viernes, 27 de octubre de 2017

Haraganead, haraganead, malditos

¿Cómo te sientes si pasas todo un día sin hacer nada? 
a) Bien
b) Mal

Desconfío de todo aquel que elige la respuesta b. ¿Cómo puedes sentirte mal después de no hacer nada en todo el día? ¿Que tara tienes? Sospecho que a los que eligen la opción incorrecta nadie nunca les ha enseñado a no hacer nada bien.  

Haraganear es un arte y, como tal, requiere dedicación, empeño y fuerza de voluntad. La maestría no se adquiere de la noche a la mañana ni se perfecciona en un instante. Es necesario dedicarle tiempo, encontrar el hueco y el espacio e insistir hasta que se le coge el truco. Solo entonces, te vuelves adicto, te enganchas, lo conviertes en un arte.  

No hacer nada es revolucionario. Nos pasamos la vida corriendo, sujetos a un horario, al despertador. Nos persigue la hora de comer, la hora de cenar, la de ir a trabajar y la de salir corriendo a hacer gestiones. Además, tenemos tareas pendientes, una montaña enorme que no acaba nunca y que va desde limpiar la casa a llevar la aspiradora a arreglar, recoger la ropa de invierno, planchar, poner la lavadora, ir a comprar bombillas, llamar a tu  madre, escribir a tu amiga que vive fuera, pedir cita para el DNI, para la peluquería, para el oculista, llamar al banco, mirar tus gastos mensuales, emparejar calcetines, ordenar tuppers, lavar a mano la ropa de lavar a mano que languidece al fondo del cesto de la ropa sucia esperando que llegue su momento, ir a un museo, dar un paseo, ir a conocer un nuevo restaurante, quedar con alguien, cortarte las uñas... un millón de cosas que hay que hacer. Para no hacer nada hay que desarrollar el superpoder de dejarlas todas en "mañana". No es fácil, la inercia del "tengo que" o "podría hacer" es  es un tsunami muy violento que hay que aprender a surfear. 

No hacer nada significa ir a contracorriente, despegarse del "aprovecha tu tiempo libre" y del "saca  provecho del fin de semana". No, no y no. El verbo aprovechar implica exprimir el tiempo, apurarlo, llenarlo de cosas, de actividades que te reporten un beneficio, un algo, lo que sea. No hacer nada, haraganear, es justo lo contrario. Consiste en aprender a dejar pasar el tiempo languideciendo. Haraganear implica disfrutar viendo como los minutos y las horas se escurren entre tus dedos, resbalando por las sombras de la luz en tu cama, en tu pared, en el suelo. Abrir los ojos y pensar «podría levantarme» y no hacerlo, darte la vuelta y seguir tumbada, sin dormir, sin leer, simplemente no haciendo nada. No hacer nada significa empezar a desayunar a la hora que sea, sin mirar el reloj, sin pensar que es casi la hora de comer, te apetece desayunar y desayunas, ya te preocuparás o no de lo que ocurra en las horas que están por llegar. Al principio de no hacer nada, la perspectiva de las horas por llenar puede agobiar un poco pero hay que tomárselo con calma y dejarse ir. Poco a poco, tu cuerpo se adapta, tu cerebro se pone cómodo y ves como el tiempo se estira y el haraganeo se expande ocupando todos esos minutos con una maravillosa sensación de bienestar. La expansión del placer del haraganeo es algo maravilloso, crece hasta ocupar el tiempo y el espacio llenándolo todo de un olor, de un sonido, de un tacto dulce, pacífico y gustoso. 

Haraganear es ir, un poco, contra nuestra propia naturaleza. Los niños, por ejemplo, llevan mal no hacer nada, dicen me aburro y exigen hacer cosas, entretenerse, estar activos. Hay que enseñarles a disfrutar del haraganeo consciente para no privarles de ese placer. Hay mucha gente a la que no le ensañaron nunca, les privaron de ese conocimiento y viven su vida en una continua carrera de obligaciones, tareas y ocio auto impuesto muy parecido a vivir permanentemente en un crucero organizado.  

