lunes, 3 de octubre de 2022

Lecturas encandenadas. Septiembre

 Lo único que se me ocurre para empezar este post es que sueño con jubilarme. De verdad, sueño con dejar de trabajar y disponer de horas y horas de ocio para dedicarme a leer todo lo que quiero. Quiero jubilarme y que me parezca, como le pasa a todos los jubilados que conozco, que una semana está ocupadísima porque tengo una cita para comer y una visita al médico. Quiero no saber si es lunes o jueves y que el calendario laboral, las fiestas nacionales, de mi comunidad y locales me den exáctamente igual. Quiero poder coger aviones en martes por la mañana y en jueves por la tarde. Quiero mi tiempo. Con suerte solo me quedan diecisiete años para conseguirlo pero mientras llega ese día, ese lujo, vamos con lo que he leído en septiembre que ha sido poco. 

Esa visible oscuridad de Willliam Styron fue una relectura. Lo leí por primera vez en 2008 y cuando vuelvo a esa entrada me leo despreocupada, comentando la depresión post parto que tuve cuando nació María como si fuera algo a lo que no iba a volver jamás. Ja. En aquel entonces lo leí, me identifiqué con algunas de las cosas que contaba pero no sabía que volvería a recordar ese libro, que durante muchos días, semanas, meses hasta un total de un par de años, lo recordaría pero no me atrevería a volver a él por miedo a verme demasiado, a no encontrar allí una salida sino una confirmación. Cuando escribí Los días iguales, no volví a él, me seguía dando miedo así que solo retomé las notas que había tomado en 2008 para incluir alguna cita. Este año, en la Feria del libro Antiguo (los que seáis de Madrid, acaba de inaugurarse la de Otoño y es una manera fantástica de conseguir libros baratos) del mes de mayo, lo vi y lo compré. Ahora sí quería releerlo. 

Ha sido una relectura interesantísima. Coincido en mucho de lo que magistralmente cuenta Styron. No recordaba, por ejemplo, que él también hablaba del ciclo diario de la depresión, de como, a lo largo de las horas, se suceden los periodios durísimos con otros de calma chicha en los que quieres creer que estás mejor. Para él su peor momento era la noche, para mí era la mañana. Hbala también del cansancio físico extremo del que nadie te advierte o de la modificación de tu voz que se vuelve fina, casi quebradiza e impercetible. Vas desapareciendo como persona y te vas borrando, dejas de oirte. Styron habla también de esa sensación de que te todo te da igual, hacer o no hacer, ir o no ir a los sitios, todo te da igual porque todo va a ser doloroso. No hay descanso, no hay tregua, no hay calma. Como siempre digo: te duele vivir. 

«La voz de la depresión; en el vórtice de mi sufrimiento más intenso, yo mismo había empezado a tener esa voz de viejo»-

En el libro Styron trae la definición de depresión de William James que habló de ella como «Es una zozobra positiva y activa, una especie de neuralgia psíquica enteramente desconocida en la vida normal». Para mí, la palabra zozobra es fundamental para definir la depresión porque realmente no sabes qué te pasa, ni que te duele, ni por qué te duele ni como curarte. Vives en un permanente estado de inquietud, dejas de saber quien eres, que quieres, que te gusta, a quien quieres. Esa «neuralgia psíquica» te despoja de tu yo y no sabes quien eres. Vives sin anclajes a la realidad más allá de tu sufrimiento extremo. 

«La tortura de la depresión grave es totalmente inimaginable para quienes no la hayan sufrido, y en muchos casos mata porque la angustia que produce no puede soportarse un momento más.»

Styron se acabó curando, como casi todo el mundo. Acudió a terapia y estuvo ingresado en una clínica. «Para mí, los verdaderos médico fueron la reclusión y el tiempo». Así es, aislarte de las obligaciones, descansar, ser, convertirte en un paciente y esperar, es lo que te cura. Lo digo siempre, igual que no se puede hacer vida normal cuando tienes neumonía, una pierna rota o lepra, tampoco se puede hacer vida normal con una depresión grave. 

«Misteriosa en su llegada, misteriosa en su sida, la aflicción sigue su curso, y uno encuentra la paz». Nunca será para siempre, esa paz siempre estará alerta porque como también dice Styron: «La depresión posee el hábito del retorno. [...] Es de una enorme importancia que a quienes sufren un asedio, acaso por primera vez, se les hable -se les convenza, más bien- de que la enfermedad seguirá su curso y ellos saldrán del trance.»

En fin. Hay que leer a Styron. 

Memorias habladas, memorias armadas de Concha Mendez, escritas opr su nieta Paloma Ulacia Altolaguirre. Este libro lo compré en la Feria del Libro siguiendo las recomendaciones de Marina. Me ha gustado regular, sin más. Como libro, como obra de literatura tiene un valor digamos limitado. Leer estas Memorias habladas e es como sentarte a escuchar las historietas que tu abuela te va contando según se acuerdo y según las va hilando. Esto es justamente lo que hice Paloma Ulacia, nieta de Concha Méndez, sentarte con ella y anotar lo que le iba a contando. Más que unas memorias es un registro escrito de una vida, interesantísima e increíble sin duda, pero al que le falta, como a todo registro, emoción y piel. A esto se suma que lo que recuerda Concha, lo que recordamos todos cuando pasan los años, deja fuera la parte trágica, dolorosa, el drama, la tristeza y te quedas solo con esos recuerdos que has limado y pulido a fuerza de manosearlos para que te no te duelan. ¿Estoy diciendo que Concha Méndez olvidó la guerra, el exilio, las penurias? No, para nada. Digo que no le apetece recordarlas ni contarlas y está en su derecho a no hacerlo pero eso al lector, a mi, le deja un poco frío. Estas memorias son, como decía antes, algo frías. Son una vida contada más que una vida vivida. Su nieta la describe al comienzo del libro y anticipa con esa descripción lo que va a hacerte sentir el libro: 

«La risa y el misterio juntos era siemper ella. Se esperaba que dijese más cuando ya lo había dicho todo»

Y ella misma lo dice en un determinado momento. 

«Tengo un concepto de la vida extraño, bueno, no es extraño, es mío. Creo que no es oncepto, es algo que he aprendido viviendo. La vida es un camino. Al nacer, nos encontramos con los padres y los hermanos que nos acompañan. Luego, más adelante, con los chicos del colegio. Seguimos el camino.  Y todo según lo encotnramos, después lo perdemos: a la familia, no. Más adelante, uno encuentra amores y amigos. Pero llega el momento en que cada vida es un destino: mi camino es mío, el camino de la gente que encuentro es otro. Los caminos paralelos no se tocan. Hay un momento de fuga: nos separamos y no hay más remedio: mientras tanto, hemos estado juntos. El momento de fusión es lo que importa: luego, el recuerdo de aquel momento. Así pasa con todo: con el matrimonio, dos personas se casan y luego el destino las descasa: así pasa. Todo esto hasta el final, cuando se corta el sendero, a la edad que sea; si se ha llegado a viejo, los puntos de intersección son muchos: tantos y profundos. Yo nací en el 98, en el siglo pasado, en todo este tiempo he vivido muchísimo y, además, muy aprovechado».

De eso se trata, de aprovecharlo. 

Estas Memorias habladas de Concha Mendez están bien para conocerla a ella, su papel como intelectual antes de la guerra y la vida en el exilio. Y se leen con facilidad. 

En la feria del libro antiguo en mayo también compré Amistad de juventud de Alice Munro que me ha gustado muchísimo. En 2013 leí Demasiada felicidad que me encantó y me apetecía volver a esta autora canadiense. Me reafirmo en todo lo que escribí hace nueve años, que pedazo de escritora es la Munro y como me gustan sus relatos. Es buenísima. Sus historias no se parecen a las de nadie más, parece tener el superpoder de con un chasqueo de dedos meter mágicamente al lector en el mundo que retrata cada uno de ellos como hacía Mary Poppins con los niños al meterlos en los dibujos de Bert. Empiezas a leer y, sin saber cómo, estás sentada con los personajes en su mesa de la cocina asistiendo a sus diálogos, estás en medio de una cena de matrimonios en la que ellos no ven a sus mujeres, vas en coches en los que se completan infidelidades con amantes que no son más que "ejercicio", como dice una de las protagonistas de uno de los cuentos de este volumen. Con Munro no lees los relatos, no los ves desde fuera, estás en ello, en este caso con todas esas mujeres que son o fueron amigas y cuyas amistades, de alguna manera, las hicieron quienes son. 

Otra cosa que hace Munro en esta colección de historias de amistades es derivar la historia de un personaje a otro, haciendo que el lector acompañe a cada uno casi sin darse cuenta hasta que lo piensa y dice «pero...¿yo no había venido aquí con Anne?» Y sí, habías llegado a la fiesta con Anne pero las vidas de todos, las de los personajes de los relatos y las nuestras, se entrelazan con hilos visibles y también invisibles que en este caso solo Munro ve y decide guiarnos por ellos. 

Todos los relatos, menos uno, me han gustado muchísimo, especialmente tres: Manzanas y Naranjas, ¡Oh de qué sirve!, El día de la peluca y De otro modo. 

«Con Ben había entrado, cuando los dos eran muy jóvenes, en un mundo de ceremonia, de seguridad, de gestos, de disimulo. Apariencias ingenuas. Más que apareciencias. Tretas ingenuas. (Cuando se fue pensó que nunca más utilizaría tretas). Había sido feliz alli, de vez en cuando. Había estado triste, inquieta, desconcertada y feliz. Pero dijo con mucha vehemencia. Nunca, nunca. «Nunca fui feliz» dijo. 

La gente siempre lo decía. 
La gente hace cambios trascendentales, pero los cambios que se imagina».

Leed a Alice Munro por el amor de Dios. 

Y con esto y la promesa de que por fin llegan los días más cortos, hasta los encadenados de octubre. 

jueves, 29 de septiembre de 2022

Yo sé usar el entretiempo

En verano se pasa calor.

En invierno se pasa frío.

En el entretiempo se pasa frío y calor. 

A mi me parece algo sencillisimo. Algo que podría venir explicado en un libro de Teo o en un episodio de Caillou. Hay meses en los que pasas mucho calor, en otros te congelas y hay alguna semana en el año en el que pasas las dos cosas alternativamente. No me puedo creer que tenga que escribir sobre esto pero me veo empujada a ello por mi voluntad de servicio público y por la vergüenza ajena provocada  por el confusionismo estilístico que he visto esta semana por la calle. Aclaremos que en Madrid, la ciudad que me tortura, el entretiempo en primavera dura una mañana. En otoño puede durar semanas que, además se alternan con coletazos de verano. Ahora estamos en Madrid en una de esas semanas y eso implica que escojas la ropa que escojas solo vas a estar cómodo y con una temperatura corporal correcta un par de horas al día. Si sabes usar la ropa de manera inteligente y no como si el escaparatista de Mango te hubiera tirado la ropa a la cabeza, puedes conseguir ampliar el rango de comodidad y, además, no parecer que has salido de casa vestida ideal pero que te has dejado el cerebro en la mesilla. 

