miércoles, 10 de julio de 2019

Eternamente jóvenes

—Lo que me da miedo ahora, es morirme joven y perderme vuestra vida.
—Mamá, no te preocupes, eso ya no va a pasar. Ya no eres joven. 

Mi hija tiene la vida ( y casi todas sus ideas) perfectamente estructurada. Hasta los doce años eres niño, de trece a veinte eres adolescente, la juventud dura hasta los treinta y nueve y la adultez/madurez (no tiene claro como llamar a esta etapa) llega hasta los sesenta y nueve. A partir de ahí eres viejo y se llegas a los cien, héroe. 

Todos nos vemos más jóvenes que los otros padres del colegio, creemos que nos conservamos mejor que nuestros antiguos compañeros de clase y, al llegar a una reunión, jugamos a valorar si somos más o menos jóvenes que la mayoría. Luego, llegamos a casa, miramos a nuestros hijos y pensamos «qué mayores son, cómo han crecido» y nos arrasa la nostalgia por su infancia, por el recuerdo de nosotros como padres jóvenes, inexpertos, novatos. Lo que no hacemos, porque no queremos, porque nos da miedo, porque es lo que realmente nos enfrenta al paso del tiempo, es mirar a nuestros padres y pensar: qué mayores están, cómo han envejecido. 

Lo pensamos de pasada, de refilón, casi siempre cuando nos sacan de quicio porque una de sus manías se ha vuelto aún más omnipresente, o cuando repiten la misma batallita mil quinientas veces o cuando se olvidan de algo o se despistan. En esas ocasiones pensamos: «madre mía, mi madre qué despiste lleva» o «mi padre es pesadísimo». Es un pensamiento fugaz, repentino que dejamos pasar porque no queremos ahondar en él. Nos da vértigo. Tenemos nostalgia de nuestros hijos siendo pequeños y adorables y, a la vez, nos aferramos al recuerdo de nuestros padres siendo jóvenes y capaces. Queremos que nuestros padres sigan siendo un anclaje, alguien a quién recurrir, un faro, un apoyo. Que sean independientes, capaces de enfrentarse a la vida, a sus nimiedades e inconvenientes sin tener que contar con nosotros más que cuando a nosotros nos viene bien, nos encaja. Lo que nos envejece, lo que nos hace mayores no es que nuestros hijos tengan veinte años, es que nuestros padres tengan ochenta. No nos envejece tener hijos universitarios, nos hace mayores que nuestros padres no puedan conducir, no entiendan lo que les dice el médico o necesiten que les acompañemos a hacer cualquier gestión. 

Nuestro permanente elogio de una juventud convertida en una especie de paraíso nos ha hecho considerar la vejez como un territorio a evitar. Pensamos que la vejez es un jardín al que podemos evitar entrar si hacemos ejercicio, si completamos los sudokus, si nos mantenemos activos (odio esa expresión) si sabemos usar la tecnología... y no. La vejez no es una opción, es inevitable y tiene sus limitaciones.  Y no queremos aceptarla, ni la nuestra y por eso nos consideramos los padres más jóvenes de la clase, ni la de nuestros padres y por eso recurrimos a ellos. 

El lunes tuve un accidente de coche. Un encantador señor con unos impresionantes ojos azules y ochenta y dos años, me embistió por detrás en la entrada de una rotonda. A él no le pasó nada. A su nieta, que viajaba en el asiento de atrás, tampoco. Eran las ocho y diez de la mañana y la estaba llevando al colegio. Mi coche se lo llevó la grúa, yo tuve que rellenar los papeles, llamar al seguro y tranquilizar a su hijo por teléfono. «No, su padre está perfectamente. Su hija también. La única que tiene algo soy yo, no se preocupe». 

Estamos preparados para cuidar a nuestros hijos, para ser adultos responsables de nuestros descendientes. Lo que nos cuesta la vida es aceptar que tenemos que cuidar a nuestros padres, que nuestros padres ya no pueden hacer una serie de cosas, que ya no pueden ayudarnos. Estamos tan empeñados en querer seguir siendo jóvenes que no estamos preparados para que nuestros padres se hagan mayores, para dejar de ser hijos.


PS: acabo de darme cuenta de que hace dos semanas también escribí de este tema. Me estoy haciendo vieja y me repito.


17 comentarios:

Anónimo dijo...

No te preocupes, era el mismo tema, pero escrito de forma diferente :-)
Yo veo a mis padres cada vez más mayores y me da un miedo infinito, y veo que mis suegros están empezando el camino (se llevan casi 10 años) y me doy cuenta que sus hijos no lo ven. Intento avisarles discretamente, pero me da la impresión que no me creen.

Fdo: Eva

Luxindex dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
maldito roedor dijo...

Mi verdadera crisis de los 40 está siendo pasar de hija a cuidadora, esa inversión de roles en la que eres tú el sostén cuando durante años ellos han sido tu referente. Y temes por ellos, te ocupas de su bienestar, y les provees de cuidados, y temes por ti. ¿A quién vas a acudir ahora en busca de ayuda? Cuesta ser ese hijo, otro hijo diferente a a la única acepción de hijo que conocíamos. Y cuesta decir a tu padre que no puede seguir conduciendo. Yo lo he hecho y es duro. Y encima no lo he logrado del todo. Porque tengo que dejarle que tome aún sus propias decisiones, que lleve las riendas de sus cosas mientras pueda. Si no, le mato. Estoy muy pendiente y si tengo que intervenir lo haré. Pero llevo mi nuevo papel con mucho estrés. Mucho se habla de la maternidad pero nadie te prepara para esto.

julia dijo...

Siempre gracias y hoy especialmente. Julia.

Maria dijo...