Haraganear es maravilloso y, como todas las cosas buenas de la vida, hay que manejarlo con cuidado. Es importante no abusar de ello porque entonces su placer se anula y se convierte en un vicio. Haraganear es un placer íntimo, para realizar en una compañía de confianza y siempre con moderación. 

¡Ah! Casi lo olvido y esto es fundamental:  no se haraganea en pijama. Cuando uno no va a hacer nada en plan profesional, lo hace con ropa cómoda, de estar en casa pero nunca en pijama. ¿Por qué? Por lo mismo que no se corre sin sujetador. No hay más que explicar.  

Haraganead, malditos. No os hurtéis ese placer y sed gente de confianza que elige, siempre, la opción a. 


miércoles, 25 de octubre de 2017

Caer bien no es lo mismo que querer

Dan Gluibizz
—Mamá, a mi amigo Pedro su madre no le cae bien.
—¿Cómo lo sabes?
—Hoy hemos estado hablando de eso. 
—Ajá. 
—¿Te parece bien que no le caiga bien su madre?
—Bueno, no lo sé, sus razones tendrá. A lo mejor le cae bien a ratos, o a lo mejor no es que le caiga mal, sino que simplemente le cae mejor su padre y, por comparación, él tiene la sensación de que su madre no le cae bien.
—No lo había pensado así. 

Ella no lo había pensado así y yo, la verdad, es que no lo había pensado nada, pero me quedé dándole vueltas. ¿Te puede no caer bien tu padre, tu madre, tus hijos? Ya veo las caras horrorizadas de muchos, pensando "por supuesto que tus padres te caen bien y, también, tus hijos porque los quieres más que a nada y blablablabla". 

—Mama, a mí tú me caes bien. 
—Me alegro.
—¿Yo te caigo bien?
—Si, casi todo el tiempo sí.
—Pero ¿caer bien no es lo mismo que querer eh?
—Lo sé.

Exacto. Caer bien no es lo mismo que querer. Es completamente distinto o, quizás, sólo complementario. Por supuesto está horriblemente mal visto decir que tus hijos o uno de ellos o tus padres o uno de ellos no te caen especialmente bien, pero es así. Todos, o casi todos,de adultos sabemos cuál de nuestros progenitores nos llevamos mejor, con cual tenemos una relación más fluida, más cercana, una relación en la que es más fácil acoplarse por el motivo que sea: cercanía, sentido del humor, intereses comunes, odios compartidos, afinidades de carácter, pueden ser un millón de cosas. Nos caemos bien, nos caemos mejor. 

Pocos, sin embargo, estamos dispuestos a aceptar que quizás, a lo mejor, que es posible que no les caigamos bien a nuestros hijos. Mejor dicho, como le dije a María, que seamos el progenitor con el que nuestros hijos congenian menos. ¿Por qué? Pues porque nos hemos confundido y creemos que el amor y caer bien es lo mismo y no lo es. Bueno, por eso y porque a nadie le gusta no caer bien (que no es lo mismo que caer mal).

¿Por qué nos pasa esto? Pues dándole vueltas en la cabeza creo que es porque tenemos grabado a fuego en nuestro interior que el amor de padres a hijos y viceversa es incondicional, es una especie de fuerza suprema que lo puedo todo y en la que todo, salvo en momentos excepcionales siempre provocados por una causa externa maligna sin la cual el mundo sería de color de rosa, es armonía, buen rollo y empatía. Y yo creo que no es así. 

El amor entre padres e hijos cae. Es de arriba hacia abajo, sale solo, no brota en el momento del parto como un manantial (de esto ya hemos hablado) pero cada día que pasas con tus hijos acumulas un poco más. Es un amor que te hace sobreponerte a todo lo malo (que lo hay) de tener hijos. Es un amor que no hay que cuidar, no va a secarse (sé que esto es cursilísimo pero me sirve para la idea), ni se va a ir, ni va a desaparecer. (Vale, hay casos en los que ni surge, ni crece y sí desaparece pero son pocas veces). 

