sábado, 16 de octubre de 2021

La tintorería y los recados


Ayer me pasé por Henry a recoger una alfombra. Pocas cosas son más "hacer recados" que ir a la tintorería. Junto con pasar por el estanco a por sellos (para mis cartas a USA) y a la farmacia a por Frenadol, son la trinidad de los "recados". Hubo un tiempo en que ir al banco y a por el pan también eran recados pero recordemos que el cuquismo y la imbecilidad mató al banco y la masa madre y el postureo a la panadería. 

Para saber si vives en un barrio barrio, en una zona superviviente a la oleada de franquicias o en una recreación cuqui de una película americana, tienes que buscar una tintorería. No una lavandería ni un centro de planchado ni, por supuesto, una franquicia de Todo limpio o como se llamen. Busca una tintorería de verdad, una que se llame Mercedes o La luz o, como la de mi barrio, Henry. 

No hay nada que huela más a barrio que una tintorería. En los dibujos animados cuando algo huele mucho, bien o mal, ese olor se pinta como un humo sinuoso que serpentea por debajo de las puertas como una culebra y se mueve luego por el éter hasta llegar a otra casa, una ventana, una puerta o las narices de alguien. Así me imagino yo el olor de la tintorería de barrio. No es agradable, no es horrible, huele a química y a limpieza. A limpieza de verdad y no a limpio de mentira, de enseñar en instagram. Es un olor característico que te garantiza que tu ropa volverá limpia, un olor que dice "sabemos lo que hacemos". Una tintorería de barrio es como un balneario para tu ropa, tu alfombra o tu colcha. La llevas allí a que les den un tratamiento y descansen hasta que vayas a recogerla. 

Henry es el dueño de la tintorería, es alto, calvo, moreno e impone. Un hombre que maneja la plancha y el vapor con esa maestría es tan impresionante como James Bond. Ayer, mientras esperaba que me trajeran mi alfombra del sótano en el que había pasado el verano (16 años yendo a esa tintorería y ayer me enteré de que tienen sótanos...qué maravilla) observaba a Henry planchar unos pantalones azul oscuro de caballero y me quedé embobada. Qué delicadeza, qué efectividad, qué manejo de la arruga, el doblez, la plancha y el vapor. Abre la plancha gigante, posa la pernera, baja la plancha, pisa el pedal y de una nube de humo emerge el pantalón planchado y perfecto convertido en algo a estrenar. La tintorería también es la Lluvia de estrellas de la ropa. Entran siendo un guiñapo y salen, entre el humo, deslumbrantes. (Ayer también pensé que ahora mismo no conozco a ningún hombre que lleve traje a trabajar). 

Henry y su mujer, que es menuda, muy delgada y que  Lleva unas enormes gafas de personaje de dibujos animados y teclea en el ordenador sin dejar de hablarte, tienen ya una edad. Ayer, de vuelta a casa,  mientras cargaba con mi alfombra deslumbrante, oliendo a limpio y a descanso de verano en un sótano fresco y oscuro, pensé que cuando ellos se jubilen, la tintorería cerrará (¿quién quiere ser tintorero ahora mismo?) y tras las puertas cerradas, a la espera de un inversor que quiera poner algo cuqui, se quedaran las prendas que nadie recogió nunca, colgadas de bolsas de plástico, con números apuntados en trozos de papel que son un código que solo Henry y su mujer entienden. La plancha gigante se parará, el humor desaparecerá y con el olor a limpio, a tintorería, a barrio.  

Espero haberme mudado cuando eso ocurra. Y ya sabéis, si os vais a mudar que sea a un barrio con tintorería con ropa colgando. Seréis más felices y podréis hacer recados que es algo que junto con sobrevivir a las arenas movedizas era algo que, los que tenemos más de cuarenta, creíamos que era la base de ser adulto. 

lunes, 11 de octubre de 2021

Escuchar el solano

«Si “el arte de pintar es el arte de pensar”, como defendía Magritte, podemos decir que el arte de contar también es un arte de pensar. Reflejar la realidad requiere un ejercicio previo para afinar nuestra mirada, calibrar lo que vamos a relatar y asumir qué fin perseguimos. Y pensar es un verbo que se alimenta de tiempo. «Leer, como pensar, exige recogimiento, soledad, un esfuerzo, perece ese es el precio de la lucidez» dice el escritor Luis Landero». (La hora del periodismo constructivo. Alfredo Casares) 

En el banco observo el paisaje que llevo mirando veintidós años. No hay nadie más que yo. En el otoño, en el valle, aunque sea puente festivo, hay menos gente que durante el verano y en las dos horas que paso allí, no aparece nadie. Somos el valle y yo. Conozco lo que veo, el paisaje, los colores, el gusto de la luz, el tacto del banco en el que me siento, áspero y curtido, con alguna astilla saltada por la nieve, el hielo y el sol que le pega fuerte durante gran parte del día. Es un banco de la parte del Solano, por eso la ermita, a mi espalda, lleva aquí desde el siglo XI. Si ahora el sol nos importa, en la Edad Media estar en el Solano te daba la vida. Que este pueblo, que ahora apenas tiene cuatro habitantes fijos, fuera durante siglos la capital del valle es algo que siempre me hace pensar en lo insignificantes que somos y lo pronto que nos acabamos. Enfrente veo la Sierra de Chía, alta, inmensa, amenazadora. Localizo el mirador que se encuentra en su ladera y desde el que, cuando voy, busco el banco en el que ahora estoy sentada. De ladera a ladera del valle, ¿se verían en la Edad Media, hace doscientos años, hace cien, hace setenta? Enmarcando la vista justo delante de mi hay una valla de madera colocada para que no te caigas, para que no tropieces ¿para que no te tires? A veces me molesta, otras me parece un bonito marco para los campos al fondo del valle, limitados por grandes filas de árboles y tapias construidas a mano con piedras que, seguro, llevan aquí desde hace mil años. Hoy veo pequeñas flores moradas alrededor de los postes de la valla y otras flores que son como plumones enredadas en zarzas. En la Edad Media seguro que todos sabían su nombre y para qué servían, a mí me dan miedo, desconfianza. Siempre he pensado que los extraterrestres empezarán a colonizarlos disfrazados de flores.


Sin moverme escucho el viento y los coches que pasan por la carretera que corre paralela al río. Si hago, como aprendí de Bernie Krause este verano, pantalla con las manos detrás de mis orejas el único sonido que escucho son los coches, los motores acelerando al salir del congosto y enfrentándose a la primera recta de más de veinte metros después de cuarenta kilómetros. Incluso los que no corren nunca sienten la necesidad de pisar el acelerador como escapando del serpentín entre paredes de piedras que acaban de atravesar. Sobre el rumor de los motores, escucho el viento del norte del que me protege la ermita. Un par de chicharras cantan en algún lugar en la escarpada pendiente delimitada por la valla de madera. A mi izquierda, muy cerca, un grillo. Más lejos, pero también a la izquierda, media docena de pájaros pequeños que no sé como se llaman, se persiguen mientras pían. Otro piar distinto suena a mi espalda, suena indignado. Imagino a su emisor como ese vecino que protesta porque los niños gritan jugando en la calle. Demasiada vida para ser otoño, casi suena a primavera pero menos alocada, menos descontrolada, menos kamikaze. El campo, los insectos, las flores, los pájaros, la perra recién parida que aparece para tumbarse a mis pies y yo disfrutamos el solano, esta hora, esta tarde sabiendo que el otoño pasa rápido, que el tiempo no es eterno, que no nos quedan muchas más tardes como esta. 


Intento memorizar todo lo que veo y escucho para poder escribirlo. El rumor de una desbrozadora tan lejano que casi me acuna. Un parapente que se desliza silencioso subiendo y bajando entre corrientes de viento invisibles que no puedo ver más que en su loco recorrido. El sol se pone tras Chía y la sombra avanza. Con cada metro que recorre la sombra, un sonido se apaga, las chicharras, los grillos, los pájaros. 


Cuando la sombra me cubre, la orquesta animal termina, cierro el libro, echo un último vistazo al Gallinero que permanece iluminado y me voy a casa. En la Edad Media el día se acabaría ya, con la sombra devorando el Solano al final del día. Yo enciendo la luz y escribo este post. 


