jueves, 11 de agosto de 2016

Recalcitrante


-Eres recalcitrante. Nunca buscas términos medios. Eres todo o nada. 

Tiene razón. Toda la razón del mundo. Soy así. Llevo  tres días dándole vueltas, no me lo quito de la cabeza.

Recalcitrante. En mi absurdo cerebro, recalcitrante suena a asfalto, a algo caliente, que quema, que arde. Lo busco en el diccionario. 

"Que se mantiene firme en su comportamiento, actitud, ideas o intenciones, a pesar de estar equivocado."

No soy recalcitrante tal y como lo define la DRAE y sí lo soy con respecto a mi imagen mental.

Soy todo o nada. Blanco o negro. A favor o en contra. Me mantengo firme y peleo y ardo cuando lo hago. Y puedo llegar a quemar. 

Pero también me apago completamente, puedo pasar de llamaradas a cenizas frías. Hay bastantes cosas, cada vez más, sobre las que he cambiado de opinión a lo largo de los años, yendo del blanco al negro. Pensaba, creía, sentía algo y con el paso del tiempo, las circunstancias o los argumentos adecuados he cambiado de idea. 

Buscar el término medio, el Santo Grial. ¿Qué es el término medio? Para mí el término medio es estar en mitad de un camino, llegar a una encrucijada y quedarse ahí sentado pensando: si voy a la izquierda puede que me equivoque y tampoco tengo claro que sea por la derecha, lo mejor es que me quede aquí, en el término medio oteando el horizonte de los dos caminos.  

El término medio para mí es la apatía absoluta, es el "me da igual" como filosofía de vida. Es el amarrar la nada con tal de no tener la posibilidad de perder. ¿El qué? No lo sé. Supongo que si te quedas en el término medio nunca tienes que pensar "mierda me equivoqué" o "Cómo pude ser tan imbécil" o "es acojonante que estuviera convencida de esto" o "lo siento, tú tenías razón". Si te quedas en el término medio nunca llegas a un punto al final del camino elegido y te das cuenta de que te tienes que dar la vuelta y desandar todo la ruta para coger la otra desviación que resultó ser la correcta. El término medio te ahorra el tener que escuchar "¿ves como por ahí no era?"  

Me paso la vida desandando mis pasos, yendo de blanco a negro, de un extremo a otro.  Del todo a la nada. Ardiendo, quemando y apagándome, con la boca sabiéndome a cenizas, escupiendo rescoldos de mi opinión equivocada mientras camino en sentido contrario. Y vuelta a empezar.  

No sé ser gris. Soy recalcitrante y él tiene razón. 

lunes, 8 de agosto de 2016

Hombres fantásticos (VII)


Hemos quedado temprano y, por supuesto, a pesar de acostarme pronto la noche anterior para intentar dormir y tener un aspecto presentable y la cabeza despejada para el reto que es quedar con él, los nervios me han impedido pegar ojo. Me levanto como un gremlin y con tiempo de sobra pero, por supuesto, llego tarde. No horriblemente tarde pero lo suficiente para quedar regular. De todos modos, cuando quedo con un hombre, siempre prefiero llegar tarde. Entre quedar mal y ponerme nerviosa esperando prefiero quedar mal. 

Es finales de otoño, la mañana de un día perdido de noviembre. Hace el frío justo para despejarme sin que me gotee la nariz. He elegido el Retiro para esta fantasía porque necesito un lugar cómodo y conocido que no me distraiga para poder centrarme en la conversación, para no dispersarme. El Retiro es casi como pasear por el pasillo de mi casa. Además con él no me imagino conversando en un sitio cerrado porque él habla demasiado despacio, dejando silencios que en una habitación cerrada me empujarían a decir alguna estupidez para llenar ese  espacio. Paseando sus silencios se quedan colgando entre los pasos y suenan. 

