un día agotador. 

No sé si es un problema de escritura, de traducción o de edición o si se combinan un mal trabajo por parte de la escritora, la traductora y el editor. No lo sé y da igual. Es un libro malo con una historia sensiblera que a mucha gente le ha gustado y me parece perfecto pero lo que me saca de mis casillas son los elogios de críticos y periodistas. ¿No lo han leído? ¿Les da igual? ¿Están editoriales, críticos y periodistas inmersos en un mercadeo de favores? Creo que las tres cosas son ciertas y por eso pasan estas cosas. Libros malos encumbrados como libros del año. Y nadie dice nada. 

Y yo creo que hay que decirlo y no pasa nada. Dos de los peores libros que he leído en mi vida y que sufrieron despellejes sangrantes en este blog son de dos editoriales con las que he tenido siempre buena relación: una de ellas publicó mi primer libro (un libro malo) y de la otra, Espasa, me hice muy amiga de su editora, Belén Bermejo. Los ojos amarillos de los cocodrilos La sonrisa de las mujeres son dos libros horribles que dieron grandes alegrías a sus editoriales. Se vendieron como churros pero nadie las encumbró como "novelas del año". Eran lo que eran. 

El verano que mi madre tuvo los ojos verdes es una mala novela: es sentimentaloide, busca la emoción fácil acumulando desgracias tras desgracias y está mal escrita. Ha tenido éxito comercial y conozco a mucha gente a la que le ha gustado, pero esas dos cosas no la convierten ni por asomo en una buena novela ni en uno de los mejores libros del año. 


Y vuelvo, una vez más, a recomendar tres novelas que tratan más o menos el mismo tema y que son fabulosas y están muy bien escritas. Ambas están mi lista de mejores libros del año: Malaherba de Manuel JaboisFugitiva y Reina de Violette Huissman y Claus y Lucas de Agota Kristoff. Corred a leerlas. Os prometo que con ellas no perderéis vuestro tiempo y, sobre todo, no encontraréis en ellas penes remadores. 



martes, 14 de enero de 2020

Me planto. No quiero cambios

«No me da la gana de pensar que nada es para siempre» escucho en una canción de Xoel López que salta tras un  bucle de cuarenta y ocho horas con otra canción. Lo que me provoca la canción del bucle, Bajo la piel, prueba que si hay algo que no es para siempre es el amor. Los amores no duran para siempre o no duran siempre de la misma manera pero es que ni siquiera la sensación que te provocan las canciones de amor siguen siendo las mismas. El bucle continuo significa que la canción me gusta, ¿lo que cuenta? me da igual. Amores sufridos, de esos de te quiero pero nos hacemos daño. No es que esté en contra, es que todo eso me resbala. Y me hace gracia que me resbale porque me recuerdo a mí misma escuchando canciones así y pensando «habla sobre mí, sobre nosotros». Todo esto es otra prueba más de que mi transformación en señora mayor descreída va viento en popa. Pero no quería escribir sobre amor, quería escribir sobre la otra frase de Xoel porque casi todos los días me descubro pensando: por favor, que todo siga igual. 

En Los Molinos, en septiembre, los pájaros cantan distinto. No sé qué pájaros son ni a qué obedece ese canto pero llevo escuchándolo cuarenta y seis años. Cada año, la tarde en que lo escucho por primera vez al final del verano, vuelvo a tener ocho años y estar en casa de mis abuelos a la hora de la merienda. Cuando tienes ocho años todo es eterno, todo es para siempre: tus padres, tus abuelos, tu casa, tu colegio, tus rutinas. Todo es inmutable y de fiar. No te planteas que nada cambie y si lo piensas de refilón crees que los cambios se ven venir, que son algo que se puede predecir. Cambiaras de curso, de ropa cuando llegue el invierno, te crecerán los pies, te harás mayor, te dejarán salir sola con la bici, comer dos huevos fritos. La vida es rutina y solo de vez en cuando, muy de vez en cuando, aparece algún cambio completamente predecible y que siempre es a mejor. Pasas de pantalla.  

Más adelante llega un momento en tu vida en que quieres, necesitas que todo cambie. Toda tu energía se invierte en buscar el cambio. Quieres acabar de estudiar, tener un trabajo, irte de casa, cambiar de ciudad, de pareja, de trabajo, de estilo de vida. Quieres hijos, quieres que crezcan, que anden, que corran, que hablen. Quieres amigos nuevos, ropa diferente, un color de pelo inesperado, un perro, un gato, una sardina. Lo que sea, uno busca el cambio, lo anhela con ansia porque por las razones que sea, quedarse como está se ha convertido en "conformarse". Conformarse es una palabra con malísima fama cuando tienes entre veinte y cuarenta años. Uno no se puede quedar siempre en el mismo nivel del juego, hay que perseguir el cambio para llegar a la pantalla final, al premio gordo. 

