lunes, 27 de junio de 2016

Machismo en las ondas

El pasado jueves pululaba por mi cocina haciendo la cena, tenía la radio de fondo y la escuchaba solo ligeramente. Era una tertulia económica, un tema que ni entiendo ni me interesa normalmente porque es más o menos como escuchar al oráculo de Delfos, pero de pronto una voz femenina presentada como una periodista que casualmente sigo en twitter me llamó la atención. 

Belen Carreño, periodista, explicaba un estudio que ha analizado la presencia de mujeres consejeras con poder ejecutivo en grandes grupos empresariales. Comentaba el estudio señalando qué empresas cuentan con más presencia femenina en sus consejos de administración y cuáles no. Contó cómo, por ejemplo, en el grupo HM hay más mujeres que hombres o cómo en Rimmel o Mattel, fabricantes con productos claramente dirigidos al público femenino, no tienen ni una sola mujer en sus consejos de administración. 

La noticia me pareció interesante y curiosa. Anoté mentalmente buscar esa página para consultarla, por pura curiosidad. Estaba con la mano en el botón de off de la radio cuando los demás contertulios empezaron a hablar. 

Pero a ver, ¿las mujeres en un Consejo de Administración suponen una diferencia o se comportan como hombres?- preguntó otro de los contertulios. 
No, se comportan como hombres. - contestó otro. 

Mi dedo se quedó petrificado, los ojos se me abrieron de par en par, abrí la boca y dije ¿pero quiénes son estos impresentables?

Hay un estudio muy interesante en Suiza sobre responsables en Consejos de Administración que demuestra que las consejeras que han accedido a puestos en un consejo se comportan como hombres. Y de hecho se hizo un estudio donde se comparó con Noruega, que acaba de aprobar una política muy radical de introducción de la igualdad de géneros en los consejos de las empresas que obligó a éstas a tener mujeres en unos dos años y, como las empresas estaban tardando, aprobaron una nueva directiva y las empresas que no las tuvieran no podían estar listadas en el mercado; y el efecto que tuvo fue muy interesante porque la rentabilidad de las empresas que introdujeron mujeres bajó. Bajó porque entre otras cosas se negaban a hacer expedientes de regulación de empleo... 
Pero...-Belén intentó meter baza.
Porque las mujeres tenían unos valores corporativos distintos y consideraban peor hacer un expediente de regulación de empleo que soportar una pérdida de rentabilidad. 

A estas alturas mi indignación era tal que empecé a proferir insultos en mi cocina...

Belén intentaba, educadamente, demasiado educadamente para mi gusto, rebatir tamañas perlas de machismo troglodita, cateto y obtuso.

Acabáis de decir que las mujeres no aportan nada porque se comportan como hombres y ahora resulta que sí aportan porque tienen valores corporativos distintos. 

Cuando ya creí que no se podía ir más lejos en ese machismo asqueroso, prepotente, analfabeto y repugnante, el contertulio del estudio de Suiza volvió a la carga para escalar una nueva cima de machismo.

La orden perentoria lo que hizo fue incorporar mujeres que no estaban preparadas.

De verdad que pensé que no se podía ir más lejos. Pensé incluso en el futuro de mis hijas, en el duro futuro que les espera si esas ideas están en la mente de tipos que salen en la radio alardeando de conocimientos, formación y cultura. Me equivoqué... 

Yo presido un consejo de administración, tengo una consejera vicepresidenta y os puedo asegurar que ahí no está el instinto maternal. (...) Tienes que incorporar el valor que necesitas, no la variedad. Si fabricas juguetes no te interesa incorporar variedad, yo que sé, de los vegetales. 

Arcadas. Tuve arcadas. 

La periodista no daba crédito, la incomodidad del moderador de la tertulia era más que evidente pero mi cabreo estaba más allá de los anillos de Saturno. 

¿Las mujeres no aportan valor si se comportan como hombres? ¿El valor de las mujeres es el instinto maternal? ¿Las mujeres prefieren no hacer expedientes de regulación de empleo y por eso son peores? ¿Si tienes los mismos valores empresariales que un hombre la presencia de una mujer es superflua e innecesaria y si tiene distintos valores damos por supuesto que son peores?  ¿Las mujeres que llegan a los consejos no están preparadas? ¿Y todos los hombres que hay en consejos de administración, en puestos de poder, son lumbreras de conocimiento, responsabilidad y saber estar? ¿Incorporar mujeres es como incorporar calabacines?