En entretiempo sea de otoño o de primavera hace mucho frío por la mañana y mucho calor por la tarde. Ese mucho puede llegar a ser muchísimo, a ser una barbaridad y no se puede hacer nada para evitarlo (te puedes ir a vivir a un sitio sin estaciones pero yo, sinceramente, no lo recomiendo). Hay que apechugar con ello igual que en lo más crudo del invierno lidias con llevar la punta de la nariz congelada. Gajes del oficio y de vivir en el hemisferio norte. Al grano. Cosas que no son de entretiempo: las botas altas, las bufandas de lana, los gorros, los guantes, los jerseys de cuello vuelto, los pantalones de lana, los abrigos de paño, los plumas que la gente se compra como si fuera a ir al Anapurna cada tarde y, por favor, los vestidos de punto con botas de cordones de cuero y las camisas de franela de leñador de Wisconsin. No, no y no. Y que no. Que no. «Es que yo luego paso mucho frío» Me da igual, alma de cántaro. Si te pones el gorro de estibador, la bufanda y el punto cuando a mediodía va a hacer 26 grados..¿que te vas a poner en diciembre? ¿te vas a echar a tu madre a la espalda para que te de calor humano? ¿vas a atarte el edredón como una capa? Tampoco vale irse al otro extremo. Ni chanclas, ni camisetas de tirantes, ni pantalones cortos, ni tops, ni bikinis, claro. «hala, que exagerada, nadie lleva bikini» Ja. 

Alguien me dijo el otro día que el entretiempo era un coñazo y puede ser, pero a mí me gusta. Es además la temporada del año en el que puedes ponerte ropa que, en realidad, no sirve para nada. El ejemplo perfecto de esto es la cazadora vaquera, la prenda más inutil del mundo mundial que sin embargo en entretiempo se vuelve indispensable (parezco una revista de modas). La cazadora vaquera no abriga una mierda, es como echarte por encima un periódico pero la cazadora vaquera da un calor de mil demonios en cuanto la temperatura sube un pelín. Y además pesa. Y abulta. Es inutil pero pero pero...en esta semana en Madrid, es perfecta. Lo mismo pasa con las converse de mis amores: en verano se te cuecen los pies y en invierno se te ponen azules pero ahora, ahora son también perfectas. Y en este saco meto también las cazadoras de cuero, las gabardinas y los impermebales (incluído el mío de ser feliz): todo precioso, todo estiloso, todo incompatible con el calor, todo incompatible con el frío porque es TODO DE ENTRETIEMPO.

A lo mejor me gusta el entretiempo porque es el único momento del año en el que considero que mi dominio de la moda es aceptable. Yo sé usar el entretiempo y miro con absurda superioridad moral a toda esa gente que va sudando enfundada en punto y a toda esa gente que lleva los pies azules y los brazos con piel de gallina. En serio, si yo puedo hacerlo, vosotros también. 



lunes, 26 de septiembre de 2022

Yo soy de febrero

 Cuando eres pequeño, muy pequeño, no sabes que existen los privilegios. Lo que te rodea, como se hacen las cosas en tu casa, lo que se come, lo que se dice, como se come, como se habla, como se abraza, te parece lo normal, así debe de ser en todas partes. Un poco más adelante, empiezas a darte cuenta de que esto no es así y, en ese momento, además, percibes no los privilegios que tienes si no los que no tienes. Cuando uno se compara y es algo que aunque esté feísimo (eso nos decía siempre mi madre) uno siempre mira hacia arriba. ¿Por qué mi compañero puede llevar esas zapatillasy yo no? ¿Por qué puede ir a Eurodisney y yo no? ¿Por qué tiene un cuarto para ella sola y yo no? y esto se mantiene toda la vida. ¿Por qué mi compañera de curro gana más que yo? ¿Por qué no engorda si come como una lima? ¿Por qué siempre acierta con la ropa que lleva? Y así con mil mierdas más. Vuelvo a la infancia adolescencia. Uno percibe primero lo que no tiene y le cuesta mucho darse cuenta de lo que sí tiene, de los privilegios, llamemoslo mejor ventajas, que sí posee y que toda su vida ha dado por supuesto. Desde mi experiencia personal creo que los jóvenes de ahora y me baso en la minúscula muestra de mis hijas y su círculo de amistades son más conscientes de lo que yo o mis amigos lo éramos a su edad. Se habla de que las redes te hacen ver una realidad que no existe y a la que quieres aspirar pero también te muestran la realidad que, probablemente, hace treinta años podías ignorar alegremente porque ¿quién te la enseñaba? ¿cómo ibas a conocerla? No quiero comparar generaciones ni mucho menos, eso es una majadería inmensa que no lleva a ninguna parte pero, como decía antes, sí creo que muchos jóvenes ahora son más conscientes de sus ventajas de lo que yo lo era a su edad. 

Las ventajas que puedas tener dependiendo de dónde o cómo hayas nacido son infinitas. Están las obvias: el dinero y la familia a la que perteneces. Estas son evidentes y si no eres Tamara Falcó, o alguien de su círculo, a poco que tengas riego cerebral eres consciente enseguida de que gozas de esos comodines. Hay otras menos obvias y que se aprenden con el tiempo y la cultura: el lugar en el que hayas nacido (hablo de España...que es mejor haber nacido en Europa que en la India es algo que también aprendes pronto), dónde estaban tus abuelos cuando estalló la guerra, si tus padres fueron o no a la universidad, tu raza y la de tu familia, si tu madre trabajó en algún momento de su vida, los profesores que te tocaron en el colegio, si te has criado en una ciudad o en un pueblo, si tienes mucha familia o poca. Cada circunstancia de tu vida puede proporcionarte una ventaja o una desventaja. Nada es absoluto, con una mano de comodines tu vida puede ser una absoluto desastre y, por lo mismo, con una mano desastrosa puede que seas inmensamente feliz... pero las ventajas dan eso, ventaja. Si te toca ser tortuga y no liebre, puede que ganes alguna vez pero la liebre tiene todas las de ganar si no dilapida esa ventaja. Y, en cualquier caso, ganar siempre le costará menos. 

¿A donde voy con todo esto? Pues a un podcast, claro. La semana pasada en este episodio de Revisionist History realizaban un experimento con estudiantes universitarios a los que tras una serie de preguntas les asignaban un número. Luego, les preguntaban si sabían de dónde salía ese número. Les costaba bastante descubrirlo pero al final, y estoy resumiendo mucho, la cifra asignada a cada uno respondía al nivel de ventaja que, en los resultados académicos de toda su vida, les había proporcionado el mes del año en el que hubieran nacido. No descubro la pólvora para todos aquellos que tienen hijos nacidos a finales de año. En los primeros años de la infancia, yo diría que hasta las doce o trece, la diferencia entre un niño de enero y uno de diciembre es abismal en todo,  en lo físico y en lo psicológico. Por supuesto esto no quiere decir que la diferencia sea insalvable ni que nacer el 17 de diciembre o el 2 de noviembre te condene a una vida de descalabro intelectual, deportivo o emocional y nacer el 9 de enero te convierta en Einstein (que nació en marzo). (- Inciso anécdota.- en mi primera reunión de colegio hace la friolera de dieciseis años, una madre levantó la mano para decir que como su hijo había sido prematuro necesitaba que alguien le abriera el Actimel. Probablemente ese niño aunque naciera en enero esté ahora convertido en un haragán porque otra cosa que te otorga ventaja en la vida es no contar con unos padres hiperprotectores que te conviertan en una vaso de cristal siempre protegido de todo.- Fin del inciso). 

En el podcast, Malcom Gladwell explicaba que conocer esta ventaja académica tenía una solución bastante sencilla. Considerar los cursos no por años naturales sino de septiembre a septiembre, realizar los exámenes de aptitud a los ocho años (insisto hablaban del sistema americano) no a todos los niños a la vez sino a los de enero en enero, a los de febrero en febrero, etc. Hablaba también de, por ejemplo, aplicar a los resultados tanto académicos como deportivos (en el caso del reclutamiento de chaveles para equipos deportivos) un algoritmo que tenga en cuenta la madurez emocional y física de cada uno. Cuando proponeesta solución a los estudiantes de Princetown, se queda sorprendidísimo (para mi sorpresa) cuando a ellos les parece una idea nefasta. ¿Por qué va un algoritmo a corregir ahora sus resultados académicos? Dan excusas peregrinas como que uno no se puede fiar de los algoritmos o que ellos se han esforzado muchísimo para estar donde están y no les parece buena solución ajustar esos resultados en función de nada. Se merecen estar donde están. Malcom se queda patidifuso. Yo no. Conocer tus ventajas, tus privilegios, muchos o pocos, es un paso importante que muchísima gente no da jamás en su vida, viven aferrados a «yo me lo merezco» (normalmente por algo conocido como «por la gracia de Dios» o cualquier otro oráculo que les convenga) o al «yo he trabajado muchísimo» que implica siempre, aunque no se verbalice, que los demás no se lo han currado tanto. Dar el paso de reconocer que tienes ventajas que te han caído de alguna manera y sin que hayas hecho nada para merecerlas, es importante. Ser consciente de que has tenido suerte y de que por eso no puedes compararte con nadie ni juzgar el esfuerzo de los demás es vital. Ahora bien, apostar por un sistema que invalide tus ventajas o que reparta el beneficio que de ellas has sacado cuesta la vida. Por esto mismo hay gente que no quiere pagar impuestos... 

¿A dónde quiero llegar con esto? No lo sé. Solo quería escribirlo para aclararme. 

Yo soy de febrero. 

domingo, 18 de septiembre de 2022

Ese día de septiembre

 

Ya es ese domingo de septiembre en el que, por fin, se acaba el verano y empieza lo mejor del año. Septiembre, octubre, noviembre, diciembre, enero, febrero y marzo. El resto, para mí, es un trámite de sol permanente y calor innecesario que atravieso como buenamente puedo, saltando de piedra en piedra como en Humor Amarillo o aferrándome de liana en liana para llegar hasta septiembre. Hoy no tengo inspiración para escribir pero tengo tiempo. Y hoy he leído esto de Jennifer Egan: Try to make writing habitual. I think that if we’ve learned one thing in the last two years, it’s that we are very trainable creatures. If you’re out of the habit of writing, it feels really hard to do. And if you’re in the habit of writing it feels weird not to do it. 

Para nadie, y para mi la primera, es una sorpresa que cada vez escribo menos. ¿Por qué? Porque no se me ocurre nada sería una buena justificación. Porque no tengo tiempo sería otra bastante buena. Porque me parece que ya lo he dicho todo también cabría como razón para mi sequia escritora. Pero como dice Egan, nada de eso importa. Si hubiera esperado a tener mucho sobre lo que escribir y horas a mi disposición nunca habría empezado este blog. Puede que ahora sea más autoexigente con lo que escribo. Cuando empecé era joven, sabía que no me leería nadie y ¡que más daba lo que yo dijera! Ni siquiera me importaba si estaba bien o mal escrito porque estaba segura de que estaba mal. ¿Cómo iba a estar bien si jamás había escrito nada?

