miércoles, 25 de octubre de 2017

Caer bien no es lo mismo que querer

Dan Gluibizz
—Mamá, a mi amigo Pedro su madre no le cae bien.
—¿Cómo lo sabes?
—Hoy hemos estado hablando de eso. 
—Ajá. 
—¿Te parece bien que no le caiga bien su madre?
—Bueno, no lo sé, sus razones tendrá. A lo mejor le cae bien a ratos, o a lo mejor no es que le caiga mal, sino que simplemente le cae mejor su padre y, por comparación, él tiene la sensación de que su madre no le cae bien.
—No lo había pensado así. 

Ella no lo había pensado así y yo, la verdad, es que no lo había pensado nada, pero me quedé dándole vueltas. ¿Te puede no caer bien tu padre, tu madre, tus hijos? Ya veo las caras horrorizadas de muchos, pensando "por supuesto que tus padres te caen bien y, también, tus hijos porque los quieres más que a nada y blablablabla". 

—Mama, a mí tú me caes bien. 
—Me alegro.
—¿Yo te caigo bien?
—Si, casi todo el tiempo sí.
—Pero ¿caer bien no es lo mismo que querer eh?
—Lo sé.

Exacto. Caer bien no es lo mismo que querer. Es completamente distinto o, quizás, sólo complementario. Por supuesto está horriblemente mal visto decir que tus hijos o uno de ellos o tus padres o uno de ellos no te caen especialmente bien, pero es así. Todos, o casi todos,de adultos sabemos cuál de nuestros progenitores nos llevamos mejor, con cual tenemos una relación más fluida, más cercana, una relación en la que es más fácil acoplarse por el motivo que sea: cercanía, sentido del humor, intereses comunes, odios compartidos, afinidades de carácter, pueden ser un millón de cosas. Nos caemos bien, nos caemos mejor. 

Pocos, sin embargo, estamos dispuestos a aceptar que quizás, a lo mejor, que es posible que no les caigamos bien a nuestros hijos. Mejor dicho, como le dije a María, que seamos el progenitor con el que nuestros hijos congenian menos. ¿Por qué? Pues porque nos hemos confundido y creemos que el amor y caer bien es lo mismo y no lo es. Bueno, por eso y porque a nadie le gusta no caer bien (que no es lo mismo que caer mal).

¿Por qué nos pasa esto? Pues dándole vueltas en la cabeza creo que es porque tenemos grabado a fuego en nuestro interior que el amor de padres a hijos y viceversa es incondicional, es una especie de fuerza suprema que lo puedo todo y en la que todo, salvo en momentos excepcionales siempre provocados por una causa externa maligna sin la cual el mundo sería de color de rosa, es armonía, buen rollo y empatía. Y yo creo que no es así. 

El amor entre padres e hijos cae. Es de arriba hacia abajo, sale solo, no brota en el momento del parto como un manantial (de esto ya hemos hablado) pero cada día que pasas con tus hijos acumulas un poco más. Es un amor que te hace sobreponerte a todo lo malo (que lo hay) de tener hijos. Es un amor que no hay que cuidar, no va a secarse (sé que esto es cursilísimo pero me sirve para la idea), ni se va a ir, ni va a desaparecer. (Vale, hay casos en los que ni surge, ni crece y sí desaparece pero son pocas veces). 

El amor de hijos a padres funciona de abajo arriba. Este sí surge, es un chorro a propulsión que brota de pronto y que a nosotros, los padres, muchas veces nos sorprende por su fuerza y nos golpea en toda la cara. El bebé que se calla cuando tú lo coges, tus hijos abrazándote sin venir a cuento, tu hijo enfermo que se siente mejor nada más verte. No es nada que hagas tú, es el amor que ellos sienten y que es como un surtidor a presión descontrolado. Ese surtidor sí pierde presión, según crecen nuestros hijos empiezan a poder controlar su caudal, aprenden a manejarlo y, a veces, creemos que se ha secado. Se enfadan con nosotros, nos odian, nos castigan con su silencio, piensan que somos los peores padres del mundo. Sí, nuestros hijos harán eso porque nosotros lo hicimos, lo hacemos, lo hemos hecho. En los amores en vertical nos cuesta admitir que el destinatario de nuestro amor no nos caiga bien, nos caiga regular, aunque sea por épocas, nos parece que rebaja la calidad de nuestro amor, que no es cariño del bueno, sea lo que sea eso. 

Luego hay otro tipo de amores, los horizontales, de igual a igual: a tu pareja, a tus amigos, a tus hermanos. Esos amores hay que empujarlos para que se muevan, evolucionen y no cojan polvo y olvides que están ahí. En estos amores no tenemos ningún problema en aceptar que un objeto de nuestro afecto nos cae menos bien que otro. Todo el mundo, absolutamente todo el mundo dice: me llevo mejor con mi hermano X que con mi hermano Y, o con mi amigo Paquito que con mi amiga Marta. No tenemos problema con eso. ¿Por qué? No lo sé pero es así. Admitimos que en los amores trabajados haya categorías pero en los amores incontrolables nos cuesta creerlo. 

Caer bien es distinto de querer. A lo largo de nuestra vida nos cruzamos con muchísima gente, con algunos sientes una afinidad instantánea o no tan instantánea que hace que esa persona te resulte más simpática, más llevadera, más cercana y, eso, pasa también con nuestros padres y con nuestros hijos... aunque nos cueste pensarlo, creerlo, aceptarlo y mucho más verbalizarlo. 

