miércoles, 3 de enero de 2018

Una cabalgata de camiones de basura

Los niños aplauden hasta al camión de los barrenderos que cierra las cabalgatas».

Yo adoraba el camión de la basura. Cuando era pequeña me despertaba todas y cada una de las noches para ver pasar el camión por debajo de mi ventana. Me acostaba, me dormía y con el runrun del camión me despertaba, me acodaba en el cabecero de mi litera, movía las cortinas y llegaba a tiempo de ver el giro del camión, el salto de los basureros al suelo y el lanzamiento de las bolsas a esa boca traga todo que las engullía. Por aquel entonces el reciclaje era ciencia ficción, ¡qué digo yo! hasta los contenedores con ruedas eran algo del futuro. Los cubos de basura eran redondos, negros, con tapa que se ajustaba con unos enganches y con el número del portal escrito con pintura blanca. La calle llena de cubos alineados delante de cada portal. El nuestro era el diecisete. Intento recordar si había más de uno por portal y creo que no. Quizás el reciclaje abulta o quizás tirábamos menos cosas. 

Asistía perpleja cada noche a la coreografía de los basureros, siempre la misma. Saltar, abrir, acarrear bolsas y otro salto para encaramarse al camión. ¿Hay algo más maravilloso que pasar la noche paseando por la ciudad en un camión agarrado a un asa y disfrutando del aire en la cara? Probablemente hay un millón de cosas más maravillosas pero en mi infancia no se me ocurría ninguna más mágica y al mismo tiempo más accesible. Y aquello pasaba todas las noches bajo mi ventana. 

Tras el diecisiete, llegaba el diecinueve y aguantaba hasta el veintiuno que ya solo vislumbraba por la esquina de la ventana de mi cuarto. Después, dejaba caer la cortina, me arrebujaba en la cama y escuchaba el camión alejarse. En aquella época tampoco pitaba al girar, era como un rumor sordo que se iba alejando tal y como había llegado. Se despedía al girar la calle.  Me dormía pensando cómo sería ir en ese camión aunque fuera solo una vez ver la ciudad de noche y descubrir que era lo que la gente no quería. Repetía aquella rutina, noche tras noche, aunque estuviera profundamente dormida me despertaba para mirar el camión pasar. Me encantaba. 

En algún momento abandoné aquella rutina y ahora ya no me asomo a la ventana, entre otras cosas porque da a un patio de vecinos por el que  no pasa el camión de la basura, pero si una noche cualquiera, al volver a casa en coche, al girar una esquina me encuentro con el camión de la basura no me encabrono como el noventa por ciento de la gente ni empiezo a pensar en como escapar.  No me importa, me gusta verlo, me vuelvo a sentir como cuando me acodaba en mi litera. Paro el coche, me relajo y observo a los basureros y su coreografía. Los basureros ya no abren cubos, arrastran los contenedores y los enganchan a la boda devoradora. Ya no acarrean las bolsas ni las lanzan con estilo pero siguen saltando del camión al suelo y del suelo al camión como los apaches en las películas del oeste. Y, en el fondo, me sigue pareciendo maravilloso. Y mágico. 

Ojalá todos nos quedáramos hasta el final de la cabalgata cuando llega ese camión con sus apaches y su boca devoradora. 


10 comentarios:

jota dijo...

No todos los niños aplauden al camión de la basura. Pero bueno.

Hablando de camiones y sin tener nada que ver. Cuando de pequeño la tata nos llevaba al Retiro yo me quedaba patidifuso todos los días mirando la parrilla reluciente (Dennis) del camión de bomberos del parque que había en lo que hoy es la Torre de Valencia.

Cosas de niños y camiones

Anónimo dijo...

¿Y el olor?

Fernando Font dijo...

Qué bueno!!

Ese camión que tú veías a diario se llevó el chupete de mis 4 hermanos más el mío

Nosotros a veces lo veíamos entrar por Bankia y girabamos con él por la terraza (eso sólo verano o similar).

