viernes, 9 de noviembre de 2018

Lecturas encadenadas. Octubre

Octubre ha sido mi peor mes de lecturas en años. No sé qué ha pasado. Bueno, sí lo sé: la vida laboral y personal me ha pasado por encima y solo he leído dos libros, uno y medio en realidad. De todos modos, el uno ha merecido tanto la pena, ha sido una lectura tan impresionante que compensa todo lo demás, el abandono y la falta de horas de lectura.

El Hambre de Martín Caparrós llevaba dos años esperando en mi estantería. Lo compré porque Enric González lo recomendaba y yo por Enric tengo devoción y lo que es aún más serio, me fío de su criterio. Antes de que diga nada más, corred a comprarlo. 

Lees "hambre" y piensas en niños con vientres inflados y piernas flaquitas, piensas en We are de World, en África, en moscas sobre personas con la piel pegada a los huesos. Lees hambre y piensas en qué injusto es el mundo, en qué duro es vivir en África, en qué cabrona es la naturaleza que manda sequias, inundaciones, tifones, huracanes, que carga a países enteros de tierras estériles que no pueden producir nada. Lees hambre y piensas en lo importante que sería colaborar, educar, hacer algo. Lees hambre y se te olvida, porque como dice Caparrós en muchos de los capítulos ¿Cómo carajo seguimos viviendo sabiendo? Sabiendo ¿qué? Que 800 millones de personas en el mundo, ochocientos, pasan hambre todos los días, hoy, mañana, ayer. Ochocientos millones de personas pasan hambre y no es por la naturaleza, ni por la tierra esteril, ni están solo en África. Ochocientos millones de personas pasan hambre porque nosotros, el primer mundo, yo, tú, tu familia, tus hijos, tus compañeros, tus amigos, comemos demasiado. ¿Cómo carajo seguimos viviendo sabiendo qué pasan estas cosas? Pues seguimos viviendo porque como dice Caparrós:

«... no hay que hacerse los boludos y decir que todo te afecta igual, ay la humanidad, ay la miseria de un hombres es mi miseria, ay si una sola criatura no puedo comer yo no puedo dormir, esas pavadas que quedan muy bien lindas para levantarse una pendeja. Uno sabe que hay cosas que le importan mucho y otras que le importan mucho menos, pero el tema es que igual esas cosas te importan, aunque sea menos, y entonces vale la pena pensar qué se puede hacer. No hacer discursos increíbles ni prometerse que uno solito va a cambiar el mundo pero por lo menos poner tu granito de arena, hacer tu pequeña diferencia ¿no?» 

Este libro sirve precisamente para eso, para pensar en el problema, para quitarse la venda, para aprender qué es el hambre, porqué hay gente que ahora mismo se muere de hambre y qué tiene que ver esto con nosotros que es mucho. 

Caparrós recorre Níger y Sudán en África pero también habla del hambre en China, en India, en Madagascar, en Argentina y en Estados Unidos. Habla de cómo el Primer Mundo, nosotros, los bancos, las empresas que nos dan de comer, que nos ponen la comida "saludable" en nuestras supermercados y nuestras mesas tienen que ver con que haya gente en esos países a los que cuando Caparrós les pregunta ¿Si pudieráis pedir cualquier cosa, pedir lo que sea, qué pedirías? Y dicen: arroz, sorgo, una vaca. 

«Nada me impresionó más que la pobreza más cruel, la más extrema, es la que te roba también la posibilidad de pensarte distinto. La que te deja sin horizonte, sin siquiera deseos: condenado a lo mismo inevitable». 

Caparrós explica como para poder vivir, nosotros los que comemos, sabiendo que hay gente muriéndose de hambre en el mundo, lo primero que hacemos es hablar del hambre de manera impersonal, «de manera abstracta, un sujeto en sí mismo: el hambre., Luchar contra el hambre. Reducir el hambre. El flagelo del hambre. Pero el hambre no existe fuera de las personas que la sufren. El tema no es el hambre son las personas que la sufren». Jamás lo había pensado así y me dejó impactada darme cuenta de esto. Decir, pensar, escribir el hambre es no decir nada, decir, pensar, escribir los hambrientos, los que se mueren de hambre, es ponerle cara, ojos y cuerpo. El hambre no somos nosotros, los hambrientos sí podríamos ser nosotros.  

