viernes, 27 de octubre de 2017

Haraganead, haraganead, malditos

¿Cómo te sientes si pasas todo un día sin hacer nada? 
a) Bien
b) Mal

Desconfío de todo aquel que elige la respuesta b. ¿Cómo puedes sentirte mal después de no hacer nada en todo el día? ¿Que tara tienes? Sospecho que a los que eligen la opción incorrecta nadie nunca les ha enseñado a no hacer nada bien.  

Haraganear es un arte y, como tal, requiere dedicación, empeño y fuerza de voluntad. La maestría no se adquiere de la noche a la mañana ni se perfecciona en un instante. Es necesario dedicarle tiempo, encontrar el hueco y el espacio e insistir hasta que se le coge el truco. Solo entonces, te vuelves adicto, te enganchas, lo conviertes en un arte.  

No hacer nada es revolucionario. Nos pasamos la vida corriendo, sujetos a un horario, al despertador. Nos persigue la hora de comer, la hora de cenar, la de ir a trabajar y la de salir corriendo a hacer gestiones. Además, tenemos tareas pendientes, una montaña enorme que no acaba nunca y que va desde limpiar la casa a llevar la aspiradora a arreglar, recoger la ropa de invierno, planchar, poner la lavadora, ir a comprar bombillas, llamar a tu  madre, escribir a tu amiga que vive fuera, pedir cita para el DNI, para la peluquería, para el oculista, llamar al banco, mirar tus gastos mensuales, emparejar calcetines, ordenar tuppers, lavar a mano la ropa de lavar a mano que languidece al fondo del cesto de la ropa sucia esperando que llegue su momento, ir a un museo, dar un paseo, ir a conocer un nuevo restaurante, quedar con alguien, cortarte las uñas... un millón de cosas que hay que hacer. Para no hacer nada hay que desarrollar el superpoder de dejarlas todas en "mañana". No es fácil, la inercia del "tengo que" o "podría hacer" es  es un tsunami muy violento que hay que aprender a surfear. 

No hacer nada significa ir a contracorriente, despegarse del "aprovecha tu tiempo libre" y del "saca  provecho del fin de semana". No, no y no. El verbo aprovechar implica exprimir el tiempo, apurarlo, llenarlo de cosas, de actividades que te reporten un beneficio, un algo, lo que sea. No hacer nada, haraganear, es justo lo contrario. Consiste en aprender a dejar pasar el tiempo languideciendo. Haraganear implica disfrutar viendo como los minutos y las horas se escurren entre tus dedos, resbalando por las sombras de la luz en tu cama, en tu pared, en el suelo. Abrir los ojos y pensar «podría levantarme» y no hacerlo, darte la vuelta y seguir tumbada, sin dormir, sin leer, simplemente no haciendo nada. No hacer nada significa empezar a desayunar a la hora que sea, sin mirar el reloj, sin pensar que es casi la hora de comer, te apetece desayunar y desayunas, ya te preocuparás o no de lo que ocurra en las horas que están por llegar. Al principio de no hacer nada, la perspectiva de las horas por llenar puede agobiar un poco pero hay que tomárselo con calma y dejarse ir. Poco a poco, tu cuerpo se adapta, tu cerebro se pone cómodo y ves como el tiempo se estira y el haraganeo se expande ocupando todos esos minutos con una maravillosa sensación de bienestar. La expansión del placer del haraganeo es algo maravilloso, crece hasta ocupar el tiempo y el espacio llenándolo todo de un olor, de un sonido, de un tacto dulce, pacífico y gustoso. 

Haraganear es ir, un poco, contra nuestra propia naturaleza. Los niños, por ejemplo, llevan mal no hacer nada, dicen me aburro y exigen hacer cosas, entretenerse, estar activos. Hay que enseñarles a disfrutar del haraganeo consciente para no privarles de ese placer. Hay mucha gente a la que no le ensañaron nunca, les privaron de ese conocimiento y viven su vida en una continua carrera de obligaciones, tareas y ocio auto impuesto muy parecido a vivir permanentemente en un crucero organizado.  

Haraganear es maravilloso y, como todas las cosas buenas de la vida, hay que manejarlo con cuidado. Es importante no abusar de ello porque entonces su placer se anula y se convierte en un vicio. Haraganear es un placer íntimo, para realizar en una compañía de confianza y siempre con moderación. 

¡Ah! Casi lo olvido y esto es fundamental:  no se haraganea en pijama. Cuando uno no va a hacer nada en plan profesional, lo hace con ropa cómoda, de estar en casa pero nunca en pijama. ¿Por qué? Por lo mismo que no se corre sin sujetador. No hay más que explicar.  

Haraganead, malditos. No os hurtéis ese placer y sed gente de confianza que elige, siempre, la opción a. 


6 comentarios:

Menta dijo...

Jajaja, muy de acuerdo. Un máster tengo yo

Anónimo dijo...

Yo tambien soy una discipula aventajada del noble arte de no hacer nada, pero tengo amigas, que no pueden tener una tarde, unas horas...sin una ocupacion, o tres. Se agobian. Jamas se quedaran en casa. Siempre he pensado que es angustia existencial, gente que siente que el tiempo oasa, y que si haces mil cosas, no te enteras. Y es verdad que ellas son mis colegas mas angustiadas con el paso del tiempo y con no cumplir sus supuestas " etapas". Es solo una hipotesi. Gracias por tu post Molinos ah! por cierto vinculado a esto estan los exitosos que se levantan a las 5 de la mañana para empezar a trabajar...mas desconfianza aun!

Anónimo dijo...

Fan de haraganear. Pero yo lo hago en pijama. Hay días que no me lo he quitado.

Sara M. dijo...

Jajajaja, me encanta, y por supuesto ¡en pijama no!

Iraide Talavera dijo...

Yo he sido educada en el noble arte del haraganeo por unos padres que consideraban que pasar el fin de semana descansando en casa no era pecado y que no tenían que ser nuestros animadores socioculturales. Y, la verdad, si te educan así te adaptas: de niña no solía decir "me aburro", me buscaba el entretenimiento, que en muchas ocasiones consistía en haraganear sin hacer nada de particular. Hoy por hoy sigo parecido, y a veces la pereza me puede tanto que ni el pijama me quito. :P

Por cierto, tu artículo me ha recordado a este de Natalia: https://lamadretrigre.com/2013/04/12/lennui/

NáN dijo...

Toda la vitalidad y la conciencia surge, milagrosamente, del haraganeo. El cerebro debe necesitar que lo dejemos enpaz de vez en cuándo.

Me ha gustado lo que dice Iraide, lo de que los padres "no tenían que ser nuestros animadores socioculturales". Y los niños nos preocupábamos de no estar a la vista para poder vivir lo maravilloso (haraganear conducidos por la imaginación).