miércoles, 29 de marzo de 2017

Nuestros hijos y nosotros

Leo Las pequeñas virtudes un ensayo de Natalia Ginzburg sobre la relación que deberíamos tener con nuestros hijos. Lo termino y vuelvo a empezar. Lo termino y copio todas las esquinas dobladas en mi cuaderno. Pienso en mi relación con mis hijas y en mi relación con mi padres. Lo pienso en imágenes como hago siempre con las cosas que me importan. 
«La relación que existe entre nosotros y nuestros hijos debe ser un intercambio vivo de pensamientos y sentimientos, y, sin embargo, debe comprender también profundas zonas de silencio; debe ser una relación íntima y, sin embargo, no mezclarse violentamente con su intimidad; debe ser un justo equilibrio entre silencio y palabras».
Creo que los padres deberíamos acompañar a los hijos (siempre me da ansiedad poner el posesivo porque no son mías, no son de mi propiedad, ni me pertenecen) hasta una edad. Durante sus primeros años, tus hijos caminan pegados a ti, literal y metafóricamente. Son como pequeños koalas agarrados a tu pierna, a tus brazos, a tu espalda. Trepan por tu cuerpo, por tu vida, ocupan tu cabeza, tus fuerzas, tu tiempo. Cada segundo de tu día, incluso cuando duermes,  los ves o sabes donde están, qué hacen, qué ven, qué oyen, qué dicen, qué comen, qué beben, qué escuchan, qué piensan, qué aprenden, qué leen, con quién van, todo. Y ellos no saben estar sin ti, tú eres indispensable en sus vidas porque quieren decirte dónde están, qué hacen, qué ven, qué oyen, qué dicen, qué comen, qué beben, qué escuchan, qué piensan, qué aprenden, qué les duele, qué leen, quienes son sus amigos. Todo lo que son es contigo. 
«Nosotros debemos ser importantes para nuestros hijos, pero no demasiado. Debemos gustarles un poco, pero no demasiado, para que no se les ocurra querer llegar a ser idénticos a nosotros, copiar el trabajo que hacemos, buscar nuestra imagen en los compañeros que eligen para toda la vida. Debemos tener con ellos una relación de amistad, pero no debemos ser demasiado amigos de ellos, para que no les resulte difícil tener verdaderos amigos, a quien puedan contar cosas de las que con nosotros no hablar. Es preciso que su búsqueda de la amistad, su vida amorosa, su vida religiosa, su búsqueda de una vocación estén rodeadas de silencio y de sombra, que se desarrollen al margen de nosotros. Pero en nuestras relaciones con ellos, todo eso debe estar contenido a grandes rasgos, tanto la vida religiosa, como la vida de la inteligencia, la vida afectiva, el juicio sobre los seres humanos. Debemos ser para ellos un simple punto de partida, ofrecerles el trampolín desde el cuál darán el salto». 
Pienso en ese tiempo de "koalismo" mutuo como en la época en la que trenzamos una goma elástica entre nosotros y nuestros hijos. Van pasando los años y los hijos van avanzando y tirando de esa goma elástica, al principio solo la estiran un poco, luego un poco más, avanzan unos metros cada año, hasta que, llega un momento en el que, la goma ya es tan grande que se ha convertido en una cama elástica y  nuestros hijos saltan sobre esa ella subiendo cada vez más alto y cada vez más lejos. Ya no ves qué hacen, qué comen, qué dicen, de qué se ríen, qué les hace sufrir o llorar o reír. No sabes con quién están a cada minuto, ni qué piensan, ni qué comen, ni qué leen. Por no saber, no sabes ni qué piensan sobre ti, sobre tu vida, sobre lo que les dices. 

Nosotros queremos saberlo. Queremos porque tenemos miedo, tenemos miedo de lo que pueda pasarles, de lo que puedan sufrir, de lo que hagan, de lo que no hagan, de lo que digan, no digan, tenemos miedo de cómo pueden ser. Creemos que los conocemos pero en el fondo sabemos que no los conocemos tanto como nos gustaría. Y yo creo que eso está bien, nuestros hijos tienen que tener, como dice Ginzburg, un espacio sin nosotros, con cosas que no nos cuenten, que no nos digan, incluso con cosas que no nos gusten. ¿Por qué? Porque no son nuestros, porque no somos nosotros, porque si nos paramos a pensarlo nosotros también somos y fuimos en parte desconocidos para nuestros padres. 

A veces caen de esos saltos que están dando. Y entonces los padres somos la red segura, y cuando caen vemos con quien han estado y con quien han sufrido o reído o lo que sea.... Pero volverán a saltar, porque quedarte en la cama elástica te impide avanzar, no se puede andar en una cama elástica, te tropiezas y te sientes torpe. En una cama elástica si caminas estás a salvo pero no vas a ninguna parte, no avanzas. De una cama elástica sólo se sale saltando y ellos quieren saltar y ver mundo. Y vuelven a saltar. Y los saltos cada vez son más lejos y más altos y cada vez vemos menos. Pero eso no es malo, no es malo si la goma que tejiste al principio resulta sólida y la red que tu tiendes para ellos está ahí para ayudarles cuando lo necesitan. Si les enseñaste a saltar y a saber caer. Hay que dejarles, incluso, que se tiren. 
«Y debemos estar allí para ayudarlos, si es que necesitan ayuda; nuestros hijos deben saber que no nos pertenecen, pero que nosotros sí les pertenecemos, siempre disponibles, presentes en el cuarto de al lado, dispuesto a responder como sepamos a toda posible pregunta, a toda petición». 
Mucho después, llegará un momento, muy muy adelante en la vida, en que si tenemos suerte de estar vivos nosotros y nuestros hijos, dejarán de saltar porque ya lo han visto todo, y porque, quizás, les llegue el momento de tejer su propia goma elástica. Es entonces cuando volveremos a saber casi todo de ellos porque nos lo contarán. Y no solo eso, será entonces cuando ellos querrán conocernos a nosotros. 

Así lo veo yo. 

lunes, 27 de marzo de 2017

De nombre en nombre y pienso porque estoy loca


«Los botones extra. ¿Qué tipo de psicópata guarda la bolsita de plástico con los dos botones extra cuando compra algo? ¿Dónde los tiene? ¿En una una enorme cajonera con cajoncitos mínúsculos en los que guarda cada bolsita de cada prenda?»

