domingo, 28 de enero de 2018

Diez años escribiendo


Tom Haugomat
«It’s a joy to do it. It’s a place to go. It definitely is a place where I am… where I feel my honest self is. I just wrote toto go home. It was like a place to be where I felt I was safe. And so I write to fix a reality». (Lucia Berlin)

Hace diez años estaba sentada en un despacho que ya no existe viendo atardecer en Toledo. Hace diez años los móviles no eran táctiles, no existía "WhatsApp" y en mi despacho había un televisor de tubo y un reproductor de VHS. Y un fax que, de vez en cuando, escupía algunos folios.  Hace diez años no sabía quién era Lucia Berlin. 

«Ese es el primer paso, mamá– digo con suavidad–. La infelicidad tiene que estar viva para que pueda suceder cualquier cosa». (Vivian Gormick).

Hace diez años me puse a escribir sin saber qué estaba haciendo, sin saber que hacia algo, sin intención, sin propósito, sin finalidad. El aburrimiento y una sombra de inquietud interior, que ahora sé que era incomodidad conmigo misma, me llevaron a escribir. Menospreciamos el aburrimiento y ensalzamos la comodidad pero sólo nos movemos cuando algo no nos gusta, cuando estar dentro de nuestro pellejo nos pica, nos escuece, nos aprieta o nos está absurdamente grande. Hace diez años no sabía quién era Vivian Gormick. 

«Bastante trabajo me daba escribir como lo hacía, esto es, regular, como para intentar ponerme a escribir como no sabía hacerlo, es decir, bien. Si en algún momento pensaba en el lector para adaptarme a él, estaría cometiendo la primera traición. En literatura debe ser el lector quien vaya en busca de la obra y si no, que se vuelva a su casa». (Juan Tallón) 

Hace diez años me lancé a escribir hablando de ir a comprar muebles. No fue, no era, no parece un comienzo muy prometedor pero es que aquello no era el comienzo ni la promesa de nada. Era, y lo sé ahora, mi mayor acto de espontaneidad creativa hasta la fecha y tenía treinta y cuatro años. No buscaba que me leyeran, en realidad quería saber si era capaz de escucharme, de leerme a mí misma. He escrito 1788 posts. No todos son buenos, ni interesantes, ni divertidos, ni aportan algo pero todos tienen un significado para mí. Cada palabra que he escrito en este blog responde a mi necesidad de escribirla, una necesidad que no sé de dónde sale, no lo sabía aquella tarde de enero de 2008 y no lo sé ahora. Tengo que hacerlo. No puedo elegir no hacerlo. No intento que nadie lo entienda porque no escribo este blog para nadie más que para mí. Hace diez años no sabía quién era Juan Tallón. 

«No puedo más, de veras - murmuró-. Estoy entumecido y cansado. Hoy han ocurrido demasiadas cosas. Me siento como si hubiera pasado cuarenta y ocho horas bajo una lluvia torrencial, sin paraguas ni impermeable. Estoy empapado hasta los huesos de emoción». (Ray Bradbury)

Llevo una semana pensando cómo podía intentar expresar las sensaciones que tengo al cumplir diez años escribiendo. Siento una infinita ternura por esa Ana de treinta y cuatro años desbordada por la sensación de que ya sabía lo que le esperaba el resto de su vida. Quiero decirle que aprenderá a escribir, que dejará de poner puntos suspensivos que representen su miedo a las palabras, sus indecisiones y dudas. Quisiera adelantarle que conocerá muchísima gente que llegará a ella leyendo esas palabras que teclea sin darles ninguna importancia; personas que se harán sus amigos y que también le cambiarán la vida. Me gustaría decirle que corra a leer a Bradbury, que Crónicas Marcianas la está esperando. 

«Cuando escribimos un texto, las líneas van una detrás de otra, con idénticos intervalos, y quienes las tienen ante la vista no se dan cuenta de que hubo momentos en que la mano que las trazaba fue deprisa por la hoja y en otros se quedó parada. En la página, e incluso en la página manuscrita, quedan abolidos los silencios; y los espacios pasados por la garlopa» (Amin Maalouf). 