Hola, es verdad que escribiste sobre la vejez hace poco, pero como esta vez me encanto. Yo a mis padres les veo mayores cuando “salen de casa”, en el Mercadona con el bastón, veo a mi madre viejísima. Y si eso es lo que nos hace mayores nuestros pares. Por que objetivamente somos padres muy añosos yo con 48 tengo una hija de 12. Y me veo joven. Cuando mi madre tenía mi edad yo tenía 20.
Quizás tener hijos tan mayores rejuvenece. Pero hay están los padres para recordarnos que ya nos tenemos que sacar el carnet de señoras. Y que hay cosas que como dice mi sobrino de 27. O ahora tía o nunca, y lo peor es que tiene razón.


P.D. Perdón por las faltas estoy sin las gafas de la presbicia y no veo ni a jurar lo pequeño que escribe la tablet.

Anónimo dijo...

Qué curioso es el tiempo, que nos envejece a todos y hay por quien no pasan los años mientras que a otros les caen como si fuese de una tacada.
No creo que hables del mismo tema en las dos entradas, pero sí de la misma preocupación.
Tata_keli

Maribel dijo...

Mi madre va a hacer 71 en agosto y está muy pizpireta. Hace la compra, cocina para todos, queda con las amigas, se encarga de un montón de cosas (entre ellas de mi tío, su hermano, que necesita que estén por él y que le hagan casi todo en esta vida porque es un inútil y siempre lo ha sido)... Cuida de su marido como una auténtica profesional, gestionándole la agenda de médicos, ayududándolo a bañarse, a lavarse (por qué él está más achacoso que ella) y mil cosas más.

Pero sé que llegará un día en el que aminorará la marcha, en la que aflojará la velocidad y ya no podrá hacer tantas cosas, cada vez menos, y que un día estará muy mayor y viejita y tendré que estar ahí para ella... y no sé si estoy preparada. Tengo mucha suerte de tener una madre moderna y jovial, pero sé que esto no es eterno y me da miedo pensar en el futuro e imaginármela impedida y desvalida.

Buffff.. qué palo pensar en esto...

Elena Rius dijo...

Me temo que lo de pensar en nuestros padres como un apoyo no se acaba nunca, ni cuando ya no están. Hace unos días, medio adormilada por los analgésicos y el dolor de mi fractura, me encontré pensando que todo mejoraría cuando viniese mi madre a verme. Murió hace siete años.

María dijo...

A tu hija se le irán desestructurando las ideas con el tiempo. Mi madre murió con 60 años, de cancer, y yo conociéndola, pensé que "era la edad perfecta para no asistir a su propia decadencia". Pasados 30 años murió mi padre, un fiera, tenía 90, y yo pensé: "¡qué pena no haber vivido más, entrar en el año 2000, con la ilusión que le hacía!"
Cada vejez es un mundo, depende de la persona y de la suerte, como todo en la vida. Yo tengo 74 y todavía mi hija me necesita, tanto o más que yo a ella...
Y sí, hago sudokus, yoga, leo, escribo, viajo, salgo con amigas, recibo en mi casa y la de mi viejo a los hijos y nietos, nunca les he molestado y ojalá no tenga que hacerlo nunca, espero que no. DE momento me siento más plena y disfruto las cosas de otra manera que cuando era más joven. He dicho....Un saludo

Anónimo dijo...

Pues yo veo a mis padres cada vez más mayores y lo que me da un miedo infinito es que lleguen a los cien haciendo lo que han hecho siempre: dando consejos que no se han pedido, juzgando la vida de los demás y haciendo su santa voluntad. Yo sé que aquí todos tenéis padres estupendos y que , cuando ya no estén, publicareis un libro rememorando los veranos de vuestra infancia en Alfaguara.El resto nos conformamos con que no sufran y nos dejen tranquilos aunque sea sólo un maldito día porque lo que es seguro es que caerán algún día haciendo alguna cosa que alguien les habrá recomendado no hacer a su edad. Ochenta años sin hacer ni puto caso a nadie y van a dejar de conducir justo ahora cuando les hace más falta. ¡Ja!. Qué maravilla tiene que ser eso de venerar a nuestros mayores. Disculpadme si no me sale.

Anónimo dijo...

Me ha encantado, y me hace pensar que seguramente también debes echar de menos la "vejez" que tu padre no ha tenido.
Mi padre fue dependiente desde que yo era adolescente, paso a ser más hijo que padre. Luego vivió muchos años, aunque los últimos estuvo muy fastidiado. Es durísimo verles perder calidad de vida, pero por otro lado, es una oportunidad maravillosa de darles amor. Mi madre, en cambio, murió joven, de repente, como tu padre. Cada día la echo de menos. Leyéndote, además, me ha dado pena no haber tenido la oportunidad cuidarla de viejecita, de devolverle todo el amor que nos dio.
En fin, muchas gracias por escribir siempre tan bien. Soy muy fan tuya.
S.

Devoradora de libros dijo...

!Qué bien escribes Ana!
Me ha encantado, me has dejado sin palabras.
Saludos.

Anónimo dijo...

Espero que te recuperes pronto de las posibles lesiones del accidente. Vaya susto! No?

Qué difícil es envejecer bien
Qué difícil es dejarse cuidar
Qué duro es tener que cuidar a alguien, aunque se le quiera mucho
Qué pena la soledad, la enfermedad, el dolor, la tristeza...

Hoy me pillas mal
Mañana será otro dìa

Anónimo dijo...

"El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad", dijo García Márquez. Doy fe de eso.

Anónimo dijo...

Anónimo del 12 de julio, muchas gracias por compartir ese tesoro

Ana R. Agüero dijo...

Qué belleza de texto. Gracias!!

Anónimo dijo...

Genial. Tal cual, es mi sensación. Siempre es un placer leerte. Un beso