«La soledad misma es una manera de esperar que lo inaudible y lo invisible se hagan sentir. Y por eso la soledad nunca es estática ni desesperada». (Anhelo de raíces, May Sarton)



sábado, 9 de octubre de 2021

Lecturas encadenadas. Septiembre

Redoble de tambores, tenemos algo nuevo en este blog tan repetitivo y tan "centrado en mí" (como me reprochó un gran anónimo al que guardo un huequito en mi corazón por esa crítica tan perspicaz), algo que no había ocurrido nunca. Por primera vez, desde que escribo Lecturas encadenadas, solo he leído dos libros en un mes. Además, en un mes en el que no he parado en casa más que para dormir, mis dos lecturas han resultado ser claustrofóbicas, las dos novelas transcurren entre cuatro paredes. No voy a decir esa cursilería de "los libros te eligen" porque no tiene ningún sentido pero es curioso como en un mes en que yo he sido todo para fuera, mis dos protagonistas vivían dentro, enclaustrados casi. 

Ninguna de las dos lecturas es nueva así que no esperéis sorpresas aunque puede que si encontréis brevedad. O no. 

Un caballero en Moscú de Amor Towles llevaba pululando por mi casa años. Lo veía en la estantería, lo veía en manos de mi madre, El Ingeniero lo leyó en su club de lectura y yo pensaba: Ah, sí, tengo que leer esa novela. Además, hace muchos años yo había leído Normas de cortesía, del mismo autor, que me había gustado bastante. (Cuando digo muchos años, son muchos, antes de empezar con este blog "centrado en mi"). Al comenzar el mes y anticipando la locura de mes que iba a ser pensé que sería una buena lectura, una novela tranquila y agradable para cuando llegas reventado a la cama y lo único que quieres es ser capaz de leer cinco páginas sin pensar que no estás entendiendo nada. 

No voy a descubrirle nada a nadie pero Un caballero en Moscú es la historia de un noble ruso que, tras la revolución, y por culpa de unos poemitas que se consideran antirevolucionario es condenado a un arresto domiciliario en un hotel en el que pasa los siguientes treinta y cinco años de su vida. Un caballero en Moscú podría ser Robinson Crusoe y Los robinsones de los mares del sur (si tenéis churumbeles, por favor, ponedles esta peli) y una peli de James Bond y Narnia. El hotel es un sitio casi fantástico que permanece intacto y sumido en unas rutinas perfectas mientras el mundo a su alrededor y a miles de kilómetros se desmorona y cambia por completo. El mundo se vuelve del revés pero en el hotel no cambia nada. En parte sagrario, en parte parque temático, en parte isla incomunicada, en parte mundo perdido, el conde Rostov es el héroe, es Robinson, es James Bond, que consigue hacer de una situación lamentable una oportunidad de vida maravillosa en la que encuentra todo: amor, amistad y familia. 

«Porque era cierto: los tiempos cambian. Cambian sin cesar, de forma inevitable, con inventiva. Y a medida que cambian, hacen que resulten insólitos no solo los tratamientos honoríficos pasados de moda y los cuernos de caza, sino también los llamadores de plata y los gemelos de teatro de madreperla, así como todo tipo de artículos fabricados con esmero que hayan dejado de ser útiles.»

Antes fueron los cuernos de caza y los gemelos de teatro, ahora son los teléfonos fijos, las carpetas, el papel y el usted. 

Rostov no sale del hotel en treinta y cinco años pero todo su universo es luminoso, optimista, expansivo, Andrea, de Nada de Carmen Laforet sale de la calle Aribau pero todo su universo es oscuro, amargo, interno.  He vuelto a Nada porque en septiembre se cumplía algún aniversario de Laforet y me apeteció. Busqué por las estanterías y encontré un ejemplar, de la edición de Áncora & Delfín de 1946, que perteneció a mi abuelo, con su sello "José Luis García Rubio. Abogado" y su número de registro.  Más feliz que una perdiz con esa joya familiar oliendo a  libro antiguo me lancé a releer y descubrí que no recordaba nada. ¿Cuando no recuerdas nada de un lugar en el que ya has estado puedes decir que vuelves? 

«Me parecía que de nada vale correr si siempre ha de irse por el mismo camino, cerrado, de nuestra personalidad. Unos seres nacen para vivir, otros para trabajar, otros para mirar la vida. Yo tenía un pequeño y ruin papel de espectadora. Imposible salirme de él. Imposible libertarme. Una tremenda congoja fue para mí lo único real en aquellos momentos». 

No recordaba la miseria, la oscuridad. He tenido una sensación muy especial leyendo una historia que transcurre en 1944 en un ejemplar publicado en 1946. Las páginas casi amarillas con el olor de 80 años de estantería, me recordaban a la colección de novelitas románticas de mi abuela (ver mi charla con Loenlasnubes para saber su historia) que leí de adolescente. En aquellas novelitas cursilísimas había pobreza y miseria y tragedia y dramitas pero la damisela (costurera, cocinera, estudiante) siempre acababa con el galán tras un beso muy casto. Aquí no hay nada de eso. La casa de la calle Aribau encierra en su interior pobreza, ira, miseria, envidia, lujuria, desamor, cobardía, avaricia. Andrea llega a vivir allí y no es que pase a vivir una vida en blanco cuando está en la universidad y una vida en negro cuando vuelve a la casa, toda su vida se vuelve marrón, beige sucio. Ni siquiera cuando está fuera, cuando se hace amigos, cuando conoce vidas familiares en technicolor, cuando descubre la ciudad y se siente deseada consigue librarse de ese tono marrón que la está desdibujando, deshaciendo. Nada es un curioso nombre para una novela asfixiante, claustrofóbica, una novela de la que quieres escapar. Es casi una novela de terror, leyéndola he pensado en Siempre hemos vivido en un castillo de Shirley Jackson. 

«Yo tuve que sonreírme. En pocos días la vida se me aparecía distinta a como la había concebido hasta entonces. Complicada y sencillísima a la vez. Pensaba que los secretos más dolorosos y más celosamente guardados son quizá los que todos los de nuestro alrededor conocen. Tragedias estúpidas. Lágrimas inútiles. Así empezaba a parecerme la vida entonces.»

No puedo hacer planes para octubre. Ya veremos lo que leo. A lo mejor en la próxima entrega de lecturas encadenadas solo comento un libro y a lo mejor doy opción a algún anónimo a lucirse con un comentario lúcido y sagaz del tipo «vaya, ya no lees tanto, tanto que te hacías pasar por lectora». 

Y con esto y a punto de darme un paseo por las montañas, hasta los encadenados de octubre.


jueves, 30 de septiembre de 2021

Oda a las zapatillas o el día que me maree en Primark

El otro día, uno cualquiera de esta semana, me mareé en Primark y me perdí en el metro. A Primark entré a por unas zapatillas de estar en casa. Las zapatillas de estar en casa son una prenda curiosa. Uno las compra casi por obligación o se las regalan por obligación o por falta de imaginación, las usa y, de repente, por sorpresa un buen día esa compañeras diarias se dan la vuelta, quedan del revés y dices «pero madre mía, si están roñosas. ¿Cómo puede ser si son prácticamente nuevas?» y echas cálculos y resulta que llevas usándolas cuatro años, que los Reyes Magos que te las regalaron fueron de antes de dejarte el pelo blanco o de cambiarte de casa. A algunos incluso las zapatillas les duran más que las relaciones. Y así pasa con todos los pares. Desprenderse de unas zapatillas de estar en casa cuesta, ellas están acostumbradas a ti y tus pies a ellas. Tus pies y tus zapatillas casi parecen tener imanes, atraerse, bailar. Por la mañana, antes incluso de que sepas quién eres, porqué te levantas y qué día es, tus pies solos, a oscuras, encuentran las zapatillas. Ahí están siempre para acompañarte al baño oa la cocina cuando tienes tu primer pensamiento del día: ¿por qué me tengo que levantar y cuándo me va a tocar la primitiva para dejar de trabajar? Tus zapatillas no se aburren de escucharte siempre lo mismo. Es una relación casi de amor. Las zapatillas no reprochan nada y  ellas y tus pies se encuentran por toda la casa, en el sofá, debajo de la mesa, debajo de la silla. Guardan tu sueño y tu insomnio.  Tus zapatillas de casa son tan tu que les cuesta separarse de tus pies. A veces, les cuesta tanto que bajas la basura con ellas puestas. Piensas ¿quién se va a dar cuenta? (Conviene en estos casos asegurarse de llevar también las llaves, las zapatillas de casa son frágiles y no sobreviven mucho en el asfalto) En fin, el caso es que esta relación preciosa salta por los aires el día que descubres que las zapatillas agonizan, la suela ha desparecido, la goma es inexistente y prácticamente vas andando sobre una ilusión. *

Esto me paso a mí el otro día, uno cualquiera de esta semana, (¿Cómo están tan mugrientas? Pues porque eché cuentas y tienen cuatro años y una pandemia) y decidí comprarme unas nuevas. Y entré en Primark porque oye, dicen que allí hay chollos y, sobre todo, las zapatillas de estar en casa es un item del hogar en el que IG todavía no ha fijado sus garras (hay atisbos pero poco, es un mercado poco interesante porque se establecen relaciones a largo plazo y no son un producto de temporada, ni una agenda, ni te ayuda a ordenar ni te eleva la autoestima ni hace que tu casa parezca un piso piloto) y por lo tanto cualquier par que te guste está bien. 

