lunes, 29 de noviembre de 2021

El peso de un regalo

Llevo un par de semanas preparando una caja para enviar a Clara. «Mamá, mándame cosas que sepan a patria». Descartado lo que más sabe a patria: el jamón, el queso, la morcilla y el lomo por prohibiciones en los envíos, me he decantado por cosas como turrón, polvorones, aceitunas, pipas y chupachups. En el envío además hay pantalones, algunos regalitos y un manga. Es un envío ecléctico del que lo que más me preocupa, (después de que los polvores se desintegren, el polvillo escape el precinto y los de aduanas crean que es antrax) es lo que pesa. El peso marca la diferencia entre que sea caro o sea carísimo. ¿Cuánto pesa un regalo? Este pesa poco. 

Un regalo no pesa lo mismo si lo haces o si lo recibes. Tampoco pesa lo mismo en el momento en que se entrega o se recibe que en el momento en que se piensa o diez años después de recibirlo. No pesa igual si la otra persona ya no está que si sigue en tu vida. Un regalo, cualquiera, pesa por pensamiento, obra y omisión, como los pecados. 

A mí me gusta regalar y nunca lo hago al tuntún. No es una obligación jamás. Si no me apetece regalar a alguien no lo hago. Entiendo que no todo el mundo piensa o actúa así pero para mí, regalar sin ganas es perverso, es como llenar un cuento infantil de referencias sadomaso. Por supuesto, hay personas a las que me apetece mucho más regalar y en este caso el presente pesa más. Cualquier regalo a mis hijas lleva meses de pensamiento, de elucubrar ideas y maneras y lleva semanas de ejecución. Son regalos pesados tanto por la intención como por la esperanza depositadas en ellos: son regalos que quiero que les gusten y que quiero que recuerden. No soy tan inocente como para creer que María recordará su pijama de spiderman o su coche teledirigido cuanto tenga treinta años pero sé que durante sus siete, ocho, nueve, diez, once años...esos regalos fueron una presencia importante y con eso es suficiente. Por experiencia sé que no hay regalo que pese más que el mal regalo, el hecho sin pensar en la otra persona, realizado desde el utilitarismo o "esto es lo que toca". Esos regalos pesan tanto que no se olvidan nunca. Treinta años después todavía recuerdo el disgusto que me llevé cuando mi madre, por mi dieciocho cumpleaños, me regaló una bolsa de viaje de piel. ¿Era bonita? Sí. ¿La he usado mucho? Sí. ¿Era el regalo adecuado? No. ¿Era un regalo que decía esto es lo que quiero regalarte yo independientemente de lo que quieras tú? Sí. Eso pesa muchísimo. 

Lo que pese un regalo, en cualquier caso, no depende de su valor ni del tiempo que se haya dedicado a buscarlo. El peso de un regalo es intangible e inmensurable. Por eso el collar de macarrones del día de la madre de hace quince años pesa lo mismo que la pluma que me regalaron el año pasado. Por esa condición extraña cuesta más dar los libros que te regalaron aunque no te haya gustado que los libros que te gustaron pero que tu misma te compraste. Las manitas de mis hijas impresas en escayola pesan más que el David de Miguel Ángel. Una piedra de una playa, un marca páginas roñoso, una camisa antigua, tu anillo de boda, todos esos regalos pesan casi lo mismo, pesan una vida. 

Hay otros regalos que, sin embargo, parecían pesar una tonelada cuando te los regalaron. Parecía que iban a durar para siempre, que iban a ser necesarios todos los días de tu vida, venían cargados de intención y puede que de amor. Su peso, sin embargo, se convirtió en una losa cuando tu vida cambió y cuando, por fin, has conseguido librarte de ellos, cuando llega el día en el que te deshaces de ellos (es un momento que llega cuando tiene que llegar, que cuando llega parece que siempre estuvo ahí pero que sabes que nunca estuvo ahí hasta ese momento) te sientes como si te hubieras quitado una losa de encima. 

Hay otros regalos con tanto peso que aún perdidos, marchitados, tirados a la basura porque solo eran una sombra de lo que fueron o porque ya estaban en un estado incompatible con la salubridad, dejan hueco, sombra. Los recuerdas para siempre, no importa el tiempo que haya pasado: mi primera bicicleta roja, un forro polar azul marino con capucha y forro de rayas marineras que mi hija Clara perdió en el colegio, mi primer ejemplar de Cannery Row... ya no están, desaparecieron, pero queda su sombra y creo que quedará para siempre. 