Apago la luz sonriendo. Sabiduría popular condensada en cada uno de los capítulos de Seinfeld. Yo encuentro bolsitas con esos botones por todas partes; en mis cajones, en los bolsos, en el neceser, en la mesilla. Por supuesto, jamás los encuentro cuando pierdo un botón. Doy una vuelta. Doy otra. De cara a la pared. Mirando al otro lado. No me duermo. Mierda de cambio de hora, de primavera, de domingo noche. No sé si coger el libro y tratar de distraerme. Quizás no es buena idea. La persona deprimida se llama el ensayo de David Foster Wallace que estoy leyendo, probablemente me desvele aún más. Más vueltas y más vueltas. Grace Paley. Cierro los ojos y veo a una señora que creo que es Grace Paley. No sé quién es Grace Paley ¿por qué la tengo en medio de mis desvelos? ¿Por qué esta mi cerebro pensando en ella en vez de en dormir? Puede ser Grace Paley o una señora de Dorset. ¿Es escritora? ¿Relatos? ¿Es la del cuento de la lotería? No, esa se llamaba... mierda. ¿Cómo se llamaba? Shirley Jackson. ¡Sí! ¡Bien por mí! ¿Bien por mí? Son las cuatro de la mañana y nos alegramos por recordar nombres de autoras que no hemos leído? Cerebro, ¿porqué me haces esto?  Bien, ya está claro que mañana no nado a primera hora.  Imagino las horas de descanso, que deberían evaporarse al dormir, convertidas en bolas de plomo encajadas entre mis costillas que harían de lastre y me dejarían pegada al suelo de la piscina. 

Atasco monumental. Francisco Toscano habla en la radio. Alcalde de Dos Hermanas. El atasco me ha chupado tanto la energía que no soy capaz ni de apagar la radio. Un poco de chapoteo en autocompasión, vamos allá cerebro enfermo: tengo sueño, es lunes, no he dormido, hay un atasco monumental y estoy escuchando hablar sobre la situación del Psoe. Regodeo autocompasivo. Toscano. ¿Serían sus antecedentes italianos? Quizás llegaron a Sevilla para embarcarse  en el siglo XVI cuando el comercio hacia América atraía a gente de toda Europa. Ojalá hablara de eso, es mucho más interesante que lo que cuenta. Nadie hace nunca las preguntas interesantes. 

Kim Philby, el espía. Cada vez que en el podcast le nombran, mi cabeza lo llama Phil Kirby. Le digo a mi cerebro que no haga eso. Kim Philby. Phil Kirby. No hagas eso. Ana Ribera. Ara Nibera. Suena exótico. Mejor Arra Nibera. Suena etíope. ¿Y eso por qué? Por qué mi absurda mente lo has decidido. No sé nada de Etiopía más allá de lo que le leí a Kapuscinsky. Ajá. Bohn Janville. Así no funciona. John Banville. ¿Cómo se llamaba su libro sobre los Cinco de Cambrigde? El intocable. Me gustó aquella novela.

«Para tomar posesión de una ciudad de la que no eres natural, ante todo, debes enamorarte allí». 

Ojalá volver a empezar este día. Poder decir corten, a sus puestos y volver a empezar. ¿Dónde está el cambio de hora cuando lo necesitas? Árbitro, un cambio de hora. Sí, sí, renuncio a mis próximas diez horas. Las regalo. Adelantemos los relojes hasta las nueve de la noche. Necesito dormir. Lloro de sueño. 

La quinta de Beethoven. Budwig Van Leethoven no funciona, suena a personaje de los Monty Phyton. ¿Los Pony Mhyton? Las ciudades pequeñas se despiertan y se terminan. Las ciudades grandes se desperezan y se estiran. Moledo. Tadrid. 

jueves, 23 de marzo de 2017

Destinatario desconocido

Nada más levantarme descubro que tengo otro nombre, que soy otra persona. 

María Antonia nos volvemos locos. ¡Vuelos a 8 euros!

Me llamo María Antonia. Tengo muchos años. ¿Cuántos? Aparento sesenta y cinco pero quizás tengo cincuenta siete o setenta y uno. Uso gafas de cerca a las que, últimamente, he añadido una cadenita para llevarlas colgando. Cuando me levanto de la cama uso bata y me la abrocho. Primero la lazada que va dentro y luego el cinturón. Escucho a Carlos Herrera porque la rueda del dial de la vieja radio de la cocina se rompió hace años. Viajo poco pero sueño con volar a lejanos destinos a los que sé que jamás me atrevería a escapar. 

Avelino, estás ofertas imbatibles no tiene rival

Al salir de la ducha tengo pelos en el culo y me llamo como un personaje de Cuéntame, como un habitante de una película en blanco y negro, de esas en las que Madrid tenía descampados y se veía siempre el cielo.  Me pongo un mono azul de mecánico con el logo de la marca de coches del concesionario en el que trabajo. Me encantan las ofertas de las tiendas de electrónica y electrodomésticos aunque nunca compre nada. Me gustan porque las letras son muy grandes y las veo sin tener que separar el folleto de mi cuerpo o pegar la nariz a la pantalla del ordenador que manejo tecleando solo con dos dedos. No sé si son imbatibles estas ofertas, para eso necesitaría comprobarlo y nunca tengo tiempo. La verdad es que tampoco necesito nunca nada de lo que es imbatible.  

Your ego is not your amigo / Yur igo is not yur amigou

Tengo 35 años, llevo vaqueros gastados, una camiseta de manga corta de un color indeterminado y sosaina y llevo 3 semanas intentado que mi barba deje de ser pelusilla. Miro el mensaje mientras me tomo un café en la oficina a la que he llegado hace un rato. Trabajo en un proyecto bastante chulo que me ha sacado de una época de precariedad laboral. Bueno, más que precariedad, desierto laboral. Aquí ando de freelance. Freelance esa palabra sí que no es mi amiga pienso mientras buceo en el mensaje. Me acuerdo de mi abuela "hijo, una colocación es lo importante en la vida". Y yo me reía. Cierro el mensaje porque no sé si el ego será mi amigo pero tengo que darlo todo aquí a ver si consigo quedarme en este proyecto el tiempo suficiente para que alguien se aprenda mi nombre.  Si me echan me apuntaré a otro de estos cursos aunque ya sé que no sirven para nada. 

La nueva felicidad, alfombras de verano y lo último en ventilación y aspiración ciclónica. 

Estoy sola en casa. Un gran piso con vistas a la playa de Acapulco. Un día más me aburro hasta la extenuación. Mi marido se fue a trabajar hace horas y los niños no volverán del colegio hasta la noche. Nunca debí acceder a mudarnos. Tenía un trabajo, un trabajo tonto, sin retos y sin mucho futuro más allá de jubilarme habiendo conseguido una de las mesas con ventana cerca, pero un trabajo. El cambio parecía buena idea, más dinero, más oportunidades, una vida descansada y relajada. Me aburro. Todos los días miro por la enorme cristalera de este salón y me devano los sesos pensando en qué ocupar mi tiempo. Por eso recibo esta retahila de correos sobre decoración. Hoy no sé qué es la aspiración ciclónica pero no tengo ganas de averiguarlo. ¿Cuántos años más me quedan? 

May we talk?