A lo que iba, entré en Primark y casi me muero. Era la segunda vez que iba y la primera, creo recordar, alguna de mis hijas me hizo de sherpa y me fue guiando. El otro día, insensata, entré sola con la seguridad que da saber que solo vas a por un par de zapatillas. La insensatez casi me mata. Esas escaleras imposibles que se cruzan y se descruzan, los neones, los alambres, la gente con pinta de saber a dónde va e ir con ganas (como los runners y los del crossfit), la música, la luz, las estanterías petadas y desordenadas. De repente sentí que tenía 3500 años, que me venía de un pasado remoto y me habían soltado en el futuro. A pesar de todo pensé: Ana, tu puedes. Y pude, un poco. Llegué a las zapatillas al borde de mis fuerzas, elegí unas y dije: Misión cumplida. Como dicen en el Everest, lo dificil no es subir, el peligro está en bajar. 

Resumiendo, me mareé. Atisbe la caja en mi carrera hacia la salida llena de gente feliz que obviamente controla el Everest/ Primark y supe que no aguantaría. Miré las zapatillas, 2,5 € de felpa suave. Miré la cola. Cogí aire. Tiré las zapatillas sin mirar atrás y salí corriendo. Escribo esto con mis zapatillas mugrientas de suela casi inexistente. He decidido que todavía aguantan, hemos decidido seguir juntas hasta que la muerte nos separe o un alma caritativa me regale unas nuevas. 

(Yo venía a escribir sobre perfumes, olores y muestras de perfumes pero es lo que tiene un blog, que hace lo que quiere) 


*La gente que tiene varios pares de zapatillas de estar en casa no es de fiar. Son como los del poliamor o el que te dice que quiere mucho a su pareja y a su amante, mentira. Es una relación tan pura que solo se puede mantener, de verdad, con un solo par. Si tienes varios pares en función de tu humor o de tu ropa (madre mía, me escandalizo solo de pensarlo) eres un frívolo. 

viernes, 24 de septiembre de 2021

Correr y escribir

Voy en metro. Voy en metro más que en toda mi vida, voy tanto en metro que, por fin, he conseguido aprenderme  ciertas rutas, ya casi no tengo que leer los paneles. Desayuno té y camino mucho, muchísimo. Tanto que todos los días me duelen los pies al llegar a casa, creo que todavía no están acostumbrados a este trajín y que, además, echan de menos la relación que tenían con el embrague, el acelerador y el freno. Muchas reuniones por zoom y presenciales. Mucho tiempo de mascarilla. Ya sabía que antes la usaba poco porque no lo necesitaba, estaba siempre trabajando sola o conduciendo sola pero ahora me doy cuenta además de lo que su uso provoca. No sabes qué cara tiene la gente en el metro, se habla menos porque no se escucha nada y mis orejas protestan. Subo y bajo escaleras. Muchísimas pero, por ahora, no las suficientes como para llegar arriba sin que me cueste. Llevo cascos en cuanto salgo a la calle igual que antes le daba al play según me metía en el coche. Conduciendo me concentraba por completo en lo que escuchaba. Por ahora, en el metro y caminando, esa concentración me cuesta más. Quizás sea porque me falta costumbre, porque todavía no he alcanzado el nivel de automatismo necesario para abstraerme del entorno. No sé si lo conseguiré algún día, me sigue sorprendiendo Madrid, estar en la ciudad entre semana. Casi me siento guiri.   He empezado a ver The Crown, llevo cuatro episodios y mi máxima preocupación es saber porqué eligieron para interpretar al Duque de Edimburgo al actor con los arcos superciliares más prominentes del mundo. Va con uniforme, con ropa maravillosa de los años cuarenta y yo solo pienso en que en una peli de neandertales haría un papelón. Veo un par de episodios de Sex Education, quiero esa casa y la ropa de Gillian y que me quede así.  Milagrosamente, no me duermo viendo la tele. Me he cortado el pelo como un quinqui de los 80, corto por delante y más largo por detrás. Es una etapa para dejarme el pelo largo sin parecer una divorciada de urbanización cerrada con piscina y paddle. Duermo siete horas del tirón sin drogas. Antes de eso leo cuatro o cinco páginas antes de desplomarme. Hago videoconferencias los domingos y en mi nevera de solterismo extremo hay jamón serrano, kiwis, yogur y tomates. Leo el New Yorker mientras desayuno, voy por el 9 de agosto. Compro siete libros en la Feria, dos en sendas presentaciones y uno para regalar. He conocido a Patrick Radden Keefe y me he enamorado de su voz. 

Estoy cansadísima, con ese cansancio extenuante que proporciona la excitación permanente, la novedad, el descubrimiento. Corro para acostumbrarme a mi nueva vida, para llegar al momento en que todo acabe encajando donde debe. No me da tiempo a escribir. Lo echo de menos. 

viernes, 17 de septiembre de 2021

Un beso, mamá


Al empezar me notaba anquilosada, oxidada. Sentía que estaba fingiendo. Me sentía pretenciosa y de una manera extraña como si estuviera tratando de recrear una versión de mi misma del pasado, de un pasado muy remoto. La primera vez que recuerdo escribir cartas fue cuando una niña de mi clase, que llegó porque a su padre lo habían destinado a Madrid, se volvió a Barcelona tras solo un año en el colegio. Se llamaba Belén y nos habíamos caído muy bien, todo lo bien que te puedes caer con once años, y empezamos a escribirnos. Aquella correspondencia duró años, nunca más volvimos a vernos. En la adolescencia, pasaba los fines de semana en Los Molinos con mis amigos, todo el día juntos, todas las horas eran pocas para hacer cosas y para contarnos todo aquello de lo que necesitábamos hablar. Teníamos tantísimas cosas que decirnos que entre semana, el mismo domingo cuando llegábamos a Madrid, nos poníamos a escribirnos unos a otros. Eran cartas kilométricas, escritas durante varios días, con bolígrafos de distintos colores y llenas de dibujos, caricaturas, flores, arco iris y cualquier otra cosa (Las mías eran más sobrias porque yo no sé dibujar ni siquiera dibujar mal). Nos contábamos todo lo que nos ocurría, las broncas con nuestros padres, las broncas con nuestros hermanos, todas las aventuras del colegio, y las recibíamos como si transmitieran mensajes importantísimos para la humanidad. Para nosotros, desde luego, eran oro puro. Durante muchos años, firmé aquellas cartas como Enrique Rucocó. Después de aquello, me escribí cartas con mis amigos de Irlanda durante muchos años y ocasionalmente alguna más y muchas notas de amor y humor cuando empecé a salir con El Ingeniero. Luego llegó internet y las cartas terminaron. 

«Voy a escribirte una carta cada domingo contándote lo que pasa aquí. Sé que podría escribirte un mail pero sé que no lo leerías. Verías los tres o cuatro párrafos y pensarías: qué brasas es mi madre. A lo mejor no lees las cartas pero dentro de diez, quince o veinte años, los mails estarán olvidados y las cartas las tendrás». 

Esto le dije a Clara en el aeropuerto. Pensé que lo difícil sería cumplir el compromiso, encontrar historias para contarle, acercarme a correos cada lunes a enviarla. No. Pasado ese primer momento de «se me ha olvidado como hacer esto», todo empezó a fluir, a engrasarse de nuevo y, ahora, después de tres cartas enviada y la cuarta ya pensada en mi cabeza, me he dado cuenta de que lo más difícil, lo más raro, es llegar al final y firmar Mamá. 

