viernes, 13 de mayo de 2022

Tú me ordenas

 

«Es que lo haces todo mejor que yo» Le dice Isa Calderón a Lucia Litjmaer en el último episodio de deforme Semanal. 

Sé que en los últimos tiempos escribo, hablo y pienso mucho sobre cómo he cambiado a lo largo de los años. Hablo de las cosas que ahora me dan igual y antes me parecían un mundo, de las certezas que ya no tengo, me sorprendo pensando en todo lo que he aprendido con la edad, la experiencia, las desilusiones, las decepciones. Pienso en como ha cambiado mi pelo, mi cara, la ropa que me pongo. Veo el cambio en mis relaciones con otros y en como me tomo lo que hacen o dicen los demás.  Casi todo ha cambiado pero hay dos cosas que permanecen inmutables: mi capacidad para hostilizarme en unos pocos segundos y mi eterna sensación de que realmente no hay nada que haga bien, bien de verdad.   

No sé reflexionar sobre mi vida con la introspección densa y profunda de la protagonista del libro que estoy leyendo. No sé escribir como mis escritores favoritos.   No me acuerdo de los jingles de los anuncios de mi infancia. No recuerdo lo que estudié en la carrera aunque fui una alumna sobresaliente. No sé escribir con letra pulcra y manteniendo cierto código de colores en mi cuaderno de notas del trabajo. No sé combinar la ropa más allá de lo mínimo imprescindible para no parecer una mamarracha (y no siempre). No sé maquillarme. No conozco la vida de Britney Spears como mi compañera Elia. No sé imitar a una miss venezolana como mi compañero Jesús.  Cocino medianamente decente pero no hago virguerías. Se me olvidan las recetas. No sé poner la mesa elegante ni me acuerdo de ponerme pendientes, collares o anillos. No sé organizar eventos ni ponencias ni mesas redondas.Leo mucho, leo con criterio pero no sé escribir un artículo de dos mil palabras con un análisis sesudo y literario sobre lo que leo. No sé manejar excel a nivel experto y, si soy sincera, tampoco word. No sé restaurar muebles y tampoco sé coser. No soy buena para analizar una película y descubrir los entresijos y, y esto me da muchísima rabia, cuando miro un cuadro, lo conozco, lo he estudiado y sé lo que quiero contar, siempre me quedo a medio camino, como si recitara mi libro de arte de COU, ese en el que descubrí mi cuadro favorito de la historia del arte y por el que elegí estudiar Historia. No sé cantar, no sé pintar, no sé tocar un instrumento ni mantener ordenado mi cajón de la ropa interior. No sé escribir guiones ni textos comerciales ni poesía. Hasta hace nada me salían los renglones torcidos en los cuadernos con páginas sin pautar. No sé hacerme las uñas, recordar citas de autores que me encantan ni los diálogos de películas que me fascinan (Excepto Mary Poppins y La Princesa Prometida) No se hacer cuentas ni cálculos matemáticos. No sé hacer plantillas cuquis de instagram y ni siquiera soy capaz de recordar que tipografía utilicé en la última storie. Soy malísima haciendo presentaciones. No sé usar un taladro, cambiar un enchufe o manejar una motosierra, probablemente porque he mostrado cero interés en aprender pero siempre he querido saber colocar una estantería y sigo siendo incapaz. No estoy hablando del síndrome del impostor, ese que en el trabajo te hace creer que lo haces peor que los demás, que todo el mundo se va a dar cuenta de que no tienes ni idea. Esto es diferente, no es laboral, es personal. No pienso en qué cree la gente si no en lo que sé de mi misma. Me gustaría tener la certeza absoluta de ser buena en algo. No nivel experto ni digna de un premio pero lo suficiente para decir: «Eh, esto se me da bien. Sé de lo que hablo. Sé lo que hago, lo que estoy haciendo». 

Siempre creí que en algún momento algo se me daría bien, muy bien. Y, por ahora, ese momento no ha llegado. Se, además, porque tengo buena memoria que antes la tenía aún mejor, que mi cabeza era más agil y hacia más conexiones. Incluso creo que escribía mejor. Esto no ha sido por la edad, ha sido por la depresión.  Creo que ya no llegará ese momento en el que sea buena, de verdad, en algo. No importa. O sí. Todavía lo estoy meditando. Mientras lo decido me quedo con algo que me dijo A, «Tú me ordenas».

 Algo es algo, mi ropa interior es un caos pero a él, le ordeno. 

lunes, 9 de mayo de 2022

De intentar y olvidar

Hace justo una semana pensé: mira que bien, tengo una idea para un post. Voy a pensarla bien, dejarla macerar un día en mi cabeza y mañana me siento y lo escribo. Sigo recordando la idea pero lo que no sé donde tengo es esa confianza en que podría sacar un hueco fácil para sentarme a escribir. El otro día, al salir de trabajar, no conseguí recordar si esa misma mañana había ido a la oficina andando, en metro o en bus, me parecía que esa mañana había sido hacía tanto tiempo que era un recuerdo lejano. Se me pasan los días sin saber a qué los dedico. Trabajo mucho, leo bastante, veo gente, organizo viajes y resuelvo gestiones. Todo esto también lo hacía antes pero ahora parece que todo eso me ocupa más espacio mental o a lo mejor es que mi cabeza está más centrada en todo eso. Sí, eso es. Tengo más cosas en qué pensar y cuando no tengo cosas en qué pensar mi cerebro se declara en huelga y dice: ¿escribir? ¿estás loca? 

Creo que quería escribir sobre el Palace y mis padres y su boda. La semana pasada, el día 29 de abril, hubieran cumplido cincuenta años de casados. El 29 de abril de 1997, cuando cumplieron veinticinco años, fuimos a celebrarlo al Palace. Recuerdo la sensación de asistir a una ocasión solemne. Veinticinco años de matrimonio me parecia una eternidad, una gesta digna de aparecer en los libros y de ir presumiendo por la calle. Ahora cuando pienso que yo cumpliría este año veintiuno, me doy cuenta de que tiene mérito pero que es más una cuestión de dejar pasar el tiempo. A lo que iba, aquella noche fuimos al Palace los cuatro hermanos y mis padres, cenamos en el buffet de la rotonda y después nos sentamos muy educadamente en una de las zonas de sofás. Llegaron todos mis tios, los hermanos de mi madre, y celebramos la ocasión con copas, creo recordar, y los tradicionales regalos de plata y un talonario de noches de hotel. Mis padres estaban radiantes y nosotros un poco avergonzados y muy fuera de sitio. Para un adolescente o joven veinteañero La Rotonda del Palace es un sitio incómodo, un lugar en el que pareces no encajar hagas lo que hagas. ¿Por qué fuimos al Palace? Porque mis padres habían celebrado allí su boda. 

Cuando siete meses después mi padre estaba muerto y yo tuve que acompañar a mi madre a gastar esas noches de hotel descubrí que lo dificil no es llegar a los veinticinco años de matrimonio sino seguir vivo cada día que te levantas. Es algo que he pensado, en algún momento, cada día de estos veinticinco años. Durante todos estos años mi madre ha llevado las dos alianzas, la suya y la de mi padre, unidas. El lunes pasado, tres días después del no aniversario, se dió cuenta de que las había perdido. Se las había dejado a mi sobrino que la interrogó sobre peticiones de matrimonio y sortijas de compromiso y en algún momento se despistó y las perdió. Revolvió toda la casa pero no las encontró.  Lo dificil no es conservar algo, lo dificil es no perderlo. ¿Que quería contar con todo esto? ¿El Palace, los aniversarios de boda, los talonarios de noches de hotel, las alianzas, lo que se pierde, lo que se muere, lo que ha cambiado mi percepción de las cosas, del tiempo, de los lugares? 

No lo sé. Mi mente se cierra en banda y me dice: hasta aquí, ya te avisé de que no lo dejaras para mañana. Además, se que todo esto se unía a una imagen de mi misma con unos pantalones verdes. Soy incapaz de encontrar el nexo. 

The biggest lie we tell ourselves is “I dont need to write this down because I will remember it.” Esto sí lo apunté y claro, no se me ha olvidado. 


lunes, 2 de mayo de 2022

Lecturas encadenadas. Abril


Son las seis y cuarto de la tarde y me caigo de sueño. Me acostaría ya hasta mañana pero, como bloguera con catorce años de experiencia a mis espaldas, sé que me debo a mi obligación de escribir sobre mis lecturas encadenadas del mes así que voy a sobreponerme a mi astenia primaveral y cumplir con mi obligación. 

En abril ha habido grandes éxitos y un gran cabreo. Al lío. 

El monstruo del monóculo y otras bestias de Nuria Pérez inauguró el mes de abril. No creo que haya nadie que llegue a este blog y no sepa quién es Nuria y no conozca su maravilloso podcast Gabinete de curiosidades. Si hay alguien así que corra a escucharlo y vuelva luego. A los que conocen el podcast, les animo a comprar el libro y disfrutarlo y paladearlo cómo han hecho con los episodios del podcast. ¿Qué hay en este libro? Lo que encierra la preciosa y cuidada edición de Jekyll & Jill es el mundo de Nuria. Hay objetos preciosos, hay personajes con historias desconocidas que ella teje para que nos envuelvan y enseñen y hay mucho cine negro, muchísimo. Hay directores, actores, actrices, películas e historias, muchísimas. ¿Todo se queda cerrado? No, en el mundo de Nuria todo es siempre una invitación. Ella es una contadora que nos abre puertas, ventanas, cajones, armarios, archivadores, carpetas y nos muestra lo que hay en su interior, nos invita a descubrir, a revolcarnos en lo que encontremos y a curiosear. 

«La vida es una suma de instantes. Algunos se desvanecen hasta quedar en nada, son nieve al sol. Otros son hilos de araña y te atrapan para siempre. Si te descuidas y los rozas un segundo toda tu vida se reduce a esperar el fin. Ojalá ser mosca y poder desaparecer sin rastro tras una rápida y merecida agonía».

Un buen día entre en el despacho de mi adorable jefa y antes de saludar me dijo: «Te tienes que comprar este libro. Lo compré ayer y estoy enganchadísima» Mi jefa, además de adorable, es una grandísima lectora con muy buen criterio así que lo apunté mentalmente para comprarlo tan pronto como pudiera. A los dos días, mi compañero Pablo apareció con él en mi despacho y cuando le pregunté a Tallón  me dijo: «es estupendo, lo leí hace un mes». Y claro, fui, lo compré y comprobé que todos tenían razón. 

Salid a comprar La ciudad de los vivos de Nicola Lagioia ahora mismo. Ya. 