Hoy también he visto esta viñeta sobre la inseguridad personal, sobre como jamás va a marcharse o dejar de estar a tu lado así que lo mejor que puedes hacer es convivir con ella. La viñeta me ha hecho pensar pero creo que sería más acertado representar la inseguridad personal como una multitud de personajes y no solo uno. Una habitación llena de inseguridades, caracterizados como la familia de los Barba papá (otro cambio con respecto al inicio de este blog es que entonces era joven, ahora sé que mis referencias culturales serían indescifrables para la gente joven que cayera por aquí. Es un problema poco importante porque no caen), de los que te vas haciendo amigo a lo largo de tu vida. La inseguridad física sería de color rosa y con collar de perlas, la inseguridad en tus relaciones sería verde, la inseguridad a la hora de dar tu opinión sería azul y así sucesivamente. La inseguridad existencial que te acosa por las noches esa sí sería negra. De todas ellas, tras un primer encontronazo incómodo, como los son todos en las fiestas, te irías haciendo amiga poco a poco hasta tenerlas dominadas y poder vivir con ellas manteniéndolas a raya. Con algunas, como la inseguridad en tu aspecto físico, acabarías rompiendo la amistad y olvidándola. 

A lo que iba, ¿escribo menos por inseguridad? No. Volviendo a Egan, escribo menos porque no me pongo y no me pongo porque no encuentro el momento y no encuentro el momento porque creo que necesito mucho tiempo o una idea clara antes de sentarme. Nada de eso es cierto. Esto se llama Cosas que (me) pasan y no va de nada más que de las cosas que me pasan o se me ocurren o quiero dejar por escrito. Hoy pensaba, como decía al principio, en que ya es ese día de septiembre en el que pienso que este será el último año en el que a final de mes me iré a Madrid. ¿Es la primera vez que lo escribo? No, porque ya tengo una edad en la que casi todo lo que me pasa o he pensado ya me ha pasado antes. ¿Hasta que edad la mayoría de lo que te ocurre en la vida es nuevo? Esa sería una buena manera de ver la vida, cuando todo empieza a repetirse y solo hay breves destellos de novedad quizá es momento de considerarse mayor. Esta sensación que tengo hoy, domingo de fiestas, es exactamente igual a la que llevo teniendo toda la vida. ¿Puedo escribir sobre ella? Claro pero repaso el blog y mi yo de 2020 lo clavó:

«Ahora ya es septiembre y Los Molinos se va apagando de nuevo. Se escuchan obras de fondo pero la efervescencia sonora del verano va desapareciendo cada día un poquito más, como si alguien fuera apagando poco a poco los interruptores de una casa justo antes de salir: ya no hay casi tráfico, no hay cortacésped, no hay barbacoas ni música. Ahora lo que se oye es el sonido de septiembre que  no se parece a ningún otro. Ha vuelto (o quizás siempre estuvieron aquí pero solo ahora, cuando lo demás desaparece, se pueden escuchar con claridad) como cada año, el canto de unos pájaros determinados que no sé cuales son pero que me lleva a mis ocho, nueve años, a cuando vivíamos todavía en la casa de mis abuelos y al escucharlos me ponía triste porque sabía que pronto tendríamos que volver a Madrid». 

Hace dos años escribía también   

«Los pájaros en septiembre, el ruido de la puerta de la oficina de correos que huele a expectativa, el viento en las ramas del pino del jardín, la moto del cartero, el sonido de los pasos en las calles de tierra, las campanas de la iglesia, el tren de menos viente y el de las y veinte. Eso es lo que tiene Los Molinos y por eso quiero vivir aquí. No se explicarlo mejor.»

Todavía no vivo aquí todo el año pero ya me queda muy poco para conseguirlo. Por ahora me quedo hasta fin de mes. Egan tiene razón. Solo tenía que ponerme a escribir y dejarme llevar mientras la inseguridad sobre si lo que escribo o no escribo importa a alguien se pasea por el jardín. 


miércoles, 14 de septiembre de 2022

Quedar a comer como las Gilmore

Hoy he quedado a comer con mis hijas. Nada especial, no celebrábamos nada, ni hacia mucho que no nos veíamos ni teníamos nada en particular de lo que hablar, solo nos apetecía comer juntas y, los miércoles, es el día en el que nuestros horarios coinciden en esa hora libre a mediodía. 

Quedar a comer con mis hijas. Hay muchas cosas que nunca pensé que diría con respecto a ellas y esta es otra de ellas. Cuando nosotros éramos pequeños o adolescentes, como son ellas ahora, ir a un restaurante era algo exótico, especial, reservado para grandes ocasiones y, desde luego, no quedabas con tus padres a comer.  Lo de quedar solo pasaba en las películas y en Estados Unidos y, casi siempre, en esas comidas se revelaban grandes secretos "mamá, me voy a casar en Las Vegas" o "hijos míos, voy a casarme con mi instructor de aerobic" o "vuestro verdadero padre fue un conde francés". En España, con tus padres, comías en casa con ellos o, como mucho, ibas con ellos a un restaurante o te llevaban.  Yo recuerdo como ocasiones especialísimas las dos o tres veces que mis padres nos llevaron a un italiano que había al lado del Ministerio de Defensa, en Madrid, y en el que aprendí que los canelones Rossini me gustaban menos que los que hacía mi madre. Recuerdo también, con una intensidad especial, un día que después de acompañar a mi padre a comprar un regalo de una lista de bodas en El Corte Inglés de Princesa, me invitó a comer al restaurante de la última planta un arroz maravilloso que regamos con un vino blanco que siempre que vuelvo a tomar me recuerda a él. Aquella vez yo debía tener la edad que tiene María hoy. 

Ahora se puede comer "fuera" en cualquier sitio y casi con cualquier presupuesto. Con mis hijas he ido muchas veces a comer por ahí porque ahora se sale más, es más fácil, hay más restaurantes y el salir a comer ha perdido ese aura de lujo y distinción. ¿Qué era distinto hoy? Que hoy habíamos quedado. Quedar, ir o llevar son tres maneras distintas de ir a un restaurante y no son lo mismo.Ni hemos salido de casa juntas ni yo las he llevado en coche al restaurante, cada una venía de su "vida", de su rutina y nos hemos organizado para vernosporque nos apetecía juntarnos, tener ese tiempo para charlar tranquilamente. ¿Casi como una reunión de amigas? No, siempre pago yo.

Hace un mes o así les descubrí el formato "menú del día" y les parecío maravilloso: «Claro, es que así cunde muchísimo. Por 12,50 comes tres platos» me dijo Clara. Justo debajo de mi oficina hay un sitio que nos gusta, con un camarero calvete majísimo y muy divertido y una comida más que decente, rica y variada. María ha comido ensalada de canónigos y mozzarella y entraña y Clara y yo spaghettis arrabiata y burrito. Al sentarnos se atropellaban a contarme su día, qué ha pasado en el colegio de Clara y como lleva María la Universidad. Como ya está en segundo se siente veterana y mira a los de primero con esa condescendecia que te da saber que esa etapa de no saber la que te espera la tienes superada. Creo que todos la pasamos en su día, apenas un año después de ser novato, te sentías tan experimentado, tan preparado que casi te daba vergüenza acordarte de ti mismo un año antes. En un momento dado María le ha dicho a Clara «eso te pasa por dormir con la puerta abierta» y yo les he interrumpido para decirles «¿no os acordais que cuando estuvimos en el faro de Cape Dissappointment hablasteis de esto, de tener las puertas abiertas o cerradas?» 

No se acordaban en absoluto. «¿Véis porqué escribo un diario? ¿Por qué escribo un blog?»

Al terminar de comer hemos quedado para el viernes y hemos hecho planes para la semana que viene y para el mes de octubre: que series vamos a ver, que días irá Clara a coro, cuantos dias a la semana coincidiremos para cenar, como retomaremos el cineclub de princesas, etc. Nos hemos sentido un poco Chicas Gilmore. He vuelto a trabajar pensando en la suerte que tengo de tenerlas, en lo estupendo que es que ya sean mayores, que me caigan tan bien y que podamos "quedar a comer". Y he pensado que había sido una comida tan normal y, al mismo tiempo, tan perfecta que tenía que escribir sobre ella para no olvidar nunca esta sensación: cada día con ellas es el mejor día. 



viernes, 9 de septiembre de 2022

Un podcast, un recuerdo y un buzón

 

Bajo todos los días a Madrid en coche con mi amiga Mónica. Tras años de evangelización podcastera voy consiguiendo, poco a poco, que mis amigos y mi familia entren en el mundo podcasts y se enganchen a algunos de mi favoritos. Esta semana le he puesto a Mónica un clásico: 99% invisible. 

—Ya verás como te gusta. Es super chulo y además el host tiene una voz maravillosa. 

El episodio del otro día se llamaba First Errand y partia de una serie japonesa de televisión que fue un grandísimo éxito en 2013. En ella aparecen niños muy pequeños, de dos o tres años, haciendo recados por las calles de Japón. ¿Dos o tres años? Sí. En el podcast explican como era posible que esto sucediera y todo lo que implica. El desarrollo es interesantísimo porque abarca el urbanismo, la manera de vivir en comunidad, el concepto de ciudad, de barrio, la relación con el transporte público y, en última instancia, la manera en la que educamos a los niños. Por supuesto de ahí yo me puse a pensar en mi primer recado. No sé cuantos años tenía, quiza cinco, seis, siete. Seguro que no tenía más. Hasta ese momento había ido, algunas veces, a Juanita a comprar huevos o pan o un litro de leche, poca cosa, algo que no pesara mucho. Juanita era un ultramarinos muy muy pequeño que estaba a escasos 80 metros de la casa de mis abuelos. Juanito y Juanita vendían huevos, pollos, algún conejo, creo que pan y alguna cosa más. Eran un matrimonio que a mi me parecía tan viejo como las montañas pero que pensándolo ahora probablemente no tenía, por aquel entonces, más de cuarenta o cuarenta y cinco años. A veces, detrás del mostrador, estaba alguna de sus hijas. Las recuerdo rubicundas y con ojos azules. Todavía ahora, más de cuarenta años después, cuando me las encuentro paseando por Los Molinos, aún a distancia recuerdo el olor de su tiendita. A lo que iba, a Juanito me mandaban a veces a por alguna cosa. Creo recordar que las primeras veces, con cinco o seis, alguno de los mayores de mi familia se quedaba en el portón de la casa vigilando como hacia ese recado. Es un trayecto tan corto que creo que el único peligro real que podía haber era que me tropezara con una piedra y me cayera, quizás me vigilaban por eso, nunca fui muy agil.  

Un buen día, sin embargo, nos encargaron a mi hermano y a mi un recado de más categoría. Mi abuelo José Luis se había quedado sin tabaco y necesitaba urgentemente que alguien fuera a comprarlo. En Juanito no vendían tabaco, claro, había que ir un poco más lejos, a un bar que estaba a unos cuatro minutos andando. En medio de la colonia de casas de veraneantes había un bar y el Ultramarinos Chamberí, un pequeño establecimiento donde podías comprar de todo.  Estaba regentado por un señor, del que soy incapaz de recordar el nombre, que llevaba siempre una chaquetilla blanca de dependiente de ultramarinos. Cuando ya éramos más mayores, con diez o doce, me averguenza decirlo pero, a veces, nos organizábamos para mangar un chupachup, unos cuantos chicles cheiw de fresa ácida o cualquier otra chuchería. Herminio creo que se llamaba el hombre. En Ultramarinos Chamberí no vendían tabaco tampoco pero en el bar Talgo que estaba al lado, sí. Allí era donde nos mandó mi abuelo con un billete azul de quinientas pesetas a comprarle una cajetilla, o dos, de Rex, la marca que fumaba. Borja y yo teníamos un plan, con una misión a cumplir, con los medios para hacerlo y muchísimas ganas. Ir solos al Talgo era algo de mayores, una responsabilidad, significaba crecer, ser independientes asi que estabamos bastante emocionados. 

