viernes, 13 de marzo de 2015

¿Blitz o Bluff?

¿Blitz o Bluff?

¿Susto o Muerte?

No me gustan las películas de David Trueba y no me gustan sus artículos. Él me cae bien y le encuentro bastante inteligente e ingenioso en las entrevistas, pero David Trueba es un espantoso escritor de novelas. 

¿Por qué Blitz es una novela atroz? ¿Por qué es tan horrible que ni tan siquiera consigue provocar hostilidad? Porque va un paso más allá. Blitz hace sentir vergüenza ajena. Estás leyendo y dices "No, no, no David por favor, esto no". 

Pero sí. Una y otra vez. Sin compasión.

¿Qué cuenta Blitz? 

Pues una historia contada un millón de veces: una ruptura sentimental. ¿Importa que sea un argumento muy trillado? No, claro que no. Lo que importa es que un tío como David Trueba la cuenta igual o peor que una adolescente carpetera con ínfulas de intensa. 

Spoilers y comienza la vergüenza ajena. 

Para empezar el protagonista de este despropósito se llama Beto. Se me escapa que oscuro motivo ha llevado a  Trueba a escoger este nombre tan sumamente desacertado  que provoca desconexión con el personaje desde el primer momento (¿Quien cree que los nombres de los personajes no importan? ¿Anna Karenina sería igual si se llamara Mari Trini?)

El bueno de Beto es un arquitecto de 28 años que anda por Múnich con su novia. Le han seleccionado para presentar un proyecto de paisajismo en un concurso y en esas anda cuando recibe un mensaje por error en su móvil y se da cuenta de que su novia quiere dejarle. 

El mensaje es: "aún no le he dicho nada. Me cuesta tanto. uff.tq"

Recibe este mensaje, decide que su novia se lo ha mandado a propósito para que se más fácil dejarle y en cero coma tres segundos, el lector se entera de que Marta tuvo un novio cantante paraguayo con el que casualmente se ha reencontrado y sentido el amor verdadero. El pobre Beto siente que: 

"Los celos retrospectivos ahora me alcanzaban y me batán en la carrera del tiempo. El pasado de Marta regresaba para sacar de la pista de carreras a mi futuro de un codazo". 

Tras unas cuantas escenitas de culebrón sudamericano de amoríos, en una de las cuales Beto le propone a Marta que se acuesten juntos para que 
"Mi polla (pueda) decirle adios a tu coño y mis manos a tu culo". 
A pesar de que todo el mundo sabe que ésta es una frase mágica que hace que te entren ganas irrefrenables de acostarte con el que ya es tu ex o con cualquiera, inexplicablemente Marta se resiste y entonces Beto siente que

 "los edredones separados terminaron por ser una cama cortada a cuchillo". 
Marta, con buen criterio, y suponemos que aliviada de dejar a tamaño tarado, al día siguiente se levanta y se vuelve a Madrid. Beto ,que tiene la inteligencia emocional de un gremlin, decide quedarse en Múnich nadando en autocompasión y pena infinita y diciendo muchas majaderías. 
"Miré embelesado los tranvías al pasar, hasta que pensé que quizá también mirar sin más era ilegal". 
Beto llora muchísimo, con gran congoja (como lloraríamos todos si nos diéramos cuenta de que el tío que nos ha creado nos hace decir y pensar esas memeces) y en esas anda cuando se encuentra con Helga. 

Helga es una señora de unos 60 años, alemana y voluntaria en el congreso en el que Beto había presentado su proyecto. A Helga, obviamente, Beto le da como penica y se dedica a acompañarle, a darle de comer, de beber, intentar que no haga mucho el ridículo, arreglarle los papeles, le lleva al fútbol... lo único que le falta es cogerle de la mano para ayudarle a cruzar la calle y rebañarle la comida de la boca con la cuchara como si fuera un bebé. 

Ella le consuela mucho, con paciencia infinita y él piensa cosas de tanta enjundia como 
"Yo negaba con la cabeza,abatido, incapaz de encontrar el sistema bancario donde especular con todo el dolor desencadenado dentro de mí". 
Contra los deseos del lector y contra la más mínima credibilidad narrativa, Beto y Helga se emborrachan y se acuestan. Que Beto, un criajo inmaduro, idiota y absolutamente drogado por su autocompasión quiera acostarse con Helga podemos llegar a creérnoslo. Que Helga, que es una mujer con las cosas claras y lo suficientemente madura como no darle dos leches se acueste con semejante individuo se escapa a cualquier intento de comprensión. 

No he visto ni leído 50 sombras de Grey pero la descripción de Trueba de una escena de sexo me daban ganas de cerrar los ojos y decir: no, no, por favor no sigas por ahí, prefiero que me arranques las cutículas. 
"...cuando ella misma terminó por desprenderse del sujetador, en cuyo cierre mis dedos habían forcejeado con heroísmo paralímpico. Surgieron dos senos blancos y libres como fruta alcanzada del árbol". 
¿Heroísmo paralímpico? ¿Fruta del árbol? 

La escena se prolonga en exceso con descripciones completamente innecesarias como  
"Los pezones de Helga eran gruesos y la areola tiznada de un rosa intenso se hundía en su carne color de luna". 
Por supuesto, después de la noche de semipasión llena de confesiones completamente prescindibles y reflexiones sobre la vida en pareja de la misma profundidad que un plato de ducha, Beto se levanta por la mañana pensando "madre mía, me he chuscado a una vieja, que mal". Si ya tenía pocas simpatías por parte del lector, a partir de este momento el libro es una caída libre de empatía durante la cual en lo único que puedes pensar es en que Beto se ahogue en su propia saliva o lo atropelle un tranvía. 