11 comentarios:

Kuin dijo...

He vuelto a leerte y no he podido escoger un post más adecuado.
Me ha encantado esta reflexión, Moli. Lo de las direccionalidades del amor
No lo había pensado nunca y aparte de muy gráfico, es muy cierto. Un beso!!

Laura ivm dijo...

Muy interesante tu reflexión. Recuerdo perfectamente una época en que estaba convencida de que a mi madre yo no le caía bien... y sí, no es lo mismo que querer pero da mucha pena y rabia tener esa sensación... aunque no pusiera en duda su amor sí que creía que no le caía bien... y cómo nos gusta caer bien a todo el mundo, aunque racionalmente sabemos que es algo imposible.

Hahinhoha dijo...

Pues mira, era uno de mis miedos más inconfesables a la hora de adoptar a nuestros hijos. ¿¿¿Y si... no me caen bien??? No eran bebés, eran niños de 3 y 4 años, con un pasado y una personalidad. Y yo me moría de miedo pensando qué ocurriría si al conocerlos no me caían bien.
No me atreví a confesárselo más que a dos o tres amigos y a mi marido. Me daba la sensación de que era un miedo poco aceptable, ¿cómo no te van a caer bien tus hijos?
En fin, gracias por ponerle palabras.

Anónimo dijo...

Mucha gente es muy hipócrita con los sentimientos de y hacia sus hijos sobretodo.
Un beso

Sara M. dijo...

Pues creo que estás en lo cierto, pero también mezclas un poco. No es lo mismo caer bien que querer, pero es que el caer bien, normalmente hace o nace de las semejanzas de carácter. Por ejemplo, sé positivamente que mi madre "se lleva" mejor con una de mis hermanas que conmigo; evidentemente no es que la quiera más, y tampoco es exactamente que le caiga mejor, sino que tienen más afinidades, ven la vida de la misma manera, y por narices, encajan mejor.

Tita dijo...

No lo decimos, pero es muchísimo más razonable que surja la duda de si los miembros de tu familia te caen bien o no, porque no los has elegido (a los hermanos tampoco) a que nos lo planteemos con otras relaciones que si elegimos, y que si lo hacemos y/o mantenemos es precisamente por esa afinidad, ese caerse bien.

Yo ambos los veo horizontales, solo que unos comienzan desde el amor (familia) y de ahí puede haber más o menos afinidad, y los que comienzan en afinidad y pueden avabar en amor, amistad...

Anónimo dijo...

Buenisima reflexion, que jamas habia formulado con palabras, pero si intuido. ¿ y las parejas? ¿ te tienen que caer bien? no se donde lei " a veces te enamoras de alguien que te cae mal". Eso debe ser tremendamente cortocircuitante.

Anónimo dijo...

Muy interesante.
De joven jamás me hice esa reflexión, hasta que hará unos 15 años un cliente, que tenía un hijo de 21 años por aquel entonces me confesó con total tranquilidad que su hijo no le caía bien y que para el había sido un alivio su marcha a la universidad.
Sus palabras se me quedaron grabadas. "Es mi hijo, y le quiero, y le apoyaré siempre que le haga falta, por supuesto. Pero me he dado cuenta de que me cae muy mal como persona y si no fuera por que es mi hijo no tendría ningun trato con el."
Jamás hasta ese momento me había planteado una situación así.
Aquella conversación banal con un simple conocido que se abrió de pronto conmigo como seguramente jamás lo hubiera hecho con alguien allegado por temor a ser juzgado por sus palabras me marcó muchísimo y le he dado muchas vueltas.
También tengo claro que querer y caer bien son cosas diferentes.

Anónimo dijo...

Pues es curioso leer hoy esto. Yo adoro a mi hijo de casi 14 años y daría todo por él pero, últimamente que está adolescente a tope....en plan, me he comprado el Manual del Prefecto Adolescente y no sólo me lo leo sino que cumplo paso por paso....no le soporto a ratos.
Está tan contestón, tonto, feote, chulito, vago....puff
Y también tengo otro caso que es mi hermana. Si mi hermana no fuera mi hermana, jamás seríamos amigas. No tenemos nada que ver, no la entiendo y no me gusta cosas que hace y dice, pero es mi hermana y la quiero.
Es raro!
Pilar

Anónimo dijo...

Sobre temas feminoides, gran bostezo, ni opino ni me interesan.

Anónimo dijo...

Justamente me pasa con mis primos (a falta de hermanos, tengo una buena colección de primos) y con mis abuelos y mis tías. En el caso de mis primos, quiero mucho a la gran mayoría de ellos, pero sólo tres me caen bien. Y me caen bien porque tenemos afinidades, vemos la vida de una forma muy similar, etc. Con mis abuelos, al que más quiero es precisamente con el que más a matar me llevo; sé que cuando se muera lo pasaré fatal, mucho peor de lo que lo pasé con mis otros dos abuelos y de lo que lo pasaré con mi abuela, pero me llevo fatal con él, no me cae bien y si fuera un señor cualquiera apenas le hablaría. Con mis dos tías me pasa igual, nos caemos regular, pero no dudo de lo mucho que me quieren ni de lo que yo las quiero a ellas.