viernes, 9 de mayo de 2014

En la cantina


Los Molinos se divide en dos partes: la estación y las eras. En medio está el pueblo, pero para identificarte cuando alguien no sabe a qué familia perteneces o cual es tu casa hay que decir "Soy de las eras" o "Soy de la Estación". 

En un alarde de originalidad totalmente imprevisto, los de la Estación somos los que vivimos cerca de... ¡tachán! la estación de tren. Molamos más que los de las Eras que vivían cerca de Las Eras dónde se cosechaba el trigo...pero que por supuesto ya no existen. Es más, a duras penas encontraras a alguien que sepa lo que es una era...una estación es otra cosa.  

Nosotros seguimos teniendo la estación y la cantina. 

La estación de Los Molinos es pequeñita y marca el punto más alto de todo el término municipal. Hubo un tiempo en que había una sala de espera practicable, con una ventanilla en la que el jefe estación vendía los billetes. Llevaba hasta uniforme y gorra y salía cada vez que llegaba un tren a vigilar a los viajeros y a veces a nosotros que nos habíamos dedicado a dejar monedas en las vías. Después desapareció el jefe de estación y se cerró la ventanilla. Al subir al tren había que buscar al revisor para poder comprar el billete. Ahora creo que han puesto una máquina en la sala de espera, pero no lo sé...hace años que no cojo el tren en Los Molinos.  

A la estación se llega desde una pequeña rotonda con un árbol en medio. Subes un pequeño repecho y llegas a las vías, cruzándolas (ahora no se puede legalmente pero hasta hace poco había un paso) se llega al Chaparral, una zona de Los Molinos, remota y casi desconocida con algunas casas enormes que de pequeños nos daban mucho miedo. Está muy lejos del pueblo y poco habitada y siempre me la imagino como el escenario de algún suceso tremendo "Aparece un cadáver en El Chaparral", hasta el nombre le pega. 

A la izquierda, las vias llevan a Cercedilla y al fondo se ven los Siete Picos y el Puerto de Navacerrada. Siete Picos es "casa", es la montaña que te acoge cuando llegas a Los Molinos por la carretera, la que se levanta abrazando todo lo que ves cuando paseas. Unos días se ve más cerca y más imponente y otros días parece haberse alejado y casi se desdibuja. Alguien me explicó una vez con mucha paciencia, los principios físicos de este fenómeno que depende del viento y la temperatura, pero yo prefiero pensar que es una cuestión del humor de la montaña: si ve que estoy de bajón se acerca y si estoy a mi bola se aleja. Una bobada como otra cualquiera. 

A la derecha las vías llevan a Madrid, no se ve nada. Hay una curva cerrada al salir de la estación de Los Molinos y así es mejor...Odio Madrid y si estoy en Los Molinos prefiero ni verlo ni imaginarlo ni pensar en ella. 

En la estación hay una cantina. Tengo recuerdos difusos, muy difusos de mi infancia yendo allí a comprar chupachups Kojacs o a por tabaco para mi padre. Era un bar pequeño oscuro y con dueños que daban miedo. Siempre había viejos (lo mismo tenían 40 años) tomando bebidas muy oscuras en copas balón de las pequeñas. Sentados en la barra se gruñían unos a otros y se giraban a mirarnos cuando entrábamos. Recuerdo vagamente una ligera sensación de miedo. 

Ahora no me da miedo y soy yo la que tengo 40 años. 

La cantina es ahora el sitio dónde vamos a tomar el aperitivo. Es, de hecho, mi sitio favorito para sentarme y charlar. En invierno, cuando  hace frío, cuando está todo nevado, dejamos las huellas en el andén y después entramos y nos acomodamos como podemos en la barra.  Detrás está Susana: alta, rubia, delgada, con el pelo corto y el delantal atado a la cintura. Tiene pinta de ser de un país del Este, pero mis fuentes (poco fiables) dicen que no, que es española. En cualquier caso, habla con un acento raro. 

Susana nos coloca unas copas de vino en invierno o nos prepara un tinto de verano cuando, en vez de acomodarnos en la barra, salimos fuera a sentarnos al sol y literalmente ponernos a ver los trenes. 2 trenes por hora. A cada hora y veinte pasa uno hacia Madrid y a menos veinte llega uno de Madrid. 

Me gusta sentarme en una silla  de plástico de Mahou, roja o negra,  apoyar los pies en el banco de piedra, beber mi tinto de verano y contemplar las montañas y la vegetación que crece al otro lado de las vías en El Chaparral. Vigilamos cada tren que pasa mientras hablamos de cualquier bobada o de cualquier tema importante, el último tema en el que gastamos un par de  horas fue la diferencia entre leer en papel y en pantalla, y no tengo claro si fue una bobada o algo digno de una tesis doctoral. 