Cuatro días después de haber escuchado esas palabras me hierve la sangre. La indignación me recorre como una corriente y la hostilización, el asco y la repugnancia que siento por esos hombres me revuelve el estómago. 

Creía absurdamente que la educación, el conocimiento y la cultura eran el camino para luchar contra el machismo. 

Creía con una inocencia rayando en la ingenuidad que hombres que salen en un medio de comunicación masivo tendrían la decencia de no insultar a la mitad de los oyentes de ese programa subestimando la capacidad intelectual, laboral y cultural de esa audiencia.

Creía que era obvio para cualquiera con dos dedos de frente, pulso periférico y un nivel de inteligencia superior al de un calabacín que incorporar mujeres a tu empresa, organización, consejo, comité, gimnasio o club de lectura significa incorporar un valor. Un valor distinto, diferente y por lo tanto susceptible de aportar algo nuevo. 

Me equivoqué y ahora me siento a partes iguales muy gilipollas y terriblemente cabreada. 

La única parte buena es que no tengo ni que discutir los argumentos de semejantes energúmenos, ellos solos se retratan. 

Qué asco.  



jueves, 23 de junio de 2016

Noches de junio


Las noches de junio son de dos tipos: buenas y malas.

Las malas son las que pasan desde el día 1 hasta que llega el momento de marcharme a Los Molinos.  En las noches malas de junio siento cómo la rutina que estrené en septiembre llega a su fin, se va deshilachando y cada día que pasa es menos firme, más endeble, menos rutina y más imprevisto. Deja de ser algo sobre lo que camino con la vista al frente casi  sin mirar dónde pongo los pies para convertirse en una pasarela, un puente colgante a lo Indiana, al que cada día se le cae una tabla más. Hay que llegar al final del puente antes de que la última cuerda se suelte y caigas al vacío; y cada día es menos firme y hay que ir más deprisa.

En las noches de junio hace calor en Madrid. Por la noche abro la ventana y la ciudad se me mete en casa, algo que no pasa el resto del año. Oigo a la gente hablar por la calle y los coches pasar por Doctor Esquerdo. Sólo hay una hora mágica, entre las 3 y las 4, en que apenas pasan coches y casi casi hay silencio... En estas noches pienso en recoger la casa, en preparar las cosas de laz princezaz para su periplo veraniego, en ir a por las notas y comprar ropa nueva. Preparar papeles. En todos los "a ver si lo cerramos antes de verano".  En las malas noches de junio pienso en que se ha pasado todo el curso y no sé si he aprovechado el tiempo. Sí sé que lo he aprovechado bien, pero las malas noches son muy cabronas. En las malas noches de junio cenamos restos para dejar la nevera pelada y en las mañanas que les siguen apuramos el tarro de la mermelada para estrenar uno nuevo en septiembre. 

Pero junio tiene noches buenas. De hecho, algunas de las noches más memorables de mi vida, de hecho otra vez (seguro que esto no es correcto) la noche de mi vida en la que he estado más guapa fue en junio, concretamente la noche del 26 de junio. En las noches buenas de junio que llegan cuando me instalo en Los Molinos puedo ver anochecer a las 11 de la noche desde el porche, en chanclas y pantalón corto, puedo dormir por la noche tapándome con una manta y, sobre todo, pienso que se ha terminado el curso y que tengo ante mi una rutina nueva, mi rutina de veraneo franquista físicamente agotadora pero que ahora, a dos días de comenzarla, se extiende ante mi nueva, prometedora y llena de oportunidades que ni siquiera soy capaz de imaginar. Una rutina a estrenar que estoy deseando que empiece para lanzarme a caminar por ella sin tener que pensar en nada. 

Necesito que sea ya viernes por la noche. Necesito una rutina nueva. 


martes, 21 de junio de 2016

Día 15835

En el día 15835 de mi existencia tengo algunas cosas claras: 

- Nunca tendré suficientes camisas blancas y las que tenga nunca estarán limpias el día que las necesite. 

- No me gustan las alcachofas. Las he probado mil veces en todas sus preparaciones y no me gustan. Me rindo.

- Mi capacidad de entusiasmo excede con mucho mi capacidad para expresarlo. 

- Mi mente conspira contra mi cuerpo en una batalla por el sueño. Mi cuerpo quiere dormir, necesita dormir y mi mente es como un niño pequeño que tras seis horas de sueño salta en mi estómago gritando "ya es de día, ya es de día, aprovecha tu vida, vamos a hacer cosas". No sé si es una etapa, un exceso de energía que obviamente debería descargar en algo o que me estoy haciendo mayor. 