¿Otro mail de Emily? ¿O debería decir Pablo? Ya no sé ni lo que digo ni lo que pienso. No puedo creerlo. No puedo creer que siga con esta farsa. No quiero pensar en cómo hice el pardillo. Qué gilipollas fui. Me enamoré de ella como hacia tiempo que no me enamoraba o, quizás, como nunca. Cierto es que venía de una mala época y lo mismo se me fue la pinza en la codependencia pero joder, me gustaba estar con ella. Con él. Paso, paso, paso. No quiero acordarme de ese día. Debería bloquearla. Bloquearle. ¿O no? A lo mejor deberíamos hablar. Sabía que no tenía que mirar el correo.  


*Todos estos correos los he recibido hoy. Quizá no son basura, quizá no son spam, quizá lo que ocurre es que yo no soy su verdadera destinataria. Quizá todos estos personajes hayan recibido los correos que me corresponden a mí. Imagino una gran plaza pública a la que todos acudiéramos con nuestros correos basura para hacérselos llegar a sus verdaderos destinatarios y poder así, recibir los nuestros.   

domingo, 19 de marzo de 2017

Nuestros padres y nosotros

No nos paramos a pensarlo pero la condición de “hijo” no es absoluta. Tampoco es absoluta ni inmutable ni eterna la relación que establecemos con nuestros padres.  No siempre somos hijos de la misma manera, no lo sentimos igual y nuestra visión y percepción sobre nuestros padres cambia poco a poco, a veces imperceptiblemente y otras con una brusquedad que nos corta el aliento.
Durante una serie de años nuestros padres son “papá y mamá”, ni siquiera tienen nombres, no existen fuera de su relación con nosotros, hasta que un día todo cambia.
«Yo tendría  siete o nueve años. Pero cuando dije mi nombre – Richard Ford – exclamó: “Ah sí, tu madre es esa señora de pelo negro, bajita, mona, que vive más arriba de esta calle.” Aquello me afectó y me afecta todavía. Creo que fue la primera imagen que tuve de mi madre como de otra persona, como alguien a quien los otros veían y describían: una mujer mona, no. (…) Sin embargo, recuerdo aquello como un momento significativo de mi vida. Breve pero importante (…) Desde entonces creo que nunca pensé en ella de otro modo, como Edna Ford, una persona que era mi madre y que también era alguien más».  Mi madre. Richard Ford
Una vez que asimilas que tus padres además de ser tus padres tienen una vida, unas inquietudes más allá de ti, que tienen un pasado en el que tú no existías, una vida en la que no contaban contigo, comprendes que a pesar de ser las personas que mejor te conocen y las que más te querrán en tu vida, jamás las conocerás del todo. Son igual de inabarcables que el resto de la gente, igual que tú.
«Fue uno de esos momentos en que los padres te sorprenden, no porque hayas aprendido algo nuevo sobre ellos, sino porque has descubierto otra zona de ignorancia». Nada que temer. Julian Barnes
Más adelante en la vida y dependiendo de las circunstancias de cada uno llega el momento en que el anclaje de tu vida cambia. Hasta ese día, ese preciso momento, tus padres son el punto de retorno, el sitio seguro al que volver, el centro del que te alejas pero al que sabes que siempre puedes volver, el punto inamovible y fuertemente anclado. A partir de ese día, navegas solo sabiendo que ahora eres tú el anclaje de tus padres. Es un cambio de perspectiva vital muy drástico, que provoca mucho vértigo y que es difícil de encajar.
«Recibí una carta de mi madre. Ella también estaba asustada y no sabía cómo ayudarme. Por primera vez en mi vida pensé que para mí no había protección posible, que debía arreglármelas sola. Comprendí que en el afecto que sentía hacia mi madre siempre había tenido la sensación de que ella me protegería y me defendería en las desgracias. Pero ahora solo me quedaba el afecto; toda petición y espera de protección habían desaparecido; y pensaba que en el futuro debería ser yo quien la defendiera y la protegiera, porque mi madre ya era muy mayor, le faltaba el ánimo y estaba indefensa». Léxico familiar. Natalia Ginzburg
Cuando descubres que tus padres son vulnerables y que tú debes ser su soporte, descubres algo mucho más terrorífico, que tienes capacidad para hacerles daño, que tus actos pueden dolerles y que esos actos pueden ser involuntarios o voluntarios, que puedes ser cruel a propósito y que no por ser tus padres están a salvo de sentirse heridos.
«El momento en que reconoces por primera vez que tu padre es vulnerable al prójimo es bastante duro, pero cuando comprendes que es vulnerable a ti, que aún te necesita más de lo que tú ya no crees necesitarle a él, cuando comprendes que podrías asustarle, incluso dominarle si lo desearas… en fin, es una idea tan contrapuesta a las inclinaciones filiales corrientes que parece no tener sentido». Me casé con un comunista. Philip Roth 
Cuando tienes hijos, una nueva luz ilumina a tus padres. De golpe un millón de cosas que jamás te habías parado a contemplar porque ni siquiera las habías visto, se hacen visibles a la luz de tu paternidad. Sientes entonces una mezcla de gratitud y admiración por tus padres que a duras penas puedes expresar. Sólo esperas que en algún momento los momentos de incomprensión con tus propios hijos lleguen a iluminarse igual para ellos.
«No hacen falta muchos años de paternidad para creer que por fin has comprendido a tus propios padres, y yo he llegado a ese punto con los míos hace mucho. Como la mayoría, me he vuelto más agradecido por cuanto me dieron y siento más respeto por el admirable valor que debieron de necesitar para verme marchar, en mi caso, a una vida totalmente distinta a la nuestra». América, América. Ethan Canin
Todos sabemos o pensamos o esperamos que nuestros padres mueran antes que nosotros; absurdamente creemos que al ser ley de vida estaremos preparados y lo que ocurre es que su muerte nos quita de un plumazo toda la madurez acumulada en esa relación y durante un tiempo, durante el tiempo “en un submarino” que dura el luto, volvemos a ser los niños que fuimos y nos sentimos desamparados.
«La muerte de nuestros padres, a pesar de lo preparados que estemos, a pesar de la edad que tengamos, remueve cosas muy profundas, provoca reacciones que nos sorprenden y puede liberar recuerdos y sentimientos que habíamos creído enterrados hace mucho tiempo. En ese periodo indefinido que llamamos duelo, podríamos estar en un submarino, silencioso en el fondo del océano, conscientes de las cargas de profundidad, tan pronto cerca como lejos, golpeándonos con recuerdos». El año del pensamiento mágico. Joan Didion
Y aunque no sabemos cuándo será, cuál será ese último momento con ellos, lo recordaremos siempre. La última vez, la última palabra, el último gesto.
«Good bye Daddy” I said, and I went down the stairs and got my train, and that was the last time I saw my father». Reunión de John Cheever
La relación con nuestros padres parece ir a alguna parte, creemos que alguna vez llegaremos a donde están ellos, seremos como ellos, sabremos lo que ellos saben, seremos como ellos… pero no.
«Quizá sea algo característico de la relación con nuestros padres: la sensación de que se debería alcanzar alguna meta, luego la constatación de lo que inevitablemente es esa meta, para volver a centrar la atención en el aquí y ahora. A lo que está sólo aquí». Mi madre. Richard Ford

miércoles, 15 de marzo de 2017

Receta de bizcocho de adolescente (sin gluten)


Interior. Rojo con suelo negro. Luz de atardecer entrando por el ventanal, luz de uno de esos días, raros, en los que no hay deberes, ni actividades ni compromisos. 