Me gustaría decirle que eso que está haciendo, esas palabras que está escribiendo sin darles importancia, casi sin mirar a la pantalla y que va a publicar sin releer confiando en que nadie las lea, van a cambiarle la vida. Quiero que sepa que estas palabras, «Después de dos años viviendo en nuestra nueva casa, decidimos por fin... ir a ver muebles», son la puerta a un mundo al que diez años después sigo yendo. Quiero decirle que escribir no será algo que haga, será un lugar al que irá,  en el que estar y ser. Y que lea a Amin Maalouf. 

Hace diez años me faltaban por leer 543 libros.

Gracias a todos. 


miércoles, 24 de enero de 2018

Los hilos de twitter y los muebles de IKEA


Una enfermedad muy contagiosa llamada "hilos" está tejiendo una tela de araña cada vez más tupida dentro y alrededor de twitter. Los hilos cruzan las conversaciones, atraviesan la información capturando las historias en ridículos envoltorios de tres, cuatro o veinticuatro mini mensajes. Envoltorios dulces, fáciles de tragar, de digerir y olvidar. No importa el tema. Da igual que sea una noticia política importante, una historia trágica, un acontecimiento histórico o una anécdota humorística. Los párrafos, los textos de más de doscientos caracteres, los artículos, la estructura de presentación, nudo y desenlace, el contexto, el tono, las conclusiones, todas esas cosas, necesarias, importantes y vitales para contar algo agonizan al borde de la extinción ahogadas en una maraña de hilos que, la mayoría de las veces, no se siguen más allá del tercer tweet. 

¿Qué nos ha pasado? ¿Qué nos está pasando? De niños no  nos cansamos nunca de leer buenas historias, "sigue un poco más" le decimos a cualquiera que nos cuente un cuento, pedimos detalles, información, contexto. Lo queremos saber todo y que nos lo cuenten bien. Por supuesto que no todas las historias, ni las informaciones, ni los escritores, ni las noticias merecen la pena pero ¿por qué ya nadie se molesta en salir del bar que es twitter para irse a casa de aquel que sabe que cuenta buenas historias? ¿Porque nos conformamos con los tres titulares en la barra de twitter y no nos vamos a casa, al blog, de nadie? ¿Por qué sólo flirteamos pero nos nos enamoramos? 

Antes de ayer Hombre Revenido, uno de mis primeros amigos en internet, arrasó twitter contando la historia de Kenzaburo Oé y su hijo. Lo hizo en un hilo maravilloso, bordando a mano una historia preciosa y conmovedora, dosificando la información, la tensión y la emoción. El público en el bar de twitter se lo agradeció entusiasmado y yo me alegro infinito porque Hombre Revenido es un tipo inteligente, divertido y un fantabuloso contador de historias. Lleva más de diez años elaborando historias en su casa, en su blog, pero nadie (solo unos pocos irreductibles) se pasa por allí y me da pena y rabia porque allí está todo su talento. 

Las historias tienen unas dimensiones, un volumen, una presencia, un entorno y un ritmo. Son algo más que su superficie, siempre esconden detalles. Cada una de ellas es diferente y el trabajo del buen contador de historias, ya sea periodista, bloguero, opinador o escritor es pulirlas, desentrañarlas y ponerlas al alcance del público. En mi opinión, pulirlas no significa desintegrarlas hasta convertirlas en un esqueleto simplón moviéndose a un ritmo sincopado. La información no puede ser un mueble de Ikea desmontado.  Algunas historias, casi todas, son un cuadro de Escher y no deberían ser jamás una estantería Billy.

La calidad, el oficio de un comunicador, de un periodista, de un contador de historias debería medirse por su capacidad para sacarte del bar de twitter y llevarte de la mano por el laberinto de Escher sin que te pierdas. De una buena historia hay que salir revolcado, agitando la cabeza y diciendo "vaya, no tenía ni idea de esto, me ha hecho pensar".  Una estantería Billy se olvida nada más verla, cualquiera puede montarla. 