Salimos de casa y tuvimos muchísimo cuidado al cruzar la carretera. Es posible, aunque no lo recuerdo, que algún mayor nos ayudara antes de dejarnos ir a la aventura. Puede que no. El tráfico que podía haber en 1980 en esa carretera debía de ser mínimo pero, aún así, para los adultos era algo peligrosísimo. No sé los años que las últimas palabras que escuchaba de mi madre al salir de casa eran: ¡cuidado con los coches! Cruzada la cañada cogimos el camino de tierra y nos dirigimos al Talgo. Por supuesto no sé de qué íbamos hablando ni qué sentíamos. Se seguro que nos paramos en una casa, a escasos veinte metros de nuestro destino, a admirar el buzón que tenían en la puerta. Era un buzón que nos encantaba, cada vez que paseábamos por allí con mi madre, nos parábamos y le pedíamos tener uno igual en casa. El buzón era una casita, casi de muñecas, con tejado verde y paredes blancas en el que se echaban las cartas por una ranura en el tejado y se recogían abriendo la puerta de la casita con una llave. Nos parecía lo más maravilloso del mundo y hubiéramos vendido nuestra alma al diablo con tal de tener acceso al interior de esa casita. Nos parecía que cualquier carta que sacaras de ese buzón sería mágica, traería buenas noticias. Es más, si tenías ese buzón en tu casa automáticamente te convertías en una persona feliz con una vida a envidiar. Tras suspirar un poco por no tener ese buzón llegamos al bar. El Talgo era un bar de esos de toda la vida (estuvo abierto hasta el año 1999 por lo menos) con una barra metálica a mano izquierda según entrabas y mesas a la derecha. En las mesas siempre había un grupo de señores jugando al dominó o a las cartas. Señores que fumaban, bebían y daban golpes imponentes con las fichas. Señores que daban miedo porque siempre parecían muy enfadados y a lo mejor era contigo. Nos acercamos a la barra y pedimos el tabaco: «Perdone, queríamos una cajetilla de Rex». ¡Esas palabras te convertían automáticamente en alguien adulto! Entrar en un bar, pedir tabaco y encima tener dinero para pagarlo. 

O no. 

Cuando el señor nos lo dió..no recuerdo nada de esto, tuvimos un momento de confusión seguido de otro de terror porque descubrimos que no teníamos el dinero. Yo no lo tenía, Borja tampoco, en nuestros bolsillos no estaba. El billete azul de quinientas pesetas había desaparecido. El señor retiró la cajetilla del mostrador y siguió a sus cosas. Nosotros salimos del bar cabizbajos. Nos hubieramos sentido David Copperfield si hubiéramos sabido quien era. Nuestra vida habia acabado, nos íbamos a convertir en niños huérfanos, proscritos. Habíamos perdido quinienta pesetas así que seríamos expulsados de la familia.¿Quién se iba a volver a fiar de nosotros? Volvimos a casa pensando en qué mentira contar o si era mejor llorar muchísimo. No recuerdo que decidímos, ni lo que dijimos ni como fue tomada la noticia. Creo que mi abuelo dijo ¿Y mi tabaco? Lo siguiente que recuerdo es volver sobre nuestros pasos rezando a algún santo (que seguro no era San Cucufato) mirando al suelo, entre los arbustos, entre las hierbas agostadas de verano. Lo hacíamos con poca fe porque, para nosotros, era evidente que el billete azul había desaparecido para siempre. ¿Cómo íbamos a encontrarlo? Volveríamos a casa con las manos vacías y quien sabe que ocurriría después, nunca podríamos ser mayores, no sabíamos. Derepente, no se quien de los dos, lo encontró. Dobladito, entre unas hierbas a un lado del camino, casi parecía estar esperándonos. ¡Está aquí, está aquí! Corrimos a casa con él en la mano ¡lo hemos encontrado, lo hemos encontrado! 

Supongo que volvimos, acompañados de un adulto, a por la cajetilla de Rex pero eso ya no lo recuerdo. El billete lo recuerdo siempre, cada vez que pierdo algo. Si encontré aquel billete, puedo encontrar cualquier cosa.  

¿Veis a lo que lleva a escuchar podcasts? Estoy segura de que la culpa fue del buzón pero sigo suspirando por él. 

sábado, 3 de septiembre de 2022

Lecturas encadenadas. Agosto


Pensé que agosto iba a ser un mes tranquilo. Teletrabajo, veraneo franquista, tardes tranquilas e incluso un par de escapadas por ahí en las que seguro que leía muchísimo y me ponía al día de lecturas pendientes. No hay nada como tener expectativas para darte de bruces con la realidad. Agosto ha sido agotador y muy poco tranquilo. He leído lo que he podido. No ha estado mal pero en vez de leer para relajarme y disfrutar del lento paso de las horas, he leído como si me aferrara a un salvavidas, he leído para mantenerme a flote. 

Vamos a ello. 

Nada más empezar el mes vislumbré que no iba a ser un mes fácil y al elegir mis lecturas para Cicely decidí que necesitaba algo que fuera "casa". Recorrí mis estanterías y me encontré con El temblor de la falsificación de Patricia Highsmith que había comprado en mayo en la Feria del Libro Antiguo. Pocas cosas más "casa" y más seguras que la Highsmith. Acerté de lleno. El temblor de la falsificación transcurre en Tunez, un escritor de novelas con cierto éxito es contratado por un amigo para escribir el guión de una pelícua que transcurre en el país norteafricano, para documentarse y empaparse del ambiente se instala en un hotel a esperar a que su amigo vuele a encontrarse con él. No sé si Patricia estuvo en Tunez alguna vez pero digamos que la descripción del país está un poquito contaminada de tópicos pero eso importa poco. En unas pocas páginas consigue, como siempre, meterte en la historia y, en este caso, en el tempo y el calor africano. Howard, el protagonista, hace lo que todos los personajes de la Highsmith, se pasea, almuerza, toma una copa, escribe cartas, se pasea, abre el correo, toma una copa, se pasea, duerme un poquito, cena y se toma mil quinientas copas. Por supuesto conoce y traba cierta amistad con gente rara, con personajes que hacen lo mismo que él (sobre todo lo de beber y cenar) y que también se ven poco a poco inmersos en el tempo africano. ¿Pasa algo más en la novela? Alguna cosa que no quiero destripar pero es que, además, da igual. Las novelas de Patricia Highsmith atrapan desde el principio, absorben al lector entre sus páginas haciéndole vivir en los ambientes que retrata y mano a mano con sus persojanes que casi nunca son admirables ni casi respetables pero con los que el lector se identifica aunque no quiera. 

Cuando puse una foto de este libro en Instagram algunos lectores me dijeron que nunca habían leído a Patricia Highsmith. No me déis disgustos. Hay que leerla siempre, todo. Si queréis empezar con ella,  coged Extraños en un tren o El talento de Mrs Ripley. De nada. 

Los profesionales de Carlos Giménez fue el tebeo del mes. Me lo dejó A para leer en Cicely en las tardes de tormenta que nos pasamos escuchando la lluvia y leyendo tirados en el sofá. De Giménez ya leí, en primavera, Paracuellos que me gustó muchísimo. Aquí, pensándolo ahora, me doy cuenta de que el fondo del tebeo de la historietas es el mismo. En Paracuellos Giménez contaba su experiencia en las casas de acogida de niños en los años 50 junto con otra pandilla de chavales. Sus aventuras, sus miserias, sus ilusiones, sus trastadas, En Los Profesionales estamos en los años 60 y un grupo de dibujantes de tebeos trabajan de sol a sol en Barcelona. Pablo, el alter ego de Giménez, llega a la ciudad y al estudio y allí se encuentra con toda la pandilla que, como en Paracuellos, son personajes ficticios pero basados en los compañeros que Gimenez tuvo en esos años. Metes a diez hombres de edades variadas en un estudio a dedicarse a lo que más les gusta mientras cobran una miseria y fuman y beben y lo que tienes es, como en Paracuellos, un retrato de las aventuras, miserias, ilusiones, bromas y trastadas que llevaron a cabo. Gimenez tiene un talento especial para retratar a esos personajes y hacerlos entrañables, fáciles de querer y de entender. Siempre hay uno que es tu favorito, claro pero todos tienen un peso que los hace creíbles, verosímiles, ciertos. Es impresionante las putadas que se hacían unos a otros y el cariño inmenso que, disfrazado de bromas y "no te soporto", se tenían entre ellos. MI historieta favorita es una en la que uno de ellos se recorre Barcelona,bajo un aguacero impresionante,  buscando trabajo en todas las editoriales de la ciudada. Es rechazado en todas, una tras otra, mientras sus compañeros que al principio se alegran de perderle de vista se van preocupando cada vez más sin querer reconocerlo. En esa historieta está todo el amor y la complejidad de su relación. 

Un verano con Homero de Sylvain Tesson no sé cómo llego a mi estantería ni quien me lo recomendó ni donde lo compré. Es un misterio pero me pareció adecuado también para Cicely a pesar de que el mar pilla un poquito a desmano. Tampoco sabía quien era Sylvain Tesson, hasta que abrí el libro y vi la foto de la solapa pensaba que era una mujer. Es un hombre que solo tiene un año más que yo pero que en esa fotografía parece nacido en 1915 y amigo de Hemingway. Se define como "escritor y viajero" y tiene un programa de radio en Francia. De hecho, al comienzo del libro, explica que los textos que componen este volumen «son las transcripciones de su programa. Uno no se dirige a los oyentes como a los lectores. Hablar no es escribir. [...] espero que sepas perdonar los bandazos».

Pues regular Sylvain, porque la verdad es que hubiera estado bien que no fueras tan vaguete, o que tu editorial se lo hubiera currado un poquito más y los textos se hubieran reescrito para que se entendiera mejor, para que no fuera tan acelerado, para evitar las repeticiones de ideas y conceptos hasta agotarme. 

La primera parte del libro es una especie de narración de la Iliada y la Odisea muy entretenida, trufada de reflexiones sobre como Homero y los conceptos que trata siguen vigentes en nuestra época. ¿Esto es cierto? Pues supongo que sí porque la traición, el amor, el hogar, la valentia, la fidelidad son conceptos universales pero yo no puedo evitar pensar que, a lo mejor, Homero penso: voy a escribir un par de historietas de aventuras, sin pensar en que se convertiría en una especie de autoridad moral para los siglos de los siglos en la civilización occidental. La segunda parte es una mera repitición de ideas que acabé leyendo en diagonal porque estaba aburriendo muchísimo. A pesar de estas carencias he doblado muchísimas esquinas. 

