miércoles, 23 de enero de 2019

El altar de las pajas

Estoy leyendo un libro muy bueno, uno de esos que te atrapan tanto que te molesta la vida porque no quieres hacer otra cosa que devorarlo. Ando leyendo por los rincones, en cualquier rato, en todo momento, me duermo con él en las manos y cuando me despierto sobresaltada sigo leyendo aunque sean las cuatro de la mañana. Es un libro intenso, dulce, reconfortante, divertido, entrañable, conmovedor, duro... y de repente ahí están: las pajas. 

«Perdón, no sabía que estabas ocupado» Eso me dijo una tarde calurosa mi papá. Él siempre tocaba la puerta antes de entrar en mi cuarto, pero esa tarde no tocó, venía muy feliz con el libro en la mano, estaba impaciente por entregármelo, y abrió. Yo tenía una hamaca colgada en el cuarto, y ahí estaba echado, en pleno ajetreo, mirando una revista para ayudarle con los ojo a la mano y a la imaginación. Me miró un instante, sonrió, y dio la vuelta. Antes de cerrar otra vez la puerta, me alcanzó a decir: «Perdón, no sabía que estabas ocupado». (El olvido que seremos, Héctor Abad Faciolince)

Y, de repente, tengo una epifanía, una revelación, un descubrimiento. ¿Qué les pasa a los hombres con sus pajas adolescentes? Los hombres tienen cariño a tres cosas de su adolescencia: el pelo, sus camisetas mugrientas y las pajas. Añoran su pelo en el caso de haberlo perdido, hacen altares intocables en sus armarios a sus camisetas, y a las pajas les dedican siempre párrafos en sus autobiografías y si no escriben autobiografías las colocan en manos (tenía que decirlo) de sus personajes o te las describen con una profusión de detalles que te quedas atónita. 

«Era una especie de volcán espermático cuyas fumarolas permanentes evidenciaban un peligro de erupción repentina. Agitado, inquieto, siempre escondía una mano en el bolsillo. Cuando le pregunté el porqué de aquella costumbre, me contesto: «Mantengo el animal atado» (Una vida francesa, Jean Paul Dubois)

Por supuesto, estoy muy a favor de las pajas, de las adolescentes y de las de cualquier edad pero me da ternura ese apego que le tienen los hombres a las de su más tierna juventud. Tenían granos, complejos y pajas. Algunos tenían novias pero pregúntale a un tío por su primer polvo y te dirá: «en un coche» o «con fulanita» o «en un festival de música en Santiago de Compostela». De ninguna de las maneras hilará el relato romántico y evocador con el que te puede hablar de sus pajas durante horas, las novias son agua pasada, las pajas, ¡ay, las pajas! Las añoran con  cariño y detalle: sus escondites secretos, los rituales de preparación, las revistas y la limpieza para no dejar rastro. Lo cuentan tan pormenorizadamente que a veces dan miedo, parecen psicópatas que hubieran cometido un terrible crimen y que al lograr salir de él sin ser pillados se sintieran absurdamente orgullosos. «¿De verdad te crees que tus padres no sabían que te matabas a pajas?» «Qué va, era superdiscreto» Qué ternura me dan. 

«Vives en un tormento de frustración y continua excitación sexual, batiendo el record norteamericano de masturbación durante todos los meses de 1961 y 1962 como onanista no por elección sino por circunstancias». (Diario de invierno, Paul Auster)

Recuerdan cómo descubrieron las pajas y cómo, durante una temporada, se creyeron los únicos del mundo en haber encontrado esa fuente de placer inagotable (en la adolescencia, luego no sé si por un uso indiscriminado en esos años  o por un tema fisiológico resulta no ser agotable).«Te juro que pensé que era el único, el primero que había descubierto que eso se podía hacer. Era imposible que los demás lo supieran». Lo dicho, ternurita.