Hacía tiempo que un libro no me enganchaba tantísimo. ¿Lo he disfrutado? Pues a ver, es que no cuenta una historia de disfrutar pero es una maravilla de libro, escrito con rigor, con criterio, con ritmo y que deja, a la vez, un poso muy amargo y una senda para reflexionar sobre nosotros mismos y sobre la sociedad y las ciudades en la que vivimos.  

¿Qué cuenta La ciudad de los vivos? Cuenta Roma y cuenta el asesinato de Luca Varani ocurrido en 2016. Lagioia hace de Truman Capote para intentar entender porqué ocurrió el asesinato y que llevó a los asesinos, Manuel Foffo y Marco Prieto a cometerlo. (He dicho Truman Capote y lo mantengo, es una comparación ajustada y no ofende a Capote ni a su A Sangre Fría. Dejo este paréntesis aquí por algo que diré después de otro libro) Lagioia quiere saber qué sociedad, la romana, la italiana, la europea, la occidental ,crea el caldo de cultivo para un crimen así y después lo devora como carnaza, como espectáculo. Lagioia disecciona como desde la prensa, las redes sociales, la sociedad se juzgan los crímenes, y cualquier otra cosa, desde la atalaya a la que nos subimos todos, el pedestal del «yo no lo haría» y el «son monstruos». La realidad que Lagioia nos muestra, descubre para nosotros y para sí mismo es que un crimen así lo puede realizar cualquiera, ninguno estamos a salvo de convertirnos en eso que juzgamos tan alegremente y con tanta superioridad moral.  El ritmo de la novela es trepidante, empiezas a leer y no puedes dejarlo. Vamos saltando de testimonio en testimonio, de noticia en noticia hasta contarlo todo, como si recompusiéramos un espejo roto. Además de todo esto, Lagioia es un personaje de la historia contando su propio enganche con el asesinato, todos los implicados y con Roma. Del crimen consigue distanciarse, de Roma no. 

Las descripciones de la ciudad son fantásticas: 

«Parece que la ciudad está a punto de colapsar sobre sí misma, dejando entrever una ciudad anterior. Luego, otra ciudad más antigua que esa. El viejo Pórtico de los Argonautas, detrás del Altar de la Patria. El anfiteatro de Calígula, desparecido durante siglos, en vez del Palazzo Borghese. Si la lluvia continuara, podríamos apostar a que los viejos dioses tomarían de nuevo posesión del lugar Pero el mensaje real es otro. Todas las ciudades, tarde o temprano, acabarán destruidas por la lluvia. Que no se engañen Londres o París. Llamadlo lluvia. Todo el mundo sabe que el fin del mundo llegará. Pero el saber, en el hombre es un recurso frágil. Los habitantes de Roma llevan en la sangre la conciencia de las últimas cosas, y está tan asimilado que ya no genera ningún razonamiento. Para los que viven aquí, el fin del mundo ya ha ocurrido, la lluvia solo tiene el molesto efecto de derramar de la copa un vino que en la ciudad se bebe sin parar». 

«Más cruel que la tragedia que nos aflige es la tragedia de la que, engañándonos a nosotros mismos, creemos haber escapado». 

Corred a comprarlo. 

Siguiendo la recomendación de alguien a quien acababa de conocer compré La señora March de Virginia Feito. La faja de este libro lleva una frase que dice: La Patricia Highsmith española. Al verlo me dio un escalofrío, ese tipo de comparaciones suelen ser casi siempre desafortunadas y, siempre, un insulto al autor citado. En este caso, además, es una comparación que no se sostiene de ninguna manera. Feito está tan cerca de parecerse a Patricia Highsmith como yo de ser Beyoncé y puede que yo esté más cerca. 

Feito escribe bien y te atrapa enseguida. Sin apenas darte cuenta devoras cien páginas. Entonces, levantas la vista y dices pero ¿qué es esto? Durante esas cien páginas Feito nos han hecho seguir a la señora March en su vida diaria, atendiendo a cada mínimo detalle de su insulsa vida y lo que es peor de sus absolutamente anodinos pensamientos. A partir de la página ciento cincuenta el aburrimiento te devora y lo único que quieres es que la señora March muera o la maten o, mejor aún, ella misma se tropiece con su propia falda y fallezca o se atragante bebiendo te hasta la asfixia. Además, en este punto y si eres un lector de Highsmith la indignación nubla tu vista, tu mente y te hace proferir todo tipo de insultos hacia el editor. ¿Esto parecido a cualquiera de las obras de Patricia? POR FAVOR, ¿ya no se respeta nada?

Una de las características de las protagonistas de Patricia Highsmith es que te hechizan aunque intentes resistirte. Son personajes terribles que cometen atrocidades y que sabes que no deberían gustarte pero no puedes evitar sentirte atraído por ellos. Quieres que no los pillen, que se libren de las consecuencias de sus actos, te sorprendes a ti mismo estando de su parte, entendiéndoles. Con la señora March no pasa eso, no hay atracción ni hechizo ni magnetismo. Diseccionar los pensamientos e ideas de un personaje no es siempre sinónimo de interés. No todos contenemos multitudes ni cosas interesantes y la Sra. March es un personaje insoportable, aburrido, plano y, a veces, idiota. 

Mi recomendación para lectores: no lo leáis. 

Mi recomendación/ advertencia a los editores: haced el favor de no utilizar el nombre de autores consagrados en vano. ¡Con la Highsmith no se juega! 

El ladrón de destinos. Ensayos sobre escritura, escritores y la vida, de Richard Russo ha sido la lectura con la que he terminado el mes. Me gusta mucho Richard Russo, he leído varias de sus novelas: Empire Falls, Alto riesgo, Tonto de remate, El puente de los suspiros y El verano mágico de Cape Cod. Todos sus libros se parecen pero me gustan. Como escribí hace muchísimo tiempo sus novelas están muy bien escritas, tienen personajes de los que te enamoras y se leen muy bien. Son ¿cómo decirlo? agradables. Siempre tienen algún breve destello que te hace pensar pero en general son como un paseo por el bosque, como sentarse a contemplar un lago, como ver nevar, algo así. 

El ladrón de destinos no es una novela, es una recopilación de ensayos. Como siempre en este tipo de volúmenes, algunos son mejores que otros, algunos te llegan más que otros pero he doblado muchísimas esquinas (preguntadme cuantas he doblado de la Pelma Señora March). Muchos de los ensayos son reflexiones sobre el trabajo de escribir, sobre cómo además del trabajo, el empeño, la humildad, el deseo de aprender es necesario tener suerte. Hay además un discurso que pronunció en la graduación de una de sus hijas que tiene el típico tono de esos discursos, tan americanos.  Mi favorito es un ensayo maravilloso que escribió como prólogo para las memorias de su amiga Jennifer Finney Boylan que ella escribió tras transicionar. No he leído nunca una confesión tan sincera sobre los sentimientos y pensamientos que se tienen cuando un amigo/a te cuenta que va a transicionar a otro género y como esa confesión remueve todas tus creencias sobre ti mismo y tu manera de ver el mundo, el sexo, el género, las relaciones y la amistad. 

Dejo, para terminar, esta reflexión en la que me he sentido muy reflejada. Russo la cuenta como parte de su experiencia aprendiendo a conducir con su padre y yo la sentí aprendiendo a conducir con el mío y enseñando a mi hija a conducir. 

«Parte de la dificultad de enseñar nada a nadie reside en que una vez alcanzada la maestría, a menudo esta genera amnesia e impaciencia a partes iguales».

Y con esto y un nuevo libro ya empezado, hasta los encadenados de mayo. ¡No lo olvidéis: huid de la Pelma  Sra. March! 

sábado, 30 de abril de 2022

Podcasts encadenados. De expertos, devociones y tragedias




En mi primer puente de mayo en veintiún años, vamos con lo que he escuchado esta semana que creo que a alguien le puede interesar. 

Against the rules es el podcast de Michael Lewis, uno de esos autores americanos de difícil clasificación pero con una indudable capacidad para contar historias y contarlas bien. Lewis es periodista pero empezó su carrera, sin saber muy bien cómo, de analista financiero sin tener ni idea de finanzas. Los locos años 90. Además de muchos libros de gran éxito tiene este podcast que ya va por su tercera temporada. La primera trató sobre la desaparición de la figura del árbitro en la vida americana, no solo referido al mundo deportivo, también en la vida política, económica y social y los problemas que la desaparición de esas figuras ha acarreado. La segunda temporada trató sobre la aparición del mundo coach y la tercera, que acaba de empezar va sobre la figura del experto. La idea de esta temporada es ¿Por qué cada vez tenemos más acceso al conocimiento pero cada vez sabemos menos? ¿Cómo saber quién es realmente un experto? y ¿por qué los que gritan ser expertos rara vez lo son? El primer episodio de la temporada, Six Levels Down cuenta, a través de la creación de un centro médico nuevo, como los expertos, la gente que realmente sabe dónde está el problema en una empresa y cómo resolverlo, suele estar seis niveles por debajo del CEO o del primer nivel de mando. Yo no sé si son seis niveles o cuatro, lo que tengo clarísimo es que desde arriba, desde muy arriba, se desconoce por completo el intríngulis del funcionamiento de una empresa, una fábrica, una startup o lo que sea, hay que estar en el menudeo diario, en las llamadas, los mails, la relación con los clientes, la administración, los programas informáticos para saber qué falla y cómo arreglarlo. Hay verdaderos expertos en resolver problemas escondidos, como dice Lewis, en sótanos sin ventanas o puestos sin relumbrón. Por mi experiencia, en muchas empresas, todo el mundo sabe que es a ellos a quién hay que recurrir para resolver los problemas. Todo el mundo menos los que están seis niveles por encima imaginando curvas de beneficio. 

Hay podcasts a los que soy fiel, mas bien devota. Escucho todos los episodios religiosamente y me los guardo, además, para disfrutarlos sin interrupciones para saborearlos. Que sea devota y fiel y predicadora no quiere decir, sin embargo, que pierda el criterio y no sepa qué episodios son mejores y cuales son no tan mejores. En el caso de Deforme Semanal Ideal Total con Isa Calderón y Lucia Litjmaier el episodio de esta semana La Soledad (Primera Parte) es uno de los mejores o de los que más me ha gustado. El lunes, en mi paseo a trabajar, lo disfruté muchísimo. Aprendí, me sorprendí con la historia de Luisa Casati y Horacio Quiroga, me apeteció comprarme los libros, recomendar otros y me quedé contando los días hasta que salga La Soledad (Segunda Parte).  Soy muy fan de este podcast que supongo que, a estas alturas, no descubro a nadie pero, lo dejo aquí, por si cae algún despistado. 