«Mamá». Qué raro es, no me acostumbro, era más fácil ser Enrique Rucoco. ¿Mamá? ¿Yo soy mamá?,   A lo mejor en la carta número cuarenta consigo acostumbrarme. Como dicen los americanos: Fake it till you make it. 

miércoles, 8 de septiembre de 2021

Vidas sincronizadas

Dicen que cuando las mujeres viven juntas se les sincronizan las reglas. No lo sé, no me importa. A mis hijas y a mí nos ha ocurrido algo mucho más chulo:  se nos han sincronizado las vidas en este mes de septiembre y, aunque suene raro y místico, esto ha provocado que este año, este mes, sea de verdad un nuevo comienzo. Un fresh start que dicen los americanos. 

Clara ha empezado su aventura americana, yo un trabajo nuevo y María acaba de entrar en la Universidad. Las tres a la vez, en menos de tres semanas, hemos dejado atrás las vidas que teníamos y hemos empezado unas nuevas que no sabemos a dónde nos van a llevar. Si, cuando yo sea vieja y ellas sean adultas, miramos atrás y buscamos un momento en el que nuestras vidas cambiaron por completo señalaremos este momento, septiembre de 2021. 

Que Clara se vaya, que María empiece la Universidad y yo me cambie de trabajo no son acontecimientos sorprendentes (mi cambio de trabajo sí, más que nada porque ya había perdido la esperanza) pero lo que es sorprendente es que todo haya coincidido y sea ahora. Para mucha gente septiembre siempre ha significado el comienzo del año, del curso, más que enero. Para mí no. Para mí septiembre siempre era la vuelta a lo de siempre, la vuelta a Madrid, a las obligaciones, a convivir con la rutina laboral tan asentada en mí que me salía por inercia, aunque no diera pedales la vida seguía. Ahora, por sorpresa, todo es nuevo. Todo parece más limpio, más claro, más nítido, casi cruje como si lo estuviéramos desenvolviendo, quitándole el papel de regalo. Sé que en algún momento nos cansaremos de este juguete, que el cuaderno nuevo pasará a ser antiguo y lo novedoso se convertirá en rutina pero para eso quedan meses, muchos, y no quiero pensarlo ahora. 

Ahora solo quiero jugar con los juguetes nuevos y decir eso que decimos siempre: esta vez lo voy a cuidar, esta vez será diferente y creérmelo. Me lo estoy creyendo, nos lo estamos creyendo. 

Somos chicas con suerte.

lunes, 6 de septiembre de 2021

Podcasts encadenados


Vuelven las rutinas, el trabajo presencial, los horarios establecidos, los paseos al trabajo, a recoger a los niños, el gimnasio, las limpiezas semanales y las horas de transporte público. Y en casi todos esos momentos se pueden escuchar podcasts (en el trabajo presencial no lo hagáis niños) y disfrutar de historias, información o diversión. O las tres cosas a la vez. 


Empiezo este pupurri de recomendaciones con algo que he escuchado esta mañana. Este episodio del Daily, How Texas banned almost all abortions es una buena manera de entender el ataque frontal a los derechos de las mujeres y el horror absoluto que se les viene encima en ese estado americano. Texas se ha sacado de la manga una ley para prohibir el aborto más allá de la sexta semana que es, en la práctica, prohibirlo por completo porque la mayoría de las mujeres ni siquiera saben que están embarazadas antes de la sexta semana. Para evitar que la ley fuera declarada anticonstitucional se han sacado de la manga un recurso legal muy torticero que, entre otras cosas, permite que cualquiera, cualquier ciudadano pueda acusar a otros de aborto o de complicidad para llevarlo a cabo. A cambio de esa denuncia se recibe una recompensa de diez mil dólares. Puedes acusar a la mujer, al médico, a las persona que la hayan acompañado, al chofer del Uber que la haya llevado, al farmacéutico que le de unas pastillas para el dolor, a todo el mundo. Es un todos contra las mujeres y sus derechos. Terrorífico. 


Terrorífico pero a otro nivel es Bad Blood: The Final Act.  Esta historia ya la conté por aquí. Elzabeth Holmes, una especie de Steve Jobs pero en femenino, se montó una estafa a nivel estratosférico organizando una empresa que iba a cambiar el mundo de la medicina al permitir hacer, en una sola máquina y con solo un par de gotas extraídas de la punta del dedo, doscientas pruebas diagnósticas. La máquina, para que os hagáis una idea, era del tamaño de una impresora de esas que todos tenemos en casa y funcionaba más o menos igual. De todo lo que se suponía que podía hacer, no hacía nada y lo que hacía estaba mal. A pesar de este desastre, Holmes con su uniforme de cuello negro, sus ojos saltones y su voz deliberadamente grave consiguió que señores, en teoría listísimos, invirtieran miles de millones dólares en su empresa. El fraude lo destapó en 2018 un periodista del Washington Journal, John Carreyrou. El 31 de agosto de 2021 empezó el juicio contra Elizabeth y en el podcast se cuenta de manera pormenorizada tanto el fraude, las mentiras y estratagemas de Holmes con su empresa Theranos como sus mentiras y  estratagemas ahora en el juicio. Es un podcast muy sobrio con Carreyrou contando los hechos de manera pormenorizada y periodística, intercalando testimonios de Holmes y su expareja y jefe en la empresa, Sunny Balwani,  exempleados de Holmes, especialistas en medicina, en salud, en finanzas. Lo recomiendo muchísimo porque es una historia increíble con todos los componentes de una buena historia de abogados americanos. Por ahora lleva tres episodios y supongo que seguirá hasta termine el  juicio. 

Para emocionaros y llorar traigo un par de cosas. En primer lugar Good Grief, un podcast chiquitín, de Lemonade Media. Tiene solo seis episodios de unos diez o doce minutos cada uno en los que una persona cuenta la muerte de alguien cercano y su duelo, como sobrelleva la ausencia, la pena, el vacío. Es un tema tratado una y mil veces pero aquí, al no haber host/introductor y ser simplemente la persona contándolo se consigue una intimidad, una sensación de cercanía que es muy emocionante. A mí Good Grief me ha parecido como cuando vas al tanatorio a acompañar a alguien muy cercano a ti que ha perdido a alguien y tu amigo te cuenta cómo ha sido la muerte, qué raro es todo, lo que piensa, lo que siente y tú sabes que no puedes decirle nada que le alivie pero que estando allí, escuchándole, estás haciendo lo correcto, lo que necesita. Así se siente esta escucha. En primer episodio cuenta su historia Jayson Greene que perdió a su hija de dos años, en el segundo Sabila cuenta la muerte de su padre durante el confinamiento, cada episodio es diferente. (Un desarrollo mayor de la historia de Jayson lo podéis encontrar en este episodio de Terrible, thanks for asking que ya he recomendado más veces)

En una de las primeras entregas de mis recomendaciones de podcasts hablé de The Open Ears Project uno de mis podcasts favoritos. Se publicó en 2019 y consistía en treinta episodios de menos de diez minutos en los que tras una breve introducción por parte de la música y presentadora Clemmie Burton-Hill, alguien presentaba una pieza de música clásica importante para esa persona por determinadas circunstancias. Unos hablaban de piezas que les hacían recordar a sus abuelos o una pieza que aprendieron en el colegio o la música que le gustaba a su pareja o que escucharon un día especial que se les quedó grabada. Después sonaba la pieza en cuestión. Las razones para esa preferencia eran tan personales y particulares como cada protagonista. Los había famosos como Alec Baldwin, Ian McEwan o Ester Perel y completos desconocidos: violinistas, policías, bomberos, profesoras de infantil. Es un podcast maravilloso al que he vuelto innumerables veces para compartir esas razones, escuchar esas piezas y dejarme acariciar por la voz de Burton-Hill que, como ya dije una vez, es una voz para taparte con ella y sentirte a salvo. En estos dos años me he preguntado muchas veces como no habían hecho otra temporada y ahora lo he descubierto casi por curiosidad. 