Me encanta que Susana salga y nos ponga unas tapas cojonudas, especialmente si es tortilla de patata. Susana hace la mejor tortilla de patata que se ha hecho nunca en Los Molinos desde los tiempos de Carmen "Perla", le sale espectacular hasta sin cebolla.  Me encanta saber que nos pegaremos por el último trozo, nos miramos con desconfianza y alguien dirá:

-  Me toca a mí, tú te  has comido cuatro. 
- Te jodes, haber estado atento y no haber rajado tanto.
- ¿Otro tinto?
- Venga, total a casa ya no vamos a ir comer. 

En la cantina...




26 comentarios:

TXABI dijo...

Costumbrismo en estado puro...

Claudia dijo...

Me ha encantando tu post costumbrista porque me ha hecho recordar la casa que tenía en la sierra. Nosotros no teníamos parada de tren, sólo podías llegar en coche a "nowhere" pero daba igual porque allí desconectabas de Madrid. Sí, Madrid es asfixiante y muy sucia. Tener el privilegio de salir para poder recargar pilas es un privilegio. ¡A mí me ha encantado tu post! Acabo de hacer un viaje al pasado y me ha alagrado el día, chata!!! ja,ja!!! Bss Moli.

Anónimo dijo...

Que bien lo cuentas puñetera.
Salud.
Caracola.

Anónimo dijo...

Como lea Kiki los comentarios hechos sobre El Chaparral, entonces si que vas a saber lo que es pasar miedo....que, por otra parte, denotan cierta ignorancia de Los Molinos...

Anónimo dijo...

Moli precioso post.
Sonia.

May dijo...

Se te da bien meter a la gente en la historia que estas contando.Yo,por un momento,he visto esos trenes pasar,con mi tinto de verano en la mano.

Utopía dijo...

A mí también me parece estar allí, sentada en una mesa algo alejada de la vuestra, viendo la vida pasar y sonriendo feliz.
De sueños también se vive.
Los recuerdos, aunque sean los de otros, nos ayudan a sentirnos felices, nos transportan a otros mundos que sí están en éste.
Gracias

María dijo...

Gracias por volver. Estos últimos posts son los que me hicieron engancharme a tu Blog. Welcome home!
María

Javier de Lara dijo...

¡Maldita sea! Gracias a ti me han dado ganas de tomarme un vinito y un buen pincho de tortilla. A ser posible, también un poco de chorizo picante y pan.

Leyendo esto, puedo entender que haya gente que no quiera entrar nunca en ese tren que desaparece cuando las vías dan un giro brusco entre las montañas.

abuelo Pepe dijo...

¿Odias Madrid?
Algún día podrías explicarlo en un post. Seguro, seguro que algún día lo echas de menos. Es cuestión de tiempo.

NáN dijo...

Es una historia ajustada perfectamente al título del blog: (te) pasan los trenes y se (te) pasa la hora de comer.

Si (te) lo haces sola, la banda sonora es ésta:

http://www.youtube.com/watch?v=UCmUhYSr-e4

Bibliotecaria dijo...

Te leo desde hace relativamente poco tiempo, pero me gustan especialmente tus lecturas encadenadas. Después de la descripción de Los Molinos he consultado en San Google dónde está y cómo es y parece un lugar donde perderse y no dejarse encontrar.
Saludos desde Barcelona

Saramaga dijo...

Me gustan estos posts!
Besos

palomamzs dijo...

Como sigas escribiendo de Los Molinos se te va a llenar de gente y te lo van a estropear. A mí cuando voy a la sierra sí me gusta ver Madrid desde lo lejos, me hace sentirme libre, lo malo es irse acercando, acercando y terminar entrando. Madrid en invierno es tolerable pero cuando empieza el llamado "buen tiempo" la odio con toda mi alma.

Anónimo dijo...

Madrid en invierno es tolerable pero cuando llega el llamado buen tiempo y no digamos ya el calor la odio con toda mi alma.

Charo dijo...

Fabuloso. Como estar en casa. Una, de la estacion

Anónimo dijo...

Que los de las estacion molais mas? Se te ha subido a la cabeza lo de estar en alto?. Los de las eras teniamos el parque y al gordo con su kiosko de chuches, el bar de la Gallega, el campo de futbol y el sanatorio de marina. Y molaba. Mucho.

yildelen dijo...

Me ha encantado, a mi también me has hecho viajar al pasado. De niña mi cantina estaba en un pueblo cercano, Robledo de Chavela. Nuestra casa también estaba en el barrio de La Estación. Subíamos allí simplemente a ver pasar los trenes :)

DQ dijo...