Ojalá volvamos a pasear por los laberintos. Ojalá siga quedando gente que nos cuente historias despacio, con calma, detalle y melodía y no nos quedemos solo con el ritmo sincopado y simplón de  los montadores de estanterías Billy. 


lunes, 22 de enero de 2018

Prisa

Ray Oranges
Prisa porque acaba el día. Prisa porque sea mañana. Y pasado mañana y la semana que viene y el mes siguiente. Prisa para ponerme a leer. Por irme a dormir. Prisa por llegar. Prisa al marcharme. Y al despedirme, hagámoslo corto. Prisa porque llegues. Prisa porque sea viernes, prisa porque llegue el lunes. Prisa porque sea día uno y después treinta y uno. Prisa por acabar la línea, terminar el párrafo. Prisa por pasar página. Prisa por saber cómo termina un libro y prisa para empezar un nuevo. Prisa por acabar un artículo del New Yorker. Prisa porque crezcan y se vayan. Prisa porque vuelvan. Prisa porque hierva el agua, se haga el café, salte la tostada. Y para untar la mantequilla antes de que se enfríe el pan. Prisa por tener todo recogido y por terminar de recoger. Prisa por saber qué hay de comer y qué cenaré. Prisa para hacer la maleta y para deshacerla. Prisa por reservar, sabiendo que puedo cancelar. Prisa porque me contesten, porque me llegue un correo. Prisa por responder. Prisa por llegar a la solución de un problema. Prisa para resolver, para dejar atrás. Prisa por olvidar, por echármelo a la espalda. Prisa por empezar y también por terminar. Prisa porque el agua de la ducha  salga caliente cuanto antes. Prisa por vestirme, por echarme la crema. Prisa al peinarme y al lavarme los dientes. Prisa por tener tiempo. Prisa en la peluquería, en el supermercado y en la gasolinera. Prisa porque termines de contarme  para que no te detengas en los detalles. Prisa porque se marchen y para que te vayas. Prisa para que termine la canción, el informativo o el capítulo. Prisa para llegar al final de la piscina, al último largo. Prisa al escribir a mano, acelerando poco a poco desde que poso la pluma en el papel y mis pensamientos, como los caballos al abrir el cajón, corren cogiendo velocidad, acelerando sin parar mientras mi mano intenta seguir el ritmo para no olvidar nada, para no dejar escapar ningún hilo. Prisa por encadenarlo todo, por construir la idea, por terminar el párrafo, por acabar el post. Prisa por comprender y prisa por terminar la partida. Prisa para apurar la copa de vino, las patatas de la bolsa y la tinta de la pluma. Prisa porque termine la lavadora y prisa porque suene el horno. Prisa por entender y porque me de igual. Prisa porque cambie el semáforo, porque llegue el día, 

cualquiera, 

el día en el que me paro

y digo

¿Dónde vas?

Para. 

Estás bien. 

Puedes parar. Dejar de correr. Estás a salvo. No tienes que escapar. 

Descansa. 


viernes, 19 de enero de 2018

Ensayo sobre la almohada


Hablemos de almohadas. 

La búsqueda de la almohada perfecta es como la del Santo Grial, algo que solo te importa cuando eres mayor, cuando te conviertes en Sean Connery. De niño puedes dormir con el cuello totalmente tronchado y conseguir horas de sueño reparador de las que te levantas sin que tus cervicales hayan decidido convertirte en una cariátide. De niño, el dolor de cuello solo se concibe si viene alguien y te decapita. Uno de los amigos imaginarios de mi hermano pequeño, el famoso Gortel bueno, solo podía girar el cuello en un mínimo ángulo porque Gortel malo se lo había cortado con un cuchillo y al volvérselo a colocar la amplitud rotatoria se había visto muy afectada. A lo que iba, de niño te da igual dormir en una almohada de los Picapiedra. Todo su interés se reduce a lo que puedes esconder debajo, a lo que puedes encontrar debajo (Hola Ratón Pérez) y a poder luchar con ellas.  

De adolescente se estila más dormir boca abajo y si es posible con los brazos descolgados. Sospecho que este nuevo contorsionismo para dormir responde a la súbita pesadez de las extremidades que hace que los adolescentes se muevan a una velocidad incompatible casi con el concepto movimiento y que no se sienten, se desplomen. La almohada pasa de ser algo que no te importa un pimiento a ser algo que molesta, que sobra. (Yo jamás he dormido boca abajo porque la adolescencia, además de dotarme de pesadez de miembros me trajo de bonus track un par de pechos incompatibles con el concepto "boca abajo"). La única utilidad de la almohada en la adolescencia está en poder hacer algo con ellas como en las películas: fiestas pijamas o guerra de almohadas que terminen en otras cosas. 