Ingredientes: 

120 minutos de tiempo.

El tiempo se hace eterno cuando tienes trece años. El tiempo presente es justo donde no quieres estar. Tu adolescente no se lo reconoce a si mismo, quizás no lo piensa, pero echa de menos el tiempo en el que tenía siete años y todo era fácil o aquel tiempo en el que tenía justo dos manos de años, diez, y la vida discurría divertida y sin complicaciones. Eso no lo piensa, pero lo siente así. Sueña con tener quince o dieciséis y abandonar la edad en la que no es ni niño ni adulto. Preferiría tener dieciocho si no estuviera tan lejos, si no quedara tantísimo, toda una vida. Quiere el tiempo que llegará, el tiempo en el que será. Con trece no sabe qué es, cree que sabe lo que quiere ser. 

El tiempo con un adolescente se te escapa entre los dedos porque no quieren pasarlo contigo, o si quieren pero no lo saben. Es como volver a tener un niño de tres años que enseguida se distrae y se escapa. Hay que atraparlo entre los hilos para que descubra que ese tiempo contigo no lo está perdiendo, no es un favor que te está haciendo, ni una obligación.  

100 gramos de nesquick.
100 gramos de firmeza. 

Fundamental para evitar la distracción, la dispersión, la pereza, el pasotismo, el escaqueo. Vamos a hacer un bizcocho. Puff. Venga. Es que... Venga que te va a gustar. 


75 gramos de azúcar. 
75 gramos de organización. 

El caos es poderoso en la adolescencia. Todos parecen aprendices de mago, compañeros de Harry Potter, y los objetos desaparecen entre sus manos, delante de sus ojos. Misteriosamente, seres capaces de manejar tecnología con habilidad casi robótica, se declaran incapaces de encontrar el bote del azúcar, una cuchara de palo o se proclaman imposibilitados totalmente para imaginar dónde se guarda la mantequilla. Es importante exigir la localización de todo lo necesario antes de acometer cualquier tarea. No lo encuentro. Búscalo. No está. Buscas como un hombre, está ahí. Odio que me digas eso. Lo sé, pero cada vez que te digo eso, lo encuentras. Lo sé y por eso lo odio más. 

100 gramos de harina (65 gramos de harina de arroz y 35 de maizena)
100 gramos de la vida de tu adolescente (65 gramos proporcionada por ti y 35 de cosecha propia)

Tu adolescente tiene ya la base para lo que será. Una parte se la has dado tú y lo que ha vivido contigo y otra venía de serie o se la ha ido construyendo poco a poco.  Las proporciones cambiarán con el tiempo, cada día que pase la base proporcionada por ti será menor y la propia será cada vez mayor. No hay que aterrorizarse, el sustrato más básico, el inicial viene de ti. Otra cosa es que sea endeble, pero ya es tarde para arreglarlo. Apuntala si puedes. 

2 huevos. 
Media docena de temas de conversación. 

El bizcocho es una excusa. Sirve como anclaje de la tarde, para centrar. Lo importante es lo que se habla mientras se pesa, se remueve, se mezcla y se prepara. Da igual lo que sea, lo que tu adolescente quiera. Quizás no quiera, y comience contestando con monosílabos. Si, vale. Me da igual. Hay que insistir, dejarle solo, hablará y entonces solo hay que seguir las miguitas que va tirando, ir recogiéndolas y devolviéndolas, como en una partida ping pong. Pobre de ti si se te escapa una bola, si confundes un nombre, si pierdes el hilo, si se te olvida una referencia. ¿Ves como no me haces caso? Si es que no te interesa lo que te cuento. 

75 gramos de mantequilla. 
75 gramos de concentración. 

¿Recuerdas cuando no podías quitar el ojo de tu hijo cuando empezó a gatear, a caminar, a tirarse por el tobogán, a montar en bici sin ruedines, a nadar? Pues has vuelto a esa sensación. No te despistes, no te desconcentres, no le quites los ojos de encima ni un minuto, no dejes de escucharle. No se va a caer, ni a abrir la cabeza contra una esquina ni a meter los dedos en un enchufe, pero si te "vas"... tu adolescente se escapará. Recuerda, no sabe qué quiere estar contigo. Y no va a saberlo hasta dentro de muchos años, cuando recuerde esta tarde.  

75 gramos de nata. 
75 gramos de confianza. 

Desconecta de todo los peligros, terrores y preocupaciones que te asaltan al mirar a tu adolescente. No le atosigues, ni le acojones, ni le aturdas. Va a salir bien. Déjale creer que saldrá bien. Déjate creer que saldrá bien. 

1 sobre doble de gasificantes.
1 sobres doble de sentido del humor. 

Pínchale con ternura. Recuerdale una anécdota de su infancia cuando hizo una travesura, o fue ingenioso o dijo una tontería que se quedó grabada para siempre en el lenguaje familiar. Deja que te cuente un chiste y ríete con él, no con el chiste que probablemente ya conozcas, sino con su risa, con sus carcajadas de broma recién descubierta, con su satisfacción por saberse gracioso. Cuéntale tú uno, cuanto más tonto mejor. ¿Cómo se llama el novio de Nadia Comaneci? ¿Quién es esa? Eso da igual. Nadie Loconoci. Mamaaá, es malísimo. Y lo es, pero tan malo que lloráis de risa. 

Mezcla todos los ingredientes. Calienta. Espera. Confía. Deja que suba, que se abra. Que se enfríe. Desmolda. Saborea. 


Con el tiempo, del bizcocho de adolescente saldrá una lasagna o una paella o una sopa de adulto responsable y capaz con el que compartir y al que disfrutar.  


lunes, 13 de marzo de 2017

Momentos contados

Tic. Tic. Tic. 

Todavía no me he acostumbrado a dormir con él. Me despierto sobresaltada. Cambio de postura y lo alejo de mí, pero ya no vuelvo a dormir. No sé si conseguiré adaptarme. Me gusta mucho, muchísimo. Es grande, fuerte, elegante. 