Hay poca gente, casi somos los únicos. Es demasiado tarde para que los runners madrugadores estén correteando y demasiado pronto para que haya niños. La moda de los Pokemon ha pasado. Cuando llego ya me está esperando. Mira en mi dirección pero no sabe que soy yo así que me mira sin verme. Para él soy una chica con una trenca y las manos en los bolsillos. Según me acerco saco a relucir mi sonrisa de desconocida tratando de parecer encantadora. 

—Hola, siento llegar tarde. 
—¿Eres Molinos?
—Sí. 
—Te pareces a tu foto pero no te he visto llegar.
—Soy muy normal, paso desapercibida. ¿Entramos?
—Claro. 

Comenzamos a pasear sin rumbo, bordeamos la nueva biblioteca del Retiro y caminamos hacia el lago. Sé que una de las primeras cosas que le contaría es el primer libro que leí de él, "El invierno en Lisboa". No sé cómo llegué a él ni porqué pero recuerdo que me encantó. Le contaría que se lo regalé a uno de mis mejores amigos y que no me he atrevido a volver a leerlo porque me da miedo quebrar el buen recuerdo. Es uno de esos libros en los que siempre tengo 20 años, llevo hombreras, los hombros echados hacia delante, melenita de niña buena y no hablo con nadie porque tengo miedo. 

Él me escucha. A veces dice algo y tengo que esforzarme para oírle por encima del sonido de nuestros pasos y el rumor del viento en los árboles. Tiene la voz grave y habla muy bajo. Siempre he pensado que habla como si fuera una corriente constante de agua, siempre el mismo tono, siempre el mismo ritmo, nunca totalmente quieto y nunca acelerado. Sus pensamientos brotan con pausa y él los recibe, observa, paladea y da forma siempre al mismo ritmo, igual que habla. 

Yo soy un torrente. A veces estoy desbordante de ideas que intento apresar, apretar y estrujar; otras veces la inspiración son gotas que tengo que exprimir de mi cerebro y, a veces, soy una torrentera sin agua y creo que jamás volveré a pensar nada que merezca la pena expresar.  

Parapetada detrás de mi trenca y mirando al frente me atrevo a decirle que sus novelas me aburren. Después de El Invierno en Lisboa, leí Plenilunio y El jinete polaco y me gustaron. Después leí alguna más que soy incapaz de recordar y decidí no volver a intentarlo. No quiero que sus novelas me hagan cogerle manía porque me encantan sus artículos. Para compensar este comentario que, aunque disimula, supongo que no le gusta le digo que aprendí a ver el arte de Rothko por uno de sus artículos y que mi ejemplar de Ventanas de Manhattan tiene más esquinas dobladas que sin doblar. Ventanas es un libro con el que he crecido, me veo con 20 años comprándolo y creciendo con él en mi estantería mirándome, viéndome envejecer y esperándome cada vez que lo he releído.

Le cuento también unas cuantas de esas casualidades que hacen que nosotros, a pesar de ser completos desconocidos, estemos conectados por conocidos comunes y después le dejo hablar. Le pregunto por lo último que ha leído, la última película, la última serie, la última exposición, la última decepción. Le pregunto si lee comics.

Camino a su izquierda y en nuestro paseo llegamos a la salida de la Cuesta Moyano. Cotilleamos los puestos como si fuéramos desconocidos entre nosotros, él por su lado y yo por el mío, como hay que hacerlo. Me resulta imposible mantener una conversación mientras miro libros o paseo por una librería. Siempre acabo perdiéndome de la otra persona aunque el espacio sea pequeño, me pierdo mentalmente y hasta que no me dicen "Eh, que tenemos que irnos" estoy perdida. 

Él no me dice nada, no parece tener prisa. En esta ocasión soy yo la que llega al final de la cuesta con unas cuantas compras en una bolsa. Está sentado en un banco, escribiendo algo en una libreta. Me espera. Al acercarme, de su botín saca un libro y me lo da. 

Toma, un regalo. 