El otro día, le di al play a este episodio de Seriously... de la BBC (un fijo en esta sección) y me encontré con la explicación. El episodio se llama Planet Bach y trata de la cantidad de gente que hay en el mundo que, cada día, toca o escucha una pieza de Bach. El episodio está conducido por Clemmie Burton-Hill, por una nueva Burton-Hill que, con su nueva voz, emociona y hace llorar. Al comienzo del episodio cuenta que a finales de enero de 2019 tuvo un infarto cerebral masivo que le provocó muchas lesiones, luego vino el COVID y todo lo demás y ahora presenta este episodio haciendo un esfuerzo sobrehumano. Cualquiera que haya convivido con alguien que ha tenido un infarto cerebral que afecte a la zona del habla sabe cómo tras esa lesión el lenguaje pasa de ser algo automático a ser algo artesanal. El enfermo pasa de hablar sin pensar a convertirse en un artesano del lenguaje teniendo que pensar cada palabra y la manera de expresarla. Escuchar a Burton-Hill hablar de Bach haciendo ese esfuerzo y presentando a los distintos fans de Bach es emocionantísimo. No os lo perdáis. 

Más cosas monas. Blind Guy travels es un podcast de Radiotopia que solo da la mitad de lo que promete en el título. Matthew Shifrin es ciego y tiene veintipocos años. Antes de la pandemia tenía el plan de hacer un podcast en el que él viajara y contara como es experiencia para un ciego. Como ahora ya no se puede viajar, recondujo su podcast para hacer algo parecido pero distinto. Matthew no viaja pero nos cuenta como es ser ciego para cosas como: dar una charla TED y aprender el lenguaje corporal que no sabes ni lo que es y que para ti no tiene ningún sentido, jugar a Lego sin poder ver las instrucciones, utilizar las aplicaciones para ligar online, ir al cine o ser cantante profesional. Matthew lo cuenta muy bien y tiene historias personales muy interesantes: cuando era adolescente, junto con su cuidadora, desarrolló un método para traducir las instrucciones de los Lego a braille, montó una web y ha terminado trabajando con LEGO en esta iniciativa para hacer el juego de construcción más inclusivo. A mí me ha gustado especialmente el episodio sobre ir al cine, siempre le acompaña un amigo que le va contando lo que le ocurre en tiempo real (probó con varios antes de encontrar a alguien que pudiera hacerlo bien) y de ahí desarrolla la historia de cómo surgieron las audio descripciones para ciegos que se incluyen ahora en las películas. Como he dicho al principio en Blind guys travels, el ciego no viaja pero con su manera de contar las cosas, su vida, consigue que los que vemos viajemos a su vida y entendamos un poco como es ser ciego de nacimiento. 

En castellano he escuchado Contra Natura de VICE. Un podcast sobre el asesinato de dos líderes sindicales en Colombia en los años noventa. Ambos trabajaban en una mina de carbón propiedad de una empresa americana. Para sorpresa de nadie a estas alturas de la vida, la empresa americana tiene unos métodos digamos peculiares de trabajo y en su establecimiento en Colombia está involucrado lo mejorcito de cada casa. En esta serie hay sindicalistas, asesinatos, asesinos, abogados, políticos, mafiosos, toda la ristra de personajes de un buen thriller pero sin el final feliz. Son ocho episodios de cuarenta minutos que parecen más porque el host habla muy muy muy despacio.  En castellano he escuchado también, como ya comenté por aquí, Basta Chicos, la vida de Ricardo Fort. Es un podcast argentino coproducido por Spotify y Anfibia Estudios que cuenta la vida de Fort que fue una celebrity argentina, algo así como Pocholo en España. Era de una familia de muchísimo dinero, dueños de las fábricas de chocolates más importantes del país, era guapo, gay en secreto y su máxima ilusión en la vida era ser famoso a cualquier precio. Lo intentó en Miami como cantante, intentó ser actor y participó en un concurso de baile que le catapultó a la fama primero como concursante y luego como jurado. Una vida muy loca que terminó a los cuarenta y ocho años. Después de muerto se ha vuelto aún más famoso en memes y frases hechas. El podcast recorre su vida y a todos aquellos que le conocieron. No está mal pero es bastante repetitivo, le sobran dos episodios, y si no eres argentino la mayoría de las referencias te suenan muy muy lejanas. 

Para terminar voy a comentar dos series cortitas muy diferentes entre sí pero muy interesantes. La primera es Day X, una producción del New York Times, realizada por su corresponsal en Berlín, Katrin Bennhold. En esta serie se investiga la presencia de nazis declarados en las fuerzas armadas alemanas a raiz de la detención en un aeropuerto de un supuesto refugiado sirio al que se acusaba de esconder un arma en los lavabos. Franco A, el supuesto refugiado, es en realidad un soldado alemán miembro de una cédula neonazi del ejército. Después de esta detención, el New York Times profundiza en su historia y en lo que es la definición del podcast: ¿qué pasa cuando el enemigo está dentro? Es un podcast periodístico muy serio, sobre un tema muy complicado y que, a pesar de que Katrin no es precisamente una host amable, se sigue con interés y preocupación. Para mí, lo mejor del podcast es como han sabido mantener el equilibrio entre informar y no dar cancha a Franco A al que entrevistan en el podcast. Me gusta el encuentro entre periodista y nazi por como ella no le deja mantener las mentiras ni las afirmaciones racistas sin rebatírselas, incluso bajando su voz en el podcast para no dar publicidad a lo que dice. 

Mi última recomendación ya la comenté en uno de los experimentos de agosto pero quiero dejarla aquí para los despistados.  Escuchad Forever is a long time, un podcast maravilloso sobre el amor, el final del amor, el divorcio y la reflexión que hay que hacer sobre porqué algo no funcionó. Ian Coss, el host y protagonista, consigue algo muy complicado, que toda su familia le hable con una sinceridad, a ratos casi dolorosa, sobre el final del amor. El podcast no resulta cursi, ni almibarado, ni falsamente esperanzador ni es catastrófico ni cínico. Es casi un ensayo sobre la complejidad del amor y las relaciones de pareja. No os lo perdáis. 

Como siempre, os dejo aquí la lista actualizada con (casi) todos los podcasts recomendados. 


PS: Ximena Maier ha actualizado la imagen de estos posts. Ya luzco mi melena canosa. 

jueves, 2 de septiembre de 2021

Lecturas encadenadas. Agosto

En julio dije que iba a bajar mis expectativas y leer con calma y lo he cumplido a rajatabla. En agosto solo he leído dos libros. Confieso que estoy impresionada, dos libros en un mes. Es verdad que he conseguido ponerme casi al día con el New Yorker y que he escuchado muchos podcasts y escrito muchos posts en mi experimento de no esperar a inspirarme sino escribir lo primero que se me ocurriera. Estoy muy contenta con el experimento, he vuelto a escribir como si no me leyera nadie. 

Cuando me he dado cuenta de que solo he leído dos libros he pensado en no escribir esta entrada y dejarlos para el mes que viene pero mi vocación de bloguera de servicio público y dado que la semana que empieza la Feria del Libro y lo mismo alguien va a pasear y a comprar libros, me empuja a escribir esta entrada para, por lo menos, advertiros contra mi primera lectura del mes.

Compré Yo, mentira de Silvia Hidalgo porque alguien con criterio, no recuerdo quién, lo recomendó. «Una novela diferente» o algo así dijo. ¿Por qué caí con ese reclamo? No lo sé, supongo que respeto el criterio de ese alguien. Bien, si hay algo que Yo mentira no es es diferente. Es otra novela más sobre lo mismo, una narradora sin nombre, de cuarenta años, con un marido, El Escritor,  y un hijo, El Niño, al que dedica su tiempo. Se siente perdida, aburrida, harta de sus rutinas, se ve poco interesante y nadie le interesa. Se dedica a flotar en la vida llevada por la corriente. En su trabajo se aburre, se fija en un compañero de trabajo que misteriosamente también se fija en ella y tiene una aventura que acaba confesándole al marido. 

Quizás es que yo ya estoy harta de estas historias, a lo mejor he leído demasiadas o, a lo mejor, a pesar de que Silvia Higaldo escribe bien no me creí absolutamente nada de lo que  ocurre en esta novela, no me importaron los problemas de la protagonista, no me conmovió su sensibilidad ni me emocionó nada de lo que le ocurre o deja de ocurrir. Me aburrí. 