Después de unos cuantos paseos por Múnich sin hacer nada interesante ni útil ni nada de nada, Beto coge un avión y vuelve a Madrid. Casualmente en el vuelo coincide con otro arquitecto al que ha pegado de leches en el congreso y que no debe tener memoria a corto plazo porque le ofrece trabajo en su estudio de Barcelona. Beto con esa consistencia de pensamiento, de criterio y de personalidad que le caracteriza acepta la oferta porque 
"Madrid versus Barcelona me resultó una discusión indiferente, un partido de la máxima rivalidad en un deporte que no me interesaba en absoluto". 
A estas alturas de la historia, al lector el libro le ha hecho bola y a David Trueba también. El lector sigue adelante porque la complejidad estilística del texto es similar a la de los Cuadernillos Rubio y por pura curiosidad malsana de ver cómo termina el absurdo Beto. 

Trueba supongo que continúa por orgullo personal y por el dinero del anticipo. Cada uno tiene sus motivos. 

Os ahorraré 40 páginas: no pasa nada. Beto trabaja con el tío al que pegó una zurra, se acuesta con tías por las que no siente nada, a pesar de ser arquitecto paisajista desarrolla una aplicación para móviles completamente inútil y en un momento de inspiración, coge un avión a Mallorca (será maravilloso, viajar hasta Mallorca). Gracias a una postal consigue saber dónde está Helga pasando las navidades y se presenta en su casa en Nochevieja. 

Acaban la noche mirando al mar. 
"Qué bonito es este sitio.- dije"
Así, sin anestesia, "qué bonito es este sitio". El lector no se explica como Helga, que parece inteligente, al abrir la puerta y encontrarse a Beto no finge un ataque de amnesia o se hace la sueca ¿Helga? ¿Qué Helga? Yo no conocer ninguna Helga, mi llamarme Mari Trini.

Casi olvido comentar que como la trama es tan tan compleja y tan rica en matices, la novela viene ilustrada para que el lector no se pierda.

¿Por qué David Trueba ha escrito este horror? ¿Por qué una editorial se lo ha publicado? Porque es David Trueba, obviamente. Si yo fuera con este manuscrito a cualquier editorial me lo tirarían a la cara, con razón. Y deberían darme una paliza. 

¿David Trueba no tiene amigos? ¿Sus amigos no le quieren? ¿Él está tan satisfecho de su escritura que las opiniones de sus amigos le dan igual? 

Terminado este suplicio lo único evidente es que Marta hizo bien en volver con el de la guitarrita y que el lector debería haber elegido muerte.


Someterme a este suplicio se ha debido a una absurda idea que tuve junto con Blanco Humano: elegir un libro y repartirnos las reseñas a favor y en contra. Podéis leer su elogio a Blitz aquí. 

miércoles, 11 de marzo de 2015

Post-it mentales


Tengo una librería nueva en mi cuarto de Los Molinos. Librería, no estantería como me señaló Pobrehermano Mayor al construirla "Me has pedido una librería".  La he pedido exclusivamente para colocar todos los libros que se me están acumulando. Acarreo de una casa para otra libros favoritos que quiero tener a mano y me gusta ver y mis cuadernos. Todos los cuadernos que he ido escribiendo, acumulo ya ocho. Me entra una especie de pánico escénico si no los tengo a mano porque me parece que voy a necesitarlos, como si fueran un medicamento que necesito para respirar. De hecho, los necesito para escribir. 

Ha empezado la primavera y como todos los años la odio. Dentro de casa hace frío y fuera me distraigo con el jardín. Quiero un cuarto grande, con una mesa grande y una gran ventana. Necesito una pared enorme para colocar todos los posters chulos que veo en la red y un corcho con los mil post-its con ideas que en mi imaginación cuelgan en las paredes de mi cráneo. Y un bloc de notas encima de la mesa. Y mi pluma con tinta verde. 

Las princesas están hechas unas campeonas de natación, lo están ganando todo y un estúpido orgullo deportivo me posee. M está agonizando de alergias e inflamación de bronquios pero le da igual, está completamente feliz a las puertas de su adolescencia y horrorizada porque en su clase unos y otras se gustan. No consigo que se peine. C necesita una guitarra nueva porque inexplicablemente ha heredado talento musical de alguna rama remota de nuestras familias y se le da de lujo. Es necesario abandonar la guitarra de los chinos que le regalamos pensando que su afán musical le duraría dos minutos y comprarle una decente. Es feliz si llevo vestido. 

A las puertas de cumplir medio millón de km, mi querido Ibiza me dejó tirada. Llamé a la grua y apareció un técnico tan grande que me asusté. Un tío enorme que a duras penas cabía en el asiento y que pensé que iba a arrancar la palanca de cambios de cuajo al intentar sacar la quinta que se había quedado encajada. Si fuera de las que creen en los símbolos y esas cosas, podría pensar que la muerte de mi Ibiza es el fin de una época, el último hilo que me unía a mi vida de antes. Como no creo en esas cosas, lo único que pienso es que me fastidia no haber llegado a los 500.000 km y en que me tengo que comprar un coche nuevo. Uno con mucho maletero para viajar con las princesas y muchos trastos sin tener que jugar al tetris. 