Hoy mandaré el paquete a Clara. Será caro pero no pesado. Pesan más las cartas que le envío cada semana y sé que pesarán más dentro de diez años y dejarán sombra si alguna vez las pierde. 

lunes, 22 de noviembre de 2021

Filtro lluvia

Me gusta Madrid cuando llueve. Me gusta su cielo gris, las nubes, los charcos, el sonido de la lluvia en el asfalto, los pasos rápidos de los peatones y el silencio en las conversaciones. Cuando llueve Madrid me da menos miedo, menos ansiedad, nos reconciliamos. Somos como dos desconocidos que no tienen nada en común pero que al encontrarse una noche en un bar descubren que tienen una conexión especial que solo durará esa noche. Será mágico pero no durará.  

En realidad me gusta la lluvia en cualquier sitio ("Si estuvieras en una tormenta en un velero en medio del Atlántico no te gustaría tanto". Ya, y si tú tuvieras que asfaltar carreteras en Córdoba en agosto no dirías "ay que rico el solecito y el verano"), sé que no le pasa a todo el mundo pero que tampoco estoy sola en esto. Para mí la lluvia es casi como un filtro de instagram, todo me parece más bonito y soy capaz de imaginar vidas acogedoras para toda la gente que me rodea. Por supuesto, este superpoder es tan imaginario y falso como un filtro pero mientras veo la vida a través de la lluvia me siento más optimista. 

En el autobús, mi compañera de asiento mira por la ventana las gotas resbalando por el cristal, los coches parados, la estación de Atocha al fondo. Apenas me fijo en ella, solo la siento a mi lado pero creo para ella una vida en la que va pensando en el te que se va a tomar cuando llegue a su lugar de trabajo, encienda el ordenador y se ponga a ordenar sus papeles. Pasará allí toda su jornada, rellenando formularios, atendiendo llamadas, preparando informes mientras de vez en cuando mira por la ventana y ve que sigue lloviendo. Piensa en cuando llegue a casa, ya de noche, y al entrar por la puerta encienda la luz que para ella es casa y se tumbará en el sofá pensando que ha sido un buen día. Es todo imaginario y completamente falso y hay una parte de mi que intenta desmontarme esa fantasía pero no le dejo. Me gusta disfrutar de este superpoder de imaginar vidas bonitas cuando llueve. 

Me bajo en Cibeles para caminar un rato. Me cruzo con peatones, todos abrigados. Unos con paraguas, otros no, un chino altísimo y muy guapo lleva gorra y encima la capucha de la sudadera. No es un look que le favorezca a pesar de lo guapo que es, pero es un look que él sabe que se puede poner porque es muy guapo. Cuando llueve la gente piensa en la ropa que lleva. Si llueve, antes de poner un pie en la calle, tienes que pensar: ¿llevo botas? ¿zapatillas? ¿paraguas? ¿este abrigo o el otro impermeable? Alguien que no sea como yo, adorador de la lluvia, puede pensar que eso mata la espontaneidad pero yo creo que la espontaneidad está muy sobrevalorada y que reflexionar sobre lo que llevas puesto siempre te lleva a ir más elegante. Con lluvia todos somos más interesantes y vamos mejor vestidos.  El filtro de lluvia embellece pero también esconde. Cuando llueve en Madrid se ve menos la miseria, la basura, las obras absurdas, el gris de las nubes favorece a los edificios que resultan más acogedores, más entendibles, mejores. La lluvia, eso sí, no hace milagros y las espantosas meninas que han crecido como una especie invasiva, relucen con sus colores brillantes y su presencia aplastante por toda la ciudad. Me juego una mano a que las meninas del horror surgieron de la mente de alguien a quien sus padres animaron a ser espontáneo, original y creativo. 

Me gusta la lluvia, me gusta tanto que hasta Madrid me enamora un poco en días en los que, como hoy, amanece todo nublado y sé que seguirá así todo el día. Me gusta la lluvia del presente y me anima la perspectiva de la la lluvia futura, es como paladear con anticipación una cita que sabes que irá bien. («Si lloviera días no te gustaría tanto»,  ya y si midiera dos metros quizás hubiera sido pívot de la selección).