- Laz princezaz me ven como una persona muy mayor. Me cabrea pero, claro, les saco 30 años. ¿Qué opinión tengo yo de alguien 30 años mayor que yo? 
 Mamá ¿Cuando fuiste a ver Mamma Mia al cine era en blanco y negro?
¡Claro que no!
Y ¿había palomitas en el cine?
- No debo decir nunca "ni de coña"

- Pero sí sé que "ni de coña" tendré más hijos. 

- El melocotón en almíbar se sigue fabricando y lo sirven en el comedor de los libros de colores. Lo más asombroso es que las raciones desaparecen, ¿quién come melocotón en almíbar? 

- Siempre llego tarde. 

- Tengo que tirar todos los pantalones que se me caen porque me están gigantes. Ya está bien de regocijarme.

- Mi bolso pesa como si confiara en no volver a dormir a casa. Nunca encuentro nada en él.

- Estoy mejor que hace 20 años. "Hombre, hace 20 años estarías más buena". No, yo nunca he estado buena, pero ahora estoy fenomenal. 

- Me encanta conducir. 

- Hace casi un año que no lloro.

- Por sorpresa he vuelto a beber cerveza pero solo a morro y en botellín o tercio. Y me encanta.

- Las mejores ideas se me ocurren conduciendo, en la ducha o cuando me viene fatal que se me ocurran. A veces no se me ocurren ideas geniales, solo regulares. 

- Dentro de una docena de años mi hija mayor tendrá un cuarto de siglo. 

- Dentro de una docena de años yo tendría que tener 55. A lo mejor no llego y me jodería un poco, pero en el día 15835 de mi existencia estoy contenta.

- En mi casa no hay palas de pescado y jamás las he echado de menos. 

viernes, 17 de junio de 2016

Preparativos, previo, preliminares


Preparativos

Una palabra traicionera; los preparativos parecen dóciles, algo en lo que confiar, que se dejará domar y podrás utilizar, doblegar, estirar y adaptar a tu gusto. Los preparativos parecen ser algo hecho a la medida de cada cuál como un traje, unos zapatos o el hueco que dejas en el colchón después de años de usarlo. 

Ja. Cuando te pones a usar los preparativos, a prepararlos, te das cuenta de que no has medido bien. Son escurridizos. O demasiado largos o demasiado cortos. O demasiado inabarcables. Los muy cabrones tenían ramificaciones y raíces que no habías visto. Túneles, puertas, cajones y armarios de doble fondo por los que, en principio, intentas internarte para tratar de abarcarlo todo y al final dices... mira, paso. 

Te faltará tiempo o espacio o capacidad mental o fuerzas o todas esas cosas a la vez y al final, en vez de tener unos preparativos adaptados a ti, lo que tendrás que hacer será adaptarte tú a ellos. Nunca serán perfectos. Nunca, jamás, en ninguna ocasión de tu vida por mucho que planifiques, preveas, consideres, hagas listas (en Excel o a mano) y madrugues, te sentarás y dirás: ya lo tengo preparado. 

Jamás. 

Da igual que te prepares para una cita, un parto, dar una conferencia, llegar a tiempo a coger un avión, a recoger a los niños a un colegio, a conocer al hombre de tu vida o a firmar una hipoteca. Nunca se tiene todo preparado. 

Previo

Previo es una palabra, un tiempo que no lleva a engaño. El previo significa nervios de punta, el estómago del revés y pánico escénico. Al previo llegas con tus deficientes preparativos; es ahí, en ese momento, cuando todos pensamos "la próxima vez me prepararé bien". Ahora ya estás ahí, dudas de la ropa que llevas, de si vas bien peinado, de si el desodorante te ha abandonado, si llevas cartera o el billete de avión o incluso zapatos. Eres un manojo absurdo de nervios y además ya no hay vuelta atrás. Podría haberla y el caso es que muchas veces lo consideras. ¿Y si le mando un mensaje y le digo que me he puesto mala? ¿Y si finjo que estoy afónica y no doy la charla? ¿Y si anulo el viaje? Es curioso cómo la vuelta atrás en el "previo" siempre va asociada a fingir enfermedad terminal, secuestro o caída de todas las redes de comunicación de las que ha disfrutado la Humanidad desde la Prehistoria. 