«El hambre mata más personas cada año, cada día, que el sida, la tuberculosis y la malaria juntos, y no existe. El hambre no participa del misterio de las sombras insondables, lo inmanejable de la enfermedad: la impotencia frente a lo incomprensible. El hambre se entiende demasiado, aunque no existe: es un invento del hombre, nuestro invento.»

He doblado muchísimas esquinas, tantas que necesité días para pasar todos los extractos a mi cuaderno. Caparrós intenta entender porqué la gente se muere de hambre, porqué no cultivan, porque no pueden comer lo qué cultivan, porqué no pueden comprar comida, porqué tienen que vivir en el barro, porqué viven de escarbar en la basura, porqué el 60% de los hambrientos del mundo son mujeres, etc. Observa el mundo, hace preguntas y se hace preguntas y nos la presenta para que el lector abra los ojos, para que mire, vea y se pregunte ¿cómo carajo seguimos viviendo sabiendo que pasan estas cosas?

«La obesidad es el hambre de los países ricos. Los obesos son los malnutridos -los más pobres- del mundo más o menos rico. En estos países la malnutrición pasó del defecto al exceso: de la falta de comida a la sobra de comida basura. La malnutrición de los pobres de los países pobres consiste en comer poco y no desarrollar sus cuerpos y sus mentes; la de los pobres de los países ricos consiste en comer mucha basura barata -grasas, azúcar, sal-y desarrollar estos cuerpos desmedidos. No son la contracara de los hambrientos: son sus pares. La forma de la desigualdad en estos pagos.» 

Entre sus observaciones, entre sus preguntas y sus viajes, Caparrós se pregunta qué culpa tenemos nosotros, los de a pié, en qué nos afecta todo esto y son esas pequeñas reflexiones las que te dejan más revuelto, porque no hay escapatoria a eso. Tú, yo, no vives en África, ni en India, ni en un basurero de Buenos Aires, lees sobre esos lugares y consigues mantenerte fuera, leer desde el otro lado, pero el periodista argentino no te deja escapar, no se deja escapar a sí mismo y te/se sacude con cosas como esta: 

«Tirar a la basura es un gesto de poder. El poder de prescindir de bienes que otros necesitarían: el poder de saber que otros se ocuparán de desaparecerlo. 

El poder de poseer es placentero; nunca más que el poder de deshacerse: el poder de no necesitar la posesión. 

El verdadero poder es desdeñarlo.»

El hambre es una lectura que te sacude por todos lados, te deja baldado, exhausto, confuso y sintiéndote una mierda, como todos los buenos libros. Corred a comprarlo. 

Los archivos de Alvise Contarini de José María Herrera ha sido la lectura que dejé a medias, o para ser más exactos al 80%.  Llegué a él a través del club de lectura y para leerlo a tiempo para su sesión (a la que finalmente no pude ir porque me pasó la vida por encima), me pusé a leerlo en mitad de la lectura de El Hambre. Quizá esta circunstancia me alejó de lo que cuenta, quizá no eran ni el momento ni las circunstancias para leerlo. En medio de la vorágine del hambre, la muerte, la injusticia y el egoísmo no conseguí que me importara lo que este libro cuenta tanto como para terminarlo. 