Leo, pienso y escribo. Menos de lo que me gustaría porque me distraigo con nada. ¿Alguna vez tuve mucha concentración? No lo sé. He escrito, con muy muy poca fe, un trabajo para mi curso online porque el tema no me gustaba nada. Contra todo pronóstico he recibido una crítica muy entusiasta por parte de la profesora. Otras veces soy yo la que estoy entusiasmada y a ella parece no gustarle mucho. No sé si es un problema de mi entusiasmo, del suyo o de que dos entusiasmos se repelen como los imanes. 

Ion, el nuevo chapuzas de Molimadre está cambiando la encimera de la cocina. Bajo a desayunar en pijama y como un gremlin, me pongo el café y las tostadas y me escondo en el salón. Encimera. Es una palabra espantosa y con una connotación sexual muy absurda. Bajeras son las sábanas y encimeras en las cocinas para polvos pasionales e incómodos. Termino el café. 

Miro el correo. 

Abro el libro. 
"Según se mire, Ana era la mujer que yo más necesitaba o la que menos me convenía en aquel momento..."

lunes, 9 de marzo de 2015

Un garito y un hombre

Caminamos por el centro de Madrid. Hacía años que no paseaba por esta zona a estas horas. Calles adoquinadas y peatonales llenas de gente que buscan otro bar para tomar una copa o hacen cola para entrar en alguno de los locales que se multiplican en las dos aceras. Relaciones públicas que te asaltan para invitarte a copas con ofertas para emborracharte. Estamos mayores para eso. 

- Moli, aquí. 

Una puerta pequeña, muy pequeña, tanto que no la había visto al pasar por delante y tengo que volver sobre mis pasos. 

Entramos y lo único que veo es rojo. Rojo puticlub. La puerta se abre casi encima de una barra detrás de la cual se iluminan sobre el fondo rojo un montón de botellas de alcohol. La luz parece venir de dentro de las botellas, como si en ellas, además del líquido correspondiente, hubiera un genio con ganas de salir. 

Pero no. El genio está detrás de la minúscula barra. Un hombre enorme, gordo pero proporcionado. Vestido con vaqueros y una camisola blanca sobre la que lleva un chaleco ridículamente pequeño que parece naranja con incrustaciones brillantes. Lo más llamativo es sin embargo su cara, subrayada por una larga barba blanca, frondosa y desflecada, con los ojos escondidos detrás de  unas gafitas pequeñas y redondas. Tapando lo que supongo será una calva con pelos largos que le caen por la espalda lleva un gorrito indio del mismo color y estilo que el chaleco. Mientras nos pone las copas no puedo dejar de mirarle. Tiene que ser consciente de las miradas que atrae pero no se inmuta. 

Nada más entrar a la izquierda, hay un estrecho pasillo entre la barra y la pared. Sobre mi cabeza, un perchero en el que todos dejan sus abrigos. Yo no quiero quitarme mi chupa de cuero negro, no quiero dejarla ahí. Para empezar las perchas están demasiado altas y no sé si alcanzaré y además, a pesar de que soy poco caprichosa para la ropa, me encanta esa cazadora y no quiero que me la roben. Tengo alma de ratero, lo sé. Siempre pienso en lo fácil que es mangar cosas y por eso voy siempre aferrada a las mías y mirando a mi alrededor como si fuera a ser víctima de un secuestro en un barrio peligroso de México D.F. 

El genio de la barra es el amo y señor del garito. No parece haber más camareros ni siquiera en los pasillos que se intuyen al fondo, por detrás de las botellas luminosas. Pone las copas, recoge vasos, gestiona la caja y pone la música. 

El canon de Pachebel. No damos crédito. 22 minutos de melodía repetida ilustrada con un vídeo en la pantalla que corona una de las paredes de una  orquesta sinfónica tocando la pieza. Mientras la conversación deriva a imaginar el momento en que Pachebel salió corriendo de su despacho gritando "Mari, no te lo vas a creer he encontrado una melodía fabulosa, es corta y no sé muy bien como seguir pero es la bomba". Y su mujer para quitárselo de encima le dijo "pues que la toquen de uno en uno y así dura más", me dedico a mirar al grupo que estaba antes que nosotros y que nos impide acomodarnos bien. 

Pegado a nosotros, tan pegado que por un momento pienso que es amigo de alguien y yo no me he enterado hay un hombre gordo. Gordo sin proporción. Inmenso. Fofo. Lleva una camisa de color claro, abrochada hasta el cuello y metida en unos pantalones subidos hasta más arriba de la cintura. Es completamente calvo y tiene la cabeza perfectamente esférica. Los ojos pequeños, hundidos en unos mofletes sonrosados y alternativamente nos mira y nos da la espalda. Es un especie de cruce entre Sloth de los Goonies y Fraga en Palomares. 

Mientras el Canon de Pachebel da paso a David Bowie en sus mejores momentos de maquillaje, peluquería y trajes picudos, nos movemos al fondo del pasillo. Todas las paredes del garito están forradas de posters, recortes de noticias y fotografías de cantantes, grupos musicales y algún que otro actor de los años 60 y 70. Justo encima de mi cabeza hay un recorte "Jimmy Hendrix tocará en Palma de Mallorca". 

Me apuesto una mano a que allí estuvo el hombre de la barba deshilachada y el chaleco naranja antes de tener esa barba y necesitar gafas. 