En español, esta semana también he escuchado el primer episodio de la nueva temporada de Un periódico de ayer, de La No Ficción. El abogado para todos cuenta la historia de Eduardo Umaña Mendoza, un defensor de los derechos humanos que, para sorpresa de nadie, murió asesinado en Colombia por su trabajo. El episodio está bien, la historia sin ser sorprendente es interesante por el retrato que de Eduardo hacen su mujer, su hijo y uno de los sindicalistas a los que defendió en vida. Sorprende el empeño de Eduardo, su valentía, su dedicación. O me sorprende a mí que soy una cobarde y no creo tener esa convicción en mis ideales. Dicho esto, creo que el episodio hubiera ganado si se hubiera recortado diez minutos, resulta, a veces, repetitivo y se estanca en la narración. Dicho esto, lo recomiendo. 

Para terminar un nuevo episodio de The Experiment, el podcast de The Atlantic. Han dedicado un episodio al resurgimiento de un movimiento de apoyo al aborto clandestino (The resurgence of Abortion underground) en previsión de que el Tribunal Supremo de Estados Unidos revoque, en junio, la sentencia Rose vs Wide que legalizó el aborto en el país hace más de treinta años. La historia del movimiento abortista, su lucha, su logro y el peligro que corre ahora está muy contada y estremece escuchar a una activista de más de ochenta años decir: "sabíamos que no se quedarían tranquilos, que lucharían para abolir ese derecho, sabíamos que lo harían... y aquí están de nuevo para conseguirlo". Muy interesante. 

Y chimpún. Como siempre, si escucháis algo, venid a contármelo. 

martes, 26 de abril de 2022

Un paseo que cura

Justo cuando iba a salir de trabajar, el cielo de Madrid se ha hecho noche y ha empezado a llover a mares, con truenos que en la Gran Vía resuenan como el final de una sinfonía y grandes charcos formándose en el alféizar de mi ventana. «Estarás contenta» me han dicho. Lo estaba pero solo un poco porque aunque me guste la lluvia, un tormentón gigante no me conviene para mi plan de ir y volver andando al trabajo. Entre unas cosas y otras, al salir ya no llovía y Silvia me esperaba abajo. Quería hablar conmigo, había subido a verme mientras yo bajaba y, por un momento, parecía que estábamos en una peli de enredos. Pero no estábamos para risa. 

«Ya casi no llueve. ¿Vamos andando?» le he preguntado. 
«Venga» 

Ella llevaba el pelo recogido con un arte que no tendría yo ni aunque dedicara el resto de mis días a intentarlo. Una gabardina marrón y unas zapatillas elegidas, claramente, sin haber mirado la previsión del tiempo. Siempre está guapa pero hoy tenía mala cara, cara de no puedo más, cara de vencida, cara de déjame descansar.  Pero ha podido, hemos atravesado Madrid sin parar de hablar. Sentada ahora escribiendo esto me doy cuenta de que no tengo ningún recuerdo de las calles que hemos atravesado, los semáforos que hemos cruzado, los edificios que nos han visto pasar inmersas en la conversación. Mi recuerdo empieza cuando hemos entrado en El Retiro. No había nadie, los paseos embarrados y nosotras caminando mientras empezaba a llover. 

«Te vas a mojar, que no llevas capucha» le he dicho mientras veía como sus gafas se llenaban de pequeñas gotitas. 
«No importa. ¿de cuantos colores tienes ese impermeable?»
«Solo tengo uno. Este»
«Pero ¿no era rojo»
«No, siempre ha sido verde»

Nos reímos de su despiste cuando pasamos justo por delante del Palacio de Cristal. Ya hablamos de lo que nos preocupa ni lo que nos indigna, se ha quedado atrás, en el asfalto que no recordamos haber pisado. Hablamos de hombres, de relaciones, de ser cuarentonas. Y sigue lloviendo.  Por los cristales de sus gafas se escurren cada vez más gotas de lluvia pero Silvia ya sonríe. El verde brillante de mi impermeable, el verde que nos ha caído desde las hojas de los castaños bajo los que hemos caminado, el que se reflejaba en el estanque y en el Palacio de Cristal, el de los pinos y la rosaleda y el de nuestras risas le ha sentado bien. Está mejor. Nos despedimos en la puerta del Mercadona con unos besos y más risas: «Cómprate algo rico para cenar» 

Sigo caminando, de camino a casa robo una lila del jardín de un vecino. 

Al llegar a casa ya no llovía y mi impermeable brillaba. Mientras lo dejaba en la cocina y colocaba la lila en un tarro viejo de mermelada he pensado «Qué buen paseo. Ha sido lo mejor del día» 

La lluvia nos ha aliviado. 

sábado, 23 de abril de 2022

Instagram y los padres de Chihiro

 

En la película El viaje de Chihiro hay una escena aterradora. Los padres de Chihiro no hacen caso a la advertencia que su hija les hace de no entrar en un parque de atracciones abandonado y acaban convertidos en cerdos que no paran de tragar toda la comida que les ponen delante sin fijarse en nada más. 

Ultimamente esta escena me viene a la cabeza cada vez que entro en Instagram y veo como mucha gente se queja de que el algoritmo maltrata su contenido, de que tienen que estar publicando todo el tiempo para que les lleguen seguidores, atención, interacciones, clics, comentarios y demás. En España estamos ahora surfeando la cresta de la ola en Instagram y creyéndonos los reyes del mundo (yo no). Como llevo muchos años por aquí y sé como de maligna es la mente de algunos lectores (alguno de los pocos que se dejan caer por aquí ahora) sé que alguno estará frotándose las manos y pensando "Ja, ya sé que comentario inteligente voy a dejar: «pues para no creerte la reina del mundo, hablas mucho de IG, si no te gusta para que lo usas». 

Instagram me hace gracia y me entretiene, me parece la banalidad más absoluta y me divierto. Ahora que en el Hola ya no conozco a nadie y además hacen un uso del photoshop tan extremo que creo que debería pasar a llamarse Hola Today, IG me sirve para ver casas bonitas que son mentira, historias de amor que son mentira y ver anuncios. Estoy muy a favor de la frivolidad, las mentiras brillantes y la publicidad engañosa. Lo que me preocupa y preocupa en sitios donde la cresta de la ola está revolcando a los entusiastas surferos de instagram es que ha convertido a la audiencia en vagos redomados. La gente ya no quiere ir a ningún sitio a buscar algo, ni siquiera quiere leerlo o tener que teclearlo en el buscador, quiere que una foto (sin mucho texto que me aburro) o un vídeo corto con un link donde pueda pinchar (porque como va a retenerlo en su memoria y buscarlo luego) le acerquen absolutamente todo. Ya no hay interés en buscar, en encontrar. Todo es "lo que me des y, por favor, machacadito, que no tenga ni que pensarlo, ni recordarlo, ni mucho menos buscarlo". Si tienes un blog tienes que contarlo en IG, si tienes una tienda tienes que estar poniendo fotos todo el día, si tienes un negocio, no dejes de hacer stories absolutamente banales y llenas de links, porque si dejas un solo momento de alimentar la máquina, caerás en el olvido. 

Por lo visto y esto no lo controlo porque yo no uso IG (ni twitter ni el blog) para ganar dinero ni influencia ni promoción, el algoritmo es un ente maligno, como el parque abandonado de la peli,  que va en contra de los creadores, que los penaliza si no están todo el día creando, vomitando contenido para que otros que, convertidos en los padres de Chihiro, lo engullan sin mirar. Veo a gente agotada "creando contenido" todos los días para no dejar de ser relevante y a mucha gente que si algo no está en IG cree que no existe.

Pero, 

vamos

ver

¿Estamos tontos? 

¿No es hora de pararse a pensar?

Si tu tienes un negocio y tienes tu cuenta de IG y muestras tu negocio, tus cositas y tal... y, de repente, la gente deja de hacer clic o de escribirte o de comprarte, ¿el problema es el algoritmo o que tus clientes, la gente, todos nos hemos vuelto gilipollas? ¿Somos los padres de Chihiro? A lo mejor esa gente que te escribía que le encantaba tu producto, tu cuenta, tus fotos, tu contenido, no apreciaba tu producto, tu cuenta, tus fotos, tu contenido...simplemente se lo tragaba porque tropezaba con él, porque le caía encima por el comedero automático de IG. 

Pensemos.

A lo mejor el problema no es el algoritmo, a lo mejor es que nos hemos vuelto idiotas o vagos o unos vagos idiotas. No queremos buscar nada porque "no tengo tiempo". Idiotas, vagos y mentirosas. ¿No tienes tiempo y pasas horas mirando IG o FB o Twitter? Claro que tienes tiempo pero no te da la gana. Claro que tienes tiempo pero no quieres reconocer que te has vuelto idiota. Quieres los destacados de IG, y las stories, y el servicio de entrega de lo que sea que compres en 24 horas. 

A mí no se me olvida donde está mi pastelería favorita, ni las librerías que me gustan ni dónde comprar la tinta con la que más me gusta escribir. Y no hablo solo de tiendas físicas, busco la web en el que sé que mejor revelan las fotos y donde hay descuentos para comprar mis sandalias favoritas. Tengo un lector de feeds en el que entro cada mañana y reviso todos los blogs o publicaciones que me interesan. Busco los artículos que me interesan en el periódico y leo newsletters. Y cuando no encuentro algo, lo busco, tecleando combinaciones diversas, en Google. Esto de buscar y encontrar no siempre es fácil porque aquí hay otro problema. Mucha de la gente que anda ahora corriendo y creando contenido en pildoritas ridículas de fácil digestión, tuvo un día un blog, una web. Un sitio en el que escribía con pausa, daba explicaciones y redactaba textos, un sitio con un buscador y etiquetas, con la información organizada. Muchos, la mayoría, lo abandonó o lo dejó ahí, aparcado. Todo lo que crea está ahora a merced del parque de atracciones maldito que ni ordena, ni explica y en el que es imposible encontrar nada. Hay que tragarse lo que te dé. Y ¿qué pasa si mañana esa red social desaparece? ¿Se esfuma? 

No veo muchas soluciones a este problema. De hecho la única solución que le veo al hechizo que nos ha convertido en cerdos con orejeras y enormes tragaderas sería, de hecho, que IG desapareciera, que se esfumara y despertáramos saliendo de esa rueda infernal. Que abriéramos los ojos y fuéramos a buscar lo que nos interesa o podría interesarnos, que sintiéramos curiosidad para movernos, para ir más allá de lo que sale a nuestro encuentro. 