Más adelante llega el momento en el que todos nos convertimos en princesas del guisante. Todo pasa a ser fundamental para dormir: el colchón, las sábanas, optar por manta o por edredón y en el top de las exigencias está la almohada. Todavía recuerdo cuando en mis tempranos veintitantos en un hotel, en Sevilla, descubrí un menú de almohadas. Pensé "qué chorrada más grande". Mi reino por un menú de almohadas ahora. En realidad mi sueño sería un buffet libre de almohadas.  

He llegado a la conclusión de que la almohada perfecta no existe. O, mejor dicho, existe pero esa cualidad de perfección no permanece inmutable en el espacio y en el tiempo. La que es perfecta hoy es muy probable que no lo sea dentro de dos días, cuatro semanas o seis meses. Por eso cada vez tenemos más almohadas en la cama, no es por moda o porque queramos "hacer de tu casa el perfecto refugio de invierno". Tenemos superpoblación de almohadas porque las coleccionamos igual que el viejo cruzado de Indiana Jones coleccionaba griales, por si suena la flauta.  Tienes cuatro almohadas en tu cama y con suerte, con mucha suerte, cada noche una de ellas es la perfecta. Un día la necesitas casi imperceptible, otro día mullida para que te acoja, otro quieres la cervical (que llegó a tu casa de una manera que no quieres recordar) porque en algún sitio has leído que para la contractura en el cuello que te está matando es mejor una almohada que te mantenga el cuello recto, otro la quieres tan blanda que al hundir la cabeza en ella los lados esponjosos te ahoguen, otro las quieres todas en una composición conjunta que te mantenga erguido para no ahogarte en tus mocos y un día la quieres caliente y otro te encuentras en mitad de la noche reptando como un marine frotando la cabeza contra todas tus almohadas intentando encontrar una que permanezca fresca a ver si así consigues que los pensamientos que se te están haciendo bola se aireen.  

Ahora mismo ando a la caza de la almohada perfecta para mi nueva cama. En esta nueva cama, en mi nuevo cuarto de adolescente he decidido dormir en medio del colchón. Ya no soy de un lado ni del otro, toda la cama es mía y eso me ha llevado a replantearme el mundo almohadas. Mi cuerpecillo curtido en años de compartir cama y en la querencia de preferir un sitio tiende a escabullirse hacia uno de los lados (el izquierdo mirando desde los pies) y, por eso, necesito más de una almohada perfecta, un par por lo menos.  Una para apoyar la cabeza y otra para corregir mi 
postura, que me impida deslizarme hacia mi antiguo lado, que se deje abrazar, patear o que se esté quieta haciéndose la muerta ocupando cama y manteniendo la temperatura. Que sí, que eso también lo hace una pareja pero es que no quiero dormir con alguien todas las noches. Necesito una almohada bulto que no se ponga celosa cuando sí duermo con alguien. 

Cuando consiga esto, me lanzaré a la siguiente etapa, encontrar una almohada que se adapte mágicamente, encogiéndose o creciendo, a los distintos tamaños de fundas que tengo. 

Por soñar que no quede. 


miércoles, 17 de enero de 2018

Me gustaría...