Los archivos de Alvise Contarini es Venecia. Me recordó a Los archivos de Aspern de Henry James, a La ciudad de los ángeles caídos de John Berendt y  a Locuras de Verano, la película de David Lean con Katherine Hepburn de protagonista haciendo de americana de mediana edad que se enamora por primera vez en Venecia.   El autor de este libro, José María Herrera, nos presenta a un enigmático anciano veneciano, miembro de una estirpe legendaria en la ciudad, Alvise Contarini al que conoce casi por casualidad. La primera parte del libro es su encuentro con él, la segunda y más extensa recoge varios ensayos supuestamente escritos por Contarini sobre música veneciana, pintura, historia, literatura. Es un libro erudito y profuso en detalles, me recordó a los libros que leía en la carrera, a mis tardes en la biblioteca de la Facultad de Historia estudiando con varios libros abiertos a mi alrededor, buscando láminas de cuadros, de esculturas. Leyéndolo me volví a sentir estudiante y quizás ese fue el problema, que no me apetecía estudiar, recrearme en el arte, en la música, en los detalles mientras andaban zumbándome en la cabeza los hambrientos del mundo. Quizá lo termine en otro momento, con otro estado de ánimo. Y con lupa porque no sé en qué estaba pensando el editor para elegir ese tipo minúsculo. 

«La leyenda de Orfeo nos enseña una cosa, y es que al pasado no deben dársele más vuelta de la cuenta. Una cosa es que lo evoquemos fugazmente y otra distinta hundirse en él como en arenas movedizas. La vida demanda corazones puros. Hay personas, sin embargo, a las que sus recuerdos no les dejan pensar, gente que en vez de una vida parece que llevan un crimen a la espalda.» 
Y con esto y galletas de lemon curd, hasta los encadenados de noviembre que espero que me cundan más.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

En Soria y en Londres

He estado en Soria y en Londres, que es un poco Tú a Boston  y yo a California mezclado con Vente a Alemania Pepe y La ciudad no es para mí; una combinación un poco extraña.  

En Soria estuve de puente. Lo expreso ya en pasado simple, porque me parece una eternidad y no hace ni una semana. Es curioso como el tiempo se estira y se encoge dependiendo de si llevo tacones o zapatillas de montaña. De Londres llegué ayer y todavía me resuena en los oídos el zumbido de los motores del avión, la megafonía del tren en Heathrow instándome a estar atenta y no pasarme la parada de la puerta C53. A Soria iba a descansar y en Londres trabajaba pero curiosamente, he leído más en el viaje a Londres con sus interminables esperas y trayectos que lo que pude leer en el hotel de Calatañazor cuando me derrumbaba a dormir después de batir mi récord de pasos diario y cenar con una buena botella de vino. En Londres también he tomado vino pero era atroz. De hecho, no sé porqué lo bebí, supongo que estaba demasiado cansada para pensar en no beber. 

En Soria hacia frío, un poco, nada muy impresionante pero por lo menos apetecía meter las manos en los bolsillos y subirte la cremallera del abrigo. En Londres he pasado calor. Calor de ¿Qué hago con un abrigo de lana a diecisiete grados? Calor de ¿cómo no se desmayan todos en el metro con esta temperatura? Calor de me sobra el pijama y el edredón. En Soria desde el balcón con reja de mi habitación veía un paisaje de tejados y árboles otoñando. En Londres, desde mi habitación, podían verme desde unas treinta o cuarenta habitaciones a través de la ventana acristalada e imposible de abrir que daba a un patio interior como de sede de banco. En Soria dormía sin echar las cortinas, en Londres me sentía como si planeara un crimen, agazapada tras las cortinas con todo cerrado, sin ver la luz del día.  

A Soria fui en coche, relajada, sin prisas. Para ir a Londres madrugué de una manera absurda (4:45 de la mañana) pero descubrí que a veces los refranes tienen razón y a quién madruga, Dios le da premios de consolación. A mí me dio, concretamente, uno de consolación y un kinder sorpresa. Aprendí que el peaje para la T4 es gratis antes de las seis de la mañana y, después, mientras esperaba para embarcar, descubrí a una desconocida que me sonreía con lo que a mí me pareció una intensidad muy sospechosa para esa hora y ese lugar. Sonreí de vuelta pensando que me había confundido con otra persona o que llevaba la falda pillada por las medias e iba enseñando el culo.