Echarse atrás en el previo conlleva mentir como un bellaco y una pregunta existencial más densa que la de Hamlet. No es ¿ser o no ser? Es ¿qué es peor lo que me espera en breve o la vergüenza ajena que pasaré cuando se descubra que me he rajado/mentido y he sido un impresentable? 

Preliminares

La suerte está echada. Lo que suceda para bien o para mal ya no depende sólo de ti: hay otro u otros implicados. ¿Saldrá bien? ¿Te aplaudirán o, por lo menos, no te abuchearán? ¿Habrá química?  Además de besar, ¿sabrá hacer algo bien?, ¿tendrá los pies fríos?, ¿volverán a llamarme?, ¿me odiará el moderador?, ¿el tío de la tercera fila me preguntará algo difícil?

En los preliminares todo son dudas, miles de preguntas y de cuestiones que en un estado de ánimo normal jamás se te hubieran ocurrido aparecen revoloteando en tu mente. ¿Se caerá la lámpara?, ¿con el pinganillo pareceré una teleoperadora?, ¿he dejado la plancha en medio del salón o la he recogido? ¿sabrá desabrocharme el body? ¿mi charla será repetitiva? ¿me quedaré sin voz?

Estoy de preparativos y ya soy dolorosamente consciente de que no me dará tiempo a todo, y ya sé que me encantaría viajar al pasado para abofetear a mi yo del pasado que creyó que esto era buena idea. En breve me adentraré en el previo sin marcha atrás y después los preliminares...

Cruzo los dedos por una conclusión y un post ocasión espectacular, de algo me tiene que servir ser una chica con suerte.  

martes, 14 de junio de 2016

Falsa mística en la cocina

Me gusta mi cocina. Cuando la hicimos todo el mundo nos dijo "os vais a cansar", es curioso cómo la gente te dice eso de los muebles pero luego se sorprende cuando de lo que te cansas es de tu vida y decides reformarla. 

De mi cocina no me he cansado. Es roja, muy roja, con el suelo negro y tiene una ventana enorme que da a un patio que en verano es demasiado blanco... pero por la que entra tanta luz que puedo desayunar casi todo el año con luz natural. 

En mis meses de madre paso mucho tiempo en la cocina, particularmente las tardes. ¿Cocinando? No. Yo no cocino, yo preparo cenas y hago la comida. ¿Qué diferencia hay? Para mí mucha. Toda. 

En los últimos años cocinar se ha convertido, como tantas otras cosas, en una actividad "guay". Una absurda mística buenrollista rodea ahora lo que ocurre en una cocina. Absurdamente, hacer la comida o preparar la cena se ha rodeado de un halo completamente ridículo. Acaricia los tomates, susúrrale al frutero, siente la carne, trocea el pollo como si vivieras en el siglo XIII, cultiva tus berzas y luego corre a tu cocina para reencontrarte con los alimentos, jugar a los alquimistas, hacer chup chup pero sin pasarte de freír, cocer, asar y luego colócalo todo en un plato (me niego a lo de emplatar) y saborea con deleite el fruto de tu trance místico. 

Yo no hago nada de eso. Yo no cocino, en lo que yo hago hay poca mística y mucho sacrificio porque, además, en todo este movimiento chupiguay de "mira que cocino" hay siempre una sensación de momento único, de ocasión especial.

Las padres del planeta sabemos que eso es mentira. El momento de encender el fuego, cortar los puerros y ponerte a preparar lo que sea no es lo coñazo, eso mola o, mejor dicho, ya estás entregado a tu condena. Lo más coñazo de hacer la comida, de cocinar sin adornos es que ocupa muchísima memoria. Desde que te levantas estás pensando qué vas a hacer de comida hoy, y de cena y de comida mañana que no se pise con lo que comes hoy ni con lo que cenarás pasado mañana. A esto hay que añadirle la limitación del tiempo, un día vas a llegar tarde a casa y no te dará tiempo a hacer el pollo asado y será mejor optar por algo rápido como sandwich y otro día que habías pensado hacer lentejas recuerdas que no las pusiste en remojo al entrar por la puerta de casa. 

Yo no cocino. Yo hago la comida y preparo la cena. ¿Cocinando? Sí, muchas tardes  mi cocina roja y acogedora es un circo de tres pistas, los 4 fuegos funcionando, la Thermomix y el horno, funcionando todo a la vez mientras yo voy de un lado para otro bailando o  escuchando a Javier Cancho a las 20:30 en punto. ¿Un espectador externo podría pensar que disfruto? A lo mejor, pero mis vistazos furtivos y constantes al reloj de pared serían una pista clara de que estoy deseando que se acabe esta tortura, estos trabajos forzados y pueda salir de mi cocina y dedicarme a hacer lo que de verdad quiero. 