El amor de hijos a padres funciona de abajo arriba. Este sí surge, es un chorro a propulsión que brota de pronto y que a nosotros, los padres, muchas veces nos sorprende por su fuerza y nos golpea en toda la cara. El bebé que se calla cuando tú lo coges, tus hijos abrazándote sin venir a cuento, tu hijo enfermo que se siente mejor nada más verte. No es nada que hagas tú, es el amor que ellos sienten y que es como un surtidor a presión descontrolado. Ese surtidor sí pierde presión, según crecen nuestros hijos empiezan a poder controlar su caudal, aprenden a manejarlo y, a veces, creemos que se ha secado. Se enfadan con nosotros, nos odian, nos castigan con su silencio, piensan que somos los peores padres del mundo. Sí, nuestros hijos harán eso porque nosotros lo hicimos, lo hacemos, lo hemos hecho. En los amores en vertical nos cuesta admitir que el destinatario de nuestro amor no nos caiga bien, nos caiga regular, aunque sea por épocas, nos parece que rebaja la calidad de nuestro amor, que no es cariño del bueno, sea lo que sea eso. 

Luego hay otro tipo de amores, los horizontales, de igual a igual: a tu pareja, a tus amigos, a tus hermanos. Esos amores hay que empujarlos para que se muevan, evolucionen y no cojan polvo y olvides que están ahí. En estos amores no tenemos ningún problema en aceptar que un objeto de nuestro afecto nos cae menos bien que otro. Todo el mundo, absolutamente todo el mundo dice: me llevo mejor con mi hermano X que con mi hermano Y, o con mi amigo Paquito que con mi amiga Marta. No tenemos problema con eso. ¿Por qué? No lo sé pero es así. Admitimos que en los amores trabajados haya categorías pero en los amores incontrolables nos cuesta creerlo. 

Caer bien es distinto de querer. A lo largo de nuestra vida nos cruzamos con muchísima gente, con algunos sientes una afinidad instantánea o no tan instantánea que hace que esa persona te resulte más simpática, más llevadera, más cercana y, eso, pasa también con nuestros padres y con nuestros hijos... aunque nos cueste pensarlo, creerlo, aceptarlo y mucho más verbalizarlo. 

miércoles, 18 de octubre de 2017

Hablemos de cuñas

Llueve, me meto en el coche, enciendo la radio: «Si te preocupa retener de más». ¿Retener? ¿De más? ¿El qué? ¿Impuestos? Noooo, resulta que hablan de estreñimiento. Las 8:30 y ya tengo mi eufemismo favorito del día, «retener de más» en vez de «no hacer caca». Adoro a los chicos de las cuñas, vuelvo a recordarlos en su cuchitril, lleno de humo y ceniceros y vasos llenos de restos de café, anís y carajillos, y sé lo bien que se lo han tenido que pasar elucubrando una cuña para vender algo contra el estreñimiento. 

—Chicos, un bebercio para ir a cagar.
—¿Funciona?
—Pelaez, no nos pagan por saber si las cosas funcionan sino para anunciarlas y que las gente las compre. 
—Vale, vale. Esto es fácil "Para cagar bien, nada como Bio3"
—No podemos decir cagar.
—¿Y caca?
—Muy gracioso, tampoco.
—Poner un pino. Plantar un árbol. Sacar el tren del túnel.
—Chicos, sutileza.
—Retener. 
—Pero es que retener parece que lo haces porque quieres y cuando no cagas es porque no puedes.
—Pelaez, no nos pagan por ser puristas del lenguaje. Adjudicado, retener. Buen trabajo, chicos. 

«Cari, que se me había olvidado decírtelo. Que mis padres al final llegan dos días antes y se quedan quince días más» dice una joven. «No me puede parecer mejor» contesta un joven alegremente. No puedo con la intriga de saber qué anunciarán, por un momento creo que será una cuña de las clínicas esas que tratan la eyaculación precoz, las de "si tu vida sexual está bien, todo lo demás no importa", aunque no veo yo a la joven pareja chuscando alegremente como, sin duda, les gustaría si tienen a los suegros por casa en pantuflas, pero nunca se sabe. Mi sorpresa es mayúscula, sin embargo, cuando compruebo que no van por ahí los tiros, «Si tu caldera Junkers está bien, todo está bien» ¿En serio? Esto me suena a cuña de segunda mano. 