Cuando llueve la vida me da menos pereza. No puedo explicarlo mejor. 

martes, 16 de noviembre de 2021

La luz y los amigos

“To see takes time, like to have a friend takes time.”

 Georgia O’Keeffe,

Cuando camino, de noche, por Madrid o por cualquier ciudad o pueblo me voy fijando en las ventanas iluminadas. Solo por la luz que se filtra, aunque sea un cuarto piso y yo esté a pie de calle, puedo distinguir si la luz en esa casa es acogedora o si en ese salón podría hacerse una autopsia. No es que yo tenga especiales aptitudes, es obvio para cualquiera, pero para mí que un salón emita una luz como la del televisor de Poltergeist me provoca siempre una sensación curiosa. Por un lado me dan ganas de subir a hablar con el propietario y decirle: Alma de cántaro, ¿no ves que es mejor apagar la lámpara del techo y tener luces indirectas? ¿no ves que todo parece más acogedor? pero por otro lado sospecho que ese alguien es aterrador y es mejor alejarse. 

Salgo de mi casa en Cicely para hablar por teléfono. La noche es oscurísima, es puente y dado que es temporada baja en el valle y encima han cortado la carretera de acceso, no hay ni un alma. En el pueblín no se escucha nada, no hay pisadas, ni coches, ni gente. Estamos casi solos, nosotros y cuatro vecinos más. Hablo por teléfono mientras contemplo el cielo estrellado pensando, como siempre, qué hago viviendo en Madrid. Cuando termino de hablar, guardo el móvil y miro por la ventana de mi casa. Al fondo, en la mesa grande, M con sus gafas de ver de cerca que gritan que ya no ve como antes y que llevamos treinta años siendo amigos, repasa las fotos del día justo antes de ponerse a pintar mandalas en el IPad. Dos grandes lámparas colgantes descienden desde las vigas de madera del techo de la habitación, la luz que dan es cálida y se refleja en los años de los muebles de la casa, todos heredados de otros salones, otras vidas, otros tiempos. Del techo también cuelga el ramo de novia de mi hermana. Lleva quince años cabeza abajo presidiendo la habitación y siempre me sorprende lo pequeño que parece. Cuelga justo encima de la cabeza de F que con los pies en una silla pegados a la chimenea está recostado en una de esas tumbonas que siempre parecen comodísimas en las pelis inglesas pero en las que, si estás sentado mucho tiempo, se te quedan los pies sin riego porque la madera te corta la circulación a la altura de las rodillas. Todavía lleva poco tiempo ahí sentado y ese efecto no le ha llegado. Lee a Steinbeck, un libro que yo le he prestado durante su convalecencia. F es ahora un objeto delicado de casa Tifus (aquí se viene habiendo leyendo a Asterix) y le cuidamos como si se fuera romper, casi con sorpresa de que no se haya roto. Estamos en un momento de incredulidad mezclada con alegría desbordante porque nos cuesta creer que se esté recuperando a toda máquina. A sus pies, al lado de la chimenea, una lámpara de pie que, hasta que he salido a hablar por teléfono, iluminaba la carta que estaba escribiendo a Clara. De J solo le veo la coronilla, está tirado en el sofá, de espaldas a la ventana por la que les observo. Le veo en escorzo, su coronilla con menos pelo del que a él le gustaría, y sus larguísimas piernas apoyadas encima de la mesa que mi hermano construyo. No le veo las manos así que no se si está mirando el móvil, un libro o pelando una chocolatina mientras se siente culpable pero incapaz de resistir la tentación del dulce. A su izquierda, sobre la mesita de costura llegada de alguna tía lejana de la que ya no recuerdo el nombre, hay una lámpara de mesa. No la veo pero sé que está ahí. Es la luz de leer en el sofá, de ver la tele, la de dormitar y la primera que se enciende cuando cae la noche y quieres sentir que ese salón es casa. 