Qué grandes recuerdos

HombreRevenido dijo...

Qué cierto. Yo también recuerdo que en verano, cuando bajábamos a la plaza, veíamos a veces al camión de la basura y su despliegue era fascinante.
Era como ver a un cuerpo de élite. Pim, pam, pum, saltito al camión y a seguir.

Carmina dijo...

Yo no te voy a comentar de camiones sino de basura. Tenia una amiga que era restauradora y cuando estudiaba BBAA en Sevilla, rebuscaba en las basuras, donde encontraba maravillas que luego usaba en su taller: cartón, madera y muchos otros materiales que luego ella reutilizaba de mil formas
¿Las mejores basuras?- decía- Las del Corte Inglés. Cuando veía que cambiaban los escaparates , sabía que esa noche tenía cacería.

eviam dijo...

Genial, ¡me encanta!

Anónimo dijo...

Yo adoro el camion de la basura y comparto la misma fascinacion infantil. El camion era magico y perturbador. Los basureros de mi barrio van con casco de bici, y siguen igual de enganchados. Precioso post.

xaquin dijo...

Entre la cabalgata, la cadena de tuits y los camiones de mi infancia, parece que me he perdido. De todas las formas, me andaba revoloteando alrededor de la cabeza algo así como "la innombrable". Me tiene un aire a comentario sobre la política española actual (toda muy virtual y virtuosa).

Y, por cierto, en Galicia ser basurero/a era tremendamente húmedo y frío, aparte de sucio (extremado por la nula educcaión popular!), para tener ni remotamente algo de Disney...

NáN dijo...

Cuando mi hijo tenía unos 4 años, nos metimos en una calle estrecha y nos encontramos con el camión de la basura. Hacían todo lo que has contado tan bién. Y quedó, mi hijo, flipado. ¡Esos saltos cuando el camión estaba frenando! Así que dijo: “de mayor voy a ser basurero”, totalmente entregado a la causa.

El que fue basurero fue su padre, o sea yo, durante tres meses en la mili. No había plásticos contenedores. Íbamos en un camión abierto, bajábamos donde había cubos de basura y los vaciábamos tal cuál... tras pasar por la cocina aquello era una asquerosidad. Me pasé dos días vomitando, como les pasaba a todos, y de pronto... ¡desapareció el olor! El mal olor es uno de los males a los que se acostumbra uno. Deja de percibirlos. En la Divina Comedia, en el Infierno, se causa todo tipo de males, pero el olor fétido no es uno de ellos (si no recuerdo mal). Dante sabía que se trataba de un mal efímero, que dejas de percibir.

Y tenía una cosa buena. Éramos basureros por la tarde. Cuando tocaba una trompeta se acababan todas las actividades y todos corrían a la cantina. Estaba abarrotada, pero cuando llegábamos los 7 basureros, con el traje de faena, nos abrían un espacio amplio en la barra, nadie quería estar cerca de nosotros, y disfrutábamos pacíficamente de la merienda. Nos daba una sensación de Poder.

Anónimo dijo...


Muy entrañable esta entrada, perooooo un respeto y un saludo a los basureros/as, que recogen todo lo que acumulamos de basura y desperdicios, es un trabajo ingrato, y poco reconocido, no se necesitan estudios, solo ganas de trabajar y aguantar el frio, la lluvia, la mierda, la pestilencia...., tengo conocimiento por un amigo cercano y lo que mas odiaba era limpiar los botellones y restos de las fiestas de los pueblos, donde varias calles y plazas se convierten en estercoleros tras el paso de nuestras hordas fiesteras.

Un trabajo mal pagado, en manos de macroempresas que cobran a peso de oro a los ayuntamientos, las caquitas y que no se refleja en la nomina de los trabajadores, si no fuera por ellos no podríamos pisar la calle. Un saludo desde Albacete