Ultimamente pienso que yo ahora estoy en la etapa del juego en la que lo que busco es que me dejen sacar la carta de "me planto" combinada con un "pies quietos". 

Me planto, me quedo como estoy, ¿es todo perfecto? No, pero mira esto lo tengo controlado. Mi familia, mis amigos, mis hijas, mis relaciones, mi trabajo, mis aficiones, los lugares que conozco me conocen a mí y a los que son nuevos voy de visita. Quiero que todo siga igual, no tengo grandes ambiciones, no quiero ser califa en lugar de califa. ¿Podría tener mejoras? Sí pero no quiero correr riesgos. Mejora es sinónimo de cambio y si algo aprendes pasado los cuarenta es que los cambios los carga el diablo. Quizás algo se torcería, quizás algo se destabilizaría y esa pérdida de equilibrio empezaría a resquebrajar todo lo demás y, en breve, me vería achicando agua de mi vida por las razones que sean. No. 

Sé que nada es para siempre pero, como Xoel, no quiero pensarlo. Ahora mismo saber que nada es para siempre son mis monstruos bajo mi cama, Frankestein, el hombre del saco o el sacamantecas. Me da pánico pensar que en cualquier momento algo, la muerte, a quién quiero engañar sin decirlo, puede ocurrir y eso desencadenará un maremoto de cambios que no quiero manejar. Sé que las situaciones se terminan, que los amores se abandonan, que los hijos crecen, que los amigos mueren, que las casas se venden, que puedo morir esta noche pero no quiero pensarlo. Quiero quedarme en lo que parece durar siempre, en el sonido de los pájaros en Los Molinos en las tardes de septiembre, cuando tenía ocho años y me daba más miedo la bronca de mi madre por romper unas zapatillas que cualquier cambio. 



viernes, 10 de enero de 2020

Podcasts encadenados (VI)

Que levante la mano el que no tiene dos cubos de basura en casa o incluso tres y una bolsa para los tapones y otra para el cartón y un montón de cosas esperando junto a la puerta con trastos para llevar al punto limpio. Separar el envase de la leche de la raspa de pescado nos hace mejores, nos hace creernos mejores, comprometidos con el planeta, con el consumo responsable. Si además de todo vamos a la compra con bolsas de rejilla, echamos los residuos orgánicos en bolsas compostables, llevamos una botella de cristal para rellenar y usamos un cepillo de dientes de bambú estamos convencidos de ser buenísimas personas, ejemplares.

De lo que pasa una vez que la basura sale de nuestra casa no nos preocupamos mucho porque nosotros ya hemos hecho nuestra parte. Tenemos unas cuantas ideas preconcebidas que hemos leído por ahí, y así, con un ecologismo hecho a medida vamos tirando. El plástico es malísimo, save the turtles y poco más. Como siempre simplificamos para estar más cómodos. Y hoy vengo a sacarnos a todos de esa zona de comodidad y mostrar la realidad del plástico, del reciclaje y de como la solución a la contaminación no está en nuestra pajita de bambú. Nos exige un esfuerzo muchísimo mayor que no sé si estamos dispuestos a asumir.

Hoy traigo una selección de podcasts para aprender sobre plásticos, sobre la historia del reciclaje y sobre lo que ocurre cuando las bolsas de basura salen por nuestra puerta.

1.-  The litter myth del podcast Throughline de NPR Este podcast que creo que no he recomendado aún es uno de mis fijos. Sus dos presentadores de nombres impronunciables, Ramtin Arablouei (él) y Rund Abdelfatah (ella),  dedican cada episodio a «mirar el pasado para entender el presente». En este caso parten de su obsesión por separar residuos y reciclar para preguntarse ¿Cuándo empezó esto? ¿Cuándo surgieron los envases de usar y tirar? ¿Por qué el consumidor se siente tan culpable? Porque sí, porque todo esto tiene un comienzo y está en un lobby formado por las compañías americanas más potentes para poner la responsabilidad de la generación de residuos y basura en el consumidor y no en el productor. Es una historia increíble con creativos de la era de Mad Men, empresas haciendo lobby contra legislaciones que ya en los años 50 trataron de prohibir los envases de un solo uso y unos anuncios de televisión con un indio llorando por la basura con la que contaminamos su río... protagonizados por un actor que no era indio.