¿Eres Ana?
Sí. 
¡No me lo puedo creer! ¡Estoy alucinada!

Sonreí con más intensidad mientras mi cerebro a mil por hora intentaba encontrar la razón de ese entusiasmo.

Ayer terminé tu libro y bueno, me ha dado miedo y pánico y he aprendido y he comprado tres más para regalar y ahora estás aquí en el aeropuerto. 

Creo que ni un billete de dorado de Willy Wonka me hubiera hecho más ilusión, gracias a la amable desconocida de sonrisa deslumbrante, se me olvidó el madrugón. 

En Soria comí garbanzos, entrecot, setas. En Londres una ensalada de pasta absurda con macarrones, lechuga y guisantes y unas palomitas de queso de cabra con pimienta negra.  En Soria y sus pueblos se venden muchísimas casas, las ventanas están apagadas cuando se hace de noche y algunos tejados amenazan ruina. "Se vende" en carteles tan desgatados por la lluvia y el sol que casi están pidiendo que ponga "Se regala". En Londres no se vende nada pero no vive nadie, pasear por el centro cuando las tiendas están cerradas y solo se iluminan sus lujosos escaparates es como hacer la ronda por un parque temático cuando todos los visitantes se han marchado. Edificios de viviendas completamente a oscuras a la hora de la cena. En Londres y en Soria quedan algunos irreductibles, los que no se han ido, los que no venden, los que aún pueden quedarse. No sé si durarán mucho, a unos los echará el dinero y a otros el no tener futuro. 

Ocio y trabajo. Paisaje y asfalto. Zapatillas y tacones. Soledad y multitudes. Dormir y madrugar. Otoño y asfalto. Olor a chimenea y olor a curry. Pasear y correr. Euros y libras. Una hora más y una hora menos. Almanzor e Idris. Pastas de las clarisas y galletas de lemon curd de Fortune & Masons. 

En Soria es otoño, en Londres ya es navidad. 

jueves, 1 de noviembre de 2018

Cuando los recuerdos se agotan


«Siento que mi padre se me escapa y que lo único que puedo hacer es coger mis recuerdos cristalizados y apretarlos muy fuerte en el puño para no olvidarlos» 


Cuando empecé, hace diez años, tenía todo por contar sobre él. Todos los recuerdos listos para ser coleccionados, repasados, revisados, ordenados y contados.  Todas las anécdotas, los momentos, las sensaciones, las imágenes estaban a mi alcance. Tenía todas las reflexiones sobre el luto, la pena, la ausencia, la rabia y el «nunca jamás en la vida» por hacer. 

Todo lo que recordaba sobre él y sobre él conmigo ya está dicho.  Ayer me puse a hojear viejos álbumes de fotos y encontré estas cuatro imágenes: dos de él antes de ser mi padre, antes de conocernos, y dos de las que recuerdo hasta el olor de su camisa y el color de las canas de su bigote. 

He agotado el camino de los recuerdos, lo he recorrido entero, de ida y de vuelta y ya no me queda nada nuevo que contar pero he decidido que mientras este blog siga vivo, este día será para él y su recuerdo, para que esté, para que siga siendo un recuerdo, para que no se extinga su rastro. 

Y más aún si sigo encontrando fotos como estas. 






lunes, 29 de octubre de 2018

Me gustaría...