«El mensaje de Homero para los tiempos presentes es: la civilización se da cuando uno tiene todo que perder; la barbarie, cuando uno tiene todo que ganar. Deberíamos acordamos de Homero cada mañana al leer el periódico». 

Libro de familia de Galder Reguera me lo regaló mi hija María por mi cumpleaños y llevaba esperando en mi mesilla desde febrero. Galder nació en agosto de 1975, el día de Nochevieja de 1974 su madre llamó  a Luis, su marido, para contarle que estaban embarazados de su segundo hijo. De camino a casa para la cena de fin de año, Luis se mató en un accidente de coche. Con esta primera escena del anuncio de la futura vida de Galder y el final muy traumático de la vida de su padre empieza Libro de familia que es una búsqueda por parte del autor de su padre. Quien fue, cómo murió, cómo fue su vida hasta ese momento, qué le gustaba, quienes eran sus amigos, cómo era su letra o qué música escuchaba. En esta búsqueda de la figura paterna Galder descubre quien es en realidad su madre porque al estudiar su historia la ve como Carmen, como una joven, no como una madre. Descubre también quién es él o mejor dicho porque es de una cierta manera y quien es y no es su familia. 

Es un libro, además, que solo puedes escribir cuando tienes más de cuarenta años y tienes tus propios hijos, ese es el momento en el que eres capaz de entender a tus padres como personas independientemente de su faceta de progenitores y de valorar que tuvieron una vida con unos anhelos, unas inquietudes y unos intereses antes de convertirse en tus padres. Otra cosa que entiendes al tener hijos es que tus padres pueden tener unos horizontes vitales que van más allá de querer a sus hijos y que no haber visto todo esto antes se debe al egoismo sin límites que todos los hijos practicamos hasta que somos muy muy mayorcitos. (Y algunos no lo abandonan nunca) 

A mi las historias de familias me gustan porque yo tengo una gran familia materna con un arraigo muy importante en Los Molinos, con casas que llevan generaciones entre nosotros y que peleamos por mantener. Galder dedica tiempo a hablar de una de esas casas, la de su familia en Haro y del dolor que siente cuando se pone a la venta. 

«No puedo concebir que el mayor símbolo de mi familia sea susceptible de ser cambiado por dinero, que los hermanos de mi madre no hayan sido capaces de mantener aquello que los une, lo único que queda de todo lo que Aitite, su padre, había erigido a su alrederdor. Me duele pensar que cualquier persona que pague, que ponga dinero sobre la mesa, puede diponer a placer del hogar de mi familia. Es como prostituirse. Peor aún, prostituir no el cupor, sino la memoria, el pasado, lo que fuimos, nuestro común apellido». 

Me identifico también con Galder en su cercanía con su familia materna y su total desconexión con su familia paterna que, tras la muerte de su padre, no tuvo ningún interés en ellos, ni en su madre ni en Galder y su hermano. Su madre, como la mía, disculpa siempre a esa familia rabiosa que te rechaza. Galder se enfada, para mi directamente no existen. 

Es un libro entretenido porque se lee como se atiende a un buen cotilleo de una familia que conoces o de unos vecinos. «Y entonces, fulanita que era viuda conoció a uno que blablabla y no te vas a creer que pasó después porque antes, de jóvenes habian hecho blablablabla». Al final resulta un poquito repetitivo y demasiado yoista pero esto no es un reproche, las historias de hijos sobre padres son siempre yoistas porque no hay nada más personal que la intima relación, buena o mala, que tienes con las personas que te trajeron al mundo. 

En mayo, Juan Tallón me regaló Mis amigos de Emmanuel Bove. Arriesgó mucho porque él no lo había leído, se lo habían recomendado en Tipos Infames. Podía haber salido muy mal pero ha salido muy bien. Emmanuel Bove publicó Mis amigos, su primera novela, en 1924 y fue recibida con gran éxito en Francia. Los críticos la adoraron, los lectores también, luego con la guerra y la muerte de Bove en 1945 cayó en el olvido hasta que en los años ochenta empezó a recuperarse. 

Es una novelita estupenda compuesta por una serie de relatos que comparten un personaje, Vicent Baton, un veterano de la I Guerra Mundial que vive con una pensión por haber perdido una mano en combate. Baton está solo y no le gusta, quiere compañía, amigos, amor, sentirse apreciado, querido, quiere ser visto. Cada relato cuenta su relación con algún personaje que él ansía hacer su amigo y que, por una razón u otra, acaba marchándose. Baton es un personaje tierno, entrañable, irritante, exasperante y cansino a partes iguales. Bove cosntruye un Baton de carne y hueso con el que el lector pasa frío en su camastro, se emborracha en los bares, pasea por las calles de Paris y siente dudas sobre casi todo lo que hace o piensa. Bove consigue también con una prosa sencilla pero muy personal y eficaz crear imágenes que permiten al lector sentir los adoquines de las calles de Paris, oler el humo de las tabernas, el ruido de los cabarets y la luz de las farolas cuando, cada noche, Baton vuelve a casa eufórico y con grandes planes o apagado y torturado por una nueva decepción. 

«Por la tarde, me paseé por un jardín. Como conozco los números romanos me entretenía en calcular la edad las estatuas. Una vez tras otra me decepcionaron: ninguna tenía más de cien años. El plvo no tardó en deslustrarme los zapatos. Los aros de los niños giraban sobre sí mismos antes de caer. En los bancos  había personas sentadas, de espaldas unas a otras».

Me ha gustado muchísimo y lo recomiendo con entusiasmo. Corred a comprarlo. 

Y con esto y el cambio de luz que anuncia que el final del verano, por fin, se acerca hasta los encadenados de septiembre.

lunes, 29 de agosto de 2022

Soy un señor mayor en un sillón de orejas


Echo de menos el antes, el ayer, el hace diez años, el hace veinticinco. Supongo, bueno no lo supongo es así, que me estoy haciendo vieja. Y los viejos miran con nostalgia al pasado, a un pasado que les parece mejor o que recuerdan mejor. Un pasado en el que todo parecía más fácil. Lo que más echo de menos es la calma, la lentitud, sentir que las horas pasan muy despacio y que, por supuesto, hay tiempo para todo. No sé como recuperar esa sensación. Hace cuatro años, antes de todo,  escribí un post titulado Prisa. Acabo de releerlo y aunque creo que he conseguido parar un poco, la sensación de aceleración sigue presente en mi día a día.  

Hace unas semanas leí una novela de Patricia Highsmith en la que, como en casi todos sus libros, las cartas jugaban un papel importantísimo. Misivas que viajaban de Tunez a Nueva York y vuelta. Cartas escritas en dos, tres o cuatro días sin esa urgencia por la inmediatez que me (nos) consume ahora. Escribir la carta con calma y sentarse a esperar la respuesta con más calma aún. ¿Qué está pasando mientras tu carta viaja, mientras su respuesta se piensa y se redacta, mientras esas letras vuelan hacia tu buzón? Pues que sigues viviendo tu vida al margen de esas palabras que te llegarán, de lo que te contarán. Recuperas tu vida y recuperas tu mente que no está pendiente de esa respuesta porque sabes que tienes unos días de tregua, tres, cuatro, quizás una semana. Ese asunto, por tu parte, está resuelto hasta la siguiente etapa, puedes dedicarte a otra cosa, entretenerte con algo más, descansar. Hay una escena de Dowtown Abbey, muy al principio, en la que el mayordomo refunfuña muchísimo cuando instalaban el teléfono. En su día me pareció una escena risible, muy de viejo gruñón oponiéndose al avance de los tiempos pero hace unos días enfrentada a una mañana de llamadas laborables en las que tenía que dar varias malas noticias me encontré protestando como Mr. Branson. ¿Por qué no volvemos a las cartas? Dar una mala noticia por carta permite pensar cómo lo vas a contar, te permite extenderte en las razones y motivos o, por el contrario, ser escueto. El mal trago se divide en sorbos llevaderos. Escribes la carta, la envías y sabes, como los personajes de Patricia Highsmith, que tienes días para dedicarte a otra cosa. Tu carta ha de llegar a las manos del destinatario para el que, también, es mejor recibir la noticia así: puede leer, releer, insultar, protestar, enfurecerse, entristecerse y pensar la respuesta. (Puede, incluso, romper la carta en pedazos, quemarla, cosas que no permiten ni las llamadas ni los mails) Además, si se para a pensar que hasta hace 5 minutos, hasta justo antes de abrir esa carta, era perfectamente feliz (o más o menos feliz) mientras esa noticia ya existía, podrá poner en contexto que, a pesar de ser una mala noticia, no es terrorífica. Su respuesta podrá ser, igualmente, pensada, repensada, escrita, borrada, reescrita y finalmente enviada al destinatario. 

En este ir y venir de cartas, la urgencia, la importancia, la supuesta enormidad de esos problemas se iría deshaciendo, se desgastaría, hasta que las dos partes pasaran página. La mayor parte de los problemas que nos agobian hoy, no existirán la semana que viene o dentro de un mes pero es difícil interiorzarlo cuando vivimos en un continuo manoseo de esos problemas. Los vemos, los leemos, los hablamos, nos responden, contestamos en cinco minutos, tenemos otra respuesta a la mañana siguiente que nos apresuramos a responder antes de comer, aumentando su presencia en nuestras vidas, inflándolos mientras ocupan todo nuestro espacio mental, nuestro sueño, nuestra cabeza para luego, de repente, pincharse y desaparecer. ¿Por qué he estado preocupada por esto? Fantaseo con dejar de usar el teléfono por completo, con volver a las cartas, con recuperar ese tiempo en el que tú ya has hecho tu parte y solo tienes que esperar sabiendo que la espera será de días, días que puedes dedicar a otra cosa, semanas, incluso, en las que se problema se reducirá a su verdadero tamaño, a ser una circunstancia vital circunscrita a un aspecto y momento de tu vida que ya quedó atrás. 

Lo sé, lo sé, sueno como un columnista de sillón de orejas pero me agota esta prisa constante que, además, es irreal. Nada es tan urgente, nada ni nadie necesita nuestra atención a todas horas ni merece que nuestra cabeza esté centrada en ello desde que nos despertamos (con insomnio) hasta que nos acostamos agotados de pensar. Saber esto, que lo sé (sabemos) no sirve de nada porque no puedo (podemos) evitar estar pendiente de todo, todo el día. Y saber todo esto tampoco me saca de la rueda de prisa en la que vivimos, es imposible salir por completo de esa vorágine y, además, tampoco tendría sentido. Hay cosas buenas en la inmediatez. Quizás lo que nos pasa es que aún no sabemos manejarla, somos como niños pequeños a los que les dan un juguete que manejan sin saber.  No lo sé. No me puedo bajar de la rueda pero me estoy quitando. Ya no contesto mail laborales según me llegan. Los aparco y los dejo reposar. Me cuesta porque impulso de resolver lo que sea rápidamente es poderoso pero ya sé que no resolveré nada, contestando con urgencia meteré velocidad a algo que probablemente se desinfle esa tarde o mañana o al final de la semana. Contesto pero con calma. Hago alguna cosa más para quitarme de la prisa y además sigo escribiendo a mano y los New Yorker en papel mes y medio después de que se hayan publicado No hay prisa. 