Me gustaría que los días no hubieran empezado ya a alargarse y no sentir que he desaprovechado las noches eternas del invierno. Me gustaría sacudir la cabeza como hago para secarme el pelo y librarme de las gotas de nostalgia que últimamente parecen estar cubriéndome. Nostalgia de antes, de hace años, de mi infancia, de antes de ayer, del último de verano y del invierno que no aprovecho. Me gustaría dejar de imaginarme en medio de un camino mirando hacia atrás  y pensando «pues no estuvo tan mal» y mirando hacia delante y temiendo no llegar a lo que hay más allá. Me gustaría verme soñar desde fuera, sentarme en el borde mi cama y ver mis sueños crearse en un enorme bocadillo de dibujos animados por encima de mi cabeza. Me gustaría disfrutar de ellos ahora que no me torturan y que, de verdad, existiera un barrendero de sueños. Un hombre vestido como los tenderos franceses de los años 30, con gabán y gorra y azules, que barre los sueños cuando nos levantamos y nos vamos de nuestras cabezas. Me gustaría que esa idea del barrendero de sueños se me hubiera ocurrido a mí.  Me gustaría saber exactamente qué ponerme cada día y no dejar ropa "para otro día más especial" como si tuviera fiestas, cocktailes o mil citas importantes en mi vida.  Me gustaría saber ponerme un pañuelo de seda rojo que alguien me regaló y que ese alguien me explicara en qué estaba pensando al regalármelo. Me gustaría explicar a los creativos de las cuñas de radio que «desde 995 €» no es ninguna ganga y que no soy capaz de imaginarme un «Mercedes con cuatro años de garantía». De hecho, no sé porqué alguien podría ilusionarse imaginando eso. Me gustaría que me interesaran los coches un poco, o por lo menos ser capaz de distinguir el mío entre varios coches azules. Me gustaría saber porqué, a veces cuando escribo a mano, el trazo de una s o de una e me recuerda a mi padre. Y me gustaría que mi letra se pareciera a la suya. Me gustaría ser capaz de recordar el nombre de los vinos que me gustan y olvidar el del vino que bebí la vez que fui gilipollas. Me gustaría atreverme a llevar las uñas pintadas y sentirme un poco mujer fatal. Y me gustaría acordarme, la próxima vez que necesite calcetines, de comprarme también unas medias de rejilla. Me gustaría no sentir miedo al pensar en la publicación de mi libro y me gustaría también no pensar que sentir miedo es lo correcto. Me gustaría que Madrid fuera un pueblo y poder vivir en otro sitio. Y me gustaría tener uno de esos pisos señoriales de la calle Alcalá que tienen El Retiro a sus pies. Me gustaría que los hombres no contestaran «pues tampoco es para tanto, es bajito» cuando les hablo de la belleza de otros hombres. Me gustaría conocer a Neil Gaiman y a Guillermo Altares. Me gustaría decirle a Carlos Alsina que puede hacerlo mejor y que no se cabreara. Me gustaría que mi yo natatorio tomara el control de los mandos de mi cabeza nada más despertarme y no me dejara a merced de mi yo perezoso que intenta convencerme, cada día, de que no necesito ir a nadar. Me gustaría sobresaltarme, cada mañana,  por la alarma del despertador y no esperar su sonido desvelada. Me gustaría ser capaz de recrear en mi cabeza el sonido de los  pájaros en septiembre en Los Molinos y que la camisa de mi abuelo de "Centro de Moda Guijarro. Bilbao" guardara el olor de su colonia. Me gustaría conocer a alguien que fume Rex y no olvidar el nombre del suavizante que estamos usando ahora y que deja un olor en la ropa que me hace sentir que el suavizante sirve para algo. Me gustaría no tener nada en las paredes de mi casa o, mejor, que fueran como pizarras que pudiera borrar pasando la mano. Llenar mis paredes de cuadros, portadas del New Yorker, fotografías, citas manuscritas y cuando me cansara pasar la mano y que todo desapareciera para  volver a empezar. Me gustaría que la expresión «Borrón y cuenta nueva» fuera el nombre de ese superpoder.  


lunes, 15 de enero de 2018

Dorothy Parker y el metro de Madrid

—What, then, would you say is the source of most of your work?

—Need of money, dear. 

                                                                         Entrevista a Dorothy Parker. 1957 


Desde 1919, año de creación del Metro de Madrid, hasta 1984 solo las mujeres solteras podían ser taquilleras en el Metro de Madrid. Si se casaban tenían que dejar de trabajar, las echaban y sólo podían recuperar el trabajo si enviudaban. 1984 es antes de ayer. 

No sé en qué momento de mi vida decidí que iba a trabajar. Ahora puede parecer una obviedad pero cuando yo era pequeña, adolescente, la mayoría de las mujeres que conocía no trabajaban fuera de casa. Eran amas de casa, criaban a los niños, cuidaban la casa. Mi madre, licenciada en Geológicas y  profesora antes de casarse, no volvió a trabajar hasta los años noventa. Yo siempre pensé en trabajar, ese era el plan, estudiar algo que me gustara o interesara y luego buscar trabajo. Recuerdo terminar la carrera y empezar a agobiarme buscando un trabajo, el que fuera. De una carambola en otra terminé trabajando en lo que trabajo ahora y nunca jamás he pensado en dejarlo. Bueno, miento. Ahora mismo fantaseo cada semana con que me toque el euromillones, dejar de trabajar y dedicarme a tener una pequeña librería y viajar. 

