sábado, 26 de marzo de 2016

Hombres fantásticos (IV)

–Yo no sé escribir ficción. 
–Claro que sabes. Es lo único que haces, escribir ficción.
–Eso es mentira. Nada de lo que escribo es ficción.
–Sí que lo es. A lo mejor tiene una base real, aunque lo dudo mucho, pero todo, incluido cómo decides contarlo, cómo lo piensas y cómo lo escribes es ficción. 

Le odia mientras le escucha. Le odia muchísimo. No sabe porqué le gusta. Ni siquiera sabe si le gusta. No, no le gusta. Nada. O sí, pero de lejos. Mientras él sigue hablando, contando otra de sus historias con él de protagonista, piensa que es un hombre cuya mejor versión sería un holograma. O una aplicación para el móvil. Una especie de reto intelectual con el que retarse a sí misma, superarse, encabronarse, desesperarse y decir "esto lo desinstalo ya". 

Pero hoy no es un holograma. Allí está, tumbado a su lado, desnudo, grande, blando, suave. Grande, desnudo ha crecido. Arrullada por su discurso ella piensa que es curioso cómo los hombres desnudos parecen más grandes. En una pirueta mental absurda piensa en Hulk, en La Masa. Cuando un hombre se desnuda, de repente parece que la ropa le pica, le molesta y que su cuerpo se necesita expandirse liberándose de la tela. Hulk y La Masa ¿son el mismo superhéroe? ¿O es un villano? ¿Es Hulk cuando lleva la camisa metida por los pantalones y La Masa cuando la revienta? Piensa en preguntarle a él, pero no sabe si le molan los comics y, en cualquier caso, preguntarle algo a él es como jugar a la ouija. Jamás dice nada sincero ni directo. A pesar de ser un gran conversador, jamás responde preguntas. Tampoco las hace. Nunca pregunta nada cuya respuesta pueda no gustarle. Quizás sea que nada de lo que esté más allá de su piel le interese, o quizás es miedo. Si no preguntas estás a salvo del daño y la decepción. 

–No enciendas la luz. 

Eso le ha pedido al desnudarse. En un descuido, supone ella, se ha mostrado vulnerable, se ha bajado de su pose de hombre seguro de sí mismo y, como un niño, le ha pedido que no encendienda la luz. Ha sido tierno. Es curioso cómo los hombres al mismo tiempo pueden parecer más grandes físicamente e increíblemente pequeños. Unos más y otros menos. Este más. Mucho más. Probablemente por eso, ahora, ya relajado, no deja de hablar, para taparla a ella con una marea de palabras y tratar de distraerla. Sabe que no lo está consiguiendo, que no lo conseguirá pero, como los niños, no sabe parar. Le da más miedo ella que el silencio. Si deja de hablar la conciencia de lo que ella sabe de él será demasiado obvia como para pasarla por alto.

Ella también lo sabe, así que le deja hablar. Escucha su discurso caótico, que avanza a trompicones para luego pararse, retroceder, coger un desvío que se convierte en una ruta principal para volver a desviarse más tarde. El repite ideas que ha debido contar mil veces, frases que seguro que le han funcionado, un caminito de pensamientos que debe tener trillado y en el que se siente cómodo pero, pronto, se distrae y empieza a contar cosas que no pretendía. Se sorprende a sí mismo y de pronto sus manos, que hasta entonces reposaban en su tripa, se alzan mientras él retoma su voz de "soy guay" y suelta una frase de su personalidad de superhéroe.

–Escribirás algo como Bridget Jones. 
–Si te crees que pienso entrar a esa provocación tan burda lo llevas claro. 

No puede estar callado. Mientras despliega una historia sobre juventud y mujeres ella piensa que tiene un perfil raro. Un perfil que no reconoce. Es casi como un cuadro cubista, como una señorita de Avignon. Él es ese perfil blando y extraño pero no se corresponde con el él que ha venido por la calle a su encuentro. Encogido dentro de su abrigo de falso joven, con las manos incrustadas en los bolsillos, la cabeza hundida entre los hombros y la mirada huidiza. Ahí parecía un cable tenso. Ahora está desmadejado, relajado y parece otro. Para ella es una sensación rarísima. 

–Tengo un roto enorme en el calcetín. 
–Aha. 
–Enorme. Se me ve el dedo gordo.
–Aha.
–Eres una cabrona y me caes fatal. 
–Tú a mi peor. 

Justo antes de dormirse ella piensa, "a lo mejor sí que sé escribir ficción". 

lunes, 21 de marzo de 2016

El empotrador



Al final lo disfruté. Después de pasarme la noche anterior sin dormir, repasar la charla en mi cabeza como un mantra durante días y días,  no comer y tener el estómago encogido de los nervios lo disfruté. 

Lo disfruté a pesar de que 15 segundos antes de subir al escenario el corazón me latía tan fuerte que de verdad temí que me fuera a dar un infarto. 