Algun dia ire a Los Molinos, tengo ganas de pasear hasta ese pantano que sacas en tus fotos (aunque tambien me aterrorizan tus PAGs y pensar en encontrarmelos me da mieditooo).
También me llama la atención que odies Madrid, pero creo que le pasa a mucha gente... A mi de Atocha hacia arriba me encanta, nunca me cansa, aunque me gusta mas Madrid sin madrileños y salir a ver turistas me apasiona.

Enebea dijo...

En mi pueblo no hay estación, pero sí hay bar con rumana en la barra. Tortillas de patata no hace, tendré que darle un toque a la muchacha...

Es agradable leer entradas como esta, son relajantes y acogedoras.

Besos.

Oswaldo dijo...

Cinco días en Madrid en toda mi vida. Me gustó. ¡Mucho!

Entre otras cosas "hice" un buen trozo a pie. Todo un día caminando desde el excelente Restaurante "Caoba" (valga el comercial) el cual pertenece a unos amigos míos y está situado en el Paseo del pintor Rosales, hasta el Parque del Retiro; pasando por la Plaza Mayor y por una esquina del Museo del Prado donde, agárrense del asiento los co-descerebrados que desconozcan el asunto, nada más y nada menos que quedé con nuestra querida MOLI para conocerla y que me dedicara mi ejemplar de "Una madre sin superpoderes". Maravilloso momento.

No puede pedirse mucho más de una ciudad.

Que nos guste o no un lugar cualquiera depende de la calidad de su geografía, la natural y/o la artificial y de las experiencias vividas en el sitio.

Claro que una cosa es ser turista en un sitio y otra es trabajar y vivir en él. Faltaría ver.

A mí, repito, me gustó mucho y si Dios y La Vida me lo permiten, algún día volveré. Ganas no me faltan.

Anónimo dijo...

Los Molinos... casa de los abuelos de una amiga, jóvenes, invierno, sin calefacción, oscuro, frío y botellas de vino.

Y sobre todo un: ¿hasta dónde carajo hemos venido?

Si llegamos a saber lo de la tortilla de patatas entonces...

P.

Anónimo dijo...

Odio Madrid... Odio Madrid... Odio Madrid... Siempre lo mismo pero luego no sabemos vivir en otro sitio. Nos vamos a la playa y hala, no se nos cae Madrid de la boca ni un cuarto de hora. Si, es dura, es asfixiante a ratos, es calurosa en verano y helada en invierno. Pero no viviría en otro sitio. Odio los atascos y la hora punta, odio Madrid los lunes pero amo Madrid los viernes, me mata pero me da la vida, cosa inexplicable. Huyo de ella en temporada de nieve apenas salgo del trabajo y odio la A2 los domingos por la noche, pero... No viviría en otro sitio. Y después de esta declaración de amor a mi ciudad, hasta otro día.

abuelo Pepe dijo...

Bien dicho, anónimo de las 15:51. Ahora la practico más los fines de semana y da gusto en este tiempo ver las terrazas llenas, colas en los museos, maratones de todas clases y por cualquier causa, guiris de todas partes del mundo y de todas partes de España...etc...etc.
Tal vez si cambia el color (si cambia) político de quien la gobierna guste más a otros, es posible que sea eso.

Deliranta Rococó dijo...

Me ha gustado, sí, y mucho tu post.
Será porque cuando voy con mis "fieras" a dar un paseo por La Barranca atravesamos en coche la rotonda de la estación. Siempre me pregunto porqué no veo nunca los trenes. Será que es fin de semana y la frecuencia desde y hacia "Mordor" disminuye.
BS

Recuerdo el perro cojo dijo...

Enhorabuena por tu blog.
Me ha sorprendido que no hicieras referencia al perro de tres patitas que había en la cantina antes de que se cerrara hace unos diecimuchos años. A mí la antigua cantina lo primero que me evoca es el perrito cojo y después la sordidez esa que tú has descrito tan bien.
Esto otro no va por corregirte, sino por si alguien se fía de tu horario de trenes. Es al revés: llega de Madrid poco antes de y veinte y sale hacia Madrid rondando las menos veinte.
Otra cosa que he echado en falta es algún elogio al Chaparral. Te ha quedado muy bien lo de que te impone el posible cadáver... pero hay que ir un día soleado de primavera lluviosa y (lo juro) se encuentra uno con un paraje absoluta e increíblemente cubierto de flores como de Fantasía de Walt Disney o de papel de regalo un poco pasado de coloretes. De Verdad, como dibujado.