El otro día vi, en twitter, este anuncio de un reloj  «sepa que hora es sin saber que tiene 1500 mails pendientes» y pensé: aún queda esperanza, yo nunca he dejado de llevar reloj.

Definitivamente soy un señor mayor con sillón de orejas. 

lunes, 22 de agosto de 2022

Lecturas encadenadas. Julio

 

Vamos con otra entrada de lecturas encadenadas para que despejar esta sección y poder ponerme a escribir otras cosas que tengo dándome vueltas en la cabeza pero que tendrán que esperar a que termine con esto.

La mitad del mes de julio, como bien saben los doscientos lectores fieles que leen todo lo que publico, lo pasé de road trip. Elegir las lecturas que te llevas de vacaciones siempre es complicado: ¿serán estos los libros adecuados? ¿será su momento en esa playa/montaña? ¿Me gustará? ¿maridarán bien unos con otros? Las lecturas de vacaciones no solo tienen que encajar con tu estado de ánimo, tienen que ensamblarse perfectamente entre ellos y con el paisaje que has escogido con las vacaciones. Yo no sabía qué estado de ánimo iba a tener, no tenia espacio en la maleta para arramplar con seis libros y así jugar sobre seguro y ni siquiera sabía como sería el paisaje. Durante días recorrí mis estanterías intentando decidir que llevarme. Pedí recomendaciones en twitter, barajé la posibilidad de comprar algo nuevo, de releer algo que fuera un acierto seguro, de llevarme esa lectura que estaba esperando su turno desde hace años. Me estaba empezando a desesperar porque la magia que normalmente me funciona para elegir lectura no parecía hacer efecto cuando revisando la estantería de mi cuarto de Los Molinos, ¿Qué hago yo aquí? de Bruce Chatwin empezó a brillar ante mis ojos. Este es, pensé. 

No leí nada el primer día del viaje, ni el segundo, ni el tercero. No tuve tiempo o se me cerraban los ojos. Cuando por fin empecé a leerlo en el Lago Wenatche releí el título y pensé: es el libro perfecto, ¿qué hago yo aquí? definía perfectamente mi estado de ánimo y encajaba con el impresionante paisaje que me rodeaba. Este volumen que compré en la Feria del Libro Antiguo en mayo del año pasado recoge crónicas de viajes de Chatwin principalmente por África y Asia y retratos de personajes que fue conociendo a lo largo de su vida. Mi conocimiento del bueno de Bruce se limitaba a saber que fue un gran escrito de viajes,que era inglés y que en las fotos tenía cara de poder tener un mal día y asesinarte en el desayuno. No sabía que iba a conectar con su sentido del humor, coincidir con muchas de sus observaciones y disfrutar de su curiosidad y la manera en que retrata el mundo. Mientras iba conociendo Washington, conocí a Madeleine Vionnet, la modista que a principios del siglo XX acabó con el corsé para las mujeres aunque la leyenda popular crea que fue Coco Chanel,y  al arquitecto Konstantin Melnikov, todo un personaje,  cuya vivienda particular dice  lo suficiente de él como para querer conocer su vida. Chatwin escribe también sobre su relación con André Malraux o con Malevich y un capítulo muy chulo está dedicado a contar su amistad con Werner Herzog. A mí Herzog me cae bien aunque algunas de sus películas, muy aclamadas, me parecen un tostón sideral. «Por favor, ¡cómo dices eso! Eso es que no la entiendes!» «Ajá, pues será eso, pero me parece un tostón». 

De Herzog dice esto: 

«Era también la única persona con la que pude mantener una conversación sobre lo que podríamos llamar el aspecto sacramental del paseo. Ambos compartíamos la idea de que el paseo no solo es terapeutico en sí, sino que es una actividad poética que puede curar al mundo de sus males. Su posición, al respecto se resumía en un posicionamiento tajante: "Pasear es una virtud: el turismo un pecado mortal» 

A mí pasear me gusta con moderación. Me gusta ir a los sitios caminando, tener un propósito al salir a andar: ir a alguna parte, completar una ruta, caminar durante un determinado periodo de tiempo. Caminar por caminar no me parece algo poético ni especialmente trascendental pero claro yo no soy Herzog. (Sí, si..me sé la historia cuando se fue andando a ver a su amiga a mil kilómetros que se estaba muriendo. Lo único interesante de esta historia es que ella se curó, que él decidiera que le apetecía andar en vez de correr para acompañarla a mi parece poco poético y un pelín egoísta pero yo no soy su amiga y no tengo nada más que decir del tema)

¿Recomiendo a Chatwin? Pues sí. Yo desde luego buscaré alguna otra de sus obras en librerías de viejo, en ferias o en estanterías de amigos. Me ha caído bien y, además, estará siempre en mi memoria asociado al viaje de mi vida. 

Al road trip también me llevé un libro de relatos de Alice Munro que no leí. A mis manos llegó, comprado en Powell´s, en Portland, Rules for a knight de Ethan Hawke. Soy muy fan de Ethan y más ahora que está envejeciendo bien y se le ha quitado la cara de pánfilo intenso que tenía de joven. No es una crítica, de joven es lo normal.  Este librito que compré en una edición que casi parece de biblia, entelada en verde y con las letras doradas, es un cuentito precioso que roza, a veces peligrosamente, la autoayuda pero que consigue con acertadas piruetas no caer en ella. 

Hawke escribe para sus cuatro hijos este cuentito que recoge las enseñanzas que él, convertido en un caballero casi medieval, ha recopilado a lo largo de su vida. Cómo ser mejor persona o como por lo menos intentarlo es la idea que recorre todo el libro. Desde saber escuchar a como tomar decisiones, hasta no juzgar a los demás en un abrir de ojos u obsesionarse con la belleza. Todo lo que escribe Hawke se ha escrito antes, se ha dicho antes y quiero pensar que muchos lo sabemos. Lo dificil, y esto Hawke no se lo dice a sus hijos ni al lector es ponerlo en práctica. Te pasas la vida intentandolo de vez en cuando, cuando te acuerdas, cuando tienes la calma suficiente, la paciencia, la fuerza de voluntad necesaria. ¿Recomiendo este librito? Pues sí. Es una lectura monísima y, sobre todo, si tenéis adolescentes a vuestro alrededor es posible que sea un acierto seguro. A Clara le ha encantado. 

Ethan también habla del paseo y esto sí que sí voy a intentarlo. «Never make a big decision withput just walking a mile». 

Y a pesar de que el libro es de 2015, una eternidad en tiempos de redes sociales, retrata muy bien lo que es ahora Instagram o Tik Tok a gran escala aunque es algo que siempre ha sido así: «Young people, ( y no tan young diría yo) often use the possesion of beauty or wealth as permission to be uninteresting, undisciplined and ill-informed». La belleza y el dinero como aval para ser maleducado, cateto e ignorante. Y cada vez más. 

De vuelta a casa me decanté por un volumen con cuatro novelitas de Echenoz que había comprado por el pasado día del libro.  (Ya adelanto que no recomiendo comprar las cuatro)Mi plan era leer una e ir intercalando el resto con otras lecturas pero Ravel, la primera de ellas, me gustó tanto que me lancé a devorar el volumen entero con resultado desigual. 

Echenoz tiene un estilo muy peculiar que no sé si en francés fluirá mejor pero traducido a mí se me atasca. Me encuentro tropezando con las frases, teniendo que volver atrás porque he perdido el sentido de la frase, porque no encuentro el ritmo correcto para avanzar por los párrafos. Esto supone siempre un problema a la hora de leerlo pero lo solvento con alegría si el tema me interesa. En el caso de Ravel, como ya he dicho, la historia de los años finales del compositor me interesó muchísimo. Echenoz combina siempre la realidad de un personaje real, de su historia, de los datos conocidos con un tratamiento casi de ficción. ¿Sabe Echenoz qué pensaba Ravel cada día al acostarse o qué vestía un determinado día en que una de sus amantes le recogió en coche para llevarle a un barco con el que viajaría a Nueva York? No. No lo sabe pero consigue que no solo te interese sino que creas que es cierto. La segundo novelita se titula Correr y es la historia de Emil Zatopec, un personaje de mi infancia del que yo solo sabía que corría muchísimo. Mi abuelo siempre decía: «corres más que Zatopec» (a mí no me lo decía, aclaro). Esta narración tiene un tono más periodístico aunque con el mismo poso de nostalgia que caracteriza todo lo que, hasta ahora, he leído de Echenoz. Ahora que lo pienso, Echenoz escribe un poco en sepia, mirando al pasado y contándonoslo con un tono que dice: esto fue lo que pasó, puede que sucediera así pero en cualquier caso ya no importa porque nunca volverá. La tercera hsitoria, Relampágos, me aburrió soberanamente. El tema, el descubrimiento o invención de la electricidad, la rivalidad entre la corriente continua de Edison y la alterna de Westinghouse me interesa cero, me parece aburridísima y por eso el personaje, creo que inventado, de George, me aburrió hasta el infinito. 

La última de las cuatro historias que componen el volumen de Anagrama se titula 14 y es una especie de crónica de los primeros días de la I Guerra MUndial para unos jóvenes franceses que se encaminan al frente sin saber lo que les viene encima. Parten con alegría, pensando que será un paseo, que acabará pronto, que volverán para la cosecha, para el final del verano (la guerra empezó a principios de agosto), que esto es una distracción de la vida real a la que volverán y todo será igual. De nuevo ese tono que comentaba antes de observación de un pasado inocente que, en este caso, el lector sabe que está a punto de saltar por los aires cambiando por completo el continente, la historia, el mundo y la manera en que, en adelante, serán las guerras. Esa guerra a la que parten acabará con la inocencia de Europa, nos convertirá a todos en cínicos, en cobardes, nos volverá más crueles. 

Leed a Ethan, regaládselo a vuestros hijos, leed a Chatwin de vez en cuando y de Echenoz, ya sabéis, con moderación. 

Me ha quedado un final de post de lecturas un poco bajonero pero con esto y un poquito de alegría porque ya está más cerca el final del verano, hasta los encadenados de agosto. 


viernes, 19 de agosto de 2022

Diecisiete años

«Mamá, es horrible. No quiero cumplir diecisiete años. Quiero quedarme para siempre en los dieciséis» me dijiste hace una semana. No sé que te contesté pero le he estado dando vueltas. Por un lado me asombra que quieras quedarte en los dieciséis, yo no volvería a los míos ni loca, los recuerdo como una etapa horrible, llena de inseguridades, de miedos, de incertidumbre y de tener que esforzarme continuamente para ser algo, ¿qué? No lo sé. Ser como mis amigas del colegio, como mis amigos de Los Molinos, como lo que querían mis padres.