Me quedo sin palabras porque yo no he comprado nada, ni se me ha ocurrido, aunque la verdad es que tampoco hubiera sabido que comprarle. ¿Qué libro le regalas a alguien que lo ha leído todo? 

—Gracias. Yo no te he comprado nada pero una vez escribí sobre mis razones para leerte. Podríamos considerarlo un regalo. O algo así. 
—¿era algo sobre que monto en bici y no soy Murakami? 
—Si. Entre otras cosas.  Es imposible que lo leyeras.
Lo leí. De hecho tuve intención de escribirte para darte las gracias... pero me temo que no lo hice.  

Me acompaña a la parada del 14 que tengo que coger para volver a casa. El día está gris, un día de esos en los que Madrid y yo nos reconciliamos un poco.

Al llegar a casa abro el libro y me encuentro con una dedicatoria "Para que recuerdes un día de noviembre".  


miércoles, 3 de agosto de 2016

Enseñar a leer


Confieso que mis hijas han leído la colección completa de 75 consejos para sobrevivir "a lo que sea". Los han leído, les han gustado y no les ha pasado nada. No se han vuelto más tontas, ni machistas, ni acosadoras ni nada de nada. Los leyeron, los cerraron y a otra cosa. 

¿Son libros que a mí me gustan? No. 
¿Yo se los hubiera regalado para que los leyeran? No. 

La colección de los 75 consejos para sobrevivir a lo que sea la forman una serie de libros con consejos tontos o humorísticos sobre situaciones cotidianas que a pasan nuestros hijos. No tienen más. ¿Dicen tonterías? Pues es posible. Yo les he echado un vistazo, igual que hago con las pelis y los vídeos que ven o la música que escuchan.  Me resultan anodinos, ajenos y poco graciosos, pero yo no tengo 12 años ni tienen que gustarme.  

En los últimos días se ha montado una trifulca tremenda en redes a propósito de esos libros. Un montón de gente enfervorizada abogó por que esos libros fueran retirados del mercado y su autora más o menos quemada en la hoguera por perturbar, pervertir y dar mal ejemplo con sus libros a los niños.  Después, una serie de autores, entre ellos Elvira Lindo ha salido a defender esos libros (y cualquier otro) de esa absurda cruzada en favor de la corrección política.  

Estamos completamente imbéciles. Completamente. Y con respecto a la educación estamos llegando a unos niveles de sobreprotección y desconexión con la realidad que son alarmantes. 

Decía el otro día Rodrigo Cortés que, en su momento, los libros de Roald Dahl entusiasmaban a los niños y horrorizaban a los padres. La obra del autor inglés está llena de crueldad y "malos ejemplos" y no tiene ninguna intención moralizadora, ni ejemplarizante. Lejos de mi intención está comparar a la muy respetable autora de los 75 consejos con Dahl, pero a lo que voy es a que los niños no son imbéciles si no los criamos como imbéciles. 

Todos adoramos a nuestros hijos y los creemos maravillosos, estupendos y fabulosos. Sabemos (aunque hay gente que no lo sabe) que tienen defectos, pero tendemos a considerarlos pequeños defectillos siempre provocados por circunstancias externas, nunca intrínsecos y siempre excusables, y creemos que solucionables a largo plazo. 

El problema es que ahora mismo hay una tendencia a crear un mundo perfecto alrededor de nuestros hijos. Todo tiene que ser perfecto y maravilloso. Nada tiene que doler, frustrar o ser incomprensible. Todo tiene que ser bonito, justo y, además, enseñar. 

Pues no. 

Cuando yo era pequeña leía compulsivamente, leía de todo. Novelas del oeste con protagonistas muy machistas, Mujercitas con esas niñas soñando con casarse y ser respetables y perfectas amas de casa, leía a la petarda de Esther en sus comics llorando por los rincones por gustar al tal Juanito, leía Mortadelo y Filemon, a Asterix, a Tintín y todo lo que cayera en mis manos. Nunca nadie en mi casa me prohibió leer nada, mi madre opinaba que los tebeos de Esther eran una memez porque la protagonista era idiota pero jamás me dijo "no lo leas" o "habría que tirarlos todos a la basura". 