Me gustaría saber qué hay en la cabeza de la gente que deja su patinete o bici de alquiler en medio de la acera, obstaculizando el paso. Me gustaría asomarme a su cerebro y gritar: ¿Hay alguien ahí? ¿De verdad no se te ha ocurrido apoyar el patinete en la pared? ¿De verdad eres tan gañán como para no saber que la calle no es tuya? Me gustaría no creer que, en realidad, su cerebro sí le dice: «eh, chaval, apoya el patinete en aquella esquina que ahí no molesta» y que son ellos con toda su estupidez los que dicen: «bah, da igual, por mis huevos toreros lo dejo aquí».  Supongo que esta gente es la misma que aparca en segunda fila «cinco minutitos» y cuando estás a punto de llamar a la grúa salen diciendo «perdona, perdona». Me gustaría poder pedirme como superpoder que cada vez que decido hacer bricolaje en casa todo lo necesario apareciera mágicamente en el cajón de las herramientas. O puede que me gustara más que con un chasqueo de mis dedos un manitas ducho en el uso del taladro, los cuelga fácil y con una increíble capacidad para calcular a ojo las distancias apareciera en mi salón. Me gustaría no tener últimamente la sensación de que no tengo tiempo para nada, me gustaría haber seguido en mi limbo de no saber qué significaba la expresión «no tener tiempo». Me siento como si me pasara el día golpeando uno de esos juegos en los que sale la cabeza de la marmota y tienes que ir evitando que salga. Golpeo y golpeo y golpeo esperando que en algún momento dejen de saltar marrones, cabezas de marmota y pueda dejar el martillo y tirarme la bartola y no hay manera. Me gustaría que no me doliera el hombro y que una operación no hubiera empezado a parecerme un horizonte deseable. Me gustaría no despertarme, todas las noches, a las tres de la mañana  y que mis hijas no dijeran «no me renta».  Me gustaría no tener sueños tan vívidos con hombres a los que conozco solo de manera fugaz pero con los que tras esos sueños me da vergüenza hablar porque creo que notarán que he soñado con ellos. Me gustaría que María se dejara cepillar el pelo y que convencerlas para ver una película clásica no costara tanto. Me gustaría que pudieran verse dormir, cuando otra vez parecen pequeñas, indefensas, cuando se quitan el disfraz de adolescentes que lo saben todo y vuelven a ser solo ellas. Me gustaría que supieran que me da muchísima pena despertarlas por las mañanas, que cada día tengo la tentación de meterme en sus camas, abrazarlas y hacer pellas del trabajo y del colegio. Me gustaría que supieran que no solo las mantenemos compartiendo cuarto porque no saben ser ordenadas. Nos gusta que sigan durmiendo en su litera porque así, por lo menos mientras duermen, siguen siendo nuestras pequeñas princesas. 


martes, 23 de octubre de 2018

Basura en los medios

Pejac Focus 
«¿Es culpa nuestra la depresión o la ansiedad?
Sí, la depresión, por ejemplo, te la provocas tú con tu diálogo interno, aunque no te des cuenta. Cuesta mucho deprimirse: solo si te esfuerzas mucho lo conseguirás.» (Rafael Santandreu)

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Este tío es un miserable, un impresentable, una ofensa para los enfermos de depresión y un jeta. No se me ocurre nada más asqueroso, nada más ruin, nada más repugnante que acusar a los enfermos de su propia depresión para así vender libros en los que supuestamente les enseñas a dejar de hacer las cosas mal y curarse. Pero no voy a dedicarle ni tres minutos más de mi tiempo a desmontar las memeces que dice porque lo que de verdad me preocupa es el altavoz que encuentra. 

Se  nos llena la boca a criticar la televisión basura, los programas en los que se da voz y eco a gente impresentable y peligrosa. Se monta un escándalo si en un programa de televisión sale alguien diciendo que para curar el cáncer hay que tomar limón, o cambiar tu dieta. Criticamos a la cadena, al programa, al presentador... a todos. «Qué vergüenza que la televisión programa estas mierdas, qué vergüenza que les dejen hablar» Todos decimos esas cosas. 

¿Por qué no decimos lo mismo de los periódicos que entrevistan a esta gentuza? «Es que vende miles de libros y es un nuevo lanzamiento.» Ajá. ¿Por qué no cargamos contra las editoriales que pagan a este señor para que escriba esas mierdas o a otros señores que hablan sobre lo malas que son las vacunas o sobre curarte el cáncer comiendo más brocoli? ¿Por qué no nos indignamos con los editores que montan increíbles campañas de marketing, llenando marquesinas, revistas y periódicos con anuncios de colorinchis con el enésimo libro que va a enseñarte a vivir? 