Me levanto, y con el New Yorker en la mano, bajo a la cocina. Al pasar por el cuarto de los niños cierro la puerta, no quiero que se despierten. Es la hora en que esta casa multitudinaria duerme. Todo está en calma y quiero desayunar en silencio, terminar de leer el artículo sobre de Albert Woodfox, un miembro de los Panteras Negras que pasó más de cuarenta años preso en aislamiento. Llevo una semana para terminarlo, tengo la revista manoseada, usada, pero nada más llegar a la cocina me doy cuenta de que esta mañana tampoco voy a conocer el final de su historia. Mi hermano hace zumo, mis sobrinos aparecen en pijama reclamando su desayuno y las tres pre adolescentes se han caído de la cama y a las nueve en punto, la cocina de mi casa parece la barra de un bar en un día laborable. En vez de gritos de un cortado en vaso con leche templada y una tostada con aceite, atiendo a las peticiones de Nesquick, sobaos Martínez, tostadas y galletas sin gluten. ¿Puedo tomar el Nesquick con pajita?  

Tic. Tic. Tic. 

Caminamos hacia El Roto. Pega el sol pero no ha florecido ni la jara ni los cambroños, el invierno aguanta todavía. ¿Cuánto queda? Mucho todavía. Será broma ¿no? Pero si acabamos de salir. Tengo sed. He traído agua. ¿Y comida? Sí, mandarinas, pero hasta que no lleguemos al Roto no se come nada. 

En El Roto se les olvida el hambre, la sed y el cansancio. Se descalzan y meten los pies en el agua. Está helada. Pues claro, es marzo y es agua de invierno, ¿qué creías? ¿El Roto lo construyeron roto o se rompió después? ¿Cuándo tú eras pequeña ya estaba roto? Se comen las mandarinas y se beben el agua y los sandwiches. Tenemos que irnos. Hay que volver.

Tic. Tic. Tic. 

Las dos cuando llegamos a casa. No sé qué día es. ¿10? ¿11? Preparo la comida, rancho porque somos mucho. Glenda limpia las paredes. Hola joven Glenda. La llamo así desde que me enteré que llamaba así a un amigo mío de 54 años. Siempre responde al saludo con su risa en cascada.

Comemos en turnos y me doy cuenta de que estoy reventada. No he dormido bien y el paseo al sol me ha agotado. Me tumbo a leer a Natalia Ginzburg y me quedo dormida como los niños, con el dedo entre las páginas, perdida en sus palabras, medio tapada con la manta verde de la que me sobresalen los pies. 
«Cuando escribo algo, suelo pensar que es muy importante y que soy una gran escritora. Creo que a todos les ocurre igual. Pero hay un rinconcito de mi alma donde sé muy bien y siempre lo que soy, es decir una escritora pequeña, muy pequeña. Juro que lo sé. Pero no me importa mucho»
Tic. Tic. Tic. 

Masticando la pesadez de la siesta bajo de nuevo al bullicio del salón. No para de llegar gente, más niños, más amigos, más familiares. Sigo leyendo entre el follón.  

Tic. Tic. Tic. 

Cambia el tiempo. Arde la chimenea. Me he quemado el cuello en el paseo de la mañana y todos tenemos las caras encendidas por el sol. Sopla viento de norte y sé que mañana las nubes aparecerán pegadas a las montañas. Hará frío, estarás contenta. Sí, mucho. Y va a llover. Estupendo, me vendrá mejor para concentrarme. Preparo el te. En bandeja, con tetera, limón y lechera. Mantecados y palmeritas de las que es imposible comerse solo una. 

Tic. Tic. Tic. 

Los agregados de la tarde van desfilando, quedamos diez. Cenas por turnos, a trompicones. La chimenea sigue a pleno rendimiento. Pijamas, helado, macarrones a deshora, mandarinas, fresas con nata. Coraline. En una esquina del sofá, hecha una bola sigo leyendo para no dormirme. 

Tic. Tic. Tic. 

Se acaba la peli. 
Se cierra la chimenea. 
Turnos para lavarnos los dientes, para usar el baño.
Mamá, ven a darnos un beso. Me arde la cara. Claro, nos hemos quemado. Es que no nos has dado crema. Es marzo, no se me ha ocurrido. Buenas noches. Buenas noches. No cierres la puerta. Nunca cierro la puerta, ¿me lo vais a repetir siempre? Sí, hasta que nos vayamos de casa. 

Se me cierran los ojos. ¿Me he dormido? No, todavía puedo leer un poco más, terminar esta página. Apago la luz. Todo está en silencio. Me acurruco mirando hacia la ventana. 

Tic. Tic. Tic. 

El paso de mi tiempo, un sonido rasposo y que rebota. Mi nuevo reloj es negro profundo y no me acostumbro a escuchar como absorbe mi tiempo, como si fuera un agujero negro. 
«Prefiero creer que nadie ha sido nunca como yo, por pequeña escritora que yo sea, aunque como escritora sea una pulga o un mosquito»


viernes, 10 de marzo de 2017

Desvarios de aeropuerto


Al aeropuerto nunca se llega a tiempo. A tiempo ¿de qué? Al aeropuerto se llega para esperar, esperar para poder marcharte o esperar para ver llegar. 

Soy puntual, creo. Los paneles anuncian que el vuelo no ha aterrizado aún, Llego, por tanto, con tiempo para esperar. 

Un aeropuerto en un día de diario, a las seis de la tarde, es casi una ciudad fantasma. Aparco y antes de bajarme del coche fotografío el número de mi plaza. Me da miedo no encontrar el coche. Antes de tener móvil nunca me preocupaba olvidar el lugar en el que lo había dejado. ¿Tenía más memoria o los aparcamientos no estaban hechos para confundir? Modulo B, planta 0, plaza 26. Color azul. Hundir la flota. Agua. Tocado. Hundido. 

Ascensor industrial, metálico. Estos ascensores son objetivamente feos pero tienen un encanto raro, quizás porque son modestos. Grandes y humildes, pienso en gigantes. No te dicen al entrar mira que diseño más chulo tengo o mira que te enseño las vistas panorámicas o ven, acércate atúsate el pelo. No. En estos ascensores solo estás tú y sus paredes metálicas, te dicen ¿dónde quieres ir? Yo te llevo, no te preocupes.  

Dime cómo te enfrentas a la cinta transportadora y te diré con cuanto tiempo de más has llegado para esperar. No doy un paso. Estoy cansada y decido disfrutar de la soledad siniestra del vacío del pasillo que tengo por delante. T2, llegadas. 

Me veo en el espejo que flanquean la cinta. Más que verme me sorprendo. ¿Soy yo? En el aeropuerto me pasa como en el metro o en los hospitales, no me siento yo, me despersonalizo. Un aeropuerto, el metro, el hospital, son lugares a los que vas esperando salir pronto, lugares de tránsito por los que te ves obligado a pasar pero donde no quieres estar. Son paréntesis en tu vida. Siempre me pasa lo mismo, me siento fragil, insegura, hueca. Vuelvo a mirarme en el espejo mientras la cinta avanza despacio, no tengo prisa. Me veo: los vaqueros, las botas, la guerrera negra y el pañuelo granate con estrellas negras. El envoltorio está, pero me siento como si lo que soy se hubiera quedado esperando fuera, a que salga. Ve tú que yo te espero aquí, me ha dicho. Es una sensación muy rara, casi mareante. No he bebido. 