«Cuando volvemos a casa, todo huele a podrido. Se fue la luz o alguien la quitó. En todas las acusaciones anónimas ese alguien soy yo. Soy el alguien que dejó la leche fuera, que no abrigó lo suficiente al niño, que olvidó recoger la ropa seca cuando empezó a llover. No pasa nada, le puede pasar a cualquiera. Me he convertido en ese alguien y también en cualquiera. Pronto seré nadie».

Aburrimiento supremo. Si queréis un consejo bienintencionado, no lo compréis en la feria.

La novia liberada de Abraham B Yehoshúa es el tocho que leí el resto del mes. Lo compré en la Cuesta Moyano esta primavera porque soy muy aficionada a los autores judíos. Me atrae lo que cuentan, como lo cuentan. Me gustan los personajes, el ambiente, sus problemas, sus dramas, me gusta hasta sumergirme en ese paisaje árido de Israel que seguramente odiaría si visitara. Por todo eso compré esta novela que se lee como si te sumergieras en un río que discurre lento, lentísimo, casi sin agua. La novela transcurre durante nueve meses y tiene setecientas páginas. No pasa nada espectacular ni hay una trama absorbente. Asistimos a lo que le ocurre al protagonista, Yojanán Riblin, un profesor universitario de estudios árabes. Su vida discurre entre su casa nueva, a la que se acaba de mudar con su mujer jueza a la que adora, y sus clases en la universidad mientras se pregunta qué sentido tiene estudiar a los árabes y si alguna vez conseguirá entenderlos. La novia del título puede hacer referencia a dos novias que aparecen en la narración, una alumna árabe de Riblin y la exmujer de su hijo. Gracias al contacto con la alumna se le abre una puerta de entrada a vivir con los árabes, a conocerlos, a tratarlos en su vida cotidiana. Riblin se acerca a ellos casi como Alicia en El País de las maravillas, todo le sorprende a pesar de ser, en teoría, una autoridad en arabismo. Con la segunda, con su ex nuera, sufre porque desconoce el motivo por el que su hijo se divorció de ella después de solo un año de matrimonio. Es una inquietud que le persigue y que trata de desentrañar durante toda la novela. Estas dos relaciones articulan toda la historia que transcurre entre viajes, rutinas, conversaciones y una vida normal. 

Es una novela lenta, como he dicho antes, pero no por aburrida sino porque se desliza como la vida de cada uno, despacio, pausada con momentáneos remolinos de velocidad. Hay capas y capas dentro de ella. La preocupación por los hijos, por entenderlos cuando ya no te "pertenecen" y las dificultades para acercarte a ellos sería una de ellas. La relación de pareja cuando se lleva muchos años juntos sería otra, la investigación universitaria con sus miserias, sus aburrimientos y sus dudas sería otra. La relación entre árabes y judíos, entre musulmanes y cristianos sería otra, quizá la capa base sobre la que se asienta todo lo demás en Israel. Esta capa creo que para los europeos es difícil de entender porque es de un gris denso, llena de matices y profundidades que desde la comodidad de nuestro "o blanco o negro" es casi incomprensible. 

La novia liberada no es para todo el mundo ni mucho menos. A mí me ha gustado y he disfrutado su lectura pausada y sin prisas pero no corráis a comprarla. 

«Acoger de forma incondicional al ser amador es una actitud totalmente democrática, ya que del mismo modo que un país [...] no puede quitarle la nacionalidad a ningún ciudadano ya sea un espía o un traidor, un violador o un asesino, así también el amor principal soporta todos los problemas que le vengan porque aquel enamoramiento primero sigue dentro de él, pase lo que pase.»

Y ya está, nada más. 

Hasta los encadenados de septiembre. 



martes, 31 de agosto de 2021

Las cosas (me) pasan


«El día que me vaya de aquí, me pondré una falda de vuelo y bajaré las escaleras como Escarlata O´Hara y diré: A Dios pongo por testigo que no volveré a pisar Toledo.» Esta es una frase que he repetido tantas veces que ya se había convertido en un lugar común en mi trabajo. La había repetido tantas veces que ya sonaba a cuando dices «cuando me toque la lotería», con ese tono de sueño imposible, de improbabilidad absoluta en la que no quieres pensar porque darte cuenta de que eso que ansías no va a ocurrir te quita bastante alegría de vivir y es mejor imaginarlo precioso aunque improbable. 

Tenía un cuadro en la pared de mi despacho con una frase del artista Willem de Ridder 

If you wait too much for it, it doesn't happen. If you put a lot of effort in it all you get is effort. You shouldn't give a shit. Things happen automatically. That's nice. 

Y así ha sido. Ha ocurrido. A finales de julio me puse una falda de vuelo, mi falda de rayas de colores de ser feliz, descolgué mi cuadro y bajé las escaleras con una sonrisa de oreja a oreja y saludando. Creo que no parecía Escarlata, estaba más a medio camino entre Lina Morgan y Norma Duval con treinta centímetros menos pero la felicidad era sin duda real, auténtica y casi casi casi tan absoluta como si me hubiera tocado el euromillones. 

Después de siete mil quinientos setenta y ocho días y un millón de kilómetros, hoy dejo de trabajar en los libros de colores. Mañana empiezo en un sitio nuevo, con un proyecto que me apetece todo y un equipo maravilloso. A partir de mañana me espera un trabajo nuevo al que podré ir andando desde mi casa cruzando el Retiro. 

En los libros de colores nació Cosas que (me) pasan y de Cosas que (me) pasan y las redes sociales ha surgido esta oportunidad. Mi yo de 2008 no podía saberlo y es mejor que no lo supiera. 

«Things happen automatically. That´s nice» 

Las cosas (me) pasan porque sí y eso es, a veces, maravilloso. 

Estoy feliz. 

jueves, 26 de agosto de 2021

Experimento. Jueves, 26 de agosto.

El baño de esta casa tiene una ventana enorme que da a una calle de acceso a la playa con un chiringuito de helados justo enfrente. La ventana, además, tiene cristal normal así que si quisiera, podría dar el espectáculo mientras me ducho o leer los precios de los Magnum mientras me lavo los dientes o hago otras cosas. No quiero y cierro la persiana hasta abajo. Qué raro es un baño con persiana. Me despierto con un mensaje de Clara a 9000 km hacia el oeste y otro mensaje de mi amigo Maikel, a 17.500 km hacia el este. Maikel me cuenta su experiencia en Seattle en el año 95. Me río a carcajadas imaginándole trabajando en un resort tipo Dirty Dancing en el Monte Rainer. Clara ve el Monte Rainer desde la habitación de su cuarto y yo me mareo tratando de calcular si Maikel me escribe desde mañana, yo hablo con Clara hoy que recibirá mis mensajes ayer.


Ayer conduje seis horas yo sola y lo disfruté. Atravesé la meseta rumbo a Almería por autopistas de peaje en las que no había nadie. Por primera vez, desde que tengo mi coche, utilicé el control de velocidad. Muchas primeras veces este verano. Escucho un podcast argentino, tan argentino que me para a descansar  en Tobarra  con miedo a dirigirme al camarero llamándole vos. En la entradilla de uno de los episodios hablan de un programa de televisión que empezaba con un ballet de chicas heterogéneas. ¿Qué habrá querido decir el presentador? ¿Qué son chicas heterogéneas? De vuelta en el coche pienso en la cantidad de palabras cuyo significado desconozco… escuchar un podcast argentino exige bastante imaginación. El podcast se llama Basta chicos, la vida de Ricardo Fort, una especie de Pocholo argentino mezclado con Willy Wonka, celebrity por decisión propia, estrella de la tele, polémico de YouTube y carne de meme una vez muerto. 


Escribo esto desde una casa pegada a la playa, tan pegada que si doy dos pasos meto los pies en la arena. Escucho las olas desde la cama, me he encontrado con mi amigo italiano y, como no todo puede ser idílico, cada bañista que pasa me mira. Quizá piensen:  ¿qué hace esa señora tecleando como una loca en vez de bañarse? 

domingo, 22 de agosto de 2021

Experimento. Domingo, 22 de agosto

Domingo, 22 de agosto


On the first day of every month, I pick a poem, and then I read that poem every day that month. 


Leo un artículo de un tal Eliott Holt con el ordenador en las rodillas, sentada en el porche, disfrutando de que en esta casa, que siempre es un ir y venir de gente, solo estamos tres personas y dos perros. Además, los vecinos ruidosos que entienden el fin de semana como una ocasión excepcional para demostrar a todo el mundo que sus gustos musicales son espantosos parecen haberse marchado. Es pronto, 22 de agosto, pero quizás algunos de los que solo vienen en verano ya no estén mañana. A lo mejor mañana esto empieza a vaciarse, a quedarse en silencio. 