Además del contenido merece la pena prestar atención a la perfecta combinación de voces de los dos presentadores, a cómo van presentando la historia y al uso que hacen de recursos históricos.

Podcast: Throughline
Episodio: The litter myth
Duración: 35 minutos
2.- Should we burn our recycling? del podcast Today Explained de VOX.   Today Explained es un podcast informativo diario que trata de explicar un tema en profundidad, a la manera del The Daily pero siendo más dinámico, más ¿cómo decirlo? menos formal. Este episodio se centra en contarnos la realidad del reciclaje, la mínima proporción de plástico que realmente se recicla y por qué ocurre esto. Hay que aceptarlo, la mayoría de envases que tiramos en nuestro contenedor amarillo creyendo salvar el planeta terminan (o terminaban) hasta al año pasado en barcos camino a China que hasta el 1 de enero de 2018 compraba todos esos materiales supuestamente para reciclarlos. Ahora ya no hay mercado para esos materiales y las empresas que antes se afanaban en separar los materiales para esa venta, ya no tienen interés en hacerlo. Además, reciclar es algo muchísimo más complejo que separar los envases de lo orgánico y por eso y otros mil problemas más, quemar los residuos por mucho que nos lo hayan vendido como lo peor, no lo es ni mucho menos. O eso es la tesis de este episodio.  ¿Cómo se recicla? ¿Qué pasa cuando los residuos llegan a las plantas? ¿Como se separan? ¿Cuanto contamina una incineradora? ¿Cuáles son las diferencias entre el reciclaje en Estados Unidos y en Europa? (Spoiler: lo hacemos mejor pero también mandamos nuestra mierda a Asia).  Este episodio, además, me ha descubierto que en Copenhague en la zona de parques y esparcimiento de la ciudad, los daneses, que son gente seria, han construido una incineradora de diseño que tiene además una pista de esquí sobre hierba encima.  

Podcast: Today explained.
Duración: 27 minutos 

3.- National Sword del podcast 99% invisible.  De 99% invisible ya he recomendado más episodios y vuelvo a recordar que la voz de su presentador, Roman Mars, es la más sexy del universo del podcast ahora mismo. En este episodio Roman y una de las productoras del programa, Avery Trufelman, charlan sobre reciclaje y sobre por qué China ha dejado de comprar a occidente, a Estados Unidos y Europa, millones de toneladas de basura supuestamente reciclable. Además nos llevan a Taipei, capital de Taiwan, para contarnos como han conseguid allí reducir la cantidad de residuos generados por cada habitante y aumentar en consecuencia la cantidad de toneladas de basura susceptible de reciclar. Os adelanto que la solución pasa por camiones de la basura que se anuncian con música de Beethoven, y una implicación de cada habitante muchísimo más exigente que tener dos cubos de basura en casa.  Escuchadlo y pensad si estaríais dispuestos a una solución similar.  Ah, por cierto, que sepáis que para que los envases se puedan reciclar hay que limpiarlos de cualquier resto alimenticio antes de tirarlos al cubo. Empezad por eso. 

Podcast: 99% invisible
Episodio: National Sword 
Duración: 42 minutos


 4.- ¿Podemos vivir sin plásticos? de El podcast de Cristina Mitre.  Cristina Mitre es periodista y tiene uno de los podcasts independientes en español más potentes. Cada domingo publica una entrega que sigue siempre el mismo formato: una entrevista en profundidad a un especialista en el tema de la semana. Cristina se prepara las entrevistas muy a fondo, leyendo todo lo que hay  y preparando un cuestionario al que a mí me daría miedo enfrentarme. En este episodio charla con Yanko Iruín que además de ser uno de mis más queridos amigos es una autoridad en plásticos, un señor y explica temas muy complejos de manera que sean comprensibles por público no especialista. Yanko explica aquí el reciclado y también la diferencia entre los distintos tipos de plásticos y la imposibilidad de reciclado que muchos de ellos presentan, habla también de microplásticos, de los mares y de cómo por mucho que nos empeñemos movidos por campañas absurdas, es imposible vivir sin plástico y en cualquier caso sería siempre un mundo peor.  

Si queréis aprender sobre plásticos, sus usos, supuestos peligros, las diferencias y sus bondades, no os podéis perder este podcast.  

Podcast: El podcast de Cristina Mitre.  
Duración:  84 minutos. 


Sé que puede parecer un tema árido pero estos cuatro podcasts son una magnífica manera de informarse sobre un tema en el que todos estamos implicados y del que debemos estar muchísimo mejor informados. 

Eso sí escucharlos va a hacer que cambie la manera en la que miráis vuestros cubos de basura. La información nunca es confortable.