lunes, 11 de junio de 2018

El olor de los recuerdos

El camino de baldosas amarillas que lleva al portal. No sé porqué son de ese color y si alguien, alguna vez, en los sesenta años que llevan ahí alguna vez ha intentando cambiarlas pero el caso es que resisten y yo, que ya tengo una edad para saber que las cosas cambian aunque nos parezcan perfectas, cada vez que voy temo no encontrármelas. La puerta azul del portal que hay que empujar siempre con el hombro. La foto inmensa, en blanco y negro, de esa playa antes de ser esa playa, antes de que hubiera nadie ni nada. Mar, arena, roca y palmeras. Me gusta pensar que el color amarillento que la va cubriendo cada año es la pátina que nuestros recuerdos van dejando sobre ella y no restos microscópicos de cremas bronceadoras y aftersun que se han ido pegando ella tras más de cincuenta años viendo pasar veraneantes. El ascensor y su espejo en el que siempre te ves moreno, guapo, atractivo, feliz. Es un ascensor en el que no puedes ser infeliz y en el que yo, ahora, valoraría quedarme a vivir o por lo menos robar el espejo. La puerta con relieve, la llave FAC que giras sintiendo que estás jugando a las casitas. El cuadro de la plaza mayor en el siglo XVIII con espectáculo taurino, el mueble bar con platitos de aluminio de colores para los frutos secos y la botella de Pipermint que lleva ahí cincuenta años. Los espejos con forma de sol que han completado ya una vuelta completa al ciclo de la moda; fueron super tendencia, fueron horribles, fueron horteras y ahora vuelven a ser lo más de lo más. Los muebles castellanos con aspecto renovado tras un proceso intenso de barnizado, decapado y repintado pero que en el fondo siguen siendo los mismos.  Los sofás con más de cincuenta años que nos negamos a cambiar, a pesar de que piden a gritos su eutanasia, porque sabemos que no encontraremos otros mejores. Serán más nuevos, más cómodos, más fáciles de mover y de limpiar pero no serían nuestros, no tendrían vida, ni historias que contar, ni roces que nos recordaran todas las veces que nos hemos sentado, las siestas que nos hemos echado, las noches que hemos pasado en ellos. Quizás los estamos haciendo sufrir pero no somos capaces de matarlos, los honraremos cuando llegue su momento. El papel de flores amarillas y marrones desapareció  y nadie lo echa de menos pero el panel de madera continúa, va camino de completar el mismo ciclo que los espejos de sol. Los sillones de paja con forma de huevera en los que al sentarte, te hundes hasta tener casi los ojos a la altura de las rodillas. Las tazas de desayuno de duralex transparente en las que el café sabe distinto, sabe mejor que en el más fino juego de porcelana del mundo. El mapamundi de perspectiva imposible en el que se enfrentan las costas de Italia y África nombradas como Europa y Barbaria. La tetera de aluminio con tapa granate. La mesa de tapa de piedra de la terraza. Las sábanas con el nombre del edificio y el piso bordado en el borde. Ya no las usamos porque son imposibles de planchar pero tienen que estar y las guardamos en los armarios perfectamente ordenadas, mucho más ordenadas que cuando las usábamos. El cenicero de pie y el ventilador de aspas rojas que cómo el ventilador que todos dibujaríamos si tuviéramos que hacerlo; es el prototipo de ventilador. El tétrico cuadro de un bosque invernal, con árboles desnudos, casi secos y un fondo de nubes violeta pintado por la mítica Tía Leni, familiar legendario que mi generación y que para las posteriores es alguien que pintaba y relacionado de alguna manera con nuestra familia. 

Todas esas cosas están pero hay otras que han ido desapareciendo. Los buzones que tapizaban una de las paredes del portal y en las que yo, antes de saber que para recibir cartas alguien tiene que escribírtelas, metía los dedos cada vez que pasaba, esperando encontrar las palabras de algún desconocido que quería conocerme. El mostrador del portero con su teléfono de monedas para llamar y que te llamaran. El edificio en obras justo al lado en el que una vez dejé escondida una carta de amor para el primer chico que me gustó y que inauguró la extendida tendencia a ignorarme por parte del género masculino. El minigolf misterioso con árboles, parterres, muros de arbustos y rosaleda que es para mí el mejor parque en el he estado nunca. En esta última visita ha desaparecido «Villa Moni» y la próxima vez habrán desaparecido las pistas del tenis del Hotel Delfín, nunca había nada jugando y en ese desuso radicaba todo su encanto. Ya nunca podré soñar con aprender a jugar al tenis en ellas. 

Cada vez que vuelvo temo que algo más haya desaparecido, que se haya esfumado para siempre, que otro trocito de mis recuerdos haya dejado de tener anclaje físico y pase a ser solo una sensación, una imagen, que se vaya borrando con el paso de los años. Pero, lo que más temo es que desaparezca el olor, porque allí huele a recuerdos, a los míos y a los de toda mi familia. Un olor compuesto por las historias que llevamos más de cincuenta años construyendo alrededor de todos esos objetos que para los demás, para los que llevamos allí por primera vez,  pueden ser trastos feos, absurdos o rídiculos pero que, para nosotros, La Familia, son preciosos porque acumulan capas y capas de nuestras vidas. 

Bueno, temo que desaparezca el olor y la botella de Pippermint. 


5 comentarios:

Netbookk dijo...

Eso tiene toda la pinta de haber trascendido el rango de casa, para convertirse en hogar...

NáN dijo...

Un 10 en nostalgia y otro en narración cuya lectura no puedes interrumpir.

madia leva dijo...

Me has traído mis propios recuerdos de veraneos en pisos de alquiler en la que la sensación del ascensor era la misma que la que describes.

Anónimo dijo...

Por que ya no hay comentarios en las ultimas entradas?

molinos dijo...

No había comentarios porque he tenido un problema con blogger pero ya está solucionado. ¿gracias!