No me dio un infarto y fue muy divertido. 





Mil gracias a Ignite Madrid por darme la oportunidad de lanzarme a hacer esta locura, a Susana Lluna por animarme a hacerlo, a todos los compañeros de charla. Gracias a los conocidos y a los descerebrados desconocidos que vinieron a verme.

Millones de gracias. 


viernes, 18 de marzo de 2016

El amigo italiano



A pesar de mi memoria prodigiosa, no consigo acordarme de la primera vez que le vi, ni de la primera vez que alguien me hablo de él. No recuerdo ni el año, ni el mes. Fue hace mucho tiempo, muchísimo. 20 años. 

Si estrujo mi memoria y mis recuerdos recupero una imagen que no sé si es la primera que tuve de él pero que refleja exactamente cómo era, cómo es. 

En Los Molinos. Alto, de perfil, con su importante nariz y el pelo largo, más largo de lo que nunca había conocido en otro hombre. Pantalones, jersey, una chupa bastante andrajosa. No puedo definir qué me llamó la atención de él. Obviamente lo increíblemente guapo que era, pero no fue solo eso. Era mucho más, algo que me cuesta poner en palabras ahora, veinte años después, y que en aquel momento ni siquiera pensé; solo sentí. 

Durante los años que fuimos amigos, pasé de una timidez casi enfermiza que al principio me impedía articular palabra hasta una confianza cómplice y pugilística. Las puyas iban de un lado a otro, él con su acento de guiri que jamás abandonó y yo estrujándome las neuronas para tratar de estar a la altura. Recuerdo perfectamente la sensación que tenía al hablar con él, una especie de miedo, de tensión... de tratar de estar a su altura. Miedo a defraudarle. Una gilipollez; y sé que cuando lea esto me dirá "tú eres tonta". 

¿Qué me producía esa sensación? No lo sé. Él. Todo. Era distinto a todos los hombres que había conocido hasta entonces y con los que me había relacionado. Sí, era el más guapo y el más atractivo, a años luz del siguiente en la lista pero no era eso, o no era solo eso. Era algo intangible pero que te atrapaba en su presencia. 

Hay personas que ves y hay personas que sientes. Así es él, no sólo lo ves. Perturba, cambia, mueve, agita, trastoca, transforma el aire que te rodea y a ti mismo. Él es de esos. Un campo de fuerza. 

El gesto de recogerse el pelo, los brazos en alto, la goma deslizándose desde la muñeca y, alehop, ya tenía la coleta hecha. Ese simple gesto transmitía la sensación de estar completamente a gusto consigo mismo, de ser inconsciente de uno mismo. ¿Cómo lo había hecho?  "Solo si eres increíblemente guapo e increíblemente atractivo puedes llevar coleta", escribí hace muchos años. Pensaba justamente en él. 

Cuando se marchó me enteré tarde y mal. No pude despedirme ni decir banalidades del tipo: nos escribiremos, ya nos veremos, iremos a verte. Se fue y la vida siguió para todos. 

Dieciocho años después le mandé un mensaje "Hey guiri, que vamos a Milán". Incluso por esa cosa tan espantosa que es el chat de Facebook su campo de fuerza funcionó y lo sentí cuando contestó "Ciao Moli, nos vemos seguro". 

Y nos vimos y los 18 años pasaron en un parpadeo. Se esfumaron según se bajo del coche a toda prisa, gritando "¡guiris!", y nos abrazamos. 

Ahí estaba. Igual de alto, con su misma nariz de emperador romano, su mirada astuta, sus gestos imparables y su gran sonrisa guasona iluminándole los ojos claros y la cara entera. Una sonrisa que dice "cómo me alegro de encontrarnos". Una sonrisa que llena. 

Sigue siendo muy guapo pero ya no lleva el pelo largo. Sigue caminando como John Wayne y hablando como si temiera caer muerto en cualquier momento y necesitara contar todo lo que lleva dentro. Sigue siendo divertido, temperamental, efusivo, y sigue gesticulando con todo el cuerpo. 

18 años fulminados con dos frases, un abrazo, mil risas y mil puyas. 

-Ciao Moli, estás igual, el mismo sarcasmo. 

Somos los mismos pero mejores. 

Él está más grande, no más gordo. Mirándole, escrutándole mientras comíamos, le sentí más grande, como si su increíble personalidad hubiera seguido creciendo, como si el hombre que era con 30 años hubiera necesitado expandirse, crecer dentro de él para hacerse más imponente, mejor, más él.

Me sentí feliz y atrapada en su campo de fuerza pero, querido guiri, yo también he crecido y ahora me siento a tu altura. 