«Es que publicar esos libros que venden tanto les permiten publicar otros que no venden tanto» Claro, claro y yo me chupo el dedo. No, claro que no. Ni la prensa da altavoz a esa gentuza porque haya un clamor por escucharlos, ni las editoriales los publican para así conseguir pasta para editar otros libros, mejores, que venden menos. Periódicos, revistas y editoriales acogen, miman, cuidan y publicitan a esa gentuza porque les da dinero, mucho dinero. Tienen exactamente la misma motivación que las televisiones cuando programan contenido basura. No son mejores. Tampoco peores. 

Así funciona. Contenido basura hay en todas partes: televisión, radio, prensa y editoriales. No se salva ni uno. Ahora bien, igual que exigimos que las teles no den pábulo a estas mierdas... ¿cuándo vamos a empezar a pedir cuentas a las editoriales? ¿Cuándo los periódicos van a negarse a entrevistar a esta gente tan peligrosa?  

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«¿Usted podría vivir con agua y comida y nada más para ser feliz?
¡Pues claro! Y tú también. Es lo más normal del mundo.» 

Ja. No se puede ser más cínico ni más miserable. 


jueves, 18 de octubre de 2018

El timo de las experiencias interesantes

Mi maravillosa profesora de inglés me cuenta que se va a la India a hacer yoga. Es una loca del yoga y se lo toma muy en serio. Por ejemplo, me ha contado que necesita por lo menos tres horas para poder hacerlo bien. Además para practicarlo y concentrarse no puede tener ni la tripa llena ni mucha hambre porque por lo visto estar saciado o hambriento son estados incompatibles con el yoga. (Otra razón más por la que tengo mis dudas sobre el posible encaje que el yoga y yo podríamos tener como pareja). La cuestión es que se va a la India a hacer yoga y viajar por el país. Me comenta que está pensando en irse a dormir al desierto aunque hará frío y puede que  no sea la mejor época pero que, a lo mejor, es una «experiencia interesante».

¿Y esa cara?–me pregunta al ver mi expresión al otro lado del Skype. 

Ahora todo son experiencias. Experiencias gastronómicas, sensoriales, intelectuales, artísticas. Antes comíamos, sentíamos, leíamos, viajábamos, escuchábamos conciertos o veíamos una peli, sufríamos. Ahora experimentamos, hasta a las enfermedades las llamamos experiencias. «¿Fue tu depresión una experiencia que mereció la pena?» La experiencia como eufemismo supremo, como velo embellecedor de cualquier realidad de la vida.  

Voy a crear una plataforma en contra de las "experiencias". Me opongo con firmeza y determinación al uso, abuso y mal uso de la palabra “experiencia”. Yo no experimento nada, a mí las cosas me pasan, me suceden, me arrasan, me tocan de refilón, me sobrepasan, me destrozan, me cabrean, me sumen en una alegría inmensa o me causan pena infinita pero no las “experimento”. De lo que hago, como, pienso, leo, en suma de lo que escojo vivir o de lo que me cae porque sí (llámalo destino, azar o Dios con su varita mágica) aprendo o no aprendo, me arrepiento o lo disfruto, lo aborrezco o lo deseo o me deja indiferente pero no lo experimento. 

La experiencia, en singular, es un grado se decía antes. Decíamos de alguien que tenía mucha experiencia cuando había vivido mucho, cuando a base de repetir siempre lo mismo, de trabajar toda una vida en una misma tarea o estudiando un tema había adquirido una sabiduría, una maestría, un saber hacer. Ahora no. Ahora ese tipo de experiencia se desprecia porque lo que se lleva es el cambio, ser "rompedor", saltarse los esquemas, mirar/hacer/ver las cosas de manera diferente, lo que mola es la exaltación de las experiencia como fenómeno singular y único. Tener una experiencia y saltar a la siguiente. De experiencia en experiencia y tiro porque me toca.  