Después de David Bowie y mientras hablamos de sustancias alucinógenas, suena Octopus Garden de los Beatles. Me dedico, entonces, a contemplar al grupo que está justo a nuestro lado. Son extranjeros,  parecen ingleses. Ellas son rubias y una de ellas lleva vaqueros de tiro bajo, se le ve un mínimo tatuaje al final de la espalda, justo al final. En uno de los hombres no me fijo, pero el otro me tiene fascinada. No es un hombre, no sé si alguna vez llegará a serlo o a tener pinta de ello. Es un chico joven y parece recién aterrizado de uno de los vídeos que se proyectan en la pantalla. Podría ser miembro de los Monty Phyton o un huésped de Fawlty Towers. Lleva un imposible jersey amarillo anaranjando y el pelo rubio apelmazado con raya al lado. El flequillo estratégicamente cruzando y aplastado sobre la frente. Completa su pinta con unas gafotas de concha que se posan encima de ese flequillo. Antiguo es la palabra que le define. Hipnótico en su rareza. 

Más allá ha entrado una pareja. Él no me llama la atención más que cuando hace alarde de saberse la letra de alguna de las canciones que suenan. Ella lleva el pelo corto y una margarita blanca de tela colocada encima del flequillo. No sujeta nada, simplemente la tiene posada sobre el pelo. ¿Por qué? ¿Cómo consigue él concentrarse en lo que ella le está diciendo y no centrarse en la margarita? Yo no sería capaz. 

Doy tragos a mi copa. En la pantalla un increíble Tom Jones baila con Janis Joplin.  Un tema con un ritmo brutal que hace que se muevan los pies y tenga ganas de bailar. Muchísimas ganas. 


De repente y sin venir a cuento, en medio de la conversación sobre viajes alucinógenos, visiones y pensamientos cósmicos, me visualizo en la barra con un hombre que conocí hace años. Nunca pasó nada entre nosotros, nunca hemos tomado una copa ni compartido una comida. Casi ni nos hemos tocado. Me viene a la mente y nos visualizo en la barra, tomando una copa, sentados en esos taburetes con el hombre del gorrito mirándonos. Sé exactamente cómo me sonreiría y como me hablaría, como se iría relajando según fuera bebiendo. Le conozco y no bailaría jamás pero me miraría sonriendo mientras yo bailara. La sensación es tan fuerte que puedo sentirle mirándome. 

- Nos vamos ya. Son las mil. 


En el taxi atravesando Madrid para volver a casa, llevo la sensación de la sonrisa de ese hombre pegada a la piel. 

Me  miro los zapatos. Me gustan mis zapatos. Ni siquiera sé que hora es y además me da igual. Apuesto a que ese hombre está durmiendo. 

viernes, 6 de marzo de 2015

El test de Bechdel y las series


Alison Bechdel es una dibujante de comics bastante conocida que en el tebeo Fun Home cuenta pormenorizadamente su desagraciada infancia en una historia dura pero muy bien expresada. (A mí me lo regaló un descerebrado ilustre)

El Test de Bechdel es una especie de prueba que se inventó una amiga suya para medir la "brecha de género" en una película, un comic, un libro o lo que fuera. Yo no le veo mucha importancia a esto, me interesa más si la película, el comic o el libro me cuentan una buena historia y me gustan que si hay más mujeres u hombres pero entiendo que haya personas a las que les interese. 

Por otro lado,la escritora canadiense, Margaret Atwood en su libro "La maldición de Eva" dice: 
"Si invento un personaje femenino, me gustaría poder describirlo como alguien capaz de sentir todas las emociones del ser humano - odio, envidia, rencor, codicia, ira y miedo, y también amor, piedad, tolerancia y alegría-, sin tener que presentarla como un monstruo, una rareza o un mal ejemplo. Me gustaría también que fuera ingeniosa, inteligente y traviesa si la trama lo requiriera, sin tener que presentarla como una divinidad maligna o un ejemplo evidente de maldad de las mujeres. Durante mucho tiempo, los hombres en la literatura han sido considerados individuos; las mujeres, simplemente ejemplos de un género." 
¿A qué viene toda esta cháchara? Pues porque últimamente he visto varias series que pasan el Test de Bechdel con holgura y en las que las protagonistas son mujeres normales y corrientes sin asomo de halo de buenisimo ni una reconcentración de maldad en plan madrastra. 

Saga Noren de la serie Bron. Policía, treinta y tantos, soltera y con algunos problemas para socializar o empatizar con los demás. Es adicta a su trabajo, que le encanta, y en el que es la mejor. No tiene relaciones amorosas aunque se busca compañeros solo para el sexo y si te he visto no me acuerdo. Suelta lo primero que se le pasa por la cabeza sin pensar en la reacción del otro, conduce un porsche beige espantoso y va vestida siempre con la misma ropa. Si algún tío le dice un piropo lo fulmina con la mirada pero cuando su nuevo compañero le dice que le ha hecho daño es sensible a ese nuevo dato que ni siquiera había pensado. Tiene un piso pequeño, sin ordenar y sin el más mínimo detalle decorativo. 

Alicia Florrick protagonista de The Good Wife. Esposa, madre de una parejita, mujer modelo que dejó su carrera de abogada para ocuparse de la familia y que vuelve a ejercerla cuando su marido acaba en la cárcel por chanchullos y tráfico de influencias. Alicia es un personaje que evoluciona de piltrafa humana sin dignidad pero muy preocupada por las apariencias y el qué dirán hacia el "me la pela todo el mundo y yo soy yo porque yo lo valgo". Su marido se la pega con prostitutas y demás mujeres pero ella vivía absurdamente en su limbo de familia perfecta y no se enteraba de nada. Cuando se entera de la movida, le pueden las apariencias y el que dirán y juega a "soy buenísima y te lo perdono todo" hasta que se da cuenta de que esa actitud es absurda porque ella tampoco le quiere. Decide entonces por su puro interés profesional mantener las apariencias mientras cada uno hace su vida. 