T2 Llegadas. Unos pasos decididos, seguros, rápidos se acercan por detrás. Me adelanta un hombre de uniforme, con una credencial colgando que arrastra una maleta. Sabe perfectamente dónde va, tiene el tiempo medido, está completo, es denso y pesa, no se ha dejado nada fuera esperándole. Creo que se puede diferenciar al que tiene en el aeropuerto su habitat habitual por la densidad de sus pasos, por su seguridad, porque ignoran los carteles y trazan su ruta con determinación.  

Se termina la cinta. Giro a la derecha. Pasillo. Escaleras arriba. Un tramo. Otro tramo. Pasillo hacia la izquierda. Camino y camino. Me voy diluyendo, cuanto más avanzo más dudas tengo, más cáscara me vuelvo. Las ventanas en los aeropuertos no se abren, quizás para evitar que las personas como yo, a fuerza de desmaterializarse salgan volando como globos vacíos. El cielo del aeropuerto lleno de globos de colores que escapan, sería precioso. Peligroso pero precioso. 

Modulo B, planta 0, plaza 26. Contraseña de salida. 

martes, 7 de marzo de 2017

Hombres desnudos leyendo ¿sí o no?


Ayer descubrí que existe, Naked Boyds Reading.  Un grupo en Inglaterra que organiza eventos en los que hombres desnudos leen en voz alta, una especie de performance o interpretación de textos en la que distintos hombres leen. 

Leí la noticia y me quedé pensando. ¿Me gusta esto o no me gusta? Definitivamente me gusta. Me puse a pensarlo más detenidamente para analizar porqué me gusta y encontré tres razones. 

La primera de ellas es que me gusta que me lean. Es un placer reencontrado. Cuarenta años después de escuchar a mi madre leernos y contarnos historias he re descubierto las cosquillas interiores que provoca la voz de otro leyendo una historia sólo para mí. No me vale cualquier cosa, prefiero algo que yo jamás leería por mí misma: cuentos fantásticos y ciencia ficción es mi preferencia ahora mismo, pero los clásicos también me parecen bien. Los Naked boys reading leen a las Hermanas Brönte. Cumbres borrascosas es un título estupendo para releerlo en la voz de otra persona. 

La segunda de las razones es que me gustan los hombres que leen. Ver a un hombre leer me encandila. No me motiva que cocinen, ni que sean deportistas, ni que acunen bebés. Todas esas cosas están muy bien pero me pasan desapercibidas. Un hombre que lee siempre me intriga, me hace preguntarme cosas y me gusta verlos leer, a todos, a los que me atraen físicamente y a los que no. ¿Qué estará leyendo? ¿Lo habrá comprado él o se lo han regalado? ¿Estará deseando terminarlo o que no se le acabe? ¿Es de una biblioteca? ¿Leerá en la cama? 

La última razón es que los hombres me gustan.  Me gustan mucho. Y me refiero a un gusto físico, me gustan por sus cuerpos. Por sus piernas, por los brazos, por las costillas, por sus cuellos,  por los hombros, por la espalda, por los codos, por las muñecas, por las manos, porlos dedos. Me fijo en  cómo termina el pelo alrededor de las orejas, en las uñas, en sus rodillas, en su barba y en los labios. Los veo, los miro y pienso en cómo será el tacto de su piel, en si estarán fríos, húmedos, secos o calientes. ¿Su pelo será suave o duro y áspero? Me pregunto si tendrán cosquillas, si se les erizará el pelo al rozarles. Observo si tienen tripa o son de tener culo, si alguna vez fueron fuertes y me fijo en el tamaño de sus pies. 

En resumen ver hombres desnudos leyendo textos que me interesan me parece un plan perfecto. 

¿Me parecería igual de perfecto si fueran mujeres? Los Naked boys reading se han inspirado en las Naked girls reading. Siendo sincera me apetece menos. No me gustan las mujeres, sus cuerpos no me interesan tanto (no me interesan nada, la verdad) y ver mujeres leyendo me gusta pero, si tengo que elegir, prefiero ver hombres. 

Bien, no iría a ver mujeres desnudas leyendo pero vamos un poco más allá. En la semana de la mujer ¿ver mujeres leyendo desnudas me parecería machista? Siendo sincera otra vez, creo que en un primer momento me parecería innecesario, superfluo y frívolo y puede que incluso me hostilizara pensando que se cosifica a la mujer. Pero ¿y si esas mujeres, como estos hombres, leen desnudas porque quieren, porque les apetece y el público que va a ver el espectáculo lo hace buscando un placer como el que buscaría yo yendo a ver a los hombres desnudos leer? 

Nadie va a pensar que tengo ningún interés criminal en asistir a este espectáculo. No voy a gritar, ni a decir obscenidades (aunque puede que las piense) ni voy a acosar a los protagonistas ni mucho menos forzar un contacto físico con ellos. ¿Qué pensaríamos de hombres que acuden a ver a mujeres desnudas leyendo? No hay más preguntas. 
«Life doesn’t always follow ideology, you might believe in certain things and life gets in and things just become messy». Chimamanda Ngozi Adichie 
Soy feminista y por eso, tras pensarlo mucho, me parece estupendo que hombres y mujeres lean en bolas, pero yo solo quiero ir a ver a los hombres.  


viernes, 3 de marzo de 2017

La oda a la frivolidad que no pude escribir


El lunes, sentada en una sala de espera, me puse a hojear el Hola. Pasaba las páginas cuando me asaltó una foto completamente absurda de Gwyneth Paltrow abriendo un armario de frío en un supermercado, con una litrona de leche en la mano y vestida solamente con una americana y unos tacones imposibles. El texto sobre impresionado decía lo siguiente:

«Cuando mi carrera estaba en lo más alto y me sentía la chica más genial de la tierra, mi padre me dijo ¿Sabes qué? te estás volviendo un poco estúpida. Es lo mejor que me ha pasado nunca, me hizo poner los pies en la tierra»

Solté una carcajada. En la siguiente foto, la buena de Gywneth aparecía, en los que supongo a alguien le debió parecer una pose atractiva, recostada sobre la cinta de la caja del súper.

«Su posado más impactante». Adoro el algoritmo del Hola que titula y hace los textos, me proporciona grandes momentos de risas. Con un conjunto de adjetivos y sustantivos muy limitado consigue realizar infinitas combinaciones a cual más obvia y previsible, pero titular el reportaje de Gywneth como "posado impactante" se llevaba la palma. 