Esa noche vacía, ese cielo sin luna con miles de estrellas, ese silencio, esa ventana y mis amigos al otro lado, estando juntos sin más, sin hacer nada más que compartir un espacio y una luz, la de mi casa, es el momento que sé que voy a guardar de este viaje. De entre todos los momentos que pasamos juntos esos cuatro días, todos los podría haber hecho con completos desconocidos: las pateadas, la excursión a los ibones, las fotografías a las cataratas, las cenas en restaurantes, incluso el viaje en coche. Todos menos ese, el momento en que estamos juntos siendo cada uno de nosotros solo nosotros, compartiendo el silencio, el comentario ocasional o el bostezo placentero que el cansancio de la montaña provoca. Cuando éramos adolescentes creíamos que teníamos muchos momentos así pero no es verdad. De adolescentes quedábamos a hacer cosas, jugar, bailar, beber, ligar, besarnos, llorar, criticar, enfadarnos, desesperarnos... no sabíamos que la verdadera amistad se mide no por lo que haces juntos sino por estar juntos sin hacer nada, sin hablar y sentir que, en ese momento, no estarías mejor en ningún otro lugar del mundo. La amistad es eso y tener cincuenta años es ser consciente de esos momentos y atesorarlos como el mejor recuerdo del viaje. Mejor que las fotos, los paisajes, las risas o el chuletón del valle. 

viernes, 12 de noviembre de 2021

De los libros de colores a...


@lupedelavallina

Cuando empecé a escribir este blog, hace catorce años, todo era distinto y cuando digo todo, me refiero a internet. Todos escribíamos con pseudónimos, nadie decía en qué trabajaba ni a qué se dedicaba, ni se colgaban fotos. Internet era algo de frikis, algo aparte de tu vida real. Empecé a escribir como molinos porque ese es el nombre que había elegido en 1996 para mi primera cuenta de correo en hotmail. No le di muchas vueltas, pensé que molinos era perfecto. Luego pensé que para mis hijas usaría solo las iniciales, para mis hermanos motes inventados y para mi trabajo, para mi trabajo, miré mi mesa de despacho y dije: libros de colores. 

Después abrí cuenta en tuiter e instragram, el blog creció, publiqué libros con mi verdadero nombre, di charlas y fui a encuentros. Me hicieron entrevistas. M y C pasaron a ser María y Clara. Conocí a muchísima gente que, a pesar de saber mi nombre, me llamaban Molinos o Moli. Los blogs se apagaron pero yo seguí escribiendo... pero nunca dije dónde trabajaba. Me hacia gracia saber que cuando tecleabas mi nombre en google los primeros resultados te llevaban a Ana Ribera la actriz porno o al personaje de Paula Echevarría en Galerias Velvet.  Jamás desvelé que eran los libros de colores, tampoco era importante. 

Después de veintiún años y cómo ya anuncié aquí, me cambié de trabajo. Dejé los libros de colores, deje Mordor, dejé los doscientos kilómetros diarios y me marché a la oportunidad de mi vida. Hasta hoy no podía contarlo y quiero contarlo. Desde hace un par de meses soy la nueva, flamante y primera Editora Jefe de Prisa Audio. Mi trabajo consiste en escuchar podcasts, pensar ideas, captar talento, recibir, editar y corregir guiones y montajes para hacer crecer las historias trabajando junto con sus creadores. Leo, escucho y descubro. Si hubiera soñado mi trabajo perfecto sería este. 

Siempre digo que nunca sabes a donde te va a llevar la vida.  Empecé a escribir un blog, empecé a escuchar podcasts y a escribir sobre ellos... y todo eso, más mi experiencia profesional durante veinte años en televisión me han llevado hasta aquí. Porque sí, los libros de colores son la televisión en la que he aprendido tanto que necesitaría otro blog para contarlo. ¿Por qué lo llamé libros de colores? Porque las parrillas de programación con las que trabajamos están llenas de bloques de colores: rojo para películas, azul para informativos, amarillo para programas en directo, verde para documentales, gris para promociones, etc. Se trata de colocar los bloques de colores de la mejor manera posible para que todo funcione, para que encaje, para que lo vea mucha gente.  


Para mi nuevo trabajo no creo que invente nada, tampoco hablaré de él aquí por lo menos durante los ocho primeros años como hice con la tele. Seguiré comentando y recomendando podcasts que me gustan y, a lo mejor, en algunos de ellos escucháis mi nombre, el real, en los créditos.  En mi nuevo trabajo hay mucha gente que me conoció aquí, leyéndome, y me encanta que a pesar de verme todos los días y saber quién soy me llamen Molinos o Moli. Me encanta. 

Llevo meses guardando esta foto para ponerla justo hoy. Todo encaja.