—Chavales, los alemanes quieren que anunciemos calderas.
—Pufff, ¿se puede decir calentar o tampoco?
—Pelaez, no seas rencoroso. Los alemanes pagan muy poco, no os matéis. Reciclad algo. 
—Calderas, calentar, sexo.. ¿reciclamos lo de la eyaculación precoz que hace mucho que no pagan?
—Hecho.  

«Hombre, entre agricultores tenemos que ayudarnos» he escuchado esta cuña mil veces, pero cada vez que sale la voz que finge ser un agricultor solidario me entra ternurita. Anuncian algo que se llama «Cultiva y gana punto com». Me fascina este anuncio porque da una nueva perspectiva al mundo de la agricultura, ya no veo gente labrando, currando en el campo, veo a dos amigotes en un bar, con un carajillo, rascando cartones a ver si les toca una cosecha de mijo o de coles de bruselas pero sin querer decírselo al otro, como si estuvieran jugando al mus. No sé si conseguirán vender algo de cultivayganapuntocom pero la cuña me fascina.

«Si te gusta el calorcito tropical
y se acerca un frente de frío polar
y a ti hay algo que te mueve
y tu novia no se atreve
Viajes El corte inglés te va a ayudar»

Pero, pero, pero ¿qué es esto? No sé si El Corte Inglés te va a ayudar pero sé que la cuña la ha hecho el tío que en la adolescencia, en los campamentos, te firmaba en el cuaderno poniendo "no vayas por el sol que un bombón como tú se derrite".  

—Chicos, tenemos que inventarnos algo nuevo con los de Securitas.
—¿Otra vez? Pero ¿queda alguien sin contratarles?
—Unos cuantos irreductibles. 
—Pelaez, no es momento para citas de Asterix. ¡Qué se os ocurre?
—Pues es que el acojone ya lo tenemos explotadísimo, como no vendamos la moto del hijo pródigo.
—Explícate Pelaez. 
—Montamos una cuña con uno al que ya han robado y en vez de recriminarle que no tuviera la alarma somos muy profesionales. Vendemos profesionalidad y amor. 
—Te lo compro. 

«Anoche entraron a robar en mi casa mientras dormíamos, menos mal que no nos despertamos. No se preocupe, esta tarde tiene allí a nuestro experto» 

Mi cuña favorita ahora es la de los CFD. ¿Qué son? Ni idea, no lo sabe nadie, pero eso da igual, los anuncian en la radio. 

-Chicos, hay que vender CFD.
—¿Qué es eso?
-Pelaez, da igual lo que sea. Hay que venderlo pero con cuidado porque no es para todo el mundo.
—Pero, ¿para quién es?
—Mmmmm, pues no lo sé, ¿para listos?
—Ya, claro, pero no podemos decir "anunciamos una cosa solo apta para listos" porque todo el mundo se cree listo. 
—Pues es importante advertirlo, sin que se note claro. 
—Podemos hacer el truco de poner alguien hablando  muy deprisa. 
—Well done Pelaez.  

«LOs CFD son un producto dificil de entender. La CNMV considera que no es adecuado para inversores minoristas debido a su complejidad y riesgo. Se trata de un producto apalancado, cuyas pérdidas pueden exceder el depósito».

—Pelaez, que no se te olvide decir que tampoco es para pobres. 

Quiero ir en el cuarto de los carajillos. Adoro las cuñas. 


lunes, 16 de octubre de 2017

Revivir y reescribir

Estoy escribiendo un libro. Llevo un año con ello. Primero lo intenté directamente en la pantalla y no funcionó, tras un primer acelerón, me estanqué. Probé después con cuadernos rayados, de tapas rojas y verdes. Funcionó. Cuando cogía la pluma y el cuaderno, los renglones salían solos, uno detrás de otro, páginas y páginas, un cuaderno y otro cuaderno. Había días en los que me dolía la mano porque pensaba más deprisa de lo que podía escribir y me daba miedo que se me olvidara. Terminé y empecé a pasarlo a la pantalla. Es curiosa la sensación de releerte y sorprenderte, ¿de verdad esto lo he escrito yo? Pero sí, lo había escrito yo. Llegué al final y puse fin. 