¿Tienes experiencia de más de veinte años dando clase? Mal. 

¿Son sus clases experiencias intelectuales interesantes? Fenomenal. 

Un paso más allá de las experiencias están las  “experiencias interesantes” que me parecen una cumbre de falsedad y engaño. Tengo la teoría, bastante comprobada,   de que cuando alguien dice de algo que ha sido una experiencia muy interesante ya sea un libro, ir a dormir en el desierto, dar una charla en un evento, hacer un viaje o asistir a una reunión, en realidad, quiere decir «antes que repetir esto me arranco las uñas a bocados pero como no quiero decir que me equivoqué te digo que es interesante» ¿Por qué creo esto? Porque la palabra interesante es tan neutra que resbala, es tan inútil que cuando de verdad algo suscita interés, curiosidad o ganas de más siempre le ponemos un calificativo “muy interesante”, “Super interesante”, “interesantísimo”.  

«Ha sido/ será una experiencia interesante” es siempre sinónimo de ojalá no tuviera que hacerlo, ojalá no lo hubiera hecho. ¿Por qué lo creo? porque se puede aplicar a cualquier tipo de tortura «en el colegio me pegaban pero fue una experiencia interesante», «el restaurante fue carísimo y un timo pero fue una experiencia interesante», «como película es un tostón pero fue una experiencia interesante sentarme durante 3 horas a ver un plano dijo de los pies del director». 

«Una experiencia interesante» es siempre una mierda pinchada en un palo, algo que si es posible es mejor evitar. Cuando alguien hace algo que le gusta mucho, cuando alguien disfruta de lo que hace, come, lee, escucha, ve o lo que sea, jamás dice que fue interesante. Decimos «no sé como explicártelo, me dejó alucinado, fue increíble» o «te lo recomiendo muchísimo, te va a encantar» o la cumbre del entusiasmo «ojalá hubieras estado allí».

Ya os contaré si mi adorable profesora durmió en el desierto o no. Stay tuned. 

lunes, 15 de octubre de 2018

El hijo que se escaquea


Siempre, siempre, siempre, en todas las familias hay un hijo que se escaquea. Si pensamos en nuestros hermanos, en nuestros primos, en familias que conocemos podemos fácilmente señalar cual de toda la ristra de hermanos, de hijos, es "el que se escaquea". Pensadlo, seguro que ya lo tenéis.

El hijo escaqueador lo es de nacimiento. Nacen con ese talento, con ese don y lo perfeccionan a lo largo de los años. Cuando son pequeños no saben que tienen ese superpodere y lo utilizan sin darse cuenta, sin pretenderlo. A la voz de «Niños a recoger», los hijos se ponen a ello, el progenitor entretenido como anda en recoger con ellos y en pretender enseñarles lo estupendo y maravilloso que es el orden, no se da cuenta de que hay uno que sí ha recogido pero poco, lo justo. Ha cogido dos playmobil y los ha guardado en la caja pero ha empleado en esa tarea sus buenos cinco o seis minutos mientras el resto de la familia deshacía un castillo de Lego, guardaba los billetes del Monopoly por colores, ordenaba los lápices de colores y preparaba la ropa para el día siguiente.

Esta época de inocente uso de su superpoder pasa rápido y pronto, muy pronto, el hijo que se escaquea toma conciencia y se profesionaliza. «Hay que poner la mesa» suele ir seguido de una necesidad imperiosa, poderosa e inevitable de visitar el baño. Una necesidad que termina justo en el momento en que se anuncia que la comida está en la mesa. La orden «por favor, quitad la ropa tendida» va seguida de una súbita conciencia de la necesidad de hacer ciertos deberes que habían sido olvidados hasta ese momento. Deberes que se terminan cuando la ropa está destendida y el momento del ocio comienza.