Leo el artículo en el que Eliott comenta este hábito y me parece buena idea. Nunca he sido lectora de poesía, no sé leerla y no sé apreciarla. De vez en cuando, brujuleando por internet, encuentro un poema que me gusta y tras leerlo un par de veces lo copio en mi cuaderno y nunca más. Lo olvido y me da mucha rabia. A lo mejor el plan de Eliott me funciona. Por un lado es poco ambicioso: leer doce poemas al año me parece algo a mi alcance pero, por otro, presenta un escollo bastante importante. O dos pero vayamos primero con el primero (lo sé, lo sé, pero me gusta como suena). Leer todos los días un poema necesita encontrar un tiempo en mi día para hacerlo, esto es complicado. Lo sé por experiencia, ya me ha pasado más veces. «Voy a escribir en mi cuaderno todos los días algo, lo que sea» y sin darme cuenta, pasan seis días sin haber escrito nada. No es que no se me ocurra nada, es mi cuaderno puedo escribir: caca, culo, pedo, pis o Juan es idiota y no importaría. El problema no es el qué, sino el cuándo. Para esto he descubierto, a base de ir dejando un reguero de hábitos interesantes abandonados por el camino, que lo mejor es elegir un momento del día. Lo sé, lo sé, estoy sonando a una de esas cuentas de «reordena tu vida» pero para nada es ese rollo. Si yo digo «voy a leer todos los días un poema» no va a funcionar. Si pienso «todos los días cuando me meta en la cama y justo antes de coger el libro, voy a leer un poema» tampoco a va a funcionar, tendré demasiadas ganas de lanzarme a mi libro y el poema se deslizará por mi vista sin fijarme, será una pérdida de tiempo. Pero si digo «cuando me siente con el té,  a desayunar, voy a leer el poema» es posible que funcione.  Mientras disfruto de este rato de paz completamente inesperado me doy cuenta de que el tiempo que más me pertenece es el de la mañana, el de madrugar, el que existe entre que me despierto y alguien me ve. 


El segundo escollo es elegir el poema cada mes. No tengo ni idea de por donde empezar: ¿leo muchos hasta encontrar uno que quiera aprenderme de memoria? ¿Reviso mi cuaderno con los que he ido apuntando? ¿Pido ayuda? ¿Elijo al azar? Tengo ocho días para elegirlo antes de tener que madrugar para intentar adquirir este hábito. 


También tengo ocho días para desistir. 


PD: Si llegáis aquí desde FB que sepas que me estoy pensando cerrar FB y dejar de publicar allí. 

jueves, 19 de agosto de 2021

Dieciséis años a distancia


«Eso es un problema de Clara del futuro. Clara del presente no tiene porqué pensar en ello» Esta ha sido tu filosofía de vida este año y, con ella, has conseguido algo impensable, que yo deje de preocuparme con anticipación. He aprendido de ti a pensar «este es un problema de Ana del futuro, ahora mismo no tengo que pensarlo». 

Tus quince años han sido una espera muy larga, un paréntesis entre el confinamiento y la gran aventura de tu vida que empieza el próximo martes. «He preparado un power point para convenceros de mandarme a Estados Unidos» Se me cayó la mandíbula al suelo. Me sorprende el difícil equilibrio que mantienes entre dormir trece horas y una siesta y tu constancia y dedicación a las cosas que te interesan: el baile, la guitarra, los anime, los manga, las curiosidades históricas, las películas de "girar la cabeza" y tu próximo curso en Puyallup.

«¿Estás escribiendo mi post?» No sé muy bien que escribir este año. Si pienso en estos doce meses la imagen que me viene a la cabeza eres tú, con tu camiseta negra enorme en la que pone RE, paseando por casa y lamentándote porque «mamá, ¿te das cuenta de que porque hace veinte años papá y tú os enamorasteis, yo ahora tengo que ir al colegio? No me parece justo». Algunas veces tienes unos argumentos que, pueden ser estúpidos, pero son tan inesperados, tan oblicuos, tan tú que me dejan fuera de juego. Otras veces haces preguntas para las que no tengo respuesta «Mamá, ¿cual es tu mayor virtud?» y trato de ganar tiempo devolviéndotelas. «¿Y la tuya?». «No sé, tengo quince años, no tengo todavía ninguna destacada». Pelota, set y partido. 

Dentro de cinco días te vas a Puyallup y vamos a pasar tus dieciséis años separadas por ocho mil quinientos treinta y cinco kilómetros. La Ana de hace unos meses estaría preocupada por cómo lo vamos (voy) a llevar, por si te pasa algo, por si estarás bien, Ana de hace cinco meses estaría agonizando pensando en todo lo que te va a echar de menos, pensando en si tú la vas a echar de menos... pero la Ana del presente está nerviosa y deseando que llegues allí y empieces tu gran sueño. Ya me preocuparé de todo lo demás cuando llegue, si es que llega. 

Tengo ganas de saber qué nos contarán nuestros yos  del futuro, de 2022, sobre tus dieciséis años en la tierra de Kurt Kobain, de Pearl Jam y de la montaña más alta de Estados Unidos (quitando Alaska). 

Feliz cumpleaños, mi princesa pequeña. Empieza tu gran año. 

miércoles, 18 de agosto de 2021

Experimento. Miércoles, 18 de agosto


Martes, 17 de agosto


El día que volvimos de Cicely, mientras hacía la mochila, escuché un episodio del podcast Today in Focus en el que hablaban de las razones por las que estamos todos enganchados a la cafeína. El tema no me interesaba especialmente pero necesitaba un contenido ligero que durará más o menos media hora que era el tiempo que iba a durar mi recogida de ropa y demás. En el episodio entrevistaban a un periodista que ha escrito un libro sobre la historia de la cafeína, como llegó a estar presente en el día a día de millones de personas en todo el mundo y sus efectos beneficiosos. El episodio no tenía más interés que ese pero su escucha coincidió con un pequeño cambio que he realizado en mi rutina diaria: he dejado el único café que me tomaba al día, ahora desayuno té negro con una nube de leche. ¿Por qué? Porque sí, porque sentía que me apetecía, que el café me daba pereza. No hay en mi decisión ningún afán saludable ni ningún pensamiento de cambio de dieta ni nada por el estilo, sencillamente me parece que me he cansado del café y me apetece el té. No ha sido un cambio traumático ni mucho menos, ni rompedor ni extraño. Hoy, mientras me preparaba el té de la mañana he recordado que mis hermanos y yo siempre hemos tomado té porque mi madre nos introdujo en él de muy pequeños. 


Algunas tardes de invierno, cuando hacía mucho frío y volvíamos del cole, mi madre decía: ¿tomamos el té? Por supuesto, la primera vez que hizo esa pregunta nosotros no sabíamos de qué hablaba o, como mucho, en mi caso conocía el té por las novelas de Los Cinco. A mi madre no se le puede decir que no porque es una opción que no se contempla y porque cuando quiere convencerte de algo lo hace muy bien. En las tardes de té, abríamos la mesa, poníamos un mantel diferente del de la comida, con servilletas diminutas y sacábamos el juego de te de porcelana blanca con dibujos azules que, por supuesto, todavía seguimos usando aunque las tazas nos parezcan ridículamente pequeñas. Mi madre hacía el te y, mientras tanto, nosotros sacábamos las galletas de vainilla (esas que venían en una caja roja con dos pisos y eran un hito gastronómico), la mantequilla, la mermelada, las cucharillas diminutas, el azucarero a juego y buscábamos el pan de molde. No se en las demás casas pero en la nuestra el pan de molde era un lujo, no se usaba a diario ni mucho menos, pero para el té las tostadas siempre eran de pan de molde. A veces si la merienda iba a convertirse en merienda-cena, poníamos quesos y jamón. 


Mi madre nos enseñó a tomar el té. A templar la tetera antes de echar el agua hirviendo, a verter solo un poco de agua primero para que las hojas se vayan al fondo y a esperar los minutos correspondientes. Ella lo toma siempre con una rodaje de limón y mucho azúcar. Mi hermana lo toma igual que ella. Mis hermanos y yo con una nube de leche. Yo sin azúcar desde mi primer año en Irlanda. 