«Mamá, este es mi post de cumpleaños. No te pongas a hablar de ti» Esto no me lo has dicho pero cuando te pongas a leerlo sé que habrás llegado aquí y lo estarás pensando. Sigo. Me sorprende que quieras quedarte en los dieciséis y también me alegra. Por dos motivos. El primero es que algo estaré haciendo bien cuando tú no sientes ni inseguridad, ni miedo, ni incertidumbre en plena adolescencia. «Hombre, a lo mejor es por cómo soy yo» Sí, sí. Claro que tiene que ver con como eres pero algo tendrá que ver cómo te hemos criado, educado y acompañado así que me pongo una medallita. «Mamá, sigues hablando de ti» El segundo motivo por el que me alegra que te resistas a cumplir diecisiete es porque obviamente enviarte a Seattle a pasar tus dieciséis fue un acierto y un éxito, no podía haber salido mejor y estoy feliz por ti. Pero claro, yo no sería yo sino me preocupara y me dices que no quieres cumplir más y yo entro en una espiral de ansiedad pensando que en este año escolar que comenzará pronto «Ay, mamá, de verdad, que todavía quedan tres semanas, déjame descansar tranquila» vas a estar a disgusto, vas a pasarlo mal, vas a apagarte.

Apagarte. Eso es. A mitad de este post he conseguido agarrar la idea. Clara brillas. Estás tan contenta, tan feliz, tan ilusionada con todo que no puedo dejar de mirarte. No quieres tener diecisiete y no los tienes, cuando estas radiante, como ahora, vuelves a tener cuatro, ocho, diez.  Cuando estás contentísima, como ahora, se te pone cara de pilla, se te escapa la sonrisa y bailas igual que cuando con cinco años te disfrazabas, cada tarde, y bailabas por toda la casa. Cuando haces planes, y tienes mil para este otoño, resplandeces con la misma luz que repartías cuando escribías tu carta a los Reyes Magos.

Siempre has sido una optimista, una «feliciana» de la  vida, una entusiasta. Lo eres tanto, tantísimo, que cuando las cosas no salen bien, cuando discutimos a tu alrededor, cuando te entristeces por algo que has percibido como una injusticia, te mustias. Si tu vida fuera una peli de Pixar, tu personaje pasaría a verse en blanco y negro. Tú no lo percibes, pero en un minuto te vas a gris, los ojos se te vuelven mate y se te congela el gesto. Creo que percibes que algo doloroso va a llegar y tienes que hacer algo para pararlo, para impedir que te arrase y  arrase con tu alegría, con tu manera de mirar al mundo.  Ese algo que haces es sacar tu rabia. Nunca lloras. No lo hacías de pequeña ni lo haces ahora. Nunca lloras de pena, siempre lloras de rabia. Ahora ya no lloras pero noto como te concentras en empujar esa oleada desde tu estómago hasta tu cara para parar el ataque.

 No te pasa mucho, intentas esquivar siempre aquello que crees que va a apagarte y cuando no es posible, tras el apagón inicial, coges ese algo, lo que sea, y lo moldeas para encajarlo en tu optimismo. No sé decirte si es una buena estrategia vital o no pero es la tuya. Si alguna vez tienes que ajustarla, ya lo harás.  Lo que creo saber o es que tu deseo de quedarte en los dieciséis es un anhelo por permanecer en un lugar en el que has sido inmensamente feliz. Quizá pienses que lo que ocurra en los próximos doce meses no puede ser tan bueno, tan estupendo, tan perfecto como han sido los anteriores. Lo van a ser. Porque lo que ha hecho tu año perfecto no ha sido estudiar en USA, ni estar un año fuera de casa, ni toda la gente que has conocido, ni apuntarte a coro, a teatro y aprender a pescar, ni nuestro viaje. 

Has sido tú.

Siempre has sido tú. No conozco a nadie que ponga más ahínco en ser feliz, en encontrar cada día, cada semana, algo que le haga ilusión, que le interese, que le apetezca, un propósito, una intención.  Puede ser cualquier cosa, desde lo más grande a lo más pequeño, pero lo buscas, lo encuentras, lo disfrutas y brillas. Tus días nunca son iguales y estar contigo mientras los recorres es siempre una sorpresa.

Felices diecisiete, princesa pequeña. Van a ser espectaculares. Sigue brillando.

«Mamá, ha sido un poco cursi. Pero bien»

martes, 16 de agosto de 2022

Lecturas encadenadas. Junio

Hace tanto tiempo que no escribo esta sección que no sé si me va a salir bien. Desde junio me ha atropellado tanto la vida que no he tenido tiempo  de escribir sobre mis lecturas ni aquí ni en mis cuadernos. Ahora que las vacaciones terminan, el trabajo me tiene atrapada y solo quiero recuperar una rutina que me permita saber que tendré oasis de paz y tranquilidad, he conseguido anotar mis lecturas, lo que recordaba, en mis cuadernos y voy a intentar poner al día esta sección. Vamos con junio. 

Empecé el mes con un ensayo que llevaba mil años en mi lista de lecturas pendientes y que compré cuando lo encontré en la Feria del Libro Antiguo, Cuarenta y un intentos fallidos. Ensayos sobre escritores y artistas de Janet Malcom.  A Janet Malcom llegué hace muchos años por recomendación de mi amiga Bárbara Ayuso que me dijo: Moli, tienes que leer El periodista y el asesino y le hice caso porque Bárbara tiene mucho criterio y, además, me conoce bien. 

Cuarenta y un intentos fallidos es una colección de artículos, la mayoría publicados en el New Yorker, en el estilo del New Yorker y esto, si no conoces la revista y su tono, es posible que te sorprenda, que te llame la atención. Las primeras cincuenta páginas están dedicadas a David Salle que seguro que, en su día, a Janet Malcom le pareció lo suficientemente interesante como para dedicar cuarenta y una aproximaciones (de ahí el título del libro) a su personaje, a su perfil... ahora, en 2022, no lo es ni de lejos. Cuando vas por el intento catorce David Salle hace bola y te interesa entre muy poco y nada. Del resto de ensayos los que más me gustaron fueron los dedicados a todo el círculo de Bloomsbury como familia, como colectivo que ocupaba un espacio físico, una convivencia, una rutina. El ensayo titulado Una casa propia es estupendo y (que me perdonen los fans de Virginia) mucho más interesante que Una habitación propia. Hay también ensayos sobre varios fotógrafos: Struth y sus vistas de ciudades, de Detroit especialmente, Julia Margaret Cameron y también Edward Weston y su historia con la también fotógrafa Charis Wilson y este fotón. ¿Recomiendo este libro? Pues a ver, tiene cosas buenas pero para empezar con Malcom mejor El periodista y el asesino. 

Buena suerte de Nicholas Butler. Me fui un fin de semana a la playa y llevé la novela perfecta. ¿Es buenísima? No. Pero es entretenida. Es una de esas novelas americanas en las que pasan muchísimas cosas, no ofende y te tiene enganchada a sus páginas. Me juego las dos manos a que acabará siendo una película. Si todavía estáis de vacaciones, es una lectura perfecta. 

Ana no de Agustín Gómez Arcos fue uno de los muchos libros que compré en la Fería del Libro siguiendo las recomendaciones de @sra_bibliotecaria. Agustín Gómez Arcos es un autor muy reconocido y valorado en Francia donde sus novelas se enseñan en los programas educativos de los liceos. Aquí tuvo que exiliarse por la dictadura y yo no sabía quién era, jamás había oído hablar de él. 

Ana no es una novela tristísima, al nivel de tristeza de La lluvia amarilla y las dos tienen algo en común, son el retrato del fin de una época encarnado ese fin en una persona porque siempre que algo termina hay alguien que es el último, y ese alguien muere en una soledad insoportable. Ana no es tan triste que tenía que para de leer porque no podía soportar la terrible desesperanza que retrata Gómez Arcos y que, una vez más, me recordó a las sensaciones que tuve leyendo La lluvia amarilla. Dos viejos, porque son viejos, no son ancianos ni personas mayores, son viejos y se sienten así, que tenían unas vidas más o menos rutinarias, exactamente iguales a las que tuvieron sus padres y sus abuelos y sus bisabuelos que ven como, sin saber muy bien porqué, esas vidas, las suyas, son las últimas que serán tal y como ellos las han conocido. Los dos viven sabiendo que cuando ellos mueran no quedará nada. Cuando yo era pequeña recuerdo haber pensado que cuando yo me murierara se acabaría todo para siempre y como me tuve que sentar porque me entró vértigo existencial. Ahora si lo pensara podría aferrarme a que quedarán mis hijas y sus descendientes, si es que los tienen. En el caso de Ana Pancha, la protagonista de la novela, sus padres, sus hermanos, su marido, sus hijos han muerto, todos arrancados de su lado por la guerra. La novela acompaña a Ana en el camino a buscar a su único hijo vivo que está encarcelado en el Norte, siendo el Norte un territorio ignoto, lejano y sin definir al que Ana se encamina en busca de lo único que puede dar sentido a lo que le queda de existencia. Es la búsqueda del Santo Grial, de la única esperanza. El viaje es de una desolación infinita. Camina y camina y camina con la determinación de la desesperación. Durante ese peregrinaje se va desprendiendo de lo poco que quedaba de la mujer que era y se va encontrando con distintos personajes, una perra, un poeta ciego, los ricos, los fachas, un circo. Los recuerdos de su vida feliz que Gómez Arcos intercala durante el peregrinaje son casi inaguantables enfrentados a la crueldad de su soledad, de su pérdida. 

Ana no podría ser eso que se llama ahora una distopía, podría ser algo así como La carretera de Cormac McCarthy pero con una carga de realismo casi insoportable. Es el apocalipsis, la completa destrucción de la vida de una persona y todo aquello que le daba sentido, es una agonía de desolación que no permite al lector pensar "bueno, es ciencia ficción". Ana no no te deja escapar. Es la vida. O la no vida cuando te la arrancan. Leyéndolo pensaba también en Ucrania, en lo fácil que es dejar de tener tu vida, esa que crees que durará siempre. 

Es una novela maravillosa escrita con una prosa preciosa, llena de imágenes y de texturas, hueles el camino, sientes el frío o el calor, percibes la lluvia y como cae la luz al final del día. Es una preciosidad pero muy muy triste. Aviso. 

«Una sombra que pasaba sin dejar tras ella rastro ni presencia. Como si no pasara nadie. Vida anónima, más inexistente que una vida que ya no es»

Carcoma de Layla Martínez me lo recomendó alguien pero no recuerdo quién, y también lo compré en la Feria del Libro. Lo leí en tres ratos porque es una novelita corta que lo mejor que tiene es como la autora ha conseguido mezclar los ingredientes de muchos otros libros para destilar algo bastante correcto.  Es un poco de Nuestra parte de la noche de Marian Enriquez, otro poco de Otra vuelta de tuerca de Henry James con unas gotitas de Siempre hemos vivido en el castillo de Shirley Jackson y unas briznas de Panza de burro. 

Es una historia de mujeres sin nombre que se defienden de los hombres, de las habladurías, de los odios, a través del rencor y la venganza ejercida hacia fuera y también hacia sí mismas y entre ellas. Es una historia de maldad amarga, pegajosa, antigua e irracional de la que es imposible escapar porque se convierte en una droga, en una adicción. Además la autora transmite en su prosa una rabia que te hace sospechar que quizá ella también ha caído en las redes de ese maldad, en ese placer frío que da ejercer el mal sin que te importen las consecuencias, la sobredosis. Que toda esa rabia surga de un odio visceral a los hombres que son, según la novela, por naturaleza malvadísimos resulta a veces un poquito vergonzante, pero al Cesar lo que es del Cesar, y el tono está bien logrado.