Nunca pensé en casarme y que mi pareja me mantuviera o para que no suene tan mal, él diera el soporte económico a nuestra familia. Nunca lo pensé y una vez casada jamás lo consideré. ¿No lo hice porque no estuviera convencida de la solidez de mi relación? No. No lo hice porque me daba pánico la falta de independencia. Trabajar, ganar tu propio dinero, te hace independiente. Depender de otro te hace vulnerable y dependiente, aunque sea amor verdadero. 

Yo, como Dorothy Parker, trabajo por dinero y creo que las mujeres tenemos que trabajar por dinero, no por realizarnos, empoderarnos (una palabra espantosamente cursi) o conocer mundo, tenemos que trabajar porque la independencia económica, el ser capaz de cubrir tus necesidades vitales es lo que te permitirá, a lo mejor, realizarte, empoderarte, conocer mundo y quién sabe si ganar un Premio Nobel, escribir una obra maestra de la literatura o dedicarte a hacer pasteles de manzana sin lactosa. 

Pienso en esas taquilleras del metro de Madrid. Tenían un trabajo en los años veinte, treinta, cuarenta, un trabajo porque el que ganaban un sueldo por la actividad que desempeñaban y al casarse lo perdían. Pasaban de ser alguien a ser de alguien, de ser indpendientes a ser dependientes. ¿Por qué? Porque sí, por casarse. Ahora, en muchas ocasiones, ese cambio no es automático pero ¿cuántas mujeres dejan de trabajar cuando tienen hijos? Lo dejan o las invitan muy fuerte a dejarlo. Las invitan las empresas, los jefes, unos horarios absurdos, la falta de guarderías, el machismo que considera que una mujer trabaja para entretenerse hasta que tiene una familia a la que dedicarse...y también sus parejas, su entorno y esa mierda de mística maternal que pulula por ahí y que dice que si tienes que elegir, elige siempre la maternidad a tiempo completo porque no hay nada como la familia. Y que una mujer es más si tiene hijos. 

A mis hijas les digo que no se casen y que trabajen siempre. «¿Y si nos toca la lotería y somos millonarias? Entonces podéis dejar de trabajar pero, si no tenéis suerte con el azar, recordadlo siempre no dejéis de trabajar nunca» También les digo que no salgan jamás con un hombre que lleve gorra de visera plana porque nunca se ha visto nada inteligente debajo de esas gorras pero espero que si tienen que elegir un consejo para no seguir, sea el de la gorra y no el del trabajo.  


jueves, 11 de enero de 2018

La Nada adolescente

«Paso a paso, irresistible y silenciosa, la Nada iba penetrando por todas partes, a través de los altos muros negros que rodeaban la ciudad». (La historia interminable, de Michel Ende)

Cuando mis hijas eran pequeñas, sus cenas eran una auténtica tortura para mí, una prueba de supervivencia cada noche. Perdí años de vida y me salieron canas batallando con ellas para que comieran algo. Cuando ya no podía más, a la desesperada, se me ocurrió leerles mientras cenaban y, contra todo pronóstico, funcionó. Les leía historias, libros gordos de más de cuatrocientas páginas y me miraban ensimismadas engullendo la cena tranquilamente. El primero que les leí fue La Historia Interminable. Les encantó y de una noche para otra recordaban perfectamente cada escena, cada personaje, toda la trama. Era magia. 

En aquella historia aparecía un enemigo invisible, algo cuyo peligro no era ser algo sino precisamente lo contrario, no ser nada. Era la Nada. Ellas y yo imaginábamos la Nada como una sustancia gris, una nube, un charco de lodo, una sombra que tapaba la realidad, que cubría poco a poco el reino de Fantasía. Llevo días pensando que la Nada es, en realidad, la adolescencia y sus embates son olas que llegan a la orilla de mi casa, a mi puerta barriendo con su fuerza cualquier entusiasmo, interés o curiosidad que mis hijas tuvieran de niñas. No sé que ha pasado, no sé como luchar contra ello. 