Siempre hemos tomado el té. Durante el confinamiento mi madre y yo, las chichas de oro, lo tomábamos cada tarde a las seis y, cuando estoy sola, me gusta tomarlo mientras leo, a veces acompañado de una torta de aceite o un trozo de bizcocho. Cuando nos reunimos todos en invierno siempre merendamos tomando el té aunque ahora la única que usa las tazas minúsculas es mi madre. A mí me gusta tomarlo en una taza grande de borde grueso que en su día tenía unos barcos veleros pintados que ya han desaparecido. El mantel, las servilletas minúsculas y las bandejas con bollos y tostadas siguen siendo obligatorios. 


Ahora desayuno té y me parece un nuevo comienzo. Quién sabe, a lo mejor, con un poco de tiempo recupero el mantel de hilo y los platitos para el desayuno. 





lunes, 16 de agosto de 2021

Experimento. Lunes 16 de agosto

Leo sobre una especie de Mary Poppins mezclada con la Niñera Mágica que está haciendo furor en Inglaterra entre padres que no consiguen que sus hijos duerman. En el artículo se habla de sus métodos y de las distintas corrientes que existen sobre cómo enseñar a tus hijos a dormir. A mí todo esto me pilla ya lejísimos y, en su día, me pilló muy de refilón porque mis hijas fueron y son de buen dormir, de muy buen dormir. Son campeonas olímpicas del sueño, Premio Nobel, califas del sueño. El año pasado, en uno de nuestros viajes, jugamos a elegir un super poder cada uno. Yo elegí poder dar descargas eléctricas, como las anguilas, a la gente que me cae mal. (Tenían que ser superpoderes que existan en la naturaleza). Juan dijo que a él le gustaría tener el super poder de los perros de dormir en cualquier momento, cuando quisiera. Las niñas dijeron a la vez: nosotras ese ya lo tenemos. Y es verdad. No es solo que puedan dormir doce, trece o catorce horas del tirón, es que en cualquier momento deciden que quieren dormir,  se tumban, cierran los ojos y se duermen. Así de fácil. 


Mis hijas cuando duermen se van muy lejos. Todavía, con lo mayores que son, me gusta verlas dormir. Las envidio. Están más allá de mí, de nuestra relación, de sus vidas conscientes, de sus amigos, de sus problemas, de todo. Cuando duermen están en otro mundo del que, por otro lado, es complicadísimo sacarlas. Alarmas, despertadores, ruidos no suelen funcionar. Hay que insistir varias veces hasta conseguir que emerjan de ese lugar en el que están y cuándo, por fin, abren los ojos creo que no me reconocen. Me gusta tanto verlas dormir que en vacaciones nunca las despierto. Creo que es por eso y porque mi madre nunca nos dejó dormir a placer, a las diez y media de la mañana como muy tarde había que estar desayunando. En esta casa, en la escalera hay una campana colocada en el piso de arriba con el extremo e la  cuerda en el piso de abajo, justo pegado a la puerta de la cocina. Mi madre la hacía sonar con todas sus fuerzas para hacer que nos levantáramos. Era un sonido tan desagradable que te levantabas antes solo por ahorrarte ese suplicio. 


Dicen en el artículo que no se sabe qué consecuencias a largo plazo tiene cualquiera de esos métodos para enseñar a dormir. Si dejas que duerman cuando quieran quizás sean un caos de mayores, si eres estricto y los dejas llorar quizás piensen que no les quieres y acaben en terapia por problemas con la autoridad, quizás piensen que nadie les quiere, si los coges en brazos quizás se conviertan en pequeños tiranos. Claro que no se sabe y pretender saberlo es una majadería. Todo lo que somos y vivimos tiene alguna consecuencia a largo plazo, la que sea. Una consecuencia que puede ser la suma de varios factores o la falta de alguno de ellos. Es absurdo pretender saber cómo va a ser tu hijo en el futuro por la forma en la que le enseñes a dormir o porque decidas que no le vas a enseñar y ya veremos que pasa. No tienes ni idea de cómo será tu hijo. Y es mejor no saberlo, es mucho más divertido, mucho más reconfortante porque hace que la vida con tus hijos sea un continuo descubrimiento. Modelar a nuestros hijos es una majadería, una pérdida de tiempo y una fuente continua de frustración. Enséñales lo que tú quieras, lo que consideres mejor y siéntate a ver qué pasa sin esperar que hay un causa efecto en tus actos. 


Mi madre tocaba una campana y yo ahora dejo dormir a mis hijas hasta la hora de comer. 



domingo, 15 de agosto de 2021

Experimento. Sábado, 14 de agosto

 

Sábado 14 de agosto.

Ian Coss conoció a su novia en el último año del instituto, salieron varios años, más tarde pasaron un año separados, él en Indonesia y ella en Japón, para ver si de verdad querían estar juntos y tras esa separación decidieron casarse. Ian se dio cuenta entonces, supongo que ante el abismo del “para siempre” de que todos los matrimonios de su familia habían terminado en divorcio: sus padres, sus abuelos por ambos lados, sus tíos maternos y paternos, sus tíos abuelos. Unos se habían divorciado poco después de casarse y otros tras treinta años de convivencia pero en su familia no había ni un matrimonio que hubiera sobrevivido. Un panorama un poco aterrador si te pones a pensar en cosas como “quien a los suyos se parece, honra merece” o “de tal palo, tal astilla”. Aún así y con estos antecedentes, él y su novia decidieron casarse. 


Hace un año, supongo que después de haberlo rumiado durante mucho tiempo, Coss se embarcó en una serie de charlas con todos sus familiares para hablar de matrimonio, de pareja, de divorcio y con todas esas horas de charla ha hecho un podcast que se llama Forever is a long time, un título maravilloso que resume, para mí, la esencia del matrimonio y su dificultad. Para siempre es mucho tiempo. 


El resultado de estas conversaciones podía haber sido un espanto, un aburrimiento supremo lleno de lugares comunes o frases de autoayuda pero no lo es para nada. Cada uno de los cinco episodios recoge una charla con unos de esos familiares, unas conversaciones que son siempre sinceras, interesantes, emocionantes y con las que es imposible no identificarse, no resonar en algún momento. 


Me llama muchísimo la atención la sinceridad con la que los americanos hablan de sus relaciones. Me deja loquísima que les parezca muy inapropiado tocar a alguien en un brazo pero sean capaces de reconocer ante un público al que ni siquiera ven que “supe desde antes de casarme que me divorciaría” o “siempre pensaba que las cosas ahora no eran como tenían que ser pero que en uno o dos años llegarían a ser como yo quería”. Con estas y otras muchas frases me he sentido identificada y creo que si todos tuviéramos un acercamiento al final de las relaciones más reflexivo y sincero, esos finales serían más fáciles para todos (dentro de su dificultad) . Terminar una relación no es fácil, reconocer que desde el principio supiste que terminaría es aceptar que tú yo del pasado saltó por encima de una certeza buscando algo que pensó que estaba en el futuro. ¿Qué era ese algo? ¿Por qué lo querías? ¿Por qué en ese momento te pareció importante? Todo ese trabajo intelectual hay que hacerlo al terminar una relación porque si no lo haces no aprendes nada. 


En la familia de Ian Coss hay todo tipo de casos.  La historia de su abuela tiene un poso a Dirty Dancing porque conoció al abuelo en uno de esos lugares de vacaciones americanos pero además ella había sobrevivido al Holocausto y acabó divorciándose en México tras marcharse a Europa y escribir una serie de cartas  en las que reflexiona sobre lo que debe ser, para ella, una relación. La abuela tiene ahora más de noventa años y es un placer escucharla. Mi favorito es el primer episodio en el que habla con sus padres por separado es emocionantísimo y un prodigio de montaje. Les pregunta cómo se conocieron y monta la historia con cortes de voz superpuestos de cada uno de ellos. Ni siquiera dentro de la misma relación las sensaciones, los recuerdos o los sentimientos son las mismos. El padre habla además del día que le dijeron a Ian y a su hermano que se divorciaban y cómo es un recuerdo que no le abandona, que permanece vívido en su memoria. 


Yo también me acuerdo del momento en el que se lo dijimos a nuestras hijas. No se me olvidará nunca. 




Os recomiendo muchísimo el podcast. Son cinco episodios de media hora.