Laz princezaz han leído los 75 consejos y a Roal Dahl, y a Asterix, y La Historia interminable y Konrad el niño que salió de una lata de conservas. Se han reído a carcajadas con Manolito Gafotas. Les encanta Hilda y las aventuras de Jules. Y son adictas a una serie que se llama Futbolísimos sobre un equipo de fútbol. Ahora van a leer Papaíto Piernas Largas, una novela de 1921, en la que la protagonista lo que quiere es casarse y ser madre. Y M ha leído Persépolis, no creo que lo haya entendido todo pero lo ha leído. 

¿Me gusta todo lo que leen? No
¿Tiene que gustarme todo lo que leen? No
¿Creo que lo que leen tiene que educarlas? No. 

A los niños deben educarles los padres, enseñarles a tener criterio y pensamiento propio. Los libros de 75 consejos son para niños de 12 años, si con esa edad un niño no tiene capacidad para captar la ironía (aunque sea tonta) y distinguir la ficción de la realidad,  el problema no es del libro ni del niño, el problema es de los padres que no han sabido (o no han querido) enseñárselo a sus hijos. 

En vez de prohibir que se escriban libros o exigir que los libros tengan que cumplir unas absurdas normas de corrección política, quizás va siendo hora de enseñar a los niños a leer, a tener criterio, a saber pensar y a valorar la ficción. 

Pero para enseñar a nuestros hijos todo eso hay que haber leído mucho, haber leído de todo, incluso a 
Esther.
“Hoy nosotros, con respecto a los niños, hemos descubierto la atención, la responsabilidad, el riesgo, el temor a las consecuencias, y todo eso lo hemos pagado con la muerte de la fantasía. Hemos reflexionado sobre lo que no debemos hacer con los niños, pero aún no hemos descubierto lo que debemos darles a cambio, cómo debemos dirigirnos a ellos, qué palabras usar, y no tenemos para ofrecerles más que nuestros mundos desiertos”. Natalia Ginzburg (octubre 1969)

Para enseñar a nuestros hijos a tener criterio hay que leer con ellos cuando son muy pequeños para marcarles el camino. Hay que leerles cuentos bonitos y cuentos crueles, historias divertidas e historias tristes, historias con buenos muy buenos y malos horribles. Después, hay que soltarles la mano y comprobar que les hemos enseñado bien, que saben andar solos. Hay que dejarles volar solos, elegir lecturas que a nosotros no van a gustarnos y que pueden parecernos horribles pero que es lo que ellos quieren, sienten o necesitan leer.  

Hay que confiar en nuestros hijos y en lo que les hemos enseñado (si es que les hemos enseñado algo). Son mucho más listos de lo que nosotros creemos, y mucho menos idiotas de lo que la sociedad intenta hacerles creer.  

lunes, 1 de agosto de 2016

Lecturas encadenadas. Julio

Julio ha sido un buen mes, he tenido 15 días de vacaciones que he aprovechado para leer sin tregua porque ¿acaso las vacaciones no son para hacer lo que más te gusta? Ha sido ademas un mes de mujeres, de los seis libros que he leído, cuatro están escritos por mujeres. 

Empecé el mes con Las tareas de la casa y otros ensayos de Natalia Ginzburg. Este año se cumple el nacimiento de esta autora y las editoriales están echando la casa por la ventana reeditando sus obras y YA ESTÁIS TARDANDO EN LEERLA. Natalia Ginzburg es una de esas personas que te da pena que esté muerta, no poder charlar con ella, leer los artículos que escribiría sobre el mundo ahora mismo, escucharla, pensarla y aprender. La parte buena es que sus libros son tan fabulosos que se puede aprender, pensar, emocionarse y rascarse el alma con ellos. 