Alicia en esta nueva etapa es prepotente, chula, tiene la misma naturalidad que una orquídea de plástico y el mismo sentido del humor que un cubo pero ahí está ella, subida a sus tacones, puteando a quien puede, luchando por sus hijos (a ratos) y dándose cuenta de que tiene ambición y quiere ser lo más sin dejarse pisotear. Como tiene un pasado mogijato y es americana lo del sexo por el sexo lo lleva regular y le falta soltura. Se le insinúan muchos pero ella es de las "necesito algo más, nada está a mi altura", rollo "Olenska". 

Claire Underwood es la protagonista, junto a su marido, de House of Cards. Claire es la ambición con patas enfundada en faldas tubo y subida a tacones imposibles. Es elegancia, belleza, atractivo y clase al servicio de su ambición desmedida por ser la mujer más poderosa del mundo de la mano de su marido. ¿Se quieren? No. Son una especie de empresa común, fundada hace 25 años cuando se conocieron y con el propósito a largo plazo de conseguir ser Presidentes de Estados Unidos. Se complementan en sus ambiciones, se ayudan, pero se cortarían las manos el uno al otro si fueran un obstáculo para el otro. Están juntos porque se necesitan como socios, nada más. Claire es malísima, fría, calculadora con el mismo instinto maternal que un tenedor y ningún tipo de compasión. Es inteligentemente guapa y desprende un magnetismo brutal que utiliza convenientemente para sus propios intereses. Traiciona, humilla y es malvada con conocimiento de causa y sin remordimientos. 

Birgitte Nyborg, protagonista de Borgen. Política, cuarenta y tantos, esposa y madre de dos hijos. Vive en Copenhague y hasta que es nombrada Primera Ministra va en bici a trabajar. Llega a casa cansada, estresada, no suelta el móvil ni el ordenador y la mayoría de las cenas las hace su marido o las encarga. Ha llegado a un acuerdo con su marido para que él se encargue de los niños y ella pueda dedicarse a su carrera pero la relación hace aguas porque para ella su trabajo es lo más importante. Se separan sin traumas, sin malos rollos, sin tirarse los niños a la cabeza y pasados unos meses hasta se ríen juntos y son amigos. Ella sigue con su vida, él con la suya, trabajan, ella politiquea y se da cuenta de cómo el poder te resta contacto con la realidad. Es consciente de eso e intenta repararlo. Comete errores, los arregla o no. Niega la realidad, termina por aceptarla. Se gusta a sí misma con todo lo bueno y lo malo. 

Allison y Helen las dos mujeres protagonistas de The affair. Allison es camarera, está casada y tuvo un hijo. Helen tiene una tienda en Manhattan, es de familia acomodada, tiene 4 hijos y su vida es exactamente como la había imaginado. Las dos ven como sus vidas cambian drásticamente y cada una de ellas lo enfrenta de una manera distinta. Allison toma el toro por los cuernos, le echa huevos y dice ahí voy y Helen se encierra, patalea, se enfada y niega la realidad hasta que la realidad se le clava en el entrecejo y no le queda más remedio que aceptarla por su bien. Las dos sufren, son inteligentes, tienen miedo, momentos de desesperación y momentos de no gustarse a sí mismas para luego aceptarse y saber qué tienen que tirar con lo que son. 

Seis mujeres protagonistas de series, seis mujeres que tienen vidas aparte de los hombres, aunque los hombres sean una parte importante de sus vidas. Seis mujeres que no son exclusivamente madres, ni exclusivamente profesionales. Seis mujeres con defectos y virtudes. Seis mujeres que se cansan, se enfadan, están hasta el moño de algo, luego están eufóricas, contentas, lloran, ríen, odian o no se enteran de nada. 

Seis mujeres y ninguna cocina nada decente. 

Seis mujeres como cualquiera. 

Seis mujeres como yo.

Cinco series para ver todos. 

miércoles, 4 de marzo de 2015

Puntuando una historia

http://austinkleon.com/
Austin Kleon
Iniciar con mayúscula para comenzar un texto y una historia.

No olvidar nunca colocar el signo de interrogación que da paso a la curiosidad por lo desconocido, a lo vislumbrado a lo lejos y que sin embargo atrae como un imán. Una pregunta.

¿Quién eres? 

Finalizar con un signo de interrogación la pregunta que nunca acabará de responderse. 

Sujeto, verbo y predicado. Frases cortas que comuniquen lo justo sin parecer demasiado sencillas ni demasiado complejas. Que muestren y expliquen pero no apabullen, avasallen o arrasen. Punto y seguido. Una vez encontrado el tono, el ritmo que permita un peloteo cómodo pero no hasta el punto de resultar previsible y aburrido, que dé lugar a una pregunta más. Otra respuesta más y un par de interrogantes que muestren cada vez más interés y menos miedo por las respuestas. 

¿Dónde colocar los acentos? ¿Cómo hacerlo bien? ¿Será malo mostrarse demasiado agudo? Y si piensan que soy sosa, ¿será grave? Otros temas, sin embargo, los conducen a ambos a llevarse sorpresas mayúsculas (y esdrújulas) que no por inesperadas, o precisamente por serlo, resultan más agradables. 