No sé. En los podcasts americanos que escucho, en los artículos que leo, hay un run run en el ambiente, se dice, se comenta, se murmura que vuelven los blogs. 

Será los que se han ido, me digo yo a mí misma. 

sábado, 16 de abril de 2022

Podcasts encadenados. De obsesiones, folclóricas y mormones


Ahora que estáis todos entretenidos viendo procesiones, comiendo torrijas o paseando por la orilla del mar pensando en lo maravilloso que es estar de vacaciones, llego yo con mis recomendaciones de podcast para escuchar mañana en el atasco de vuelta. 

Al lío. 

Dentrísimo es un podcast de Manuel Burque para Spotify. La premisa es sencilla, charlar con gente que está dentrísimo de algo, obsesionado a niveles que desde fuera parecen rozar la locura. La gracia de Dentrísimo está en que no es un podcast de entrevistas con un tema, es mucho más. Burque comparte con su entrevistado o no, la obsesión y charlan sobre el tema intercalando esos fragmentos con datos interesantes y mucho humor. Estos fragmentos son de una voz en off, Javier Valera. La gran diferencia de Dentrísimo con cualquier otro podcast de entrevistas o conversacional (que no tienen porqué ser lo mismo pero de lo que ya hablaremos en otro momento) es que tiene un guión y un diseño sonoro trabajadísimo. ¿No lo notas? Bien, eso es porque está muy muy bien hecho. Por ahora hay disponibles tres episodios: dentrísimo de las plantas, dentrísimo del café y dentrísimo de los perfumes. No os lo perdáis porque os va a gustar y es un podcast diferente. 

¡Ay, campaneras! se ha terminado. Con el episodio dedicado a Rocío Jurado ha llegado al final la segunda temporada. ¿Qué voy a decir de este podcast que no haya dicho ya y que no suene a "comprad, comprad mis hermosos jabalíes" porque yo he trabajado en él? Pues lo que digo siempre, que la copla, sus historias y sus protagonistas pueden, a priori, parecernos algo que no nos gusta, que no resuena con nosotros en pleno siglo XXI pero que Lidia García con su escritura y su narración lo convierte en algo apasionante. En esta segunda temporada, durante ocho episodios nos ha ido presentando a mujeres importantes, importantísimas, de la historia de España. Mujeres que se labraron una carrera desde la nada, que triunfaron en España y también a lo largo del mundo, en Nueva York, Buenos Aires, México, que se rodearon de famosos, que arrastraron multitudes. Algunas nos resultan desconocidas como las hermanas Conesa y su trágica historia o La Argentinita. A otras las conocemos, o creemos conocer, mucho: Sara Montiel, Lola Flores o Rocío Jurado. Da igual, de todas Lidia nos descubre aspectos nuevos y nos deja siempre con la sensación de que cualquier cosa que pase, le había pasado antes a una folclórica. 

Sent Away es otra serie que he terminado esta semana. Es un podcast producido por APM reports, una de las organizaciones periodísticas más importantes de USA, Kuer (que no sé quienes son) y el periódico The Salt Lake Tribune. Sent Away es una investigación periodística en siete episodios sobre las organizaciones que hay en el estado de Utah para acoger y "tratar" a adolescentes problemáticos. Como todo el mundo sabe, en Utah los mormones son mayoría y todo en la vida del estado está impregnado por su religión, su visión del mundo, su manera de vivir. En USA existe la creencia de que los mormones y su disciplina pueden corregir cualquier desmán y por eso es el estado a donde van todos los adolescentes problemáticos: drogas, depresión, mal comportamiento, etc. Hay cientos y cientos de instituciones con cientos de programas para esos jóvenes. Sent Way disecciona principalmente uno de esos centros en el que han ocurrido todo tipo de desmanes desde maltratos, abusos, torturas y humillaciones hasta muertes y se centra en explicar como desde el propio estado no se ha ejercido ningún tipo de control sobre esos centros, dejándolos a su aire. ¿Por qué? Porque esos centros son una fuente de ingresos impresionante para el estado. A pesar de lo tétrico de todo el asunto, hay muchos testimonios de jóvenes que cuentan como fue su experiencia en esos centros, al final hay una cierta esperanza, no mucha, en que por fin se ponga algo de control en todo esta "industria". 

Sent away es un podcast muy serio, muy bien hecho, muy riguroso y que se sigue con interés (y horror). Se ha hecho un grandísimo trabajo de documentación e investigación, los testimonios tanto de las víctimas como de algunos responsables son sorprendentes y, además, es un podcast en el que los hosts se van intercalando sin que por ello se resienta la narración o el ritmo. Esta alternancia de hosts rompe una de las reglas del podcasting, que yo siempre repito además, de que hay que tener una voz que te cuente la historia para guiar al oyente. Sent away funciona perfectamente con varias. 

Por último dejo el episodio de ayer del Daily con la historia de Dennis Wayne que lleva veintisiete, ¡27! años en confinamiento solitario en una cárcel de Texas. Veintisiete años en una celda más pequeña que una plaza de aparcamiento, pasa veintitrés horas al día allí solo, sin ver a nadie, sin hablar con nadie y sale solo una hora al día a ejercitarse en un espacio un poco más grande. ¿Su crimen? Varios robos a mano armada en los años noventa cuando era un veinteañero y haberse escapado 2 veces de la cárcel. Es una historia terrible de crueldad carcelaria sin sentido. He aprendido también que en Texas hay más de quinientas personas en confinamiento solitario y más de ciento veinte llevan más de veinte años así. Me resulta incomprensible y aterrador. 

Para no dejaros mal sabor de boca, enlazo también la Banda Sonora de la newsletter La cabaña, llena de música para escuchar en estos días en los que uno fantasea con pasar la vida sin hacer nada, leyendo, escribiendo, paseando y comiendo torrijas. 

Como siempre, (casi) todo lo que recomiendo está en esta lista.

martes, 12 de abril de 2022

Hasta que las pienso

No he visto Retrato de una mujer en llamas porque en su día no encontré el momento de ir al cine, no encontré el momento de verla cuando estaba en una plataforma y el viernes, cuando me apeteció verla, ya no la encontré en ninguna de las que tengo. ¿Por qué me apeteció justamente el viernes? Porque en el desayuno había conocido a la directora, Celine Sciamma leyendo sobre ella un perfil en el New Yorker. Al llegar al artículo me sorprendió lo mucho que Celine se parece a Cate Blanchett, después pensé que seguro que me caí mal y, al acabar el texto, cogí mi libreta de citas y apunté esto: «Si no te lo transmiten, siempre hay que inventar. Eso genera mucha ansiedad. Te genera ansiedad tener que inventar lo que es besar a una mujer cuando no lo has visto. Pero lo haces. Lo inventas».

No lo había pensado nunca. Crecemos pensando que todo lo que tenemos que saber ya está inventado, ya está ahí, flotando en la sociedad, en la vida, en el colegio, la universidad, las pelis, la radio, los periódicos, internet y que lo único que tenemos que hacer es ir aprendiéndolo según un ritmo que nos marca la edad, la educación o nuestra familia. Pero ¿qué pasa con lo que no te cuentan pero existe? ¿Con lo que existe pero no se ha contado nunca? Celine habla de los besos entre mujeres en el cine, besos pasionales, besos lujuriosos. Ella explica como tuvo que inventar la manera de mostrarlo en el cine. Me quedé pensando al terminar el artículo. No es inventar es contarlo, mostrarlo, enseñarlo, convertirlo en algo tan natural como los besos entre hombre y mujer que han inundado nuestros ojos desde siempre porque están en todas partes.

No lo había pensado nunca. 

 Y como eso, hay un millón de cosas.  

El sábado mi madre me contó que una de sus amigas del colegio (tienen un grupo de wasap muy activo en el que están todo el día charlando), les ha confesado que ella no se lava el pelo en casa desde que salió del colegio. «¿Cómo?» «Que no se lava el pelo en casa nunca» Mi madre me lo repite más alto como si yo hubiera preguntado porque estoy sorda y no por la incredulidad que tal afirmación me provoca. 

«Vive cerca y no cocina» leo en otro artículo sobre la actriz Patricia Clarkson. La periodista se ha citado con ella en un bar cerca de su casa y, por lo visto, como Clarkson no cocina, así en general, no cocina nunca, no cocina nada, baja todos los días a comer y/o cenar al susodicho garito. «¿Cómo?» Me quedo tan estupefacta como con la amiga de mi madre. Dedico un buen rato de mi mañana darle vueltas a este pensamiento. Me resulta inconcebible, inimaginable. Puedo imaginarme siendo rica, teniendo una librería, siendo soltera, teniendo seis hijos y catorce nietos, siendo malabarista, carnicera, escritora del New Yorker, ¡francesa!, lesbiana pero comiendo siempre fuera de casa y no lavándome la cabeza jamás... no lo concibo. 

Y como eso, hay otro millón de cosas que no concibo. 

Hasta que me las encuentro. 

Hasta que las pienso. Y algo hace click. 

Y vengo aquí y lo escribo. 



sábado, 9 de abril de 2022

Podcasts encadenados. De engaños, sorpresas, turismo y batallas francesas



Vamos directo a la mandanga. ¿Qué he escuchado esta semana y creo que merece la pena comentar aquí? 

Empiezo por lo que me ha tenido más enganchada: Wild boys, tercera temporada del podcast Chamaleon, de Campside Media que, no hay que ser muy listo, trata en cada temporada de alguien que se hace pasar por otra cosa con la intención de engañar a los demás. Las dos primeras temporadas no las he escuchado así que no puedo decir si ese engaño era con la intención de hacer el mal o de ganar dinero o simplemente porque hay gente que es un genio de la mentira y son capaces de vivir permanentemente mintiendo sin sentir el más mínimo remordimiento, simplemente aparentando ser otra cosa de lo que son. ¿Qué cuenta Wild boys? La historia nos la cuenta Sam Mullins que en 2003, cuando la historia empieza, era un adolescente en su pequeña ciudad de Canadá. Vernon es un lugar idílico, como casi todo el país, que por lo que cuenta Mullins es como un decorado de peli de tarde. Todo el mundo se conoce, todo es bonito y todo el mundo se preocupa por el vecino. En el verano de 2003, alrededor del lago donde la gente pasaba los días aparecieron un par de muchachos que nadie conocía y que se paseaban por la orilla vendiendo comida y ayudando a la gente por un par de monedas con sus compras y sus carros en el supermercado cercano. Nadie los conocía, eran muy altos y extremadamente delgados, sobre todo uno de ellos. En algún momento, al final del verano, una vecina bien intencionada, les dejó una nota en el supermercado diciéndoles que le encantaría ayudarles. Y ellos llamaron.  A partir de ahí comienza esta historia de engaño, de sorpresa que no se acaba nunca hasta el último episodio. 