Las tareas de la casa recoge artículos y ensayos publicados por Natalia a lo largo de los años en distintos periódicos y revistas. Los primeros, recogidos bajo el epígrafe “Nunca me preguntes” son los que más me han gustado y he doblado tantas esquinas que casi podría haberlo copiado entero. Estos ensayos son de tono más intimista, recogen pensamientos sobre su vida diaria, sobre las pequeñas cosas de la cotidianidad que muchas veces no pensamos, que damos por supuestas pero que construyen lo que somos y lo que hacemos y cómo las recordamos y las pensamos dice mucho de nosotros. Ginzburg habla de la búsqueda de casa, sobre la vejez, sobre su experiencia con un psiquiatra, sobre las novelas, sobre su relación con la música.
“Porque las novelas están entre esas cosas del mundo que son a la vez inútiles y necesarias, totalmente inútiles porque carecen de una razón de ser visible y de cualquier clase de finalidad, y no obstante necesarias en la vida como el pan y el agua, y entre esas cosas del mundo que a menudo se ven amenazadas de muerte y que, sin embargo, son inmortales”. 
Agrupados en el epígrafe "Nunca no lo sabremos", se recogen los artículos de Ginzburg en los años finales de los 60 y los 70 que resultan ser de actualidad también en el 2016. Reflexiona y escribe sobre la importancia de la crítica literaria y su desaparición y lo que debe esperar el que escribe y las reacciones que provoque. 
“Cualquiera que escriba hoy en día, y sea lo que fuere lo que escriba- novelas, ensayos, poesía o teatro- deplora la ausencia o la rareza de la crítica, es decir, la ausencia o la rareza de un juicio claro, inquebrantable, inexorable y puro. En el deseo de un juicio semejante tal vez se esconda el recuerdo de la fuerza y de la severidad que sobre nuestra infancia proyectaba la figura paterna. Sufrimos por la ausencia de la crítica del mismo modo que en nuestra vida diaria sufrimos por la ausencia de un padre”. 

Ginzburg piensa y escribe. Jamás pontifica ni sienta cátedra. Todos sus artículos comienzan en un tono que parece decir (cuando no lo dicen explícitamente) voy a escribir sobre este tema a ver si así consigo aclarar mis ideas. Se sienta y escribe y va desentrañando el hilo de sus pensamientos para intentar llegar a alguna conclusión que, a veces, está lejos de la intención con la que había comenzado el artículo. Es maravilloso leer el discurrir de su pensamiento y acompañarla en esa ordenación de ideas. 

Tiene un capítulo sobre cómo tratar la relación de los niños con Dios y sostiene que nadie tiene derecho a decirle a un niño “Dios no existe” porque en realidad no lo sabe, reflexiona sobre como hemos desterrado el pensamiento individual y solitario porque requiere esfuerzo y soledad, dos cosas que aterraban en los años 60 y que ahora casi parecen ciencia ficción.
“El pensamiento solitario no aparece más que como un melancólico y estéril fruto de soledad y esfuerzo; y hay dos cosas odiadas hoy en día con arrogancia: la fatiga y el esfuerzo”. 
Dediqué 13 días a leer a Natalia y una semana a copiar todas las esquinas dobladas. He releído mi cuaderno con todas esas anotaciones para escribir este post y podría seguir copiando citas hasta llenar este blog pero es mucho mejor que la descubráis. 