Las mujeres no hablamos de pajas. A ver, sí hablamos pero en literatura no tropiezas con ellas cuando menos te lo esperas, al doblar una esquina de una página cualquiera. «Merendábamos y yo me escabullía al baño a darme una ducha porque había descubierto que allí...», eso no pasa. ¿Por qué? ¿Nos da vergüenza? No creo. ¿Está mal visto? Pues mira, ya tenemos una edad y nos da igual pero supongo que antes, de eso no podía hablar, no era de señoritas o te convertía en una pervertida pero aún así, me pongo a pensarlo y no encuentro nada medianamente evocador en mis pajas. De hecho no puedo recordar nada interesante o que me retrotraiga a una adolescencia fabulosa y atractiva, llena de un renacer al onanismo que llenaba mis días. Desde luego jamás pensé que aquello fuera algo que había descubierto yo, era obvio que debía llevar descubierto siglos, milenios aunque no se hablara en el desayuno ni saliera en los periódicos ni en los libros de los Cinco. 

«Las pajas de la adolescencia son las mejores» me dijo un hombre el otro día al consultarte sobre este tema. Y claro, he pensado que no estoy para nada de acuerdo. Son mejores ahora. Ahora no hay prisa, tu espacio es tuyo, nadie va a venir a decirte que te vas a quedar ciego o que irás al infierno o que eso no es de señoritas y, sobre todo, te conoces mucho mejor. Hablo por mí, claro. Empiezo a sospechar que los hombres jamás superan su amor por su yo de dieciséis años granujiento y con las manos pegajosas. Lo tienen en un altar. Yo, si embargo, a Dios pongo por testigo que ni de coña querría yo tener otra vez dieciséis años y que probablemente por este motivo, si algún día escribo mi autobiografía  jamás haré un  altar literario a mis pajas de adolescencia.


16 comentarios:

Anónimo dijo...

Venga Molinos: cómo vas a dedicarle un capítulo a tus pajas adolescentes en tu autobiografía si todo el mundo sabe que naciste con 40

Bego Eizaguirre dijo...

Sobre las pajas yo nunca les pregunto .... no vaya a ser que me lo cuenten. Y por cierto, tú lo cuentas mucho mejor.
Lo que si me interesa es el libro . Me imagino que el título es el primero que aparece. Yo te sigo con esto de los títulos. Me abruma tanta publicacacion así que yo te sigo a ti. Otros y otras siguen las recomendaciones de las secciones de literatura de los periódicos.

Anónimo dijo...

....esto de sentenciar cómo son los hombres y cómo las mujeres es un pelín justito. No lo digo por cuestiones de discriminación de género, machistas o lo que sea. Me vale igual una separación entre seguidores del sevilla y del bilbao.

Descerebrado Legendario dijo...

¿Justito? Las sospechas de Molinos se fundan en miles de lecturas contrastadas, en años de revisar anecdotarios pajizos en los que los hombres confiesan sin rubor relamerse el cipote de la memoria suspirando por aquel vigor adolescente. Si es que oiga usted: ¡¡son como niños y dan una ternurita!!

Maggie dijo...

Totalmente de acuerdo contigo, ni loca quisiera tener 16 años de nuevo y si, las panas son mucho mejores ahora.
Una curiosidad: ¿por qué a las papas se les llama pajas? Ahí lo dejo, una pregunta al aire.

Elena Rius dijo...

Vi el otro día que tenías el libro de Héctor Abad entre manos y estuve a punto de decirte que creía que te gustaría. Lo de las pajas... tienes toda la razón, son incalculables los libros en los que me he topado con relatos de pajas adolescentes.

NáN dijo...

Creo que sólo con recordar Amarcord, y todos los chicos haciéndosela juntos, está todo dicho. Pero quizás la película está hecha en Italia, y yo, que viví esos años en una ciudad mediterránea, puedo aportar algo más. Creo que la paja es un empoderamiento masculino. Y cuando se hacen colectivamente, una exhibición de potencia, de ser unos machotes. Quizá en la zona mediterránea esa exhibición grupal sea más patente. Se ejerce públicamente el gozo y la demostración de la vida, aunque sea, o precisamente por serlo, como un enfrentamiento al poder religioso que nos aherrojaba, intentando en vano prohibirnos ese acto por motivos religiosos. Pero lo bueno de la Religión es que ibas a confesarte, decías “Padre, he pecado contra el X mandamiento (ni me acuerdo cuál era); a lo que él te respondía ¿cuántas veces?”. Y en esa pregunta cansada, porque en un colegio estaba harto de oír lo mismo a cientos de muchachos, descubríamos que no, que no era tan malo ese placer unido a la exhibición grupal de ser machotes.