Fue un reencuentro increíble. 

martes, 15 de marzo de 2016

Milán es de colores

Milán es amarillo. El edificio en el que está el apartamento de Bruno es amarillo con contraventanas grises. No me doy cuenta de que es de ese color hasta que vuelvo con el desayuno por la mañana. Llegamos de noche cerrada y tan cansados que ni siquiera levanté la mirada. Camino de vuelta a casa, ¿se puede llamar casa al sitio al que acabas de llegar y en el que solo has pasado 7 horas?, me doy cuenta de que no sé en que piso estamos. ¿El segundo? ¿El tercero? Todos parecen iguales. 

Milán es gris. El color del cielo al levantarme y abrir las contraventanas también grises. En pijama miro por la ventana al parque que hay debajo; gente paseando perros. Pocos corredores. Los milaneses son gente lista. Grises son también los empedrados y muchos de los edificios, los más oficiales, los más aparatosos. La Torre Velasca; ese adefesio que parece construido para formar parte de la escenografía de una distopía catastrófica. Me da miedo. 

Milán es dorado. Como la catedral al atardecer. Gigantesca en la plaza a la que da nombre. Parece un erizo dorado con sus mil pináculos y cresterías, y es muchísimo más bonita de lo que había imaginado. Doradas son las chocolaterías con escaparates llenos de huevos de pascua. Dorada y brillante es la galería de Vittorio Emanuele I y da ganas de bailar. Dorada es la figura de la Virgen que corona la catedral y que al anochecer se ilumina. A nosotros nos parece horterísimo e innecesario, pero por lo visto a los milaneses ese "brilli brilli" les emociona. 

Milán es del color del dinero. Tiendas de lujo extremo llenas de dependientes ociosos especialmente adiestrados para mirar hacia fuera con cara de "nada de lo que hay aquí es para ti". Por supuesto yo voy con mi cara de "nada de lo que hay ahí dentro me gusta" y es cierto. Todo ese lujo extremo me resulta hortera, frío, superficial y carente del más mínimo atractivo. El lujo extremo no tiene alma. 

Milán es rojo. Rojo brillante como las vespas, rojo espeso como el del terciopelo de la Scala y  rojo mate como el ladrillo del castillo Sforzesco y la Iglesia de San Ambrosio. Rojas son las calzas del hombre que besa en el cuadro de Francesco Bayez, frente al que me quedo paralizada minutos y minutos. Me impresiona tanto que no me doy cuenta de las calzas hasta pasado un rato; ando pensando en que es la representación perfecta de un beso de "por fin sé a que sabe tu boca". También es rojo el solomillo de buey con salsa de frutas del bosque y el sillón de casa de Bruno en el que leo por las mañanas cuando me despierto pronto, demasiado pronto. 

Milán es verde. Verde oscuro son los magnolios gigantes que hay casi en cada patio y las hiedras que los recubren. Es verde el parque que veo desde una ventana de la pinacoteca del Castelo Sforzesco. Me he perdido sola por las salas y estoy a punto de llegar al punto de saturación con respecto al arte sacro. El ventanal es enorme y me apoyo en él para mirar fuera. A mis pies, el antiguo foso del castillo y más allá el parque. Pasa un tío corriendo, me fijo en él porque corre de manera ridícula, efectiva pero ridícula, con los brazos caídos a los lados del cuerpo y las manitas levantadas. Da zancadas levantando las rodillas y va extrañamente erguido. Parece una estatua articulada. Le sigo con la mirada y me fijo después en el señor gordo que sentado en un banco mirando al castillo habla por teléfono y fuma. Pelo blanco, traje oscuro, gabardina larga. ¿Con quién habla? No será de trabajo, no tiene pose de estar hablando de negocios, ni con su mujer. ¿Tendrá una amante? ¿Discutirá con su hijo veinteañero que le llama para decirle que no pasará el finde con él a pesar de habérselo prometido? La joven del banco siguiente lee. Parece un cuaderno de notas. ¿Serán suyas o de otro? ¿Un diario? Lleva coleta y pantalones negros ajustados, como el 85 % de las milanesas. Sin calcetines, como el 90 % de ellas. No mira al castillo, ni a nadie, solo lee. En el último banco, el que está justo debajo de mi ventanal, hay un tío con gorra. Parece atractivo. Está sentado, completamente relajado, tiene la bici al lado y parece estar como yo, mirando la vida pasar, sin más interés que ser. No mira el móvil, ni tiene un libro, ni fuma, ni come ni bebe. Solo mira. Levanta la vista y me ve. Sonrío aunque creo que no me ve. Se quita la gorra. A lo mejor sí me ve. Milán es verde oscuro como su gorra. 

Milán es azul. Azul brillante es el cielo desde los tejados de la catedral. Azul es el vestido de la mujer de "El beso" y las contraventanas de las casas. Azul marino es el color del que van vestidos todos los hombres guapos que veo. Y son muchísimos. Un policía en la plaza del Duomo, un vigilante en la pinacoteca de Brera, un tío en chándal hablando por teléfono al lado del canal, otro con coleta y estiloso hasta el infinito con el que comparto minutos frente a "El beso". 

Milán no tiene nada me dijeron. 

Milán es de colores y me ha encantado.