De esto hace casi seis meses. Desde entonces me repaso, me releo y me corrijo y recorrijo. 

Repasarse, releerse y recorregirse es doloroso, es casi masoquismo.  Cuanto más repasas lo que has escrito, lo que escribiste, más cosas quieres cambiar, más tentaciones tienes de eliminar, suprimir, cortar, borrar. Llega un momento en el que tienes que prohibirte a ti mismo cortar nada más. Hacerte mejor sí, hacerte irreconocible no. 

El sábado llegó ese día para mí. Me di cuenta de que releerte y recorregirte una y otra vez es parecido a repasar tu vida. Recorres con la memoria tu vida, las cosas que has hecho, las que no hiciste, las que te atreviste y las que dejaste pasar porque te acojonaste. Las que te obligaron a hacer. Lo que elegiste y lo que dejaste que te escogiera. Lo que lograste alcanzar y lo que se te escapó. Lo que creíste y lo que decidiste dejar de creer. Las mentiras que has contado, las verdades absolutas que rechazaste porque no te convenía. Las oportunidades que agarraste, las veces que cerraste las ojos y te lanzaste y las que te tapaste los oídos y los ojos y decidiste esconderte, las tonterías que has hecho y las hombreras y los calentadores. Lo repasas todo y, muchas de esas cosas, te gustaría poder borrarlas, o al menos, hacerlas de otra manera. O si eso no fuera posible (que no lo es), disfrazarlas con un traje tan complicado que solo tú sepas como desmontarlo para que se vea la verdad desnuda. 

En tu vida no puedes hacer eso, es la que es, la que te estás montando. Cuanto más te alejas de tu vida, cuantos más años pasan, hay cosas que te sorprende recordar ¿de verdad hice aquello? ¿En serio me enamoré de ese tipo? ¿En qué estaba pensando para cardarme el pelo? Te cuesta reconocerte pero sabes que eras tú. Trágame tierra pero ahí está, es tu pasado.  Te juras a ti mismo que la próxima vez, con lo que has aprendido, lo harás mejor. 

Cuando te relees también te cuesta reconocerte como origen de esas palabras, pero puedes cambiarlo todo, eliminar, borrar, pulsar delete hasta  que no se vea la flecha pero, entonces ¿cuánto queda de lo que de verdad te salió de dentro? 

Quiero escribir mejor, pero no más bonito, sin disfrazarme. 

Ya no corrijo más o no me reconoceré. Y la próxima vez, lo haré mejor. 


jueves, 12 de octubre de 2017

Los malditos detalles

Estaba vaciando cajas sin pensar, entregada a la tarea, como cuando corría,  pensando que es algo que hay que hacer y que cuanto antes lo haga, antes se terminará la tortura y antes podré volver a mi rutina diaria, a mis cosas, a lo que me gusta hacer. Volver a ese tiempo que solo existe cuando estás haciendo algo que no quieres hacer, e imaginas la vida que tendrías si esa actividad que odias, que no quieres hacer, está consumiendo tu tiempo. Eso debe ser el deber. Vacío cajas, una detrás de otra, surfeando olas de encabronamiento «no me puedo creer que no haya tirado esto» con olas de ilusión «madre mía, lo que tiene aquí guardado». 

«Música despacho» otra caja más con el rótulo despacho. A juzgar por la cantidad de cajas que tienen escrito «despacho», no sé si los de las mudanzas escriben despacho por defecto en todas las cajas o mi madre les mintió y les dijo que su casa era la sede de una multinacional. «¿Música despacho? ¿Qué será esto?»

Rajo la cinta embaladora, abro la caja, Rachamaninov, Schubert, Wagner, clásicos infantiles, Kenny Rogers, El libro de la selva, fotos pirineos 2006, reunión familiar Granada 2008, Boda de Elena y Miguel. «Deberíamos tirar todo esto», pienso mientras sigo sacando más y más cds de la caja. Mozart, Beethoven, Chopin, Mahler... unas cajas se me escurren entre la multitud de genios de la música clásica y casi se me caen al suelo. 