Comas. Una detrás de otra, que marcan la sucesión de todas y cada una de las cosas en las que coinciden. Una lista que empieza por dos puntos: libros, historias, recuerdos, canciones, manías, fantasías, ilusiones, sexo y que (no) terminen en tres puntos suspensivos poco ortodoxos ... con espacio por detrás para seguir añadiendo elementos a esa lista que prevén interminable. Punto y seguido. Como la historia. 

Exclamación de sorpresa para marcar la incredulidad en el reconocimiento imposible ¡No lo pueden creer! ¡No puede ser verdad! Asombro sin adverbios terminados en mente que vulgaricen su historia. Punto y coma; algo no encaja. Se para; continúa. 

Las exclamaciones son ahora de zozobra, de inquietud. Van seguidas de mil dudas con su inicio y su final. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué? ¿Dónde está el suelo que nos sostenía? ¿Nos soltaremos? 

Punto y coma; punto y coma; punto y coma. Punto y aparte

Aquí termina. 

¿Punto final? 


PS: este es mi segundo propósito del año que ha comenzado en febrero. Intentar escribir lo mejor posible. Cuidar la ortografía y la gramática. En ello estoy y es un propósito para todo el año.


lunes, 2 de marzo de 2015

Lecturas encadenadas. Febrero


Ocho libros han caído este mes. Como son muchos, intentaré no aburrir con lo que no me ha gustado y ser entusiásticamente breve con lo que me ha gustado mucho y he disfrutado. 

La historia secreta del Día D,  de Ben Macintyre, préstamo de Juan. Hablamos mucho de la II Guerra Mundial, de espías y de sexo, pero sólo intercambiamos libros sobre los dos primeros temas. 

Este libro aborda una parte de la II Guerra Mundial que no conocía, el papel de los dobles espías captados primero por los alemanes pero que desde el principio trabajaron para Gran Bretaña y los aliados. Ellos fueron los responsables de tramar y tejer la red de desinformación que hizo creer a los alemanes que el desembarco del día D se produciría en Calais y Noruega y no en Normandía. Macintyre cuenta la historia personal de los espías entre los que está la del español, Juan Puyol “Garbo”, que empezó como criador de pollos y acabó de superespía gracias a una imaginación desbordante.

Es un texto muy ameno que se lee casi como una película en blanco y negro de espionaje, con muchos personajes e historietas y también muchísima información. Hay un par de historias sobre las palomas mensajeras espías y los murciélagos bombas que no sé como no han sido contados por Tarantino en una película. 

El nadador en el Mar Secreto , deWilliam Kotzwinkle. Enviado por la editorial Navona en una edición sencilla pero muy chula. Es un libro que se lee y también se siente porque tiene la cubierta de tela rugosa. Es una sensación que ya asociaré a esa historia para siempre. 

Es una novela muy breve, escrita en 1975 y con una parte autobiográfica. Tres días en la vida de una pareja contados desde el momento en que ella rompe aguas. Es una escalada trágica y esforzada, en la que ambos, ella y él tienen que ayudarse mutuamente para alcanzar una cima que no esperan y cuya bajada resulta mucho más dura y difícil de enfrentar. Es una historia con nieve, nieve silenciosa que parece amortiguar la historia de Lasky y Diane, que da la sensación de hacerlos de corcho, de aislarlos del mundo, del lector y al mismo tiempo ese mismo silencio, esa blancura hace destacar trágicamente cada pensamiento y sentimiento que tienen. 

Me ha gustado muchísimo y me recordó a “Una cuestión personal” de Kenzaburo Oé aunque sin ese tono egoísta del japonés. Es una historia preciosa e increíblemente íntima. 

Y la mejor descripción de un parto que he leído jamás está en esta historia. 
“Laski bajo la mirada y en la grieta rasurada y sudorosa vio algo rosado y extraño, un pequeño fragmento de carne que no alcanzó a asimilar. Él sólo reconocía las olas que volvían a llevárselos a un lugar en el que estaban solos en un amor y una tristeza que nadie más podía compartir, solos y cada uno aferrado al otro en aquella realidad para la que tanto se habían preparado y para la que ninguna preparación era suficiente.” 

Una Asombrosa Aventura De Jules, de Emile Bravo. Volumen 2. Comic que le trajeron los Reyes a M que ya había leído el año pasado la primera parte. A ella le encantan las historias de Jules y a mí también. Si tenéis hijos a partir de 8 años, este tebeo es muy buena opción para que lean algo distinto, entretenido, divertido, con historia, personajes chulos y mucho humor. Además, en este volumen, en las tres historietas que lo comppnene se habla del cambio climático, de navegación, de genética e incluso de sectas. No estoy diciendo que un buen tebeo o un buen libro tenga que enseñar algo para ser mejor, pero que esas ideas estén en un tebeo es una buena manera de que los niños vayan conociendo más cosas. Pero que conste que el principal valor de las historietas de Jules es que molan mucho. Ya estáis tardando. 

La Tejonera de Cynan Jones, enviado en este caso por la editorial Turner dentro de su colección “El cuarto de las maravillas”. A pesar, o precisamente por eso, de las grandes frases de su portada (creo que haré un post sobre estas frases) “Un nuevo clásico”, “Absolutamente  magnética”, “Brillante, tensa, dura, inolvidable”, no me ha gustado nada. 