El invierno del dibujante de Paco Roca es el cómic del mes. Lo compré el 31 de mayo en una tienda de cómics en Valencia cuando fui a pasar el día allí y a comer con un amigo que me recomendó comprarlo “es muy de tu rollo” me dijo. El invierno del dibujante cuenta exactamente eso, el invierno de 1958 de unos cuantos dibujantes importantes en España y creadores de algunos de los personajes más conocidos del tebeo en nuestro país. En el verano de 1957 decidieron abandonar la Editorial Bruguera que les explotaba y además se quedaba con sus personajes en propiedad, para crear una revista propia en la que ellos tuvieran el control y los derechos. La aventura no salió bien, Bruguera era una editorial muy importante y con contactos políticos que los asfixió hasta forzar su vuelta al redil. Esta es su historia contada casi como un informe histórico, con un dibujo pulcro, recto, frío y como antiguo que encaja muy bien con la historia. 

Las deudas del cuerpo de Elena Ferrante. Merezco todo el sufrimiento que me proporciona esta autora porque después de odiarla en el primer tomo y querer asesinarla en el segundo sigo torturándome con su espantosa escritura y las zopencas de sus protagonistas. 

No consigo entender cómo estos libros han alcanzado tal éxito de crítica. Entiendo su éxito como super ventas porque son unas novelas completamente planas, con unas protagonistas falsamente intensas y atormentadas que sufren amoríos, desencuentros, reconciliaciones, luchas familiares, etc exactamente igual que un culebrón de sobremesa.  Enganchan y se leen en diagonal, como el Código Da Vinci. 

El éxito de crítica no me lo explico. A Elena Ferrante se le ven todas las costuras al escribir, se percibe el tono de falsa importancia, es cursi, pretenciosa y falsamente profunda. En esta tercera entrega no contenta con el culebron de las dos amigas decide introducir un poco de “contexto histórico” hablando a tontas y a locas del partido comunista italiano, de los sindicatos, el terrorismo, las protestas estudiantiles de mayo de 1968 en Paris, el feminismo, la mafia… de todo saben y todo les pasa a las dos bobas protagonistas.

“La primera obra italiana en décadas que merece el Premio Nobel” dice The Guardian en la faja del libro. Se me salen los ojos de las órbitas. 

Las cumbres de cursilísimo de la Ferrante Premio Nobel. Mi fe en la crítica literaria se ha extinguido completamente. 

Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlín ha sido el descubrimiento del mes. Oí hablar de este libro en La Cultureta hace meses y después Nan me lo recomendó y lo compré en Tipos Infames en la Feria del Libro en el Retiro. 

Me ha deslumbrado. De mayor quiero escribir como Lucia Berlin. Me ha recordado a Steinbeck por sus descripciones de las personas, que nunca son personajes, a Fante por la relación su madre y su abuelo alcohólico, a Dan Fante por su relación con la botella y un poco a Erskin Caldwell y su Camino del tabaco. 

Lucia Berlín escribe relatos relacionados con su vida, según cuentan en el prologo ella decía “de algún modo debe producirse una mínima alteración de la realidad. Una transformaciónn, no una distorsión de la verdad. El relato mismo deviene la verdad no solo para quien escribe,también para quien lee. En cualquier texto bien escrito lo que nos emociona, no es identificarnos con una situación, sino reconocer esa verdad”.  Y eso es lo que ella hace, apoyándose en ganchos de su vida construye unos relatos magníficos. 