«DIBUJOS DWGS. LOS MOLINOS-MADRID. 12/10/1997» con su letra. La letra de mi padre, la reconocería entre un millón. 

«Esto para tirar», ni siquiera tenemos sitio donde leer estos disquetes. Son más pequeños, más duros o más blandos o yo qué sé. 

12/10/1997

Hace justo veinte años, me siento como un personaje de Auster, como Auster. Veinte años atrás mi padre escribió este post it en un disquete en el que había guardado unos dibujos que por alguna razón eran importantes para él. Unos dibujos que probablemente nunca volvió a ver porque diecinueve días después de escribir ese post it, murió. Escribió ese post it porque no sabía que iba a morir y yo lo encuentro, justo veinte años después, para que no se me olvide que yo tampoco sé cuando voy a morir. 

Los detalles, los malditos detalles. Un post it, veinte años después. 


GuardarGuardar

miércoles, 11 de octubre de 2017

Mi sudadera, mi bandera

Nací en Madrid pero no soy de aquí porque no me siento de aquí. Todo el mundo sabe que odio esta ciudad con todas mis fuerzas. Trabajo en Toledo desde hace diecisiete años y, a Dios pongo por testigo,  he blasfemado contra esta región cada uno de los días de esos diecisiete años, pero ahora paso días y noches en Alcázar de San Juan porque la vida es así, y cuando dices "Ni de coña", te espera en el futuro con un "Si, ya, claro".  Uno de mis abuelos era de Madrid, otro canario de madre cubana, padre catalán y abuelo francés. Otra abuela era de Villafranca de la Sagra y otra de Salamanca. Mi primo emigró a Argentina y tengo otra prima rusa. Quiero ser francesa, que me llamen Annette e ir al curro en bici con una cesta llena de pan y paté. No creo que en España se coma mejor que en el resto del mundo aunque podría alimentarme de jamón y tortilla de patata. Odio el sol y adoro la lluvia y creo que los españoles, todos, somos maleducados, gritones, pícaros y malpensandos... aunque intentemos quitarnos.  

Cuando era pequeña pensaba que del único lugar que se podía ser bien, que lo único lógico era ser de Madrid, de España. Mi universo era reducido y toda la gente que quería y que me quería estaba aquí. Todo lo que pasaba, pasaba aquí, ¿cómo vivía la gente de otros lugares cuando todo lo bueno estaba aquí? Después descubrí que eso era una majadería y que se podía nacer en cualquier sitio y ser de cualquier sitio, aprendí que lo mejor es ser de varios y de ninguno. O de todos.  

Dice Lili (si no la leéis ya estáis tardando) que «si tuviera que colgar una bandera, sería un paño de cocina». En mi ventana, yo colgaría una sudadera mugrienta que tengo desde los catorce años. Es azul o, mejor dicho, lo era, ahora es de un color que solo yo reconozco y que es el color de mi primer verano en Comillas. La sudadera me la compró mi madre crecedera aunque apuesto a que nunca pensó que fuera a durarme treinta años. Me la pongo en casa, para dormir cuando tengo miedo o estoy asustada. Las mangas me llegan a los codos y los restos del elástico de la cintura me quedan ombligueros, pero sería mi bandera porque es el único trapo que representa lo que fui, lo que he sido y lo que espero ser. Si me ves con esa sudadera puesta es que te quiero mucho. Y si la tengo que colgar en algún sitio que sea en la ventana de una casa, que se llamara Orbela y que todavía no tengo, en un sitio que todavía no conozco.