¿Es Wild Boys un true crime? Es una historia real pero no hay crimen más allá de aprovecharse de la credulidad de unos cuantos vecinos. La serie se sigue con curiosidad porque cada vez que crees que ya has llegado al final de las sorpresas, Mullins te cuenta algo más que te deja en plan: no puede ser. La motivación de Mullins para esta serie es algo que también me parece interesante, la historia de los hermanos es algo que se conocía perfectamente, qué ocurrió y cómo ocurrió estaba documentado en la prensa de hace 20 años pero él reflexiona e investiga, por un lado, para saber qué fue realmente lo que ocurrió y como lo vivieron sus protagonistas en su momento y, por otro, para saber que es de ellos ahora mismo y ahí es donde están las sorpresas. Este planteamiento me ha interesado porque a la hora de enfrentarnos a buscar una historia para hacer un podcast, mucha gente piensa: eso ya se ha contado. Y sí, puede que así sea pero hay mil enfoques nuevos para enfrentarse a lo ocurrido que procuren otra dimensión que merezca ser contada en audio. Queda todo por contar. 

Wild boys es una buena serie para engancharse, por ejemplo, en el viaje hacia el descanso de la Semana Santa. 

Hace muchos años, antes de que la palabra gentrificación apareciera en todas partes, escribí un post, Parques temáticos,  en el que a partir de mi experiencia trabajando en Toledo explicaba el espanto de vivir  en una ciudad en la que todo se ha convertido en un negocio turístico. Hace once años Toledo ya era invivible en su casco antiguo y eso está ocurriendo o ha ocurrido ya en la mayoría de las ciudades españolas. El podcast Hypertourismos de la red europea de podcast, Europod (la misma de La Abuela de las tres guerras), analiza este fenómeno de convertir las ciudades en parques temáticos imposibles para vivir el día a día, a partir de lo que ocurre en la isla de Santorini. La host, Maëlle Julou, que vive allí reflexiona sobre el fenómeno del turismo masivo, hiperturismo, y como ha cambiado la fisonomía de la isla, de la economía, de la manera de relacionarse con la naturaleza y con el entorno. Es un podcast bastante interesante en el que he aprendido, por ejemplo, que hasta los años 50 en la isla no había ni un solo coche y se vivía de la agricultura. En 1956 un gran terremoto sacudió la isla causando muchos daños y fue entonces cuando empezó el fenómeno turístico que ha ido creciendo hasta alcanzar una dimensión hipertrofiada que provoca que, por ejemplo, los profesores de las escuelas no encuentren alojamiento (igual que ocurre en Baleares) o que la isla esté inundada de botellas de plástico porque no tiene agua potable y los turistas las acarrean y las dejan en cualquier sitio. La parte más deprimente de la historia es que no tiene fácil solución, el turismo deja muchísimo dinero y el gobierno griego no tiene interés en ponerle ningún tipo de freno. Un arqueólogo de la isla, empeñado en la defensa del entorno y de un turismo más sostenible y respetuoso dice, en un momento dado: la única solución para Santorini es que un terremoto haga caer unas cuentas casas por los acantilados. En su opinión eso vaciaría la isla y le daría la oportunidad de respirar y repensar su futuro. La opinión de un catedrático de la universidad de Tarragona que aparece en el último episodio es también muy interesante, conviene escucharlo para que pensemos hacia donde vamos en lugares como, por ejemplo, Santillana del Mar, Pedraza o muchos otros pueblos españoles. Hacia donde vamos o dónde estamos ya. 

El podcast está bien, hay que tener en cuenta que estos podcasts de Europod son proyectos amateurs que cuentan con el apoyo de fondos europeos para su realización. Es un proyecto correcto, interesante y que se escucha con agrado e interés. 

Para terminar, esta misma mañana, he escuchado La batalla de Francia, un podcast de RTVE con Antonio Delgado, corresponsal en Paris del ente público. Este podcast tiene seis episodios y los han publicado todos esta semana. Su propósito es dibujar un retrato de la Francia que va a votar mañana y demostrar como en estas elecciones no solo los franceses se juegan mucho, nos lo jugamos todos los europeos. Si gana Le Pen, Europa cambiará para mal. ¿Qué ha pasado en Francia para que esto sea una posibilidad? A lo largo de los seis episodios, de un cuarto de hora de duración, Delgado va presentando distintos escenarios: desde la preocupación por el catolicismo extremo que va ganando la narrativa de la defensa de una Francia grande pero no republicana, hasta la desaparición de una gauche divine que caracterizó durante muchos años el panorama político francés, pasando por el auge del racismo y la islamofobia. Delgado es un fantástico narrador que, para mi gusto, borda el primer episodio que recomiendo incluso si no se va a escuchar toda la serie. En él se cuenta la historia de la llegada a la abadía de Solignac de una comunidad de monjes tradicionalistas y las implicaciones que esto está teniendo en el pueblo y que puede tener a gran escala en el país. El resto de episodios siendo interesantes, muy interesantes, van derivando poco a poco del tono narrativo de podcast al tono propio de una crónica radiofónica que no es el mismo ni mucho menos. 

Para terminar un par de cosas más o tres. Esta semana y no recuerdo muy bien cómo llegué a él, he descubierto El recuento musical de Margot Martin y he disfrutado muchísimo del episodio dedicado al aria Nessum Dorma que todos hemos escuchado más veces y en más entornos de los que podemos recordar. Martin repasa la historia de esta pieza musical desde que Puccini la compuso hasta su uso en los campos de fútbol. 23 minutos que, si le dais al play, vais a disfrutar muchísimo.  Siguiendo con el tema de la música recomiendo también  el episodio,¿Por qué hemos dejado de toser en los conciertos? de  Hoy en EL PÁIS. 

Por último estuve el miércoles en la presentación de El Monstruo del monóculo y otras historias de Nuria Pérez. Hablamos del libro pero, sobre todo, hablamos del podcast y fue muy emocionante escuchar las historias de muchos de los asistentes contando lo que Gabinete de Curiosidades ha supuesto para ellos. ¡Larga vida a los podcasts y a sus oyentes!

He empezado a ver Yellowjackets con mi hija y estamos enganchadísimas y me ha encantado este perfil de Céline Sciammas, la directora de Retrato de una mujer en llamas. La película no la he visto aún pero la entrevista me ha encantado y muchas de las reflexiones que ella hace me han dejado muy pensativa. Por si a alguien le interesa

Si escucháis algo, ya sabéis, venid a contármelo. 

jueves, 7 de abril de 2022

La vinca, mi abuelo y los coches

 

«Que no piséis la vinca» «Ahí no juguéis a la pelota que se os irá a la vinca» «Cuidado con la vinca». Todas estas frases me han venido a la cabeza esta mañana cuando en un rincón del Retiro me he encontrado con una planta de vinca. La he reconocido por las pequeñas flores violetas y las brillantes hojas verdes y el resto del paseo he ido pensando en mi abuelo José Luis. Casi he vuelto a mis ocho años cuando él se sentaba en la pérgola, dejaba las muletas colocadas al lado de su silla y leía el periódico mientras nos miraba. No nos vigilaba porque no éramos su responsabilidad, él simplemente levantaba la vista mientras leía o rezaba y solo nos llamaba la atención si gritábamos mucho. A él la vinca no parecía preocuparle. Mi madre, mis tías, mi abuela, otros adultos que había en la casa tenían una preocupación, a mi modo de ver, desmesurada por ese manto verde que crecía entre la rampa del garaje y la tapia del vecino. «Un millón de veces os hemos dicho que ahí no se juega» nos gritaban en cuanto  nos poníamos a jugar al fútbol en esa rampa pero ¡es que era el mejor lugar para eso! El resto del jardín tenía mucho encanto y cada zona era la mejor para algo: los pasillos entre los lilos en los que nos escondíamos, el estanque redondo lleno de tierra en el que en algún momento hubo tomateras pero que siempre pedíamos que se vaciará y volviera a tener agua, el pinar para jugar a la sombra y para asomarnos a espiar a los otros vecinos y la esquina pegada a la puerta de entrada, con los grandes cedros, que siempre nos daba miedo. Lo describo aquí y parece que fuera un jardín enorme y para nosotros, niños pequeños, lo era. Ahora, cuando paseo por él me doy cuenta de lo pequeño que era todo y lo enorme que nos parecía. Más que enorme, inabarcable, como si nunca fuéramos a tener tiempo de explorarlo todo, de descubrir los secretos que había en cada rincón. 

Camino por El Retiro pensando en todo eso mientras escucho un podcast sobre la saturación turística en Santorini. No sé nada de esa isla griega más que lo que he visto en las fotos: vistas increíbles, cúpula azules, casas blancas y millones de personas pululando por calles estrechas en busca de una foto que demuestre al mundo que han estado ahí. Aprendo, mientras cruzo el Paseo del Prado, que en Santorini en 1956 no había ni un solo coche y que, después de un terrible terremoto que hubo en 1957, llegaron dos coches, una furgoneta y una moto. Ahora hay diez millones de coches. Doy un respingo al escuchar esa cifra ¡diez millones! No puede ser. Diez millones de coches en esa pequeña isla, no puede ser. ¿Cuántos coches hay en Madrid? No lo sé, tampoco me importa. Sean los que sean no me resultan sorprendentes, los he visto toda mi vida, son parte del paisaje de la ciudad. Coches por todas partes. El mío ya no se mueve, aparcado en la puerta de casa, acumula polvo, cagadas de pájaro y carteles de masajes, compro piso, y comida a domicilio. De vez en cuando paso y le quito los papeles. Me parece lo mínimo que puedo hacer por él. 

Al pensar en mi coche, vuelvo a mi abuelo y a su seiscientos y a como, siendo yo muy pequeña, con siete u ocho años, me hacía bajar con él al coche para ayudarle a quitar el freno de mano porque con sus manos artríticas no tenía fuerza suficiente. Caminaba con muletas, en una de sus piernas, no sé en cual, llevaba un alza de diez centímetros y sus manos estaban agarrotadas casi como garras pero, cada día, conducía a misa. De niña no me sorprendía, no me llamaba la atención, mi abuelo podía con todo, pero ¿Cómo era posible? Quizás hace cuarenta años, en Madrid, sí se podía. No había diez millones de coches. 