Esta misma semana dos personas, amigas, me reprocharon sin maldad, que leyera el Hola (el Hola no se lee, se mira con incredulidad) o qué dedicara tiempo a escribir  bobadas sobre la alfombra roja de los Oscars. A los dos les contesté: no hay que ponerse tan estupendos, te puedes dedicar a leer grandes ensayos, el New Yorker o clásicos de la literatura y en una sala de espera echar unas risas con el Hola. Y se puede disfrutar mucho viendo clásicos de cine o series de autor, y reírte escribiendo sobre la alfombra roja. 

Pensé entonces en escribir un post con una oda a la frivolidad. Una defensa del disfrute de lo superfluo en ciertos momentos, en ciertos lugares, sabiendo que lo que estás haciendo es frívolo e intrascendente pero disfrutándolo sin más para olvidarlo al segundo siguiente. 

Iba y venía pensando en cómo escribir mi oda al frívolo disfrute de lo superfluo cuando, al volver a casa el miércoles por la noche, al poner la radio para escuchar el análisis de las noticias del día me saltó el fútbol. El jueves por la noche me ocurrió lo mismo y, esta mañana tras el monólogo de turno, cuando quería escuchar los titulares de la jornada me he encontrado con una descripción pormenorizada del golpe que dos futbolistas se dieron ayer y que más allá de lo aparatoso de la caída no tenía ninguna trascendencia. Fue un susto, un golpazo impresionante pero ambos jugadores están perfectamente. 

Recuerdo con emoción mi primera visita al Bernabeu, con un bocadillo envuelto en papel albal ,de la mano de mi padre, mi hermano y yo, fuimos a ver un partido de la Copa de Europa en el que un tal San José marcó un gol en propia puerta. Recuerdo la emoción de los grandes partidos en mi casa, esas noches en las que se cenaba en el salón. Recuerdo tardes de adolescente en los que quedábamos porque era un plan especial ver el fútbol.

Recuerdo cuando el fútbol no lo invadía todo. Añoro disfrutar de un partido de fútbol porque era algo que tenía su lugar y su tiempo, que suponía un aparte de las cosas diarias. Era algo intrascendente, superfluo y divertido y tenía su momento. 

Ahora no. Ahora me saca de mis casillas que me asalte por todas partes. Me hostiliza que todos los boletines informativos terminen con una nimiedad sobre fútbol. Me cabrea que se rellenen horas de radio o de secciones de deporte o de televisión con bobadas sobre fútbol. Entiendo los comentarios sobre partidos, resultados, análisis de juego. Me parece estupendo que haya periódicos dedicados solo a eso o portales web o especiales de radio pero ¿comentar cada entrenamiento? ¿Cada tuit? ¿Cada contrato publicitario? ¿Cada estupidez? ¿En todas partes? ¿A todas horas?

El fútbol lo llena todo. 

¿Y si pasa lo mismo con la frivolidad superflua de la moda y los cotilleos? Reflexiono ¿A quién quiero engañar? Ya está pasando. Los informativos de radio no hablan, aún, de los cotilleos del Hola pero todo tipo de noticias frívolas, idiotas y carentes del más mínimo interés se cuelan en todos los periódicos. Hoy mismo, he entrado a leer un reportaje sobre una librería y, al final de la noticia, los temas sugeridos eran ¿Cuánto gana Pilar Rubio por un tweet? ¿Qué les pasa a Mengano y Zutana?,Reguetón' y afters con señores mayores: así son las juergas de los protagonistas de ‘Hard Party’", Así es la vida del presidente Trump: vive solo, adicto a la televisión y no lee libros. Un canto a la nada intrascendente. 

Mi oda a la frivolidad se ha venido abajo. Sigo estando a favor de disfrutar de tonterías superfluas de vez en cuando, pero ya no estoy tan segura de que esas tonterías sean tan inocuas. O, mejor dicho, sí son inofensivas en un entorno controlado, medido y acotado. Cuando dejamos, y lo estamos haciendo, que se extiendan más allá del cercadito del que nunca debieron salir, pierden su inofensiva diversión y se convierten en un arma de destrucción, acaban con el pensamiento crítico, con la capacidad de análisis, con el criterio y con la información. 

Conclusión, seamos frívolos con criterio, aunque creo que ya llegamos tarde.  Igual que el fútbol se nos fue de las manos, se nos está yendo la frivolidad. 


Foto de la revista LIFE. Jane Mansfield rodeada de botellas de agua caliente con su efigie. 

miércoles, 1 de marzo de 2017

Lecturas encadenadas. Febrero

A veces me equivoco escogiendo mis lecturas. Yo solita voy directa a por un libro porque creo que me va a gustar, porque estoy convencida de que es una buena lectura y me pego un planchazo de campeonato.

Tú no eres como otras madres, de Angelica Schrobsdorff, ha sido mi primer planchazo del año. Compré la novela en navidades, mientras brujuleaba comprando regalos. Lo vi y pensé, me voy a dar un capricho. Lo cogí con ganas porque tenía todo para gustarme: una buena historia, el componente autobiográfico, la II Guerra Mundial,  otro tipo de maternidad. Sobre el papel parecía una apuesta segura y sobre el papel ha sido una total y absoluta pérdida de tiempo. Una tortura. ¿Por qué lo he terminado? ¿Por qué me he empeñado en llegar al final? Otros se torturan con las comidas de los domingos en casa de su familia política o siendo del APA y yo lo hago terminando libros que me parecen espantosos.

¿Por qué Tú no eres como otras madres me ha parecido tan espantoso? Pues porque es el perfecto ejemplo de como una historia potente puede ser desperdiciada y, sobre todo, desprovista de toda su fuerza en manos de una narradora desganada y mala escritora. Los acontecimientos que nos cuenta, la vida de la madre de la autora, desde su juventud hasta su muerte en Alemania, tiene un potencial que se va diluyendo poco a poco hasta que deja por completo de interesar y no llega a emocionar en ningún momento.

Todo está mal contado. En estas cuatro palabras se resume este desastre de novela. La autora unas veces escribe en primera persona "mi madre me decía" para al párrafo siguiente, sin motivo, sin razón y sin necesidad  saltar a un narrador omnisciente que descoloca completamente "Else y las niñas". ¿Lo que está contando es lo que recuerda? ¿Se lo han contado? ¿Lo está inventando? ¿Quién lo está contando?