El primero que percibe al hijo que se escaquea es el hermano o hermanos. «Fulanito no hace nada» dicen a muy temprana edad. «Sí que hace, pero otras cosas» dice el progenitor ingenuo que se niega a creer que él también tenga un hijo se escaquea. Los progenitores se entregan entonces a ese falso discurso de «está muy feo comparar» que en realidad quiere decir: a) no me he dado cuenta o b) no quiero aceptar que mis dos hijos(tres, cinco o los que sean) no sean todos perfectos o c) ¿será posible que esté tan ciego como mis padres?

No hay que confundir al hijo que se escaquea con alguien muy vago o con alguien poco implicado en la vida familiar. Para nada. El hijo que se escaquea puede ser una cumbre de diligencia, organización y rapidez organizativa cuando algo le interesa y/o implica a su persona. Por ejemplo, el hijo que se escaquea puede montar la mejor fiesta sorpresa del mundo para uno de sus hermanos o es capaz de elaborar una manualidad increíble que le lleve muchas horas para regalar a su abuela. El hijo que se escaquea no es un inútil, simplemente usa sus talentos para lo que le interesa y, normalmente, el rutinario funcionamiento de la vivienda familiar, la limpieza, el orden, las tareas del hogar o encargarse de visitar a un familiar enfermo no están en su escala de intereses ni siquiera entre los puestos cien mil y cien mil uno.

¿Y qué hacen los padres con el hijo que se escaquea? Pues manejarlo mal. Muy mal. Con el hijo que se escaquea tenemos el síndrome del hijo pródigo, de hecho estoy convencida de que el verdadero interés de la parábola del hijo pródigo no se nos contó nunca. Lo más jugoso de la historia estaría después de que el padre acogiera al hijo que se escaquea y el hermano responsable se mosqueara. Ojalá saber la bronca que se montó después de lo del camello y la aguja y toda esa cháchara. Me imagino al hermano responsable «Pues cojonudo, a partir de ahora que el camello escaqueador éste te ponga de comer y recoja tu ropa que yo me voy a tocar el ukelele y no hacer ni el huevo que resulta ser la mejor manera de ser santo».

Los padres acogemos cualquier mínimo gesto de cooperación por parte del hijo pródigo con alborozo y alegría. ¡Fuegos artificiales! ¡Albricias! ¡Almácigas! «Hay que ver lo que ha limpiado hoy Menganito» Los otros hijos se indignan con razón y dicen: «Joder, normalmente no hace nada nunca nada, pero hace un día cualquier mierda y parece que ha ganado el Premio Nobel» y tienen razón, tenemos razón, toda la razón del mundo pero es que el hijo que se escaquea es un rey del marketing, sabe vender su producto.

El hijo que se escaquea no es idiota y sabe que no puede exprimir su superpoder sin que se le vuelva en contra así que planea dejar de usarlo en el momento justo, en el momento de mayor lucimiento y, además, lo anuncia con grandes neones: «Mamá, he ordenado el armario, lo he limpiado por dentro y he colocado la ropa por colores» ¿Cómo no vas a hacerle la ola? El padre, la madre, los progenitores se vienen arriba y presa de una especie de síndrome del "yo sabía que mi hijo era bueno", creen que este momento, este hito, marca el comienzo de una nueva era, que su hijo el que se escaquea ha dejado esa etapa atrás, igual que se dejan los pañales, el chupete, los cromos de invizimans y la adolescencia y que se ha convertido en alguien colaborador.

Ja. El futuro se ríe en su cara y el hijo que se escaquea también. Sabe que ha ganado tiempo de calma, tiempo para perfeccionar su técnica y tiempo para mejorar su cara de «Me estás ofendiendo muchísimo y me está doliendo» la próxima vez que le pilles escaqueándose de la limpieza conjunta tras el paso de los pintores por casa y le acuses de «te has entretenido en el portal hablando con tus amigas para no subir a ayudar a limpiar».

Pensadlo. ¿Quién es vuestro hijo/hermano que se escaquea? Sino se os ocurre nadie a lo mejor sois vosotros.