lunes, 9 de octubre de 2017

Blade Runner y el sesgo del cuarentón


Hay una edad en los hombres, en ellos, con o de tío, en la que empiezan a vivir presos de un pasado mítico y legendario en el que todo, absolutamente todo, era mejor. Esa edad llega entre los treinta y cinco y los cuarenta y cinco y ya no les abandona nunca, se convierte en su estado vital. Ven toda su vida a través de ese sesgo que yo he bautizado como el sesgo del cuarentón, que les hace considerar que todo, antes, era mejor. Probad a decirle a un hombre que ha alcanzado esa edad que cambie de tipo de calcetines, o que use camisas si siempre ha usado camisetas, o camisetas si siempre lleva prendas con cuello o que lea libros de un género que jamás ha leído o que se eche crema. O que coma chirimoyas. Los ojos se le pondrán en blanco, un sarpullido le brotará en todo el cuerpo y os mirará con cara de «PERO QUÉ DICES PIL TRA FI LLA», porque con el sesgo del cuarentón se alcanza, por lo visto, una sabiduría suprema que consiste en que las cosas, sean las que sean, ya son como tienen que ser, y lo que a ellos les gusta desde hace veinte o treinta años es el colmo de la perfección. Las cosas que les gustan a ellos SON las cosas como deben ser, la perfección. 

(Hay algunos hombres inmunes a este sesgo del cuarentón y casi todos son capaces de no aplicarlo en el caso de la tecnología en el que, por lo visto, lo nuevo siempre es mejor).  

Sigamos. ¿Por qué hablo hoy del sesgo del cuarentón, conocido anteriormente como alergia al cambio por parte de los hombres? Pues porque he asistido en los últimos días a una exhibición de ese sesgo por parte de muchos hombres tras ir a ver la nueva peli de Blade Runner. Todos los cuarentones de este país fueron a ver Blade Runner cuando no tenían ni media leche y su furor hormonal estaba descontrolado. Blade Runner fue como su primer polvo, la primera novia con la que tuvieron un orgasmo. No sabían bien como lo habían conseguido, no sabían manejarla a ella ni manejarse a sí mismos, no sabían de qué iba aquello, la mayoría no entendieron la peli, ni siquiera habían leído a Philip K.Dick, y por supuesto no entendieron nada pero eh, Blade Runner fue como su primera novia, la de perder la virginidad cuando ella sabe más que tú y te deja satisfecho, feliz y flipado. 

Pasados los años entendieron la mecánica de aquel primer polvo, comprendieron (más o menos) aquella película misteriosa e intensa, y la elevaron a un altar, al altar de las primeras experiencias adultas de verdad y allí la han mantenido, protegida por una urna de cristal y con una velita encendida para no olvidarla nunca. «Ay, Blade Runner, como tú ninguna, nadie me ha hecho sentir como tú». (Desbordado e idiota por no entender nada y ser tú demasiado sofisticada para mi mente de adolescente; pero eso no lo dicen).

Pasados treinta y cinco años, Blade Runner ha vuelto pero no es igual, lógicamente. Como yo no soy un hombre cuarentón, no tengo ese sesgo y cambio constantemente de todo, a mí la película me ha encantado, me ha parecido estupenda, la he disfrutado salvajemente y creo que hasta babee de gusto. No es mi primer Blade Runner y ni quería ni pretendía que lo fuera. Yo no tengo veinte años y Blade Runner 2049 no quiere ser el primer polvo de tía misteriosa que te deja con tantas dudas que no sabes si te has corrido bien o no, si eso es todo, si lo habrás hecho bien, si habrás cumplido con lo que se esperaba de ti. Blade Runner 2049 dice «Esta soy yo, mírame, admírame porque ya tenemos una edad, yo no tengo que ser misteriosa ni intensa, ni jugar al ratón y al gato contigo o sí, pero ya no contigo, si acaso seré la Sra. Robinson de otros Dustin Hoffman». 

Y los cuarentones sufren, están sufriendo porque sentados delante de la pantalla, son incapaces de resignarse al hecho de que ya no son el graduado, ya nunca podrán serlo. 

Id a ver Blade Runner 2049 como si fuerais a una primera cita después de haber tenido mil primeras citas. Id a verla pensando que a lo mejor os gusta, pero no vayáis, os sentéis y le digáis «es que no eres como primera novia» porque, queridos, eso no es justo y, además  queridos, tampoco vosotros sois los mismos.