¿Vive la vinca cuarenta años? 

domingo, 3 de abril de 2022

Lecturas encadenadas. Marzo


Este fin de semana cambio los podcasts encadenados por las lecturas encadenadas para que no se nos despiste que a mí, aunque me gusten los podcasts, prefiero los libros. De hecho cuando sueño con tener todo el tiempo libre del mundo, o de la jubilación, sueño con dedicarlo a leer sin parar. 

Al lío. Marzo me ha cundido bastante, estoy sorprendida. 

Nuestra parte de noche de Mariana Enríquez llevaba en mi radar, pasando por delante de mi vista, un par de años. Lo veía en todas partes: en artículos, en twitter, en instagram, recomendado casi en todas partes (un poco menos por parte de las chicas de Deforme Semanal). En la Feria del Libro de Madrid, en septiembre del año pasado, decidí comprarlo y en marzo le llegó el turno. A gente muy cercana a mí y en quien confío mucho como lectores, les había encantado así que era apuesta segura. Me gustaría decir que me ha gustado muchísimo pero no ha sido así. Probablemente tener grandes expectativas con respecto a él ha jugado en su contra (Casi siempre tener expectativas sobre algo es contraproducente). 

No tenía ni idea de qué iba porque recordemos que nunca leo la contraportada de ningún libro antes de leerlo y me sorprendió, agradablemente, que fuera una novela de terror. Poco a poco Enríquez sumerge al lector en un ambiente opresivo y cada vez más aterrador en el que entras por completo, se lo compras todo: los personajes, la trama, el paisaje, lo sobrenatural, la crueldad, la fantasía, todo. Escribiendo esta reseña y releyendo mis notas recuerdo que no es que no me gustase el libro, es que hay un parte, pasada la mitad de la novela, en la que la acción se traslada de Argentina a Londres en la que, sin saber muy bien porqué, dejé de comprarle a Enriquez lo que me estaba contando. En esa parte de la narración me aburrí, se me hizo larga, me sobraron páginas y dejé de creérmelo todo. La novela se estanca, da tres millones de vueltas y no avanza. De vuelta a Argentina se recupera bastante pero no lo suficiente como para enjuagar el mal rato anterior. 

¿La recomiendo? Sí, es diferente, es entretenida, es tenebrosa y está muy bien escrita. (Acordaos de mí cuando lleguéis a Londres)

«God always behave like the people who make them» (Zora Necle Hurston)

Cosas que no quiero saber de Deborah Levy lo compré un raro día de marzo en el que salí pronto de trabajar y decidí darme un capricho: compré este libro y me hice la manicura.  Mi amigo Agustí me lo había recomendado y en mi brujuleo por internet había visto alguna otra recomendación fiable. Este libro, bastante breve, es el primer tomo de la "autobiografía en construcción" de Levy. Comienza con un viaje a un pequeño hotel rural en Mallorca, sin lujos y sin agua caliente dice la autora (esto no me lo creo), al que la autora huye para descansar, para reflexionar, para ver que hace con su vida. De ahí pasamos a conocer su infancia en Sudáfrica marcada, por supuesto, por el apartheid y la posición política de su padre en contra de la segregación. Esa oposición al gobierno lleva al padre a ser detenido y a la niña, Deborah, a sufrir una época de desconcierto, de inseguridad que se traduce en una rebeldía (de niña pequeña, claro) que hace que su madre decida mandarla a casa de una tía porque ella no puede hacerse cargo. Todo es incierto, inseguro, desconcertante y complicado. Los recuerdos de Levy de esa infancia son tristes, son de desarraigo, no por no estar en su casa sino por haber sido arrancada de una infancia normal, con sus padres, para hacerle vivir algo que no entiende muy bien pero que sabe que no está bien. El volumen termina cuando la familia, tras la liberación del padre, se muda a Inglaterra donde empiezan una nueva etapa que tampoco será feliz porque sus padres se separan. 

¿Me ha gustado? Menos de lo que creía, otra vez las malditas expectativas, y me ha recordado mucho a Coetzee. ¿Se parecen todos los escritores sudafricanos? ¿los blancos al menos? No lo sé. ¿Leeré más de Levy para ver dónde va en su construcción autobiográfica? Tampoco lo sé. 

¡Ah! Repasando mis notas veo que se me ha olvidado comentar que en la primera parte del libro, cuando la autora llega a Mallorca, tiene una serie de reflexiones sobre las mujeres, sobre escribir que, si bien no comparto por completo, tienen cierto interés. 

«A veces en la vida no se trata de saber por dónde empezar, sino dónde parar».

«Cómo nos reímos. De nuestros deseos. Cómo nos burlábamos de nosotras. Antes de que lo haga cualquier otro. Cómo estamos programadas para matar. Para matarnos. Resulta insoportable pensar en ello». 

Desde la línea de Joseph Pontus también lo compré en la Feria del Libro. Fue por recomendación de Gonzalo, de Tipos infames, que casi siempre acierta. Desde la línea es un libro diferente en forma y fondo. Ponthus, que estudió humanidades y trabajo social, al no encontrar trabajo en su campo comienza a trabajar como obrero manual, en cadenas de producción, en distintas factorías. Primero en una de pescado congelado, luego un cocedero de marisco y más tarde en una sala de despiece de vacas y cerdos. El trabajo es monótono, mecánico, repetitivo, agotador físicamente y mentalmente extenuante por la constante repetición de tareas que resultan anodinas y que nunca se acaban. Ponthus, como un Sísifo contemporáneo, se enfrenta cada día a lo mismo y traslada esa sensación de repetición permanente y sin sentido a una escritura en forma de largo poema en prosa. No hay ni un solo signo de puntuación a lo largo de sus 252 páginas para trasladar al lector esa sensación de permanente movimiento agotador que no va a ninguna parte. 

Ponthus consigue que en sus palabras se sientan, se lean y casi se viva la monotonía, la alienación, las rutinas inmutables, el cansancio extremo que impide descansar incluso cuando no se está trabajando, el dolor y el esfuerzo físico. Lo consigue y, por eso mismo, pasadas las 150 páginas el lector empieza a agotarse de estar en esa rueda sin fin que ya siente que no terminará nunca.

El libro comienza con una cita de una carta de Apollinaire desde la trincheras de la I Guerra Mundial. 

«Es increíble lo que uno puede llegar a soportar» (30/11/2015)

Y me ha gustado esto relacionado con como, cuando no puedes sentarte a escribir, tu cabeza se llena de ideas pero luego, cuando tienes tiempo, estás tan cansado que es imposible.

«Un texto
Son dos horas
Dos horas escamoteadas al descanso a la comida a la ducha
y al paseo del perro

He escrito tanto en mi cabeza y luego olvidado
Frases perfectas que reflejaban 
Que era un trabajo 

He escrito y robado dos horas a mi cotidianeidad
y a mi pareja
Horas a la fábrica

Textos y horas
Como tantos besos robados
Como tanta felicidad

Y todos esos textos que nunca he escrito


Jerôme Lindon. Mi editor de Jean Echenoz  fue un regalo de cumpleaños. Lindon fue un editor importantísimo en Francia y fue el primero en apostar por Echenoz. En 2001, Echenoz al recibir la noticia de su muerte, sale a pasear y con todo lo que recuerda en ese paseo escribió este breve librito, sesenta y cinco páginas, recordando la relación que mantuvieron desde su primer encuentro, desde el primer envío de su manuscrito, hasta el último día que había hablado con él por teléfono. 

¿Fueron amigos? No o no como nosotros podemos entender una amistad pero tuvieron una relación en la que el respeto era absoluto, un respeto como personas pero también como autor y editor. Cada uno de ellos valoraba, entendía y consideraba el trabajo del otro como eso, un trabajo, susceptible de crítica, mejora, edición, aceptación, celebración o rechazo. Esto que parece una obviedad no lo es tanto y menos en nuestra época. Ahora mismo cualquier crítica a un libro, un disco, una obra de teatro, un guión se recibe como algo personal y se desprecia con frases del tipo "Si te crees tan listo, hazlo tú" o "no se puede criticar porque hay mucho trabajo detrás". Entre Lindon y Echenoz hay un respeto absoluto en la opinión del otro y el autor confía totalmente en el criterio de Lindon incluso cuando desestima uno de sus manuscritos. 

Este librito es una preciosa carta de amor de un autor a su editor, una carta de amor a una amistad sin sensiblerías ni cursilismos. ¿Recuerda Echenoz los momentos más importantes de sus muchos años de relación? No. Recuerda lo que le vino a la cabeza al conocer la muerte de Lindon, porque lo que creemos que es más importante no es, necesariamente, lo que nos viene a la cabeza cuando lo perdemos. 

Esto que escribe sobre Lindon me ha gustado mucho: 

«No debe creerse, sin embargo, que este hombre es frío, tajante, autoritario, poco afectivo, qué sé yo, es todo lo contrario. Lo cierto es que es un hombre apasionado, que se subleva, que se burla, que se enciende y se alegra tanto como puede indignarse y protestar. Que no se piense que no es simpático tampoco, no es esa la cuestión, es un hombre perfectamente amable. El asunto es que tiene otras cosas que hacer que ser simpático, la simpatía no le preocupa. Y, además, simplemente no tiene tiempo que perder al respecto y no duda en manifestarlo de forma rotunda. Un día que le llamo por no sé qué motivo, excusándome primero por si le molesto: «Sí, me molesta enormemente» dice antes de colgar».

Como una novela de Daniel Pennac fue una compra en la Cuesta Moyano. Nada más empezarlo me sentí tan identificada que sabía que me iba a gustar. Pennac reflexiona sobre porqué nuestros hijos, a pesar de haber sido grandes lectores durante toda su infancia, se desenganchan de la lectura por completo cuando llegan a la adolescencia. Yo estoy ahí y, como él, pensé que no me pasaría porque lo había hecho todo bien. A mis brujas les leí cuentos desde que eran enanas todas las noches, íbamos a la biblioteca todas las semanas a cambiar los libros que ellas mismas elegían, fueron un par de años a un taller, que les encantaba, en la biblioteca, en nuestra casa hay libros por todas partes y siempre nos han visto leer en cualquier sitio y en cualquier circunstancia. Les leí en alto mientras cenaban durante muchos años y les encantaba. Todo bien y, sin embargo, cuando llegaron a los 13 o 14 años se desengancharon por completo. 