A veces me pregunto si leo bien los relatos. Sé que los disfruto, paladeo y sufro pero nunca me paro a pensar si he aprendido algo o si tenían una intención que no he sabido captar. Para mí, los relatos, los buenos, son como asomarme a una ventana y ver un trozo de vida desde la distancia o como viajar en un tren en el que puedo imaginar la vida de los que viajan conmigo a partir de lo que comparto con ellos en ese tiempo, de sus conversaciones, sus posturas, sus risas o sus llantos, perderme en mi cabeza y olvidarlo cuando me bajo del tren y lo dejo atrás. Durante un rato han sido parte de mi vida y luego  siguen sin mi, y yo sin ellos, dejo de ser la que era mientras leía esos relatos. Algo así. 
"Mamá odiaba la palabra "amor". La decía con el mismo desprecio que la gente dice la palabra "furcia".
No se puede decir más con menos. Tras los artificios y la cursilería de la Ferrante, la escritura de Lucia es aún más deslumbrante. Escribe como si no le costara, como si le saliera solo, como si todo ese talento que está en su cabeza pugnara por salir desde sus dedos a la página. Tiene mil frases que son auténticas maravillas, perlas que te encuentras y dices ¡pero qué cabrona, como se puede escribir así! Es divertida, sarcástica, tierna, ingeniosa, inteligente, cruel, nostálgica, audaz, sincera, dolorosa, amarga... Todo. 
"Son preguntas inútiles. La única razón por la que he vivido tanto tiempo es porque fui soltando lastre del pasado. Cierro la puerta a la pena al pesar al remordimiento. Si permito que entren, aunque sea por una rendija de autocompasión, zas, la puerta se abrirá de golpe y una tempestad de dolor me desgarrará el corazón y cegará mis ojos de vergüenza rompiendo tazas y botellas derribando frascos rompiendo las ventanas tropezando sangrienta sobre azúcar derramado y vidrios rotos aterrorizada entre arcadas hasta que con un estremecimiento y sollozo final consiga cerrar la pesada puerta. Y recoja los pedazos una vez más."

Y no, no faltan comas. Lucia Berlin escribe casi sin comas y por eso también me gusta. 

Trieste de Dasa Drndic. Este libro llevaba en mi estantería justamente un año y le llegó el turno. En la introducción se indica al lector que “el libro de Dasa Drndic no es un libro fácil”. Dejando de lado que me parece una manera nefasta de presentar una lectura, el principal problema de Trieste no es para nada su dificultad (que a mí me ha parecido escasa) sino su indefinición. Trieste es un libro que no se define, no sabes si está leyendo una novela, un ensayo o una transcripción de testimonios personales sobre las atrocidades nazis.

¿Lo mejor de este libro? La portada que es preciosa con una ilustración de Natalia Zaratiegui y la parte final cuando Drndic se ha aburrido de novelar (con escaso éxito) y pasa a contar la historia de los Lebesborn, las instituciones creadas por los nazis para crear hijos perfectos de la raza aria tanto por el método de elegir a los padres perfectos como robando niños. Las historias y los testimonios de niños de distintos Lebesborns que ahora tienen 60 o 70 años son aterradoras y muy desconocidas pero me temo que solo aptas para muy frikis de la II Guerra Mundial. 

Hace varios años leí ¿Por qué corre Sammy? de Budd Schulberg y me encantó. Después leí "El desencantado" que también me gustó así que cuando me encontré en la Feria del Libro antiguo con "Más dura será la caída" decidí comprarlo a pesar de que el tema del boxeo no me apetecía nada. Como siempre pasa con los libros y eso es lo que tienen de maravillosos, cuando menos te lo esperas y con el que crees que menos te va a gustar, te encuentras revolcándote de placer y absolutamente flipada. 

Más dura será la caída es una novela fabulosa. Habla de boxeo pero también de dinero, de ambición, de la búsqueda de uno mismo, las relaciones, la maldad, el miedo, la amistad, la traición y el amor, claro. Es una novela de 1947 que lees en blanco y negro, oliendo a tabaco, bebiendo whisky y con sombrero. 

Budd Schulberg trata también un tema de actualidad en los años 40 y 50 y de actualidad ahora; el papel de la prensa para vender mentiras y enmascarar la verdad y el poco criterio del público para rechazar esas mentiras. Es más fácil tragarse lo que los medios cuentan y entregarse a la conveniencia de no pensar que desarrollar un criterio y un espíritu crítico. 
"No quiero andar a gatas por la vida buscando mi alma por todos los rincones como si fuera un gemelo de la camisa". 

Leed a Natalia, a Lucia y a Budd. Seréis afortunados.

Y con esto y un bizcocho hasta las lecturas encadenadas de agosto que será solo una: La Broma Infinita de David Foster Wallace.