Cocinar no me relaja. Ni siquiera cuando lo hago por un motivo especial, una invitación, un cumpleaños o una reunión. Puedo tomármelo mejor o peor pero, sinceramente, lo que más me relaja es la sensación que tengo en los días de solterismo, cuando llego a casa y pienso "fenomenal... hoy puedo cenar una loncha de jamón y un yogur", paso por mi cocina, abro la nevera, saco lo que sea y me voy. 

Eso sí, que cocine otro me relaja mogollón, tanto que me da igual que acaricie los tomates, le hable a las berzas o le ponga nombres ridículos a los platos. Con eso fantaseo cada noche....mi cocina me encanta pero si alguien me preparara la cena... mi cocina sería perfecta. 

domingo, 12 de junio de 2016

Una vida imprevista

Domingo 21:20. ¿Qué ha pasado con mi fin de semana? Necesito que sea viernes otra vez, que sea viernes a las ocho de la noche y replantearme el fin de semana de otra manera. Bueno, replanteármelo como lo había planeado y cumplirlo. 

Había pensado salir a tomar unas cañas, un plan tranquilo, encontrarme con gente que hace tiempo que no veo, charlar, reírme... quizás alguna copa y volver a casa como las personas responsables de 43 años. Había pensado levantarme el sábado y aprovechar para ir a ver la exposición de Vivian Maier, escribir algún rato y tirarme en el sofá a leer el libro de André Agassi a ver si le daba un buen empujón y lo terminaba rápido porque confieso que tanto tenis me está haciendo un poquito de bola. Mi plan continuaba con mi ratito de trabajo hablando en público como una profesional responsable y marcharme luego a Los Molinos a disfrutar del campo, el jardín, mi familia, mis amigos y más lectura. 

Pero nada sale como quieres. Hace mucho tiempo, de hecho en el primer post que escribí aquí, hablaba de que no me gustan las cosas fijas, me aterraba (y me sigue aterrando) comprar un mueble a medida que no puedas cambiar nunca de sitio o la sola idea de pensar en un tatuaje que sea para siempre. Las cosas para siempre me asustan. Pero no es verdad, porque hay cosas fijas en mi vida que sí que quiero que sean para siempre, Los Molinos por ejemplo. 

¿Qué tienen que ver las cosas estables y mi fin de semana descontrolado? Pues mucho. Hace tiempo yo lo planeaba todo meticulosamente, hacia planes, organizaba e intentaba controlarlo. Pensaba a largo plazo. Quería saber qué iba a pasar, cuándo iba a pasar y si me hubieran dejado ver por una mirilla cómo iba a ser mi futuro hubiera querido verlo. 

Ya no. Ahora no. He desarrollado una tolerancia increíble hacia la improvisación, la incertidumbre y el caos. Me gusta no saber qué va a pasar mañana, me gusta saber que mañana o pasado, o la semana que viene puede ocurrirme algo completamente improvisado, increíble y que si me lo contaran ahora mismo no me lo creería. 

Si hace 10 años me hubieran dicho cómo iba a ser mi vida ahora no me lo hubiera creído. Si me hubieran dicho que iba a estar escribiendo hubiera dicho "eso es imposible". Si hace 10 meses me hubieran contado cómo iba a ser mi trabajo ahora, tampoco lo hubiera creído. Si hace 10 días me hubieran dicho que iba a recuperar una amistad de hace 20 años me hubiera carcajeado y si antes de ayer me hubieran dicho que iba a llegar a casa de día... hubiera dicho "ni de coña". 

Domingo por la noche, el fin de semana no ha sido para nada como había planeado, estoy reventada... pero me gusta que mi vida sea así. 


miércoles, 8 de junio de 2016

Hombres fantásticos (VI)


Este hombre fantástico me acojona. Lo reconozco. Es así. Confieso que he tenido mis dudas: ¿Voy? ¿No voy? ¿Será una broma? ¿Una encerrona? ¿Una trampa? Me he pasado un par de noches, desde que recibí el mail, enredada en paranoias muy raras; pero claro, no es para menos. 