Pennac publicó esta novela en 1992, años antes de internet, de las redes sociales y los móviles. Su intento de comprensión de ese abandono de la lectura en la adolescencia se centra en qué les hacemos a los hijos, desde casa o desde el colegio para provocar esa desconexión de algo que antes les encantaba. La obligación de lectura, la necesidad de comprender más allá de disfrutar, la imposición de libros y ritmos de lectura son, para Pennac, lo que desconecta a nuestros hijos de la lectura. Me gustaría estar de acuerdo con él pero tengo mis dudas, nuestros hijos leen menos ahora porque tienen un móvil y mil pantallas. Si a nosotros, adultos adictos a la lectura, nos cuesta concentrarnos cada vez más ¿cómo no les va a costar a ellos? ¿Si su ocio está lleno de redes sociales cuando encontrarán hueco para leer? Coincido con Pennac en que decirles "tienes que leer" no funcionará nunca a pesar de que yo me encuentro a mí misma diciéndoselo a mis hijas de vez en cuando.  Me reconozco en las sensaciones de Pennac, en su desesperación por no conseguir o, mejor dicho, por ver como no leen, al ver lo que se están perdiendo.

¿Volverán a leer? No lo sé. Quiero creer que sí. Ojalá. 

«El tiempo para leer siempre es tiempo robado. Al igual que el tiempo para escribir, por otra parte,  o el tiempo para amar. 
¿Robado a qué?
Digamos que al deber de vivir. 
Esta es, sin duda, la razón de que el metro- símbolo arraigado de dicho deber-resulte ser la mayor biblioteca del mundo. El tiempo para leer, al igual que el tiempo para amar, dilata el tiempo de vivir. Si tuviéramos que considerar el amor desde el punto de vista de nuestra distribución del tiempo, ¿Qué arriesgaríamos? ¿Quién tiene tiempo de estar enamorado? ¿Se ha visto alguna vez, sin embargo, que un enamorado no encontrara tiempo para amar? 
Yo jamás he tenido tiempo para leer, pero nada, jamás, ha podido impedirme que acabara una novela que amaba. 
La lectura no depende de la organización del tiempo social, es, como el amor, una manera de ser. El problema no está en saber si tengo tiempo de leer o no (tiempo que nada, además, me dará) sino en si me regalo o no la delicia de ser lector».

El sexto y último libro del mes ha sido otra compra que hice por impulso en la Cuesta Moyano: El tranvía de la navidad de Giosuè Calaciura.  Esta breve novela, no llega a 120 páginas, es un cuento de navidad que a mí me ha recordado a This is us, The Wire, El autobús perdido de Steinbeck y a Dickens. En un tranvía de una ciudad italiana sin especificar, la noche de navidad, en un tranvía que se dirige a la parte más lejana, más oscura y pobre de las afueras aparece un recién nacido abandonado. Es un pequeño bebe negro que descubre el mundo atado a un asiento. Al autobús van subiendo viajeros que llevan su historia encima, una historia que es siempre de pobreza, de miseria, con un pasado en el que tuvieron esperanza y un presente en el que no creen en el futuro. Un viudo con una joven prostituta, un mago con Alzheimer, un criado filipino, un vendedor ambulante, un joven emigrante ilegal, todos ven al niño y ese encuentro los une por un breve instante, les da una llama de esperanza... que se apaga. 

No es una novela memorable. Se lee con agrado aunque con muchísima tristeza. Lo peor que puedo decir es que seguramente se me olvidará. ¿Corred a comprarla? No, pero si la veis en una librería de segunda mano o en la cuesta moyano o la encontráis en el Retiro porque allí dejaré yo mi ejemplar, leedla. 

Y con esto y un bizcocho... hasta los encadenados de abril. 

miércoles, 30 de marzo de 2022

La copa A y el misterio

La semana pasada fui a ver La peor persona del mundo. Hace un mes y medio vi Licorice Pizza. La primera me gustó mucho, la segunda me hizo revolverme en la butaca desde el minuto cinco y resoplar desde el minuto seis. 

En las dos películas aparecen dos mujeres de unos veinticinco años que se enamoran y desenamoran de hombres. En Licorice Pizza esa mujer, muy bien interpretada por la actriz Alana Haim, además de enamorarse de hombres, establece una relación completamente incomprensible con un chaval de quince años. La posibilidad de que una tía de veinticinco años se deje engatusar por un chaval de quince años es cero, es imposible. ¿Por qué lo sé? Porque yo he tenido veinticinco años y fijarte en un chaval de quince era algo absolutamente marciano. Esta premisa que ocupa toda la película fue la que me hizo revolverme como una endemoniada durante todo el metraje. No entendía nada. Lo entendí cuando leí en alguna parte, que la película era de alguna manera autobiográfica, que estaba basada en algo que le ocurrió al director Paul Thomas Anderson. Ahí encajó todo. El bueno de Paul, con sus quince años, más salido que la pata de una mesa y con sus aspiraciones a tope se enamoró de una chica de veinticinco que, obviamente, en la vida real ni le miró. Ahora con más años que el abuelo de Heidi se casca esta peli en la que "arregla" la realidad porque consigue a su chica soñada. No sé si esto es así tal cual pero lo que sí sé, es que la protagonista de Licorice Pizza está pensada por un hombre. Cualquier mujer hubiera dicho lo mismo que yo: con veinticinco años si se te acerca uno de quince le dices que vaya a tomarse un Colacao. 

La peor persona del mundo también la ha pensado un hombre y por eso la encantadora protagonista que es guapa, atractiva, con las cosas claras (cuando tener las cosas claras es sinónimo de hago lo que quiero sin preocuparme excesivamente por los demás) y no tiene tetas. Esto le permite llevar un vestido imposible en una noche noruega tan calurosa que parece agosto en Córdoba. 

En Licorice Pizza ocurría lo mismo. A lo mejor no os habéis dado cuenta pero todas las mujeres atractivamente misteriosas del mundo de ficción tienen, como mucho, una copa A. Por alguna extraña razón, tener más pecho, una copa C, una copa D, impide ser misteriosa, chispeante y encantadora. 

Volvamos a la peli. Julie, la peor persona del mundo,  va saltando de relación en relación hasta que se enamora de un hombre un poco mayor que ella que la cuida. Discuten, como todo el mundo, a veces se sienten dejados de lado por el otro, como le pasa a todo el mundo en su relación de pareja de vez en cuando, e imagina mundos paralelos en los que tiene una relación llena de colorines, emoción y chispitas con un atractivo (a mí no me gustan ninguno de los dos hombres de la peli) joven que ha conocido en una fiesta la noche en que lleva el vestido apto para las noches cordobesas. He leído críticas que yo no comparto que dicen que ella es una simple, que es boba, que no es nada interesante. Ella es una chica normal, llena de todo lo que el siglo XXI nos ha dicho a las mujeres que tenemos que hacer: «persigue tus sueños, se independiente, si no quieres tener hijos no los tengas, no dependas de un hombre, si no eres feliz en una relación, largate» No digo que estas cosas sean buenas o malas, desde luego no son peores que "lucha por tu relación, la maternidad te realizará, trabaja si quieres...etc», pero desde luego son el reflejo de lo que ocurre en la sociedad. Ella salta de una relación a otra y se equivoca ¿Y qué? 

Me encontré también con un análisis, sin duda muy sesudo, en el que decían que Julie es producto del patriarcado y que el que sale bien parado es el hombre mayor (ja, tiene 40 palos) al que abandona para irse con la fantasía. Pues claro, claro que sale bien parado ¿y qué? Ella le deja por otra relación y luego se arrepiente. ¿No hemos visto esto un millón de veces en un millón de comedias románticas que eran al revés: él se iba con una más joven y acababa volviendo a su primera mujer, más mayor, más sabía, más interesante? Por favor. 

Supongo que hay gente que querría que ella fuera un dechado de virtudes y ejemplaridad y no una mujer bastante simple, que le da mil vueltas a las relaciones amorosas y que se enfada por gilipolleces, es egoísta y que, de vez en cuando, trata mal a los que la quieren. En esto hemos avanzado en las ficciones, las mujeres ya no tienen que ser ejemplares y pueden actuar como pollos sin cabeza para ser juzgadas por los espectadores sin que haya problema.  

A ver si en próximas ficciones, avanzamos un poquito y además de ser volubles, egoístas y hacer las mismas chorradas que los hombres, conseguimos que alguna de esas mujeres se salga de la copa A. 



sábado, 26 de marzo de 2022

Podcasts encadenados. De narcos, oligarcas y tapices medievales


Cuando me levanto y mientras me preparo el desayuno, hago la cama, recojo, me ducho, me arreglo y me visto para ir a trabajar escucho podcasts en español. Estoy atenta a ellos pero no necesito estar muy concentrada porque si me pierdo una palabra o una frase no me voy a perder en la narración. Ese hueco de mañana lo ha ocupado esta semana Transportista, un podcast de  IHeart y Exile Content Studio que tenía pendiente desde el otoño pasado y que el mes pasado ganó el Premio Ondas al Mejor podcast de No-ficción. 

Transportista está construído a partir del relato que un transportista de droga hace, a través de llamadas telefónicas desde la cárcel donde está recluido, de su trayectoria delictiva desde los años 80 hasta que es capturado, juzgado, condenado e internado en una prisión en Carolina del Norte. Un narrador va contando la historia, dando los datos, intercalándolos con las declaraciones de transportista. Cómo empezó en el negocio, como fue pasando de trabajar para unos narcos y para otros, los primeros vuelos internacionales, los sobornos a los policías y fuerzas de seguridad de los distintos países, las veces que fue capturado, sus ligues, sus noches locas, los años buenos, las identidades falsas. El terrorífico mundo del narcotráfico a gran escala actuando con total impunidad se muestra en este podcast. Es escalofriante ver la frialdad con que él habla de todo eso y la jeta como un piano con la que deja claro que él no es un narco porque él solo pilotaba los aviones que llevaban las drogas de un lado para otro. 

¿Es Transportista un buen podcast? Sí. Es un true crime, una especie de Breaking Bad sonoro, contado en 10 episodios breves, de no más de quince minutos para escuchar mientras pululas haciendo otras cosas. También hay versión en inglés pero yo lo he escuchado en español para poder recomendarlo aquí para todos los que no os animáis con el inglés. 