Es una historia que en cierta manera se parece a la de El nadador en el Mar Secreto pero en vez de ser una novela breve muy brillante y conmovedora, ésta es un desastre. Dos historias sin mucho que ver que se supone suceden paralelamente en la campiña galesa. Una de ellas, la de David, tiene sentido e identidad en sí misma y consigue transmitir emoción aunque no sea nada original ni del otro mundo. La otra, la del “hombre corpulento” no aporta nada más que confusión y bastantes datos sobre la caza del tejón, un tema que lamentablemente me interesa cero. El estilo narrativo fluye bastante bien con la historia de David y es una carrera de obstáculos con los tejones. 
“¿Cuántos recordatorios habría?, preguntó. ¿Cuántas veces me pasará esto? Es tan palpable su presencia aquí. Estaba al borde de la ira, pero de pronto lo asaltó un sentimiento triste y desesperado de cálido afecto por ella. Puedo aferrarme a ella, pensó. Dentro de mí puedo aferrarme a ella.” 
El puente de Brooklyn de Henry Miller, enviado también por Navona Editorial. Recoge una serie de relatos, todos con material autobiográfico como casi siempre en Miller, algunos mejores y otros peores pero todos muy reconocibles como suyos. Hacía muchísimo que no leía nada de él pero si lo pienso una serie de casualidades cósmicas hacían inevitable que llegara este libro a mis manos. Me fijé en la correspondencia entre Miller y Durrell que tenía en la estantería y escribí un post, decidí releer El Cuarteto de Alejandría que me encantó… y ahora reencontrarme con Miller. 

Algunos de los relatos, especialmente el primero que es una especie de torrente narrativo de desgracias descritas por un personaje trágico, debieron ser una clara influencia en David Foster Wallace. La misma visión trágica y ácida de la vida, el mismo punto de vista desde arriba y la misma erudición apabullante que no te deja casi respirar. En el relato “Fricandó Astrológico” me he reído a carcajadas y no podía dejar de pensar en “El guateque” de Peter Sellers. 

Miller no es para todo el mundo y creo que los Trópicos hay que leerlos de joven para que causen el efecto que deben, son una especie de pasarela a la vida adulta. Su correspondencia con Durrell, sin embargo, es una maravillosa manera de contemplar la vida de un escritor, entender su madurez, comprender la amistad y asombrarse por una vejez lúcida y plena. 
“Resulta mucho más fácil suicidarse que matar el alma. Queda la duda - con la que ni siquiera el más decidido destructor puede acabar - de que eso sea posible. Si se pudiera llevar a cabo mediante un acto de voluntad no sería necesario invocar el destino, pero precisamente por la voluntad ha dejado de funcionar es po lo que el individuo desesperanzado se rinde a los poderes existentes.” 
Cadáveres en la playa de Ramiro Pinilla. ¡Qué pena me dio su muerte hace unos meses! Este nuevo caso de Samuel Esparza me lo regalaron por mi cumpleaños. Otra vez Getxo, volver a los escenarios que conozco desde que hace cuatro años comencé a leer a Pinilla, otra vez la playa, el Mar Cantábrico y la lluvia. Una lectura agradable, entretenida y que para mi es “casa”. 
“Las playas como simple paisaje, pueden admirarse desde arriba, pero solo se sienten desde abajo”. 
Del Color De La Leche, de Nell Leyshan. Regalo de Nan por mi cumpleaños y comprado y dedicado en Tipos Infames

Tercer libro en el mes con una  historia trágica en un entorno rural. Mary, una jovencita con el pelo “del color de la leche” y una malformación en una pierna, cuenta su vida en una granja paupérrima en Inglaterra en la que vive con sus tres hermanas a las órdenes de un padre despótico que las obliga a trabajar de sol a sol.

No voy a descubrir nada más de la historia. A Nán le deslumbró y a mi me ha parecido normalita sin más. Contada con la candidez de una niña que ahora mismo estaría diagnosticada como Asperger resulta chocante y sorprendente en el estilo y la forma. Todo en minúsculas, en frases cortas, tal  y como escribiría alguien que acaba de aprender a hacerlo. A mí esa forma de escribir me parece en sí misma un artificio para hacer la historia más dramática, intentar hacerla más real. No es una mala novela pero no me ha parecido nada del otro mundo. 

Terminé el mes con El asesino de policías regalo de las princezaz y El Ingeniero por mi cumpleaños. Un nuevo caso del inspector Martin Beck ambientado en esta ocasión en Escania, en Malmo, escenario dónde muchos años después Mankell desarrolla todas las historias de inspector Wallander. Una novela policiaca entretenida aunque me ha parecido más floja que las anteriores. 
“Tampoco le gustaba la idea de la mujer como objeto sexual en una sociedad donde ni siquiera el principio de igual remuneración por igual trabajo se cumplía”. 

¿España 2015? No, Suecia 1973. Y seguimos igual. 

En resumen, corred a leer El nadador de medianoche, conseguid Jules para vuestros churumbeles y vosotros y aprended algo de espías con Ben Mcyntire. 

Con esto y un bizcocho hasta los encadenados de marzo. 

jueves, 26 de febrero de 2015

Dimitri, para qué te metes.


Suena el teléfono en un piso de clase media de Moscú. Una calle sin nada especial, un edificio cualquiera. El teléfono suena y Olga corre a cogerlo. Está preocupada.

- ¿Hola? ¿Dimitri?
- ¿Es usted la Sra. Nikolaev? 
- Si, soy yo. ¿Quién es? 
- Somos de la policía. 
- ¿La policia? ¿Qué ha pasado? ¿Está bien Dimitri?
- Si, bueno...bien, pero está en el hospital. ¿Puede usted venir a verlo al Centro Hospitalario Dr. Zhivago?
- Voy para allá.