Pero en las zonas mediterráneas, claro, porque a mi cuñado, de la zona septentrional, cuando le contaba las dos anécdotas que voy a contar aquí, se le salían los ojos de las órbitas al saber de esa naturalidad. Todo lo más, se confesaban que lo habían hecho entre los muy amigos.

La primera, la confesión a la que íbamos toda la clase, sesenta y tantos, el sábado. El cura tenía por costumbre, quizá para darle un aire al aburrimiento, dar tantos tirones de oreja como fuera el número de pecados. Y sólo había uno. Presumíamos de número, y como los que no se estaban confesando estábamos atentos, contando los tirones, recibíamos al reciente confeso, que volvía a su lugar con una sonrisa de oreja a oreja, llamándole ¡Exagerado!

La segunda es que en tercero de bachillerato elemental, entre el final de los 12 años y el principio de los 13, durante unos meses tuvimos un concurso de pajas realizadas en clase. Había uno que apuntaba lo que le dijera un testigo presencial. La puntuación podía ser de 1, 2 o 3. Era de 1 punto por una paja pública hecha en una clase normal. De 2 por hacerla en una clase de Religión. De 3 por hacerla durante el rezo del rosario. Y al terminar el mes se notificaba el nombre del ganador, que era admirado.

Anónimo dijo...

Debo de vivir en una realidad alternativa porque nunca he hecho un concurso de pajas ni en bachillerato ni en el seminario ni con muy mejor amigo ni con mis primos favoritos. Tampoco he jugado a ver quién mea más lejos ni he llamado a ninguna ex de madrugada con las manos humeantes para desahogarme por la pérdida irreparable de mis erecciones adolescentes. En mi autobiografía es muy improbable que dedique un capítulo a esa clase de cosas inexistentes que
la mayor parte de las veces no son sino un intento de adscribirse a la prestigiada tradición del invent literario-sexual, pero quien sabe: los escritores llevan vidas tan emocionantes y exóticas que todo puede ser.

HombreRevenido dijo...

Grande Moli.
Intento escribir un comentario sin parecer grandilocuente, porque, a ver, estamos hablando de pajas. Y soy como el índice de la tesis del post. Yo también encuentro una épica oscura en la adolescencia, en la lucha y derrota frente a las pulsiones. Allí hay algo. Da para una enciclopedia, pero has esbozado perfectamente el camino.

El hermano gafotas dijo...

Las pajas son la polla ;)

sonia dijo...

"Perdón,no sabía que estabas ocupado",me gusta mucho la manera de escribir de este escritor,tan tierno.
Ahora siempre llamo a la puerta de las habitaciones por si acaso.

Anónimo dijo...

No sólo es que no queráis volver a los 16: es que encima vuestras pajas de ahora son mejores. Lo mejor es que dentro de veinte años serán aún más exquisitas. Claro que sí, que el recuerdo no os amargue la fiesta: ¡ Viva la gerontocracia sexual!

Anónimo dijo...

lllll

Anónimo dijo...

Jjajajaja, opino lo mismo.

En el fondo creo que se trata de tener los órganos sexuales hacia fuera, se me ocurre. Todo es más patente y también más sensitivo y una vez que pruebas el gustirrinín a ver quién es el guapo que lo deja. La parte sentimental ya se me escapa más pero algo habrá, digo yo.

Marga

Anónimo dijo...

Las señoritas no deben hablar de esos temas y están en el deber de mantener a raya sus impulsos, tampoco pueden ir provocando a los varones de edades complicadas.
De masturbarse solo se pronuncian las descaradas.

Aquí os dejo la gran lección moral. Esto nos enseñaban las monjitas.

Anónimo dijo...

Hay que saber controlar los fuegos internos.