«En esta casa los muertos viven demasiado tiempo y los vivos demasiado poco. Los que estamos entre medias, como nosotros, no hacemos ni una cosa ni otra. La casa no nos deja morir pero tampoco vivir fuera de ella.»  

Muy Shirley Jackson. ¿La recomiendo? Sí, no está mal.  A lo mejor acaba de serie de Netflix. 

Y con esto y una brisa de verano por fin algo fresca hasta los encadenados de julio que caeran en breve. 



martes, 9 de agosto de 2022

Washington road trip: The end

El último día de viaje estaba marcado por el deadline de las 12 de la mañana para devolver la caravana en Everett, al norte de Seattle. María y Juan, que son mentes obsesivas y parejas, hicieron un retrotiming y decidieron que teníamos que levantarnos a las 8 de la mañana para que nos diera tiempo a cumplir con todo. A esa hora les desperté y nos pusimos a desayunar. Juan enseguida se puso nervioso pidiendo que llamara a Clara, que había dormido con sus amigas, porque no se fiaba de que llegara a tiempo. Me negué porque yo sí confiaba en ella y Juan se ofuscó. Su paciencia encantadora con los extraños nunca la aplica conmigo. Clara llegó con Santi a tiempo pero salimos tarde de Puyallup por culpa de Juan. ¡Ja! Fui buenísima y no se lo eché en cara, que no se diga que soy rencorosa con él. El camino hacia Everett fue aburridísimo, una carretera sin encanto, mucho tráfico y mucho ruido. A medio camino teníamos que entrar en Seattle para dejar a las niñas y todas las maletas (4 maletas de cabina, 4 maletas grandes, 4 mochilas) en el hotel porque sino el Uber de vuelta iba a tener que ser un camión. A duras penas conseguimos llegar a Everett a las 12: 05 (los retrotimings de los cabezas cuadradas no funcionan nunca pero esto no se les puede decir porque no llevan bien que pongas en duda su manera de pensar) pero tuvimos suerte, y la amable señorita del estrabismo (ver tercera entrada de este diario) nos perdonó los 25$ de multa. Doce días antes habíamos recogido la caravana con 100.389 millas y la devolvimos con 102.000, es decir, hicimos 1611 millas, unos 2500 km, los más bonitos de mi vida. «¿Venís ya? Nos aburrimos» Las brujas nos echaban de menos así que le metimos prisa al conductor del Uber para volver al hotel a recogerlas y salir a patearnos la zona del Space Needle de Seattle donde íbamos a pasar el resto del día. 



Lo primero que hicimos fue sacar la entradas para la Space Needle que, para el que no lo sepa, es una torre observatorio parecida al Faro de Moncloa que se construyó para la exposición universal que se celebró en la ciudad en 1962.  Queríamos subir al anochecer, de despedida del viaje. De ahí nos fuimos al Museo del Pop que, para el que no lo sepa, es un edificio construido por Frank Ghery y que se parece sospechosamente al Guggenheim de Bilbao. Que conste que yo estoy a favor de trabajar lo menos posible y si una vez has hecho algo que gusta y te dejan repetirlo mil veces y te pagan por ello hay que aprovechar. Ole por ti Frank. 
El Museo del Pop es super entretenido. Como su propio nombre indica engloba todo lo que tú quieras meter dentro de Pop. Nosotros visitamos una exposición temporal sobre la historia del hip-hop que nos encantó porque estaba muy bien pensada y enseñaba muchísimo sobre la historia de ese movimiento cultural. ¿Salí gustándome el hip-hop? No, pero salí conociendo dónde había surgido, porqué y su historia. Además, la colección de fotografías era espectacular de buena. De ahí pasamos a otra sobre Jimmy Hendrix (que era de Seattle) y en la que todos los conocimientos sobre el guitarrista que adquirí con dieciséis años aguantando a mis amigos que eran unos flipados de su música, me sirvieron para demostrar a mis hijas que algo de música sé. Estuvimos en otra de Nirvana que me interesó regular y otra sobre Pearl Jam que me gustó mucho más porque si sale Eddie Vedder a mí me vale. ¿Todo lo que vimos era sobre música? Para nada. También visitamos una exhibición temporal de
  una diseñadora de vestuario afroamericana responsable del vestuario de muchísimas películas muy conocidas: El Príncipe de Zamunda, la nueva versión de la serie Raíces, Amistad de Spielberg, Malcom X y Black Panther entre otras.  En el museo había también un laboratorio de sonido en el que probamos a tocar la guitarra, a cantar, a mezclar música… cuando digo probamos es un plural mayestático porque yo no hice nada. Soy negada para la música. Además de todo esto había una exposición sobre pelis de miedo y otra sobre películas de ciencia ficción, ninguna de las dos cosas nos interesó demasiado y las recorrimos simplemente para poder hacer check. Con todo, lo mejor del museo es un hall inmenso en el que tiene una pantalla gigante en la que proyectan continuamente actuaciones que han tenido lugar en ese hall. Nunca en mi vida había visto una pantalla que se viera mejor y había escuchado un sonido mejor. Una chulada. 


Tras dos horas en el museo salimos reventados. Estábamos hambrientos y agotados del paso museo que, como todo el mundo sabe, agota más que una excursión a buen paso. Bicheamos un poco por las tiendas de regalos y acabamos comprando un kebab sin gluten que compartimos tirados en una pradera debajo del Space Needle. El hombre del mazo nos golpeó con fuerza cuando nos tumbamos. Para el que no lo sepa, el hombre del mazo es una expresión que usa Perico Delgado, el ciclista, cuando comenta el ciclismo y algún corredor se queda desfondado «le ha llegado el hombre del mazo». Juan la usa siempre para justificar su necesidad de echarse la siesta siempre después de comer y cuando el cansancio le golpea súbitamente. Esa tarde, el hombre del mazo nos atacó a todos con fuerza, fue como si todo el cansancio de los quince días de viaje nos hubiera caído encima de golpe. Estuvimos dos horas tirados en la pradera, moviéndonos cuando nos alcanzaba la sombra porque en Seattle el verano es perfecto: dura poco y es tan amable que apetece estar al sol, a la sombra pasas fresco. Juan se durmió (a él el hombre del mazo lo descuartiza), María estuvo con el movil, Clara se puso a leer el libro de Ethan Hawke y yo me refugié en mis podcasts. Además de pasar el bajón esperábamos a Santi que venía para cenar con nosotros y despedirse. Cuando finalmente llegó no pudimos ir a cenar a Five Points, un restaurante muy típico de Seattle, porque ¡oh, sorpresa de nuevo! no podían entrar los menores de 21. Acabamos cenando en un bar muy peculiar con un encargado muy pelirrojo con una barba imposible. Había grandes pantallas retransmitiendo deportes. En unas ponían fútbol femenino y María estaba feliz y en otras baseball que permitió a Juan y Santi tener una conversación aburridísima sobre ese deporte. Contra todo pronóstico esta cena fue barata. 








A las 8:30 teníamos los tickets para subir a la Space Needle. Fue perfecto, casi como si el estado de Washigton se hubiera puesto sus mejores galas para despedirnos. Una tarde perfecta, despejada, con una puesta de sol increíble que iluminaba absolutamente todo lo que habíamos visto en nuestro road trip. Al oeste las cumbres nevadas de Mount Baker y Mount Shukan, al este la de Glacier Peek y la zona de Leavenworth, al noroeste el impresionante macizo de la Olympic Península tras el que se estaba ocultando el sol iluminando toda la bahía de Seattle. Al sur, justo detrás de los rascacielos del dowtown, refulgía Mount Rainier impresionante una vez más.  A nuestros pies bajo el suelo transparente que estábamos pisando mientras giraba lentamente, se extendía todo Seattle, el lago Washigton y el mar entrando desde el estrecho de Juan de Fuca. Los rascacielos y los barrios ordenados con sus casas y sus grandes árboles, las mansiones de los ricos con los embarcaderos al mar. Y todo verde. 


Pasamos un buen rato riéndonos, haciéndonos fotos, primero en el mirador superior al aire libre y luego en el inferior donde había más gente. Ahí, en un momento que me acerqué a uno de los ventanales para disfrutar de la vista, debía de tener tal cara de emoción que se me acercó una señora:


—¿Estás rezando, querida?

— No, para nada.Estoy admirando las vistas.

—Es precioso sí. ¿De dónde eres que tienes un curioso acento?

—De España.

—¡Ah! Yo tengo ganas de visitar Barcelona. Una vez estuve en Jamaica tres semanas con un hombre de Barcelona que se llamaba Tristán. 

—Qué bien.. estupendo. Barcelona es muy bonita.

—Yo llevaba tanga y él quería afeitarme el culo así que le dejé hacerlo porque era maravilloso en la cama. 

—¡Vaya! Me alegro muchísimo.

—Perdona, no quería escandalizarte pero así somos las mujeres de Seattle. Yo vivo en esa isla que hay ahí, la llaman Accidental Island porque el puente que la une con Seattle siempre está en obras y hay que dar mucha vuelta. 



Por supuesto la conversación no me escandalizó. Lo que pensé fue: verás cuando lo cuente en el blog. Mis compañeros de viaje se troncharon y me dijeron «¿Qué pinta tienes para que la gente te cuente esas cosas?» 


Al salir de la Space Needle sentimos que el viaje sí que sí, había llegado a su fin y nos fuimos paseando al hotel. Santi nos acompañó hasta allí y nos despedimos de él con pena pero con la alegría de volver a encontrarnos con él en un mes cuando viniera a España. Ya en la habitación nos metimos en la cama lo más rápido posible porque nos teníamos que levantar a las 5:15 de la mañana para llegar al aeropuerto a las seis, tres horas antes del vuelo de Clara y nueve horas antes de nuestro vuelo. 



Cuando apagamos la luz y, poco después, escuché a mis tres compinches respirar placidamente pensé que había sido el viaje de nuestras vidas. Pensé en que tenía que escribir este diario, complementario al que había escrito a mano, y que, seguro, iba a sentir nostalgia de estos días durante el resto de mi vida. En este viaje muchísimas cosas podían haber salido mal. Muchas cosas podían haber sido decepcionantes o no haber funcionado bien. Podíamos haber discutido, sufrido por la convinvencia, el cansancio o cualquier otra cosa. Nada de eso sucedió. Estar juntos admirando la grandiosidad del paisaje y de la naturaleza, poner en perspectiva la pequeñez de las mierdas que nos preocupan y la limitación de nuestra propia visión de la vida, convivir con tranquilidad, charlando, discutiendo, riéndonos, peleandonos y queriéndonos mucho. Disfrutar de la desconexión absoluta y de la sensación de que somos enanos frente a la naturaleza. Hacer todo eso juntos convirtió este viaje en un lujo. 


Un par de días después de volver, sumida en jet lag terrorífico, vi un episodio de This is us en el que decían que cuando te da mucha pena que algo se termine es porque lo has disfrutado mucho. Eso me pasa con este viaje, me dió muchísima pena terminarlo y me da pena terminar este diario que me ha permitido volver a él, volver a la calma que me dieron esos paisajes, volver a ser capaz de poner las cosas en perspectiva, volver a, como dije el otro día, poner distancia aunque haya sido solo mental. 


Fin.