"Querida opinadora posteadora", así empezaba el mail con la invitación para asistir en directo al programa. Si no hubiera sido por ese encabezamiento hubiera pensado que la invitación había llegado a mi buzón en el típico envío masivo. Luego pensé que a lo mejor mi mail se había colado por error en una lista de elegidos ilustres. Sí, eso es lo que pensé, eso era un error... pero no. "Querida opinadora posteadora" estaba puesto a conciencia, escrito con retintín, con mala leche... Así había empezado aquel ácido intercambio de mails hace meses. 

Lo había olvidado completamente, como si fuera algo que no me hubiera pasado a mí, que le hubiera pasado a otro. "Querida opinadora posteadora" me llevó de nuevo a la sorpresa de aquel día lejano en el que me encontré su mail. Correcto y educado pero destilando hostilidad en gotitas por todo el texto. Creo que la mandíbula se me cayó al suelo al leerlo. 1, 2, 3, 4 veces lo leí antes de ser capaz de reaccionar. Pero reaccioné, claro. Aquello era una provocación y así me lo tomé. Con las manos sudadas, el ceño fruncido y temblando redacté una respuesta contundente, educada y distante y volví a respirar al darle a enviar. Pim, pam, pum... peloteo y tablas. 

Vuelvo a recordarlo, una vez más, mientras voy por la autopista. Me fastidia que en esta fantasía sea el hombre fantástico el que elige el sitio... pero ha salido así. La cuestión es que voy por la autopista pensando si salirme en cada nuevo desvío. Estoy acojonada, ¡qué mierda de fantasía es ésta en la que estoy acojonada! Me sobrepongo y sigo adelante, pues sé que si me rajo, mi yo de dentro de 24 horas me hará la vida imposible y bailará en mi cabeza diciendo "eres una rajada....buuu buuuuuu". Y, además, no quiero darle motivos a él para mandarme otro mail diciendo "Querida opinadora posteadora, una lástima que no sea tan valiente en persona". 

Fabuloso, me he convertido en un tío que funciona a golpe de "a que no hay huevos". Consigo llegar sin perderme, es lo que tiene haber ido tres veces justo a ese mismo estudio. Apuesto a que él no sabe que he estado sentada en esa misma mesa. No es que importe mucho pero por lo menos conozco el espacio físico y sé que puedo sentarme en la última fila. Ja. Hay 4 filas, es imposible que no me vea. Quizás con mis nuevas gafas de intelectual pase desapercibida. Estos pensamientos son absurdos. 

Me bajo del coche intentando no pensar en la caja de vino en mi maletero de soltero de 40 años. Ja. Como dice el hombre fantástico estoy "vitivinícolamente comprometida", tengo que acordarme de decírselo a mi madre cada vez que me ponga esa cara al verme con mi copa de vino. Eso y lo de "no importa cuándo, ni por qué, sino con quién celebras las cosas buenas de la vida". Si consigo articular palabra cuando me encuentre con él, tengo que preguntarle qué genio de la publicidad ha decidido colocar las cuñas de vino a las 8:30 de la mañana cuando la gente anda tomando un café o llorando de camino al curro. 

Paso los controles pensando en todas estas tonterías y llego al pasillo que conduce al estudio. ¿Qué es lo peor que podría pasar? No, no, no... este hilo de pensamientos laterales no. No me conviene. Tengo que pensar que soy la opinadora posteadora y estoy aquí porque me han invitado. Será por algo, aunque sea para discutir de viva voz. Me defenderé. 

Mierda, llego demasiado pronto. El programa no ha empezado y él está ahí fuera, de pie, charlando con otros hombres. Es más alto de lo que pensaba, menos gordo, con más barba. Camisa de manga larga aunque hace un calor de mil pares. A lo mejor tiene complejo de brazos gordos o finos. Hay hombres con muchas paranoias raras. Las manos grandes y ojeras. 

La voz es la misma, claro y me sobresalto al escucharla tan cerca, sin micrófono en medio y sin estar dentro de mi coche. 

–Hola opinadora, se ha atrevido a venir -me saluda sonriendo. 
–Por supuesto, ¿por qué no iba a atreverme? -a chula no me gana nadie. 
–¿Ha venido para despellejarnos?
–No, he venido porque me ha invitado. Puedo no tener ni idea de radio y odiar las tertulias políticas pero soy educada -Madre mía, menos mal que no he bebido. 
–¿No va a criticar nada?
–Yo no he dicho eso. No lo sé todavía. Pregúntemelo al final. 
–Pase y siéntese. Será un placer tenerla aquí. Y tenemos vino. Ramón Bilbao. 
–No puedo pedir más. 

Esto va a ser agotador pero creo que irá bien. 

1, 2, 3, 4....