**********

Olga Nikolaeva despeinada, en zuecos y con la batamanta arrastrando entra corriendo en el  Centro Hospitalario Dr. Zhivago. Algo espantoso le ha tenido que pasar a Dimitri para que no se haya puesto al teléfono. 

- ¡Enfermera! ¡Soy la mujer de Dimitri Nikolaev! ¡Quiero ver a mi marido! ¡Dígame dónde está! - incluso la propia Olga se da cuenta de que ha visto demasiados capítulos seguidos de Anatomía de Grey.

Olga está aterrorizada. Se lleva la mano a la cabeza y se da cuenta de qué va en rulos. ¡Da igual!  La enfermera la lleva a la puerta de una habitación, la abre y con la mirada le dice que entre. En tres pasos Olga está en el cabecero de la cama, Dimitri yace allí con su camiseta negra de "Viaje de fin de curso a Sochi 1997" y tapándose la mano con la cara. 

- ¡Dimitri, cariño! ¿Qué ha pasado?

Dimitri que, a este ese momento, parecía profundamente dormido, pega un respingo espectacular, se quita la mano de la cara y con los ojos fuera de las órbitas grita. 

- ¡Olga! ¿Qué haces aquí?
- ¿Como qué qué hago aquí? ¡Estás en el hospital! ¡Me ha llamado la policia! Esta preocupadísima, toda la noche llamándote y no me cogías el teléfono. Creí que me iba a volver loca de desesperación y preocupación. Te fuiste a hacer de Ronald MacDonald al  sexto cumpleaños de Igor Ivanovich y al ver que no volvías llamé a su madre. 
- ¿Llamaste a Maruska Ivanovich? 
- ¡Claro! ¡Eran las 12 de la noche y no habías vuelto! Por mucho que tardaras en recoger los malabares, los trastros de hinchar globos y convertirlos en perritos y te comieras los restos de sandwiches de nocilla y ganchitos era muy tarde para que no volvieras. Maruska me dijo que te habías ido hacia horas. Y desde entonces he estado dando vueltas como loca. 
- Lo siento cariño. 
- ¿Por qué llevas pañales? ¿Por qué ese vendaje en la cintura y la entrepierna? 
- Verás, tengo muy malas noticias. 
- ¿Qué ha pasado? ¿Te han atacado? 
- Estoooo. Si. 
- ¡Dimitri! ¡Cuéntamelo ahora mismo! ¿Estamos en peligro? 
- Olga cariño, verás. Lo que ha ocurrido es que al salir de casa de Igor Ivanovich me entró un ataque de sed espantoso, un ataque de sed de esos de no poder aguantar las tres manzanas que me quedaban hasta casa así que decidí parar en un bar. 
- ¿En un bar? ¿No podías parar en los chinos como todo el mundo?
- En un bar y nada, me pedí un agua con gas. Y cuando estaba allí sentado, tranquilamente, calmando mi sed abrasadora, creo que se me acercó alguien y ya no me acuerdo de más. 
- Dimitri...
- Dime cielo. 
- ¿Tu te crees que yo soy imbécil? ¿Qué te ha pasado? ¿Qué has hecho? Y ¿Por qué llevas pañales? 
- Como te iba diciendo...bebía agua mineral, alguien se me acercó....
- ¿Cómo de rubia y cuanto pecho tenía ese alguien? ¿Era más como ET o más como tu amiguita de los miércoles? 
- ¡Olga! ¡No sé que insinúas pero si te pones así te diré que a ET no se parecía, eso te lo aseguro! 
- Bien, se te acercó una rubia. ¿Te robó?
- Esto... sí. En cierta manera, sí. 
- ¿Cuanto? ¿Todo lo que te habían dado por el cumpleaños del niño Ivanovich?
- No, eso lo tengo todo. Nos podemos dar un capricho, churri. 
-¿Qué te ha robado la rubia? ¿Por qué llevas pañales?  y ¡déjate de churri! 
- Verás, esta mañana me he despertado en una parada de autobús, totalmente ensangrentado y con mucho dolor en mis partes. Unos amables peatones que no puedo identificar porque llevaban gorros de esos de rusos con mucho pelo que te tapan toda la cara (claro, porque somos rusos) me han traído hasta el hospital. 
- ¿Y? Esto te está quedando muy largo Dimitri...
- Pues verás... no sé como decirte esto querida Olga de mis amores. 
- Clarito. Dímelo CLA RI TO.  
- La rubia me ha robado los huevos. 
- ¡DIMITRI! ¡ NO ES MOMENTO DE COÑAS MARINERAS! ¿Qué huevos? No eres Caperucita ni la rubia era el Lobo. ¿De qué hablas? 
- Olga no es coña, mírame. Los pañales, la mano sobre los ojos, la vergüenza que me cubre...soy un eunuco. 
- Dimitri, tú lo que eres es muy gilipollas. ¿Me estás queriendo decir que se te acercó una rubia, te cortó los huevos y tú no te has dado cuenta hasta que te lo ha dicho un médico? 
- Me dolía mucho y no me los notaba pero pensé que era del frío. Ya sabes, que se te meten para dentro.
- Dimitri...
- Pero cariño, tengo una buena noticia. 
- Sorpréndeme. 
- Ha sido un trabajo de profesionales y no me va a dejar cicatriz.