—¿Queréis hacer algo?
—No, nada.
—¿Qué tal en el colegio?
—Bien, nada especial.
—¿Queréis que hablemos de algo?
—No, de nada. 
—¿Alguna novedad?
—Nada. 
—¿Te apetece leer algo?
—Puff, qué rollo.
—¿Ver una peli?
—Qué aburrimiento. 

¿Qué ha pasado con todas sus inquietudes? Todo les aburre, todo les da igual, todo les es indiferente. Languidecer horas y horas parece su mejor plan vital. Una ola les quita las ganas de viajar, otra ola les quita las ganas de leer, la siguiente hace que dejen de tener interés por actividades extra escolares que ellas mismas eligieron.  Por supuesto de vez en cuando algo parece encender una pequeña chispa de alegría, de curiosidad, de interés. Me aferro a esos momentos aunque sean cosas que no entiendo, que no me gustan, que me interesan cero. Trato de avivarlos, como una maníaca me pongo a soplar esa mínima ascua de color, de alegría, de "algo" para que prenda, para que se convierta en una llamarada pero, la mayoría de las veces, se consume rápidamente y volvemos a la gélida nada adolescente, a esa languidez fría y resbalosa que me exaspera y me entristece. Me entristece porque me doy ternurita a mí misma, me acuerdo de mi yo de hace cuatro, cinco, ocho años, llena de vitalidad y energía que llevaba a sus hijas a museos, teatros, representaciones, bibliotecas, talleres, a ese yo que les leía cuentos, les descubría pelis y las llevaba de turismo contándoles historias. Mi yo de aquel entonces pensaba que todo aquello dejaba un poso, construía un sedimento que serviría para que siempre fueran curiosas, tuvieran interés, fueran inquietas mentalmente, quisieran aprender. Ja. Qué mona era y qué inocente. Todas esas horas han sido barridas por la tempestad de la Nada que asola mi casa. Quiero pensar que debajo de todo el agua, de las olas, esos cimientos están aguantando y que resistirán, y en algún momento en el futuro, cuando la Nada adolescente pase, resurgirán erosionados, quizá quebrados pero que aguantarán. 
«—No- dijo con voz profunda y retumbante.- Quiere decir que debes hacer tu Verdadera Voluntad. Y no hay nada más difícil.
—¿Mi verdadera voluntad?- repitió Bastian impresionado ¿Qué es eso?
— Es tu secreto más profundo, que no conoces.
— ¿Cómo puedo descubrirlo entonces?
—Siguiendo el camino de los deseos, de uno a otro, hasta llegar al último. Ese camino te conducirá a tu Verdadera Voluntad.
—No me parece muy difícil- opinó Bastian.
—Es el más peligroso de todos los caminos- dijo el león.
—¿Por qué? - preguntó Bastián.- Yo no tengo miedo.
—No se trata de eso -retumbó Graógraman- Ese camino exige la mayor autenticidad y atención, porque en ningún otro es tan fácil perderse para siempre»  (La historia interminable, de Michel Ende)

Y así paso los días, esperando a que mis hijas sepan qué quieren, qué les gusta, qué les interesa. Esperando a que no les de miedo interesarse por algo por el qué dirán o que lo que quieren no dependa de la moda o de lo que le dicen sus amigos. Esperando que se atrevan a mirar más allá de su adolescencia. En el fondo sé que es cuestión de tiempo, a todos nos voltearon las olas de la Nada adolescente, todos fuimos lánguidos e hicimos de la apatía un leiv motiv y casi todos conseguimos salir y llegar a la playa. Lo que me preocupa es el casi, ¿y si ellas no lo consiguen? ¿y si se convierten en unas adultas insípidas y aburridas? ¿Y si crecen y no me gustan? 

Ten hijos, te dicen.

«Así, pues, lo peor de ser padre es mi sino: ser adulto. No hablo el lenguaje adecuado; no me enfrento a los mismos temores y contingencias y oportunidades perdidas; mi sino es saber demasiadas cosas y sin embargo tener que estar parado, como un farol con la luz encendida, esperando que mi hijo vea el resplandor y se decida a acercarse al calor y la luz que le ofrece calladamente». El día de la independencia de R. Ford.