¿Por qué estos cambios? No lo sé y lo peor es que me da igual.  He llegado a pensar que es por puro descuido. La sensación que acaba transmitiendo la novela es que la autora en realidad no quiere escribirla, está aburrida de su historia o cansada. No lo sé, pero esa sensación se acentúa según avanzas y es más que evidente al final, cuando directamente tira la toalla y transcribe las cartas de su madre.  Creo sinceramente que una recopilación de las cartas de su madre sin ninguna intervención por su parte hubiera sido muchísimo mejor. Esta reflexión de la madre en una carta a una amiga, que huyó a Palestina antes de que se cerraran las fronteras, es muy interesante: 
«¿En casa habláis alemán o hebreo? No me puedo imaginar que en una lengua distinta a la materna pueda uno mostrarse como realmente es. Porque está orgánicamente imbricado con el idioma, que más que cualquier otra cosa es expresión de la personalidad, lo mismo que es, más que cualquier otra cosa, la clave para acceder a un pueblo y a su cultura. Por supuesto, las palabras y la gramática se pueden aprender, pero los ue está en torno a las palabras, dentro y detrás de las mismas, jamás. Con otro idioma ¿no tendría uno que volverse otra persona?»

Tú no eres como las otras madres es un libro antipático. Un libro que no quiere que lo leas. Una pérdida de tiempo. Huid.

Para leer sobre ese periodo de la historia os recomiendo Una princesa en Berlín, Una mujer en Berlín o Morir en primavera del que hablé hace poco.

Y las cucharillas eran de Woolworths de Barbara Comyns. Doscientas cuarenta páginas devoradas en dos días, un oasis de buena lectura tras el desierto. Esta novela es, también, la historia de una vida. Como la anterior tiene, también, un componente autobiográfico pero a diferencia de la anterior, Comyns es una maravillosa narradora. Con un estilo que parece engañosamente fácil y superficial  te engancha desde el primer momento con la historia de la joven y alocada Sohphie y su matrimonio con Charles, tan joven y alocado como ella. Sophie va creciendo como persona durante toda la novela, cometiendo errores inevitables, inconsciencias evitables y soportando algunas desgracias muy dickensianas compensadas por maravillosos momentos de humor bucólico. Sophie resulta, sin embargo, siempre un personaje con el que el lector empatiza y conecta. Unas veces quieres consolarla, otras animarla, otras reir con ella y otras regañarla porque se está comportando como una tonta.

Me ha encantado cuando en el capítulo IX cuando ya estás completamente acomodado en el papel que como lector te ha adjudicado, o crees que te ha adjudicado, Comyns en la novela y que es el del lector espectador que asiste a la vida de Sophie mirando desde la barrera, de repente Sophie se dirige directamente al lector
«Aunque ya he llegado al capítulo nueve, este libro no parece crecer mucho. Creo que en parte se debe a que no hay diálogos. Podría llenar páginas así:
-Estoy segura de que es verdad-dijo Phyllida.
-No estoy de acuerdo-respondió Norman.-Bueno, yo sé que tengo razón-replicó ella.-Siento disentir-dijo Norman en tono severo.

Éste es el tipo de material que aparece en los libros de la gente de verdad. Sé que éste nunca será un libro de verdad, de los que leen los hombres de negocios en los trenes, el tipo de hombre de negocios que lleva sombrero rígido de ala ondulada con unos agujeros en los laterales».

De repente, como lector, piensas ¿me está hablando a mí? ¿No hay diálogos? ¿No me he dado cuenta? ¿No soy un hombre de negocios? Una genialidad.

Una novela estupenda, divertida, entrañable, trágica y muy inglesa.

El cómic del mes ha sido Hermanas de Raina Teigelmeir. Cualquiera que tenga una hermana o un hermano pequeño se sentirá identificado con este cómic. Raina reconstruye su relación con su hermana, cinco años más joven que ella, y lo hace contando dos historias de manera paralela. Nos cuenta un viaje en coche de una semana, desde San Francisco a Colorado, cuando era adolescente, e intercala en él flashbacks, marcados por el tono amarillo de las páginas, con su relación con su hermana desde que  ésta nació y resultó ser una niña llorica, quejica y muy exigente. Las tiranteces, los problemas de espacio, la diferencia de gustos, de intereses, los conflictos por nimiedades absurdas aparecen perfectamente reflejadas en este cómic y son reconocibles para cualquiera que tenga hermanos. En el lector adulto esta historieta hace asomar alguna sonrisa y se lee rápidamente y sin problema.  Para el lector con hijos adolescentes es una representación gráfica de lo que vive en su casa y para el lector pre adolescente es un cómic interesante con un tema que reconoce como propio y con el que se identifica.   En mi casa lo hemos leído las tres y ha sido estupendo compartir lectura con mis hijas. 

El último libro del mes ha sido un relato corto de Úrsula K.Le Guin recientemente ilustrado y publicado por Nórdica. Desde que el pasado otoño leí un estupendo artículo sobre ella en el New Yorker tenía ganas de leer algo suyo y éste librito me saltó a las manos desde el mostrador de la Librería Cervantes y Compañía cuando asistí a la presentación del libro de una amiga. 

El día antes de la revolución  es un relato breve que Le Guin publicó en la revista Galaxy Science Fiction en 1974 y con el que ganó varios premios. Como ya he dicho ha sido mi primer acercamiento a su universo y creo que ha sido una buena manera de acercarme a ella, a su mundo y a su estilo. El relato cuenta el último día antes de una revolución largamente esperada y que resulta ser, también, el último día de la inspiradora, creadora y germen del movimiento revolucionario, Odo. 

Odo es una anciana que nos cuenta su último día, desde que despierta sobresaltada por una pesadilla en la que ha soñado con su pareja asesinada hace años, hasta que vuelve a su habitación tras su agotadora jornada. El estilo de Ursula K. Le Guin es muy personal y me ha recordado ligeramente a Bradbury en Crónicas Marcianas. Todo es conocido y reconocible pero está teñido de un velo extraño, como si al mundo conocido lo iluminara otro tipo de luz, una que no llegara desde el Sol. Vemos, reconocemos lo que vemos pero todo parece distinto y pensamos ¿quizás hay algo más que no veo? Es una sensación extraña pero placentera. 

Tiene unas cuantas reflexiones profundas e inquietantes que llevan germinando en mí desde que lo terminé.
«Un cuerpo en condiciones no es un objeto, no es un instrumento, no es una posesión digna de admiración, no es más que una, tú. Sólo cuando el cuerpo ya no eres tú, sino tuyo, algo que se posee, se preocupa una por él: ¿está en buen estado? ¿Servirá? ¿Durará?»
«La gente solía decirle; "Qué valiente fuiste, seguir trabajando, escribiendo, en la prisión tras una derrota como aquella para el Movimiento, tras la muerte de tu compañero...". Malditos imbéciles. ¿Y qué otra cosa se podía hacer? Valentía, coraje... ¿qué era el coraje? Nunca había conseguido explicárselo. No tener miedo, decían algunos. Tener miedo y aún así continuar, decían otros. Aunque ¿qué podía una hacer sino continuar? ¿Existe una elección verdadera alguna vez? 
Morir era sencillamente continuar en otra dirección». 

Leed a Bárbara Comyns y leed a Úrsula K.Le Guin. 

Y con este cuatro en raya de escritoras y un bizcocho hasta los encadenados del mes de marzo.