Ucrania sigue, tristemente, siendo noticia y acaparando la atención en muchos podcasts. De todo lo que he escuchado esta semana (y dando por hecho que ya estáis todos suscritos a Hoy en El País) me ha interesado especialmente este episodio de The daily, Will sanctioning the oligarchs change the war? en el que analizan si las sanciones a los oligarcas rusos tienen sentido y funcionan. Es un tema que me interesaba porque todos estamos indignados y queremos que a los oligarcas les quiten las casas, los barcos, más casas, más barcos, las joyas, más casas y más barcos y creemos que con eso ellos se sentirán dolidísimos y harán algo para parar a Putin. En este episodio, Matt Apuzzo, el corresponsal del New York Times en Bruselas hace un repaso a estas medidas, a su historia y si funcionan o no. (Spoiler, no esperéis mucho de esas sanciones). Como siempre, el Daily hace un trabajo fabuloso y, también como siempre, terminas el episodio habiendo aprendido cosas. 

En el año 2016 estuve de viaje en Normandía. Fue un viaje maravilloso que quiero repetir algún día en el que me zambullí en mi faceta friki de la II Guerra Mundial, disfruté de acantilados maravillosos  y me extasié delante del tapiz de Bayeux. Por si alguien no lo sabe, el tapiz de Bayeux fue bordado en el siglo XI y retrata los hechos que ocurrieron entre 1064 y 1066 cuando los normandos se lanzaron a conquistar Inglaterra que culminaron en la batalla de Hastings. Si alguna vez vais a Bayeux, no os lo perdáis. El tapiz está expuesto en vertical y mide 70 metros de largo. Al llegar a la sala te dan una audioguía que según avanzas te va explicando lo que estás viendo y, creedme, es algo fascinante. Pues bien, esta semana, en este episodio de Seriously...(otro de mis fijos), Women in stitches: the making of the Bayeux tapestry,  varios expertos cuentan como este tapiz fue, sin duda, bordado por mujeres. Mujeres de las que no sabemos absolutamente nada, ni sus nombres, ni sus edades pero de las que podemos adivinar algunas cosas por lo que bordaron. Sí, les dijeron "Bordar nuestras heroicidades" pero ellas añadieron multitud de pequeños detalles llenos de sentido del humor y de ironía. En el episodio hablan también de las condiciones en las que lo bordaron. Explican como determinados colores se usaban solo en las horas centrales del día cuando la luz era mejor o como algo que no vemos, la parte trasera del tapiz, está bordado con un mimo excepcional. Es interesantísimo. 

Por último, mi compañero Pablo Fernández Delkader, escribe todas las semanas la newsletter Sonograma dedicada al mundo del audio y los podcasts. Todas las semanas tiene la gentileza de dejarme participar y me pide recomendaciones de podcast que giran, normalmente, sobre un tema. Esta semana el tema era el silencio y, entre otras, recomendé esta joyita: The Selene, un episodio del curioso podcat Five minutes of mime, sobre el día que el hombre pisó la Luna. Son cinco minutos pero os llevaréis una sorpresa. 

Pues con esto ya estaría. La lista de todo lo que recomiendo está aquí. Como siempre, si escucháis algo, venid a contármelo. 

miércoles, 23 de marzo de 2022

¿De quién aprendes?

Primero los puños, por un lado y por el otro. Después se estira la manga con cuidado, despacio, intentando que el pliegue quede igual pero sin acercase demasiado a él para que no quede marca. Igual que con los puños, primero por un lado y luego por otro. Entre gesto y gesto, humedecer. Después el hombro, esta parte es importante, marcará la diferencia. Repetir la operación con la otra manga. Después la zona de los botones, la pechera y la espalda. Una vez terminado, colgar en una percha. 

Mi abuela Victoria me enseñó a planchar. A veces, pasaba temporadas con nosotros en Los Molinos. Mi madre, desde muy pequeños, había repartido las tareas de la casa y no sé si porque lo pedí o porque me tocó, yo planchaba. Un buen día mientras yo cogía la enésima camisa de mi padre para planchar, mi abuela apareció, me miró y me dijo: «Así no» y me explicó paso por paso cómo debía hacerlo.  

Treinta y cinco años y cientos de camisas después sigo haciéndolo tal cual me lo enseñó y me acuerdo de ella cada vez que saco la tabla, enchufo la plancha y coloco la primera manga. Murió hace catorce o quince años, no lo sé, no me acuerdo, hacia tiempo que había dejado de gustarme y de importarme junto con el resto de mi familia paterna y reposaban todos en el fondo del barranco de la indiferencia.

Mi abuela dejó de gustarme pero mi querencia por la plancha sigue conmigo. Es una de las actividades que más tranquilidad me dan. Planchar me permite escuchar podcasts, ver series o simplemente pensar mientras consigo que algo que está arrugadísimo salga de mis manos en perfecto estado de revista. Consigo algo. Hay pocas cosas que me den tanta satisfacción con tan poco esfuerzo y casi ninguna que me de tanta calma mental. 

Hoy he llegado a casa y me he puesto a planchar. Al acordarme de mi abuela y de aquella tarde en Los Molinos he pensado que se pueden aprender cosas de gente a la que detestas, de personas que te hicieron daño, de muchos de los que no recuerdas nada más que aquello que te enseñaron. No voy a decir que todo el mundo merece la pena y que de todo se puede aprender porque no, eso es mentira. 

¿Importa de quién aprendes? Una de mis más exitosas habilidades laborales la aprendí de un examante cobarde (y no, no implica nada sexual) y de mi madre aprendí que tener un hijo favorito y no reconocerlo es ridículo y que los guisos de cuchara hay que hacerlos el día antes. De mi hija Clara he aprendido a no preocuparme por lo que puede pasar "mamá, eso es un problema de Ana del futuro", de una excompañera de trabajo completamente inepta aprendí a contestar "sí, claro, yo me encargo" y luego hacerme la muerta y de Juan he aprendido que cuando estás subiendo una cuesta, lo mejor es hacerlo despacio, llegarás arriba igual pero más descansado. (Él lo aprendió del vigilante de una gran cueva en Italia) 

Quiero creer que alguien aprenderá algo de mi. Algo útil como planchar pero tengo claro que no serán mis hijas. 

sábado, 19 de marzo de 2022

Podcasts encadenados. De estar informado, pasados que vuelven y ser feliz


No sé las veces que he recomendado, en esta sección, The Daily,  el podcast del New York Times que cada día, de lunes a viernes, analiza la información. Soy adicta a ese podcast, a lo que cuentan, a cómo lo cuentan y a la voz de su host principal, Michael Barbaro. Otros grandes periódicos tienen podcast del mismo estilo que también están muy bien, como por ejemplo el Today in Focus del periódico británico The Guardia y que también he recomendado por aquí varias veces. A principios de este mes, El País sacó (sacamos) por fin Hoy en EL PAÍS, el podcast daily informativo que pretende copiar, inspirarse, aprender de todo lo que ya se ha hecho en inglés y alcanzar un tono propio y un estilo diferencial. Para que no queden dudas yo trabajo con el equipo que hace este podcast, no estoy cada día haciendo los episodios pero sé el trabajazo que llevan haciendo desde hace seis meses para lanzar este proyecto. ¿Os lo recomiendo porque trabajo en él? No. Os lo recomiendo porque creo firmemente que el podcast permite un acercamiento a la información más pausado que la radio y desde otro enfoque completamente diferente porque la última hora, la urgencia y la inmediatez ya está cubierto en otros medios. Son veinte minutos al día, el episodio está disponible a las seis de la mañana y es muy fácil crearse un hueco, un hábito para escucharlo todos los días. Por supuesto, algunos te gustarán más y otros menos, algunos se te quedarán en la memoria y otros los olvidarás nada más terminarlos pero este formato informativo es diferente, es más cercano, más íntimo, no lleva cuñas de Securitas Direct y, sobre todo, no hostiliza como, por ejemplo, una tertulia de radio. ¿Mi recomendación para haceros una idea? Escuchad este episodio del viernes de la semana pasada en el que Margarita Yakovenko, periodista nacida en Ucrania, cuenta ¿Cómo era Ucrania antes de la guerra?  Haceos una hueco diario para consumir un daily. 

The Experiment es un podcast de The Atlantic con episodios cada semana pero que no tienen un hilo en común. Esto, que en su día me pareció una debilidad porque impedía que el oyente se enganchara al contenido, se ha convertido en una fuente de sorpresas muy interesantes. El domingo pasado, mientras iba y venia en el coche, llevando y trayendo a mi hija a un partido de fútbol bastante lejos, disfruté muchísimo con este episodio que, recordemos que esto es podcast encadenados, también tiene que ver con Ucrania. El episodio se titula One American Family´s debt with Ukraine. En él, uno de los periodistas de The Atlantic cuenta cómo sus abuelos emigraron desde Ucrania a Estados Unidos cuando los nazis invadieron Ucrania en 1944 cuando Hitler rompió el pacto de no agresión que había firmado con Stalin. Este periodista, Frank Foer, se pasó la vida escuchando a su abuela decir que los rusos habían salvado a Ucrania del nazismo. Partiendo de la historia de su abuela, pasan a todo lo que desconoce de la vida de su abuelo y así, tirando del hilo... llega al final, a nuestros días, a la guerra actual. No quiero contar más para no destriparlo pero lo recomiendo con entusiasmo, con mucho entusiasmo porque es fantástico. Si, además, sois lectores, puede que os llevéis una sorpresa. Y no digo más. 

The 11th es otro de esos podcasts que no va de nada porque va de todo. Producido por Pineapple Street Studios, el día 11 de cada mes lanzan un episodio que es completamente sorpresa. El tema puede ser cualquiera, la duración, la manera de contar, de narrar, el diseño de sonido, todo. Su idea es que se parezca a los reportajes que encuentras en una revista, cada uno será diferente. El de este mes, se llama The Happiness Project y contra lo que pudiera parecer, a primera vista, no tiene nada que ver con la autoayuda, la superación ni Mr. Wonderful. Charles Spearin es un músico que en el año 2007, durante su baja de paternidad, se dedicó a charlar con sus vecinos en Toronto, donde vive. Los invitaba a su casa y, con su permiso, les preguntaba qué era para ellos la felicidad, estar feliz, estar contento. Entrevisto a su vecina jamaicana de 93 años, a la amiga de su hija que tenía cinco o seis años, a otra vecina cercana y grabó sus conversaciones. Poco a poco, escuchando esas grabaciones, se dio cuenta de que cada voz tenía una musicalidad, una cadencia y con un talento que a mi me parece casi magia las asoció con un instrumento y compuso con ellas distintos temas musicales que acabaron en un disco. Este episodio es la historia de esas grabaciones, las voces, sus pensamientos para llegar a esas asociaciones. Es un oasis de alegría, de creatividad, de emoción y, sin duda, un episodio al que volver de vez en cuando. 

Esto son pocos deberes. Ojalá os gusten y si escucháis algo, venid a contármelo. 

La lista de todo lo recomendado está aquí.